Capítulo cuarto: Traición moral.
IV.
Seguramente hay un rumbo posiblemente y de muchas maneras personal y único.
Posiblemente haya un rumbo seguramente y de muchas maneras el mismo para todos.
Hay un rumbo seguro y de alguna manera posible.
Hermione estaba a punto de abrir aquella maldita puerta cuando, de pronto, se echó hacia atrás. Se dirigió hacia una de las sillas cercanas de aquel corredor y se sentó pensativa.
Su mente estaba totalmente repleta de extrañas confusiones. En primer lugar: Ni siquiera sabía por qué Draco la había salvado aquella triste noche de invierno. Nunca se lo había preguntado claramente. Él jamás le había dado una clara respuesta al respecto, todo era demasiado extraño. Por otra parte se sentía culpable por no haber comentado todo aquello con sus amigos. Pero, el momento en el que aquel acto ocurrió, estaba tan asustada; que lo único que deseaba era olvidar todo lo pasado. Dejar a un lado los disgustos. Y, sobre todo, la idea que más había pasado por su mente era la de que, seguramente, Malfoy desaparecería de forma que ella no tendría por qué volver a verlo nunca más. Pero, por supuesto, éste último hecho no era real: él había vuelto. Y, al parecer, a pesar de estar preso, con ganas de venganza, daño y rencor.
Hermione se levantó de la silla, decidida a entrar en aquella horrible habitación. Sí, por primera vez estaba segura de lo que hacía. Se sentía extrañamente fuerte, dejando a un lado todas las preguntas sin respuesta que atormentaban su mente. Respiró profundamente. Se acercó hasta la puerta, directa a la habitación, en la que tendría que esperar la llegada del rubio, abriéndola con un gran estrépito.
-Interesante… -Comenzó a murmurar la chica con voz rebelde. –Pensé que antes de tener el grandioso honor de poder hablar con tigo, tenía que avisar. ¿Se puede saber que demonios haces en la sala de visitas? –Preguntó.
-Porqué sabía que vendrías. –Contestó una arrastrada voz que inundó la blanca habitación.
-Cierto. –Hermione sonrió falsamente. –Eso ya lo había notado imbecil.
La muchacha se dirigió hacia la silla que se encontraba frente al chico. Sonrió de nuevo aun más falsamente mientras se recostaba en el cómodo mueble, intentando aparentar indiferencia. Quería ser fuerte. El problema era que querer no era poder.
-¡Me has mentido, me has engañado…! Eres un farsante, Malfoy. Un completo inútil. –Sus castaños ojos chispeaban. –No mereces la vida porque ni siquiera sabes aprovecharla.
Él la miró seriamente. Sus gélidos ojos grises se clavaron en el dorado cuello de la muchacha. Sólo él sabía cuanto deseaba estrangularla en aquel preciso instante. Si no hubiese estado encadenado seguro que se habría abalanzado sobre el cuerpo de la chica con brusquedad. Draco no toleraba que nadie le hablase en aquel tono y mucho menos una simple sangre sucia. Intento controlar sus instintos de odio posando las manos sobre los brazos de su incómoda silla. La miró, expectante.
-¿Y bien, Malfoy? –Preguntó ella sonriendo falsamente. -¿Algo que decir? ¿Algo que objetar?
-Sí. –Tragó saliva. –Que eres una asquerosa sangre sucia.
-¿Cómo te atreves?
La castaña se levantó de su silla. Se dirigió segura hacia Draco al tiempo que la palma de su mano izquierda golpeaba una de las mejillas del muchacho. Con brusquedad. Con ira. Desatando todo aquel odio que guardaba en lo más profundo de su corazón. Él alzó el rostro en cuanto ella se alejó, mientras fruncía el labio inferior orgulloso.
-¡Han estado a punto de matarme! –Exclamó Hermione.
Draco la miró con superioridad. Sonrió malévolamente, mostrando sus blanquecinos dientes. Sus labios se curvaron con desdén. Sus plateados ojos desprendían un brillo verdaderamente aterrador.
