CAPÍTULO 8
House andaba rápidamente por el pasillo hacia su consulta. No tenía una buena mañana y no deseaba encontrarse con nadie, especialmente con ella. Aún le duraba la vergüenza del día anterior. Quizá no entendía por qué ella había rechazado su regalo, pero lo que estaba claro era que había hecho el ridículo como pocas veces, pensando que ella iba a caer rendida a sus pies por regalarle un cachorro. Entró en su despacho y salió a la terraza. Anduvo por ella hasta llegar a la puerta del despacho de Wilson. Dio un golpe en el cristal con el bastón y sin esperar entró. Afortunadamente no había ningún paciente con él.
- Ahora sé por qué te has divorciado tres veces.
- ¿Mmmm? - contestó su amigo sin saber a qué se refería
- Tienes que hacer algo por ella. -repitió House haciendo un gesto de burla en su tono habitual
- Supongo que todo esto viene por algo. Supongo que la jodiste.
- Le compré un regalo.-le confesó House mientras miraba al suelo y daba golpecitos con el bastón en la moqueta
- Mejor no me digas qué le compraste,- afirmó Wilson agitando los brazos a los lados- no quiero saberlo.
- Le compré un perro. Ahora tengo dos mascotas. Steve y él se llevan bien.
Wilson no pudo evitar sonreir ante la confesión. Cameron lo estaba haciendo muy bien, había conseguido aguantar de una manera extraordinaria todos los ataques de House y aún el día anterior había vuelto a ganarle.
- ¿Has pensado que quizá no es lo que ella quería?
House resopló y no contestó. Le molestaba que Wilson supiera la respuesta y él no; no podía entender por qué Wilson, que se había divorciado tres veces, sabía cómo conquistar a Cameron y se le pasaba a la mente más sublime del hospital.
- Confiesa que no sabes qué hacer, House.
Él siguió sin contestar.
- Primero fue la negación. -comenzó a contar levantando un dedo y mirándole fijamente- Después fue la admiración por ella. La tercera fase fue el afán de posesión y los celos. Si no recuerdo mal ahora toca... la entrega. La entrega absoluta.
House levantó la vista y subió las cejas hasta encontrarse con los ojos de su amigo.
- ¿La entrega?- preguntó curioso
- El hacer cualquier -al decir esta palabra Wilson abrió las manos y gesticuló como si rodeara una bola del mundo- cosa por ella.
- Cualquier cosa...-murmuró House. Pensaba una y otra vez en qué podía darle a ella que significara lo máximo que él podría dar. Fue en ese momento en el que se dio cuenta de todo, de por qué ella le había dicho que no todas las veces, por qué él no podía pensar en cómo demostrarlo, por qué se había tomado la noche anterior las dos últimas vicodinas.
Se giró y fue directo a la puerta del despacho, dispuesto a salir. Wilson escribió rápidamente la receta de aquella semana, pero para cuando hubo terminado House había desaparecido del despacho y Wilson se quedó allí, con la mano en alto y con el papel de la receta entre sus dedos.
Cuando Cameron entró a la sala de diagnósticos miró hacia el despachode House. Vacío. Para ella también era una situación extraña y embarazosa. Comenzaba a preocuparse por equivocarse y perderlo para siempre. Ya no tenía ganas de juegos de seducción ni de bromas, pero tampoco podía evitar seguir tirando de él para adivinar, de una vez por todas, de lo que él era capaz; se moría por saber hasta qué punto podía llegar Gregory House por conseguir lo que quería. Y en ese momento lo que quería era ella.
Metió la cabeza en su despacho y observó su mochila en el suelo. Las asas estaban llenas de mordiscos y varias costuras estaban rotas. No le hizo falta pensar mucho para saber quién era el responsable de aquello, ya que Steve no tenía los dientes tan grandes y siempre estaba en su jaula. Respasó su ordenada mesa, la había mantenido así desde aquel primer y estúpido plan con la idea de que ella se convenciera de que él iba en serio, pero Cameron sabía que volvería a tenerla como siempre en el momento en el que ella se diera por vencida y le dijera que sí. Al fin y al cabo, era House, y a ella le gustaba que fuera así, a ella le gustaba ordenarle la mesa, le ayudaba a conocerle más a fondo. En su mesa había más de él que en sus palabras. Ella sabía que su despacho era como su radiografía y que, observándolo, podían conocerse rasgos de su carácter y de su personalidad que difícilmente él dejaría entrever de otra manera. Pero ella era capaz de verlos, por algo era ella.
En ese momento él entró en el despacho y se detuvo en seco en la puerta.
- ¿Espiando, Dra. Cameron?
Ella le sonrió como tantas veces hacía. Y él nunca sabía si reía o disimulaba, ya que su sonrisa era enigmática, nunca lo decía todo. A él le desconcertaba y le encantaba esa forma de sonreir.
- Las revistas porno y el alcohol están debajo de la mesa, en el fichero- dijo mientras cojeaba hasta su mesa y se sentaba en la silla.
