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CAPÍTULO 7
El lunes por la noche, Ayako no se acercó a Rukawa en busca de caricias o besos de despedida. Al contrario, se encerró en la que era su habitación temporal y optó por terminar el artículo para entregarlo en cuanto llegara al periódico. También rehizo el equipaje y no abrió la puerta en tres horas.
Y, justamente por su concentración, ni siquiera se dio cuenta de cuándo Rukawa llegó del entrenamiento, se quedó dormido en su habitación, volvió a despertar y decidió preparar la cena para ambos.
Cerca de las diez de la noche, la mujer despegó los ojos de la pantalla del ordenador portátil, estiró los brazos y las piernas, y arqueó la espalda lo más que pudo, cerrando los ojos y disfrutando la expansión de todos sus músculos y articulaciones.
No pasaron ni dos segundos, cuando escuchó que llamaban a la puerta.
—¿Si?
Se reprendió internamente: ¿quién podría ser si no Rukawa?
—Pasa, Kaede —se corrigió.
La puerta se abrió y dio paso a la figura de Rukawa, que lucía extrañamente adorable enfundado en ese delantal.
—¿Qué haces tú vestido así? —le preguntó Ayako, conteniendo la risa para no herir sus sentimientos.
Rukawa la miró con cara de pocos amigos, y se limitó a responder:
—Preparé la cena —y salió de la habitación dejando la puerta abierta. No se quedó a esperar agradecimiento ni aceptación.
Ayako parpadeó repetidas veces, abriendo los ojos muy grandes. ¿Había escuchado bien y Kaede Rukawa le había hecho la invitación de cenar con él en casa?
—Ver para creer —se dijo a sí misma. Así que se levantó de la silla en la que había estado trabajando desde las siete, se ató el cabello y se dirigió a la estancia.
En la barra que servía como desayunador y comedor, Rukawa terminaba de llenar una segunda copa de vino tinto. Ayako se sobresaltó al percibir un ligero tinte romántico en el ambiente, el corazón se le agitó y permaneció con gesto serio.
Rukawa se percató de su presencia, la miró y le dedicó una sonrisa que, incluso, pareció dulce. La llamó a acercarse con un gesto y recorrió la silla para invitarla a ocuparla.
—¿Qué pasa, Kaede? —pronunció la mujer.
—Es tu última noche en América —le respondió él, al tiempo que le acercaba la silla y ella se acomodaba—. No quería que te marcharas mañana creyendo que no he cambiado.
El muchacho se alejó por un momento y volvió sosteniendo una charola que humeaba.
Ayako lo contempló como en cámara lenta: ¿Kaede Rukawa preparando un platillo que olía bien, y para ambos? Seguro que sería la envidia de muchísimas mujeres.
—¿Sabes cocinar? —preguntó aún sorprendida.
Él no le respondió, pero colocó la charola frente a ella, dejándole ver un platillo que aparentaba ser apetitoso.
—¿Qué es?
—Es algo que nunca has comido.
Sin embargo, Ayako no pensaba lo mismo: en la charola había una enorme cama de arroz al vapor con muchas verduras encima, carne de pollo, res, camarón y tsurimi.
—Eso lo preparaba mi mamá —soltó.
—No. Esto es comida china —corrigió Kaede—. Aquí es muy popular.
Ayako tomó los palillos que su compañero le ofrecía y sujetó con ellos un camarón. Lo mordió y lo saboreó.
—¿Qué te parece? —le preguntó el moreno.
—¿En dónde lo conseguiste?
—Yo lo cociné.
Ayako dejó de masticar por un momento y lo miró fijamente, tratando de hallar un gesto que lo delatara. Pero Rukawa no mentía.
La cena continuó. Charlaron en la sobremesa. Rememoraron un poco los tiempos de Shohoku. Y Ayako mencionó a Hanamichi Sakuragi.
—¿Entonces sigues viendo al Do'aho? —preguntó Kaede, recordando que Ayako se lo había comentado por teléfono antes del viaje.
—Sí —la aludida sonrió—. Él empezó a trabajar en el periódico como un año después que yo. Incluso hizo el último año de servicio social bajo mi cargo.
Rukawa no añadió algo. Ayako siguió hablando sobre el pelirrojo:
—Te sorprendería ver cuánto ha cambiado. Ahora es responsable y no hace tanto escándalo.
—Pero no entiendo cómo fue que terminó trabajando en un periódico —interrumpió Rukawa.
—A mí me sorprendió también. Te confesaré algo, Kaede: nadie tuvo fe en él cuando anunció que quería ser periodista. Nadie creyó en él. Sólo Haruko y yo.
