Un fantasma degenerado
Escrito por Princess Sheccid
Disclaimer:
Inuyasha y Cía. no me pertenece!!! Fue creado por Rumiko Takahashi sensei, a quien admiro mucho por haber creado a estos personajes tan graciosos, además de otras series buenísimas ) A ella también debemos de que estemos disfrutando de esta serie tan divertida!!
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Capítulo once:-
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Por su rostro corrían algunas lágrimas de amargura y desesperación.
- "¡Maldición! Siento que no llegaré…"
Sango corría lo más que podía, y sentía que en cualquier momento caería desfallecida. Pero no se rendiría. La persona más importante para ella, estaba a punto de morir…
- ¡SANGO!
La aludida no tomó atención al principio del llamado. Estaba demasiado molesta, y no quería perder tiempo en detenerse a escuchar cosas que no venían al caso.
Siguió avanzando, notando angustiada una columna de humo que comenzaba a elevarse entre el ramaje. Ya no se oía al semi demonio, y eso era mala señal, ya que indicaba que había consumado su propósito.
Sus pies trastabillaron. Sus ojos se abrieron en sorpresa y su mente se quedó en blanco. Ante ella surgió una maraña de raíces, aquellas que alguna vez la hicieron recordar sus momentos más tristes al caer en aquella trampa de Naraku… Y no se veía camino alternativo.
De pronto, sintió que una mano la cogía fuertemente del brazo. Segundos después, estaba siendo elevada por los aires. Totalmente sorprendida se giró hacia su captor y descubrió el rostro de Kagome, quien observaba divertida su cara de desconcierto.
Ahora ambas estaban sentadas en el lomo de Kirara y avanzaban a gran velocidad al lugar donde se elevaba la columna de humo. Llegaron al sitio en pocos segundos. Bajo ellas avistaron a un punto rojo, a quien identificaron como InuYasha.
Kagome le susurró algo a Kirara, quien descendió de inmediato. Sango parecía no poder pronunciar palabra. Se llenó de indignación al ver al muchacho echado, totalmente indiferente al espectáculo que había generado…
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- ¡INUYASHA!
El aludido movió ligeramente las orejas, pero no se movió ni una pizca. Había reconocido la voz de la exterminadora. Algo comenzó a taladrarle en su conciencia…
Quizá, lo que estaba haciendo, no era lo correcto… Después de todo, el monje era así, siempre había actuado de esa manera…
Pero desechó aquellas ideas tontas con un gesto burdo.
Bah. Su dignidad era mucho más importante que ese insolente, que le había hecho quedar en ridículo.
De pronto sintió una mirada que le atravesaba. Se quedó de piedra en su sitio.
Inmediatamente se sentó muy derecho y dirigió una mirada aterrada a su espalda. Tragó en seco.
Allí estaba Kagome, con el rostro más furioso que nunca. La chica miraba alternativamente el cuerpo del monje a punto de ser incinerado, a InuYasha y algunos de sus brasieres ondeando como orgullosas banderas, colgados en las ramas de un árbol cercano.
Mientras tanto, Sango trataba de acercarse a la pila de ramitas. InuYasha olvidó por completo a la joven de cabello azabache. Al notar la intención de la exterminadora, dio un salto increíble y se colocó entra la pila y ella. La miró con rudeza. La exterminadora lo miró con odio profundo.
Intentó apartarlo, pero él la levantó fácilmente con una mano y la arrojó al césped. La apuntó con su espada enfundada.
- No me obligues a hacerte daño Sango. –ella lo miró herida, furiosa. Su mirada exigía explicaciones.- Ese maldito monje no ha regresado… ¡No quiere volver, entiéndelo! Parece no interesarle todo lo que nos preocupamos por él, ni siquiera parecen importarle tus lágrimas. Será mejor que lo ayude más bien irse al otro mundo…
- Pero… -la exterminadora se aferró con fuerza a su falda. Su mirada castaña se tornó cristalina. Sus palabras le dolían. No quería escucharlo, no quería aceptar lo que decía… No podían ser ciertas sus palabras.
