Había pasado el tiempo. Se le había escurrido entre las manos a una velocidad trepidante. Durante años se había encargado de basarse en su trabajo periodístico para intentar olvidar el mundo quebrado que había dejado un doloroso y punzante pasado. Sin embargo, Hermione no había podido dejar atrás ciertos recuerdos que continuaban atormentando su mente.

Suspiró, sentada en el sofá de su casa y cerró los ojos despacio, volviendo a ver aquellas imágenes en lo más profundo de su alma.

-¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? –Chillaba un desquiciado muchacho de grandes ojos verdes. Sus pupilas brillaban como el vidrio más puro. -¿Por qué tú y no yo, Ginny?

Una muchacha de diecisiete años de larga cabellera castaña, apoyó su mano derecha en el hombro de Harry, intentando darle ánimos, entre lágrimas.

-Despierta por favor. Dime que me quieres. –Él dejó que pequeños diamantes cristalinos resbalasen por sus pómulos. –No me dejes sólo.

Harry agarró la mano de una pelirroja muchacha que se encontraba tendida sobre la cama de una enfermería: sin vida alguna.

-Ginny… -Susurró, dolorido.

Hermione abrió los ojos rápidamente entre una fuerte tos, como si acabase de tener una horrible pesadilla. Sentía su corazón latir a mil por hora, el sonido monótono del reloj de su casa y la cafetera silbando, indicándole que ya estaba listo el café. Se levantó rápidamente, intentando no recordar más y cogió el objeto apagando el fuego del hornillo. Sin embargo, nuevas vivencias atacaron su mente.

-¡Dumbledore! –Chilló Harry, en el interior del castillo, observando como las llamas cerraban el comedor donde se encontraba el director junto con numerosos alumnos. -¡Dumbledore, salga, haga algo!

-Harry… -Murmuró el director.

-¡Salga por favor!

Dumbledore aun tenía una mínima oportunidad para salir. Sin embargo, todos aquellos alumnos se encontraban atrapados entre una esfera de fuego alrededor de las cuatro mesas del gran comedor. Los mortífagos lo habían preparado todo perfectamente, durante la cena, la mayoría de los alumnos se encontraban allí, excepto los muchos que llegaban tarde.

-¡Salga Dumbledore! –Chilló el moreno. -¡Ahora!

-Harry… no puedo. –Suspiró, se acercó hasta él. –Lo siento. Este es mi lugar. Hogwarts: mi hogar. Me quedaré aquí con ellos. No dejaré morir a los alumnos mientras yo escapo. –Lo miró con dulces ojos, siempre le había tenido un cariño especial. –Y ahora… huye. ¡Vete de aquí Harry! –Chilló, poniéndose serio de pronto.

Harry, Ron y Hermione avanzaron entre los escombros y consiguieron salir del ardiente castillo. Justo cuando lo hicieron, pudieron observar como parte del comedor se derrumbaba aplastando a todos los que allí se encontraban. Harry gimió.

-¡NO! ¡DUMBLEDORE!

Hermione se puse nerviosa. Bien. Calma. Había tenido suficiente por hoy. Por suerte, justo en ese momento, alguien llamó a la puerta. Hermione abrió dubitativa.

Un muchacho de cabello negro, con unos grandes y vivaces ojos verdes, la miraba expectante.

-¡Harry! –Lo abrazó con fuerza.

-Hermione… -Susurró él extendiendo sus brazos. –Me alegra muchísimo volver a verte.

-Pasa, pasa. –Sonrió y cerró la puerta tras sí. –Justo ahora acababa de preparar café.

Harry se sentó en el sofá e instantes después Hermione lo imitó con dos deliciosas tazas entre sus manos.

-¿Cómo va todo? –Preguntó la castaña. Hacía tres meses que no lo veía.

-Sí, ocupado como siempre entre viajes de trabajo y demás, pero bien. Todo en orden. –Sonrió. –Por cierto, tenías razón.

-¿Razón en qué? –Preguntó Hermione.

-En lo de Malfoy. –Apuntó Harry distraído. –Era un mortífago. –Suspiró. –Siento que no te creyesen tiempo atrás los del ministerio, pero comprende que era de lo más extraño que un muchacho de penas diecisiete años ya tuviese tal preparación.

