Esta es una traducción de la fic escrita por Flora Fairfield una gran escritora brasilera que lamentablemente murió hace más o menos un año. Fue con esta historia que empecé a leer fan fics y por eso es tan importante para mí…

Espero que les guste tanto como a mí…Diviértanse

Capitulo 2 Desencuentros.

"Virgem piedosa!

E os sonhos passam, cisnes que não cantam mais,

No infinito dos seus olhos imortais,

Abertos para a eternidade...

Pobre mulher, pobre Saudade!"

Alphonsus de Guimaraens ("Saudade")

6 de Febrero

Draco miró nuevamente la vitrina de la tienda de la que había acabado de salir. Ni el mismo había entendido bien lo que lo llevo hacer lo que hizo. Bien, en realidad, si, entendía. Entendía demasiado. Ya estaba, sin embargo, comenzando a arrepentirse. No debió haber hecho eso. Había empezado otra vez a insultarse mentalmente en el momento en que puso sus pies en la calle. Ahora, entre tanto, no podía hacer nada más. Lo que paso, pasó. Y todo lo que el sabia era que, cuando sus ojos vieron esa joya en la vitrina, tuvo la certeza de que tenia que comprarla. Y fue lo que hizo. Entro en la joyería y compro el anillo de compromiso más bonito que había visto. No era el más caro, ni el más ornamentado. Era simple, casi, solitario. Pero exactamente para ella. Cuando lo vio supo que ese anillo no le pertenecería a otra mano que no fuera la de su dulce Virginia. Como el podría pedirle matrimonio, no en tanto, era el misterio.

Hacia más de un año que la había encontrado en el Capitolio. Poco más de un año que ella no salía de su cabeza. Poco más de un año en que el no se reconocía al mirarse al espejo. Ella tenia una forma de hablar, una manera de mirar el mundo, una increíble capacidad de entender como el se sentía, un sentido de humor medio sarcástico, medio amargo; ella era un completo misterio en todos los sentidos. Se habían vuelto amigos desde aquel día en el Puente Sant'Angelo. No amigos comunes, sin embargo. Draco tenía conciencia de lo extraña que era esa amistad. Intentaba engañarse, afirmando que eso solo sucedía porque nunca había tenido amigos de verdad antes, especialmente una mujer, pero, en el fondo, Draco sabia bien que ese no era el motivo. Si ella fuera una amiga cualquiera, no estaría caminando en ese momento por la Via Condotti en dirección al Café Nero para encontrarla, cargando en el bolsillo un anillo de matrimonio que había comprado pensando en ella. Y eso que aun ni la había besado. Había tenido ganas de hacerlo más veces de las que se podía acordar, pero siempre pasaba algo, siempre se arrepentía. Draco se sentía casi un cobarde cerca de Virginia. Tenia miedo de perderla y, al mismo tiempo, quería mucho más que su amistad. Lo que más lo confundía, entre tanto, era que ella, a pesar de la proximidad entre los dos, nunca había demostrado corresponder sus sentimientos de una forma más profunda.

Virginia era, sin duda, un punto de interrogación. Aun después de un año entero de amistad. Eso era lo que más le atraía de ella. Draco ya había leído todos los libros que había escrito. Eran todos libros de poesías escritos en los últimos diez años. Eran muy famosos en el mundo muggle. Eran muy buenos. Buena poesía, triste y poderosa, que revelaba una autora llena de vida, llena de sentimiento; una autora capaz de reír y de llorar al mismo instante; capaz de los más locos actos de amor y de los mayores sacrificios; capaz de amar y matar, de crear y destruir. Eran poesías de sufrimiento, no eran alegres, pero eran llenas de pasión. Cualquier persona que conociera a Virginia, sin embargo, encontraría muy difícil creer que ella era esa autora. El mismo Draco se preguntaba como era posible que la mujer que conocía, que muchas veces le recordaba a una niña, fuera capaz de colocar esas palabras en el papel. Virginia era una persona extremamente calma y silenciosa. Podía pasar horas sin decir absolutamente nada, horas apenas mirando la puesta del sol, observando el mundo a su alrededor. Y aun así, lo hacia sin ninguna pasión. Parecía que no se sorprendiera con la belleza, ni se chocara con la crueldad. Veía las cosas como si ya hubiera visto todo. Draco se consideraba una persona infeliz. Hasta se había conformado con eso. No tenia sueños para el futuro, sólo veía como pasaba la vida. Después de conocerla, entre tanto, comprendió que no era infeliz de verdad – o por lo menos, si lo era, lo era por opción, por extraño que pueda parecer. Había muchas cosas que podía cambiar, cosas que podía hacer. No había perdido la capacidad de reírse genuinamente de si mismo, de apreciar las cosas pequeñas de la vida. Era perezoso, no infeliz. Fue solamente después de conocer a Virginia que descubrió lo que significaba realmente la palabra infelicidad.

