Holas... ULTIMO CAPITULOOOOOOOOOO!!!!!!!!!! Si aunke no lo crean aki se acaba la primera parte de este fics, asi ke espero ke lo disfruten y dejen sus reviews, y no se olviden de seguirme en la segunda parte de esta trilogia, cuya pareja principal es Megumi y SAno, pero sin olvidarme de Aoshi y misao, asi ke no teman ke seguiran sabiendo acerca de la historia de estos dos...

Quisiera agradecer a toooodas las chicas ke me han escrito sus comentarios, realmente se los agradesco y me hace muy feliz saber que les gusta las historias ke escribo n//n
Esop, como ya saben, no me pertenencen ni los personajes ni la historia yo solo los adapto para ustedes...
Que disfruten este capitulo, Nos vemos abajo...
Capitulo dedicado a todas...


Bailando en el Aire

Veinte

Misao se puso en camino hacia su casa una doce­na de veces, pero el pueblo estaba muy animado. Casi todos los comerciantes se habían disfrazado para celebrar Halloween. Había demonios que vendían ferretería y hadas que anunciaban sus pro­ductos.

Comió a última hora con Megumi y tuvo una reunión improvisada con Dorcas sobre un posible encargo para una fiesta de Navidad.

Parecía que todas las personas con las que se cruzaba querían pararla para darle la enhorabuena por su compromiso de boda.

Pertenecía al pueblo. Pertenecía a Aoshi y ade­más, por fin, se pertenecía a sí misma.

Fue a la comisaría para quedar con él en entre­gar juntos las bolsas de caramelos que había preparado para los pequeños fantasmas y duendes que se pasarían por su casa al caer la tarde.

—Quizá llegue un poco tarde —le dijo Aoshi—. Tengo que meter en cintura a algunos de los niños mayores. Ya me he encontrado con algunos que querían convencerme de que los doce rollos de papel higiénico que estaban comprando eran para sus madres.

—¿De dónde sacabas tú el papel higiénico para ir por las casas cuando eras pequeño?

—Lo robaba del cuarto de baño de casa, como cualquiera con dos dedos de frente.

Ella sonrió.

—¿Ha habido más calabazas explosivas?

—No, creo que se ha corrido la voz —inclinó la cabeza—. Hoy pareces contenta.

—Hoy estoy contenta.

Se acercó y le rodeó el cuello con los brazos. En ese momento, sonó el teléfono.

—Sigue así —le dijo él antes de contestar—. Despacho del sheriff. Sí. Señora Stubens. ¿Mmm? —separó la cadera de la mesa y se irguió—. ¿Algún herido? Perfecto. No, quédese ahí. Voy inmediata­mente. Nancy Stubens —le dijo a Misao mientras se ponía la cazadora—. Estaba enseñando a conducir a su hijo y han chocado contra el coche aparcado de los Bigelow.

—¿Ha pasado algo?

—No. Iré para arreglar las cosas. Los Bigelow acababan de estrenar el coche.

—Ya sabes dónde encontrarme.

Lo acompañó fuera y sintió que le rebosaba la felicidad cuando él se inclinó para darle un beso de despedida. Luego, cada uno fue en una dirección.

Estaba a mitad de la manzana cuando Gladys Macey la llamó con un grito.

—¡Misao! Espera —con la respiración entrecor­tada por el esfuerzo de alcanzarla, la mujer se dio una palmada en el corazón—. Déjame ver ese ani­llo del que tanto he oído hablar.

Antes de que Misao pudiera levantar la mano, Gladys ya se la había agarrado y miraba fija y dete­nidamente la joya.

—Debería haber supuesto que Aoshi se com­portaría —asintió con la cabeza y miró a Misao—. Te llevas una buena pieza, y no me refiero al za­firo.

—Lo sé.

—Lo he visto crecer. Cuando se hizo un hom­brecito, ya sabes lo que quiero decir, me pregunta­ba qué mujer lo cazaría. Me alegro de que seas tú. Te he cogido cariño.

—Señora Macey —Misao, emocionada, la abra­zó—. Gracias.

