Capítulo tercero: Lagos de confusiones.
-¡Hermione!
Harry abrió, con un golpe seco, la puerta del pequeño despacho de la castaña. Tenía las facciones desencajadas. La miró de arriba abajo frustrado.
-¿Qué pasa Harry? –Ella continuaba ojeando unos papeles que tenía sobre su mesa.
-¿Cómo que, qué pasa? ¿Te has vuelto loca, Hermione? ¿Cómo has podido hacerme esto? –El moreno hablaba a una velocidad trepidante.
-¿Qué he hecho? –Preguntó la chica que comenzaba a asustarse.
-¡Joder! –Harry sacó de debajo de su brazo el periódico de El profeta, lo abrió por la segunda página y comenzó a leer.
Draco Malfoy, un mortífago de 17 años.
Influenciado totalmente por la familia Malfoy; él comenzó a entrenarse como fiel servidor del señor oscuro con apenas quince años.
Lucius Malfoy, mortífago que actualmente se encuentra en Azkaban, le obligó a seguir su camino a base de ideales que con el tiempo quedaron truncados.
Fue apresado el pasado doce de Octubre en las afueras de Londres. La sentencia se decidirá en el próximo juicio dentro de dos días. Seguiremos informándoles.
Periodista: Hermione Granger.
Harry dejó caer aquel periódico sobre su mesa. Se sentía claramente decepcionado.
-¿Y bien? –Preguntó la chica arqueando una ceja.
-¿Y bien? ¿Y bien? ¡Hermione! ¿Cómo has podido hacerme esto? ¡Te di una oportunidad de oro y acabas de tirarla literalmente por la basura! –Le indicó Harry enfadado.
Por la sorprendida expresión de la muchacha, Harry comprendió que esta continuaba sin entenderlo.
-¡Hermione! ¿Acaso no lo entiendes?
-No…
-¡Uff! –Él bufó, su paciencia tenía un límite. –Se supone que tenías que poner cosas… malas de Malfoy. Hermione, es un mortífago, no estamos en una película de ciencia ficción. No estamos jugando: estamos fabricando tú futuro. Si querías ganarte el logro de la entrevista ésta tenía que llamar la atención. Debías escribir cosas malévolas sobre Draco. No me sirve que: "El pobre mortífago siempre estuvo influenciado por su familia." ¡Es ridículo! –Las palabras salieron apresuradamente de los labios de Harry, sin poder contenerse.
-¡Harry! ¡Jamás pensé que dirías eso! La único persona que ha decepcionado a alguien eres tú… ¿Recuerdas cuando íbamos a Hogwarts? ¿Cuándo El profeta decía que eras un mentiroso y todo aquello? ¡Yo siempre te defendí! ¡La verdad por delante, Harry! Yo tan sólo he informado a los lectores de la cruda realidad, de la verdad. Y veo que, en este Ministerio mal organizado, pocos lo hacen. –Concluyó. Las venas palpitaban bajo su nacarada piel. Se sentía con una fuerza descomunal. Con ganas de gritarle a Harry.
El moreno paró en seco unos instantes. Pestañeó. Abrió la boca para hablar. La cerró. La abrió. Y finalmente volvió al cerrarla al observar que ningún sonido salía de ésta.
-Vale, Hermione. Acepto que digas la… verdad. Pero, el problema es que esa no es la verdad.
-¿Cómo que no? ¡Por supuesto que es la verdad! ¿Me estás llamando mentirosa? –Hermione se levantó de su silla tremendamente enfadada. Sentía un punzante dolor en el estómago. Le hubiese encantado que el moreno abriese esa puerta sólo para felicitarla. Pero, indudablemente, no había sido así.
-Hermione, tranquilízate. ¿De acuerdo?
-¿Cómo quieres que me tranquilice, Harry? ¡Nunca pensé que fueses así! -Concluyó la chica.
Salió de su despacho apresuradamente.
Primera planta, irregularidad de objetos mugles.
-¿Ron? ¿Estás ahí, Ron? –Llamó otra vez a la puerta.