Ella era una persona infeliz. Eso estaba escrito en sus ojos, siempre tristes, siempre amargos, siempre sombríos. Ella no se vestía de negro, ni hablaba todo el tiempo sobre el fin del mundo. No lloraba, no era desagradable, depresiva. Conversaba y sonreía. Pero sus conversaciones nunca incluían sus planes para el futuro y sus sonrisas nunca eran suficientes para iluminar sus ojos. Era inteligente y delicada. Pero nunca parecía ser completamente de este mundo. Draco la comparaba con un pájaro que hirió sus alas y nunca más pudo volar, quedando así, confinado a una existencia incompleta. El pájaro hasta podía soñar como seria volar, mas nunca llegaría a experimentar esa sensación. Talvez eso explicara la poesía. O talvez fuera apenas un exterior calmo para encubrir un interior tempestuoso, apasionado y violento. Recordaba poco de ella en los años de Hogwarts, excepto, claro, el incidente de la Cámara Secreta. Mas aquello no era ella. Draco se encontraba entonces constantemente intentando imaginar si en algún momento ella había sido una persona simplemente feliz. Probablemente si. Eso inevitablemente lo llevaba a preguntarse lo que la había hecho cambiar. No sabia. Aun después de un año y no estaba cerca de descubrirlo.

Así como el, Virginia vivía alejada de la comunidad mágica. Mucho más alejada que el, ya que Draco, a pesar de todo, aun tenia negocios fuera del mundo de los muggles. Virginia no. Llevaba mucho tiempo sin hacer magia. El único contacto que tenia con su familia era a través de cartas. Y aun hacia, ella recibía más de las que enviaba. Siempre que ese asunto surgía se volvía más sombría. Siempre. Por eso aunque Draco estuviera loco por comprender, evitaba ese tópico. El otro asunto 'prohibido' era la Guerra. Solamente una vez intento hablar sobre eso. Quería explicarle porque había huido, quería que ella lo entendiera, le importaba inmensamente lo que ella podía pensar. Quería que lo perdonara. No le importaba si todo el mundo lo odiaba, desde que ella no se les uniera. Sin embargo, ella no escucho ninguna explicación. Fue la única vez que Draco la vio demostrando pasión por algo, enfureciéndose. No quería hablar sobre ese asunto. Y lo dejo bien claro. El sintió la tentación de mencionar de nuevo la Guerra solo para verla enojarse nuevamente y tener otro vislumbre de toda la fuerza que existía dentro de ella, mas nunca lo hizo. Al mismo tiempo en que se sentía curioso tenia miedo de lo que podría acabar sucediendo. Estaba claro para el que, lo que sea que la haya lastimado tanto, había sucedido durante la Guerra. Sólo no sabia que. Todos sus hermanos estaban vivos, así como sus padres. Draco ni siquiera estaba seguro del papel que ella había desempeñado durante la guerra. Todos los Weasley lucharon al lado de Dumbledore y Potter, claro, y todos se volvieron extremadamente respetados. Pero el nunca había escuchado un solo comentario en particular sobre la pequeña Virginia Weasley.

