Helado de menta.
Draco había pasado los últimos días encerrado en su habitación. Tan sólo había dado una vuelta por los alrededores de la casa para recoger comida: Nada más. No había necesitado ninguna cosa extra para lo que había hecho en todo aquel tiempo: Tumbarse en la cama y pensar.
Pensar en todo aquello que llevaba días preocupándole: Su madre había muerto. La única mujer a la cual él había respetado, apreciado e incluso amado infinitamente. Ella se había ido para siempre, como las hojas del otoño que se deslizan hasta el suelo del bosque para luego desaparecer entre el susurro del viento invernal. Y ahora sentía un agujero en su interior. Su pérdida había dejado aquel hueco incapaz de reemplazar. Era una sensación molesta. Quería, deseaba llorar; pero al mismo tiempo no se sentía preparado para ello. Sólo existe algo que puede conseguir que el dolor quede rezagado a un lado. Y es ese odio hacia la persona que daña: Lucius. Lucius Malfoy.
Draco conocía perfectamente a su padre: sus gestos, facciones, movimientos… Lo había estudiado durante años en silencio. Para el rubio no habían pasado desapercibidas todas aquellas peleas que Lucius mantenía constantemente, durante su infancia, con su madre. Tampoco los gritos. Y mucho menos los moratones que acentuaban el porcelánico rostro de Narcisa tras unas horas pasada la tormenta.
Su madre era joven, apenas llegaba a los cuarenta años. Draco no podía comprender como se había marchado tan rápidamente de su lado: Quizá sí era cierto que había repercutido el hecho de que a él le encerrasen en la cárcel, entre los barrotes de un Azkaban ilusionista, pero no estaba seguro de que aquella fuese la auténtica razón de la tragedia. Pues, si no recordaba del todo mal, desde hacía varios años Narcisa había comenzado a echarse atrás. Argumentaba que no quería seguir sirviendo indirectamente al señor tenebroso pues, la seguridad de su pequeño hijo se veía en peligro. Pero, esto, por supuesto, nunca había sido un inconveniente para Lucius. ¿Y si ella se había arrepentido completamente de esconder los maquiavélicos planes de Lucius e intentó confesárselo todo el ministerio de magia¿Y si su padre se había enterado de ello¿Y si ella hubiese sido eliminada radicalmente por que sabía demasiado del asunto sin siquiera querer participar en el…?
El muchacho rubio se levantó de un salto de su cama mientras sostenía su cabeza con fuerza. Se estaba volviendo loco casi literalmente. No recordaba lo que significaba verdaderamente la palabra paz y, desde luego, eso lo echaba terriblemente de menos. Prefería no pensar más en las razones de la muerte de su querida madre: Quizá ocurrió eso, quizá Narcisa simplemente enfermó gravemente de forma que no pudo soportarlo. Ahora tenía muchas cosas que hacer.
Había pasado casi un mes desde que él se había encerrado en aquel cobertizo junto con Hermione. Gracias a ello, su búsqueda, por parte del ministerio de magia, era más lenta que al principio, cuando el ímpetu y la rabia por encontrarlo estaban a flor de piel. Y ahora él debía continuar con su trabajo: No tardaría mucho en unirse de nuevo en la lucha, al lado del señor tenebroso, oscureciendo aquel melancólico mundo que se alzaba ante él. Y tenía que estar preparado para ello, debía dejar de pensar en cosas inverosímiles para situarse a punta de cañón en sus objetivos. Y eso haría. Eso pensaba hacer.
Pero quizá, solo quizá, Draco no contaba con aquella pequeña espina, repleta de veneno, que desde hacía unos días se había incrustado en alguna parte de su piel, confundiendo a su cuerpo: Hermione.
-Mierda. –Murmuró la castaña muchacha, cuando un trozo de lechuga, del bocadillo, se le cayó en una de las hojas del diario de Narcisa.
Con el dedo índice, mientras le daba otro mordisco al pan, lo deslizó sobre el papel echándolo a un lado.
Llevaba días leyendo el diario de Narcisa. Incluso, más que leerlo lo devoraba suspicazmente. Jamás había sentido unos sentimientos tan profundos, una emoción tan grande al pasar la siguiente página; ese suspiro interior de admiración hacia retorcidas letras curvadas sobre un viejo papel amarillento…
Draco había pasado a un lado. Su atención hacia él, desde el encuentro del diario, se había vuelto nula. No le había visto en todos aquellos días, puesto que sólo había salido para coger algo de comer. Tan solo había escuchado, algunas veces, el estrepitoso sonido de la puerta del rubio al cerrarse con brusquedad, como con un extraño enfado interior. Nada más. Absolutamente nada.
