NOTA DE LA AUTORA:

Hola, sólo quiero agradecer de todo corazón a los pocos que se toman la molestia de escribirme, y también a los que siguen leyendo esta historia, que ojala vaya para largo y dure. También quiero anunciarles que en esa ocasión y por motivo de Navidad y Año Nuevo publicare dos capítulos seguidos, considérenlo mi regalo por otro año que se va. Me he esforzado con estos dos, y sinceramente tengo la ilusión de que les guste, ya que esa es mi recompensa. Si es así… Por favor escríbanme un review x) Que ese sea mi regalo jaja.

PD: Hola Sesshiry : )

Capítulo 8: "El Fin de La Batalla: Las Palabras Que Dejan Huella Imborrable"

"Naraku…"

- ¿Qué demonios estás haciendo tú aquí? –InuYasha miró a su alrededor- ¡No seas cobarde y muestra tu repugnante rostro!

La voz le habló:

- Ya tendré tiempo de acabar contigo, Hanyou insolente… -Entonces volvió a dirigirse al brujo, con una extraña serenidad desconcertante- Y tú… no cumpliste con lo que te pedí… Me has fallado.

Una expresión de angustia invadió por primera vez en ese tiempo la cara del brujo.

- Señor Naraku… No entiendo a qué se refiere… -Sus palabras parecían temblar tanto como sus pálidas manos, que todavía sostenían con fuerza el pequeño fragmento de Shikón- Si yo sólo…

-Hace mucho tiempo… –Le interrumpió Naraku- te di es fragmento porque querías dejar de ser un simple humano adivino¿lo recuerdas?

El nigromante bajó la cabeza. InuYasha pestañeó, con una mano apretando la herida en el brazo que momentos antes le hubiese causado el brujo maligno… Que ahora parecía tener la expresión de un niño horrorizado. De pronto estaba comenzando a sentir pequeños espasmos de dolor debido a la infección que en su carne expuesta estaba ocurriendo.

- Te di el poder que tanto deseabas sin cobrarte nada a cambio… Pero ahora que te ordené algo tan simple por mantener ese poder tuyo, resulta que no puedes realizarlo. Es una lástima que no seas capaz de destruir a un hibrido ni con todo el poder que te he otorgado.

Él levantó la mirada al cielo, como si de ahí proviniera la voz que hablaba:

- ¡Yo aún puedo hacerlo!… ¡Solo es cuestión de tiempo!

- ¿De qué demonios están hablando? –Se preguntó InuYasha confuso, mirando el comportamiento del nigromante- Este imbécil trabaja para el infeliz de Naraku, pero…

- Tiempo es lo que te ha sobrado, mi estimado –Dijo Naraku en tono de ironía, y a pesar de no poder verlo se podía notar que estaba sonriendo; divertido por la situación- Pero… Lamentablemente lo has hecho todo mal desde el principio. Te pedí los fragmentos… y trajiste a la mujer…

- No, usted no entiende. Ella es--

- Cierra la boca –Murmuró Naraku, sin levantar la voz- Eso no es todo, también te pedí que acabaras con este engendro del demonio, y aquí estás… prácticamente implorando por tu patética vida ante un simple Hanyou. Eso quiere decir que ya no me sirves de nada…

InuYasha gruñó, apoyándose en su espada para no perder el equilibrio, pero sin apartar la vista de la escena que estaba presenciando. Prestando sumo cuidado, a pesar del dolor de sus heridas, al significado de sus palabras.

Percibió un sonido estridente que se acercaba, y desvió su vista para buscarlo.

En ese momento, un enjambre de avispas venenosas irrumpió con zumbidos ensordecedores en el ambiente. El brujo se atemorizó y retrocedió unos cuantos pasos. Los insectos volaron sobre él observando cada movimiento.

- ¿¡Qué!?... ¡No!... ¡No puede hacerme esto! –Exclamó ocultando el frágil fragmento entre sus manos, mientras los insectos de Naraku zumbaban alrededor de su cuerpo- ¡Todavía no lo he derrotado!... ¡Era parte del trato!... ¡Yo puedo con esto!

- ¡Yo te he entregado el poder que posees! –Rió- …y asimismo puedo quitártelo…

Uno de los insectos se aproximó peligrosamente al brujo y, como si fuese una especie de llamado, el fragmento oscuro se soltó de sus manos y flotó en el aire, desde donde el animal lo agarró entre sus patas. Una mirada de perturbación interrumpió su pálido rostro, y se quedó con la mano estirada hacia el fragmento ya ido, con los ojos muy abiertos.

