Capítulo quinto: Difícil convivencia.

V.

Aquel bosque era terriblemente espeso. Emitía una sensación de terror que Hermione no era capaz de descifrar. Sin embargo, los dos muchachos, fueron internándose lentamente entre la maleza del lugar.

-¿Adonde me llevas? –Preguntó ella, tras caminar un buen rato, parándose en seco cruzada de brazos.

-A un lugar seguro. –Murmuró él seriamente.

-¿Y dónde está? ¿Muy lejos? ¿Falta mucho? –Preguntó la castaña que, como siempre, deseaba saberlo todo detalladamente.

-¡Te quieres callar! –Explotó él, nervioso. –Pareces una cría de cinco años. Basta.

Hermione refunfuñó levemente. Más continuó caminando tras él con pose firme. Los prados iban pasando ante sus ojos, mientras ellos andaban sin cesar. Ella comenzaba a cansarse verdaderamente.

De pronto, en medio de una llanura rodeada por numerosos árboles, Draco dejó de caminar.

-Ya hemos llegado. –Murmuró sonriente.

-¿Qué? ¿Dónde? –Preguntó ella. Miró a su alrededor. Allí tan sólo habían árboles, árboles… y más árboles. Observó irritada a Draco, que se encontraba apoyado contra el tronco de un grueso árbol.

-Debes estar en un lugar secreto si no quieres que te maten pronto. –Explicó él, mostrando una pequeña sonrisa malévola.

-Sí, hasta ahí llega mi inteligencia. Lo entiendo. –Musitó ella, irónica, mientras continuaba mirándolo de brazos cruzados.

Draco mostró una media sonrisa. Le encantaba poseer las respuestas de todas las preguntas que la castaña se formulaba interiormente.

-Es una gran mansión. Se encuentra en un lugar secreto, así que dudo que algún día la encuentren o den con su paradero. –Musitó mostrando una extraña indiferencia. –En cuanto entres te sentarás donde YO te diga. Acto seguido YO me encargaré de explicarte las normas. –Sonrió falsamente. -¿Conforme?

Hermione asintió, algo molesta por tener que acatar las órdenes del rubio.

Draco dejó de apoyarse en aquel árbol para darse la vuelta y fijar su vista en el tronco de éste.

-Dame tú varita. –Le ordenó a la castaña.

-¿Estás loco? –Ella lo miró furiosa. –No. Ni en sueños.

-Si no me dejas tú estúpida varita no podremos entrar a ese lugar. –Explicó él. Comenzaba a cansarse de las impertinencias de la castaña.

Hermione suspiró, agotada de discutir por cualquier estúpido detalle. Con un gesto hosco sacó su varita de uno de los bolsillos y se la tendió a Draco sin demasiada amabilidad.

-Gracias. –Musitó el muchacho, girándose hacia ella y mostrándole una falsa sonrisa.

-De nada. –Corroboró la castaña con una mueca de disgusto.

El rubio muchacho alzó la varita entre sus dedos. Con un rápido movimiento dibujó un círculo en el tronco de aquel mágico árbol.

-Abreureus portualis. –Siseó, fijando su vista en el talle que se alzaba sobre las raíces.

Inmediatamente el círculo, que había dibujado instantes atrás, se abrió como si de una puerta se tratase, dejando ver un amplio hueco en el tronco del árbol. Sin añadir nada al respecto, cogió a Hermione del brazo impulsándola tras su cuerpo. Obligándola a entrar en aquel lugar, ante la sorpresa de la castaña.

-¿Qué demonios es esto? ¿Una mansión dentro de un árbol? –Se atrevió a preguntar ella.

Entonces la redondeada puerta se cerró invadiendo el misterioso lugar de una profunda oscuridad.

-Estamos en el vestíbulo. –Explicó él. –No hagas ruido.

-Suéltame, estúpido. –Pidió ella, zafándose de la mano del rubio que aun sujetaba con fuerza su brazo.

-No juegues con mi paciencia, Granger. –Advirtió Draco.

Acto seguido el muchacho encendió, con un rápido movimiento, la punta de la varita de Hermione. Una pequeña llama guió sus miradas.