En aquella tarde grisácea de invierno, Draco caminaba para verla, las mismas dudas de siempre bailando en su cabeza. Sabia que probablemente no encontraría respuestas, pero aun así no lograba parar de preguntarse. Abrió la puerta del Café y entro, el anillo pesando en su bolsillo. Ella estaba sentada en la habitual mesa, inclinada sobre su cuaderno - el mismo del año anterior- donde escribía los bosquejos de sus poesías. Parecía inmersa en sus propios pensamientos, pero, presintiendo su presencia como sólo ella era capaz, levanto los ojos en el momento en que el cruzo la puerta. Cuando la vio, allí, sentada, mirando hacia el, sonriendo su triste sonrisa, cualquier pensamiento coherente abandono su mente. Recordó porque se había enamorado de ella. Virginia era la mujer más bonita que había conocido. Su cabello rojizo caía descuidadamente moldeando su rostro claro. Sus ojos aun lo perseguían a donde fuese, tristes y bellos. Creía que talvez fuese ese aire de tristeza que la volvía tan irresistible, tan vulnerable, tan frágil y etérea. Todo lo que quería hacer cada vez que la veía era abrazarla y hacerla sentir mejor. Todo lo que deseaba era ser capaz de hacer que toda esa tristeza la abandonara.

-Virginia- murmuro, halando una silla para sentarse.

- Hola, Draco. ¿Cómo estas?

- Bien. ¿tu?- le pregunto, sintiéndose estúpido. Era como si todo el tiempo pudiera sentir el peso del anillo de compromiso, como si lo llamara... No, era solo parte de su imaginación.

- Estoy bien, en la medida de lo posible- ella siempre decía eso.- Draco...- Virginia comenzó, parando en la mitad. El sintió los ojos de ella observándolo, midiéndolo. Sabia que ella estaba decidiendo si le decía o no algo. –No... olvídalo.- enmendó al fin, bajando los ojos. Había decidido no decirle nada. Draco sabia que era inútil intentar arrancarle lo que sea que fuera, pero algo en el fondo de su alma lo convenció de que lo que ella necesitaba decirle era urgente. Sintió que su corazón latía acelerado. ¿Seria posible que ella quisiera decirle todo lo que el quería oír?

- Virginia, ¿qué pasa?-insistió.

- No es nada –respondió, aun evitando mirarlo a los ojos. Eso era bastante incomun. Normalmente, ella siempre lo miraba de forma incisiva, hasta perturbadora. El siempre se perdía en esa mirada, siempre olvidándose de lo que iba a decir, o de pensar. Mas no hoy.

- Puedes contarme- Draco insistió nuevamente, tocándole levemente el brazo, intentando alcanzar su rostro para obligarla a mirarlo. Virginia sin embargo lo esquivo, levantándose abruptamente de la mesa.

- No es nada.- repitió más firmemente, la voz apenas por encima de un susurro y se volteo por fin, sus ojos encontrando los de el. Draco vio lagrimas discretas oscilando en ellos, como pidiendo permiso para caer. Nunca la había visto llorar. Algo definitivamente estaba mal.

- Virginia, ¿qué esta pasando?- pregunto de nuevo en un tono más urgente.

Ella no le respondió de inmediato. Envés de eso, se inclino sobre la silla de el y lo abrazo. Un abrazo fuerte, apretado, como si se estuviera preparando para pasar mucho tiempo lejos. Ella tampoco lo había abrazado antes. Draco sintió el calor de las lagrimas contra su cuello. No sabía que estaba pasando. Se quedo sin acción. Todo lo que pudo hacer fue devolverle el abrazo, también fuerte, sin decirle nada.

Lo siento mucho – ella murmuro por fin, en una voz débil, casi inaudible.- Lo siento mucho – repitió más alto una ultima vez antes de soltarse del abrazo y, sin mirarlo directamente, voltearse para irse. Draco la vio saliendo del Café como si estuviera en una especie de transe. ¿Qué estaba sucediendo al fin y al cabo? Cuando ella cerro la puerta y piso la calle, despertó. ¿Por qué aun estaba ahí parado? Sin pensarlo dos veces, se levanto y salió tras ella.

En el lado de afuera, caía una lluvia fina, volviendo la tarde aun más grisácea. Miro hacia la derecha, después a la izquierda, su corazón latiéndole fuertemente en el pecho. Allá estaba ella, ya a alguna distancia, en la Piazza di Spagna, caminando hacia el frente. Dio algunos pasos, aproximándose, mientras veía su espalda alejándose rápidamente, los contornos un poco opacos, desenfocados por culpa de la lluvia, su cabello rojo balanceándose atrás de su cuerpo. Draco la seguía aun un poco, la voluntad de detenerla disminuyendo a cada paso. ¡Ella era tan perfecta! Nunca podría ser lo suficientemente bueno para hacerla feliz. Talvez por eso le estaba pidiendo disculpas, talvez por eso no le había dicho que lo amaba tanto como el la amaba, talvez por eso estaba yéndose. Inconscientemente, coloco la mano en el bolsillo y saco el anillo de compromiso que le había comprado. Lo abrió lentamente y miro de nuevo la joya. Era perfecta para Virginia. Perfecta. Y aun así no pudo hacer el pedido. No lograba ver un futuro para los dos. ¿Que tipo de futuro, podría ofrecerle? Luego el, que era odiado por toda la comunidad mágica, que mal conseguía cuidar de si mismo, ¿cómo podría ser responsable por alguien como su dulce Virginia? No, ella merecía mucho más que eso.

