CAPÍTULO 7

Llegó a casa agotado y sin saber qué hacer. La respuesta que ella le había dado le había dejado sin sentido, sin salida. "Para poder... decirte que no", se repitió una y otra vez en la cabeza. ¿Significaba eso que ella pensaba decirle siempre que no? ¿Significaba que ella no se planteaba una respuesta diferente? ¿Acaso ella preveía contestarle lo mismo hiciera lo que hiciera? Esos pensamientos le hicieron sentirse aún peor; él nunca se había sentido derrotado, sí como una mierda, como un minusválido, pero nunca como un inútil, y ahora, por primera vez, no era capaz de lograr lo que quería. Había intentado rendirse, pero ella había seguido insistiendo, tirando de él, haciendo que reaccionara frente a estímulos que sabía que para él eran irresistibles. La maldijo una y otra vez, ella conseguía que él se sintiera de la peor y la mejor forma que nadie podía sentirse, jugaba con él y con sus sentimientos como quería y él no podía hacer nada para evitarlo. ¿O sí?

Levantó el teléfono y marcó el número de Wilson.

- Me está haciendo chantaje- dijo House en el momento en el que notó que su amigo descolgaba el aparato y sin darle tiempo a responder.

- ¿House?- preguntó Wilson sin esperar una contestación.

- Está pudiendo conmigo, me gana en todos nuestros enfrentamientos, me estoy volviendo loco.

- ¿Me estás hablando de Cameron?

- ¡De quién si no! Llevo días pensando en ella, no me la puedo quitar de la cabeza.

- ¿Te importaría explicarme en qué consiste el chantaje que te está haciendo la dulce y bondadosa Dra. Cameron? - Wilson tuvo que reprimirse la risa, no podía creer que Cameron tuviera a House tan en sus manos que él hubiera tenido que recurrir a su mejor amigo por no saber qué hacer. Cameron era tan suave y tan delicada que le costó creerselo.

- Me está seduciendo para rechazarme después.

Wilson no pudo aguantar más y rió. House puso cara de hastío ante la carcajada de su amigo.

- Qué gracioso, Wilson.

- ¿Cual es su intención, rechazarte de por vida?

- No lo sé. Yo... - cortó la frase

- Tienes miedo de que sea así.

Ante el silencio de House Wilson entendió que su amigo estaba perdiendo la esperanza y que estaba realmente preocupado porque por primera vez la situación se le escapaba de las manos.

- House, -comenzó Wilson con calma- tienes que hacer algo por ella. Es lo que te pidió.

- Lo he hecho, he hecho todo lo que se me ha ocurrido

- ¿Por ella?

House volvió a quedar en silencio.

- Todo lo que has hecho lo has hecho por ti, para lograr tu premio, pero no has pensado en ella ni un instante, solo en cómo conseguirla. Pero conseguirla, en este caso, conlleva pensar en ella. El amor es una mierda, lo sé.

- ¿Has hablado con Cameron? -entrecerró los ojos con suspicacia.

Wilson suspiró profundamente.

- Me he divorciado tres veces. No soy el más indicado para aconsejar. Solo piensa en ella, House. Ahí está la clave, lo que ella te pide. Dime que lo harás.

Pero mientras aguardaba la respuesta oyó el sonido del teléfono cuando House colgó.

Haría algo por ella, buena idea. Debía pensar en algo que para ella fuera importante y que para él no lo fuera. Recordó todo lo que Cameron le había dicho los pasados días, aquello de que ella no era más que un galardón más en su estantería, de que solo la quería para llenar su ego, su afirmación de que él no tenía más vida que el hospital. Pensó que hasta ese momento solo había sido capaz de encontrar muestras de amor que tuvieran relación con el PPTH, nada había hecho respecto a sus vidas personales, y él quería a Cameron en su vida personal, en el hospital ya la tenía.

