Holas... como tan?, pues si como lo ven un nuevo capitulo de este fics tan emocionante...

Espero ke les guste
muchas gracias por postear...
nos vemos abajoooo
Pd: Ya saben Ni la historia ni los eprosnajes me pertenecen...

Capitulo dedicado a Lorena... gracias por el apoyo


Bailando en el Aire

Diecisiete

—Lo he perdido. Lo he estropeado todo.

Misao estaba en la impresionante habitación que Kaoru tenía como salón. Estaba sentada delante de un fuego enorme y bebía un té de canela. Isis esti­raba su cuerpo esbelto y cálido sobre su regazo.

Nada de eso conseguía animarla.

—Quizá un poquito. Nada está perdido si pue­de volver a encontrarse.

—No puedo arreglarlo, Kaoru. Todo lo que me dijo es verdad. No quise pensar en ello ni darme cuenta, pero es verdad. No tenía derecho a permi­tir que las cosas llegaran a ese punto.

—No tengo un látigo a mano para que te fla­geles, pero supongo que podemos encontrar algo —Misao la miró atónita y Kaoru elevó el hombro ele­gantemente—. Lo siento por vosotros, naturalmente, pero lo cierto es, Misao, que os enamoras­teis, los dos. Y los dos lo llevasteis como teníais que llevarlo. Los dos conseguisteis algo que no to­do el mundo consigue. No hay razón para que te arrepientas.

—No me arrepiento de haberlo amado ni de que él me amara. Me arrepiento de muchas cosas, pero no de eso.

—Perfecto. Entonces, tienes que dar el paso siguiente.

—No hay paso siguiente. No puedo casarme con Aoshi porque estoy unida a otra persona. Incluso si Soujiro decidiera divorciarse de mí en ausen­cia o como quiera que se llame, seguiría sin poder casarme con él. Mis documentos de identidad son falsos.

—Detalles.

—No para él.

—Ya, tienes razón —golpeó sus preciosas uñas contra la taza mientras meditaba—. Siendo Aoshi como es, hay cosas que sólo verá blancas o negras. Siento no haber previsto esto y haberte avisado. Yo lo conozco —siguió diciendo Kaoru mientras se le­vantaba para estirar las piernas—. No preví que buscaría una unión legal tan rápidamente. Las co­sas del amor pueden conmigo.

Se sirvió más té, deambuló por la habitación y dio un sorbo.

Había dos sofás, ambos de un color verde oscu­ro, que pedían a gritos que alguien se tumbara y se hundiera en ellos. Estaban salpicados de cojines y hechos con telas delicadas con los tonos de piedras preciosas. La textura era esencial para el lujo y Misao insistía en el lujo cuando se trataba del bienestar.

La habitación estaba llena de antigüedades; ella prefería lo antiguo a lo moderno salvo en el material de oficina. Las alfombras que cubrían el suelo de grandes tablones de castaño estaban gas­tadas. Había flores por todos lados en jarrones de un cristal de incalculable valor o en vasijas de di­vertidos colores que no valían nada.

Había encendido algunas de las velas que te­nían por todas las habitaciones. Las blancas eran para la tranquilidad.

—Le has ofendido por dos cosas, Misao. Uno, por no caer rendida y completamente emocionada cuan­do te ha propuesto que te cases con él —se detuvo y arqueó una ceja—. Ya te he dicho que este asunto puede conmigo, pero aun así, cuando un hombre pi­de a una mujer que se case con él, no puedes preten­der que le haga gracia que le rechacen.

—No soy tan tonta, Kaoru.

—No, querida. Perdona —arrepentida, pero divertida en el fondo por aquel tono mordaz, Kaoru se puso detrás del sofá y acarició el pelo de Misao—. Claro que no lo eres. Debería haber dicho tres co­sas. La segunda es el sentido del honor. Se ha en­contrado cazando furtivamente en lo que conside­ra el territorio de otro hombre.

—Vaya. No soy una liebre.

—Aoshi considera que ha infringido un código. En tercer lugar, creo que es que lo habría hecho en cualquier caso si lo hubiera sabido, si le hubieras puesto en antecedentes. Habría adaptado sus prin­cipios porque te quiere y porque se habría sentido aliviado de que hubieras escapado de una situación terrible. Pero le costará asimilar que no se lo hayas dicho, que le hayas dejado meterse en esto y ena­morarse a ciegas.

