RECUERDOS DEL FUTURO

Por Haruko Sakuragi

CAPÍTULO 6

El sábado por la mañana, Ayako despertó muy temprano. Preparó un desayuno muy abundante y arregló la mesa para dos. Sin embargo, cuando se dirigió a la habitación para despertar a Rukawa con un beso y jugo de naranja, él ya no se encontraba.

—Otra vez… —suspiró decepcionada. Era una mujer muy paciente, pero Rukawa estaba sobrepasándose. En realidad ella sabía que nunca tendrían una relación formal y pública, puesto que ella había sido quien pidió discreción por parte de ambos. Y Rukawa era una persona que no preguntaba dos veces.

Con algo de tristeza impresa en la mirada, se dirigió a la cocina y comenzó a desayunar a solas.

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Rukawa observó su reloj de pulso, que marcaba las ocho de la mañana.

—Es hora de regresar —murmuró.

Retomó el ritmo de su trote, y empezó a desandar el camino, sin muchos ánimos.

Cierto era que la presencia de Ayako le hacía sentir bien, pero, a decir verdad, empezaba a hartarlo. Hasta donde recordaba, todos los días desde su llegada, había intentado que despertaran juntos y compartieran las mañanas. Pero por algo él había decidido abandonar la casa de sus padres: odiaba compartir las rutinas. Vivía solo porque sabía que no lograba tolerar compañía mucho tiempo. Y el sexo con Ayako era fabuloso, pero, siendo honesto, sabía que no deseaba una relación seria con ella.

Continuó su trote con pensamientos similares a ese en la cabeza, y cuando se encontró a un par de cuadras del edificio donde vivía temió entrar a su departamento y encontrarse con la mesa puesta para dos.

—Es lo que me saco por no olvidar esas tonterías de adolescente —suspiró y, con resignación, terminó de recorrer la distancia que lo separaba del edificio.

Entró a la estructura y se dirigió al ascensor. Subió hasta su piso y, aún temeroso, abrió la puerta de su departamento. Pero, para su sorpresa, Ayako no lo esperaba.

Sintió algo extraño cuando se dio cuenta de que ella no estaba en el departamento. Pero al mismo tiempo un gran alivio se apoderó de su conciencia.

Sonrió muy ligeramente. Pero no supo si era por alivio o por nostalgia.

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Ayako caminaba a paso muy lento. Miraba los escaparates de las tiendas departamentales, pero no se fijaba en lo que se exhibía.

Llevaba ya dos horas fuera del departamento de Rukawa. Era sábado, y había pasado en Estados Unidos cuatro días ya. Debía volver a Japón el martes por la tarde, y a penas había pensado en el artículo que la había llevado hasta la vida de Rukawa otra vez.

El reclamo de su estómago se hizo presente, y se aproximó a una cafetería que divisó cerca. Se sentó en una mesa. Un mesero se le acercó para ofrecerle la carta. Ayako ordenó un almuerzo ligero y una taza de café. Comió en silencio y con lentitud.

Al terminar, después de que le retiraron el servicio, sacó un cuadernito y un bolígrafo, y empezó a pensar en el artículo.

Permaneció escribiendo cerca de una hora, y después se marchó del local.

Tomó un taxi hasta el departamento de Rukawa. Al llegar, él no estaba ahí. Encontró una nota en el refrigerador: "Entreno hasta tarde". Entendió aquello como una aseveración de que cenaría a solas. Pero esta vez no suspiró ni sintió nostalgia.

—Perfecto —sonrió—: podré trabajar en el artículo.

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Era la mañana del domingo. Caluroso, soleado y perfecto para salir. Hanamichi Sakuragi conducía su automóvil, con Haruko en el asiento del acompañante. La mujer sonreía con esa expresión que no la había abandonado desde varios días atrás, cuando se enterara de su estado. El pelirrojo se sintió ligeramente culpable sin entender bien el por qué. Se dirigían al aeropuerto, a recoger a Takenori y su familia.