-¡Tú te lo buscaste, Granger! ¡Te salvé la vida! ¿Cierto?
-Cierto. Nunca lo he negado. –Hermione suspiró, algo más tranquila. –Pero tampoco he negado nunca que no tenías porqué quitármela.
-No te escapes del tema. Soy un mortífago. –Apuntó el rubio.
-¡SÉ QUE ERES UN ASQUEROSO MORTÍFAGO! –Chilló ella, sintiendo como la ira volvía a invocarse en su cuerpo.
Draco agachó la cabeza. Volvió a alzarla poco después, mientras ella le observaba rencorosa. Se sentía totalmente muerto en vida.
-Lo siento. –Murmuró lentamente, arrastrando mucho más de lo normal las palabras. –Quizá debí haberte avisado. La verdad es que no estaba seguro. –Suspiró. –Pero, si quieres, puedo salvarte. Puedo arreglar todo lo que he hecho.
-¿Qué? ¡Explícate, Malfoy! –Ordenó ella, furiosa.
Draco suspiró. Verdaderamente no estaba seguro de si debía hacer aquello. Pero, sabía, que era la única oportunidad que tenía para escapar con vida de aquel horripilante lugar. Única y valiosísima oportunidad. Volvió a suspirar.
-Verás… los mortífagos te persiguen. –Comenzó.
-He podido darme cuenta de ello, estúpido. –Murmuró Hermione. –Pero gracias por la importante información. No sé que hubiese hecho sin tus sabias palabras. –Añadió descortés.
-No me des las gracias, Granger. –Draco sonrió falsamente. –Mejor te las doy yo a ti por tu innata amabilidad.
Hermione farfulló algo por lo bajo. Comenzaba a perder la paciencia. Aquello se le escapaba de las manos.
-Bien. –Suspiró. –Habla.
-Los mortífagos te persiguen porque piensan que tú me delataste.
-¡Yo NO te delaté! –Gritó ella sin poder contenerse, interrumpiendo las palabras del rubio.
-Ya lo sé. –La miró furioso. –Pero eso es lo que ellos piensan. Yo siempre fui uno de los mejores mortífagos de todo el equipo. La mano derecha del Señor Oscuro. Cuando me capturaron estaba a punto de cerrar un trato severamente importante. Una misión que me había encomendado mi señor.
-¿Qué misión? –Preguntó ella. Estaba algo más calmada.
-Tenía que reunir a los gigantes. Convencerlos para que se uniesen al ejército del Señor Oscuro. Justo cuando estaba a punto de conseguirlo me capturaron varios Aurores. –Suspiró. –Yo les conté tiempo atrás a los mortífagos que tú me habías reconocido aquella noche en el bosque. –Hizo una pequeña pausa mientras se miraba las uñas con bastante concentración. –No les dije que te había salvado la vida. Simplemente que intenté matarte cuando me reconociste pero que tú conseguiste escapar. –Sonrió ampliamente. –Por eso ahora ellos piensan que fuiste tú quien me delató.
-Voy a matarte, Draco Malfoy. –Siseó Hermione entre dientes.
-La cuestión… -Continuó el rubio omitiendo el último comentario de la muchacha. –Es que siempre he sido la mano derecha del Señor Oscuro. Yo mismo dirigía a un numeroso grupo de Mortífagos. Por ello, comprenderás, que mi pérdida entre mis filas significa muchísimo, más de lo que puedas imaginar.
-¡Pero NO es mi culpa! –Exclamó Hermione.
-Ya. El problema es que ellos piensan que sí. –Ladeó la cabeza. –Ten en cuenta que hasta el momento eres la única persona que estaba al tanto de que era una mortífago. Por eso van a por ti. Supongo que quieren vengar mi captura. Además, con doble propósito, eres una sangre sucia... ¿Recuerdas?
Hermione lo miró furiosa. Sus almendrados ojos le fusilaron con desdén.