La castaña no pudo menos que sorprenderse. Abrió mucho la boca, e inmediatamente volvió a cerrarla, alucinada.

Aquella grandiosa casa tenía un volumen verdaderamente heroico. Con forma rectangular repartía espaciosamente las habitaciones entre el lugar. Justo en el centro de la mansión se abría otro enorme rectángulo, rodeado de amplias cristaleras, guardando en su interior un precioso jardín. El resto de la casa rodeaba aquel alarmante espacio repleto de vegetación. Incluso el recibidor se encontraba decorado de una forma especial, detallada e inmejorable. Hermione sonrió sin poder evitarlo.

-Es magnífica. –Murmuró.

-Lo sé. –Respondió el muchacho con suficiencia.

Continuaron adentrándose en el pasillo de la grandiosa mansión.

-¿Dónde estamos? ¿Cómo conoces el lugar? –Tenía demasiadas respuestas en su cabeza como para poder llegar a contenerse.

-Conozco el lugar porque estamos en una de mis tantas casas. –Explicó él, algo molesto por la curiosidad de la castaña. Le fastidiaba tremendamente que siempre quisiese saberlo absolutamente todo.

-¿De verdad? –Insistió ella, sorprendida.

Malfoy continuó caminando por el largísimo pasillo. Finalmente se digno a responder.

-Sí. –Suspiró. –Ésta casa me la dio mi madre. Ella la heredó. Era una antigua pertenencia de los Black.

Hermione dejó de caminar en seco.

-Eres un idiota, Malfoy. –Siseó, entre dientes. Él se giró sorprendido ante el automático comentario de la chica.

-¿Qué has dicho? –Preguntó alzando una ceja. Quizá había escuchado mal.

-Tú padre sabrá donde está la casa. –Informó la castaña. -¿Qué ocurre si viene? ¡Me matará! –Se quejó.

Draco no pudo evitar soltar una débil carcajada que molestó aun más a la muchacha.

-No. Mi padre no sabe de la existencia de estos terrenos. –Sonrió de una forma extraña. –Ni lo sabrá.

Ella prefirió no preguntar nada más al respecto. La sonrisa que él le había mostrado no le había agradado en absoluto: se trataba de una mezcla entre melancolía y nostalgia. La castaña suspiró. Siguió a Draco hasta una de las oscuras habitaciones. Él encendió un candelabro que se encontraba colgado en la pared.

Una acogedora habitación se mostró ante sus ojos.

-Está será tú habitación. –Musitó. –La mía es la de enfrente. –La señaló por la abertura de la puerta.

Hermione miró a su alrededor. Una gran cama se encontraba frente a ella, adornada con numerosos doseles blancos. A decir verdad, todo el entorno parecía estar decorados con bellos colores blanquecinos o dorados. Dentro de aquella misma estancia había dos puertas más, junto con un grandioso armario de madera de cedro, un tocador y algunos muebles más.

-¿Cuánto tiempo tendré que estar aquí? –Preguntó ella.

-El estrictamente necesario. –Draco sonrió malévolamente de pronto. –O, dicho de otra manera: El tiempo que desees mantenerte con vida.

Hermione tragó saliva. Acto seguido lo miró de brazos cruzados.

-No hace falta que seas tan cruel. –Murmuró.

-Soy como soy. –Admitió él. –El resto de la casa… la irás explorando tú misma, no tengo tiempo para enseñártela.

-Gracias por la amabilidad. –Terció ella irónica.

-No hay de qué, Granger. –Él mostró una falsa sonrisa. –En esta casa deberás acatar ciertas normas. –Explicó él. –Como primer punto: Está completamente prohibido que entres a mi habitación. También deberás respetar los horarios de las cenas o comidas. Horarios que irás descubriendo con el tiempo. Tampoco permitiré que hagas lo que te pegue en gana cuando te apetezca. Bajo cualquier concepto debes pedirme previamente permiso. Y, por supuesto, no debes salir de la casa. –Sonrió maliciosamente. –Aunque si alguna vez lo deseas… no hace falta que me pidas permiso. Si quieres morir lo dejo a tu voluntad. –La miró. –Eso es todo.