El pelirrojo no daba señal alguna.
-¿Ron? ¡Soy yo, Hermione!
Lo que faltaba. Ahora su amigo no estaba. Lo único que ella deseaba era que alguien de confianza le diese la razón. Pero al parecer nadie estaba de su parte. Quedaban 10 minutos para que su hora de trabajo terminase. Suspiró pensativa: "Por salir un poco antes… no pasará nada, ¿verdad?"
No obtuvo respuesta alguna. Pero bajó al sótano y montó en su coche segura de lo que hacía.
Botón de invisibilidad. Pasar desapercibida por el mundo. Que nadie la molestase. Arranque. Vuelo. Ya estaba en el aire, volando. Se sentía sola, inútil. Harry la había decepcionado, y él era una de las personas que más quería.
El tiempo no los había separado demasiado. Ella continuaba confiando en el moreno idénticamente igual que como cuando estaban en Hogwarts. Pero, ahora, al parecer, él había cambiado. ¿Por qué? ¿La fama? ¿El trabajo? ¿Estrés? … … No sabía exactamente el Por qué, pero desde luego no se rendiría tan fácilmente. Quería recuperar al Harry que siempre había conocido.
-¡Confiésalo! ¿Tú mataste a Dumbledore?
-No.
-¿Quién entonces? ¿Un mortífago? ¿El Señor Oscuro?
-¡No! ¡Dumbledore regaló su vida! –Chilló Malfoy.
Se encontraba de nuevo en aquella especie de confesionario. Sus días parecían haber llegado a su fin. Faltaban sólo dos para que el comienzo en Azkaban le arrancase todos sus sueños. Pero aun guardaba un secreto. Ése secreto le salvaría parte de su vida. Tan sólo él y los muertos conocían tal misterio que, Draco Malfoy, tan ansiosamente guardaba en su interior.
-¿Cómo que regaló su vida? –Fudge parecía fuera de sí, mientras seguía preguntándole una y otra vez al joven mortífago.
-Exacto. Él se quedó dentro del castillo, junto con muchos otros alumnos. Tuvo la oportunidad de escapar, pero no quiso. Abandonó su vida por el orgullo que sentía hacia los suyos. Sus últimas palabras fueron…
-¡Vamos director! ¡Salgamos de aquí! –Musitó un chico rubio. Las últimas órdenes de su amo habían sido: "Tráemelo vivo, yo me encargaré del resto."
-No… no puedo irme.
-¡Venga! No queda mucho tiempo… Las puertas están comenzando a derribarse y las piedras taparan las salidas.
-Lo sé, pero moriré aquí, en mi lugar. –Volvió a musitar el viejo mago de larga barba blanca y gafas de media luna que escondían unos ojos tristes.
-Dumbledore…
-¡Vete, Malfoy! ¡No hay tiempo que perder! –Fueron sus últimas palabras.
-Dumbledore… ¿Vamos a morir? –Preguntó una pequeña niña rubia con lágrimas en los ojos.
-No te preocupes Hally, no nos pasará nada. –Una pequeña lágrima se escurrió por la mejilla del mago.
Momentos después el castillo de derrumbaba ante los ojos de Draco Malfoy.
-¿Quieres decir que Dumbledore no quiso salir del castillo?
-Exacto. –Repitió Draco molesto. Las esposas le apretaban demasiado, una pequeña rasgadura comenzaba a abrirse en su brazo derecho.
-No hemos encontrado su cuerpo. –Le informó Fudge, nervioso. –Esto podría costarme mi cargo en el Ministerio. Si no hemos encontrado su cuerpo… eso significa que está vivo.
-¿Por qué ha de ser así?
-Por que hemos encontrado cuerpos, o restos de éstos, de todos los alumnos que murieron aquel día. Todos menos el de Dumbledore. Demasiada coincidencia… ¿No crees, Malfoy? –Fudge se levantó de su silla y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación.
-Yo no sé nada. Ya se lo he explicado. –Se defendió el rubio. Miró su muñeca, un pequeño hilo de sangre corría por ésta.