-Quiere decir… una hija de… muggles… -Rectifico Draco al observar el contorsionado rostro de la castaña.
-¿Y qué demonios puedo hacer yo? –Hermione se cruzó de brazos. –Debes ayudarme, Malfoy; yo no te delaté. Lo sabes.
-Sí. Lo sé. –Sonrió. –El problema es que sólo puedo ayudarte si me sacas de aquí.
-¿Qué? Eso es imposible. –Lo miró furiosa. -¡No puedo hacerlo! ¿Te has vuelto loco o qué?
-Shh… -La tranquilizó él. –La cuestión es: Si pudieses hacerlo… ¿Me ayudarías a escapar? –Un pequeño brillo chispeó en sus grises ojos.
-¿Y qué ganaría yo? –De nuevo se cruzó de brazos, consternada.
Draco pareció pensativo unos instantes. Finalmente sonrió.
-Ganarías mi protección. Mi palabra. –La miró fijamente. –No dejaría que nada te ocurriese. No permitiría que corrieses ningún riesgo. Cuidaría de ti hasta el día de mi muerte.
Hermione dejó escapar una pequeña carcajada de frustración. Si él pensaba que aquello era un juego estaba verdaderamente equivocado. Intentaba manipularla. Ella lo sabía.
-¿Piensas que soy idiota? –Preguntó la muchacha. -¿Cómo sé que no me estás mintiendo? ¿Cómo puedo confiar en un asqueroso mortífago?
-Te regalo mi palabra. –Clavó su mirada en la de ella, terriblemente serio. Frunció los labios. –Nunca miento cuando no tengo que hacerlo.
Hermione farfulló algo por lo bajo. Pasó una temblorosa mano por su sudorosa tez blanca. Estaba totalmente encarcelada. El rubio la tenía entre rejas. Y, ella, se sentía totalmente inútil al saber que nada podía hacer al respecto.
-¿Y qué otra opción tengo? –Chilló, sollozando levemente; intentando controlar tanto sus impulsos como sus sentimientos. Se sentía totalmente vendida.
-¿Sabes cual es tú problema, Hermione? –Habló él, sereno.
-¿Cuál? ¿Acaso tú lo sabes? –Preguntó ella con desdén y suficiencia.
Él arrastró las cadenas, alzando la mano, para apartarse uno de lo mechones que caían por su frente.
-Sí, lo sé. Hace muchos años que lo sé.
Hermione frunció el ceño. Se sentía levemente indignada. Que uno de sus enemigos alardease de conocer su problema no le satisfacía en absoluto.
-Siempre piensas que puedes hacerlo todo tú sola. –La miró melancólico. Y debes aprender que eso no es cierto. Aunque no lo muestres, a simple vista, te crees superior a los demás. Justo lo contrario a mi forma de ser: Muestro superioridad, pero quizá no la siento. –Suspiró. –Quizá en el pasado sí la sentía; pero hace tiempo que todo aquello cambió.
Hermione desvió su mirada del rubio, pensativa.
-Puede que tengas razón. –Admitió ella. –Pero todo tiene una explicación: El noventa por ciento de las cosas que he hecho hasta el momento ha sido sola. Por mi misma.
-No lo niego. –Sonrió de una forma distinta. Sin maldad. –Pero esa no es razón. No busques excusarte.
-Bien. –Hermione arrugó débilmente la nariz. –No cambies de tema. La cuestión es: ¿Cómo podrías escapar?
-No es demasiado complicado. Tan sólo tendrás que…
-¿Qué? –Preguntó ella.
Draco se acercó a ella todo lo que aquellas cadenas le permitieron. Dirigió sus labios hacia el oído de la chica. Hermione puso sentir el fresco aroma a menta que el aliento del rubio desprendía. Notó unas pequeñas cosquillas en su oreja a causa de la tranquila respiración del mortífago.
-Puedo transformarme. –Le susurró lentamente. –Soy un animago. –Añadió.
-¿Qué?
-¡Sshhh!
