Cap 3

Una noche de sufrimiento

By: Jul-Tao

Dentro de la carpa Len Tao se desahogaba con cualquier cosa que tenía delante suyo, y caminaba como felino enjaulado mucho más que furioso.

"Como fue capaz de hacerme eso, a mí, imbécil, que se vaya al diablo si eso quiere". Medio gritaba medio pensaba el Tao, y sólo alcanzaba a mascullar las frases para el mismo.

Claro, lo salvó -aunque no era necesario, según él- lo abrazó como si fuera una estúpida damisela en peligro y luego, valga su atrevimiento lo golpeó.

Len llevó su mano izquierda a su boca y limpió el hilo de sangre que aún recorría su mentón.

"Pobre idiota, cuando sea rey, yo...".

Entonces detuvo sus pensamientos abruptamente. Len ya no sería rey, ya no tenía a nada ni a nadie y si quería vivir debería "comportarse" y obedecer a ese general.

Otro golpe de rabia lo invadió y en un abrir y cerrar los ojos con un brazo barrió y tiró todo lo que se encontraba sobre una mesa, donde antes abría encontrado el diario, unas furtivas lágrimas de desesperación amenazaban salir, y tratando de contenerse sus labios temblaron, no pudo más se sentó en ese "cama" y con los brazos cubrió sus ojos y empezó a llorar, una tremenda tristeza lo invadía, una sensación de soledad y de infelicidad más grande que nunca había sentido, otra vez las llamas que habían devorado lo que conocía aparecieron delante sus ojos y los pequeños, pocos y hermosos recuerdos volvían y sin querer sus jadeos se hicieron incontenibles, era más de lo que podía soportar, y es ¡qué iba a ser de él¡de toda su vida! No conocía más de lo que ya no existía y no había vivido ni la mitad de lo que debería ser su existencia.

Y ¡qué maravillosos recuerdos reaparecían! De una manera sarcástica lo pensaba, había pasado tan poco tiempo con los seres que amaba, y su casa fue sólo un claustro de piedra que lo atormentaba cada día, cada noche después de que volvió, y ¿qué amigos tuvo¿Un tigre de felpa que lo esperaba inocente en su cama, al que le contaba todos su secretos y sus sueños, al que imaginaba como un "amigo" algo que no se daría el lujo de conocer?.

Cada vez sus pensamientos lo hacían caer aún más profundo y de un simple enojo, ahora deseaba no menos que morir o retroceder el tiempo para reponer todos sus errores, pues todo lo que había pasado había sido por su culpa, él se culpaba, pues para su mente angustiada nada hubiese sucedido si es que no hubiera sido como fue.

-"Maldito ególatra, egoísta" - Se recriminó y pronto él mismo se convirtió en una conciencia castigadora y cruel. Las gotas no se podían detener.

Afuera Horo escuchó como se caían todas las cosas de su mesa y fue casi inmediatamente a la carpa, quería golpearlo, quería gritarle, ahorcarlo si era necesario, un día y no lo aguantaba, pero le dejaría en claro quien era el jefe. Con paso firme se acercó, pero antes de entrar un sonido lastimero llegó a sus oídos, llanto, abrió un poco la tela y vio a Len sentado con la manos cubriéndole el rostro y llorando, algo dentro se sí se partió, su corazón se achicó y deseó con el alma que no fuera él la causa de aquel llanto, de alguna manera sus impulsos le pedían a gritos ir y consolar a ese chico que sin verlo, se caía profundamente en su interior. Un susurro casi imperceptible se oyó.

-"Maldito ególatra, egoísta"

Y¿si Horo era ese maldito ególatra, egoísta? Sin pensarlo más entró y suavemente se inclinó arrodillándose ante Len, y le agarró delicadamente las manos y trató de apartarlas de su rostro, lo logró y vió como sus ojos estaban cerrados y las lágrimas recorrían un camino doloroso y lento por sus blancas mejillas.

