CAPÍTULO 2

La música tronaba en sus oídos, era incapaz de oir ningún ruido del exterior, y miraba por la ventana de su despacho, sentado en su silla, con las piernas en alto. Fue en el momento de comenzar un solo de batería cuando su aroma volvió a hacer que un escalofrío subiera por su columna. "Mierda", dijo para sí, e hizo girar su silla hasta clavar los ojos en los de ella.

House...- comenzó a decir ella. Había traspasado la puerta de su despacho y le miraba desde el otro lado de su escritorio- te esperamos... ahí... en la sala de diagnósticos.

¿Mmmm? ¿Qué?

Ya sabes... nosotros- y se alejó y se dio la vuelta, con sus rasgos mostrando evidentes signos de estupefacción.

Él se levantó rápidamente de su silla y, quitándose los cascos, agarró su bastón y anduvo hasta la sala. Al llegar a ella vio cómo Cameron se dirigía hacia él con una taza en la mano, con una taza roja como la suya. Cuando ella casi estaba frente a él, él alargó la mano para coger la bebida que ella gentilmente le había brindado todos los días por la mañana hasta que dejó de trabajar por el disparo. Pero ella siguió caminando, dejándole a él con la mano extendida esperando su gesto, aguardando esa muestra de cariño de ella hacia él, a la que estaba tan acostumbrado. Cameron pasó por su lado con el café en su mano y se sentó en la mesa. House permaneció inmóvil, no sin la sensación de parecer idiota, esperando algo que debía ocurrir, que siempre ocurría. Tras unos segundos reaccionó y mirando a Cameron fugázmente se adelantó hasta la pizarra blanca.

Síntomas. Quiero síntomas. Y no me digáis que nada importante porque no me lo creo.- espetó House mientras apoyaba la mano sobre el borde superior de la pizarra y el bastón colgaba de su antebrazo.

No podía quitarse de la cabeza ese gesto. ¿Por qué le había negado el café? Ella era siempre tan diligente, siempre pensando en la comodidad de los demás, siempre pensando en su comodidad. Aun sabiendo que él no se lo agradecía ella pasó tres años preparándole el café cada mañana. Se sentía defraudado, sentía que su mundo había cambiado tras el disparo... y lo que era peor, sentía humillación y sentía dolor. No el dolor al que le acostumbraba su pierna, sino un dolor más profundo, una inmensa sensación de abandono y de traición. Ella le había abandonado para siempre.

Sin darse por vencido actuó con normalidad durante el diagnóstico diferencial. Argumentó, rebatió y gritó a sus empleados. Sólo cuando se disponían a irse se acercó a Cameron y le preguntó:

¿Qué has hecho durante el verano?

Ella no contestó, se limitó a sonreir y marcharse, dejando a House con la esperanza de que todo volviera a ser como antes.

El día pasó entre prueba y prueba. Chase, Foreman y Cameron entraron y salieron de la sala de diagnósticos mil veces, pero House sólo veía a una persona pasar por la puerta. No podía quitársela de la cabeza. Sentía un deseo irrefrenable de llegar hasta ella y comenzar a hablar, a contarle todo lo que pasaba por su mente, necesitaba hablarle de su alucinación. Luchó durante todo el día contra un sentimiento que se negaba a aceptar. Se repitió una y otra vez que probablemente tenía un mal día, que todos alguna vez nos sentimos más sensibles y vulnerables respecto al mundo.

Él se enterró en su oficina, no quería enfrentarse a su enemiga, no quería ni siquiera tener un ligero contacto con aquello que le hacía sentirse así. Pero al mismo tiempo se moría porque ella entrara en su oficina, por oir su suave voz llamándole "House", como tantas veces le había despertado en su alucinación. Los sentimientos contradictorios estaban volviéndole loco. Una parte de él estaba embriagado por su aroma, miraba sus labios, la forma que tenía de mover sus manos, sus ojos claros, el pelo que caía por su espalda, el flequillo tan gracioso que cubría ahora su frente; pero al mismo tiempo resurgía de su interior el viejo House, el que le decía que dejara de pensar de esa manera, el que solo podía proferir insultos y ser desagradable. Con la cabeza hecha un lío decidió ir a ver a Wilson.