—Serás una buena esposa —dio unas palmadas en la espalda de Misao—. Y él será un buen marido. Yo sé que has pasado por momentos difíciles —se limitó a asentir con la cabeza cuando Misao se apar­tó—. Tenías algo en la mirada cuando llegaste. Ya no lo tienes.

—Lo dejé todo atrás. Estoy feliz.

—Se nota. ¿Habéis fijado la fecha?

—No, todavía, no —Misao se acordó de los abo­gados, de los problemas, de Soujiro. Podría con to­do, se dijo, con todo—. En cuanto podamos.

—Quiero estar en primera fila el día de la boda.

—Lo estará. Y podrá beber todo el champán que le apetezca en nuestro treinta aniversario.

—Lo apunto. Bueno, tengo que irme, dentro de poco los monstruos estarán llamando a la puerta y no quiero que me embadurnen las ventanas. Dile a tu hombre que se ha comportado.

—Se lo diré —«su hombre», Misao pensó que era una expresión preciosa.

Aceleró el paso. Tendría que darse prisa para que la tarde no se le echara encima.

Fue a la parte delantera de la casa y miró alre­dedor con cierta timidez. Se cercioró de que esta­ba sola en la luz del crepúsculo, alargó los brazos hacia las calabazas, tomó aire y se concentró.

Necesitó un esfuerzo considerable, lo habría hecho más rápidamente con una cerilla, pero no le habría producido la misma emoción que ver que las velas se encendían con el fuego que produ­cía su mente.

¡Caray! Resopló con fuerza. Eso sí que era guay.

Comprendió que no se trataba sólo de la ma­gia. Era saber quién y qué era ella. Era encontrar su fuerza, su objetivo en la vida y su corazón. Re­cuperar el dominio de sí misma para poder com­partirlo con un hombre que creía en ella.

En ese momento era Misao y lo sería indepen­dientemente de lo que pasara al día siguiente o un año después.

Subió los escalones alegremente y entró en su casa.

—¡Diego!He vuelto. No vas a creer el día que he pasado. El mejor, sin duda.

Pasó a la cocina y encendió la luz. Puso a ca­lentar agua para el té antes de llenar una gran ces­ta de mimbre con bolsas de caramelos.

—Espero que vengan muchos niños. Hace años que no llaman a la puerta de mi casa —abrió un ar­mario—. ¡No puedo creérmelo, me he olvidado del coche en la librería¿En qué estaría pensando?

—Siempre fuiste muy distraída.

La taza que sujetaba se le cayó, como si fuera agua entre los dedos, se estrelló contra la encimera y se hizo añicos contra el suelo. Oyó aquella voz terrible mientras se giraba.

—Hola, Misato —Soujiro se acercó lentamente hacia ella—. Me alegro de verte.

Misao no podía pronunciar su nombre. No po­día emitir sonido alguno. Rezó para que fuera al­guna visión, una de sus alucinaciones. Pero él le rozó la mejilla con sus dedos largos y delgados. Se le heló la sangre en las venas.

—Te he echado de menos. ¿Pensabas que no vendría? —le pasó los dedos por la nuca y ella sintió náuseas—. ¿Que no te encontraría¿Acaso no te he dicho mil veces que nada podrá separarnos?

Ella cerró los ojos cuando él se inclinó y le ro­zó los labios con los suyos.

—¿Qué te has hecho en el pelo? —le tiró vio­lentamente del pelo—. Sabes cuánto adoraba tu pelo. ¿Te lo has cortado para molestarme?

Una lágrima le resbaló por la mejilla cuando él le sacudió la cabeza. La voz, el tacto, todo le devol­vía a lo que había sido y le hacía olvidar lo que era. Sentía como si Misao se desvaneciera en el aire.

—Me desagrada, Misato. Me has causado mu­chos problemas. Muchos. Nos has robado un año de nuestras vidas.

Apretó los dedos. Le hacía daño mientras le le­vantaba la barbilla.