—¿Por qué no puede comprender que mi ma­trimonio con Soujiro no significa nada? Ya no soy Misato Seta.

—¿Quieres que te diga la verdad o que te con­suele? —preguntó inexpresivamente Kaoru.

—No puedo conseguir las dos cosas. Será me­jor la verdad.

—Le has mentido y al hacerlo le has puesto en una situación insostenible. Además, le has dicho que no tenías intención de divorciarte.

—No puedo...

—Espera. No lo harás, y si no hay un fin no puede haber un principio. Es una decisión exclusivamente tuya, Misao, y nadie puede ni debe tomarla por ti. Pero le has impedido que crea en ti, que es­té a tu lado o, lo que me imagino que él preferiría, que te proteja y que sea él quien se enfrente a tus demonios. Misao —se sentó y le tomó las manos—. ¿Crees que lleva una placa para pasar el rato, por una paga ridícula o por poder?

—No, pero no sabe de lo que Soujiro es capaz. Kaoru, mi marido está poseído por una paranoia. Por una locura fría y deliberada que no puedo explicar.

—La gente tiende a pensar que la palabra «mal» es demasiado impresionante —dijo Kaoru—, cuando, en realidad, es extremadamente sencilla.

—Sí —Misao se tranquilizó un poco. A esas al­turas debería saber que no tenía que dar explicaciones a Kaoru—. Aoshi no entiende que yo no so­porte la idea de volver a ver a Soujiro o de oír su voz. Creo que si eso sucediera, yo me derrumbaría. Me haría añicos.

—Eres más fuerte que todo eso.

Misao sacudió la cabeza.

—Él... me encoge. No sé si me entiendes.

—Sí, te entiendo. ¿Quieres un conjuro que te dé fuerza¿Que te proteja de un hombre para que puedas tener a otro?

Kaoru alargó el brazo y acarició a Isis en el lomo. La gata levantó la cabeza, intercambió una mirada que le pareció reveladora con su dueña y volvió a hacerse un ovillo.

—Se pueden hacer algunas cosas —continuó Kaoru con un tono más enérgico—. Para protegerte, para centrarte, para aumentar tus propias energías. Pero en el fondo, el poder está dentro de ti. Por el momento... —se pasó la cadena de plata con el disco por encima de la cabeza—. Le diste a Aoshi tu talis­mán, así que yo te daré el mío. Era de mi bisabuela.

—No puedo aceptarlo.

—Tómalo como un préstamo —dijo Kaoru, col­gándoselo a Misao—. Mi bisabuela era una bruja muy astuta y prudente. Se casó bien. Hizo una operación redonda en Bolsa y supo conservar su fortuna, lo cual yo le agradezco. No me gustaría ser pobre. Ella hizo de médico en la isla antes de que llegara uno de verdad. Entre otras cosas, eli­minaba las verrugas, ayudaba en los partos, cosía los cortes y cuidó a la mitad de la población duran­te una gripe muy contagiosa.

—Es precioso. ¿Qué quiere decir la inscripción?

—Es un idioma muy antiguo, parecido al que se empleó en las inscripciones de las piedras fune­rarias de Irlanda. Significa valor. Y ahora que llevas mi valor, te daré mi consejo. Duerme. Deja que él se debata con sus sentimientos mientras tú lo ha­ces con los tuyos. Cuando vayas a él, porque él no volverá a ti por mucho que te quiera, ten muy cla­ro lo que quieres y lo que estás dispuesta a hacer por conseguirlo.

—Estás siendo un gilipollas, Aoshi.

—De acuerdo. Pero¿podrías callarte?

Megumi creía que decir lo que le viniera en gana era una de sus prerrogativas de hermana.

—Escucha, sé que ella la ha jodido. Pero ¿no quieres saber por qué? —golpeó con las manos en la mesa y se inclinó para poder mirarlo directa­mente a la cara—. ¿No quieres indagar, presionar o hacer algo hasta que ella te diga por qué sigue casada?

—Ha tenido tiempo de sobra para decírmelo si hubiera querido hacerlo.