En cuanto el fragmento se separó de su cuerpo, su fuerza y poder flaquearon inmediatamente. Los contornos de su cara quedaron expuestos por la demacrada figura de una calavera recubierta en piel, al igual que el resto de su cuerpo, dándole la apariencia de un verdadero cadáver… Lo que realmente era sin el fragmento.

- No… ¡No! –Gritó el adivino con cólera al ver cómo los insectos se alejaban de su alcance, llevándose la preciada joya de Shikón-

- Malnacido… -Apretó los dientes InuYasha, observando el destello del fragmento aún en la lejanía-

- Deberías estar agradecido. Aunque me hayas fallado, no seré yo quien te destruya… -Dijo una vez más, mientras su voz se disipaba- Disculpa la interrupción, InuYasha… Seguro que nos volveremos a ver en otra ocasión.

InuYasha dio un paso al frente, envuelto en ira¡Regresa maldito engendro!... ¡Esto no ha terminado!

Sin embargo, ya se había marchado…

Tanto la voz como la presencia de Naraku se apagaron, tan misteriosamente como habían llegado. InuYasha se sostuvo de pie mirando hacia abajo, hacia un vacío profundo mientras en su cabeza recapitulaba la conversación de los dos sujetos, hasta que una mueca de furia se dibujó en su rostro y le dirigió una mirada fugaz al que ahí se encontraba.

- Él te ordenó que nos destruyeras¿no es verdad? –Le preguntó al Nigromante que estaba arrodillado en el suelo; cerca del montón de trozos de los cadáveres que había convocado, grises y putrefactos, sucios de tierra húmeda con sangre- ¿Ibas a asesinar a Kagome por orden suya también?

Era un paisaje esquelético y muerto, no había otra manera de describirlo. Un calvario, en esa cuenca vacía de la tierra. Muerte, susurraba para sus adentros, y detrás de esa muerte no estaba sino el silencio mortuorio. Como si la tierra misma estuviera muriendo continuamente y su cadáver se disolviera en aquella niebla densa y húmeda que estaba respirando. Sintiendo como su mismo organismo se llenaba con esa muerte constante y pesada…

- Respóndeme, escoria –Le ordenó-

La arrogancia que caracterizaba al hechicero se había esfumado, ahora solo yacía en la tierra, pesado e inmóvil. Débil, como el mortal de más de un siglo que era sin el fragmento. Mirarlo así daba la sensación de contemplar a un muerto viviente de una delgadez descarnada, con una película gris lechosa cubriéndole los ojos –daba la sensación de que estuviera ciego- la piel opaca y sin vida, y el aspecto de un esqueleto con pellejo extendido sobre sus huesos.

- Él… -Comenzó a hablar, levantando levemente la cabeza para mirar al joven- Pidió que robara el fragmento que ustedes traían… -Hasta la voz se le oía apagada y mísera, como la de un anciano en sus últimas- Te describió como un patético Hanyou de corazón débil, y me dijo que te destruyera a ti y a tu grupo cuando robara la joya. Pero la joven… Esa mujer que te acompaña y que llamas Kagome, tiene un poder mucho más grande que ese fragmento… Por eso desobedecí sus órdenes y la rapté a ella sin siquiera aniquilarlos a ustedes…. Pensé…

- Pensaste en usarla para tus sucios fines, y luego matarnos si nos interponíamos ¿Es así, mal nacido? –Apretó con sus puños la espada, entrecerró los ojos con odio- No te lo perdonaré…

InuYasha no perdió un segundo más y lo atacó. Golpeó al hombre, que a pesar de su debilidad lo recibió levantando su espada para protegerse. Sin embargo Colmillo de acero la cortó en dos, alcanzándolo en el pecho e incrustándose en él fácilmente. Desencajando los ojos y abriendo la boca, el brujo soltó su espada y languideció, dejándose sostener por el arma que atravesaba su cuerpo.

Ambos permanecieron inmóviles. El joven de cabello plateado sosteniendo con firmeza su espada contra el cuerpo débil frente a él, y el Brujo mirándolo con sus ojos hundidos y apagados ya moribundos. De pronto a él una convulsión le sacudió el cuerpo, haciéndolo toser con ahogo, al tiempo que gruesas y espesas gotas oscuras de saliva mezclada con sangre se resbalaban de su boca entreabierta en busca de oxígeno. InuYasha lo observó, y su expresión de odio se relajó levemente. Desenterró la espada de su pecho, escuchando el crujir de sus huesos y el sonido de sus órganos.

El brujo cayó pesadamente de espaldas con una mueca de dolor en su demacrado rostro, respiraba con esfuerzo.