—Mírame, zorrita estúpida. Mírame cuando te hable. —Ella abrió los ojos y sólo pudo ver dos po­zas vacías y transparentes—. Tendrás que pagarlo y lo sabes. Más de un año que se ha esfumado. Además, durante todo ese tiempo has vivido en es­ta casucha miserable, te has reído de mí al trabajar de camarera y servir a la gente. Al iniciar un nego­cio miserable. Un negocio de comidas. Me has hu­millado.

Bajó la mano de la mejilla a la garganta y la cerró.

—Tardaré tiempo en perdonarte, Misato. Tar­daré porque sé que eres lenta y un poco estúpida. ¿No tienes nada que decirme, mi amor¿Nada que decirme después de una separación tan larga?

Ella tenía los labios tan fríos que pensó que se iban a quebrar.

—¿Cómo me has encontrado?

Él sonrió y Misao se estremeció de pies a cabeza.

—Ya te dije que te encontraría allí donde fue­ras e hicieras lo que hicieras.

La empujó con tal fuerza que la arrojó de es­paldas contra la encimera. Asimiló el dolor como si perteneciera a otro tiempo, como un recuerdo.

—¿Sabes lo que he encontrado en tu nidito, Misato¿Misato, puta mía? Ropa de hombre. ¿Con cuántos te has acostado, puerca? —La tetera em­pezó a silbar, pero ninguno de los dos le hizo caso—. ¿Has encontrado a algún pescador para que ponga sus manazas de obrero en tu cuerpo¿En el cuerpo que me pertenece?

Aoshi. Fue lo primero que pensó con claridad. Con tanta claridad que sus ojos presas del vértigo reflejaron puro terror.

—No hay ningún pescador.

Apenas parpadeó cuando él la abofeteó.

—Mentirosa. Sabes que detesto las mentiras.

—No hay... —la siguiente bofetada hizo que se le saltaran las lágrimas, pero le recordó quién era. Era Misao Makimashi y tenía que pelear—. Alé­jate de mí. Aléjate.

Intentó agarrar un cuchillo de la encimera, pero él fue más rápido. Siempre había sido más rápido.

—¿Buscabas esto?

Le puso el filo resplandeciente a un centímetro de la nariz. Ella se abrazó a sí misma. Pensó que, al final, acabaría matándola.

No lo hizo, se apartó y le dio una bofetada tan violenta con el dorso de la mano que la mandó contra la mesa. Ella se golpeó la cabeza contra el borde de la gruesa madera y todo brilló para oscu­recerse acto seguido.

No notó el golpe de su cuerpo contra el suelo.

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Kaoru se había despedido de un joven explorador del espacio. La librería era uno de los sitios que re­cibía más visitantes en Halloween. Había esquele­tos danzantes, calabazas sonrientes, fantasmas vo­ladores y, naturalmente, un montón de brujas.

Había sustituido la música habitual por aullidos, lamentos y cadenas que se arrastraban.

Lo estaba pasando como nunca.

Sirvió el ponche de un caldero humeante a un vaquero espectral, que la miraba con los ojos de­sorbitados.

—¿Va a montar en su escoba esta noche?

—Claro —se inclinó—. ¿Qué bruja sería si no?

—La bruja que persiguió a Dorothy era una bruja mala.

—Estoy de acuerdo, era una bruja muy mala, pero resulta que yo soy muy buena.

—Era ho... rrible y tenía la cara verde. Tú eres guapa —sonrió y se bebió el ponche.

—Muchas gracias. En cambio, tú eres aterra­dor —le dio una bolsa de caramelos—. Espero que no me asustes.

—Uuuh. Gracias, señora —echó los caramelos en la bolsa y salió corriendo a buscar a su madre.

Kaoru, divertida, empezó a erguirse. Sintió un dolor punzante, como una espada que le atravesa­ba la sien. Vio a un hombre con ojos pálidos y pe­lo brillante y la hoja de una espada.

—Llama a Aoshi —fue precipitadamente hacia la puerta mientras llamaba a una desconcertada Lulú—. Hay un problema. Misao está en apuros. Busca a Aoshi

Salió corriendo a la calle, rodeó un grupo de niños disfrazados y casi se choca con Megumi.