- ¡Te estás aferrando a él de una manera tonta! Al parecer no le importas lo suficiente como para…
Lo siguiente no pudo escucharlo. Lo siguiente que se vio fue al muchacho en el suelo, inconsciente, con los ojos en forma de espiral. Kagome se había acercado al muchacho furiosa, más de lo hubiera estado horas atrás, y con una enorme roca lo golpeó en la cabeza. Su respiración era agitada y miraba de manera asesina el cuerpo del hanyou.
La mujer a su lado sintió gran frustración en su interior y no resistió más. Se echó a llorar.
- ¡InuYasha tiene razón! -el rostro de la adolescente cambió a uno de confusión y tristeza. A su lado, la exterminadora se cubría el rostro, sollozando incontrolablemente- Ya no hay señales de él, ni de que volverá…
Kagome se agachó a su lado y con cariño le frotó la espalda.
- No debes entristecerte… Quizá él dio lo mejor de sí para regresar y ya… no…
Sus palabras murieron en sus labios. El llanto de Sango se le hacía tan doloroso, y el sólo pensar en la situación… Pequeñas lágrimas se deslizaron por sus mejillas al recordarlo, y al pensar que nunca volverían a verlo.
De pronto se le vino a la mente el muchacho, sus palabras, todos sus gestos… Y a pesar de sus malas actitudes muchas veces, él siempre había estado allí para reconfortarlos (especialmente a Sango) cuando se sentían tristes. Era uno de los últimos en perder las esperanzas, sabía aconsejar en momentos difíciles y…
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- Sango, no llores…
Al principio pensó que todo era obra de su imaginación. De su inmenso deseo de verlo, de que todo lo que había sucedido, fuera tan sólo una broma… Pero, su voz se escuchó tan nítida…
Pasaron unos segundos. Ya no escuchó nada.
- "Me lo temía…" -pensó ella con dolor. Continuó ella con un llanto silencioso, triste, muy triste.
De pronto sintió como con gran cuidado alguien fue secando sus lágrimas, una a una. Sus ojos se cerraron con fuerza y agitó a cabeza, tratando de apartar aquellos pensamientos tan dolorosos de su mente, tratando de apartar aquellas caricias que ella creyó reales. No podía ser él, tenía que ser una jugarreta de su corazón herido.
- Sango… mírame. Soy yo.
Con mucho temor, fue abriendo los ojos poco a poco temiendo llevarse una tremenda desilusión. Entre gotitas salinas, distinguió el brillo de dos ojos que la miraban con profundo amor, rogando perdón por haberla entristecido tanto.
Abrió los ojos por completo, sorprendida. Al principio se vieron azules, como un océano profundo, lleno de secretos. Después, se fueron cambiando, tornándose turquesas, un color en azul y celeste, muy difícil de definir…
De pronto, notó que tenía ante sí a una personita diminuta que con las justas llegaría a alcanzarse a las rodillas. Su carita era de un cutis fino y delicado, tenía un cabello de un increíble color naranja y unos enormes ojos de color indescriptible. Detrás de esa criatura, había una cola muy esponjada y suave.
Sango lo miró muy confundida. Kagome se sentó a su lado, también mirando a la criatura con mucha curiosidad.
- ¿Shippo...¿Por qué estás imitando la voz del monje Miroku? -preguntó Kagome.- De verdad que no es gracioso que le hagas esto a la pobre Sango. –Kagome lo miró ahora muy enfadada, pensando que quizá había hecho para reconfortar a la exterminadora… Pero, no debía hacerlo. No en ese momento.
Ambas muchachas sabían muy bien de la habilidad del pequeño zorrito para adoptar la apariencia de otros y de imitar voces… Aquella ocasión no sería la excepción.
La pequeña criatura dio un brinco hacia atrás y agitando los bracitos, dijo seria:
- ¡No¡No! No soy Shippo. ¡Soy Miroku! -las chicas lo observaban con un ceja levantada, incrédulas. A su lado, el hanyou seguía inconsciente, con los ojos en forma de espiral- ¡Les digo que en verdad soy yo! -se plantó frente a Sango y la miró con ojos de borrego a medio morir- ¿Tú si me crees, verdad? -Sango lo miró muy confundida y parecía que iba a ponerse nuevamente a llorar.