-Len...-Llamó despacio, con miedo a herirlo sin saberlo.

Por fin el príncipe abrió los ojos y lo que Horo miró era algo que creyó nunca poder ver, ese par de bellas orbes ahora demostraban una tristeza incapaz de existir, tan afligido, tan suplicante, ese rostro hermoso sólo quería desparecer y desistir.

-Por favor...-Pidió jadeante-Por favor, déjame solo- Siguió llorando aún más fuerte y Horo aún no sabía que hacer ni como reaccionar, dejarlo solo o quedarse.

-Por favor-Volvió a repetir-Déjame solo- Se exasperó y gritó-QUE NO ENTIENDES, DÉJAME SOLO-Y bruscamente se separó con el orgullo, lo único que le quedaba hecho añicos y con la realidad presionando sobre su joven corazón.

El peliazul lo tomo de una de sus muñecas, lo giró y lo abrazó y el general mismo quería llorar, y aún no sabía porque parecía que esa tristeza era compartida.

Len Tao, el gran y poderoso Len Tao, era reducido a nada y se desvaneció en ese abrazo que de alguna forma esperaba pero poco a poco fue cayendo hacia el suelo arrodillándose, protegiéndose con el pecho ahora mojado, y aún más quiso que su dolor despareciera, pero era pedirle al mar que cupiera en un charco de agua.

-Por favor-Volvió a pedir-Déjame solo- Y aún así el Usui lo abrazó con mucha más fuerza y sin querer él también se contagio de una amargura tan profunda que creía que el pequeño no podría soportar.

-No lo haré-Contestó en un murmullo-No te dejaré, estaré aquí contigo, quieras o no entiendes- Esto último hizo que el más pequeño se sorprendiera ante aquellas palabras y quedó mudo y confundido, pero una sensación que jamás había experimentado se apoderó de él, se le hacía necesario decírselo a alguien, aunque aquello tuviese consecuencias.

-Estoy solo-Dijo-No tengo nada ni nadie, y nunca lo tuve. Soy un maldito egoísta- Los jadeos y gemidos entrecortaron un poco aquella confesión y sólo pudo sentir como dos fuertes brazos lo querían resguardar.

-Tranquilo-Repetía en su oído mientras acariciaba su cabello-No es cierto.

-¿Por qué lo dices?-Preguntó deshecho, en un tono irónico.

-Porque no estas solo, yo estoy contigo, te guste o no- Esas palabras salieron de su boca sin previo aviso y ambos se sorprendieron pero de pronto los llantos cesaron poco a poco, hasta quedar en un cálido abrazo que los envolvía.

Se quedaron así unos cuantos minutos más, respirando la tranquilidad que cada uno se proporcionaba.

-Es hora de dormir Len-Dijo muy indeciso a la reacción del lastimado muchacho.

-Si, creo que sí- Contestó el ojidorado

Y limpiándose un poco el rostro se levantó y quitándose la camisa lentamente, aún con el alma culpable y con un dolor que lo quemaba como fuego decidió dejar y olvidar todo en el fantástico mundo de los sueños que ahora le ofrecía una cama improvisada. Se recostó debajo de unas mantas y quiso fuertemente olvidar todo lo que había vivido hasta ese día, quiso derrumbarse, acabar todo ese mismo instante, pobre ingenuo chico, no sabía lo que más adelante le sucedería, y si lo hubiese sabido en estos momentos un intento de suicidio se llevaría acabo.

Horokeu miraba más que preocupado a su compañero y prisionero, sabía que no le había dicho todo lo que dentro sí era una tortura, y aún se lo guardaba, pero no podía exigirle demasiado pues se notaba que era muy reservado y por más que trató de hablarle después se dio cuenta que el pequeño estaba ya acostado con los ojos cerrados, quizás muy cansado se durmió ese rato.

Lo que el general no sabía era que Len no dormía pero trataba de hacerlo pues no quería dar explicaciones, pues como ya habíamos dicho quería sumergirse en un mundo fuera de esta horrenda verdad.

