Desde la alarma en el cuartel número trece, la Sociedad de Almas era un caos, el incidente de Rukia, la gente que decía ver a Shiba Kaien. Quien más y quien menos se había hecho eco de alguna noticia. Como es normal, habían personas preocupadas y otras… simplemente…
-¡Nemu! ¿Qué es todo ese escándalo? No me deja trabajar.
-Al parecer ya se sabe que Kuchiki Rukia ha vuelto a desaparecer, y la están buscando.
-Perfecto. –Dijo entornando los ojos y con tono irónico.- Pues haz que se callen, o te despedazaré otra vez.
Los experimentos del escuadrón número doce cada vez tenían peor resultado, el propio Mayuri Kurotsuchi estaba preocupado, y su actitud era, si cabe, aún más áspera y amenazadora.
La noticia no se hizo de esperar para ningún capitán de los trece escuadrones. Uno a uno fueron enviados a avisar de una situación, realmente especial. Se dividieron en la búsqueda cada uno con una misión, la Sociedad de Almas era demasiado grande y sus habitantes llegaban a ser demasiado cuantiosos como para abarcarlos a todos.
-Kuchiki Taichou, su hermana… ha vuelto a desaparecer.
-Entiendo.
-¿Quiere que salgamos a buscarla? Los escuadrones, octavo, décimo y el número trece, ya la están buscando.
-No es necesario.
-Entendido…
Pasada una semana desde la desaparición de Rukia, parecía imposible volver a encontrarla. Al mes, casi todo el mundo perdió la esperanza, salvo una persona: Abarai Renji. Sino se encontraba en la Sociedad de Almas, sólo le quedaba un sitio por buscar: Karakura. Pero, evidentemente, no iba a ser fácil. El problema siempre era el mismo: su Capitán, quería a su hermana, él lo sabía, pero últimamente estaba más ausente y abstraído, nunca le dejaría ir tras de Rukia. No entendía la razón, al fin y al cabo ¿no era su hermana? Los pensamientos, y por ende, los actos de Kuchiki Byakuya suelen ser un misterio para la mayoría de shinigamis. El primer pensamiento de Renji, fue hablar con él, pero lo desechó tan rápido como vino. Finalmente la solución estaba clara, sólo le iba a ayudar quien le había ayudado siempre, desde la primera desaparición de su amiga.
El Capitán Ukitake descansaba en su habitación, otro achaque le había mantenido en cama la mayor parte del día, pero su cabeza seguía funcionando, algo tenia que hacer, sus subordinados eran lo más importante para él, y lo que era peor, algo pasaba en su escuadrón… últimamente parecía que todo giraba en torno a él, sino todo, casi todo. Se levantó de su cama buscando un poco de té que alguien había dejado en su mesilla mientras él descansaba, pensó en lo mucho que agradecía esos gestos y como perdonaban sus interminables ausencias a causa de su enfermedad. Cuando se quedaba solo prefería llevar ropas más cómodas que el traje de Capitán. Ya había anochecido y no esperaba más visita que sus pensamientos, pero algo le hizo reaccionar, alguien se acercaba, mejor dicho, dos personas se acercaban, al instante supo de quien se trataba.
-Capitán y Teniente de la octava división, -dijo mientras abría la puerta de su dormitorio- entrando a hurtadillas como ladrones –sonrió y les dejó pasar.- ¿Qué os trae por aquí?.
-Lo de siempre amigo, lo de siempre. –Suspiró.- Pero lo primero es lo primero, ¿Cómo te encuentras hoy?
La conversación continúo en manos de ambos Capitanes, Nanao se limitaba a escuchar la charla atenta, hacía ya varias noches que venían al escuadrón trece, algo estaba pasando, y ellos no se iban a quedar de brazos cruzados. No sabían realmente cuan grande era el problema, pero de una cosa estaban –casi- seguros, todo comenzó antes de la desaparición de Kuchiki Rukia. Tampoco podían asegurarlo, pero estaban –casi- seguros, de que ella era sólo una pieza, eso sí, una pieza llamativa, de un entramado ¿pero de qué?.
Nanao estaba demasiado atenta en la conversación y se sobresaltó al escuchar un par de armónicos golpes en la puerta, y una voz llamando al Capitán Ukitake. Ambos Capitanes hacía algún tiempo que ya notaban que alguien se acercaba, para ellos no hubo sobresalto alguno.
-¿Es que no te alegras de verme?
El muchacho se incorporó rápida, e instintivamente le dio a la luz que tenía a su izquierda. Ahora lo tenía claro. Quien sino podría estar en su cuarto a las tres de la mañana. Desde luego no un madrugador.
-¡¡Joder Yoruichi! No te esperaba a estas horas por aquí.
-Lo se. –Se sentó a los pies de la cama de Ichigo.- Muchas sorpresas últimamente ¿no?. Ya me han contado lo de Renji.
-No me mires así, hice lo correcto.
-Seguro… sólo llevas ¿Cuanto? ¿Cinco…? ¿Seis…?
-Siete años según las cuentas de Kon. –El muchacho se desperezó, y quiso darle poca importancia al asunto.- Pero sólo él se acuerda de eso.
-Ya veo, ya… -le miró con ojos burlones mientras se dirigía a la ventana- traigo noticias, pero como te importa tan poco me iré. Si quieres saberlo, por informar a Kon, nada más, –se subió a la ventana, mientras se reía- ya sabes donde encontrarme.
Y sin más se fue. Ichigo se quedó perplejo ¿para esto? ¿para irse sin más?. Claro que quería saber, pero su orgullo le impedía ir tras ella. Volvió a recostarse en la cama, mirando fijamente el armario donde se encontraba, atado, Kon. Maldita Yoruichi, aparecer a estas horas para nada, sólo para despertarle, para ella no había límites ni barreras. Alguien debía pararle los pies. Iría mañana para poner a la mujer en su sitio, eso es… sólo para eso.
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