—Misao.

—Lo sé —Megumi sentía todavía el zumbido en la cabeza—. Tenemos que darnos prisa.

Volvió en sí lentamente, con la visión desenfo­cada y la cabeza dolorida. El silencio era absoluto. Se giró en el suelo, gimió y consiguió ponerse a gatas. Sintió náuseas y volvió a hacerse un ovillo.

La cocina estaba a oscuras, sólo iluminada por la luz de una vela en el centro de la mesa.

Soujiro se sentó en una de las sillas de la cocina. Ella podía ver sus zapatos, el lustre, la raya perfec­ta de los pantalones; quiso llorar.

—¿Por qué me obligas a castigarte, Misato? Só­lo puedo pensar que disfrutas con ello —le dio una patada con la punta del zapato—. ¿Es eso?

Ella se alejó gateando. Imploró para que le concediera un momento. Un momento para respi­rar y recuperar las fuerzas, pero él se limitó a pi­sarle la espalda.

—Vamos a ir a un sitio donde podamos estar solos. Podremos comentar toda esta estupidez, todos los problemas que me has causado.

Frunció ligeramente el ceño. ¿Cómo iba a sa­carla de allí? No quería haberle dejado marcas; por lo menos donde pudieran verse, pero le había obli­gado a hacerlo.

—Iremos andando a mi coche. Me esperarás ahí hasta que haga la maleta y pague el hotel.

Misao negó con la cabeza. Sabía que era inútil, pero negó con la cabeza. Luego, se puso a llorar en silencio cuando Diego se restregó contra sus piernas.

—Harás exactamente lo que diga —golpeó la mesa con el filo del cuchillo—. Si no lo haces, no me dejarás alternativa. La gente ya cree que estás muerta. Las mentiras pueden convertirse fácilmente en realidad.

Al escuchar un ruido fuera levantó la cabeza con un movimiento brusco.

—Quizá sea tu pescador de regreso a casa —su­surró, y se levantó cuchillo en mano.

Aoshi abrió la puerta, vaciló un instante y mal­dijo al oír el teléfono que llevaba en la cintura. Esa interrupción le salvó la vida. Al escuchar un ruido detrás de la puerta, se giró.

Captó un movimiento difuso, vislumbró una afilada hoja de cuchillo que descendía hacia él. Se giró para alcanzar el arma. El cuchillo le alcanzó en el hombro en vez de atravesarle el corazón.

Misao gritó, se levantó, pero la cabeza empezó a darle vueltas y se tambaleó. Sólo veía dos figuras que luchaban en la cocina a oscuras. Pensó que ne­cesitaba un arma mientras se mordía el labio para no desvanecerse otra vez.

Ese cabrón no le arrebataría lo que era suyo. No haría daño a lo que ella amaba.

Fue tambaleándose hacia el cuchillero de la encimera, pero había desaparecido. Se revolvió dispuesta a usar uñas y dientes. Vio a Soujiro de pie sobre el cuerpo de Aoshi y blandiendo el cu­chillo.

—¡Dios mío¡No¡No!

—¿Este es tu caballero de la armadura res­plandeciente¿Es el hombre con el que has estado follando a mis espaldas? No ha muerto todavía. Tengo derecho a matarlo por robarme mi esposa.

—No lo hagas —tomó aire y lo soltó. Intentó recomponerse y encontrar un atisbo de fuerza—. Iré contigo. Haré lo que quieras.

—Lo harás en cualquier caso.

—Él no tiene importancia —se agarró al borde de la encimera y vio a Diego acurrucado enseñando los dientes—. No tiene importancia para ninguno de los dos. Me buscas a mí¿no? Has recorrido to­do este camino por mí.

Soujiro la perseguiría. Si pudiera salir, iría tras ella y dejaría a Aoshi. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no abalanzarse sobre su amor para protegerlo. Si lo hiciera, si lo mirara tan sólo, los dos estaban muertos.