Virginia comenzó a subir las escalas de la plaza. Draco paro, observándola, su silueta aproximándose cada vez más de la Iglesia Trinita dei Monti, en lo alto, su perfil delineado por la débil luz de esa lluviosa tarde. Se volvió a mover cuando ella quedo totalmente fuera de su vista. Draco, se aproximo de las escalas, y se dejo caer en uno de los escalones. La lluvia aun caía, pero no le importaba. Nada más importaba. Aun tenia la caja con el anillo en las manos y la miraba como quien ve una promesa, un sueño. Todo su cuerpo lo empujaba hacia ella, pero su mente le gritaba que no, que no la merecía.

Nunca supo a lo cierto cuanto tiempo se quedo allí, sentado. No les presto atención a las personas que pasaban, no noto cuando la lluvia paro, no vio la luna nacer. No le importaba lo que cualquiera que pasara pudiera pensar. Estaba inmerso en sus propios pensamientos, sus propias dudas, sus propias esperanzas. Y fue entonces que, de forma inesperada, paso. Todo se volvió claro. Fue algo simple. Pequeño. Como lo son la mayoría de las cosas grandiosas. Comenzó a escuchar a lo lejos la vocecita de una niña. Normalmente, no le prestaba atención a los niños, pero, aquel día, por un motivo que sobrepasaba su comprensión, fue la voz de esa niña lo que lo despertó. Levanto los ojos solo para verla, sosteniendo firmemente la mano de su padre. Había algo en ella que llamo su atención: el cabello. Ella tenia el cabello rojo. Sus pensamientos volvieron inmediatamente hacia Virginia y, teniendo a la chiquilla ante sus ojos, no pudo dejar de imaginar que aquella niña podría ser de el y de su dulce amada. Fue ese simple pensamiento que, cuando paso por su mente, sirvió de pabilo. Todos los sentimientos represados en su pecho explotaron al mismo tiempo. Podría bailar en ese momento. ¿A quien le importaba si era despreciado por la comunidad mágica? ¿A quien le importaba que la familia de ella lo mataría? ¿Qué importaba el miedo? ¿La tristeza? ¿La melancolía? Cuando todo lo que el sabia, todo lo que sentía era un inmenso amor, una pasión mayor que todo lo que el conocía por esa mujer. Quería abrazarla, besarla, secar sus lagrimas, escucharla reír de verdad por primera vez en mucho tiempo. Más que eso quería ser el responsable de esa risa. ¿Y que si ella no lo amaba? ¿Y que si ella estaba asustada? Necesitaba intentarlo. Y si ella tenia miedo, el la convencería de que era una tontería y, si ella no lo amase, esperaría, le enseñaría a amarlo. Al final de cuentas, el era Draco Malfoy y Draco Malfoy siempre consigue lo que quiere.

Entonces se levanto de un brinco. Se volteo y subió las escalas, dos a la vez. Estaba casi corriendo. Entre más rápido llegara a la casa de ella, más rápido podría besarla. Durante todo el recorrido su corazón parecía querer salirse de su pecho, de lo rápido que latía. Años más tarde, siempre que intentaba recordar el camino hacia el apartamento de Virginia, sólo encontraba espacios en blanco. Había tanto en su mente que fue guiado por sus pies de forma inconsciente. Solo recordaba todo a partir del momento en que había tocado el timbre del apartamento. Y esa era exactamente la parte que le gustaría olvidar.

Draco toco el timbre. Después, golpeo la puerta. Ninguna respuesta. Toco de nuevo, con más fuerza. Nada. Comenzó a preocuparse. Golpeo, de nuevo. Otra vez. La llamo. Grito. Estaba empezando a desesperarse. Pateo la puerta con fuerza. Grito de nuevo. No había ningún ruido del lado de adentro. Aun más desesperado, giro la perilla, intentando forzar la entrada. Pero para su completa sorpresa, la puerta estaba abierta.