La bella adolescente lo miró aún incrédula, y luego con enojo. Había notado cuán nervioso se había puesto el zorrito al decir esas últimas palabras.
En tanto, el zorrito se había plantado detrás de Kagome y la empujaba (o bueno, trataba) mientras murmuraba con esfuerzo que debían apresurarse y ayudarlo sino su cuerpo en pocos minutos ardería sin remedio.
- ¡Ya basta Shippo! -la pequeña criatura dio un paso atrás aterrada al ver su cara llena de enojo- ¡Lo que estás haciendo no está nada bien!
- Pero…. pero… -el pequeño miró con mucha tristeza que el fuego comenzaba a achicharrar su sandalia. No prestó atención a lo que decía la muchacha.
-…para colmo, estás ilusionando a Sango que el monje Miroku aún puede volver cuando eso ya no es posible. ¡Entiende que ya no hay manera! Yo no quería creerlo, pero… -bajó la cabeza compungida, mientras el pequeño estaba a punto de un colapso nervioso al ver que el pie del monje había comenzado a arder en llamas.
- Pero… Kagome, por favor, escúchame… -el pequeño suplicaba, medio lloroso al ver su mano izquierda, ya en carne viva, quemarse.
- ¡NO¡ESCÚCHAME TÚ A MÍ! -Kagome lo miró muy molesta.- Te estaba diciendo que…
Sango había tranquilizado sus sollozos y ahora miraba intrigada la escena que en ese momento se estaba desarrollando.
-…además, InuYasha dijo que… -continuó la chica de la época futura.
- ¡MALDICIÓN¡CÁLLATE DE UNA BUENA VEZ! -Kagome casi se desmaya al oír hablarle de esa manera. Tanto ella como Sango lo miraron con los ojos muy abiertos, como si estuviesen viendo a un extraterrestre bailando tap, mientras él se tiraba de los cabellos con desesperación.- ¡ESTÁ BIEN, ESTÁ BIEN! -dijo la criatura, furiosa- Kagome¿quieres pruebas de que en realidad soy Miroku... ¡PUES BIEN¡TE DARÉ LAS MALDITAS PRUEBAS!
Antes de que Kagome o Sango pudieran siquiera abrir la boca para decir algo, el pequeño avanzó como un bólido hacia la chica y sin decir más, pellizcó su trasero con descaro. La chica se quedó congelada, sin decir nada, mientras el pequeño obraba a su antojo.
Sango casi se desmaya de la impresión.
Shippo… el pequeño y siempre inocente Shippo… No… no podía ser él. ¡¡¡Ni en mil millones de años!!! Entonces, tenía que ser…
Mientras tanto Kagome seguía de piedra después del suceso.
¡No podía creer lo que había sucedido!
A su lado, un pequeño zorro estaba cruzado de brazos y murmuraba furioso sobre la poca credibilidad que le daban siempre a él, de cómo nunca le hacían caso sin antes una prueba y de cómo al final terminaba abofeteado por su buena acción.
- ¡YA ESTARÁS CONTENTA! Yo no quería hacerlo y menos en este cuerpo. Shippo estará furioso conmigo, y todo por…
De lo siguiente que iba a decir, Kagome no pudo enterarse.
Antes de que el pequeño zorro pudiera soltar alguna otra palabra, alguien había rodeado su cuello con los brazos. De pronto sintió sus ropas humedecidas y pequeños hipidos soltados muy cerca de su oído. Ello calmó todo su malhumor y todas las malas experiencias últimas se borraron de su memoria.
Su furia amainó para dar paso a cierta melancolía. Giró la mirada y allí vio a la chica que tantas veces había llorado, ya sea por su causa o por tanto dolor acumulado por tantas vivencias amargas. Y lo único que pudo soltar fue:
- Lo siento.
