Pérdida de identidad.
VI.
Pequeñas lágrimas, semejantes a diamantes, se escurrían por el rostro de cierta castaña. Observaba la habitación en la que se encontraba nublosa, como si una sombra estudiase constantemente sus movimientos. Todos aquellos elegantes muebles que la rodeaban no tenían el más mínimo valor para ella. Nada de aquello le importaba. Lo que sí le preocupaba eran aquellos dejes de superioridad que Malfoy sufría a menudo.
Durante aquellos primeros días había estado estudiando su mirada gris, la malévola sonrisa de sus labios, la oscuridad que encerraban sus ojos, su forma de andar, de moverse… Todo lo que formaba al propio Draco. Y, de alguna forma, había conseguido sorprenderse. Creía que lo conocía a la perfección. Pero no. Él era mucho más astuto de lo que Hermione pensaba cuando estudiaban en Hogwarts. Generalmente mantenía la mente en frío, por lo cual podía pensar con mucha más claridad que el resto de los humanos; ya que el sentimiento de culpabilidad pocas veces se había presente en él. Además, la castaña había notado los crecientes cambios de personalidad del rubio.
Tras meditar unos instantes Hermione se secó las lágrimas con un pequeño pañuelo blanco. Poco después se dejó caer en la cama, observando los doseles blancos que colgaban de ésta. Aquel beso, que Draco le había dado a la fuerza, le había sentado como el peor de los insultos. Como si ella no fuese nada, más que una simple sirvienta del rubio. Y ella sabía que él lo había hecho para marcar un territorio. Para aclarar quién tenía el absoluto poder allí. Sólo para eso.
Pero no era sólo él quien últimamente sufría numerosos cambios de personalidad, pues aquello también le había pasado a la castaña. Últimamente, como persona, se había sentido estúpida en todos los aspectos. Había pasado al hecho de llorar constantemente sintiéndose débil, cosa que nunca antes le había sucedido. Ella siempre había sido fuerte, una mujer luchadora que se preocupaba por sus derechos. Claro, que en lo que no había pensado era que… en aquel lugar la palabra derechos era totalmente efímera, hasta el punto de morir tras cinco segundos de vida.
La muchacha se durmió poco después, mientras escuchaba el rasgueo de una pluma que provenía de la habitación de Draco.
Cuando Hermione despertó al día siguiente, el rubio muchacho parecía haber desaparecido de la enorme casa. No había rastro alguno de él. Así que con gran tranquilidad se dio una ducha, prometiéndose que a partir de entonces sería como siempre había sido: Una mujer fuerte.
Y mientras ella pensaba todo aquello… en un lugar alejado Draco caminaba con prisas por el bosque de los alrededores. Cuando divisó una grandiosa roca al fondo de los matorrales exhaló aire al tiempo que ajustaba sus ropajes. Se acercó hacia allí. Divisó la figura que estaba buscando, un hombre alto, de largo cabello rubio platino y fríos ojos grises lo observaba llegar.
-Es cierto… lo conseguiste. –Murmuró con voz siseánte. –Bueno… tampoco esperaba nada menos de mi hijo. –Añadió. Le dio un pequeño abrazo superficial mientras palmeaba su espalda secamente. Draco se apartó de él poco después.
-Por supuesto. –Dijo el más pequeño de los dos hombres. –Lo conseguí. Y ni siquiera sospechan de cómo lo hice.
-¿Cómo fue…? –Preguntó su padre.
-Esas cosas no se dicen… -Bromeó Draco con frialdad. –Te quedarás con la duda. Pero… lo que debe preocuparnos ahora son los planes del señor oscuro. –Murmuró, cambiando rápidamente de tema. No pensaba decirle que tenía a una sangre sucia bajo su protección. –Yo tendré que ir sigiloso a partir de ahora, todo le mundo mágico debe de estar en mi búsqueda.
-Sí. Cierto. –Lucius lo miró ladeando levemente la cabeza. –Pronto hablaré con el señor del asunto. Cuando estés preparado para verlo… te acompañaremos. –Apuntó. -¿Se puede saber dónde estás alojado ahora…?
-Otra cosa que no debo decir. –Sonrió falsamente. –Ya sabes, gajes del oficio.
Lucius lo miró fríamente, mas se contuvo y no dijo nada al respecto. Jugueteó algunos instantes con un largo bastón que llevaba en su mano. Una plateada serpiente se enrollaba en él tallada en la madera de éste.