Aoshi estaba concentrado en el ordenador. Cuando se fue de la isla no lo hizo sólo para comprar un anillo; también había testificado en un jui­cio y ya podía actualizar el fichero del caso.

Megumi hizo un ruido a medio camino entre un gruñido y un aullido.

—Me sacas de mis casillas. No sé cómo no te sacas de tus casillas a ti mismo. Estás enamorado de una mujer casada.

Aoshi le lanzó una mirada fulminante.

—A estas alturas lo tengo muy claro. Ve a ha­cer la patrulla.

—Es evidente que ella no quiere al otro. Lo ha dejado tirado. También es evidente que bebe los vientos por ti y viceversa. Misao lleva aquí...¿cuán­to¿cinco meses? Y todo parece indicar que pien­sa quedarse una larga temporada. Todo lo que ha­ya pasado antes está liquidado.

—Está casada legalmente y eso no prescribe para mí.

—Claro, claro, Don Perfecto —que Megumi ad­mirara su código de honor no quería decir que no le sacara de quicio—. Entonces, deja que todo siga como estaba. ¿Por qué tienes que casarte? Ah, es verdad, se me había olvidado con quién estaba ha­blando. Pero si quieres mi consejo...

—No lo quiero. Lo cierto es que no lo quiero.

—Muy bien cuécete en tu propia salsa —aga­rró la cazadora y volvió a dejarla inmediatamente—. Lo siento. No puedo verte sufrir.

Aoshi lo sabía y dejó de fingir que actualizaba el fichero. Se frotó la cara con las manos.

—No puedo plantearme el futuro con alguien que tiene otra vida que no ha dado por terminada. No puedo acostarme con una mujer que está casa­da legalmente con otro hombre. No puedo querer a alguien como quiero a Misao si no puedo desear, esperar, un matrimonio, un hogar y unos hijos. No puedo hacer esas cosas, Megumi.

—No. No puedes —se acercó a su hermano por detrás y le rodeó el cuello con los brazos, luego

apoyó la barbilla en su cabeza—. Quizá yo pudiera —aunque tampoco se imaginaba queriendo lo su­ficiente a alguien como para tener que tomar una decisión—. Pero entiendo que tú no puedas. Lo que no entiendo es que si la quieres y la deseas, no puedas sentarte delante de ella hasta que te dé una explicación. Te la mereces.

—Yo no voy a obligarla a nada: no sólo porque no es mi estilo, sino porque creo que el hombre con el que está casada ya la obligó a demasiadas cosas.

—Aoshi—Megumi inclinó la cabeza hasta apoyar la mejilla en su cabeza—. ¿No se te ha ocurrido pensar que ella puede tener miedo de divorciarse?

—Sí —el estómago le dio un vuelco—. Se me ocurrió alrededor de las tres de esta mañana. Si es verdad, ganas no me faltan de enterarme de todo. Pero eso no cambia las cosas. Está casada y no me lo ha contado. No confía lo suficiente en mí como para que esté a su lado, cueste lo que cueste —dijo y levantó la mano hasta tomar la de Megumi.

Así los encontró Misao cuando abrió la puerta. También vio el brillo acusador en los ojos de Megumi aunque Aoshi cerrara los suyos.

—Tengo que hablar contigo. A solas. Por favor.

Megumi apretó la mano instintivamente, pero Aoshi se la soltó.

—Megumi iba a hacer la patrulla.

—Claro, deshazte de mí cuando la cosa se po­ne interesante.

Estaba poniéndose la cazadora cuando com­prendió lo que quería decir la expresión de que se

podía cortar la tensión con un cuchillo. En ese momento, Betsy abrió la puerta y asomó la cabeza.

—Sheriff... hola. Misao, Megumi. Sheriff, Bill y Ed Sutter están peleándose delante del hotel. Pa­rece que la cosa puede ponerse fea.

—Yo me ocuparé.

—No —Aoshi se levantó—. Nos ocuparemos los dos.

Los hermanos Sutter se debatían entre una leal­tad familiar inquebrantable y un odio enfermizo. Los dos eran cabezotas y cortados por el mismo y monumental patrón. Aoshi pensó que mejor sería no dejar que Megumi se metiera en una situación de dos contra una. Miró brevemente a Misao mientras salía.

—Tendrás que esperar.