Hanamichi pensaba en la vida que le esperaba con la llegada de su primer hijo. Sabía que eso era el seguro que lo acercaba a Haruko para siempre. Su matrimonio, desde ahora, era indestructible. Y, según él mismo, aquello debería darle toda la tranquilidad que siempre había buscado. Pero, por alguna razón, tranquilidad era lo último que sentía por aquellos días.

—¿Hanamichi? —escuchó que Haruko le llamaba.

—¿Eh? —respondió, despegando la vista del camino por una fracción de segundo.

—Te decía que has estado muy distraído los últimos días.

—…

—¿No será que estás sintiéndote mal?

El pelirrojo no respondió de inmediato.

—No sé de qué hablas, Haruko —dijo al fin.

Ella sonrió, libre de la preocupación.

—Debo ser yo: estoy un poco descontrolada con lo del embarazo.

El hombre miró a su esposa. De verdad lucía preciosa.

—Todavía no me acostumbro. Y la verdad es que no he tenido los síntomas que me dijo Fujii.

—…

—Aunque debe ser normal. Digo, Ayako siempre me ha dicho que todas las mujeres somos diferentes…

Sakuragi la escuchó hablar todo el camino. Pero Haruko seguía siendo la misma despistada que era en Shohoku, y nunca se preguntó por qué él no contribuyó con algún comentario durante todo ese tiempo.

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Una niñita lloraba inconsolablemente, caminando de la mano de una mujer pelinegra y de ojos castaños, su madre, seguramente.

La niña tendría como seis años, y lloraba porque su padre se les había adelantado.

—¿Dónde está mi papá? —preguntaba en voz muy alta. Y es que, a sus seis años, era muy apegada a su papá.

—Ya te dije, Rumiko: fue por el equipaje —su madre trataba de tranquilizarla, pero sus esfuerzos eran inútiles.

—Quiero a mi papá… —volvía a llorar la pequeña.

La mujer decidió esperar con suma paciencia a que su esposo volviera para que su hija se tranquilizara. Su espera no fue prolongada, porque dos minutos después divisó la enorme figura del padre de su hija.

—Quiero a mi papá… —la niña seguía llorando, limpiando sus lágrimas con el dorso de la mano derecha, y sin percatarse de que su padre se aproximaba a ella.

—¿Por qué está llorando? —madre e hija escucharon la inconfundible voz grave de Takenori Akagi.

—¡Papá! —Rumiko sonrió y se lanzó a los brazos de su padre, quien la atrapó en el aire y la sostuvo.

—¿Está listo el equipaje? —preguntó la mujer.

Akagi asintió con un movimiento de cabeza.

—El idiota de Hanamichi no ha llegado.

—Ya vendrán —la mujer intentó tranquilizar a su esposo regalándole una encantadora sonrisa.

—No lo defiendas, Yasuki —ordenó Takenori, pero sonrió casi imperceptiblemente ante la sonrisa de su esposa, que siempre terminaba por pacificarlo.

—¿Por qué no nos sentamos? —sugirió la mujer. Tenía una expresión amable en el rostro— Rumiko está muy feliz contigo, pero supongo que no querrás cargarla todo el tiempo que esperemos.

Como respuesta, Takenori empezó a caminar hacia una banca que había cerca de ellos.

—¿Dónde está mi tío Hanamichi? —preguntó Rumiko, ya sentada en las piernas de su padre.

A Akagi no le gustaba mucho el afecto que su hija sentía por Hanamichi, pero siempre hacía a un lado cualquier sentimiento que pudiera borrar la sonrisa del rostro de su hija.

—Ya va a llegar, hija —sonrió su madre, adivinando el pensamiento de su esposo.

Sólo estuvieron sentados cinco minutos más, porque pronto escucharon la voz de una mujer muy emocionada:

—¡Hermano!

Takenori se levantó de su asiento, aún con su hija en brazos, y corrió al encuentro de su hermana menor.

—Haruko —la abrazó—. ¿Por qué corres? En tu estado no deberías levantarte de la cama.

—¡Tía Haruko! —sonrió la niña.

—Hola, preciosa —sonrió, abrazando a la niña. Iba a sujetarla ella en brazos, pero Akagi no lo permitió.

—Haruko, me da gusto verte —Yasumi hizo una reverencia que su cuñada respondió con otra igual.