-Bien. Volveré mañana a ésta misma hora. –Fudge salió torpemente de la habitación.
Minutos de silencio. Draco respiró hondo. ¿Dumbledore vivo? ¿Cómo? ¡Llevaba más de un año sin dar señales de vida! Y él lo había visto allí dentro, tan solo minutos antes de que el castillo de derrumbase. Cerró los ojos. Recordó su casa: Hogwarts. ¡Lo recordaba todo tan bien! Allí sí que estaba atrapado en un mundo perfecto…
Primer juicio. Sentencia leída por el Ministerio.
Draco Malfoy entró por la puerta. Miradas frías. Aire congelado. Dolor, miedo, temor, humedad…
-El acusado. Siéntese. –Murmuró un hombre corpulento que estaba sentada en la parte alta del juzgado.
Draco se sentó inseguro. Le temblaban las piernas. Aunque su rostro continuaba serio y orgulloso. Con la cabeza bien alta. Mirada fría: sin sentimiento. Ego por las nubes.
-Que empiece la sesión. –Murmuró el hombre anteriormente nombrado.
Otro, de menor estatura y con poca profesionalidad en el Ministerio, se levantó de su silla.
-¿Me permite unas preguntas al acusado? –Preguntó, con una sonrisa tonta.
-De acuerdo. –El juez asintió.
-Señor Malfoy… -Comenzó aquel pequeño hombrecillo con una sonrisa en sus finos labios. -¿Cómo se considera usted? ¿Inocente o culpable? –Preguntó, mientras se frotaba las manos.
Draco pestañeó. Abrió la boca para hablar. Instantáneamente volvió a cerrarla. Las palabras no traspasaban sus labios. Realmente era… ¿Culpable? Sintió el gélido sudor en su frente. ¿Qué demonios debía contestar?
Justo en aquel momento, cual Draco estaba totalmente confuso en aquella oscura sala, un hombre alto, delgado, de perfecta pose se levantó de su silla. Las personas que se encontraban en la sala apenas habían tenido en cuanta su presencia. Parecía una negra sombra. Una capucha, que desembocaba en una larga túnica, cubría su rostro al completo.
El misterioso hombre se levantó y murmuró algo por lo bajo. En ese mismo instante Draco sintió como una reconfortante ola de calor inundaba todo su cuerpo. Parte del frío que dentro escondía desapareció durante aquellos segundos.
-¿Desea algo, señor? –Le preguntó uno de los tantos jueces del distrito.
-Por supuesto. No suelo levantarme indiferentemente.
-Mis disculpas. –Contestó uno de los jueces no muy convencido de decir lo correcto.
El hombre encapuchado tosió dos veces y se dispuso a hablar.
-Señores… -Comenzó. –Y señoras… -Añadió al observar a algunas. –Tengo entendido que los cargos por los que se acusan a Draco Malfoy son: Muerte inminente, utilización de hechizos prohibidos por el Ministerio, acusación como mortífago y robo de la llave de cristal. ¿Cierto?
-Correcto.
-Exacto.
-Está bien informado señor.
Contestaron algunos de los jueces.
-Pues si eso es cierto, no creo que el distrito sea adecuado.
-¿Me permite saber sus razones?
-Por supuesto, para algo estoy aquí. –Murmuró el hombre encapuchado.
-Adelante.
-Draco Malfoy es menor ante la sociedad mágica, lo que conlleva que hasta que no sea mayor de edad no puede ser acusado, ejecutado u preso en Azkaban. ¿Estoy en lo cierto? –Preguntó el hombre sin identificación.
-No. Sentimos decirle que no está en lo cierto.
-¿En qué me he equivocado?
-En que Draco Malfoy, hijo de Lucius Malfoy y Narcisa Black, sí que es mayor de edad. Tiene diecisiete años y medio. –Le informó el hombre que estaba sentado en la mesa del jurado, de nariz aguileña y mirada perdida.