Y allí estaba, devorando de nuevo las páginas de aquel cuaderno, apenada al darse cuenta de que le faltaba poco para acabarlo completamente.
8 de Julio.
Cierro los ojos por las noches, a sabiendas de que no podré dormir sin antes haber pensado en él. Y me duele que la persona que diariamente, cuando la luna lidera el estrellado cielo, se acuesta a mi lado sea un desconocido para mí. Ojalá se tratase de ti, ojalá pudiese abrazarte cálidamente antes de sumirme en un profundo sueño…
Pero cada día estás más lejos. Ya casi no recuerdo tu voz; pero me acuerdo de tu sonrisa, el tacto de tú piel, el almendrado cabello, las tardes que pasábamos juntos… Daba igual que estuviese nevando, nosotros siempre nos paseábamos por los terrenos del castillo de Hogwarts, con la esperanza de que el tiempo se congelase.
Te hice una promesa y, sin embargo, no pude cumplirla. Ojalá no me hubiese marchado sin darte ninguna explicación: Pero me lo impidieron. Si algún día éste cuaderno llegase a tus manos, sabrías lo mucho que te he echado de menos todos estos años. Y te enterarías de que, verdaderamente, sigo viviendo del pasado, de la vida que algún día soñé poseer. Tú te fuiste, entre el surcar del océano. Y ahora solo le tengo a él. Deberías conocerlo, es hermoso. Sé que solo es un niño pero, a veces, tengo tanto miedo… Miedo de ver en él la imagen de Lucius, miedo de que una copia renazca de una criatura tan bella como lo es mi hijo. Ojalá algún día llegases a rescatarme; para llevarnos lejos de este lugar: Seguro que tú serías un padre ideal, perfecto…
¿Dónde están las ilusiones, mi vida?
Hermione suspiró. Dejó el papel del bocadillo sobre la mesa mientras pensaba que se había quedado con más hambre. Con un gesto de desgana cerró el cuaderno dejándolo sobre la cama. Se levantó y salió de la habitación en dirección a la cocina. Sin saber que, justo en aquel mismo instante, alguien más había notado un rugir de estómago.
-Bonito camisón, sangre sucia. –Susurró una arrastrada voz, entre la oscuridad de la cocina.
Hermione se giró de golpe, tropezando con unos eléctricos ojos grises semejantes a los de un felino, que la miraban fijamente, casi devorándola interiormente. Inmediatamente sintió su corazón palpitar a una velocidad trepidante.
-¿Qué haces aquí? –Farfulló ella, siendo lo primero que se le ocurrió.
Llevaba días sin verlo. Aquel primer contacto visual, tras la ausencia de ello fue, extrañamente, como si le tirasen una jarra de agua helada.
Draco sonrió malévolo ante la pregunta.
-Quizá se te han atrofiado las neuronas durante estos días. Te recordaré algo, mi querida sangre sucia: ésta es mí casa. –Siseó el rubio.
Había olvidado lo mucho que disfrutaba discutiendo con cierta castaña. Aquellos días, entre pensamientos estresantes, se había alejado de todo. Sin embargo, volver a cruzarse en el camino de Hermione fue algo tan exquisitamente delicioso como molesto.
Hermione parpadeó ante la respuesta de Draco.
-No he olvidado que es tú casa. –Admitió, notando que empezaba a ponerse nerviosa. –Si me disculpas… me disponía a coger algo de la nevera.
-Sí, de mí nevera. –Recalcó él, sonriente.
Ella le dirigió una mirada asesina. Hubiese querido farfullar un sonoro ¡cállate!, pero se contuvo sabiamente. Así que, sin más, abrió la nevera, buscando el último helado de menta que quedaba. Sonrió cuando lo encontró, volviendo a cerrar el frigorífico e intentando pasar inadvertida ante la penetrante mirada de Draco.
-¿Qué es eso? –Preguntó el muchacho, observando el polo de hielo, de un electrizante color verde, que la chica portaba en su mano derecha, agarrándolo del palo de madera.
-Un helado. –Contestó ella, secamente.
-Yo también quiero uno. –Musitó él, como si se tratase de una orden, mirándolo ensimismado.
Hermione puso los ojos en blanco, algo divertida por la situación de que el gran Draco Malfoy le estuviese pidiendo un helado.
-Lo siento, no quedan más. Éste era el último. –Señaló.
Él se cruzó de brazos. Solía molestarse con suma facilidad cuando no conseguía de primeras lo que quería o se proponía.
-Pues dame ese. –La miró suspicaz. –Tengo más derechos que tú en esta casa.