- Pensé que habías dejado el alcohol. El porno ya sé que no.
Él dibujó una pequeña sonrisa en su cara. En el fondo adoraba la pequeña lucha que se traían entre ellos. Disfrutaba con cada puñalada que se daban.
- De hecho, no he dejado el alcohol. Estaba pensando en otra sustancia.
Se metió la mano en el bolsillo y sacó su bote de vicodina vacío.
- No le he pedido a Wilson la receta de esta semana.- dijo mientras lo dejaba sobre la mesa.
Ella no dijo nada, únicamente le miraba fijamente a los ojos.
- ¿No es lo que quieres? Sin vicodina soy como tú quieres que sea, un caso perdido, alguien a quien cuidar. Soy un inválido, un necesitado.
Ella se mordió el labio inferior. Realmente no sabía qué contestarle, la había pillado de improviso, no esperaba ese gesto de él, aunque sí las razones.
- Está bien, House. Quiero verlo. Quiero ver cómo lo haces.
Y tras decir eso salió del despacho y entró en la sala de diagnósticos.
Una sonrisa de triunfo se dibujó en la cara de él. Por fin había conseguido que ella cediera un milímetro. No le había dicho que aquel gesto fuera el definitivo, pero tampoco le había dicho que no, lo que era un buen principio. Ahora solo tenía que reunir valor para conseguir mantenerse sin las pastillas. Wilson volvió a su cabeza cuando se dio cuenta de que, por una vez, estar sin vicodina no le resultaba angustioso ni le preocupaba. Pensó que quizá podría acostumbrarse a ello, pensó que Wilson había tenido mucha razón.
Habían pasado 6 días desde que House comenzara con su promesa. Llevaba un par de días insoportable e insolente, tratando mal a todo el mundo y siendo más impertinente que se costumbre. La única persona que parecía librarse de la maldición era Cameron y todo el mundo se preguntaba por qué. House se sorprendió de no desear culparla por todo aquello y ella sabía que él no lo hacía. Había prometido algo y lo estaba cumpliendo, y eso le gustaba, estaba contenta.
La mañana del viernes Cuddy entró en la sala de diagnósticos, donde se encontraban los tres médicos esperando a House.
- House no viene. Ha llamado para decir que se encuentra mal. Parece que la pierna no le responde esta mañana. Supongo que... podéis hacer cualquier trabajo que tengáis atrasado.
Los tres se miraron perplejos. House nunca había faltado ni un solo día a trabajar. Llegaba, se encerraba en su despacho y no hablaba prácticamente con nadie en todo el día, pero siempre iba a trabajar. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Cameron. Se sintió culpable. Al fin y al cabo, si él estaba así era por ella, porque ella se lo había pedido. Ella era la responsable. Quizá no debería haberle obligado a hacerlo.
Se levantó y se disculpó ante sus compañeros. Ya era suficiente, ya lo había demostrado. Ella no tenía ningún derecho a hacerle sufrir de esa manera, no era justo. Salió al pasillo y anduvo hasta la farmacia. No podía pedir vicodina, pero quizá le darían un antiinflamtorio potente o algo de ibuprofeno. Cuando llegó allí Wilson le habló por la espalda.
- ¿Lo ha conseguido, ehhh?
Ella lo miró atónita. No imaginaba que Wilson estaba tan al tanto de todo lo que estaba sucediendo entre ellos.
- Supongo que te quiere. Y supongo que sabes en qué te metes. Guarga una llave bajo el felpudo, es la que usaba yo.
Él alargó la mano para entregar al hombre de la farmacia la receta de vicodina de House.
El farmaceútico llenó un bote y se lo entregó a Cameron.
- Gracias, Wilson. Por todo.
Él asintió suavemente y sonrió. Ella también lo hizo y apretándole ligeramente el brazo se alejó de él.
Ella se dirigió a la sala de diagnósticos y recogió sus cosas sin decir nada a nadie. Se colgó al hombro la bolsa de su portátil y salió diciendo "adiós".
Media hora más tarde se encontraba a la puerta de su casa, sin saber qué hacer.
Probablemente aquella era una de las decisiones más importantes de su vida. Él iba a hacerle daño, siempre lo haría, era su carácter. Y ella iba a sentirse dolida, no podía evitarlo. Pero tampoco podía evitar sentir una irrefrenable atracción hacia él. Él la completaba, hacía que elementos olvidados de su carácter surgieran y la ayudaba a mantenerse fuerte. Quizá estaban hechos el uno para el otro. Sonrió al darse cuenta de lo típico que sonaba todo aquello, aquello de "el uno para el otro", pero por primera vez supo que era cierto, que lo necesitaba en su vida y no solo para atenderle. Necesitaba quererlo porque era todo lo que ella deseaba.
Se acercó a la puerta y levantó el felpudo. Una llave brillante apareció en el suelo. La recogió y la introdujo en la cerradura.
- House... -dijo ella al entrar en la casa.