Se giró con cuidado hacia ella y se abrazó de su cuello. La chica lloraba, mitad feliz, mitad triste. Había ansiado tanto tiempo volver a escuchar aunque sea su voz…
Y él hubiera dado todo por besarla, por calmar con palabras dulces sus sollozos. Fue un momento maravilloso, que hubiera durado eternamente sino hubiera sido por…
- ¡¿PUEDEN DEJAR ESO PARA DESPUÉS Y AYUDARME?!
Tanto Sango como el zorrito se sonrojaron y voltearon la mirada apenados.
En tanto, la adolescente de cabello de ébano jalaba con todas sus fuerzas el cuerpo del monje, pero parecía no tener éxito.
Había logrado apagar la fogata usando el haori de un aún inconsciente InuYasha, el cual sabía bien que no se dañaría con las llamas. La exterminadora y el zorrito se aproximaron y con fuerza, jalaron entre los tres el cuerpo.
Después de dejarlo a buen recaudo, los tres cayeron sentados sobre el césped, respirando algo agitados.
Sin perder minuto, el pequeño zorrito se puso de pie rápidamente y caminó rodeando su, tal y como él lo llamó, "hermosísimo cuerpo" examinando los daños causados y medio gimiendo, con pequeñas lagrimillas brotando de sus ojos.
En su inspección descubrió sus sandalias chamuscadas y ya inservibles, las mangas de la ropa que llevaba puesta, también renegridas (antes de un blanco inmaculado) y por último, vio con horror la piel de su mano izquierda y de ambos pies, quemada, a pesar de que no había sido demasiado el tiempo al contacto con las llamas.
- No te preocupes Miroku… Puedo curar tus heridas. –dijo la adolescente al mirar su rostro consternado- La anciana Kaede me ha enseñado un nuevo conjuro, que estoy segura que ayudará muchísimo…
El pequeño volteó a mirarla y le dirigió una sonrisa de agradecimiento. Se acercó a ellas y se sentó a su lado, guardando por un tiempo silencio y contemplando los tres la columna de humo de la fogata recientemente apagada que se elevaba hacia el infinito.
Kagome analizaba los recientes sucesos, aún pasmada.
¿Cómo habían llegado las cosas a tal punto de que InuYasha hubiese querido…?
Miró de reojo al pequeño, quien miraba con tristeza a Sango, a su cuerpo que casi estuvo a punto de ser quemado… Kagome escuchó un suspiro. Notó que el zorrito se ponía de pie y se paraba delante de ella.
- Lamento haber hecho eso Kagome. –bajó la mirada- Creo que estuvimos muy exaltados todos y se me pasó… -Kagome le dirigió una mirada algo sarcástica
- Con ello me comprobaste que en realidad eras tú. –Sango se echó a reír. Después de unos momentos, Kagome y el zorrito se le unieron.
Pasaron unos momentos, en los que Kagome se acercó al cuerpo del monje para examinarlo. En tanto, Sango se acercó cautelosamente al zorrito y lo tomó entre sus brazos. Lo apretó contra sí. El zorrito se sonrojó.
- "Creo que puedo acostumbrarme a esto…"
De pronto escucharon la voz de Kagome. Hablaba para sí, mientras veía con ojo crítico el cuerpo. Sango y el zorrito se aproximaron a ella.
- No comprendo… ¿Por qué no pude arrastrar el cuerpo por mí misma? El monje Miroku no pesa tanto… -se tomó del mentón mientras observaba el rostro pálido del monje. Segundos después notó con gran sorpresa un pergamino adherido en la base de su cuello. Soltó un chillido.- ¿Y esto?
Kagome miró el papel con detenimiento. La escritura era nítida e inconfundible.
Sus ojos se abrieron a más no poder, mientras giraba furiosa hacia el pequeño quien quiso que en ese momento la tierra se lo tragase.
- ¿Qué sucede Kagome? -el rostro de Sango era de gran confusión.
- ¡Esto es lo que sucede! -chilló Kagome furiosa mientras le blandía el pergamino en el rostro.- ¡¡¡Este pergamino pertenece al monje Miroku!!!
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o.o.o. Continuará .o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.