- Tú… bastardo… -Dijo con dificultad el brujo-

InuYasha se rió ligeramente entre dientes: Puedo ser un bastardo, pero al menos estaré vivo después de esto. Que lastima que no pueda decir lo mismo para una escoria como tú dentro de unos momentos –Le dijo desafiante-

Seguía respirando, pero aún así ambos sabían que todo había terminado. Tocó su pecho, manchando su mano con su sangre, y río. InuYasha lo miró con atención .Si, estaba riendo.

- No intentes aparentar esa seguridad que finges -Habló el Nigromante entrecerrando los ojos- Sé lo que piensas… No importa cuanto intentes evadir la realidad. No sirve de nada y lo sabes.

InuYasha lo miró extrañado¿Qué estás diciendo?

El brujo soltó una pequeña risa:

- He visto todas y cada una de tus reacciones, conozco tus movimientos, tus debilidades… Aún más que Naraku. Se puede aprender mucho de la gente analizando su comportamiento ¿Sabes? Y el tuyo… Bueno… Creo que ya no tienes mucho que ocultarme…

- Estas agonizando, idiota. No sabes lo que dices. –Dijo InuYasha dándose vuelta, decidido a alejarse de ese lugar-

- "Todo está cifrado en clave en el verbo, la acción y en la sangre" –Habló el brujo citando una frase antigua- Hanyou… Tu destino ya esta marcado… Tú lo sabes, lo conoces, lo has probado y saboreado con tu propia lengua… ¡y por eso le temes…!

InuYasha se detuvo en seco, y se volvió hacia él.

- Tu vida… Ha sido bastante trágica ¿eh? –Sonrío el agónico- Rechazado por los Youkais, detestado por los humanos… Vagas por la vida trayendo desgracias a todo aquel que se tope contigo.

- No digas estupideces –Gruño apretando las manos- Tú no sabes nada de mi vida.

- En eso te equivocas… y además no hace falta. Eres un Hanyou… ¿Crees que no he visto a los de tu especie antes? A ustedes híbridos los asesinan antes de que lleguen a respirar por primera vez este aire, los rastrean y los cazan como los malditos monstruos que son, los aniquilan incluso estando todavía dentro del vientre de su puta madre…

- Cierra la maldita boca, bastardo.

- Has sufrido pérdidas, supongo… Y así será hasta el día que mueras. Un Hanyou solo trae desgracias a este mundo… Y tú… Tú lamentablemente tienes un corazón demasiado débil. Lo dijo Naraku y yo lo he confirmado… Pero… –Declaró- no importa cuanto quieras cambiar, no importa qué es lo que deseas aparentar ser; no eres más que un sucio ser, una vergüenza, un error…

InuYasha lo escuchó atentamente, con el ceño fruncido. No era la primera vez que oía algo así... Pero entonces ¿Por qué le dolía más que antes? Miró al suelo, y apretó sus colmillos con cólera. Entonces cerró los ojos y calmó su expresión, para luego abrirlos llenos de mordacidad.

- Es curioso que aún moribundo tengas las fuerzas para seguir hablando.

- No seas ingenuo, híbrido –Sonrío- Ambos sabemos qué es a lo que temes, te lo ha enseñado la vida tantas veces.

Guardó silencio, disfrutando con tiempo la expresión del Hanyou que parecía atormentarse.

- Oh vamos… No pongas esa cara, que bien lo debes saber –Tomó una bocanada de aire profunda, y un espasmo sacudió su cuerpo- Tu madre… ya debe haber muerto -Respiró de nuevo- Murió por culpa tuya ¿No es cierto?. Murió por haber parido a un engendro… Y empezando desde el día en que naciste, todo para ti se ha reducido a intentar sobrevivir. Así que deja las ilusiones, que solo es cuestión de tiempo… para que todos los inútiles que te siguen mueran por tu condición. Todos los seres que amas se irán, porque tú mismo los has puesto en ese peligro –Sonrío satisfecho-

InuYasha levantó la mirada hacia él.

-…Y lo más interesante es esa energía de Youkai que domina tu sangre, y que no puedes controlar. Si sigues así… Si sigues ilusionándote con que puedes tener personas que te amen a tu alrededor, te equivocas, porque esa energía de demonio que traes no diferencia entre aliados y enemigos… Y muy pronto terminarás por asesinarlos a todos.

A InuYasha le dio un vuelco el corazón. Lo sabía… Siempre lo había sabido… pero…

"Kagome…"

- Incluso el mío hubiera sido un mejor fin para esa jovencita que quedarse a tú lado. Pero felicidades, basura, ahora está condenada a perecer por tus enemigos… o por tus propias manos, lo que venga primero… Justo como la ramera de tu madre…

InuYasha estrechó fuertemente sus ojos: Cállate… ¡Maldita sea!... ¡CIERRA LA BOCA!... ¡TU NO SABES NADA SOBRE MI, NI TAMPOCO SOBRE MI MADRE!

