Holas... como tan?, a pesar de ke no me han llegado muchos reviews nu importa igual les subo el capitulo jajajaja es ke ya ta casi por terminar kedan solo 2 capitulos para el final de esta primera parte asi ke espero sus comentarios...
En fin espero ke les guste mucho este capitulo...
ya saben este fics ni los personajes me pertenecen yo solo los mezclo...
esop, capitulo dedicado a toooooodas mnis lectoras...
nos vemos abajo
Bailando en el Aire
Dieciocho
Megumi miró a Aoshi con compasión. Y lloriqueó un poco. Administraba bien sus lloriqueos para que causaran más impresión.
—No quiero ir a casa de Kaoru.
Después de veintisiete años viviendo con ella, Aoshi era inmune a esas tácticas.
—Cuando eras una niña vivías prácticamente en casa de Kaoru.
—¿No ves la diferencia ahora¿Por qué no vas tú?
—Porque tengo pene. Me contendré y no te preguntaré si ves la diferencia. Sé una buena amiga, Megumi.
Giró sobre sí misma, que era su modo de patalear.
—Si Misao va a casa de Kaoru esta noche, entonces, ella, Kaoru, puede vigilarla. Por Dios Aoshi, no seas tan protector. El gilipollas de Los Angeles no sabe que está viva.
—Si soy demasiado protector, tendremos que acostumbrarnos. No quiero que conduzca sola por los acantilados —la imagen del coche volando sobre las rocas a tres mil kilómetros de distancia le había dejado una bola de hielo en las entrañas—. Quiero tenerla vigilada hasta que la cosa se resuelva.
—Pues hazlo tú. Vosotros sois los que tenéis que decidir si ser unos amantes con el corazón destrozado y separados para siempre o un matrimonio ejemplar y como Dios manda.
Aoshi no entró al trapo porque sabía que ésa era la forma que tenía Megumi de provocar una discusión que le permitiera no hacer lo que le habían pedido que hiciera.
—Nunca comprenderé cómo es posible que yo conozca mejor a las mujeres que tú cuando sois del mismo género.
—No te pases de listo.
Quizá sí hubiera entrado al trapo después de todo.
—Ella no necesita un hombre que la abrume, ni siquiera un ejemplar tan extraordinario como yo. Tiene que tomar algunas decisiones importantes. Y hasta que no lo haga, intento mantener cierta distancia sin que resulte muy evidente.
—Caray, sí que lo tienes pensado.
La realidad era que estaba poniendo en un buen apuro a Megumi: quería tener vigilada a Misao y su hermana quería tenerlo vigilado a él. Megumi llevaba dos días preocupada desde que él le había contado la historia de Misao.
Sangre en la luna. La visión que tuvo Misao de Aoshi cubierto de sangre. Un marido psicópata y homicida en potencia. Sus propios sueños eran muy poco tranquilizadores. Detestaba saber que estaba entrando en el terreno de los presagios... pero las cosas no tenían buena pinta.
—¿Qué vas a hacer tú mientras yo vigilo al amor de tu vida en la sede de las brujas?
Después de veintisiete años de convivencia, había aprendido otra cosa de Megumi: siempre podía contar con ella.
—Hacer las dos patrullas de la tarde. Comprar algo de comida preparada e irme a casa para cenar solo y triste.
—No me das ninguna pena. Si quieres, te cambio el puesto —fue hasta la puerta—. Iré a casa de Misao y le diré que esta noche me voy a pegar a ella. Quiero que tú andes con ojo.
—¿Cómo dices?
—No quiero hablar de eso. Simplemente te lo digo.
—Andaré con ojo.
—Y compra cerveza. Te bebiste la última.
Salió y dio un portazo porque... porque sí.
Kaoru preparó encantamientos nuevos. Parecía como si el aire se fuese poniendo más denso cada día. Como si algo lo presionara hacia abajo. Miró afuera. Ya había oscurecido. A finales de octubre las noches eran largas, quedaban muchas horas hasta el amanecer.