Misao se frotó los brazos y pensó que había sido gélido. Era difícil aceptarlo de un hombre que po­día ser tan cálido y cariñoso. Aoshi no iba a ponér­selo fácil. Aunque pareciera extraño, ella se había convencido de que lo haría. De que la dejaría hablar; de que la entendería, sentiría compasión y la apoyaría.

Misao, sola en la comisaría, vio cómo su fantasía se hacía añicos y se desvanecía.

Se había tragado su orgullo, había puesto en peligro su tranquilidad y su paz de espíritu, y lo único que había conseguido era que él la premiara con una mirada gélida.

Quizá debiera dejarlo en paz.

Dolida, abrió la puerta. Dio dos pasos y no sólo pudo ver el tumulto, también oírlo. Sintió frío, se abrazó a sí misma y se quedó a ver lo que pasaba.

Un hombre gigantesco con el pelo cortado a cepillo se abalanzaba sobre otro hombre gigantes­co con el pelo cortado a cepillo. Se intercambiaban insultos. Una multitud los rodeaba a una distancia prudencial y parecía tomar partido gritando el nombre de uno u otro.

Aoshi y Megumi se abrían paso. Misao no podía oír lo que decían, pero si bien conseguían calmar a la multitud, no parecían impresionar lo más mínimo a los hermanos Sutter, que hacían de todo menos abofetearse.

Cuando vio el primer puñetazo, Misao se enco­gió y sintió miedo. El barullo era enorme y lo oía como si fuera el batir de las olas. Un movimiento confuso y sin formas definidas.

Aoshi tenía sujeto el brazo de un hombre y Megumi el del otro. Unos hermanos habían sacado las esposas; los otros dos se empujaban, se golpeaban, se insultaban y se amenazaban.

Uno de aquellos hombrones se giró violenta­mente contra el otro, falló el objetivo y estampó un puñetazo en el rostro de Aoshi.

Misao vio que la cabeza de Aoshi se daba la vuel­ta y oyó que la multitud se quedaba en silencio de golpe. Todos se quedaron tan quietos que la esce­na le pareció como si fuera una película que se hu­biese quedado congelada en un fotograma.

Misao echó a correr por la calle y todo se puso en movimiento otra vez.

—Muy bien Ed, maldita sea, estás detenido —Aoshi le puso las esposas y Megumi hizo lo mismo con el otro hermano—. Y tú también, Bill, por si acaso. Sois un par de animales con el cerebro de un mosquito. Ustedes, vuelvan a sus asuntos —di­jo Aoshi mientras arrastraba a Ed.

Vio a Misao paralizada en la acera como si fuera un cervatillo atrapado por los faros de un coche y volvió a soltar una maldición.

—Vamos, sheriff, sabe de sobra que no quería darle a usted.

—Me da igual a quien quisieras darle —dijo, aunque pensó lo mismo cuando notó el sabor de la sangre en la boca—. Has atacado a un represen­tante de la ley.

—Empezó él.

—Una mierda —protestó Bill mientras Megumi tiraba de él—, pero te aseguro que vas a enterarte en cuanto pueda.

—¿Tú y cuántos más?

—Callaos —ordenó Megumi—. Pareja de delin­cuentes cuarentones...

—Le ha pegado Ed. ¿Por qué me detiene?

—Sois un incordio público. Si queréis partiros la cabeza, hacedlo en la casa de cualquiera de los dos, pero no molestéis en la calle.

—No irás a encerrarnos... —más tranquilo al ver lo que le esperaba, Ed se volvió para supli­car—. Vamos, Aoshi, sabes que si me encierras mi mujer me despelleja. En el fondo, sólo era un asunto familiar.

—No lo es si ocurre en la calle y si afecta a mi maldita cara —la mandíbula le palpitaba como si fuera a estallar. Llevó a Ed a la comisaría y lo me­tió en una de las dos diminutas celdas—. Aquí tendrás tiempo de tranquilizarte mientras llamo a tu mujer. Ya veremos si tiene ganas de venir a pagar la fianza.

—Te digo lo mismo —dijo Megumi a Bill mien­tras le quitaba las esposas y lo metía en la otra celda —se sacudió las manos y añadió—: Yo redacta­ré el informe. Escribo a máquina más despacio que tú. Llamaré a sus respectivas mujeres, aunque me temo que se enterarán antes de que me haya pues­to con el papeleo.