Dio un paso al frente y prendió la luz de la sala, medio que esperando encontrarla dormida en el sofá. La sala, no en tanto, estaba vacía. La casa estaba silenciosa. El estaba asustado. Mirando nuevamente el sofá, vio un sobre que estaba encima de una mesita en la esquina. Dando algunos pasos hacia delante se aproximo y cogió la carta. Era para el. Sintió su corazón parar por un segundo. ¿Era posible que ella de verdad se hubiera ido? guardo el sobre en el bolsillo con prisa y se dirigió hacia adentro, llamándola. La puerta del cuarto estaba entre abierta. La empujo, llamándola de nuevo. Estaba simplemente aterrado con la idea de encontrar el cuarto vacío, su ropa desaparecida. Estaba desesperado por la idea de que ella hubiera partido. Cuando finalmente abrió la puerta, respiro aliviado al ver su silueta, acostada en la cama, iluminada apenas por la luz de la luna. Ella estaba encogida, en posición fetal, los brazos doblados cerca de su rostro. Draco dejo que una sonrisa de alivio se le escapara. Ella aun estaba ahí.

Dio, entonces dos pasos en dirección a la cama, volteándose hacia la pared, por un segundo, la leve sonrisa aun en los labios, buscando el interruptor. Al encontrarlo, por fin, prendió las luces. Mejor no haberlo hecho. Debió haberse quedado más tiempo observándola silenciosamente, con apenas la claridad de la luna como testigo. La ilusión habría durado más. Cuando la luz ilumino el cuarto, sintió que su corazón paraba de latir. Sus manos se helaron. Su vida se desmorono. Sangre. ¡Sangre! ¡SANGRE! ¡había sangre por todos lados!

En la cama, en sus brazos, en sus manos, en su rostro. ¡Sangre! ¡Sangre, sangre de ella!.

Draco corrió hacia la cama, levantándola en sus brazos, abrazándola, colocándola en sus piernas. ¡Había mucha sangre! Las lagrimas quemaban en sus ojos al verla de esa forma, el rostro calmo, los dos grandes ojos de chocolate cerrados, los labios morados, los pulsos cortados. El la abrazo aun más fuerte, las lagrimas ahora corriendo libremente por su rostro. Ella estaba pálida y tan fría. Draco la abrazo nerviosamente acercando el rostro de Virginia a su pecho, queriendo oír de nuevo su voz melodiosa. Temblaba y lloraba. Levantando de nuevo su rostro, la observo de cerca. Aproximo lentamente sus labios, besándola por la primera y ultima vez. Ella estaba fría. Sus labios estaban fríos. Fríos. Muertos. Ella estaba muerta.

Colocándola en la cama, Draco alcanzo el teléfono. Y llamo una ambulancia. Debía haber algo que pudiesen hacer. Las cosas no podían terminar de esa forma. Su vida no podía desmoronarse exactamente cuando había encontrado un camino, cuando todo parecía encajar. Volvió hacia ella, hacia el cuerpo sin vida. El sabia, sin embargo, que no podrían hacer nada. Sabia que estaba muerta. Solo no quería creerlo. Eso no podía ser verdad.

Poco tiempo después, la ambulancia llego. Ellos la llevaron al hospital. Draco la siguió, su corazón partido en mil pedazos, sus sueños destruidos, todas sus esperanzas muertas con ella. Se acordaba turbiamente del ruido de los carros en la calle, mientras la sirena abría camino. Recordaba remotamente los médicos atendiéndola. Recordaba vagamente la sala de espera, las expresiones poco creyentes de las enfermeras que no dejaban duda, y del médico diciéndole por fin, aquello que ya sabia. Muerta. El amor de su vida, su dulce Virginia estaba muerta.

Ya amanecía cuando dejo el hospital, partido, perdido, desesperanzado, arrepentido. Debió haberse dado cuenta. Debió impedir que lo hiciera. Simplemente había dejado morir a su amor. Nunca se perdonaría por eso.