Había ciertas cosas de las que era mejor no hablar durante la noche, ni pensarlas siquiera. La noche podía ser como una ventana abierta.
Quemó incienso de salvia para contrarrestar las influencias negativas y se puso unos pendientes de amatista para fortalecer la intuición. Estuvo tentada de poner un ramito de romero debajo de la almohada para alejar los malos sueños, pero tenía que ver, tenía que mirar.
Puso jaspe en la cadena que llevaba al cuello para que le diera energía y le aliviara la tensión. Era la primera vez en años que la tensión le acosaba tan permanentemente.
Esa noche no podía estar tensa, iba a llevar a Misao al siguiente escalón y eso debía ser algo jubiloso.
Tocó la bolsa mágica que tenía en el bolsillo. La había llenado de cristales y hierbas y la había atado con siete nudos, como había enseñado a Misao. Detestaba estar tan nerviosa, como si estuviera esperando y esperando que ocurriera el desastre.
En realidad, era una tontería: se había pasado toda la vida preparándose para el desastre y para esquivarlo.
Oyó un coche y vio las luces de los faros que barrían las ventanas de la casa. Fue hacia la puerta y visualizó que metía la tensión en una caja de plata y la cerraba con llave.
Al abrir la puerta, Kaoru parecía tan tranquila como siempre. Hasta que vio a Megumi.
—¿De visita por los barrios bajos, ayudante de policía?
—No tenía nada mejor que hacer —le sorprendió ver a Kaoru con un vestido largo y negro. Era muy raro que se vistiera de negro—. ¿Es una ocasión especial?
—Eso parece. No me importa que estés aquí si Misao quiere que estés, pero no te entrometas.
—No me interesas lo suficiente como para entrometerme.
—¿Va a durar mucho la discusión? —preguntó Misao—. Me apetece una copa de vino.
—Creo que ya hemos terminado. Entrad. Nos llevaremos el vino.
—¿Nos llevaremos¿Adonde vamos?
—Al círculo. ¿Has traído lo que te dije?
—Sí —Misao dio una palmada a la bolsa de cuero.
—Muy bien. Prepararé lo que necesitamos y nos iremos.
Megumi fue de un lado a otro mientras Kaoru cogía las cosas. Siempre le había gustado la casa del acantilado. Le encantaba. Las grandes habitaciones abigarradas, las extrañas esquinas, las gruesas puertas talladas, los suelos resplandecientes.
Estaba más que contenta con su habitación y su casita, pero tenía que reconocer que la casa de Kaoru tenía estilo. Y clase. No se podía igualar ese ambiente.
Y además del estilo, la clase y el ambiente, la casa era cómoda. Era un lugar donde cualquiera sabía que podía dejarse caer en una butaca con los pies en alto.
Recordó que ella había corrido por aquellas estancias con la libertad de un cachorrillo. Le fastidió darse cuenta de golpe de cuánto añoraba aquello. Echaba de menos todo.
—¿Sigues utilizando la buhardilla? —preguntó con tono despreocupado mientras Kaoru elegía una botella de vino tinto.
Kaoru se volvió y sus miradas se encontraron.
—Sí. Algunas de tus cosas siguen ahí —respondió Kaoru con tres copas de vino en la mano.
—No las quiero.
—En cualquier caso, ahí están. Ya que estás aquí, podías llevar eso —señaló una bolsa y ella cogió otra que tenía las botellas y las copas.
Abrió la puerta trasera e Isis salió corriendo, cosa que sorprendió a Misao porque la gata no solía acompañarlas.
—Es una noche especial —Kaoru se puso la capucha de la capa que se había echado sobre los hombros. También era negra y tenía un forro de color vino—. Ella lo sabe. Se acerca Halloween y Misao tiene que practicar para encender la hoguera.
Megumi levantó bruscamente la cabeza.
—¿No vais un poco deprisa?