—Hola Yasumi. ¿Cómo están?

La mujer iba a responder, pero la voz de su esposo se le adelantó.

—¿Dónde está el bueno para nada de tu marido?

Haruko iba a replicar, pero la voz de Hanamichi se hizo escuchar.

—¡¿Por qué me llamas así, Gorila!

—¡Tío Hanamichi! —gritó Rumiko, emocionada de ver al pelirrojo. Pero las tres féminas pasaron a segundo plano cuando Hanamichi y Takenori se enfrascaron en una discusión que en algo se parecía a las peleas que protagonizaban en Shohoku.

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Una vez que Haruko y su cuñada hubieron logrado tranquilizar a Takenori y a Hanamichi, ambas familias abordaron el auto de Sakuragi y se dirigieron a su hogar. El recorrido del aeropuerto a la residencia se hizo en compañía de un silencio que sólo era interrumpido por las voces de Haruko, Yasumi y Rumiko, que conversaban como si los varones no se encontraran presentes.

Al llegar a la cochera, la futura madre ordenó a su esposo y a su hermano llevar el equipaje de los invitados a la habitación en donde se instalarían, mientras ella llevaba a las otras dos féminas a la cocina y les invitaba una taza de té.

El pelirrojo y el antiguo capitán obedecieron las indicaciones que se les habían dado, pero no se dirigieron la palabra hasta que se encontraron solos, acomodando las valijas en la alfombra de la habitación.

—Bueno, al menos es un lugar aparentemente decente… —murmuró Akagi, recorriendo las paredes con la vista.

—¿Qué esperabas, Gorila? Este talentoso sólo da lo mejor para su familia —alardeó Hanamichi.

—La verdad pensé que tendrías a mi hermana viviendo en una pocilga.

—¿Qué estás diciendo? —el pelirrojo empezaba a alterarse.

—Si no mal recuerdo, hace año y medio vivían en el departamento que rentabas cerca de la universidad… Y no era más grande que esta habitación.

—Ya lo sé, pero en el periódico me va muy bien.

Hanamichi, por primera vez desde que Akagi se había convertido en su pariente, iba a hablarle completamente en serio:

—Cuando nos casamos, yo le prometí a Haruko darle una vida decente, cuidarla y amarla. Nunca la lastimaría. El verla sonreír cada mañana me recuerda esa promesa. Y no sería capaz de ocasionarle algún daño o disgusto. Yo no me perdonaría ser el causante de sus lágrimas o sus malestares, Gori…

Takenori no habló. Él sabía que Hanamichi había sido la mejor elección que Haruko hubiera podido hacer, pero esa era la primera vez que el pelirrojo le demostraba haber estado en lo correcto.

—¡Papá! ¡Tío Hanamichi! —Rumiko entró a la habitación y se le pegó a Hanamichi a las piernas. No iba a permitirle a su tío favorito que la ignorara.

—Hola, preciosa —el pelirrojo la levantó en brazos—. ¿En dónde están tu tía y tu mamá?

—Me enviaron por ustedes —sonrió la niña, feliz por encontrase en ese lugar.

—¿Por qué, hijita?

—Dicen que tiene muchas cosas que hablar… Y que no puede ser que tarden tanto sólo en dejar el equipaje en la habitación.

—Tienen razón —reconoció Sakuragi—. ¿Vamos, princesita?

—Sí, tío. Oye, ¿es verdad que tía Haruko y tú tendrán un bebé?

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El reloj de pared marcaba ya las siete treinta. Era tarde, sobre todo porque era domingo y no habían actividades en la facultad.

Kiminobu Kogure no tenía noción del tiempo, y continuaba haciendo lo mismo que dos horas atrás: observar con muchísima parsimonia una enorme inflorescencia y anotar lo que ocurría cada instante.

—Fascinante… —era lo único que articulaba. Y no le importaba que en todo el laboratorio no hubiera una sola alma que pudiera responderle.

El contundente silencio reinó sólo un par de minutos más. Kogure escuchó la puerta abrirse y luego unos pasos firmes aproximándose hasta su posición.