Mientras tanto, en un lugar mucho más alejado, varios hombres miraban aquella habitación asombrados.

-¿Dónde demonios está? Es totalmente imposible. No puede haber escapado. –Gritó uno de ellos.

-Siento decirte que nos hemos equivocado con el señor Draco Malfoy. –Dijo Percy apuntando algunas anotaciones en un papel. Varios Aurores buscaban pruebas sobre la huída en la habitación. –No deberíamos haberlo subestimado. Seguro, que el hombre que testifico a su favor en el juicio, tiene algo que ver con todo esto.

-Tienes razón. –Fudge suspiró exasperado. –Deberíamos haberlo encerrado directamente en Azkaban, sin importar aquel asunto con la mayoría de edad.

-De igual forma, señor, debemos hacer algo para que el profeta no se entere abiertamente de que un mortífago se ha escapado ante nuestras narices.

-Sí, tienes razón Weasley. –Fudge miró al joven pelirrojo. –Mi cargo como Ministro podría sufrir peligro. Dile a Stuart que escriba él un artículo sobre el tema. Ya sabes, rodea los campos. Informa de que estuvimos a punto de atraparlo o algo por el estilo.

-Así será. –Terció Percy obediente.

Evadiendo todos aquellos exteriores problemas… dos jóvenes se miraban intensamente desde los opuestos extremos de aquella mesa.

Él pinchó un trozo de carne con el afilado tenedor. Elevó su mano, elegantemente, hasta depositar el alimento en el interior de sus labios. Masticó con sencillez, con una maestría verdaderamente inmejorable.

-¿Qué ocurrirá ahora? –Preguntó Hermione rompiendo aquel espeso silencio. Él tragó despacio.

-No entiendo tú pregunta. –Respondió con sencillez, sin siquiera mirarla, mientras continuaba cortando otro trozo de carne.

-Me refiero a qué es lo que sucederá cuando averigüen que has escapado de allí. –Explicó ella, de nuevo.

-Nos buscarán. –Pinchó el trozo de carne. Alzó la mirada para mostrarle una extraña sonrisa de complicidad a Hermione. –Pero no nos encontrarán.

-¿Cómo puedes estar tan seguro de ello? –Insistió la castaña dejando fluir su nata curiosidad.

-Porque sí. –Respondió simplemente.

Draco terminó de cenar. Se levantó de la mesa elegantemente, sin siquiera hacer ruido al mover la silla. Miró a la castaña suspicaz.

-Date prisa. –Dijo. –Es hora de dormir.

Hermione acabó con rapidez. Se dirigió silenciosa hacia su habitación. Por unos instantes posó la mirada en la puerta de Draco: Estaba cerrada, pero por la rendija inferior se podía observar una luz proveniente de la estancia. El rasgueo de la pluma en el fino papel era lo único que se escuchaba. La castaña suspiró, cansada. Sin pensar en nada más entró en su habitación.

Ni siquiera se molestó en quitarse la ropa. Sin siquiera darse cuenta se tumbó en la cómoda cama vestida, e ignorando su anterior propósito, su mente comenzó a pensar de nuevo. Había cometido un delito: Aquel simple hecho era el causante de que un fuerte nudo apretase su estómago con un deje de culpabilidad. Aun no entendía como había podido hacer todo aquello. Se sentía terriblemente sucia, agobiada por la presión de su propio inconsciente. Si aquello se lo hubiesen dicho años atrás, desde luego jamás lo hubiese creído. Y sin embargo allí estaba en aquellos momentos, tumbada sobre una cama, en casa de cierto rubio, intentando dormir. Cosa que, por suerte, no se hizo de esperar a causa de su cansancio. Pronto quedó rendida, adentrándose en un extraño sueño.

Horas después alguien golpeaba una puerta frenéticamente.

-¡Granger, abre la puta puerta! –Exclamó un muchacho rubio. -¡Despierta YA!

Tras largos momentos de paciencia, Draco comenzó a aporrear la puerta con elevada constancia. Una muchacha de largos cabellos castaños, la abrió, soñolienta.

-¿Qué demonios ocurre? –Preguntó, extasiada. -¿Ha estallado la tercera guerra mundial o qué?