-Eso no es correcto. –Tosió. Su voz se quebraba con facilidad, como si estuviese enfermo o en mal estado de salud. –Es mí deber informarle de que Draco Malfoy tiene dieciséis años y medio, es menor de edad, por lo cual no podrá ser juzgado hasta que no cumpla los diecisiete.
-¿Pero qué está diciendo? –Bramó uno de los miembros del jurado de compostura robusta.
-Poca gente está al tanto de esta información. Pero Draco Malfoy entró en la escuela Hogwarts, de magia y hechicería, un año antes de lo normal.
-¿Qué?
El hombre encapuchado sintió sin inmutarse, ante las sorprendidas miradas del resto de los presentes.
-Draco iba un poco más adelantado que los de su clase. –Suspiró. –Quizá fue por los entrenamientos de su padre. La cuestión es que el director de Hogwarts le hizo unas pruebas constatando que era cierto. Lo adelantó un año.
-¿Y cómo podemos estar seguros de ello? –Preguntó el hombre de nariz aguileña. Los demás asintieron.
-Por que tengo la prueba. –La sombra comenzó a caminar hasta la mesa del jurado donde dejó una hoja de papel. En él firmaban ambos tutores, Dumbledore y Lucios, haciéndose responsable del adelanto que el chico iba a llevar en Hogwarts.
-¡Maldición! –Bramó el primero de ellos al verlo.
-No puede ser cierto…
Suspiros. Miradas frías.
-No creo que éste… sucio papel… sea algo tan importante. –Murmuró uno de los jueces.
-Y en caso de que lo fuera. –Añadió una mujer de largo cabello plateado recogido en un moño. –Tan sólo quedaría medio año para que cumpliese los diecisiete… ¿no es cierto?
-Correcto señorita Rosbunda. –Contestó el hombre tranquilamente.
Draco lo miraba asombrado. Cada vez que éste hablaba el muchacho sentía un calor inhumano en su interior. Una paz que traspasaba todas las fronteras de lo correcto u lo incorrecto. ¿Quién era?
-Por ahora no podrán juzgarlo. –Concluyó aquel misterioso hombre, severo.
-De acuerdo.
Durante unos largos minutos los miembros del jurado estuvieron hablando entre ellos. Cuchicheos. Voces lejanas. Susurros.
-Bien. –Murmuró uno de ellos. –Creo que hasta entonces unos meses en Azkaban no le vendrían nada mal. -¿Están de acuerdo los demás?
Draco abrió bien los ojos. ¿Por qué se había cegado tanto? ¿Por qué? Quizá, sólo quizá, él nunca quiso perderse todos aquellos años de vida. Jamás deseó desperdiciar sus días en la prisión más horrible del mundo mágico: Azkaban. No.
Draco cerró los ojos, como si al abrirlos fuese a despertar en un lugar diferente. Como si todo lo que estaba viviendo fuese un simple sueño. Pensó. Pensó. Pensó en todos aquellos momentos en los que se tumbaba en su cama reflexionando.
¿Por qué?
No puedo ser yo mismo.
Los copos se nieve caían fugaces en el exterior. El cristal de la ventana amortiguaba aquel escalofriante frío. Más, el color verde, como el del musgo, y los siseantes dibujos de serpientes que adornaban la habitación desprendían un frío gélido mucho más terrorífico que el de la propia nieve. Incomparable.
No quería. Pero… ¿Por qué? Además… ¿Por qué continuaba preguntándose lo mismo una y otra vez? No podía hacer nada, estaba destinado, destinado a perder su vida entre oscuridad y sombras. ¿Y las sonrisas? ¿Dónde se esconderían las sonrisas cuando él se convirtiese en un mortífago? Sonrisas diferentes: De orgullo, insatisfacción, frío, dolor. Sonrisas malvadas, malévolas, suspicaces…
-No, no, no… por favor. –Un muchacho de quince años murmuró aquellas palabras en voz alta sin apenas darse cuenta. Instantáneamente se tapó la cara con la almohada, no deseaba que nadie le escuchase.
Adiós mundo.