-Eso no importa: Yo hice el conjuro para tener helados de menta aquí. –Reprochó ella.
Él suspiró, exasperado.
-Esta conversación es de lo más estúpida. Aquí la única norma que existe es la de seguir lo que diga firmemente. Y digo que quiero ese helado. –La miró impaciente. –No montes un numerito sangre sucia, tengo ganas de llegar a mi habitación para perderme de ti unos cuantos días más.
Por alguna misteriosa razón, que Hermione no supo descifrar, las palabras del rubio la molestaron terriblemente. ¿Acaso él se sentía tan importante que ni siquiera podía soportar su presencia? Ella no era ninguna sangre sucia, era una brillante maga, que además solía destacar en todos los campos escolares.
-No te lo daré. He dicho que es mío: Me apetece comérmelo. Que tú seas Draco Malfoy no es una razón lo suficientemente argumentada como para adueñarte de MÍ helado. –Farfulló rápidamente.
Él la miró durante unos instantes, casi sin comprender lo que había dicho. Suspiró de nuevo algo más cansado.
-Bien, acabemos con este asunto de una vez por todas.
Y, tras aquella enigmática frase, se abalanzó contra la castaña en busca de su helado de menta, tirándola violentamente al suelo.
-¿Pero qué demonios estás haciendo, maldito esquizofrénico? –Chilló la chica, sorprendida.
-Secuestrar un helado. –Murmuró él.
Y, antes de que ella se diese cuenta, Draco había desaparecido de la cocina con el helado de menta en sus manos; dejándola sobre el frío suelo de la cocina. La castaña se levantó, instantes después, molesta; mientras miraba algunas de las estrellas que brillaban en el hermoso cielo nocturno.
¡Maldito seas, Draco Malfoy!
Era sumamente extraña la relación que los dos habían forjado desde un principio. Se odiaban pero, al mismo tiempo, se necesitaban mutuamente. Hermione era consciente de que, sin la existencia del otro miembro que formaba aquel enigmático dúo, ella no estaría viva en aquel mismo instante. Al igual que él: Pues la castaña le había salvado de una muerte casi segura evitando su entrada en Azkaban. Y, sin embargo, se repudiaban. Al mismo tiempo que, algo en sus más recónditos corazones, les atraían. Porque, inevitablemente, por terribles enemigos que fuesen, sólo se tenían el uno al otro: No había nadie más en su destino.
Hermione suspiró molesta cuando Draco se marchó son su helado. Sin embargo, tras mirar las estrellas y sentir un extraño cosquilleo en su estómago, la castaña supo que aquello no acabaría ahí. Con los ojos brillantes, en busca de la venganza, se dirigió hacia la habitación del rubio dispuesta a recuperar lo que le pertenecía.
Los pasillos de la gran mansión estaban completamente oscuros, tan sólo iluminados con algunas antorchas y la débil luz de la luna que se filtraba entre los grandes ventanales. Cuando Hermione llegó hasta la puerta de la habitación de Draco, se mantuvo unos instantes en silencio frente a ésta, sin siquiera moverse un centímetro.
En todo aquel tiempo que llevaba allí no había entrado en aquella misteriosa habitación. No sabía como se tomaría el rubio aquella inquietante intromisión. Quizá era uno de aquellos maniáticos que no soportaba la entrada de desconocidos en su propio mundo, en su habitación; en aquel lugar en el cual guardaba todo su ser. Sin embargo, Hermione estaba cansada de callar. Estaba agotada de ser la muchacha débil que Draco creía conocer. Aquella noche, aunque él le había retado por una estúpida tontería como podía ser un helado de menta, Hermione sentía un extraño fuego en su interior repleto de rabia. Así que, casi sin darse cuenta, su mano se posicionó sobre el pomo de la puerta de madera. Y, lentamente, con el corazón palpitándole violentamente, abrió despacio la puerta.
Entró. Y la cerró tras ella, de forma que se vio invadida por una absoluta oscuridad. La habitación parecía sacada de la mismísima sombra del diablo. Un olor a incienso lo invadía todo. Allí hacía calor pero, al mismo tiempo, al sentir la presencia de Draco, Hermione sintió un frío inmenso recorriendo cada poro de su piel.
-¿Malfoy? –Preguntó, en un pequeño susurro.