-¡Lo que ocurre es que en esta casa existen las normas! –Musitó él. –Y por extraño que parezca es hora de levantarse. ¡Son las diez de la mañana! Pareces una marmota. –Bramó, exasperado. -¡Además, debes ayudarme a limpiar la casa! Aquí no tenemos elfos. Y tampoco pienso hacerlo todo solo, como podrás comprender.

-Vale. Tranquilo, tranquilo. –Sonrió falsamente. –Respira hondo.

Acto seguido la castaña cerró la puerta ante el rostro de Draco. Este cogió mucho oxígeno, intentando calmar su matinal ira. Suspiró, furioso. Paseó de un lado a otro del pasillo e instantáneamente volvió a colocarse frente aquella puerta de madera, intentando controlar aquel profundo odio.

La castaña salió de nuevo, ahora peinada.

-¿Qué haces aquí parado? –Preguntó.

Él pareció reaccionar.

-¿Cómo me puedes preguntar algo tan estúpido, Granger? ¡Es mi casa! Puedo estar parado donde me plazca cuando me apetezca. No tengo porqué darte ningún tipo de explicación al respecto.

-Vaya, veo que te has despertado con ganas de discutir. –Apuntó ella.

-¡Basta! ¡Me estás agobiando! –Se quejó él sin motivo. En realidad era cierto: La sola presencia de Hermione provocaba que se sintiese totalmente enfurecido con el mundo. Con odio. Con rabia e ira.

Hermione apenas se dignó a contestar. Acto seguido comenzó a caminar por el pasillo. Malfoy reaccionó siguiéndola.

-¡Eh, Granger! –Bramó él. -¡Cuando YO hablo Tú escuchas! –Aclaró.

Ella se giró molesta.

-… A sus órdenes mi capitán. –La castaña imitó un torpe gesto militar.

-¿A dónde crees que vas? –Preguntó él, omitiendo el último comentario de la chica. Le dirigió una fría mirada.

-¿Al servicio…? –Musitó ella, arqueando una ceja mientras lo observaba despectivamente. Draco tragó saliva. Abrió la boca para hablar e instantáneamente volvió a cerrarla.

-Eehh… bueno… en ese caso… -Balbuceó.

Y sin añadir nada más Draco comenzó a caminar por el largo pasillo. Hermione no pudo evitar reír. Apartó la vista del rubio introduciéndose en el baño. Una templada ducha esperaba su presencia. Ella sonrió: Le encantaba despejarse con agua. Le gustaba sentir las pequeñas gotas deslizándose por su rostro. Era capaz de apreciar todos aquellos pequeños detalles que la vida le tendía. Radiante, cuando terminó de ducharse, salió de allí. Se vistió rápidamente colocándose unos cómodos pantalones vaqueros. Acto seguido hizo acto de presencia en la cocina.

Cuando abrió la puerta ladeó la cabeza a un lado observando la estancia.

Pestañeó.

Abrió los ojos de nuevo. Y finalmente, sin poder contenerse de ningún modo posible, soltó una tremenda carcajada. Jamás había visto una imagen tan patética como aquella, que se encontraba en ese mismo instante ante sus ojos.

Él la miró enfadado.

-¿Qué te hace tanta gracia, Granger? –Preguntó Draco, entre dientes.

-¿Qué? –Ella rió de nuevo. –Nada. De verdad nada. Sólo pasaba por aquí ha darte ánimos para que continuases con… el desayuno. –Se tapó la boca, mientras intentaba contenerse ante la seria mirada del rubio.

-Tengo una idea mejor. –Él sonrió falsamente. -Como tú eres TAN lista seguro que puedes hacerlo mucho mejor. Así que lo dejo en tus manos, preciosa. –Añadió terriblemente molesto.

-De acuerdo. –Ella dio media vuelta acercándose hacia donde Draco se encontraba. –Yo lo haré. –El hornillo de la cocina estaba repleto de patatas con aceite que había saltado por todos los recónditos lugares de la cocina. Un fracasado intento de zumo de naranja reposaba sobre la repisa. Numerosos alimentos descansaban mal troceados a un lado. Ella no pudo evitar reír débilmente de nuevo.