El rubio se separó de la chica finalmente. La miraba con aire triunfal, orgulloso. Ella parpadeó repetidas veces.
-¡Malfoy! –Exclamó. -¿Tú? ¿Cómo tú… como pudiste? –Preguntó, sorprendida. No había esperado aquello.
-¡Oh, vamos Granger! Jamás pensé que me preguntarías algo tan sumamente estúpido. –Se revolvió el pelo con desdén. –El Señor Oscuro se encargó de mi entrenamiento desde hace años, al igual que mi padre. Vivo en un mundo repleto de mortífagos que las normas del Ministerio se las pasan por… donde yo te diga. –Farfulló.
-¿En qué te conviertes? –Preguntó Hermione.
-En un lobo.
¿En un lobo? –Murmuró extrañada.
-Sí. Un lobo blanco. –Añadió Draco orgulloso.
-¡Oh, Malfoy! Pero aunque seas un animago… salir de aquí es algo verdaderamente complicado. Casi imposible.
-Lo sé. –Sonrió. –Pero poseo la clave para hacerlo. Sé cual es el punto débil de ésta prisión. ¿Por dónde crees que escaparon en su día Lestrange junto con todos los demás? –Farfulló.
Hermione suspiró pensativa. Podía escoger entre dos cosas. Primera: Ayudar a Draco Malfoy a escapar. Traicionarse a si misma moralmente. Confiar en la palabra del rubio y continuar viviendo. Segunda: Dejar al rubio encerrado, no devolverle el favor de hace años, volver a su casa y ser atrapada por los mortífagos.
La castaña arrugó débilmente la nariz mientras se mordía el labio, pensativa. De igual forma: Sentía que Malfoy estaba manipulándola. Más tampoco tenía otra coherente opción.
-Bueno. –Draco interrumpió sus pensamientos. -¿Qué dices?
-Supongo que tendré que ayudarte a escapar. –El rubio sonrió, más Hermione al ver su rostro añadió rápidamente. –Que conste que no lo hago por ti, sino por mí. –Farfulló indignada por sus escasas opciones.
-De acuerdo, de acuerdo… -Él sonrió, levantando débilmente las manos en son de paz.
-Bueno… a ver… ¿Cuál es el punto débil de ésta prisión? –Preguntó ella, insegura.
Draco sonrió de nuevo. Se dio cuenta de que en los últimos minutos era lo único que había hecho. Se sentía orgulloso de estar al corriente de cierta información que la perfecta de Granger desconocía por completo.
-Azkaban no existe. –Murmuró serio, arrastrando muchísimo las palabras.
-¿Qué? ¿Qué demonios estás diciendo? –Hermione rió ridiculizando las palabras del rubio. Lo miraba asustada, quizá el mortífago había perdido la poca coherencia que le quedaba.
-Es cierto. No existe.
-¡Claro que existe! ¿Estás ciego? ¿Acaso no lo ves? –Hermione miró a su alrededor. –En serio, Malfoy, es la frase más corta y estúpida que he escuchado a lo largo de toda mi vida. Crabbe a tú lado podría haber ganado un premio a la inteligencia.
-No estoy para bromas. –Murmuró el serio. –Es cierto. Esto es una simple visión.
-¿Una visión? –Hermione frunció el ceño, pensativa.
-Sí. Date cuenta: Azkaban está a pocos kilómetros de Londres. Si fuese real la conocida ciudad estaría repleta de lagunas negras, de horror, de miedo. Con su sola presencia quebraría las almas de los ciudadanos.
-Explícate mejor. –Pidió la castaña.
-Bien. Intentaré que lo comprendas, aunque no es fácil. Quizá con el tiempo… -Suspiró. -¿Por qué piensas que los presos se vuelven locos? Es por que están encerrados en otro mundo. Una visión de la propia muerte que poco a poco los consume. –La miró. –La imaginación del hombre puede llevar a éste hasta la autodestrucción. –Murmuró. -¿Lo entiendes ahora?