—¿Haruko lo apoyó?
—Sí. Ellos se casaron en cuanto terminaron la universidad. La madre de Hanamichi no lo aceptaba, pero ellos defendieron su relación, y ahora hasta Akagi lo ha asumido.
Ayako contaba las cosas con una sonrisa, sintiéndose feliz por todo lo que el pelirrojo había demostrado. Tal vez fue su emoción y orgullo lo que no le permitió ver la tristeza que se instaló un par de segundos en la mirada de Rukawa.
—Es una lástima que no hayas estado presente en la boda —dijo Ayako de pronto.
—¿?
—Hanamichi me confesó que, junto a él y a Youhei, le hubiera gustado que estuvieras tú.
—¿El torpe qué?
—Ay, Kaede. Todos sabíamos cuánto se querían ustedes.
Rukawa se ruborizó un segundo al no saber a qué tipo de cariño se refería la mujer.
—Digo, después de haberse odiado tanto, suponíamos que su amistad se había fortalecido en la misma medida.
El moreno exhaló de alivio.
—A Ryo-ta y a mí nos sorprendió mucho que no te despidieras de él ni de Haruko.
Entonces era verdad que Hanamichi, al final, se había casado con Haruko… Rukawa lo pensó: a fin de cuentas, ella lo merecía. Había sido la única capaz de permanecer al lado del pelirrojo sin importar lo que pasara. Y eso era muchísimo más de lo que él mismo habría podido hacer. Si no se había atrevido a renunciar a sus sueños por estar a su lado…
—¿Cómo es que esto sabe bien, Kaede? —preguntó Ayako tras ingerir un camarón de los que adornaban su platón, y sacando a Rukawa de sus pensamientos.
El aludido la miró enigmático, y luego esbozó una sonrisita indescifrable.
—Hace unos años trabajé en un restaurante de comida china —dijo. Y luego empezó a comer. Ayako intentó hacer la plática otra vez, pero él no lo permitió.
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Era miércoles. El reloj marcaba las seis de la tarde.
Ryouta Miyagi estaba concentrado mirando la pantalla de la computadora sobre su escritorio. Estaba redactando un informe de avances de un proyecto importante a su cargo. Ni siquiera se había dado cuenta de la hora, y su estómago aún no le recordaba que la hora de comer había pasado hacía rato ya.
Su teléfono celular sonó, vibrando al mismo tiempo. Esperó un segundo hasta terminar de escribir una palabra, y luego o sacó de la bolsa del pantalón.
—Ryouta Miyagi al habla —contestó sin mirar el nombre del remitente en la pantalla.
—¡Ryouchin! —escuchó una escandalosa voz que le saludaba como sólo una persona solía hacerlo.
—¿Hanamichi?
—¿Quién más si no éste genio?
—Hola, amigo —sonrió—. Hace tiempo que no hablamos, ¿no?
—En efecto, mi querido Ryouchin. Y no por mi culpa.
—Pero si siempre estamos ocupados, Hanamichi.
—Bueno, sí. Yo sólo te llamo para preguntarte qué sabes de la reunión de este año. No recuerdo si a mí me tocaba organizar.
Miyagi exhaló con tristeza al recordar la poca comunicación que había tenido con Ayako con respecto a la famosa reunión.
—Tranquilo —dijo—. Este año nos toca a Ayako y a mí.
—¿Estás seguro?
—Sí. ¿Por qué?
—Bueno… La vi hoy en el periódico y ni siquiera lo mencionó.
Miyagi no habló.
—Tal vez tiene muchas cosas en la cabeza —trató de corregir Sakuragi, al darse cuenta de su error.
—Sí. Eso debe ser.
Hanamichi se quedó sin saber qué decir. Pero de inmediato intentó cambiar el tema.
—En todo caso, tenemos algo que comunicarte, Ryouchin.
—¿Qué pasa?
—¡Este genio será papá!
Miyagi procesó la información en segundos. ¿Haruko embarazada? ¿Y de Hanamichi?
—Es… ¿Es en serio?
—Claro. No mentiría con algo así.
El pelirrojo se escuchó falsamente indignado. Y Miyagi no articuló palabra.
—Mínimo deberías felicitarme, amigo…
—Lo… Lo siento… Es repentino… Me da gusto… ¡Felicidades, Hanamichi!
Ambos hablaron un poco más. Luego Hanamichi se despidió, pidiéndole discreción a Ryouta: él quería darles la noticia a los demás.