- Todos los Hanyous son iguales… El destino para ti, y para todos los de tu raza siempre ha sido desaparecer tarde o temprano¿O me equivoco? No puedes negar lo que eres… y a lo que estás destinado

Disfrutó ver la expresión de confusión y desespero en el rostro de InuYasha, ni bien terminó de hablar cuando rompió en una risa chillona y ahogada; estremecedora… hiriente. Se rió de su impotencia, de su pasado tormentoso, de su condición.

- Basta… ¡Cierra la boca!

Escuchó su risa… Se estaba riendo de su destino, de su futuro… y de lo que consideraba su absurdo e inútil deseo por cambiarlo.

InuYasha maldijo con fuerza, maldijo mil veces más. Y solo le bastó un movimiento de sus garras, para cortar sin resistencias y de un solo tajo el cuello del Nigromante, al tiempo que murmuró entre dientes "¡Cierra la maldita boca…!"…

Y sólo así aquella risa terminó…. Aunque el eco de sus palabras se había quedado estancado en su mente.

La cabeza resbaló fuera del cuello, y rodó por el suelo; desencajada la mandíbula, entreabierta la boca, blancos los ojos en un gesto dislocado, con una exagerada mueca petrificada en su rostro pálido. InuYasha empuñó su espada, y con un gemido ahogado saliendo de su garganta, la clavó de golpe en la cabeza del brujo.

Cerró los ojos y respiró agitado.

En el preciso momento en que lo hizo, la atmósfera vaciló por un momento, y aquel desastroso paisaje árido de humo, veneno oscuro, vértebras de rocas sobresalientes del suelo y trozos de cadáveres regados por el suelo se desvaneció, como un reflejo en el agua. En su lugar quedó otro, muy diferente, pero que a InuYasha le pareció haber visto antes. Debían ser las dos se la mañana, y a pesar de la oscuridad poco a poco pudo reconocer dónde se encontraba. Lo envolvían las oscuras siluetas de los majestuosos árboles alrededor de él, en medio del bosque. EL poso y la aldea no debían estar muy lejos de ese lugar, si su memoria no le fallaba. Se estremeció, guardó la compostura y entrecerró los ojos. Sacó su espada, y esta volvió a transformarse, dejando de ser la poderosa arma que había dado fin al hechicero.

Las palabras de aquel hombre lo habían descontrolado…

- Es verdad… -Se atrevió a decir, tristemente y con el peso de la realidad sofocándolo- Yo siempre intentaré protegerla… Pero no puedo protegerla de mí, por más que lo desee. No puedo condenarla a una vida de riesgos a mi lado…

Suspiró triste, y miró a su alrededor hasta localizar la entrada, percatandose de que se trataba de una celda abandonada donde anteriormente mantenian prisioneros a los ladrones y bandidos. Ahí, donde provenía el dulce aroma de Kagome, que en esos momentos era un alivio para sus heridas –y no las físicas-, ese lugar donde había venido el llamado que lo hizo volver a la normalidad. Se secó el sudor y la sangre de su frente con la manga de su ropa.

Antes de darse vuelta y comenzar a caminar, InuYasha miró la cabeza del Nigromante en el suelo totalmente destrozada y con el cuello descoyuntado, que ahora no era más que una masa de carne estropeada y huesos triturados por donde había traspasado la espada, y solamente sus dos ojos fijos y blancos se destacaban.

- Pero tú, escoria, no me conoces… No tienes idea de quien soy

Las gotas de sudor resbalaban por sus mejillas, y le humedecían los labios; rodaba a veces en un sentimiento incomodo, de su pequeñez, su debilidad, de su impotencia punzándole en el pecho. Pero a pesar de todo quería verla… Por Kami, cuanto deseaba verla de nuevo. Extrañaba ya su calida miraba, y la suavidad de su voz.

En ese momento sólo quería volver a ver a Kagome…

Todo su pasado lo envolvía y aquellos recuerdos que siempre lo habían perseguido hirientes comenzaron de nuevo a inundar su mente. Las palabras punzantes del brujo lo habían obligado a recordar, una vez más, aquel doloroso pasado… Tan solo para que luego intentara sepultarlo una vez más en lo más profundo de su ser… Intentarlo olvidar de nuevo… Aunque sabía que eso ya era totalmente imposible…

Nadie dijo que olvidar algo así fuera fácil…

Continuará…