Kaoru miró la luna mientras caminaban. Estaba muy pequeña y pronto sería luna nueva; alrededor del fino gajo blanco, podía ver un halo más oscuro y denso que el cielo.
—No.
Megumi se encogió de hombros, molesta porque Kaoru la hubiera intranquilizado.
—Halloween. Los muertos salen de sus tumbas. La oscuridad rebosa de malos espíritus y sólo los tontos o los muy valientes salen de noche.
—Tonterías —dijo Kaoru despreocupadamente—. Y no hace falta que las digas para intentar asustar a Misao.
—El final de la tercera y última cosecha del año —Misao respiró profundamente el aire de la noche—. Un momento para recordar a los muertos y celebrar el ciclo eterno. También es la noche en la que se dice que el velo que separa la vida de la muerte es más fino. No es un momento negativo, sino de reafirmación y diversión. Y, además, el cumpleaños de Kaoru.
—Te caen veintisiete —dijo Megumi.
—No estés tan contenta —había cierto retintín en el tono de Kaoru y no era una pulla inocente del todo—. A ti te caen dentro de seis semanas.
—Sí, pero tú siempre serás mayor que yo.
Isis ya estaba en el centro del claro. Sentada como una esfinge.
—Tenemos algunas velas para iluminarnos. Puedes ponerlas en las piedras y encenderlas, Megumi.
—No —se metió las manos en los bolsillos de la cazadora—. He cargado con tu bolsa de trucos, pero no voy a participar.
—Por el amor de Dios. No vas a traicionar tus votos en contra de la magia por encender un par de velas —dijo, pero Kaoru le arrebató la bolsa y fue a las piedras.
—Yo lo haré —dijo Misao—. No tiene sentido que os enfadéis cuando en realidad estáis haciendo lo que queréis.
—¿Por qué estás tan enfadada? —Megumi lo preguntó en voz baja cuando Kaoru se acercó a elegir lo que necesitaba de la bolsa—. Pincharte suele costarme más.
—Quizá esté más sensible estos días.
—Pareces cansada.
—Estoy cansada. Se acerca algo. Avanza y cada vez está más cerca. No sé hasta cuándo podré retenerlo ni si soy la indicada. Va a haber sangre —agarró con fuerza a Megumi por la muñeca—. Y dolor. Espanto y pena. Y me temo que haya muerte sin el círculo.
—Si estás tan segura, si lo temes tanto¿por qué no has mandado a buscar a alguien? Conoces a otras.
—No es para otras y lo sabes —volvió la mirada hacia Misao—. Quizá ella tenga fuerza suficiente. —Kaoru se irguió y se quitó la capucha—.Misao, trazaremos el círculo.
Megumi no esperaba sentir el anhelo que le invadió todo el cuerpo cuando observó el ritual básico y escuchó las palabras que conocía tan bien.
Se recordó que lo había dejado; que se había apartado de todo eso.
Vio el brillo de la vara y el athamé. Ella siempre había preferido la espada. Hizo un gesto pensativo con la boca mientras Kaoru encendía las velas con una cerilla de madera. Abrió la boca para hablar, para hacer una pregunta, pero Kaoru la calló con la mirada. Megumi supo que se harían las cosas como Kaoru quisiera, como se habían hecho siempre, y se guardó los comentarios.
—Tierra, viento, fuego, agua, oíd esta invocación de vuestras hijas. El círculo mágico se siente y como la luna está presente.
Kaoru esperó con la cabeza echada hacia atrás y los brazos en alto. Se levantó el viento, casi rugió, las llamas de las velas permanecieron rectas como lanzas a pesar del remolino. La tierra tembló ligeramente y un líquido fragante empezó a bullir en el caldero. Kaoru volvió a bajar los brazos y todo se amainó.
Misao se había quedado sin respiración. Durante los meses anteriores había visto, hecho y oído cosas fantásticas, pero nunca había experimentado algo tan intenso.
—El poder espera —le dijo Kaoru mientras alargaba una mano.
Misao la estrechó y notó que su amiga tenía la piel cálida, casi caliente.