-Sí. Más o menos. Entonces es mucho peor de lo que pensaba: Los matan a base de engaños, locura. Mueren por su propia capacidad para imaginar.
-Exacto. –Apuntó él. –Por eso ser animago es una gran ventaja. La imaginación de un animal no es tan fuerte como la de un humano. Es una forma de volver a la realidad.
-Ya lo entiendo. –Murmuró ella, recordando que Sirius le había contado tiempo atrás algo parecido. -¿Entonces Lestrange y los demás también eran animagos?
-Bellatrix sí. Pero no todos.
Hermione suspiró.
-Bueno. No nos queda mucho tiempo. Ya te contaré más adelante la historia de Azkaban. –Él la miró, chispeante. -¿Vas a ayudarme o no?
-De acuerdo. –Hermione arrastró las palabras más de lo normal. -¿Pero cómo? ¿Qué debo hacer?
-Tan sólo tienes que hacer una cosa. –La miró. –Traer un transladador. ¿O acaso sabes fabricarlos? –Apuntó.
-Sé fabricarlos desde que cursaba sexto. –Informó ella orgullosa. –Pero dime… ¿Acaso no sabes que dentro de Azkaban no funcionan los trasladadores? –Se apresuró a comentar Hermione.
-Sí. Lo sé. No funcionan para los presos. Pero como te he dicho soy un animago. El detector de comunicaciones no me analizaría como preso de azkaban. Además no estoy registrado como animago. Si me transformo es imposible que me reconozcan.
Hermione asintió como embelesada. Le sorprendía lo rápido que él había ideado aquel plan. Sin ninguna laguna de por medio. Silenciosamente abrió su bolso. Sacó un pequeño objeto.
-¿Esto servirá? –Preguntó, mostrando un pequeño bolígrafo.
-Supongo que sí. –Malfoy levantó las manos con los grilletes en éstas. -¡A mi no me mires! Se supone que eres tú la experta. Yo nunca le cogí el truco a eso de hacer trasladadores. –Añadió pensativo.
-Bien. –Dijo ella intentando sonreír. El rubio observó como las manos de la chica temblaban.
-¿Estás nerviosa? –Preguntó Draco. –No te preocupes, todo saldrá bien.
Hermione sacó su varita del bolsillo. Aquello que estaba a punto de hacer era la mayor infracción que había cometido a lo largo de su vida. ¡Ser cómplice de la huída de un mortífago! Sacudió la cabeza intentando no pensar más en todo aquello. Era lo único que podía hacer. Él le había salvado la vida años atrás. Además, si no llevaba a cabo aquello, los mortífagos la matarían.
Sujetó la flexible varita entre sus dedos, intentando que no le temblase el pulso. Con voz ahogada murmuró el conocido hechizo: Moveus Translation's.
El bolígrafo levito unos instantes, rodeado por una especie de aura. Una luz anaranjada chispeante. Poco después el objetó se dejó caer al suelo, al tiempo que aquella luz también se extinguía.
-Creo que funcionará. –Murmuró ella. Se agachó para coger el bolígrafo.
-Bien. Lo cogeremos a la vez. –Apuntó Draco. –Cuando estés preparada me transformo.
-Cuando quieras. Estoy lista. –Dijo ella. Intentó sonreír, pero estaba demasiado nerviosa como para hacerlo.
Draco cerró los ojos. Inmediatamente una luz blanca impregnó la habitación de una belleza invisible. Ella también cerró los ojos. Ni siquiera deseaba ver como el cuerpo del rubio desaparecía para dejar paso a un lobo blanco. Con voz ahogada murmuró: A la de una, dos, tres…
Hermione sintió como sus pies se elevaban rápidamente del suelo. Una sacudida en su estómago, como si alguien agarrase su ombligo, fue lo único que pudo notar en aquel mar de extrañas sensaciones. Cuando finalmente aterrizó en el suelo, aun con los ojos cerrados, sus manos tocaron aquel terreno. Podía notar jugosas hierbas. Húmeda tierra. Calor. Vida.