-Tengo una noticia que darte. –Informó Lucius serio.
-¿Qué ocurre…? –Draco lo miró unos instantes con suficiencia. –Tengo prisa, no puedo estar demasiado tiempo fuera. –Mostró una extraña mueca. –Y, ahora, si me permites padre… debo irme.
Draco se giró sobre sus talones, dando un paso al frente para volver de nuevo a la casa.
-Tú madre. La noticia es sobre tú madre. –Espetó Lucius, arrastrando las palabras.
Instantáneamente el rubio de menor edad volvió a girarse, mirando fijamente a su padre; como intentando averiguar lo que pasaba por la mirada de éste. Pero los ojos de Lucius eran tan inexpresivos que su hijo no pudo siquiera penetrar en ellos.
-¿Qué ocurre con mamá!
-Ha muerto. –Musitó Lucius con sequedad. –Ya estaba enferma, no pudo soportar el dolor… cuando supo que te habían cogido. Lo siento. –Añadió.
Acto seguido, tras un chasqueo de dedos, el rubio de largos cabellos desapareció del lugar transportándose hacia otro muy distinto.
Draco permaneció unos instantes en silencio, sin mover si un solo músculo. Estaba estático, como si se hubiese vuelto paralítico por unos instantes. Pestañeó. Respiro hondo. Y finalmente desató toda aquella frustración en un profundo sollozo.
Hermione salió al jardín de la casa. Verdaderamente era precioso. Una hermosa estatua de piedra, que tallaba las figuras de alguna esbelta mujer, se encontraba en el centro, justo dentro de la fuente donde numerosos chorros de agua bañaban la decoración. Desde allí se abrían diferentes caminos de piedra, senderos repletos de pequeñas hierbas verdosas. Flores silvestres que crecían a causa del abandono del lugar, árboles frutales, arbustos anaranjados que contrastaban con el resto de los colores e incluso insectos que zumbaban de aquí para allá. Era hermoso, pero dejaba ver a cien leguas de distancia que llevaba mucho tiempo en un profundo abandono. Igualmente a Hermione le gustaba lo salvaje, lo misterioso que aun estaba sin civilizar. Por ello pasó largo rato dando vueltas por el jardín.
Jardín al cual, por cierto, Draco le había ordenado que no entrase en los últimos días.
Por eso, cuando varias horas después, observó la figura de cierto rubio penetrando entre los arbustos del lugar, Hermione se escondió detrás de unos matorrales algo asustada. Ya había probado el mal humor del rubio un día atrás, y desde luego no quería volver a experimentarlo.
Sin embargo, él se sentó en la hierba sin sospechar nada. La castaña alzó un poco el rostro por detrás de la jugosa vegetación. Poco a poco fue asegurándose de lo que veía: Draco estaba llorando. No había querido creerlo al principio, pero por alguna extraña razón gruesas lágrimas saladas se escurrían por el rostro pálido del chico.
Hermione se lo pensó dos veces antes de salir de su escondite. Y finalmente dio la cara frente a él. Se sentó a su lado mientras el rubio la miraba desde el suelo. Para sorpresa de la castaña, no parecía enfadado por que ella estuviese allí.
Desde que era bastante pequeña nunca había aguantador ver llorar a la gente. Se sentía estúpida cuando se encontraba en la situación de consolar a alguien. Y allí estaba él, uno de sus peores enemigos, llorando frente a ella. Además, la castaña nunca había visto aquel acto en Draco. Todo lo contrario, él siempre solía cargar un caparazón de orgullo.
Los dos se mantenían en silencio. Draco no tenía siquiera el valor suficiente para pedirle que se marchase de allí. Por primera vez en su vida, tras saber la muerte de su madre, se sentía terriblemente solo. Era consciente de que la única persona que algún día le había querido de verdad había sido Narcisa. Y sin ella todo tenía un color diferente. A menudo las cosas más cercanas se dejan de lado, hasta que las pierdes. Entonces te das cuenta de lo que se ha ido y nunca volverá. Algo difícil de aceptar por uno mismo. Odiaba a Hermione Granger, pero su sola compañía producía el falso sentimiento de no encontrarse tremendamente solo frente aquella situación.