Él la miró indiferente mientras Hermione le lanzaba una mueca de suficiencia. El rubio se sentó en la mesa, repiqueteando con sus dedos, al compás, sonoramente contra ésta. La castaña, por el contrario, alzó su varita segura de lo que hacía. Murmuró algunas palabras mágicas e instantes después dos platos repletos de deliciosos manjares se alzaban frente a ellos, perfectamente colocados sobre la mesa. Él la observó hastiado, con bastante disgusto.

-¿Qué? ¿Tienes hambre? –Preguntó ella sonriente mientras cogía los cubiertos lista para comer.

Él la miraba terriblemente molesto. Su orgullo quebrado luchaba tercamente por alzarse de nuevo hacia lo más alto. Hermione comenzó a desayunar impaciente. Por el contrario, Draco permaneció en un tenso silencio, con el rostro más pálido de lo normal contraído por una extraña rabia interior.

-¿Sabes, Granger? –Se levantó de la mesa. –Se me ha ido el hambre. –Sonrió malévolamente, como si estuviese intentando jugar con la chica.

-Interesante. Yo, en cambio, sigo teniendo hambre. –Musitó ella sencillamente mientras continuaba devorando todos aquellos alimentos. Él la miró fríamente. -¿Qué pasa?

-¿Porqué ha de pasarme algo, Granger?

-Porque me estás mirando todo el rato… ¿Quizá? –Hermione alzó una deja, irónica.

-Entiendo. –Sonrió ampliamente. –Supongo que no estás demasiado acostumbrada a que chicos como yo te observen. –Alzó el pecho orgulloso.

-Acertaste. –Ella lo miró. –No estoy acostumbrada a que me miren imbéciles.

La castaña, que ya había terminado su comida, se levantó impulsivamente de la mesa. Bebió un trago de agua y volvió a dejar el vaso sobre la superficie de madera con un sonoro golpe. Acto seguido se propuso salir de la cocina. Malfoy, apoyado a un lado de la puerta de ésta, se puso en medio sonriente.

-Ya te gustaría que algún imbécil como yo se fijase en ti, Granger. –Musitó, arrastrando las palabras. –Pero ni pagando lo conseguirías.

-Apártate. –Indicó ella con un toque de sequedad intentando omitir las últimas palabras del rubio.

Él sonrió más ampliamente. Le gustaba jugar con la inocente muchacha castaña. Le gustaba jugar y ganar, por supuesto. Posó cada una de sus manos sobre el marco de la puerta, impidiendo totalmente la salida de la chica.

-No tengo todo el día para escuchar tus múltiples idioteces. –Corroboró ella. Tenía paciencia, pero no tanta como para aguantar a cierto rubio. Su sola presencia angustiaba su existencia en el mundo.

-No me faltes al respeto. –Musitó. Acercó mucho su rostro al de la castaña, cual se encontraba frente a él. Hermione pudo apreciar aquel aroma a menta que Draco desprendía. Aguantó la respiración. No le agradaba la idea de tener al rubio tan cerca de ella, pero tampoco le iba a dar la clara satisfacción de dar un paso atrás, rindiéndose ante su presencia. Aguantó firme, sintiendo la respiración de él. –Debes recordar, preciosa, que sigues siendo una simple sangre sucia. –Curvó sus finos labios mostrando una pequeña sonrisa. –Muestra los pocos modales que posees.

Ella lo miró fijamente: sus castaños ojos brillaban con una intensidad anormal. Las respiraciones se mezclaban entre el silencio de la habitación. Hermione intentó controlar sus claros impulsos. Con un deje de hastío alzó la vista de nuevo. Él estaba tan cerca de ella que la muchacha podía perderse perfectamente en sus grises ojos, como si un océano abierto, repleto de misterios, se encontrase frente a ella. Aquel aroma que el rubio desprendía inundaba el momento. Observó su rostro: Draco parecía tener la piel hecha de mismísima porcelana. Ni una sola imperfección, ninguna pequeña herida. Nada: Palidez. El rubio se inclinó unos centímetros hacia ella, rozando con sus labios la mejilla de la chica, mientras sonreía malévolamente. Hermione cerró los ojos, intentando calmarse. Procurando soportar aquella tormenta de odio. Sin embargo, cuando los labios del rubio rozaron los de ella, la castaña se apartó bruscamente. Dejó salir libremente su impulso, golpeando sonoramente una pálida mejilla de Draco con la palma de su mano. Terció el rostro, herida; finalmente le dio un empujón consiguiendo salir de la cocina.