Horo lanzó un suspiro al aire, y recogió la camisa amarillenta tirada al suelo, y la puso sobre una silla que estaba casi a la entrada, y poco a poco fue recogiendo todo lo que había tirado, papeles que tendría que volver a organizar, algunas tonterías suyas como el diario que encontró también tirado, lo miró por mucho tiempo aún sin decidirse a abrirlo o no, todo lo que guardaban esos trozos de papel le dolían bastante y no estaba con humor para escribir, y lo dejó sobre la mesa y salió a dar un paseo, necesitaba respirar aire fresco después de lo ocurrido.

En la cama Len ya había caído en las manos del dios Morfeo y lo arrullaba con imágenes que lo castigaban:

"Corría y no se podía mover, algo muy fuerte lo agarraba de las pantorrillas y al bajar la mirada unas sudorosas manos lo atrapaban y trataban de llevárselo consigo, pero era una sección dividida en tres: las manos de los soldados, las manos de su pueblo y las manos de los muertos, debían caer en una de las tres pues no había otra salida, la de los soldados lo jalaron y pronto se vió cayendo en un inmenso agujero negro, y al chocar contra el piso dolorosamente al incorporarse estaba frente a él un gigante rojo que lanzaba fuego por su boca, su rostro era difuso y horrible, en su pecho estaba grabado con letras de oro el nombre de HAO, y pronto se vió lamiéndole sus pies, no tenía otra opción, las lágrimas que emanaban de su rostro se convirtieron en sangre y dos ríos aparecieron a sus costados formados por estas, y mientras más lloraba más crecían lo ríos y estaba ahogándose en su propia tristeza mientras una lejana carcajada de ese monstruo le llenaba los oídos de desesperanza. Y pensando que podría haberse salvado si elegía otra sección de manos, se encontró de nuevo en ellas, caminó dificultosamente hasta las de su pueblo, y cayó otra vez envuelto en gritos de gente que no conocía, otra vez delante suyo otro monstruo o dejó sorprendido, asustado, su padre, allí ostentando su riqueza su poderío, con esa mirada lujuriosa que no quería volver a ver, su padre estaba muerto pero en su pueblo su recuerdo perduraría así como la venganza del pueblo mismo, retrocedió lo más que pudo los recuerdos de su mente dolida le jugaban una mala pasada, y cerró los ojos y pensó que no era la mejor opción, al abrirlos se encontró otra vez con las secciones, y esta vez fue a la de los muertos, lo jalaron y cayó por un precipicio más grotesco y oscuro que los anteriores, los gritos ahora eran miles y eran terribles tuvo que taparse las orejas pues no los aguantaba. Allí abajo vio lo más feo y horrendo, su hermana y su madre como cuerpos pudriéndose llenos de gusanos, con alma pero sin vida, tuvo tremendas ganas de vomitar. Y otro monstruo aún más gigante y más aterrador lo miraba, envuelto en una túnica negra acercó su rostro y el corazón de Len latió fuertemente, una horrible calavera que lo miraba de una manera espantosa y le preguntaba. -¿Estás seguro que fue el mejor camino?- Y una risa aguda junto a la de los demás muertos parecía carcomerle el corazón y se vio desollado vivo, su sangre chorrear como agua y su cuerpo pudriéndose, siendo la comida de varias personas que degustaban su carne frente a sus ojos, la desesperación, la tristeza, el dolor, quería salir, pero no podía, quería moverse, pero era el final"

Despertó asustado y sollozando, sabía que no tenía salida, su expresión vacía hacía pensar que no poseía alma, que era un cuerpo sin vida que vagaba por el mundo.

Len en esos momentos sólo quería olvidar, olvidar y olvidar todo, su sueño, su vida, todo hasta quien era, sus manos se agarraron fuertemente de las cobijas y su expresión vacía yacía febrilmente en su faz.