Sin saber que hacer, ni adonde ir, Draco paro en la calle, a la margen del río Tibe, apoyado en la baranda, mirándolo. Se llevo las manos a los bolsillos, y fue cuando la sintió. La carta. Se había olvidado de ella completamente. La letra del sobre era de Virginia y, apenas vio su caligrafía, sintió las lagrimas formarse y estar listas para caer. Intentando controlarse, la abrió. Necesitaba saber que decía. Necesitaba entender el por qué.

"Draco, querido"- empezaba "Me gustaría haber tenido el valor de decirte todo esto en el Café. Lo intente. Pero cuando te vi y vi tus ojos brillando hacia mi dirección, llenos de ternura, llenos de amor y de expectativa, no fui capaz. No encontré dentro de mi la fuerza necesaria para decirte que nunca podré retribuir tu amor, que nunca podré realizar tus sueños, que mis ojos nunca podrán llenarse con la misma ternura, con el mismo sentimiento al mirarte."

"No pienses que es tu culpa. No lo es. La culpa es mía. No soy más que un fantasma que olvido morir. No puedo amarte. No tengo la fuerza necesaria para amar a alguien. Y no pienses que no merecerías mi amor, si te lo pudiera dar. Lo intente, en verdad. Y lo intente por ti. Habría hecho esto antes, hace un año, si no nos hubiéramos encontrado. Era sobre eso que estaba pensando cuando te me acercaste en el Puente Sant'Angelo. Créeme cuando te digo que el corazón que me queda es tuyo, Más no es el suficiente y te mereces algo más."

"Lo supe en el momento en que te vi, en el Capitolio. Creciste. No era más ese niño arrogante que conocí en Hogwarts. En tu alma, vi, un poco de mis propios fantasmas, de mis propias desilusiones. Por eso, me sentí tan próxima a ti. La diferencia entre nosotros, sin embargo, es que todo lo que necesitas para cambiar tu vida es un poco de amor, encontrar a la persona correcta, en el lugar correcto, en el momento correcto. Yo se que crees que soy esa persona, pero estas equivocado. Para mi, tu amor no seria suficiente. Yo no puedo cambiar."

"No se si recuerdas como era en Hogwarts. Probablemente no. La única época en la que fui particularmente notada fue luego de toda esa historia de la Cámara Secreta y, bueno, esas no son buenos recuerdos. Ese no fue un año feliz. Aparte de eso, yo solo era conocida como la hermanita menor de Rony, la chiquilla siempre enamorada de Harry Potter. Estaría sorprendida si te hubieras fijado en mi más de dos veces. Yo solo sabia quien eras porque, bien, todos sabían. Eres a final de cuentas, Draco Malfoy. Yo no era tan interesante. Pero era feliz. Una niña común, sin muchos atractivos, pero feliz. Extraño esa época. ¡Era tan inocente! Pero fue hace mucho tiempo. Trece años para ser exacta."

"Fue después de que tu, Harry, Rony y Hermione se graduaran. El colegio no era lo mismo para mi sin el Trío. Los extrañaba. Por eso cuando llegaron las vacaciones de invierno, estaba ansiosa por ir a casa. Mi madre quería que me quedara en Hogwarts por la Guerra, que ya estaba empezando, pero pelee, grite, llore, y al final, acabe ganando. Extrañaba mucho a mi familia. Hoy imagino: que si me hubiera quedado en el colegio, nada hubiera pasado. Aun podría ser feliz. No sirve de nada pensar así, pero sin embargo eso hace que mi corazón sufra más"

"Me acuerdo como si fuera hoy. Era el día 21de diciembre y salí con mi mamá hacer unas compras al callejón Diagon. Las calles estaban llenas, y claro, me canse rápido. Nunca me gusto caminar entre multitudes. Entonces mi madre me dejo ir a buscar a los gemelos en su tienda y esperar la allá. No en tanto, nunca llegue a encontrarme con mis hermanos."

"No lo sabia, pero conforme caminaba por las calles repletas de gente, había una persona en particular observándome. Una persona llena de malas intenciones. Era tu padre, Draco. Tu papá. Cuando me separe de mi mamá, el tuvo la oportunidad perfecta. Me secuestro. Fue todo tan rápido que hasta hoy no recuerdo bien como sucedió. Solo se que, al día siguiente, desperté en un calabozo, en la Mansión Malfoy, y mi vida nunca volvió a ser la misma."