Draco permaneció unos instantes en silencio, sin moverse un solo centímetro. Su mente pensaba a una velocidad trepidante: Una sangre sucia acababa de golpearle. Respiró hondo: Una sangre sucia le faltaba al respeto. Su mirada recorrió la habitación, intentando contenerse: Una estúpida sangre sucia llamada Hermione Granger.

Instantáneamente Draco Malfoy salió de la cocina. Mientras caminaba a una velocidad trepidante, parecía que llevaba tras sí un terrorífico huracán. Alcanzó a la castaña que estaba a punto de introducirse en su habitación. Con furia, sin ninguna delicadeza, la cogió de la cintura posesivamente. Acercó de nuevo su rostro al de la muchacha.

-Debes aprender. –Le susurró arrastrando las palabras. –Abre los ojos. Mira dónde te encuentras. Memoriza la idea de que estás en mi casa. Prometí protegerte, pero no juré que iba a soportar todas tus estúpidas impertinencias. –Agregó, terriblemente molesto. Ella había desatado aquella ira que le impulsaba a hacer las cosas más macabras, sintiéndose completamente fuera de control.

Ella lo miró algo temerosa. Era valiente, pero la penetrante mirada de Draco le resultaba tan escalofriante que apenas sacaba las agallas para murmurar palabra alguna. Tragó saliva lentamente, sin moverse apenas; sintiendo como las manos de él apretaban demasiado su cintura.

-Me haces daño. –Se quejó ella.

Él simplemente sonrió. Verdaderamente no sentía nada hacia Granger; pero verla tan aterrorizada entre sus brazos le suponía un extrañísimo placer. Placer de dominarla a su propia voluntad. Malévolamente, sus labios chocaron contra los de la muchacha; que mantenía la boca totalmente cerrada. Con miedo. Él los rozó delicadamente, sintiendo aquel placer al pensar que la tenía bajo su poder. Su gran poder. Al principió notó una sensación de enfado: no le agradaba para nada besar a la mismísima Granger. Pero, desde luego, la situación de doblegar los deseos de Hermione, superaba aquella sensación. Cuando Draco atrapó el labio inferior de la castaña entre los suyos; no notó las lágrimas que se escurrían por los pómulos de la muchacha. Tampoco apreció la triste mirada de ella, ni la sensación de su cuerpo totalmente paralizado. El rubio no insistió demasiado, lo único que quería dejarle claro era quien llevaba el poder allí. Así que, con un rápido movimiento se apartó de ella, mientras sonreía satisfecho.

-Me gusta que aprendas tan rápido, Granger. –Musitó, mientras se fijaba en su rostro. Ahogó una exclamación de sorpresa al ver las lágrimas de la muchacha, que continuaba llorando desolada, apoyada en la pared del pasillo.

Draco abrió la boca para decir algo pero instantáneamente volvió a cerrarla al no encontrar palabras adecuadas. Acto seguido ella le dirigió una última mirada de odio antes de encerrarse en su habitación. El rubio observó la puerta de madera, por la que había desparecido la castaña, con cierto enfado. Le molestaba fue fuese tan débil. Era demasiado inocente, y conseguía trastocar todos sus juegos de un modo retorcido. Suspiró. Él siempre había jugado así con numerosas chicas. Claro está; que las chicas con las que él se codeaba no eran exactamente como Hermione. Finalmente comenzó a caminar de nuevo hacia la cocina, molesto por sentir un pequeño toque de culpabilidad.

-Hasta aquí el quinto capítulo.

-De nuevo: Cien mil gracias por sus mensajes. No saben cuanto me animan. Os adoro. Espero que os guste éste Cap. Aunque puede decirse que es como… el mismo título lo dice; la convivencia, pero no se revela ningún hecho importante. Bueno, muchos besos. Dejen Reviews.