-Yo...-Dijo para sí, de una manera igualmente vacía y penosa-Yo...quiero morir.-

Afuera Horo tomaba aire, pensando en que había sucedido, de uno de los bolsillos de su pantalón sacó un pequeño recipiente cerrado que contenía alcohol, y con un trago hizo que su cuerpo recuperara cierta fuerza, y luego lo guardó, y se miraba allí en un río que seguía hasta perderse por ambos lados, su reflejo: sus ojos negros rojos de cansancio, su boca carnosa muda, su piel algo morena seca por el clima y su cuerpo bien formado y atlético, su estatura alta, como se requería de un general, y aquella tonta armadura roja y plateada, que era signo del ejército de el hipócrita y malvado Hao Asakura, su cabello alborotado sin esa banda negra que siempre traía en los combates, su rostro maduro de hombre que había vivido lo suficiente cuando sólo tenía treinta y dos años de edad, era muy poco para haber llegado tan alto.

1365, que años más despóticos, las guerras, el pillaje, la ignorancia que la mayoría de las personas mantenían y pequeños grandes pensadores perseguidos por herejes, él era uno de los pocos con el derecho a leer y escribir, pues había sido el heredero príncipe de un pueblo pequeño donde a él y a su hermana les enseñaron aquello que después de esclavizados de nada les servía, que cruel ironía, igual que a Len, que podía haber sido el rey de una portentosa tierra, ahora sería el juguete de otro rey perverso y malo, Hao Asakura.

Una visión divina apareció ante sus narices, su hermosa hermana Pilika al otro lado del pequeño río que le decía con voz dolida y demandante: "Traidor, eres un traidor, te olvidaste de mi y me abandonaste, traidor"

-No es cierto, no es cierto-Contestaba de repente a la nada, tal vez había bebido demasiado, pero no era así, si conciencia, voz sabia lo inundaba de fantasmas del pasado.

"Traidor..." Desapareció de pronto su tesoro muerto y sepultado. Una gran angustia se cernía sobre su rostro maduro, de hombre mayor, sabía lo que había prometido y lo haría, se vengaría de Hao.

De pronto unas terribles ganas de escribir en aquellos trozos de papel que conformaban su "diario" y plasmar todo lo que ahora le azotaba al cuerpo como un dolor de cabeza más fuerte y devastador.

Volvió a su carpa y allí estaba el príncipe no dormido, sino con los ojos bien abiertos, la mirada fija en la vela que estaba sobre la mesa, que era lo único que alumbraba aquel lugar, inexplicable era el gesto que tenía en su rostro y su dorada mirada.

Horo llevó la silla que se encontraba al lado de la entrada frente a la mesa, para escribir más cómodamente, ambos tenían muchas cosas en que pensar así que después de echarle una rápida mirada a su compañero del dolor y la locura de la muerte y el pasado, se sentó a escribir.

-Horo...-Llamó en voz lo suficientemente alta para que el general lo escuchara.

-¿Qué sucede?-Contestó con la voz indiferente sin voltear la mirada azabache de sus papeles y su pluma.

-Si te lo pidiera¿me matarías?- Aquella pregunta que se atragantaba en la garganta del pequeño que sentía que ya nada valía la pena salió, haciendo que Horokeu detuviera lo que estaba haciendo y lo mirara.

-¿Por qué preguntas eso?- Su tono de voz frío y al mismo tiempo preocupado le dio a entender al pequeño esclavo que no le respondería la pregunta que formuló al principio, así que con un desilusionado suspiro dijo:

-Por que no tengo el valor suficiente para hacerlo yo mismo- Y sin más se acomodó en el colchón y se dispuso a dormir.

Mientras tanto un Horo preocupado sabía que ambos tenían ese deseo de acabar ya con todo, peor el destino les preparaba algo diferente.

Continuará...

P.D. Gracias a todos por sus reviews, me ayudan bastante, muchísimas gracias de parte esta escritora de FF. Hasta el próximo cap.