Hermione, por su parte, se mantenía totalmente ausente. No sabía qué decir ni cómo actuar. Es más: Ni siquiera sabía que le había ocurrido a Malfoy para que se comportase así. Lentamente, sin saber porqué, alzó su mano derecha dejándola caer por el pálido rostro del chico. Le limpió una cristalina lágrima. Él la observó totalmente sorprendido, como si aquel gesto hubiese estado fuera de lugar. Más, finalmente, sintiendo que no podía controlar su cuerpo, se deslizó hacia un lado rodeando el cuerpo de la castaña con sus brazos. La abrazó. Y lloró como nunca lo había hecho.
Lloró por todos aquellos años en silencio. Lloró por la pérdida de su madre. Lloró por no hacerlo desde que apenas tenía uso de la razón. Lloró. Al fin… pudo llorar.
-Tranquilo… -Le susurró Hermione, sorprendida por el contacto de su cuerpo con el del rubio. Acarició sus rubios cabellos mientras él la abrazaba. Se alarmó al observar la nata suavidad de éstos.
Draco sollozó, dolido como nunca antes lo había estado. Hubiese preferido morir él antes que estar presente en tal cruel noticia como lo era aquella. Sentía que su corazón se le iba a desbordar del pecho en cualquier momento. No le importaba siquiera el hecho de estar abrazando a una simple sangre sucia. Quería compañía. Por primera vez, decidió privarse de aquella soledad que durante muchos años le acompañaba a todas partes. Porque daba igual si estaba en una reunión de Hogwarts rodeado de miles de personas… su alma continuaba vagando en soledad.
Juntos entraron en la casa casi horas después. Draco se tumbó en el sofá. Tenía los párpados hinchados de tanto llorar. Y aun así pequeñas lágrimas continuaban deslizándose por sus pálidas mejillas. Ni siquiera podía creer que aquella noticia fuese totalmente cierta.
Hermione le preparó un caldo caliente en apenas unos minutos. Le tendió el cuenco. Draco lo cogió con manos temblorosas dirigiéndole, muy a su pesar, una amable mirada. La castaña se sentó en el sofá de al lado. Lo miraba embelesada, apoyando los codos en las piernas y dejando caer sus mejillas sobre las manos. Él bebía aquel reconfortante líquido.
-¿Por qué haces esto…? –Le preguntó Draco.
Había terminado de beberse el caldo y dejó el cuenco a un lado de la mesa que se encontraba cerca para, luego volver a tumbarse en el sofá, apenado.
Hermione pareció reflexionar unos minutos la respuesta. ¿Qué demonios se suponía que debía decirle…? La verdad era que quizá era débil para abandonar a una persona herida, por muy estúpida que ésta fuese. La verdad era que ella se sentía débil ante los sentimientos, y ver llorar al arrogante rubio por primera vez hizo que su corazón palpitase de forma extraña. La verdad era que Hermione Granger no estaba hecha para hacer el mal. Y lo más importante; siempre tenía esperanza en la bondad de los seres humanos, por muy diminuta que ésta fuese.
-No es lógico que me digas algo así. –Contestó la castaña. –Es… como si yo te preguntó que porqué me salvaste aquella noche en el bosque.
Draco torció el gesto.
-¿Quieres saberlo…?
Hermione lo miró fijamente. Era cierto, hasta el momento se lo había preguntado numerosas veces a si misma sin encontrar una respuesta clara.
-Sí. –Murmuró ella firme.
Draco se mordió el labio inferior mientras pequeñas lágrimas continuaban escurriéndose por su rostro.
-Porque no había matado a nadie hasta el momento. –Admitió. –No tuve el valor… quizá era cobarde. Pero todo eso cambió hace tiempo. –Rectificó mirándola seriamente. –Si te hubiese encontrado ahora es probable que sí te hubiese matado. –Suspiró recordando momentos. –En aquellos tiempos no quería ser un mortífago. No me apetecía hacerle daño a la gente. Pero los gustos cambian. –Dijo sin más.
-Entonces… ¿Ahora te gusta dañar a la gente? –Hermione le dirigió una fría mirada.
-No es eso. –Suspiró de nuevo. –Pero no cambies de tema. Te he preguntado que porque haces esto. Porque no me dejas aquí tirado… Y te largas o haces lo que tengas que hacer.
-Porque no me gusta dañar a la gente, ni verla dañada. –Contestó ella. Draco tragó saliva suspicaz. Sí. Eran completamente diferentes: Polos opuestos.