-Bueno… -Hablo uno de los jurados provocando que Draco dejase de recordar y abriese los ojos de nuevo. –Creo que será mejor otra reunión dentro de…
-¿Cuatro días? –Objetó otro mientras movía una fina pluma plateada entre sus manos.
-Sí. Exacto. Hay demasiados inconvenientes para que juzguemos ahora. ¿No creen? –Observó como los demás asentían. Aunque sabía que no estaban demasiado contentos con el resultado de aquel juicio. La mayoría deseaban condenar rápidamente a aquel mortífago a pena de muerte.
Draco salió de aquella oscura habitación. Estaba totalmente pálido. Las cadenas apretaban sus muñecas, rasgándole la piel. Le costaba respirar. Dos hombres lo llevaron de nuevo a su habitación.
Se encontraba como si estuviese muerto en vida. Podía caminar, respirar, mirar, sentir el tacto, oler… pero no podía sentirse vivo. Sentirse como cualquier ser humano. Los pocos rayos de luz que desprendía su corazón habían sido tapados con una gruesa manta negra, inundándolo todo de oscuridad.
-¿Qué puedo hacer? ¡Harry, lo siento mucho! –Repitió Hermione por quinta vez consecutiva.
-Hermione… ¿Por qué demonios no me lo contaste antes? –Preguntó él, levantándose del sofá de la casa de la castaña.
-No lo sé… estaba confusa… compréndelo. –Suspiró. –Fue como una especie de trato. Él me salvo. Yo, ahora, me siento… extraña…
-¡Hermione! –Harry se quitó el sudor que caía por su frente. Era frío. -¿Sabes el riesgo que ahora corres?
-¿Qué? –Ella le miró expectante. Estaba nerviosa. Era la primera persona a la cual le contaba lo ocurrido en aquel bosque.
-Los seguidores de Voldemort deben saber que él te salvó la vida. –Suspiró. –Seguramente estarán esperando que tú le devuelvas ese favor. Si Malfoy muere tú… estarás en peligro. Si él muere es como si tú… no hubieses cumplido parte del trato o algo así; los mortífagos irán a por ti.
Hermione tragó la saliva. Un nudo se formó en su estómago. Como siempre, la cosa comenzaba a complicarse.
Voldemort había vuelto aquella misma noche en la que el castillo fue incendiado. Ahora muchos de sus fieles mortífagos estaban sueltos. El metálico sabor de la sangre se acechaba tras cada esquina. Eran muchas las muertes mensuales a manos de estos. Pronto la guerra final se desataría, y con ella el tormento de la población.
Poco podía hacer el Ministerio de Magia al respecto. Tiempo atrás no habían querido creer en las palabras de Dumbledore, asegurando que Voldemort había vuelto. Sin embargo, cuando se dieron cuenta de ello, era demasiado tarde. El tiempo volaba y se escurría entre las copas de los árboles.
Todo había sido muy complicado desde entonces. Los alumnos que habían sobrevivido en la batalla del castillo ni siquiera habían continuado estudiando. El Ministerio tenía tantas faltas laborales a causa de las continuas muertes, que ex-alumnos de tan solo diecisiete años ya trabajan allí. Como si hubiesen adelantado un paso en el tiempo. Cogiendo velocidad. Intentando alcanzar las grandes zancadas del señor Oscuro.
Hermione suspiró pensativa mientras miraba por la ventana.
Aquella noche Hermione no podía dormir. Se sentía sucia, miserable. Como si alguien supiese todo lo que estaba haciendo en aquellos momentos. Como si algo vigilase todos y cada uno de sus movimientos.
"Tengo que hablar con él. Tengo que hablar con Malfoy".
Al día siguiente se dirigió hacia Harry. El moreno ya estaba al tanto de todo lo que había ocurrido en el bosque meses atrás. Así que, algo dubitativo, le dio permiso a Hermione para visitar de nuevo al rubio.
-Ten cuidado, mantente alerta. No quiero que nada te ocurra. –Le sugirió el moreno mirándola fijamente. Le dio un beso de despedida en la mejilla.