-¿Cómo sabes que es cierto? –Preguntó Hermione, notando como un nudo se formaba en su garganta al recordar aquel nombre.

-Lo atraparon ayer. Dentro de dos días tendrá su primer juicio. –Añadió, indiferente. –Más o menos ya se sabe que será condenado a cadena perpetua.

Hermione lo miró horrorizada. Se levantó del sofá ligeramente nerviosa.

-Voy al baño. Ahora vuelvo. –Murmuró por lo bajo.

La muchacha se mojó la cara con agua. Pasó una toalla por encima, para limpiarse, e intento tranquilizarse de todas las formas posibles. No podía evitarlo: Se sentía culpable. Culpable por algo que nunca había hecho. Draco Malfoy le había salvado la vida años atrás, ahora, sin embargo, él se encontraba a punto de ser condenado y ella viva disfrutando del mundo. Sintió un pequeño escalofrío y volvió al comedor, junto a Harry.

-¿Ocurre algo? –Preguntó el moreno.

-No. Por supuesto que no.

-Bueno, Hermione. –Suspiró. –Había olvidado por completo lo que tenía que decirte desde un principio. No tengo casi tiempo, pero quería darte la noticia por adelantado. –Sonrió. –Vas a tener la alucinante oportunidad de entrevistar a Malfoy.

-¿QUÉ?

-Sí, como lo escuchas. –Sonrió más ampliamente y acarició la trémula mano de la castaña. –Imagínate: En plena portada del periódico, noticia bomba: "Encontrado un mortífago que estuvo en el incendio de Hogwarts con tan sólo diecisiete años." Hermione Granger como periodista les informa…

-Pero… pero… yo… no…

-Claro que sí, Hermione. Es tú gran oportunidad. –La miró. –Tienes talento, aprovéchalo.

-Harry, no es tan fácil. –Suspiró. –Además seguro que Malfoy se niega a hablar del tema.

-Ya, pero sabes que en los presos se permite utilizar hechizos para que hablen a la fuerza. Eso es lo que tú tienes que hacer. A malas siempre se puede con todo. –Harry se levantó del sofá terminando su café y dejándolo sobre la mesa. Se dirigió hacia la puerta de salida. –Ahora tengo que irme. Nos vemos mañana, acude a mi despacho en cuanto llegues al ministerio por favor.

-¿Pero… cuándo es la entrevista con Malfoy? –Preguntó Hermione, dudosa.

-Mañana.

-¿QUÉ?

-Sí. Nos vemos Mione. –Harry besó lentamente su mejilla.

-¡La camisa por dentro! –Chilló Hermione cuando el muchacho comenzó a caminar por la acera. Él rió.

Siempre igual. Harry no había cambiado en absoluto. Seguía con su despeinado cabello, sus grandes ojos verdes, su camisa por fuera, los cordones desatados, el cuello de la camisa mal puesto, y la corbata suelta. Sí, definitivamente las normas no estaban hechas exactamente para Harry Potter.

Hermione suspiró, tras cerrar la puerta. No podía. No podía hacerlo. Imposible. Volvería a ver esa mirada, se pondría nerviosa y, por supuesto, todo saldría mal. No se sentía capaz de entrevistar a una persona que ahora estaba preso cual años atrás le había perdonado su propia vida. Hermione se había parado muchas veces a pensar por qué Malfoy no la había matado en aquellos mismos instantes. Quizá él no tenía ese corazón de hielo que intentaba aparentar ante los demás. Quizá nadie le conocía verdaderamente bien.

Hermione suspiró. Por mucho que le doliese debería hacerlo. Harry, su mejor amigo, se había comprometido en ello con el ministerio, no podía fallarle ahora. Además, verdaderamente el moreno tenía razón, aquella portada sería extraordinaria y le podría regalar a Hermione ese salto a la fama que siempre había deseado.

En cuanto Hermione se levantó, al día siguiente, sintió un pequeño escalofrío y un profundo nudo en lo más profundo de su estómago. Sin embargo, sacó fuerzas de donde no las había, y se levantó lentamente de la cama. Se arregló sin demasiados ánimos, cogió el coche y se encaminó hacia el Ministerio de Magia.