Para la tarde del día siguiente había pensado en una nueva sorpresa. Estaba casi seguro de que esta vez triunfaría. El plan que tenía pensado no tenía nada que ver con el hospital ni con la medicina, quería sorprenderla en terreno personal, llegar hasta lo más profundo con un gesto de inmensa ternura. Para llevar a cabo su idea les mandó a todos a casa un poco antes aquella tarde, debía pensar cómo haría las cosas,esta vez no quería precipitarse ni fallar, esta vez era demasiado importante. Tenía la sensación de que si no funcionaba ya nada podría funcionar, no lo resistía más, creía que no podía dar más de sí mismo y que la necesitaba. La necesitaba tanto que su vida se estaba empezando a resentir. No soportaba verla por el hospital con otras personas, sobre todo hombres. Sentía celos enfermizos cuando hablaba con la gente y se le revolvía el estómago cada vez que veía que médicos de otros departamentos la rondaban para ligar con ella; pero también le reconfortaba el hecho de que cada vez que esto sucedía ella le buscaba a él con la mirada y clavaba sus ojos en los suyos, una manera de darle seguridad sin palabras, pidiéndole que esperara por ella, diciéndole que sus sentimientos eran verdaderos y que él era insustituíble, pero que tenía que demostrarlo. Evidentemente, ella no deseaba dejarle las cosas tan claras, pero sus ojos no la obedecían; y él era capaz de ver eso.

A las cinco y media de la tarde House salía por la puerta de hospital y se montaba en su moto. Condujo durante un rato hasta el centro de Princeton y paró delante de una tienda. Agarrando su bastón y dejando el casco sobre el asiento de la moto entró en el establecimiento.

- Tengo lo suyo preparado- le dijo el dependiente.

House entró en silencio sin molestarse en contestarle. El dependiente cogió el encargo y lo llevó hasta la caja. House se acercó y miró el regalo, le pareció perfecto. Después miró al expositor a la espalda del dependiente.

- Uno de esos también. Que le vaya.

El dependiente hizo lo que House ordenó y le cobró. Él tiró el dinero sobre el mostrador y salió de la tienda con su regalo bajo el brazo. Montó en la moto y arrancó.

En menos de diez minutos se encontraba frente a su casa. Esta vez no podría decirle que no había más vida fuera del hospital, ni que no se preocupara por ella, ni que solo quisiera alimentar su ego. Esta vez él iba a ganar, se lo merecía. Si juntaba todo lo que había hecho durante esos días con seguridad hacía una declaración completa. Él sabía que era torpe para esas cosas, pero ella debía entender también. Pensó, una vez más, que él nunca había intentado entenderla a ella; todo era más fácil cuando los demás son los que bailan al son de uno y son los demás los que se amoldan al carácter difícil. Quizá por ella merecía la pena ser el que debía cambiar.

Subió las escasas escaleras hasta su puerta y llamó con fuerza. Esperó unos segundos. Oyó a alguien aproximarse a la entrada y correr la cadena de seguridad. La puerta se abrió ligeramente y por la raja que separaba el marco de la puerta apareció la cara de Cameron.

- House... ¿qué haces aquí?

- Demostrártelo

Ella abrió la puerta y se asombró de lo que vio. Allí estaba él, de pie, con el bastón en una mano y con una correa en la otra. Siguió con la mirada la correa azul hasta el suelo; abrió los ojos de par en par cuando vio que la correa terminaba en un perrito sentado en el suelo. Ella lo miró con ternura y después levantó la vista hacia House.

- ¿Qué significa esto?

- Todo el mundo debería tener un perro. Son buenos compañeros. Son cariñosos.

- Tú tienes una rata- dijo ella asintiendo.

- Yo soy diferente. Tú necesitas un perro.

- ¿Crees que es lo que necesito? -preguntó ella sorprendida.

Él no supo qué responder. ¿Era una pregunta trampa?

- Me necesitas a mí.

Ella asintió.

- No un perro. Un perro no se le regala a alguien para decirle que se le quiere. Se le regala cuando ya se le ha dicho. -dijo ella seriamente pero con ternura.

- Yo te lo dije.

- No a mi manera. -respondió ella tajante- No lo quiero, House. No significa nada para mí. Y no debería significar nada para ti. Ahora ya tienes dos mascotas.