Hermione se levantó de pronto acercándose hacia él mientras continuaba llorando.
-Malfoy… puede que seas el tipo más despreciable del planeta… pero yo no. Y no pienso sentirme como tal. –Le tocó la frente con la mano. -¡Por Merlín¡Estás ardiendo! Tienes fiebre…
Draco se mantuvo en silencio mientras Hermione escurría un viejo trapo blanco y lo posaba sobre la frente del muchacho.
-Será mejor que te des un baño con agua fría. –Objetó la castaña.
-¿Y me pasas tú la esponja…? –Draco le dirigió una pícara mirada.
-No seas idiota Malfoy. –Corroboró Hermione. Más no pudo evitar sonrojarse levemente al imaginar el cuerpo desnudo de Draco dentro de la bañera. Sacudió la cabeza intentando olvidar aquellos ilógicos pensamientos. –Como decía, date una ducha.
Hermione se levantó del suelo, donde se encontraba de cuclillas, y salió de allí dirigiéndose de nuevo hacia su habitación. Draco pestañeó repetidamente intentando desprenderse de las pequeñas lágrimas que habían mojado sus pestañas. Acto seguido, cuando escuchó la puerta de la castaña cerrarse de golpe se levantó de allí. Quizá tenía razón; una ducha fría no le vendría nada más. Pero antes de meterse en la bañera entró en la habitación de Hermione.
-Ésta noche debes vestirte de negro para cenar. –Le ordenó. –Busca algo en el armario. –Y tras decirle aquello cerró la puerta de nuevo.
Hermione abrió el armario poco después, mientras escuchaba correr el agua de la ducha. Se sorprendió, dentro todo estaba lleno de montones de trajes, pantalones, chaquetas, camisas… todo el vestuario que una chica podía llegar a desear. Suspiró. Y acto seguido se dispuso a buscar algo negro para aquella noche. Encontró un hermoso vestido de gala, lo descolgó de la percha, pero cuando lo hizo el vestido se escurrió cayendo hasta el fondo del armario. Hermione se agachó dispuesta a cogerlo. Tosió: Aquello estaba repleto de polvo. Y mientras tanteaba con las manos para encontrar la prenda algo se topo en su camino. Era un objeto duro, rectangular. La castaña lo sacó de allí levemente intrigada. Lo observó bajo la luz de la habitación: Se trataba de una libreta.
Delicadamente sopló sobre ésta quitándole el polvo que impregnaba la tapa. Unas letras plateadas se escurrían por la superficie: Diario de Narcisa Malfoy. Hermione arrugó la nariz curiosa. Sabía bastante sobre el padre de Draco, Lucius. Pero apenas tenía datos sobre su madre. Estuvo a punto de abrirlo, más se contuvo diciéndose a si misma que aquello era algo íntimo.
Lo dejó sobre uno de los cajones de su mesita y continuó buscando el vestido que se había caído. Por suerte no tardó demasiado en encontrarlo. Sonrió. Era precioso. Se lo probó descubriendo que se ajustaba perfectamente a su cuerpo. Era de un negro reluciente. Y entonces Hermione atisbó en ciertos aspectos.
"Ponte algo negro para esta noche…"
¿Cuándo solía vestirse la gente de negro…? Muerte.
Hermione tragó saliva. Estaba casi segura de que esa era la razón. Quizá se había muerto Lucius o alguien importante para Draco. Desde luego no sabía demasiado bien de quién se trataba. Pues poco conocía sobre las amistades de él. Es más, dudaba que Malfoy tuviese alguna amistad que verdaderamente le importase. Se peino mientras reflexionaba sin llegar hasta ninguna conclusión. Aquel día, con todos los sucesos ocurridos, se le había pasado volando.
Le molestó incluso lo bien que se había portado con Draco. Él había hecho todo lo contrario durante el altercado en la cocina un día atrás. Era cierto que ella era más débil, que odiaba ver a una persona llorar y no hacer nada al respecto… Pero quizá debía mostrarse más fría con el rubio sobreponiéndose a sus propios ideales. Al fin y al cabo, después de lo que había hecho en contra del ministerio de magia… poca moralidad le quedaba ya.
Draco por su parte, había pasado el resto de la tarde en su habitación. Le había sentado bien aquella ducha de agua fría. Y al mismo tiempo había estado demasiado pensativo aquellas horas. Suponía que se dedicaba a pensar en la castaña para evitar recordar a su madre; pues era el tema que más se incrustaba en su cerebro. Y lo único que deseaba en aquellos instantes era olvidarse de ello.