-¿Dónde estamos? –Hermione abrió los ojos. Alguien más la miraba fijamente.
Un lobo blanco clavaba su grisácea mirada en ella. Tenía los ojos terriblemente claros. Parecía poseer el pelaje más suave que la castaña había visto jamás. Su lomo, sedoso, se alzaba con orgullo. Tras su saliente hocico se podían observar unos gigantescos colmillos. Cuando Hermione apenas había terminado de detallar la imagen del lobo, éste desapareció dejando paso a un joven muchacho rubio. Poseía los mismos ojos que el animal. La misma mirada. Sus labios, finos, se curvaron mostrando una pequeña sonrisa. El claro cabello caía en elegantes ondulaciones por su pálida frente. Draco Malfoy se alzaba de nuevo.
-¿Estás bien? –Le preguntó a Hermione. –Deja de mirarme así. –Añadió arrastrando las palabras, molesto. –Debemos salir rápido de éste lugar. No es seguro.
Él miró a su alrededor. Había muchos árboles de diversos colores, pero todos oscuros. Arbustos, matorrales, plantas espinosas, sedosas… y en la parte alta se extendía una verdosa llanura repleta de pequeñas hierbas verdes. El cielo, nublado como los ojos del rubio, los miraba imperturbable.
-Sí; estoy bien. –Respondió ella mientras ojeaba el lugar. -¿Se puede saber donde demonios estamos? –Preguntó.
-Estás en el bosque de las hadas. –Informó él. –Uno de los bosques más peligrosos…
-¿Qué? ¿Por qué estamos aquí? –Chilló Hermione indignada. Había dejado que Draco escogiese el lugar al que el transladador los llevaría. Pero no sabía que tal ubicación sería una de las más peligrosas.
-Por que yo lo ordeno. –Volvió a informar el rubio levantándose del suelo.
-¿Qué me importa lo que tú ordenes? Lo único que debes hacer es no dejar que me maten. –Reprochó la castaña. -¡Nadie te pidió que me llevases al bosque más peligroso de Inglaterra! –Chilló enfadada. Se cruzó de brazos mientras miraba a su alrededor.
-Nadie te ha dicho de que manera pienso protegerte. Prometí que lo haría, así que cierra la boca y hazme caso. –Apuntó él. –Pon un poco de tu parte y así las cosas serán más fáciles para los dos.
Ella se cruzó de brazos. Indignada.
-Ese no era el trato, Malfoy. –Lo miró con rabia. –Eres un maldito mentiroso.
-¿Qué? ¿Qué soy qué? –Preguntó él irónico. –No te atrevas a dirigirme jamás ninguno de tus estúpidos calificativos. No tienes siquiera derecho a opinar. No debes olvidar que sigues siendo una sangre sucia. –Dijo. –Te estoy haciendo un favor; ni siquiera mereces éste trato.
Hermione no pudo evitar sollozar. Se dejó caer al suelo, apoyando su espalda contra el tronco de un grueso árbol. Había vuelto a perder. Su vida no tenía ningún sentido. Quizá era mejor morir que aguantar las mentiras de cierto rubio. Como siempre se había equivocado. ¿Cómo había podido confiar en aquel estúpido? Debería haber sabido que él nunca cambiaría. Que no se molestaría en protegerla. Y que, si aquella noche la salvó en el bosque fue, simplemente, por lástima.
-He sido una idiota. –Susurró Hermione.
-¿Qué? –Draco la miró alzando una ceja. Bueno, aquella frase no decía nada novedoso, él ya sabía que Granger era una idiota. Intentó no reír mientras la observaba.
-Sí. Una imbecil por haber confiado en ti. –Murmuró. –Debí haber sabido que nunca cambiarías, que tus promesas eran simples palabras. –Dijo. –Quizá es mejor que cada cual siga su camino.
Draco abrió la boca para decir algo. Volvió a cerrarla. La miró seriamente, con el ceño fruncido y las grises pupilas frías como el hielo.