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Justo a las ocho treinta de la noche, un hombre de gafas y cabello castaño salió del enorme edificio de la facultad en el que trabajaba. Divisó el auto oscuro en el que lo esperaba su compañero, y se acercó con rapidez.
—Hola —saludó, nada más entrar en el vehículo.
—Hola —le respondió el otro hombre.
—¿Te hice esperar demasiado?
—No… Sólo media hora…
Kogure se ruborizó al percatarse de que había abandonado el trabajo treinta minutos después de lo acordado.
—Perdóname, Hisashi.
Mitsui ya se había acostumbrado a la dedicación que Kogure ponía en el trabajo, y más en los proyectos que dirigía.
—Bueno… —suspiró— No puedo molestarme contigo —declaró.
Kiminobu lo miró aún sin convencerse de las palabras que acababa de escuchar.
—Además ya sé que eres impuntual, así que salí de casa más tarde, calculando que saldrías, mínimo, media hora después.
Kogure, en lugar de tranquilizarse, se apenó más: ¿tan bien lo conocía su amante, que ya se había aprendido las rutinas?
Mitsui arrancó el motor del automóvil e inició la marcha a casa.
Antes de abandonar el campus univesitario, Hisashi condujo con lentitud.
—Kimi… —llamó el moreno, notando el silencio de su compañero.
—¿?
—No estoy molesto… La verdad es que hasta eso amo de ti.
Kogure volvió a sonrojarse. Si Mitsui estaba diciendo aquello, era porque de verdad lo sentía.
—Gracias —sonrió. Miró hacia la calle, y divisó la figura de una chica que él conocía—. Mira, Hisashi.
—¿Qué?
—Esa chica —indicó, señalando hacia la muchacha— es quien te platiqué.
—¿La estudiante que se ofreció a ser tu asistente?
—Sí. ¿Crees que vaya a encontrarse con su novio? O con alguien que la lleve a casa.
—No sé. Pero si te tranquiliza, pregúntale si quiere que la llevemos.
Kogure bajó el vidrio de su ventanilla en tanto Mitsui acercaba el auto a la acera, por donde caminaba la muchacha.
—¡Hiromi! —llamó Kiminobu.
—¿Profesor?
—Hola. ¿Vas a casa?
—Sí.
La chica se había detenido y el vehículo igual.
—¿Te recogerán?
Hiromi no respondió.
—Podemos llevarte, si quieres.
Hiromi se sorprendió ante el ofrecimiento. No desconfiaba de su profesor, que siempre se había mostrado educado y cálido. Pero le avergonzaba que la llevaran hasta su pequeñísima casa en donde nadie la esperaba.
—Vamos —insistió Kogure.
Hiromi repensó: la noche estaba sumamente oscura, y ciertamente le atemorizaba caminar hasta el autobús.
—Gra-gracias, profesor Kogure.
—Sube —dijo Kiminobu, y la muchacha obedeció. Una vez dentro, Kogure volvió a hablar—. Ella es Hiromi Watanabe. Es la chica de quien te he hablado, Hisashi.
—Mucho gusto —dijo Hiromi ligeramente ruborizada.
—Él es Hisashi Mitsui.
El hombre miró por el retrovisor a la chica. Era bonita, tuvo que admitirlo. Pero algo en sus facciones le pareció familiar.
—Fue una suerte que te encontráramos, Hiromi —Kogure retomó la palabra—. Me preocupa que las chicas de tu edad tengan que caminar a solas y por la noche.
—Yo lo hago a diario, profesor.
—¿Qué? ¿Pero nadie te recoge? Tu novio debería hacerlo.
—Yo no tengo novio.
—Oh, bueno…
Mitsui notó la turbación de la muchacha al escuchar las preguntas de Kogure, así que intervino:
—Debemos ir a recoger a Ryouta, Kimi.
—¿Hoy también?
—Hay que acompañarlo. Ayako está con Rukawa, ya sabes. No debemos dejar que lo recuerde.
—De acuerdo.
Mitsui reinició la marcha hacia la compañía farmacéutica en donde los esperaba Miyagi.
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Ryouta Miyagi recargaba la espalda en la pared del ascensor. Pensaba en lo inteligente que había sido al decidir bajar más tarde, considerando que, antes de pasar por él, Mitsui recogería a Kogure. Todos sabían que Kiminobu se había convertido en el más impuntual después de doctorarse y hacerse cargo de tantos proyectos de investigación.
Al abrirse la puerta, divisó al vigilante, que le saludó amablemente y le abrió la puerta para dejarlo pasar.