-No te preocupes lo tendré. –Eso le había contestado ella. Consciente de que verdaderamente tenía miedo. No sabía de qué ni por qué. Pero lo tenía, era una sensación totalmente gélida en lo más profundo de su estómago.
Cuando se situó frente a la puerta donde Malfoy se encontraba, alzó los ojos; como mirando al cielo. Esperando alguna señal que nunca obtuvo. Finalmente, juntando todo el valor que sus temblorosas manos poseían, abrió aquella puerta penetrando sucesivamente en la habitación.
Él la miró despacio. Como si aun arrastrase las palabras, pero sin siquiera hablar. Levantó la cabeza lentamente. Algunos mechones de su rubio cabello se esparcieron por su pálida frente. Sus ojos grises se clavaron en los almendrados de la muchacha.
-Hola. –Dijo Hermione tímidamente. Sí, le había parecido estúpido saludarlo así, pero había sido lo único que en aquel momento había salido por sus labios.
Él tardó un rato más en contestar.
-Hola, Granger… -Arrastró las palabras con desdén. –Sabía que volverías.
-¿Lo sabías? ¿Por qué?
-Porque sí. –Suspiró. –Porque te conozco. Porque esta noche no has podido dormir. –Contestó despacio.
-¿Cómo lo sabes…? –Hermione se puso nerviosa. Apretó las manos con fuerza, conteniéndose.
-No sé como lo sé. Pero lo sé. –Aseguro el rubio.
Hermione sollozó. Las lágrimas comenzaron a surcar su rostro de nuevo. No podía. No podía sentarse frente a él aparentando sentirse indiferente. Aquella grisácea mirada conseguía torturarla por dentro. Su sonrisa, orgullosa y despótica, le producía un extraño sentimiento que no era capaz de reconocer.
-¿Por qué a mi? –Preguntó ella.
-¿El qué? –Draco la miró triunfante. Una pequeña sonrisa en sus labios.
Hermione dejó resbalar unas lágrimas más. Sin embargo, sintiendo que no tenía fuerzas suficientes para afrontar todo aquello, salió rápidamente de la habitación; dejando en su interior a un melancólico muchacho rubio.
Corrió todo lo que pudo. Sentía que se había equivocado. Se había equivocado con aquel maligno ser… Draco Malfoy.
Había intentado afrontar la situación. Escribir condenadamente bien sobre él en el periódico. Hablarle con coherencia… pero, él, continuaba con aquellas frías miradas gélidas como el más resistente hielo. Podía soportarlo. Pero lo que sí le era superior eran aquellas intrépidas sonrisas. Como si escondiese la oscuridad más profunda en el interior de su alma.
Hermione se secó algunas lágrimas dirigiéndose de nuevo hacia su casa.
-"Volverá, sé que volverá. –Había murmurado el chico rubio en cuanto la castaña desapareció por la puerta.
No podía. No podía dormir. ¿Qué era aquel extraño ruido? Hermione abrazaba la almohada con todas sus fuerzas. Las venas se le tensaban con fuerza cada vez que escuchaba aquel extraño sonido. Estaba cerca de ella. Era… era… como el rasgueo de una pluma, que trazaba lentamente palabras, en un grueso papel, de un lado para otro. Y estaba cerca. Muy cerca. ¿Pero cómo? Sólo ella se encontraba en la casa. ¿Podía estar segura de ello?
¡Murmullos! ¡No podía ser cierto! Ahora comenzaba a escuchar murmullos, como si se hubiese vuelto totalmente paranoica. Sus pies parecían vencer a sus pensamientos. Sin apenas saber cómo se levantó de la cama lentamente. Llevaba un suave camisón, de seda blanco. Caminó hacia pasillo.
Estaba a punto de bajar las escaleras cuando, de pronto, su corazón dio un brinco. No podía respirar bien. La ventana que tenía tras ella se abrió de golpe, las blancas cortinas chocaron contra la pared y los cristales se rompieron en cientos de pequeños diamantes.
Hermione gritó aterrorizada. Varias personas comenzaron a entrar por la ventana, vestidos con capas negras y máscaras del mismo color.