—Sabía que lo harías —siguió diciendo ella mien­tras le temblaba todo el cuerpo y contemplaba cómo su marido bajaba el cuchillo—. Lo supe siempre.

Cuando Soujiro dio un paso hacia ella, el gato saltó como un tigre sobre su espalda; Misaol echó a correr con un aullido de rabia en los oídos.

Giró hacia la calle, hacia el pueblo. Ella miró atrás y lo vio salir de la casa. La alcanzaría. Al final, se encontrarían cara a cara. Se dejó en manos del destino y se sumergió en la arboleda.

Aoshi consiguió ponerse de rodillas cuando Soujiro salió por la puerta. Le dolía el hombro como si tuviera unos dientes de acero clavados en él. Se levantó con los dedos ensangrentados. Se acordó de Misao y se olvidó del dolor. Salió disparado por la puerta en el instante en el que el bosque se tra­gaba a Misao y al hombre que la perseguía.

—¡Aoshi!

Se detuvo lo justo para mirar con ojos de es­panto a su hermana y a Kaoru.

—La persigue. Lleva un cuchillo y ella no tie­ne mucho fuelle.

Megumi se sintió abrumada. Su hermano tenía la camisa empapada de sangre. Asintió con la cabeza y sacó la pistola, como él.

—Usaremos lo que tengas —dijo a Kaoru.

Se lanzó al bosque detrás de Aoshi.

No había luna y la noche estaba oscura como la boca del lobo. Misao corría enloquecida, se araña­ba con los arbustos y saltaba sobre las ramas caí­das. Si pudiera despistarlo, adentrarse en el bosque y que le perdiera la pista, podría darse la vuelta pa­ra regresar junto a Aoshi.

Rezaba con toda su alma para que estuviera vivo.

Podía oír a Soujiro detrás de ella, cerca, demasia­do cerca. Ella tenía la respiración entrecortada por el miedo, pero la de él era firme y acompasada.

Sintió un mareo y cayó de rodillas; lo venció, se trastabilló. No podía perder en ese momento.

Soujiro se le echó encima y la derribó. Cayó ro­dando y pataleando con la única idea de librarse de él. Se le heló la sangre cuando la tiró del pelo y le puso el cuchillo en la garganta. Sintió que se le va­ciaba el cuerpo y se le quedaba sin vida, como el de una muñeca.

—Hazlo —dijo completamente agotada—. Termina con todo.

—Has huido de mí —lo dijo con tanto descon­cierto como rabia—. Has huido.

—Y seguiré haciéndolo. Seguiré huyendo has­ta que me mates. Prefiero estar muerta a vivir contigo. Ya he muerto una vez, mátame. Ya no te ten­go miedo.

Notó el filo de la hoja. Él la levantó al oír pasos.

Misao sintió una enorme felicidad al ver a Aoshi, aunque aún tuviera el cuchillo en la garganta.

Estaba vivo. La mancha oscura de la camisa resplandecía a la tenue luz de las estrellas. Pero estaba vivo y lo demás no tenía importancia.

—Suéltala —Aoshi sujetaba la pistola con las dos manos—. Deja el cuchillo y apártate de ella.

—Le cortaré la garganta. Es mía y no dudaré en hacerlo.

Soujiro miró a Aoshi, a Megumi y a Kaoru que forma­ban un semicírculo.

—Si le haces daño, eres hombre muerto. No saldrás vivo de aquí.

—No tienes derecho a entrometerte entre un marido y su mujer —había algo juicioso en su tono, algo sensato bajo la locura—. Misato es mi es­posa. Legal, moral y eternamente —le empujó la garganta con el cuchillo—. Guardad las pistolas y dejadnos en paz. Esto es un asunto mío.

—No tengo un blanco claro —dijo Megumi en un susurro—. No hay luz suficiente.

—No es la solución. Baja la pistola, Megumi —Kaoru alargó el brazo.

—Al demonio con eso —mantuvo el dedo en el gatillo.

Sólo podía pensar que aquel tipo era un cabrón mientras veía la garganta de Misao y olía la sangre en la camisa de Aoshi.