—Hasta mañana, Ayoshi —se despidió.
—Hasta mañana, Ingeniero.
Desde la escalinata del edificio divisó el auto oscuro de Mitsui. Se acercó al vehículo, y cuando estuvo a unos centímetros escuchó a Kogure.
—Sólo será un minuto.
—Hola.
—Hola, Ryouta —saludó Kogure.
—Sube —ordenó Mitsui.
Y el rostro de Miyagi se tiñó de carmín cuando se encontró, en el asiento trasero y junto a él, a la chica que Kiminobu le había presentado algunos días atrás.
—Hola… —pronunció nervioso.
—Buenas noches, señor Miyagi.
Se sintió algo avergonzado cuando escuchó el "señor" proferido por la muchacha. Y sólo entonces se percató de que, a pesar de tener la edad que tenía, se sentía como cuando estaba cerca de Ayako en Shohoku.
—Ahora, Hiromi, por favor indícale a Mitsui la dirección de tu casa para que te llevemos.
La chica obedeció, y llegaron al lugar en menos de veinte minutos.
Cuando la dejaron, la muchacha agradeció con numerosas reverencias el gran favor que le habían hecho, y se despidió con suma cortesía de los tres hombres.
—Me extraña que siendo una chica tan joven se muestre tan independiente —comentó Kogure.
—¿Por qué es raro? —preguntó Mitsui— En estos tiempos hasta las mujeres jóvenes deben serlo.
—Sí. Pero yo suponía que su novio la recogería. O su padre o hermano.
—¿Tiene novio? —preguntó Miyagi, hablando por primera vez desde que se hubiera subido al auto.
Kogure y Mitsui vieron por el retrovisor, y luego se miraron entre ellos. Se sonrieron imperceptiblemente y luego el primero respondió:
—No te preocupes. No tiene novio.
Miyagi suspiró con alivio.
—Es bonita —comentó Mitsui—. Por eso sí me extraña que ningún chico se haya fijado en ella.
—Yo he visto a uno de sus compañeros observándola en clase.
—¿Qué? —se sobresaltó Ryouta.
—Es un muchacho que se sienta en la mesa detrás de la de ella, en laboratorio. Le hace invitaciones para almorzar o para acompañarla a casa. Pero ella siempre le rechaza.
Miyagi se sentía nervioso de repente, así que optó por cambiar de tema.
—Hoy me llamó Hanamichi.
—¿Hanamichi? —preguntaron los amantes casi al mismo tiempo.
—Sí. No sabía si este año le tocaba la fiesta.
—Qué cabeza hueca —aportó Mitsui.
—Le dije que era cosa de Ayako y mía. Por cierto, ya volvió a Japón.
—¿En serio? —se interesó Kogure— La entrevista estará por salir.
—Sí…
—¿Qué más te dijo Sakuragi? —intervino Mitsui notando la tristeza de su amigo.
—Tiene buenas noticias.
—¿Buenas noticias? —repitió Kogure.
—¿Se irá de Japón? —bromeó Mitsui.
—Haruko está embarazada.
—¡¿QUÉ?!
Mitsui frenó bruscamente ante la noticia: ¿Hanamichi Sakuragi en espera de su primer hijo?
Miyagi empezó a reír en tanto se escuchaban algunos autos molestos por el auto inmóvil frente a ellos.
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Notas de la autora:
Como empiezo a hacer el servicio social, estoy más ocupada que antes. Así que las actualizaciones serán un poco más esporádicas todavía.
Igual espero que me tengan paciencia y sigan leyendo, que las cosas se pondrán interesantes.
Paso a responder reviews:
Elena: Akagi es medio exagerado, pero ya se acostumbró. Digamos que ahora sólo molesta por no perder el hábito, pero Hanamichi ya se ganó su confianza. Y yo creo que está medio celoso de que su hija quiera al tío pelirrojo tanto. Y creo que te sorprenderá el final si crees que Ayako y Rukawa están lejos uno del otro. Besos y gracias por el review.
Kako: Slam Dunk es mi serie de anime favorita. Tengo muchos otros fic, y me alegra que este te guste. Con respecto a lo de chatear… Te diré que sólo puedo conectarme los jueves entre las once de la mañana y la una de la tarde, porque tengo clase como de diez de la mañana a ocho de la noche casi diario. Espero que sigas leyendo, y si quieres que platiquemos, estoy a tus órdenes. Besos.
Sakura: Gracias por empezar a leer este fic. Espero que te guste cómo va avanzando, y que no te despegues de la historia. Besos y no olvides dejar reviews.