Cuando llegó subió rápidamente las escaleras, más luego aterrizó en el ascensor, cansada. Ascendió hasta el tercer piso y comenzó a caminar, taconeando, por los pulcros pasillos que la dirigían hacia el despacho de Harry.

Cuarta planta. Quiddich & animagia.

Hermione se introdujo por una puerta que parecía tener extraños símbolos griegos tallados en ella.

-¿Se puede?

Silencio.

-¿Puedo pasar? –Preguntó Hermione de nuevo golpeando la contigua puerta.

-Sí, sí, pasa. –Una voz se escuchó al fin.

-¿Harry?

-¡El mismo! –Un muchacho moreno rió. -¿Qué tal? ¿Dispuesta a comerte el mundo?

La chica sonrió. Un suspiro acompañó a sus tristes ojos.

-Supongo. –Se encogió de hombros.

-Bien. Acompáñame. –Le dijo Harry saliendo del despacho.

-De acuerdo. –Respondió nerviosa.

Anduvieron por un pasillo oscuro, escondido tras una puerta negra, corrediza, del tercer piso del Ministerio.

-¿A dónde vamos?

-No te preocupes. –Harry se giró. –Ponte esto. –Le tendió una grabadora. Ella se la colocó por dentro de la ajustada camiseta blanca que llevaba.

-Bien. Creo que estoy lista. –Apuntó Hermione insegura.

-Cuando llegues pregunta en recepción. –Suspiró. –Al atravesar esa puerta te encontraras en el este de la prisión de Azkaban. Es un transladador. Nos vemos dentro de tres horas. –Añadió sonriente.

-De acuerdo, Harry. –La chica lo abrazó. –Gracias por todo.

-Gracias a ti.

Cuando la muchacha desapareció, por la puerta que la trasladaba hasta la prisión de Azkaban, Harry se quedó allí largo rato; observando el pasillo vacío.

Todo era oscuro. Húmedo. Un frío aterrador.

Hermione continuó andando por aquel estrecho pasillo, cual parecía estar completamente muerto. Tan sólo escuchaba el sonido de pequeñas gotas que caían a sus pies, entre los diminutos agujeros que el techo de allí poseía.

Pronto llegó a una habitación circular. Totalmente blanca. Rodeada al completo por una mesa de roble. Hermione se acercó al mostrador. Una muchacha, vestida completamente de blanco, ojeaba unos papeles en su mesa.

-Perdone… -Tosió, intentando llamar la atención de aquella señora.

-¿Sí…? –Contestó ella sin levantar la vista de los papeles.

-Me llamo Hermione Granger. –Suspiró. –Busco a…

-Draco Malfoy. –Concluyó su frase la inteligente mujer. La miró por primera vez.

-Exacto.

-Pasillo recto. Tercera puerta negra a la izquierda. –Apuntó aquella señora centrándose de nuevo en los interesantes papeles.

Hermione se adentró en el pasillo que se extendía frente a ella. Primera puerta. Segunda puerta. Tercera. Ahí estaba: Su destino. Respiró hondo, conteniendo la respiración. Dejó caer su mano sobre el pomo de la puerta. Lo giró despacio. Muy despacio. Abrió la puerta.

Se encontró con una habitación circular. Pintada de blanco, pero a pesar de ello se observaba fría, húmeda, triste…

En el centro se encontraba una silla de madera oscura. Cadenas a su alrededor. Muñequeras y tobilleras de hierro duro; forjado. Irrompible. Apresado a estas cadenas un extraño chico rubio, cual cabello caía sobre su frente con un brillo irreal. Tristes ojos grises en su rostro, caídos. ¿Dirección de la mirada? Ninguna. No tenían dirección, no vivían, estaban muertos. Brillo extinguido. Dolor punzante. Moraduras en brazos y piernas. Labios cortados, finos, malévolos, rojos…

Delgado. Llevaría días sin comer nada. Manos blancas, suavidad que desaparecería pronto, finas… ¿Y un poco más arriba? Una marca negra. Un mortífago.