—Megumi -—repitió Kaoru en voz baja mientras Aoshi seguía ordenándole firme y tajantemente que dejara el cuchillo y se apartara.

—Maldita sea. Maldita sea. Será mejor que tengas razón —murmuró Megumi.

Aoshi no las oía. Habían dejado de existir para él. Misao era la única realidad.

—Haré algo más que matarte —mantenía la pistola firme como una roca y la voz tranquila co­mo las aguas de un lago—. Si le haces un rasguño, te haré pedazos. Te dispararé a las rodillas, a las pelotas, a la tripa y disfrutaré viendo cómo te de­sangras.

Soujiro perdió todo el color que la rabia le había llevado al rostro. Creía en lo que veía en los ojos de Aoshi. Creía en el dolor y la muerte que veía allí, y tuvo miedo. Le tembló la mano que empuñaba el cuchillo, pero no se movió.

—Me pertenece.

Megumi tomó de la mano a Kaoru. Misao sintió la olea­da de energía que habían creado, y también la oleada de amor y terror que emanaba de Aoshi mientras san­graba por ella.

Y sintió, como nunca antes lo había hecho, el miedo del hombre que la agarraba. Ella se llamaba Misao Makimashi y ése sería su nombre siempre. El hombre que tenía detrás era menos que nada. Aga­rró el colgante que le había dado Kaoru. Vibró.

—Me pertenezco a mí misma —fue recupe­rando el poder poco a poco—. Me pertenezco a mí misma. Y a ti —dijo con los ojos clavados en los de Aoshi—. Tú ya no me haces daño —levantó la otra mano y la posó suavemente en la muñeca de Soujiro.—Suéltame, y podrás marcharte. Nos olvida­remos de todo. Es tu oportunidad. La última oportunidad.

Ella oyó el silbido de la respiración de Soujiro en el oído.

—Perra estúpida. ¿Crees que voy a dejar que te escapes?

—Es tu única alternativa —había compasión en sus palabras—. La última.

Oía una letanía en la cabeza, cada vez más alta, como si hubiera estado esperando a que eso la li­berara.

Se preguntó cómo había podido tenerle tanto miedo.

—Que lo que me has hecho a mí y a todos, multiplicado por tres se vuelva contra ti. A partir de esta noche nada podrás sobre mí. Que se haga mi voluntad.

La piel le brilló como si tuviera luz propia; las pupilas eran oscuras como carbones. El cuchillo tembló, resbaló sobre su piel y cayó al suelo. Mientras Soujiro se derrumbaba a sus espaldas, oyó un jadeo sordo, un gemido agudo que no llegó a ser un grito.

Misao ni siquiera lo miró.

—No dispares —le dijo tranquilamente a Aoshi—. No lo mates de esta manera. No te haría ningún bien —con los gemidos de Soujiro de fondo, se acercó a Aoshi que estaba dispuesto a hacerlo—. No nos haría ningún bien. Él ya no significa nada —puso la mano en el corazón de Aoshi que latía con fuerza—. Él es lo que ha hecho de sí mismo.

Soujiro se retorcía en el suelo como si algo per­verso se hubiera apoderado de él. Tenía el rostro pálido como la cera. Aoshi bajó la pistola y abrazó a Misao con el brazo sano. Ella se quedó así un rato mientras alargaba un brazo para estrechar la mano de Kaoru.

—Quédate con ellas —le dijo Aoshi—. Yo me ocuparé de él. No lo mataré. Sufrirá más si vive.

Megumi observó a su hermano acercarse al cuer­po que se crispaba en el suelo y sacar las esposas. Pensó que él tenía que hacer ese último acto y ella dejar que lo hiciera.

—Tardará dos minutos en esposar y leerle los de­rechos a ese despojo humano, luego quiero que vaya a la clínica. No sé cuál es la gravedad de la herida.

—Yo lo llevaré —Misao se miró la mano ensan­grentada, la sangre de Aoshi, y notó el latido de la vida—. Yo lo acompañaré.