El día anterior él se había portado horriblemente con la castaña. Lo sabía. Y le había gustado comportarse así. Pero no podía menos que sorprenderse por el trato que hoy le había dado ella. Jamás nadie lo había tratado así excepto su madre. Nunca alguien le había hecho sentirse tan acompañado cuando verdaderamente estaba sólo. Al menos Hermione sabía fingir. Y eso de alguna extraña forma le ayudaba a superar todo lo ocurrido hasta el momento.
Finalmente, cuando la hora de la cena casi había llegado comenzó a vestirse. Escogió un elegante traje negro. No se puso la chaqueta, más se dejó la camisa por fuera de los pantalones, algo arrugada. Aquello le recordaba a su madre, cual siempre le decía: "Métete la camisa por dentro, siempre tan desarreglado…" Pero sabía que a Narcisa le agradaba comentarle aquel aspecto. Sabía que cuando el se vestía ella se colaba por la puerta de su habitación y le murmuraba aquello con una pequeña sonrisa entre los labios. Así que Draco sonrió satisfecho cuando, para terminar, se revolvió ligeramente el cabello que contrastaba con el negro de los pantalones. Poco después salió de la habitación, aun con los párpados hinchados a causa de las lágrimas, y se sentó en la enorme mesa del comedor, esperando la llegada de la castaña.
Llegada que no se hizo de rogar. Hermione apareció por la puerta del comedor dejando a un sorprendido Draco mirándola. Llevaba un hermoso vestido negro que contrastaba con su blanca piel al tiempo que se ajustaba gloriosamente a su formado cuerpo. Él abrió la boca para dirigirle algún desagradable comentario. Más no pudo hacerlo e instantáneamente volvió a cerrarla mientras pestañeaba. Ella se sentó en la mesa complacida con el silencio del rubio.
Sobre la mesa había patatas cocidas, jugo de calabaza, diferentes verduras, sabrosas carnes al vapor junto con ahumados pescados y deliciosas salsas acompañantes. La castaña lo había preparado antes de vestirse.
-Gracias por preparar la cena. –Casi susurró Draco levemente molesto, entre dientes.
-De nada. –Hermione le dirigió una expectante mirada que enfureció aun más al orgulloso muchacho.
¿Porqué demonios no podía comportarse mal con él para que todo fuese más fácil…? Draco prefería que lo humillase, que discutiese con él o le reprochase cualquier cosa antes de que se comportase amablemente. Le enfurecía su semblante tranquilo. Su perfecta sonrisa. Su armoniosa mirada… Toda ella le molestaba. Pero aquella noche no debía pensar en Hermione. Esa noche estaba destinada para otra persona. Así que Draco ladeó la cabeza separando levemente su mirada de la de Hermione, disponiéndose a cenar tranquilamente.
Se mantuvieron todo el rato en silencio. Ella deseaba saber quién había sido la importante pérdida para Draco. Y él quería que la castaña desapareciese de su vista para siempre pero, al mismo tiempo, temía quedarse solo cargando aquella difícil situación.
Cuando terminaron de cenar Draco dijo algo al fin.
-Quiero beber. –Musitó.
-Bebe, ahí tienes agua. –Corroboró la castaña mientras se cruzaba de brazos.
-Lo que quiero beber es algo alcohólico. –Anunció el rubio. –Hazme el favor de que aparezcan frente a mi varias botellas, sólo por ésta noche. –Sonrió falsamente. –Luego ya me encaré yo de averiguar como se hace ese hechizo.
Hermione arqueó una ceja, molesta.
-No pienso hacerlo. –Suspiró. –No creo que éste sea un momento para beber.
-Lo es. –Anunció Draco. –Deseo beber para olvidarme de todos mis problemas. –Reconoció. –Pero veo que no tienes la suficiente inteligencia como para hacer que aparezcan aquí varias botellas.
Hermione sintió que quería estallar de ira. Ella. Y sólo ella había sido una de las alumnas más inteligentes de todo Hogwarts.
-Claro que sí se hacer eso.
-Demuéstramelo.
-No. –Se negó la castaña en rotundo.
-Entonces no sabes. –Musitó él con una sonrisa en sus finos labios. Sabía que táctica debía utilizar para que la castaña le diese lo que deseaba.