—Espera en ti. Tu vínculo es el aire y si lo invocas te llegará más fácilmente. Pero hay cuatro. Esta noche harás fuego.
—Ya, la hoguera, pero no hemos traído leña.
Kaoru se rió y dio un paso atrás.
—No la necesitaremos. Céntrate. Aclara la mente. Este fuego no arde. No hace daño. Ilumina la oscuridad. Es una prueba de tu fuerza y tu poder.
—Es demasiado pronto para ella —advirtió Megumi desde fuera del círculo.
—Silencio. No te metas. Mírame, Misao. Puedes confiar en mí y en ti misma. Mira y observa.
—Átense los cinturones de seguridad —bufó
Megumi mientras se apartaba un poco por si acaso. Kaoru abrió las manos vacías. Separó los dedos. Extendió los brazos. Saltó una chispa de un azul eléctrico. Luego otra y otra más, hasta que fue imposible contarlas. Se oyó un chisporroteo y el aire del círculo se volvió azul zafiro.
Una columna de fuego dorado se elevó donde antes estaba el suelo desnudo.
A Misao se le doblaron las piernas hasta que cayó sentada en el suelo. No habría sido capaz de decir nada de lo que pasaba por su cabeza, en el caso de que hubiera podido juntar algunos de los dispersos pensamientos que la desbordaban.
—Te lo dije —Megumi suspiró y sacudió la cabeza.
—¡Silencio! —Kaoru se apartó del fuego y alargó una mano para ayudar a Misao a que se levantara—. Ya me habías visto hacer magia, hermanita. Tú misma la has hecho.
—No así.
—Es un poder elemental.
—¿Elemental? Kaoru, has hecho fuego, de verdad. De la nada.
—Lo que quiere decir es que se parece a perder la virginidad. Es como la impresión que te llevas con cualquier novedad —le explicó amablemente Megumi—. La primera vez puede que sea menos agradable de lo que te esperabas, pero con el tiempo vas mejorando.
—Bastante aproximado —concedió Kaoru—. Ahora, céntrate, Misao. Sabes cómo hacerlo. Aclara la mente. Visualízalo, reúne el poder. Haz tu fuego.
—No puedo...
Kaoru levantó la mano para callarla.
—¿Cómo puedes saberlo si no lo intentas? Concéntrate —se colocó detrás de Misao y le puso las manos en los hombros—. Tienes luz dentro y calor y energía. Lo sabes. Reúnelo. Siéntelo. Es como un cosquilleo en el estómago que sube hasta el corazón. Se expande y te llena —puso delicadamente las manos debajo de los brazos de Misao y los levantó—. Avanza por debajo de la piel, es como un río que fluye por tus brazos hasta la yema de los dedos. Déjalo salir, es el momento.
Megumi las observaba. La escena tenía algo encantador. Era como si estuviera viendo a Kaoru enseñar a Misao a montar en bicicleta. La animaba, la sujetaba, la dirigía, le daba confianza.
Ella sabía que la primera vez no era fácil ni para la profesora ni para la alumna. La cara de Misao brillaba por el sudor del esfuerzo. Le temblaban los músculos de los brazos.
El claro, que nunca estaba en completo silencio, parecía vibrar. El aire, que nunca estaba completamente quieto, parecía suspirar.
Saltó una chispa débil e irregular. Misao dio un respingo y Kaoru la sujetó; la animaba tranquila y firmemente, como si fuera una letanía. Otra chispa más fuerte.
Megumi vio que Kaoru se apartaba y dejaba que su hermanita siguiera sola en la bicicleta. A pesar de la debilidad que eso significaba, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas; puro sentimiento que le desbordaba. Sintió también cierto orgullo al ver que el fuego de Misao cobraba vida.
Por primera vez, Misao sintió el latido de su propio corazón y el pecho que le subía y bajaba. La energía, brillante como la plata, le recorría todas las venas.