Hermione comenzó a ponerse nerviosa. Cerró la puerta tras su espalda y se sentó en la otra silla, enfrente de Draco Malfoy.

Él levantó la vida. Orgulloso. Una pequeña sonrisa en sus labios, ¿malévola? No; triste. Una sonrisa triste ocupaba sus labios finos y rojizos. La miró, con suspicacia, dolor, temor, ¿suplicante? No; eso no: su orgullo permanecía aun en sus amargos ojos. Desdichados ellos.

Silencio.

Hermione presionó el pequeño botón de la grabadora, activándola, sin que él se diese cuenta.

Más silencio.

-Sabía que lo harías. –Unas frías palabras arrastradas se escucharon en la habitación.

-¿Qué?

-Sabía que vendrías. Harías ésta puta entrevista. Lo sabía. –Habló lento, calmado. ¿Orgullo? Arriba del todo. Bien alto.

Hermione tragó saliva despacio. Draco la miraba serio, sin pestañear. Mirada arrogante. Ella suspiró. Sacó la grabadora del interior de su camiseta. La apagó y poco después la depositó sobre el suelo. Él continuaba observándola: Hielo irrompible.

-¿Contento? –Preguntó ella. Las lágrimas luchaban por salir. Aguantó. Su voz sonaba cortada, temblorosa.

-No.

Silencio.

-¿No…?

-No.

-¿Qué quieres? ¿Por qué…? –Preguntó Hermione, nerviosa.

-¿Por qué, el qué? –Reaccionó Draco. No movía ningún músculo. Parecía no contener ningún tipo de sentimiento en su interior.

-Tú… Dime por qué. –Pequeñas lágrimas inundaron sus ojos, deslizándose por sus pómulos. No se molestó en secárselas.

-¿Yo?

-Sí. Tú. ¿Por qué lo hiciste?

-¿Qué hice? –Preguntó Malfoy.

-¡Convertirte en mortífago! –Las lágrimas empañaron el rostro de Hermione.

-¿Por qué lloras? –Atibó a preguntar él. No quería contestar a la anterior pregunta.

-¡Déjame! –Chilló la chica, cuando él intentó levantar su encadenada mano para acariciar la mejilla de la muchacha.

-¿Te he hecho daño? –Preguntó él. Continuaba intacto. Con una pequeña sonrisa triste en sus finos labios.

-Sí. Lo has hecho. –Respondió ella.

-Lo siento. –Sus ojos adoptaron un brillo. La sonrisa se borró de su rostro. –Perdóname. –Él hablaba muy despacio. Arrastrando las palabras lentamente.

Hermione suspiró. Se secó lentamente algunas lágrimas. Se sentía humillada, ultrajada. Y, sobre todo, arrepentida, de haber hecho aquella entrevista para Harry.

-¡No! –Exclamó ella.

-¿No me perdonas?

-No. No tengo que perdonarte. –Respondió la chica. Continuaba llorando. –Déjame.

Ella lloraba. No entendía nada. No entendía por qué lo hacía. Lo único que quería era desahogarse. Dejar que todas aquellas preguntas que se había formulado durante todos aquellos años saliesen solas de sus labios. Pensar. Llorar.

Él la miraba, triste. Encadenado en aquella silla. Observando sin pestañear siquiera.

-Pensé que me habías olvidado. –Comentó Draco. –Pero veo que no es así. Las cosas que verdaderamente nos importan se nos quedan grabadas en pequeñas porciones de nuestro cerebro. Nunca las olvidamos. Yo no lo he hecho. Recuerdo ese momento… ¿Tú también? –Hablaba tranquilo. Con una sonrisa extraña en sus labios y cada vez arrastraba más las palabras.

-¡Déjame! No quiero recordarlo. No. –Suplicó ella.

-No es lo que quieras. Es lo que puedes o no puedes recordar. –Atisbó a decir Draco.

-Lo sé.

-¿Qué sabes…? –Preguntó el chico. Sus rasgados ojos grises la miraban intensamente, como si intentasen penetrar en lo más profundo de su alma.

Silencio.