Casi inmediatamente, tras entrar en aquella habitación, se arrepintió de haberlo hecho. Sentía la presencia de él, pero a causa de la oscuridad apenas podía verlo. Sin embargo, cuando sus ojos se fueron acostumbrando a la poca luz, vislumbro una mesa grandiosa, redonda, dominando el centro de la estancia. A la derecha se situaba una cama también enorme, donde colgaban doseles negros de suave tacto aterciopelado. Algo más al fondo las brasas de la chimenea, tras apagar el fuego, calentaban al tiempo que alumbraban levemente, casi de forma nula, la habitación. También había otra puerta dentro de la misma. Hermione volvió a suspirar asustada. Sin embargo, era demasiado orgullosa, como para dar dos pasos atrás y abandonar definitivamente aquel lugar.
Caminó despacio hasta la mesa redonda que se encontraba en el centro; con la esperanza de que Draco no se encontrase en la habitación, ya que no le veía por ningún lado, sino en otro lugar de la casa. Allí, sobre la mesa, se encontraban numerosos papeles desordenados, junto con plumas, tinta y un caldero viejo. La castaña cogió uno de aquellos viejos papeles. Con la otra mano se dispuso a sacar su varita para murmurar un leve lumus y poder averiguar que se escondía en aquellas ilegibles letras. Sin embargo, alguien fue más rápido que ella.
Hermione no pudo evitar gritar cuando sintió como dos frías manos rodeaban su cintura firmemente, acorralándola contra la mesa.
-No eres consciente del error que acabas de cometer. –Dijo una arrastrada voz, semejante a un débil siseo.
La castaña quiso hablar pero, sorprendentemente, antes de poder hacerlo, sintió como una de las manos de Draco se introducía por el camisón, acariciando su intimidad por encima de la ropa interior. Y sintió que se ahogaba. Le faltó el aire para respirar, tuvo que sostenerse con una de sus manos a la mesa, que se encontraba tras ella, para no desfallecer en aquel mismo instante. Daba igual cuantas veces hubiese hecho el amor; jamás había sentido un contacto tan sumamente electrizante.
Él sonrió entre la oscuridad de la noche. Cogió, con delicadeza, el papel que Hermione aun sujetaba en una de sus manos, y lo depositó de nuevo sobre la mesa, echándolos todos a un lado con su brazo, sin prestar atención hacia lo que caía al suelo. Estaba demasiado ocupado saboreando el cuerpo de la castaña como para preocuparse por ello.
Sus varoniles manos acariciaban cada curva de su cuerpo, como si de arte se tratase; mientras ella parecía encontrarse en un shock, fuera del mismo mundo, sintiendo aquellas caricias como si fuese el aire que necesitaba para vivir.
-¿Qué estás haciendo…? –Preguntó la chica, en un momento de cordura, recuperando levemente el control de su cuerpo pero no el suficiente como para apartarse del rubio.
Él volvió a sonreír, algo malévolo.
-Lo que verdaderamente deseas que haga, aunque lo niegues… -Siseó.
Y ella no fue capaz de reprocharle más. Entre la oscuridad de la habitación y aquel delicioso olor a incienso; dejó que los labios se Draco besasen los suyos violentamente, instantes antes de que la lengua del muchacha se introdujese en su boca, recorriendo cada rincón de ésta.
Ella apenas se dio cuenta cuando los dos perdieron sus ropas, en un oscuro rincón de la estancia, antes de que Draco la alzase entre sus brazos sentándola sobre la redonda mesa.
Hermione no pudo evitar gemir cuando los labios de él rodearon sus pezones, devorándolos con intensidad; excitándola de una forma sobrenatural, como si se tratase de un conjuro. Hundió sus manos en el cabello del rubio, pidiéndole más. Sin embargo, poco después, sintiendo que no podía aguantar más, presionó su intimidad contra la del muchacho.
-Por favor… -Le rogó, perdiendo el control.
Él intentaba mantener el equilibrio, llevar las riendas de la situación… sin embargo, el cuerpo de la castaña parecía estar hecho a base de drogas que le llamaban de una forma implacable. Quiso esperar más pero, notando la intimidad de Hermione sobre su miembro, supo que no podría hacerlo.
Jadeó, mientras de nuevo la cargó con sus brazos hasta la enorme cama de la que colgaban varios doseles negros. La depositó sobre ésta sin dejar de besar sus labios, succionándolos con una agresividad extremada. Y, instintivamente, penetró su cuerpo, sintiendo una sensación tremendamente cálida al estar dentro de ella, en su interior. Draco gimió. Y Hermione no pudo evitar sonreír cuando notó que el ego del rubio se había rendido; al menos por ahora…
El cuerpo de la castaña se sacudía ante las bruscas embestidas, casi sin ningún tipo de delicadeza, que él procesaba sin pausa.
-Joder… -Siseó el rubio, fuera de control, mientras jadeaba; al igual que ella.