—El valor —Kaoru le tocó el colgante— rompe el conjuro. El amor hace uno nuevo —abrazó con fuer­za a Misao—. Lo has hecho muy bien, hermanita —se volvió hacia Megumi—. Y tú has encontrado tu destino.

El día de Todos los Santos, mucho después de que apagaran las hogueras y antes de que amaneciera, Misao estaba sentada en la cocina de su casa amarilla con la mano posada sobre la de Aoshi.

Sintió la necesidad de volver, de estar allí, de limpiarla de lo que había pasado y de lo que había podido pasar. Eliminó las fuerzas negativas que quedaban en el aire y encendió velas e incienso.

—Me habría gustado que te hubieras quedado en la clínica.

Misao apretó la mano de Aoshi.

—Yo podría decir lo mismo.

—A mí me han dado unos cuantos puntos de sutura, tú tenías una conmoción.

—Ligera —le recordó ella—. Y veintitrés pun­tos no son unos cuantos.

Veintitrés puntos, pensó él, una cuchillada bas­tante considerable. El médico había dicho que había sido un milagro que no afectara gravemente a ningún músculo o tendón. Aoshi lo llamaba magia. La magia de Misao.

Ella le pasó la mano por las vendas nuevas has­ta tocar el medallón.

—No te lo has quitado.

—Me pediste que no lo hiciera. Se calentó —ella lo miró a los ojos—. Un instante antes de que me hiriera. Pude ver dentro de mi cabeza, co­mo un fogonazo, el cuchillo que iba al corazón y que se desvió. Como si hubiera chocado contra un escudo. Pensé que me lo había imaginado que eran imaginaciones mías, pero ahora sé que no.

—Eramos más fuertes que él —Misao se llevó las manos unidas a la mejilla—. En cuanto oí su voz, tuve miedo, me dominó el miedo. Me arreba­tó todo lo que había conseguido construir, todo lo que había aprendido de mí misma. Me dejó parali­zada, me anuló la voluntad. Ése era el poder que tenía sobre mí. Por suerte, empecé a recuperarlo y cuando te hirió lo recuperé de golpe; aún así no podía pensar con claridad. Supongo que en parte por el golpe en la cabeza.

—Te escapaste para salvarme.

—Y tú nos seguiste para salvarme a mí. Somos una pareja de héroes.

Él le acarició delicadamente la mejilla. Notaba el palpitar de los moratones.

—No volverá a hacerte daño. Cuando amanez­ca, iré a relevar a Megumi y me pondré en contacto con la oficina del fiscal. Este par de intentos de asesinato lo mantendrá un tiempo entre rejas, por muy buenos que sean sus abogados.

—Ya no le temo. Al final resultaba penoso ver­lo consumido por su propia crueldad, aterrado de ella. Su locura se ha vuelto contra él. Ya no podrá volver a ocultarla —todavía podía ver los ojos sin color y desorbitados en la cara blanca como la ce­ra—. Una habitación acolchada sirve lo mismo que una celda.

Se levantó y sirvió más té. Cuando volvió, Aoshi la rodeó con un brazo y puso la cara contra su vientre.

—Voy a tardar en borrar esa imagen tuya con un cuchillo en la garganta.

Ella le acarició el pelo.

—Tenemos toda una vida por delante para lle­narnos las cabezas con otras imágenes. Quiero ca­sarme contigo, sheriff Shinomori. Quiero empezar pronto esa vida.

Se sentó en su regazo y suspiró mientras apo­yaba la cabeza en su hombro sano. En la ventana aparecieron lo primeros brochazos de color que anunciaban el amanecer.

Le puso la mano en el corazón para acompasar sus latidos a los de él. Comprendió que la verdade­ra magia estaba allí.

Fin...


Holas... Pues bien hasta aki llega la primera parte de esta trilogia, no se olviden de leer el primer capitulo de Cielo y Tierra, la segunda parte de esat historia donde nos centraremos mas en Meg y Sano, pero sin olvidar a los demas personajes...

Creanme cada vez esto se volvera muuucho mejor...

gracias por los reviews... Muchas gracias por todo su apoyo...
nos vemos en el proximo fics...
matta neeee