-No sabes nada. –Continuó hablando, de nuevo, el rubio. -¿Qué te crees que soy? ¿Quién crees que soy? ¿Acaso piensas que puedes venir aquí, hacerme una puta entrevista, y ser famosa por ello mientras yo espero mi muerte?

-¡No! Yo no quería que esto sucediese. –Se defendió gritando. No podía contenerse.

Él rió.

-¿A no?

-No. ¡Esto no ha sido culpa mía! ¡No quería que ocurriese… nunca lo quise! –Gritaba. Se levantó de la silla.

Unos guardas con trajes blancos entraron de pronto en la habitación. Alertados por los chillidos y sollozos de la muchacha.

-¿Qué está pasando aquí? –Preguntó uno de ellos.

-Nada. –Contestó la chica volviéndose a sentar. Estaba paralizada.

-Exacto. –Draco sonrió. –Nada que os importe a vosotros es lo que está sucediendo aquí.

Uno de los guardas sonrió.

-¡Crucio! –Levantó la varita. El rubio aguantaba el dolor, invencible. Intentando no mover siquiera ni un solo músculo. Estaba acostumbrado a practicar con aquel hechizo. Su padre le había maldecido con ello desde los quince años, intentando acelerar su fuerza y rendimiento.

-¡Dejadle! –Gritó Hermione de inmediato. -¿Qué estáis haciendo?

Los otros dos guardas se retiraron hacia la puerta.

-¡Quitadle las esposas! –Les ordenó Hermione.

-¿Qué? ¿Se ha vuelto loca señora? ¿No ve que es peligroso? ¡Está en aislamiento! –Insinuó el segundo de los guardas.

-No. No estoy loca. Trabajo para el ministerio. –Suspiró. –Además, las puertas están todas protegidas por guardas. ¿Cuál es el problema?

Los hombres se miraron atónitos. Finalmente, tras buscar una pequeña llave, desataron al muchacho rubio que continuaba inmóvil en la silla.

-Estaremos ahí fuera por si necesita ayuda. –Murmuró uno de los guardas que no parecía estar muy seguro de lo que había hecho.

Salieron de la habitación.

-¿Por qué lo has hecho? –Preguntó Malfoy. Una sonrisa maliciosa en sus labios.

-No lo sé. Me parece justo. Ahora estamos en igualdad de condiciones.

-Supongo.

-Ahora cuéntame. –Se secó las lágrimas despacio. -¿Por qué? Y… ¿Desde cuando? Llevo mucho tiempo queriendo hacerte estas preguntas.

-Lo sé.

-¿Vas a contestar? –Preguntó ella de nuevo.

-Supongo.

-¿Todo lo supones?

-Supongo. –Volvió a decir el rubio suspicaz.

-¿Entonces?

-Llevo desde los quince años preparándome para ser el mejor mortífago de los últimos cien años. Todo estaba planeado desde mi nacimiento. ¿Acaso lo dudaste alguna vez? Yo sólo he seguido mi destino. No podía cambiarlo. Desde pequeño estaba preparado para esto.

-No creo…

-¿No crees? –Preguntó, curioso, arqueando una ceja.

-No. Cada uno escoge su destino. Es un camino que se basa en el respeto, el esfuerzo y los sueños. Nadie puede pensar ni sentir por ti. Mírame: hija de muggles, trabajando en el ministerio de magia. ¿Crees que ese era mi destino o yo lo escogí? –Apuntó ella.

Silencio y oscuridad.

-No creo… tú estabas destinada a ser maga.

-Sí, a eso sí. Pero no a trabajar en el ministerio, pro ejemplo. Eso lo escogí yo, tú fabricas tú destino poco a poco. Cada día, como pequeños granos de arena que vas agrupando lentamente, hasta que un día de estos se convierten en un gran montón de arena… pero. –Hizo una pausa. –En realidad tan solo son pequeños granos de arena, que juntos forman ese montón. ¿Lo entiendes? ¡Eres tú quien forma tú destino! Nadie más puede hacerlo. –La chica lo miraba seria, punzante.

Sin decir nada más se levantó. Cogió lentamente la grabadora y salió de la habitación, mientras los ojos de Draco la miraban frívolos.