—Sí—Aoshi, furioso, se pasó el dorso de la ma­no por la boca y se manchó de sangre.

—Vas a necesitar algo de hielo para la mandí­bula. Y para el labio. Ed Sutter tiene un puño co­mo Idaho de grande. Eh, Misao¿por qué no te lle­vas a nuestro héroe a tu casa y le pones un poco de hielo?

Aoshi no se había dado cuenta de que ella había entrado; se dio la vuelta lentamente y la miró.

—Sí. De acuerdo.

—Hay hielo atrás. Puedo apañarme solo.

—Será mejor que te alejes un poco de Ed —le aconsejó Megumi—. Hasta que estés seguro de que no abrirás la celda y le devolverás el puñetazo.

—Ya

Misao se había dado cuenta de que la mirada ya no era gélida, sino de un azul cristalino y ardiente. Se mojó los labios.

—El hielo te bajará la hinchazón y... un poco de romero puede aliviarte el dolor.

—Muy bien. Genial —la cabeza le zumbaba, era mejor acabar de una vez—. Doscientos cincuenta dólares de multa —le indicó Aoshi a Megumi—. O veinte días. Si no les gusta, puedes redactar una or­den de detención y que se las vean en el tribunal.

—A sus órdenes —Megumi sonrió radiante mientras Aoshi se marchaba.

Era maravilloso. Todo aquel asunto le había le­vantado el ánimo.

Caminaron en silencio hasta la casa de Misao. Ella no sabía qué decir o cómo decirlo. Ese hom­bre tan furioso le resultaba tan desconocido como la gélida estatua que antes la había rechazado. Es­taba completamente segura de que no quería ha­blar con ella en ese momento. También sabía lo mucho que se podía tardar en recuperar el equili­brio después de un tortazo.

Aoshi, aunque había recibido el puñetazo de lleno, no había tenido ninguna reacción aparte del arrebato de rabia.

Había oído muchas veces que las personas pa­recen más duras de lo que son, y eso parecía ser el caso de Aoshi Shinomori.

Entró en su casa y, sin decir una palabra, fue a la cocina donde preparó una bolsa con hielo en­vuelta en un paño fino.

—Te lo agradezco. Te devolveré el trapo.

Misao había puesto agua a calentar para hacer un té, lo miró asombrada.

—¿Dónde vas?

—A dar un paseo para ver si se me pasa esta furia.

—Te acompañaré —dijo, apagando el fuego.

—No quieres estar conmigo en este momento y yo no quiero estar contigo.

Qué difícil era darse cuenta de que, a veces, una bofetada era preferible a unas palabras.

—Eso es inevitable, pero tenemos que hablar y cuanto más tardemos más nos va a costar.

Misao abrió la puerta y esperó.

—Podemos ir al bosque. Se puede considerar un terreno neutral.

Aoshi no había cogido nada para abrigarse y la lluvia de la noche anterior había hecho que la tem­peratura bajara. Misao lo miró mientras se dirigían a su pequeña arboleda.

—El hielo no servirá de mucho si no lo utili­zas. —El se lo puso en la mandíbula y se sintió bas­tante ridículo—. Cuando llegué en verano me imaginé lo maravilloso que sería pasear por aquí en otoño, con el colorido de los árboles y los pri­meros fríos. Echaba mucho de menos el frío y los cambios de estaciones cuando estaba en California —resopló y volvió a coger aire—. Viví tres años en California. Sobre todo en Los Angeles, aunque pa­sábamos temporadas en la casa de Monterrey. A mí me gustaba más, pero aprendí a no decírselo o él se habría inventado cualquier motivo para dejar de ir. Le gustaba encontrar pequeñas maneras de castigarme.

—Te casaste con él.

—Sí. Era guapo, romántico, inteligente y rico. Pensé que había encontrado a mi príncipe azul y que viviríamos felices el resto de nuestras vidas. Yo estaba asombrada, halagada y enamorada... Se es­forzó mucho para que me enamorara de él. No tie­ne sentido entrar en detalles. Tú ya has adivinado algunos de ellos. Era cruel con nimiedades y con cosas grandes. Hizo que me sintiera cada vez más pequeña hasta que estuve a punto de desaparecer. Cuando me pegó... la primera vez me impresionó. Nadie me había pegado. Debí haberme marchado en ese instante. Al menos intentarlo. Él no me ha­bría dejado, pero debí haberlo intentado. Sólo llevaba casada unos meses y algo me hizo sentir que me lo merecía. Por ser estúpida o torpe. O desme­moriada. Él me adiestró como a un perro. No es­toy orgullosa de eso.