-Por supuesto que sí.
-Demuéstremelo. –Repitió el rubio. Hermione suspiró.
-¡Alcantedelus! –Musitó al tiempo que agitaba su varita.
Instantáneamente más de diez botellas de alcohol aparecieron encima de la mesa. La castaña se dispuso entonces a hacerlas desaparecer de nuevo, pero Draco ya se encontraba abriendo uno de los licores. Ella lo miró molesta.
-¡Deja eso! –Exclamó.
-¡Cállate! Quiero beber. Y tú no eres nadie para impedírmelo. Lo hago bajo mi responsabilidad. –Dijo él. –Pero supongo que tú eres tan perfecta que ni siquiera puedes probar una gota de alcohol. Es más, estoy seguro de que en tu vida has bebido nada de esto. –Le picó él con sorna. Hermione se cruzó de brazos de nuevo.
-Claro que sí lo he hecho. –Pensó en qué momentos se había dado el caso de ello. –Cuando me ascendieron en el trabajo. Cuando conseguí el trabajo. Cuando me dieron un importante trabajo en…
-Comprendo que tú completa existencia gire en torno al trabajo… -Él sonrió falsamente mientras se servía en uno de los vasos. –Está claro que no eres capaz de celebrar nada que no tenga que ver con ello. Siempre supe que eras aburrida pero… ¡Por Merlín! Jamás pensé que alcanzarías tal grado de aburrimiento.
-¿Y qué se supone que tú quieres celebrar…? –Preguntó Hermione molesta por los comentarios del rubio.
-Podríamos celebrar cien mil cosas distintas ésta noche. –Anunció él. –Como por ejemplo el hecho de que estamos vivos. Podríamos celebrar lo perfecta que es ésta casa o brindar por el señor-todo-poderoso Harry Potter. –Ironizó el rubio. -¡Qué bueno está esto! –Exclamó tras probar el licor.
-Déjame probar. –Musitó Hermione de pronto. Draco alzó la vista, sorprendido.
-Está bien. Sírvete lo que quieras. –Le tendió una botella.
Cierto era que Hermione no estaba acostumbrada a beber. Pero quizá era cierto que la vida le había tendido más que a otras personas y nunca había sido capaz de valorarlo siquiera. Y no era por el hecho de beber. Sino por el hecho de alegrarse por ello de cualquier forma.
Y apenas se dieron cuenta ninguno de los dos cuando más de quince copas habían desaparecido del centro de la mesa. Y las conversaciones salieron solas entonces de sus labios, como si el alcohol fuese todo el impulso que necesitaban para charlar.
-¿Quién ha fallecido…? –Le preguntó Hermione de pronto, cortando una simple conversación sobre los lobos impegniun que vivían en algunos bosques de Asia. Draco torció la mirada al tiempo que la miraba sorprendido. Pero contestó.
-Mi madre. –Dijo, secamente. –Pero, por si no te has dado cuenta, quiero olvidarme de ese tema. Por eso me acabo de beber diez copas de… digo… doce copas de… bueno da igual. –Balbuceó algo confundido.
Hermione lo miró sonriente entonces. Algo que ella nunca habría hecho en circunstancias normales después de que alguien le anunciase la muerte de su propia madre. Más algunas copas de más habían trastocado algo su forma de actuar.
-¡Sí que tienes sentimientos Malfoy! –Exclamó, risueña. –Te he pillado con las manos en la masa… -Añadió. –Si no los tuvieses no habrías llorado antes.
-No son sentimientos. –Corroboró el rubio que no deseaba darle el gusto a ella. –Es una cuestión familiar. –Mintió. Acto seguido agarró la varita de Hermione sin que ésta se diese cuenta y con un maestro movimiento realizó un hechizo. Hechizo que provocó que una melodiosa melodía inundase la habitación. Él se levantó.
Mientras tanto Hermione sonreía de oreja a oreja, como si el mundo fuese perfecto en aquellos momentos: El alcohol puede llegar a hacer maravillas. Draco le tendió la mano y ella la aceptó.
-Bailemos ésta canción. –Murmuró él.
Y los dos comenzaron a bailar una lenta melodía al compás de la música. Como si nada más importase a su alrededor. Como si las agujas del reloj se hubiesen parado horas atrás, cuando ambos empezaron a beber y varias botellas rodaron vacías por la mesa del comedor.