—¿Qué haces aquí? —preguntó antes de voltear a ver a su visitante.

—¿Cómo que qué hago aquí? Eso debería preguntarte yo a ti.

—No sé de qué me hablas, Ryouta…

—¿No se suponía que nos veríamos hace una hora en mi casa?

Kogure detuvo sus anotaciones para encarar a su ex-compañero de equipo y un leve sonrojo se apoderó de sus mejillas.

—Lo olvidé…

—No me extraña.

—Lo siento mucho, Ryouta… Es que he trabajado tanto en este proyecto… Pierdo la noción de todo cuando hago esto…

—Sí, no me sorprende, Kogure… La verdad es que yo sólo quiero compañía…

Kogure dejó a un lado la bitácora de notas y rodeó los hombros del chico más bajo.

—Perdón, Ryouta. ¿Qué te parece si me esperas un segundo? Voy a cambiarme y nos vamos.

—De acuerdo.

El castaño se dirigió al vestidor en el que cada mañana guardaba sus cosas y dejó a Miyagi en el enorme laboratorio. El antiguo jugador de Shohoku se sobresaltó cuando escuchó el sonido de la puerta y luego los pasos ligeros de alguna persona. Pero volvió a clamarse cuando divisó la figura de una mujer joven de cabello negro y ojos azules.

—Hola… —le saludó ella en cuanto lo vio.

—Hola —respondió Miyagi tratando de mostrarse seguro.

—Yo… Siento interrumpir. Busco al doctor Kogure.

—Oh, él está cambiándose. Está a punto de marcharse.

—Ya veo… Entonces creo que mejor lo veré mañana en clase.

—Ya estoy listo, Ryouta. Vámonos, que Mitsui también debe estar esperando.

Kiminobu llegó al punto en el que había dejado a su amigo y se encontró con una de sus estudiantes más brillantes.

—Hola, Hiromi. Me da gusto verte. ¿Qué haces aquí en domingo y a esta hora?

La chica se ruborizó.

—Buenas noches, profesor. Yo… vine a buscarlo. Sabe que me interesan mucho sus proyectos, y había pensado ofrecerme a colaborar con usted desde hace tiempo, pero usted sabe… Soy un poco tímida… Lo admiro mucho y quisiera ayudarle…

Kogure se ruborizó y se rascó la cabeza de forma graciosa.

—¿Ayudarme?

—Sí.

Ryouta miraba alternadamente al castaño y a la muchacha cuyo nombre aún desconocía. Pero ponía más atención en esta última que en su amigo.

—Yo podría asistirlo, y creo que me serviría mucho… Yo admiro mucho todo lo que hace, profesor. Y me sentiría sumamente satisfecha si me permitiera ser su ayudante.

Hiromi sonreía en tanto sus ojos emanaban una mirada de esperanza. Kogure conocía el potencial de su pupila.

—La verdad es que no había pensado en contratar un asistente…

—No se preocupe, profesor. Yo no planeo un contrato. Sólo quiero aprender del mejor.

La sonrisa de la muchacha era tan encantadora, que Miyagi no pudo evitar aclararse la garganta en un intento por llamar la atención.

—Oh, sí… Hiromi, él es Ryouta Miyagi, un antiguo compañero de la escuela y de mis mejores amigos.

Miyagi se ruborizó al dirigirle una reverencia a la muchacha.

—Encantada, Miyagi-san —la chica le regaló una sonrisita muy cordial, y Miyagi no pudo volver a hablar en lo que restó del tiempo que permanecieron en el laboratorio.

—Como te decía, Hiromi —Kiminobu retomó el rumbo de la conversación—. La verdad es que no había considerado tener un ayudante o asistente, pero ya que lo mencionas, he pensado que sería una buena oportunidad para estudiantes de tu tipo el empezar a adquirir conocimientos prácticos. Además el Consejo Directivo podría autorizar una beca…

A Hiromi se le iluminaron los ojos y amplió más su sonrisa: una oportunidad era todo lo que necesitaba.

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Notas de la autora:

Ando corta de tiempo y tengo mucho sueño, así que responderé los reviews en el capítulo que sigue.

Espero me disculpen.

Un beso.