—¿Recibiste alguna ayuda?

El bosque estaba tan silencioso que se podía oír cada paso que daban sobre el lecho de hojas caídas.

—Al principio, no. Yo sabía algo sobre malos tratos; de oídas. Había leído artículos e historias. Pero no me lo aplicaba a mí. Yo no era parte de ése mundo. Yo procedía de una familia buena y esta­ble. Me había casado con un hombre inteligente y con éxito. Vivía en una casa grande y hermosa. Te­nía servicio doméstico.

Misao se metió la mano en el bolsillo. Se había hecho una bolsa para que le diera valor y la había atado cuidadosamente con siete nudos; se tranqui­lizaba cuando la sentía entre los dedos.

—Todo se reducía a que yo no dejaba de come­ter errores. Pensaba que cuando aprendiera, todo iría sobre ruedas. Pero todo iba de mal en peor y no podía seguir engañándome a mí misma. Una noche me arrastró escaleras arriba tirándome del pelo. Lo tenía mas largo en esa época. Pensé que iba a matarme. Pensé que me pegaría, me violaría y lue­go me mataría. No lo hizo. No hizo nada de todo eso. Pero comprendí que podía haberlo hecho y que yo no habría podido evitarlo. Fui a la policía, pero era un hombre influyente. Yo tenía algunos moratones, pero nada de consideración. Ellos no hicieron nada.

El sintió que le abrasaban las entrañas.

—Debieron haber hecho algo. Debieron ha­berte llevado a un refugio.

—Para ellos yo era una esposa rica y mimada que daba problemas. Daba igual —dijo Misao con un tono cansado—. Aunque me hubieran llevado a cualquier parte, él me habría encontrado. Me es­capé una vez y él me encontró. Lo pagué. Me dejó claro una cosa: yo le pertenecía y nunca lo abando­naría. Me encontraría fuera donde fuese. Él me quería —sintió un escalofrío estremecedor al decir eso. Se detuvo y miró a Aoshi—. Según lo que él entendía por amor; sin reglas ni vínculos. Egoísta, frío, obsesivo y poderoso. Me prefería muerta an­tes de dejarme marchar. No es una exageración.

—Te creo, pero te marchaste.

—Porque cree que estoy muerta.

Le contó con voz clara e inexpresiva lo que ha­bía hecho para romper sus cadenas.

—Por Dios, Misao —tiró al suelo la bolsa de hielo—. Es un milagro que no te mataras.

—Fuera como fuese, me escaparía. Vendría aquí. Creo, creo sinceramente, que empecé a venir aquí en el preciso instante en el que el coche voló hacia el mar. Que empecé a venir a ti.

Aoshi se metió las manos en los bolsillos porque sentía unas ganas tremendas de tocarla, pero no sa­bía si la acariciaría o la sacudiría violentamente.

—Tenía derecho a saberlo... cuando las cosas cambiaron entre nosotros. Tenía derecho a saberlo.

—Yo no esperaba que las cosas cambiaran en­tre nosotros.

—Pero cambiaron. Y si no sabías hacia dónde nos dirigíamos, es que eres una estúpida.

—No soy una estúpida —su tono era crispa­do—. Quizá estuviera equivocada, pero no soy una estúpida. No esperaba enamorarme de ti. No que­ría enamorarme de ti, ni siquiera quería tener una aventura contigo. Tú me perseguiste.

—Da igual cómo pasara. El caso es que pasó. Tú sabías cuál era la situación y no me lo contaste.

—Soy una mentirosa —dijo sin alterar el to­no—. Soy una tramposa. Soy una perra, pero no vuelvas a llamarme estúpida.

—Dios mío.

Aoshi, sin saber qué hacer, se alejó con paso digno y mirando al cielo.

—Nadie va a rebajarme. Nunca más. No voy a sentirme despreciada y desdeñada hasta que a ti te parezca conveniente volver a prestarme atención.