Y cerró la puerta dejando a House al otro lado de ella con la correa agarrada en una mano y mirando al perro. Él no supo qué pasaba dentro del apartamento de Cameron, ella se apoyó contra la puerta de espaldas y se dejó caer hasta estar sentada en el suelo. Allí se llevó las manos a la cabeza y pensó preocupada en si estaba haciendo lo correcto. Sabía que debía tirar de él, pero también sabía que posiblemente su paciencia tuviera un límite. Recordó que ella no quería que él la quisiese por compromiso y que deseaba que le demostrara que la quería. No le había pedido lo que le había pedido por forzarle, sino para asegurarse de que sus sentimientos eran reales, quería que él dejara de esconderse por una vez, y durante los últimos días se había escondido a medias, haciendo cosas que no dejaban ver su verdadero sentimiento, solo entreverlo. Para ella no era suficiente, necesitaba más. Y un perro no era más.

Imaginó su cara cuando ella cerró la puerta. Vio a un House abatido, dándose por vencido y caminando hacia la salida con su nueva mascota. El detalle le había agradado mucho, pero no era lo que ella quería, no quería un regalo, aunque viniera de él, no era lo que quería en ese momento.

Llegó a casa con el perro. Ahora no podía devolverlo, no lo iban a admitir en la tienda. Pensó que sería bueno quedárselo, siempre podría recordarle a ella. Entró con él en los brazos y lo llevó hasta donde estaba Steve McQueen.

- Este es Steve. Espero que seáis amigos. No le ayudes a salir de la jaula cuando esté borracho.

Soltó al perro en el suelo y se dirigió al mueble bar a por una botella de whisky. No tenía una buena noche y en lo último que le apetecía pensar era en ella. Ella. Querría sacarla de su cabeza, ignorarla, como hacía con todo. Su experta estrategia de ignorar todo lo que podía dañarle había funcionado hasta ahora. Sabía cómo evitar a los pacientes, sabía lo que le dolía que le dijeran la verdad a la cara, sabía que siempre tenía que lograr quedar por encima de los demás para sentirse protegido; porque al fin y al cabo era una persona dañada y débil, porque no había sido capaz de superar lo de su pierna. Y ahora estaba enamorado y todo aquello le daba igual. Un inmenso tornado de ideas pasaba por su cabeza mientras bebía a morro de la botella. La quería y la odiaba, había hecho que sus muros se tambaleasen y cayesen y ahora se negaba a ayudarle con los escombros. "Bonita metáfora", pensó, "Parece mía". Bebió de nuevo.

Aquella noche decidió emborracharse, no quería pensar en ella ni en ello. Cuando hubo llegado a la mitad de la botella de whisky sus ojos se toparon con el bote de vicodina encima de su mesa de centro. Centró la mirada en él. Vio que quedaban dos pastillas dentro. Solo dos. "Mañana le pediré una receta a Wilson", se dijo para sí. Sacó las pastillas del bote, las puso en su mano y tragó con un poco de bebida. Pensó y miró al techo. Recordó las palabras de su amigo: "Tienes que hacer algo por ella". Retumbaban en sus oídos una y otra vez. Intentaba descifrar lo que Wilson le había dicho, pero no podía. Debía leer entre líneas y era incapaz; como siempre, Wilson le dijo con aquellas palabras más de lo que parecía, la respuesta al problema la sabía hasta Wilson y él era incapaz de encontrarla. "Tienes que hacer algo por ella". Anduvo hasta su dormitorio y se desvistió lentamente. Entró en el cuarto de baño y se lavó los dientes. "Tienes que hacer algo por ella". Abrió la cama y, después de apagar todas las luces se tapó con las sábanas. "Tienes que hacer algo por ella". Cerró los ojos con miedo, sabía lo que iba a ver cuando su mente se preparara para dormir. Sabía que iba a ver lo que llevaba viendo muchas noches. Y sabía que no lo tenía. "Tienes que hacer algo por ella". Las palabras de Wilson se hicieron más y más suaves a medida que el sueño le sobrevenía y el alcohol y la vicodina hacían su trabajo.