—Es mejor que perder la virginidad. Es hermoso y brillante —susurró—. Nada volverá a ser lo mismo para mí.
Se volvió llena de júbilo, pero Kaoru ya no la miraba a ella sino a Megumi.
—Necesitamos tres.
Megumi, furiosa, contuvo las lágrimas.
—No vas a conseguir que yo sea la tercera.
Kaoru había visto las lágrimas y las había entendido.
—Muy bien —se dirigió a Misao—. Seguramente ya no sea capaz de hacerlo.
—No me digas lo que puedo hacer —dijo Megumi, alzando la voz.
—Le ha debido resultar difícil darse cuenta, sobre todo después de ver que tú lo haces tan bien en tan poco tiempo.
—Y deja de hablar como si yo no estuviera delante. No lo soporto.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó Kaoru irritada—. Misao y yo podemos hacer la tercera entre las dos —era lo que tenía pensado hacer Kaoru antes de ver a Megumi en la puerta—. La verdad es que no te necesitamos a ti y tus intentos penosos y desentrenados. Nunca fue tan buena como yo —confió Kaoru a Misao—. Siempre le enfurecía que lo que a mí me resultaba tan fácil a ella le costara un esfuerzo enorme.
—Era tan buena como tú en todo.
—Lo dudo.
—Mejor aún.
Kaoru sabía que Megumi nunca rechazaba un desafío.
—Demuéstralo.
Megumi, debilitada por tantos sentimientos encontrados, agitada por la añoranza y con aire retador, entró en el círculo.
Misao pensó que no debía hacerlo.
Megumi no extendió los brazos como había hecho Kaoru. Los dejó caer y el fuego que brotó de los dedos se hundió también en el suelo. En cuanto lo hizo, siseó como una serpiente:
—Lo has hecho a propósito.
—Quizá, pero tú también. Mira, no se ha hundido el mundo. Eres tú la que has tomado la decisión. Yo no puedo obligarte si tú no quieres.
—Esto no cambia nada. Ha sido sólo una vez.
—Si tú lo dices... Ya que estás aquí, puedes tomarte un vino.
Kaoru miró el trío de llamas mientras sacaba la botella. La de Megumi era más grande que la suya por la rabia, pero ni la mitad de elegante, se dijo satisfecha.
Sintió nacer un fuego en su interior mientras servía el vino. Eso era esperanza.
Tomaron otra copa de vino cuando volvieron a casa de Kaoru.
Megumi, inquieta, iba de una ventana a otra jugueteando con las monedas que tenía en el bolsillo. Kaoru, no le hacía caso. Megumi no había sido nunca un espíritu tranquilo y ella sabía que en ese momento estaba librando una batalla bastante desasosegante en su interior.
—¿Has decidido cómo vas a manejar la situación con Aoshi?
Misao levantó la cabeza para mirarla. Estaba sentada en el suelo hipnotizada por el fuego.
—No. Una parte de mí confía en que Soujiro quiera divorciarse y ahorrarme ese problema. El resto sabe que ése no es el problema esencial.
—Si no haces frente a los matones, te avasallan.
Misao admiraba a Megumi. Era fuerte, directa y aguda.
—Saberlo y actuar para evitarlo son dos cosas distintas. Soujiro jamás se habría metido con alguien como tú.
Megumi se encogió de hombros.
—Inténtalo.
—Lo hará cuando esté preparada —replicó Kaoru—. Deberías saber mejor que nadie que es imposible obligar a alguien a que tenga las mismas ideas y criterios que tú. O eliminar el miedo de otra persona.
—Está molesta conmigo porque le estoy haciendo daño a Aoshi. No puedo reprochártelo.
—Es mayorcito —Megumi se encogió de hombros nuevamente y se sentó en el brazo del sofá—. ¿Qué vas a hacer con él, con Aoshi, mientras tanto?
—¿Hacer?