Él volvió la cabeza y la miró.

—¿Crees que eso es lo que quiero?

—Te estoy diciendo lo que hay. He meditado mucho desde que te fuiste de casa ayer. No voy a quedarme en un rincón lloriqueando porque es­tés enfadado conmigo. Eso sería un insulto para los dos.

—Muy bien, tres hurras.

—Vete al infierno.

Aoshi se dio la vuelta y fue hacia ella. Ella sin­tió que el terror le atenazaba el estómago y notó que le sudaba las palmas de las manos, pero no se movió.

—Es terrible que busques pelea conmigo, so­bre todo cuando estás equivocada.

—Sólo estaría equivocada si hiciera lo que tú quieres. Hice lo que tenía que hacer. Me habría gustado no hacerte daño, pero no puedo dar mar­cha atrás y cambiarlo.

—No, no puedes. De modo que partimos de cero. ¿Has omitido algo que debería saber?

—La mujer que se precipitó por ese acantilado se llamaba Misato Seta, la señora de Soujiro Seta. Ése ya no es mi nombre. Ya no soy ésa.

—Seta —repitió lentamente. Misao casi podía ver cómo repasaba un fichero mental—. Un tipo de Hollywood.

—Así es.

—Te has ido todo lo lejos que has podido.

—Sí, así es también. No volveré nunca. Aquí he encontrado la vida que quiero.

—¿Conmigo o sin mí?

A ella se le encogió el corazón por primera vez desde que empezara a contarle su historia.

—Eso depende de ti.

—No. Tú ya sabes lo que quiero. Ahora falta saber lo que quieres tú.

—Yo te quiero a ti. Ya lo sabes.

—Entonces tienes que terminar lo que has em­pezado. Pide el divorcio.

—No puedo. ¿Es que no has oído nada de lo que he dicho?

—Lo he oído todo y también algunas cosas que no has dicho.

Una parte de él quería consolarla, abrazarla, protegerla. Decirle que no tenía importancia. Pero sí la tenía.

—No puedes pasarte la vida preguntándote qué pasará, mirando por encima del hombro para ver si hay alguien detrás o fingiendo que esos tres años han desaparecido. Yo tampoco puedo. Para empezar, te consumiría y además, el mundo es muy pequeño. Nunca podrás estar segura del todo de que no vaya encontrarte. Si lo hace, o si crees que lo ha hecho; ¿volverás a salir corriendo?

—Ha pasado más de un año desde que me fui. No puede encontrarme si cree que estoy muerta.

—Nunca estarás segura. Tienes que acabar con eso, pero tienes que acabar tú sola. Yo no permitiré que te toque. No es su terreno —le levantó la cara con un dedo debajo de la barbilla—. Es mi terreno.

—Le estás infravalorando.

—No lo creo. Sé que no me estoy infravalo­rando, ni a Megumi, ni a Kaoru, ni a mucha gente de esta isla que haría lo que fuera por ti.

—No sé si puedo hacer lo que me pides. Du­rante un año me he esforzado al máximo en hacer todo lo posible para estar segura de que no me en­contraría viva, de que no sabría dónde estoy. No sé si seré capaz de volver a salir a la luz. Tengo que pensarlo. Necesito un poco de tiempo para pensarlo.

—De acuerdo. Dime lo que decidas —recogió la bolsa de hielo. Estaba casi todo derretido, pero tampoco le importaba mucho su mandíbula. Abrió la bolsa y la vació—. Si no quieres casarte conmi­go, lo asimilaré, Misao. Pero cuando lo hayas pen­sado bien, necesito que me digas lo que has de­cidido.

—Te quiero. Eso no tengo que pensarlo.

La miró. El bosque era una explosión de color y el aire todavía llevaba el olor de la lluvia del día anterior. Extendió una mano hacia ella.

—Te acompaño a casa.

Continuara...


Nuestro lindo aoshi ya se entero de todo, y al parecer las cosas se arreglaron entre ello... Pero esto durara????
No se pierdan los ultimos capitulos de este fics
gracias por sus reviews, espero ke sigan escribiendome ya saben, mientras mas reviews llegan mas rapido actualizo...

esop...
saludos
matta neeeee