¡Wilson!

Por la noche te llamó.- le dijo a alguien por teléfono- Yo también a ti. Hasta luego.- terminó- ¿Qué pasa?- le preguntó airado a House.

Dirás "¿qué me pasa?" Wilson, tengo un problema. Eso del disparo me ha hecho algo.

No te entiendo- contestó su amigo- ¿te ha hecho qué y dónde?

No lo sé, me encuentro diferente. La pierna me mata, lleva todo el día doliéndome, pero me da igual. Siento opresión en el pecho, me falta el aire, me tiemblan las piernas.

¿Tienes un ataque de pánico?

¡Noooo! No es eso. No sé qué es, es una sensación extraña...

Yo te veo como siempre, Greg

¡¿Sí?! ¿Es normal que esté como estoy, que sude, que tenga palpitaciones, que me flaqueen los miembros? Es este jodido día, ya me he levantado así.

Tienes buen aspecto, no te preocupes más.

Tengo buen aspecto ahora, ahora estoy contigo. Es cuando ella aparece cuando me pasa- afirmó House bajando la vista al suelo- tengo un problema, Wilson. Un serio problema.

Wilson no pudo evitar sonreir y pasarse la mano por la nuca. Creía saber qué problema tenía su amigo, el problema que tarde o temprano le llegaba a todo el mundo y él no iba a ser una excepción.

Así que Greg House es humano. Bienvenido de nuevo al mundo de las personas.

¿Qué coño dices?- contestó House curioso.

¿Quién es ella? ¿Por quién te tiemblan las piernas cada vez que comartís espacio? ¿Es Cameron, House?

House gruñó y apartó la vista de su amigo. De ninguna manera iba a confesarle abiertamente que era ella la que le hacía sentirse así. Era incapaz de abrirle sus sentimientos y explicarle lo que había pensado durante todo el día.

Tranquilo, tiene cura. El enamoramiento es tratable en este siglo.- rió Wilson mientras se levantaba de la silla.

¿El qué?- le respondió House con cara estupefacta.

Estás enamorado, Greg. Lo siento.

¿Enamorado? Wilson estaba loco. Gregory House no podía enamorarse. Una vez lo hizo y cuando le traicionaron se juró a sí mismo no volver a caer otra vez en ese absurdo sentimiento por los encantos de una mujer. Salió bufando del despacho de Wilson y caminó por los pasillos. Al pasar por una de las habitaciones la vio. Ella estaba a los pies de la cama hablando con el enfermo, se tocaba el pelo y sonreía mientras hacía aspavientos con los brazos. House no supo cuánto tiempo pasó así, pero para cuando quiso darse cuenta una espúpida sonrisa se había dibujado en su cara y, con la cabeza ligeramente ladeada, la miraba con una ternura impropia de él, como quien mira a un bebé jugando o a los cachorros del zoo. Agitó la cabeza y corrío tanto como su pierna le dejaba hasta su despacho. Cerró la puerta brúscamente y volvió a sumergirse en la música de su iPod.

Pero la música no hizo que su mente quedara en blanco. Ella. Ella. Tonta, boba, sosa, aniñada, inocente, débil... situó sus dos manos a ambos lados de la cabeza y apretó. No podía ser, no podía permitirlo, tenía que sacar esos pensamientos de su cabeza.

Ella entró en la sala de diagnósticos riendo y él apretó el botón de su iPod hasta que el volumen llegó al máximo. Lo único que permitiría que entrase en su cabeza era la música. Pero ahora... ¿qué iba a hacer con lo que ya estaba dentro?