Uno de ellos la agarró rápidamente por el cuello. Hermione ahogó un sollozo, casi no podía respirar. Buscó hábilmente su varita entre el bolsillo del camisón. La palpó torpemente entre sus pálidos dedos. Finalmente la sacó con delicadeza.
-¡Reciprocus! –Exclamó.
El hombre que la tenía presa cayó estrepitosamente al suelo. Unos cuantos se acercaron furiosos hacia ella.
-¡Crucio! –Gritó entonces Hermione sin saber apenas hacia donde apuntaba. Estaba totalmente desesperada. El miedo había quedado a un lado dando paso a la acción.
-¡Crucio! –Gritó uno de los muchachos. Hermione conoció aquella voz. Se apartó justo a tiempo. El hechizo golpeó contra la pared arrastrando la pintura que encontraba a su paso.
Hermione corrió como pudo por el pasillo. Bajó las escaleras. En aquellos momentos adoró la oscuridad. Tenía ventaja. Ella conocía la casa, los demás no. Además, los hechizos perdían a menudo su rumbo a causa de la sombría noche.
La castaña salió corriendo de la casa. En aquellos momentos adoró todos los hechizos que Harry le había enseñado a lo largo de aquellos años. Suspiró. Comenzó a perderse entre la oscuridad de las calles. Sentía miedo. Un profundo miedo. Terror. Pánico.
"¿Por qué? ¿Por qué me tiene que ocurrir esto a mi?"
Rápidamente se metió en una estrecha callejuela. Las paredes estaban desquebrajas dándole un toque sombrío al lugar. Se cobijó en un pequeño rincón. Todo estaba desierto. Tan sólo el aullar, de algunos gatos callejeros, podía escucharse a lo lejos. "¿Qué puedo hacer? ¿Qué demonios debo hacer?"
A una velocidad trepidante su mente quedó reducida en un solo pensamiento. "¡Maldita sea! ¿Por qué no se me habrá ocurrido antes?"
Salió a la calle. Solo una pequeña farola iluminaba el barrio. La titilante luz salpicaba los cristales de las casas inundándolos de una infinita belleza. Hermione alzó la varita. Pocos segundos después un grandioso autobús noctámbulo apareció frente a ella. Aliviada penetró en su interior.
Se sentó tímidamente en uno de los asientos. Estaba totalmente aterrada, aun no se había recuperado del susto. "¡Mortífagos en su casa! Por Merlín… ¿Quién lo diría?"
Lo primero que tenía que hacer, por el momento, era engullir toda aquella información. Aceptar lo que había sucedido. Saber, mentalmente, que aquello lo había vivido en su propia piel, en su propio fuego.
Por suerte el autobús noctámbulo no tardó demasiado en llegar a la parada de Hermione. La muchacha observó ante sus ojos la prisión de Azkaban. Suspiró. Decidida. Terriblemente furiosa.
Se adentró en ella como si tras Hermione corriese un huracán destructivo. Pasó por recepción susurrando apenas hacia donde se dirigía. Y, con gesto hosco, se paró frente a la puerta de visitas. Giró el pomo lentamente…
-Hasta aquí llega éste tercer capítulo.
-Por el momento no había dado señales de vida, aparte de escribir continuamente. La cuestión es que: Os agradezco muchísimo todos y cada uno de vuestros Reviews. De verdad, no sabéis lo feliz que me hacen cada vez que abro el correo. Muchísimas gracias. Lo tengo muy en cuenta a la hora de escribir.
-Gracias también a las lectoras que se pasaron por el otro fanfic que comencé ayer mismo. Me alegra que también les guste.
-Espero no decepcionaros demasiado con este capítulo. Pero toda historia tiene un comienzo, y por desagradable que sea casi todos los comienzos suelen ser algo pesados y aburridos. Por suerte, tras éste capítulo, se acaba esa parte.
-Sigan dejando Reviews, me encanta leerlos. Espero poder saludaros a todas cuando ponga el siguiente capítulo.
-Muchísimos besos.