Finalmente, con una última embestida, sintió que se perdía dentro de Hermione. Jadeó de nuevo, agotado y derrotado, posando su rostro en el cuello de la chica, cual parecía encontrarse aun en éxtasis, con los ojos completamente cerrados.
Draco se tumbó finalmente al lado de ella, cuando recuperó ligeramente el control. Hermione sonrió, girándose. Sus manos acariciaron el desnudo torso del chico, mientras éste la estudiaba con deseo, a pesar del cansancio. Sí: Verdaderamente Hermione era una droga de la cual uno nunca acababa de saciarse. Eso mismo pensó Draco cuando sintió los labios de la chica posarse sobre su miembro, humedeciéndolo lentamente. Él cerró los ojos con fuerza, sin poder evitar gemir de nuevo; perdiendo completamente las riendas de la situación. Pero, hacía tiempo, que aquel aspecto había dejado de importarle.
Tras más de diez minutos, sintiendo como la mágica boca de Hermione provocaba que su cuerpo temblase y sintiendo, de nuevo, que no podría aguantar mucho más, se giró levemente.
-Maldita seas, sangre sucia. –Murmuró, antes de darle la vuelta a la tortilla y situar sus finos labios entre las piernas de la muchacha; haciéndola sufrir inmediatamente de puro placer.
La noche siguió incesante, dejando a un lado el odio, pero no el orgullo. Finalmente, horas después, los sudorosos cuerpos de ambos se desplomaron sobre la cama, sumidos en un cansado y profundo sueño.
Cuando Hermione despertó, a la mañana siguiente, se sorprendió al observar que no había nadie a su lado. Al principio pensó que quizá todo había sido un sueño. Pero no: Allí estaba ella, arropada entre las aterciopeladas sábanas de la cama del mismísimo Draco Malfoy. Suspiró, sintiéndose extraña pero, al mismo tiempo, satisfecha. Se levantó, poco después, dirigiéndose hacia el baño para tomar una cálida ducha matinal.
Mientras tanto, un atractivo rubio, caminaba por el bosque, entre los altos sauces del lugar, en busca de una sombra negra. Sus eléctricos ojos grises parecían sumidos en un extraño sueño. Pues, aunque intentase aparentar total control sobre todo lo que le sucedía, los acontecimientos de la noche anterior no le habían dejado completamente indiferente. Sin embargo, habría tiempo para ello, ahora tenía cosas importantes que hacer.
-Padre. –Murmuró al fin, cuando vislumbro a un hombre de largo cabello rubio, vestido completamente de negro.
-Al fin llegas… -Siseó el otro, mostrándole una extraña sonrisa. –No tenemos tiempo que perder, quedan demasiadas cosas por hacer. Primero te enseñaré donde se encuentra el cuartel principal. –Ordenó.
Draco asintió con un gesto de cabeza; mientras sus brillantes ojos se entrecerraban a causa de la mágica luz del sol que invadía el bosque aquella mañana de otoño.
Las hojas de los árboles, poco a poco, comenzaban a caer de éstos. Se quedaban rezagadas en el suelo, convirtiéndose en polvo o volaban entre el susurro del viento; dando paso a una nueva estación: El invierno se acercaba a paso lento pero seguro…
Ya actualicé al fin. Perdón por el retraso, la verdad es que he estado algo ocupada ultimamente. Pero bueno, aquí tenéis éste capítulo: 12 páginas al Word que espero que os gusten. No penséis que paso tan rápidamente la relación de Odio-Amor, lo que ocurre en éste capítulo no quiere decir que dejen de odiarse! xD! Igualmente, espero que lo disfrutéis: La verdad es que me ha gustado escribirlo.
Me encantaría contestar a todos los Reviews, porque la verdad es gracias a vosotras que ésta historia sigue en pie. Pero no tengo el suficiente tiempo para ello, igualmente, os lo agradezco de todo corazón, no sabéis lo mucho que significa para mí cada uno de esos pequeños mensajitos de ánimo. Así que ya sabéis, si os gusta el capítulo, darme vuestra opinión. Supongo que las personas que leyeron esta historia se habrán sorprendido, ya que puede decirse que sólo he cogido la idea del antiguo fick que escribí, lo he cambiado todo completamente. Es más, ya no me acuerdo que ocurría exactamente en la otra, pero sé que, incluso, estaba peor escrita que ésta.
En fin, no me enrollo más, que sino relleno todo el fick de comentarios. Simplemente eso: Que os adoro. Y que gracias por leer.
Saludos antifascistas.
PD¿Por qué helado de menta? -- Porque me encanta, adoro, amo... el helado de menta. xD