—Sí, hacer. ¿Vas a permitir que caiga en la fase de ensimismamiento que le llega después de la fase de estar jodido y, que lo sepas, es aún más difícil de soportar? Creo que tú y yo hemos llegado a ser más o menos amigas. Haz un favor a una amiga y sácalo de ahí antes de que se quede en la cama y yo tenga que arroparlo.
—Hemos hablado.
—No me refiero a hablar. Me refiero a actos. ¿Realmente es tan cariñosa? —le preguntó Megumi a Kaoru.
—Eso parece. Megumi, con la delicadeza que le caracteriza, está proponiendo que vuelvas a seducir a Aoshi que solucionéis vuestros problemas con un par de asaltos de sexo salvaje... que es su forma de responder a cualquier incordio, incluida una uña rota.
—Métete conmigo... Kaoru ha renunciado al sexo, lo que explica que sea tan perra.
—No he renunciado, sencillamente soy más selectiva que una gata en celo.
—No se trata de sexo —la afirmación firme y concisa fue la única solución que encontró Misao para evitar otra discusión.
—Claro, seguro —gruñó Megumi.
—Me duele, más de lo que puedo expresar, estar de acuerdo con Megumi —Kaoru lanzó un suspiro—. Aunque sea en parte. Es verdad que tu relación con Aoshi no se basa sólo en el sexo, como las de Megumi, pero éste es una parte esencial, una expresión de vuestros sentimientos, un homenaje a ellos y a vuestra intimidad.
—No lo adornes; sigue siendo sexo —Megumi hizo un gesto con la copa—. Por muy elevado de espíritu que sea Aoshi, es un hombre. Estar rondándote y no acostarse...
—Megumi, por favor.
—No tener intimidad —dijo rebajando el tono después de la reprimenda de Kaoru—, acabará poniéndole nervioso. Si va a tener que vérselas con tu gilipollas de Los Angeles, tendrá que estar en plena forma.
—Ha procurado mantenerme a distancia en ese aspecto.
—Entonces, intenta tú acortar esa distancia..., en ese aspecto —le aconsejó sencillamente Megumi—. Llévame a tu casa. Pasaré la noche ahí. Tú vas a nuestra casa y haces lo que te digo. Has salido con él lo suficiente como para saber las teclas que tienes que tocar.
—Eso es rastrero, un engaño y una manipulación.
Megumi inclinó la cabeza hacia Misao.
—¿Qué propones tú?
Misao se rió a pesar suyo.
—Quizá vaya. A hablar —añadió.
—Llámalo como quieras —Megumi se terminó el vino—. Podrías llevar las copas a la cocina y recoger tus cosas.
—Claro —Misao se levantó y cogió las copas—. Tardaré un minuto.
—Tómatelo con calma.
Kaoru esperó a que Misao hubiera salido de la habitación.
—No tardará, de modo que dime lo que no has querido decir delante de ella.
—Lo que he hecho esta noche no cambia las cosas.
—Eso ya lo habías dicho.
—Cállate —volvió a ir de un lado a otro. Se había abierto, aunque hubiera sido sólo un instante, pero le bastó con eso—. De acuerdo, se avecinan problemas. No voy a fingir que no lo he notado y no voy a fingir que no he pensado en una forma de afrontarlos. Quizá pudiera, pero no quiero que Aoshi corra riesgos. Voy a participar en esto, Kaoru —se dio la vuelta—. Sólo en esto.
Kaoru no insistió.
—Encenderemos las hogueras la medianoche anterior a Halloween. Nos encontraremos a las diez en el Sabath. Aoshi ya lleva el talismán de Misao, pero yo que tú, protegería la casa. ¿Te acuerdas de cómo hacerlo?
—Sé lo que tengo que hacer —contestó Megumi—. Una vez que haya pasado todo, las cosas volverán a ser como antes. Es decir...
—Sí, lo sé —le cortó Kaoru—. Una sola vez.
Aoshi había renunciado a ocuparse del papeleo, había dejado de entretenerse con el telescopio, incluso había abandonado en gran medida la idea de que pudiera dormir. Estaba leyendo una de las revistas de armas que tenía Megumi para ver si así le entraba el sueño.