Draco observó a la castaña mientras su cuerpo se movía con gran maestría al ritmo de la música. Colocó sus manos sobre la cintura de Hermione, agarrándola fuertemente. Y ella sonrió como si tuviese trece años y aquel fuese su primer baile de navidad en Hogwarts. Sus brazos se enroscaron tras el cuello del muchacho sorprendiéndose ante la suavidad de su pálida piel. Y continuaron moviéndose al son de la música, mientras se miraban fijamente.
El tiempo pasó volando aquella noche. Ninguno de los dos se dio cuenta de que ya habían pasado de las tres de la madrugada. Tras el baile continuaron bebiendo un poco más, hasta que finalmente Draco hizo otro hechizo de música cambiando aquellas baladas por algunos temas de Rock. Rock fuerte. Hermione sonrió sorprendida. Y poco después Hermione se tumbó en el sofá, cansada de bailar, mientras continuaba sonando aquella estrepitosa música. Se sorprendió cuando sintió el cuerpo de Draco caer de golpe contra el suyo.
-¿Qué demonios haces estúpido…? Déjame, estoy mareada. –Musitó ella tapándose la cabeza con uno de los almohadones.
Draco la miró divertido encima de ella. Sentía la calidez del cuerpo de la castaña bajo el suyo. Sonrió mientras intentaba apartarle el almohadón de la cara.
-¡Lárgate idiota¡Te he dicho que me duele la cabeza…! Y también me siento mareada… por tú culpa. –Dijo ella. Más Draco sólo rió.
Y cuando Hermione se quitó el almohadón de la cara para saber porqué demonios se reía el rubio… los labios de éste se precipitaron con furia sobre los suyos. Hermione abrió los ojos mientras el la besaba y recorría el cuerpo de la castaña con sus manos. No recordaba haberse sentido tan excitado en mucho tiempo. Ella se sorprendió ante la calidez de los labios del rubio. Y cuando él introdujo sus manos bajo el elegante vestido de Hermione… ella supo de inmediato que no tendría la voluntad suficiente como para apartarlo.
La castaña cerró los ojos disfrutando deliberadamente de aquel profundo beso, al tiempo que entreabría los labios dando paso a la boca del rubio. Sin embargo, cuando notó cierta erección en el interior de los pantalones de Draco dejó de besarlo unos instantes, algo alarmada por la situación. ¡Por Merlín, iba borracha pero sabía quien era Draco Malfoy! Se apartó levemente de él. Pero no le dio tiempo a protestar sobre el comportamiento del rubio; pues ésta se deslizó hasta su pecho dormido profundamente. Como si se hubiese mantenido despierto hasta ese momento sólo porque la estaba besando.
La castaña bajó la mirada intentando no moverse. Sí. Estaba durmiendo apoyado en su pecho. Suspiró agotada. Y sin preocuparse siquiera por la roquera música que sonaba en la sala cerró los ojos, y apenas tardó unos minutos en dormirse profundamente.
-Bueno niñas… aquí estoy con un nuevo capítulo, que espero os guste. La verdad es que lo he escrito en pocos días, ya que al principio estaba vaga y el tiempo se me pasó volando sin darle cuenta, pero igualmente no seáis malas con las críticas… jeje, prometo mejoras en el próximo.
-Por cierto, resuelvo algunas preguntas, aunque creo que lo expliqué antes, no estoy segura: Ésta historia la escribí hace años, tres o así, por eso no se dice nada del sexto libro. Y ni siquiera se si se comenta algo del quinto. Pero no es exactamente la misma historia. Como es de las primeras que escribí le tenía un gran cariño, así que decidí reescribirla. Cogí la misma idea que tenía la historia, pero lo cambié todo. No hay casi ninguna frase igual, jaja, excepto la de "Te perdono la vida… recuérdalo." Lo único que tiene igual es el principio (Con cambios ortográficos y gramaticales) y el final no sé si será el mismo, eso aun tengo que meditarlo.
-Muchas gracias a todas, como siempre, por los mensajitos. De verdad me animan muchísimo y os lo agradezco! Cien mil besos, y muchísimas gracias de nuevo! Las quiero! ) Actualizo pronto con el próximo capítulo… Supongo que lo he dejado en un mal trozo… ya que ahora no saben lo que pasa cuando los dos se levantan con resaca. Jaja, muchos besos!
Silvia.