-Bueno… encantada de conocerte. –Murmuró ella. –Adiós. –Añadió secamente.
Se levantó lentamente. Caminó por la verde llanura hacia la derecha, lugar contrario al que él deseaba dirigirse. Estaba cansada de seguir las órdenes de un estúpido mortífago. Vale, podía llegar a reconocer que él le había salvado la vida tiempo atrás pero, de ahí a doblar todo su ego iba demasiado. Si pensaba que podía dominarla como a una simple marioneta, estaba equivocado. Draco intentó que las palabras saliesen por sus labios, pero tenía la mente en blanco en aquellos instantes.
-¿Se puede saber que demonios estás haciendo? –Preguntó, finalmente exhausto.
-Sí. –Ella se giró. –Puede saberse: Me largo a casa.
-¿Qué? ¿Acaso tus neuronas se fueron de vacaciones? –Él la miró sorprendido. –Te matarán, Granger.
-No me importa. –Contestó ella secamente.
Draco bufó, molesto.
-No te importa morir. –Repitió lentamente. -¡Claro, por favor! ¿Quién puede ser tan estúpido como para importarle la muerte? ¡Bah, tonterías! Carpe Diem, amigos. –Murmuró él irónico. -¡Venga, traernos la botella de Wiskie!
-No tengo tiempo para escuchar tus estupideces, Malfoy. –Agregó ella. –Y no, no me importa demasiado morir. Mi vida no tiene ningún sentido, así que deja la ironía a un lado, gracias. –Sonrió falsamente.
Él no pudo evitar patear el suelo con rabia. Unas preciosas florecillas blancas quedaron aplastadas bajo sus pies. Ella lo miró furiosa.
-¿Pero por qué? –Preguntó Draco, cuando el odio se esfumó levemente tras desahogarse con aquellas flores.
-No tengo por qué darte explicaciones. –Apuntó ella. –Igualmente, todo es por tú maldita culpa. Por ejemplo: Tú, supuestamente eres un ser humano. En cambio, mientes, traicionas, manipulas… -Suspiró. –Para mí, Malfoy, has dejado de ser alguien. Ahora eres una máquina. Una simple, repugnante y asquerosa máquina. –Concluyó, desahogándose.
-Yo no te he mentido estúpida. –Siseó él, nervioso, arrastrando las palabras. Odiaba que una simple sangre sucia consiguiese sacarle de quicio. –Eres tú la que no ha querido confiar en mí.
Ella se cruzó de brazos sorprendida.
-¿Cómo te atreves a decirme que no confío en ti? –Apuntó. –Te he ayudado a escapar de Azkaban, estúpido.
-Bien. –Draco suspiró hondo, intentando contener las ganas que tenía de asesinar a la castaña. –Si es cierto que confías en mí… sígueme.
Los pies de Hermione jugueteaban con las secas hojas del bosque. Él la miró fijamente, penetrando su mente.
-Está bien. –Ella se cruzó de brazos mientras alzaba la mirada. –Veamos si es verdad que el gran Draco Malfoy nunca miente.
-Adelante si así es. Vamos.
Sin añadir nada más al respecto, el rubio se internó levemente en el bosque. Hermione siguió sus pasos de cerca, tropezándose con algunas pequeñas ramas que se cruzaban en su camino. Deseando que todo aquello no estuviese sucediendo. Rogando porque lo que estaba viviendo fuese un simple sueño. Temblando al recordar la penetrante mirada gris del muchacho.
-Bueno, aquí tenéis el cuarto capítulo.
-Espero que os guste. Siento que aun no haya demasiada acción. Ya sabéis, si algo no entendéis, simplemente me lo preguntáis. Estaré encantada de contestaros.
-Como siempre, cien mil gracias a todas y cada una de vosotras. Ya sabéis, si os gusta el fanfic, apretad éste botoncito que alguien ha colocado aquí abajo. Gracias.
-¡Os quiero! )