Lucy estaba tumbada junto a la cama y profundamente dormida, lo que le pareció envidiable. De vez en cuando contraía las piernas al perseguir gaviotas en sueños o bañarse en la ensenada. Pero levantó la cabeza bruscamente y dejó escapar un sonido sordo y ronco justo antes de que Aoshi oyera la puerta al abrirse.
—Tranquila. Es Megumi.
Al oír el nombre, Lucy se levantó y empezó a agitar todo el cuerpo contra la puerta.
—Ni lo sueñes. Es demasiado tarde.
La llamada en la puerta hizo que Lucy se pusiera a ladrar de alegría y que él maldijera.
—¿Qué?
La perra dio una vuelta frenéticamente sobre sí misma cuando se abrió la puerta y se abalanzó sobre Misao.
Aoshi se incorporó en la cama.
—¡Lucy abajo! Perdona, creía que era Megumi —estuvo a punto de destaparse, pero se acordó de que estaba completamente desnudo—. ¿Pasa algo?
—No, nada —se inclinó para acariciar a Lucy y se preguntó quién de los dos se sentía más violento. Decidió que estaban empatados-—. Sólo quería verte, hablar contigo.
Aoshi miró el reloj y comprobó que era cerca de medianoche.
—¿Por qué no bajas a la sala? Yo voy ahora mismo.
—No —no iba a tratarla como a una invitada—. Esta bien así —ella se sentó en el borde de la cama. Él seguía llevando el medallón y eso quería decir algo—. Esta noche he hecho fuego.
Aoshi la miró directamente a la cara.
—Muy bien.
—No —Misao se rió un poco y rascó la cabeza de Lucy—. Lo he hecho. No con leña y cerillas. Con magia.
—Ah —él sintió un cosquilleo en el pecho—. No sé qué se dice en estos casos. ¿Enhorabuena¿Caray?
—Ha hecho que me sintiera fuerte y emocionada. Y... plena. Quería decírtelo. Ha hecho que sintiera algo parecido a lo que siento cuando estoy contigo. Cuando me acaricias. Ahora no quieres acariciarme porque tengo un vínculo legal con alguien.
—Eso no impide que te desee, Misao.
Ella asintió con la cabeza y sintió cierto alivio.
—No vas a acariciarme porque tengo un vínculo legal con otro hombre —repitió—. Pero la verdad es, Aoshi, que sólo me siento realmente vinculada a ti. Cuando me escapé, me dije que no volvería a atarme a ningún hombre. Que no volvería a correr ese riesgo. Hasta que apareciste. Tengo poderes —se apoyó el puño en el corazón—. Es asombroso, emocionante y encantador. Pero no se puede comparar, ni remotamente, Aoshi, con lo que siento por ti.
Cualquier defensa, cualquier razonamiento que él hubiera podido usar, se vino abajo.
—Misao.
—Te echo de menos. Estar contigo. No voy a pedirte que hagas el amor conmigo. Iba a hacerlo. Iba a intentar seducirte.
Él le pasó los dedos por el pelo.
—¿Por qué has cambiado de opinión?
—No quiero volver a mentirte, ni siquiera de la forma más inofensiva. No voy a emplear una parte de tus sentimientos contra la otra. Sólo quiero estar contigo, Aoshi, estar. No me digas que me vaya.
La atrajo hacia sí hasta que su cabeza se posó sobre su hombro y sintió que su interminable suspiro de satisfacción se unía al suyo.
Continuara...
Pues bien el asunto se empieza a complicar, los problemas se avecinan muy rapido, y al fin megumi se pego el alcachofaso de ke debe participar...
En fin... Espero ke les haya gustado el capitulo... Asi ke espero sus comentarios, criticas preguntas dudas varias etc.. etc... etc.. Y ya saben kedan solo dos capitulo T.T ASi ke dejen sus reviews ya?
nos tamos leyendoooo
matta neeeee