Pero nadie contestó. Anduvo hasta llegar a la sala. Un forma estaba tumbada en el sillón, con las piernas colgando y la cabeza sin ningún apoyo. Todo a su alrededor estaba desordenado. Había latas de cerveza por todas partes, restos de comida, trastos y algo parecido a House sobre el sofá. Ella corrió hasta él y le tocó la frente. Sin duda tenía fiebre. Estaba sin afeitar y la ropa que llevaba olía terriblemente. Se levantó de su lado y anduvo hasta el cuarto de baño. Una vez allí abrió el grifo de la bañero y puso el tapón.
Mientras la balera se llenaba volvió al sofá y metiendo uno de sus brazos bajo su cabeza lo ayudó a levantarse.
- Vamos, House,-le susurró- ayúdame a levantarte.
Él hizo un pequeño esfuerzo y pudo ponerse en pie. Ella pasó su brazo sobre sus hombros y comenzó a andar mientras sostenía todo su peso. Llegaron al baño después de un par de minutos y ella lo sentó sobre el inodoro. Con cuidado fue desvistiéndole y quitándole toda la ropa hasta que estaba completamente desnudo. La bañera estaba ya llena, por lo que cerró los grifos y se volvió hacia él.
- Tendrás que ayudarme otro poco, House.
Lo volvió a levantar de la taza del váter y le ayudó a meterse en la bañera. Lo tumbó a lo largo y esperó. Tras unos minutos él reaccionó ligeramente y abrió los ojos, pero no habló. Ella cogió una pequeña toalla y mojándola y enjabonándola lavó todo su cuerpo con cuidado, procurando masajear los músculos más tensos y acariciando con cuidado su muslo.
Veinte minutos después lo sacó de la bañera y lo vistió con un pijama. Lo llevó de nuevo hasta el salón y lo tumbó en el sofá con un cojín bajo su cabeza. Anduvo hasta la entrada y alcanzó la cazadora que había colgado en el perchero al entrar. Metió la mano en un bolsillo y sacó el bote de vicodina. Caminó de nuevo hasta el salón y lo miró desde la puerta de entrada. No podía soportar verlo así, le quería demasiado para hacerle eso. Ese no era su House, ella no quería que fuera así, por mucho que él creyese que sí.
Se acercó a él y, abriendo el bote de vicodina, se arrodilló junto al sofá. Cogió una pastilla y la puso al borde de sus labios. Él al principio ofereció resistencia, pero ella fue más fuerte que él e insistió. Sus labios se separaron y la pastilla entró en su boca. Ella acarició su mejilla y su barba de varios días con la palma de su mano y se levantó.
Durante la siguiente hora se dedicó a recoger el piso y a ordenar la sala. No tuvo tiempo de mirarle, quería terminar lo antes posible su trabajo. Una vez terminado se sentó en la butaca al lado del sillón. Desde allí podía verle perfectamente la cara y podía mirarle a los ojos. Él los abrió poco tiempo después.
- Cameron... yo... -comenzó a decir, a pesar de que no era capaz de decirlo. La primera vez tuvo que usar las palabras de Wilson.
- Lo sé. - contestó ella asintiendo.
- ¿Y ahora por qué sí?
Ella no le contestó ni él esperaba respuesta. Se respondieron el uno al otro mirándose a los ojos, no hacía falta que nadie explicara nada. Por primera vez Gregory House había impuesto los intereses de otra persona a los suyos propios, había dejado que los deseos de la persona a la que quería prevaleciesen sobre los suyos y había conseguido demostrarle a alguien que no era el cabrón egoísta que quería aparentar. Él comprendió que la quería y ella que él verdaderamente lo hacía, por fin los dos habían conseguido su objetivo.
Ella se levantó de la butaca y se sentó en el sillón subiendo las piernas sobre los cojines, mirándole de frente. Apoyó la cabeza sobre el respaldo y sonrió. Así pasaron varios minutos, sin decirse nada, solo mirándose. Los dos estaban contentos. Ella fue la primera en hablar:
- ¿Me regalas el perro?
- Es mío, tú me lo diste. -contestó él sin dejar de mirarla. Ella sonrió.
Poco a poco los ojos de ella fueron cerrándose hasta que se durmió. Él dejó pasar varios -muchos- minutos mientras la observaba. Sintió que poco a poco se encontraba mejor, aunque no acertaba a saber si era por la vicodina o porque estaba realmente alegre. Estaba feliz.
Ella tititó ligeramente y él pudo verlo. Se levantó del sillón y fue a buscar una manta a su cuarto. En el camino de vuelta por el pasillo se encontró con el cachorro. Agachándose y pasando la mano por debajo de la tripa del perro lo levantó y se lo llevó con él. Puso en cachorro en el regazo de Cameron y los tapó a los dos con la manta, sonriendo mientras lo hacía.
- Cualquiera sabe qué nombre te va a poner.-le dijo al perrito.
Se sentó en el sillón de nuevo y esperó a que la vicodina hiciera efecto completamente mientras miraba cómo dormían ella y el cachorro.