"Primero creí que me matarían. Pero no. Muchas veces, muchas más de las que recuerdo, desee morir en los meses, años que siguieron. La Guerra duro cuatro años, lo sabes, y durante todo ese tiempo me mantuvieron como prisionera. Siempre tenían cuidado de no matarme. Siempre me dejaban viva, ni que fuese por un pelo, ni que tuvieran que llamar médicos para que me examinaran. Todo para que la diversión no terminara. Era una Weasley al fin y al cabo. Era más divertido torturarme que torturar a cualquier otro. Después de un tiempo, pare de llorar. Pare de implorar. No tenia sentido. Simplemente desistí de esperar por un rescate, de esperar por piedad, de esperar por compasión, de esperar el sol nacer."

"De todos los abusos que sufrí, me acuerdo bien. Demasiado bien. Aun siento en mi piel el dolor y la humillación. Cada vez que cierro los ojos, es la oscuridad de ese calabozo lo que me asusta. Son el terror y el miedo de aquellos días que me mantienen despierta por las noches."

"Un día, cuando el recuerdo de la niña alegre que había sido solo era un eco en mi alma, el rescate finalmente vino. Pero era tarde. Nunca más volví a ser la misma. Nunca más voy a volver a ser la misma. Créeme, lo intente. Por mis padres, por mis hermanos, por mis amigos, y principalmente, por ti. Pero pase demasiado tiempo intentando olvidar como sentir para reaprenderlo ahora. No creo en las personas, no creo en el amor, no creo en este mundo. Para mi, no hay esperanza y cada vez que me levanto de la cama es solo un día más de sufrimiento, un día para recordar, recordar lo que pude haber sido."

"Por eso me aleje de mi familia- no puedo enfrentarme a ellos. Y por eso también abandone la magia- era demasiado doloroso estar cerca de algo que me causo tanto daño. Y es por eso que no puedo estar contigo. Cada vez que miro tus ojos, veo todo lo que no puedo tener: el amor, los sueños, el futuro color de rosa, los hijos, las preocupaciones, los besos, los cabellos grises, las manos entrelazadas. Yo se que me darías todo eso. Y mucho más. Me gustaría volver atrás, haberte conocido -realmente-en los años de Hogwarts, cuando aun era yo misma. Talvez, ahí, hubiéramos tenido una oportunidad. Ahí, talvez las cosas hubieran sido diferentes. Pero no puedo"

"Espero que entiendas ahora el porque de todo: de mis humores, de mis tristezas, de mi poesía, de mi muerte. Se que siempre quisiste saberlo. Yo solo siento mucho no haber tenido el valor de explicártelo en vida. Y también espero, querido, que, entendiendo, seas capaz de perdonarme por dejarte de esta forma. Con seguridad no hoy. Y probablemente no mañana. Pero talvez, algún día. Cuando estés viejito y feliz, con el verdadero amor de tu vida. Vas a encontrarlo, en alguna esquina, estoy segura."

"Donde quiera que este ahora, créeme, estoy libre. Eternamente tuya."

Virginia.

Cuando Draco termino de leer la carta, estaba temblando. Estaba llorando. Creyó que ya estaba más allá de las lagrimas, pero se había equivocado. Para alguien que pasara por la calle era una imagen extraña: un hombre hecho, llorando como un niño, a la orilla del río Tibe, sosteniendo firmemente un pedazo de papel en la mano, en una ensolerada mañana de invierno. No le importaba. Nada le importaba porque su amor había muerto. Y el era el culpable- en todos los sentidos.

Draco siempre había sabido que la Guerra era la responsable por lo que le había pasado a Virginia. Lo que no sabia es que su padre estaba envuelto en ello. Y, lo peor de todo, es que el habría podido hacer algo para impedirlo. ¡Tantos destinos siendo decididos ese mismo día! Si el apenas hubiera sabido que ella estaba allá... mas no. ¿A quien quería engañar? Si lo hubiera sabido, en esa época, no habría hecho nada. No le importaba. Y ahora que si le importaba, no podía hacer nada.

El día 22 de diciembre, trece años atrás, un día después de que ella fuera llevada a la mansión, Draco había decidido huir de casa. Ella ya estaba allá. Y el no tenia ni idea. Tuvo la oportunidad y los medios para salvarla. ¡Si el hubiera tenido el conocimiento que tenia ahora! Si supiera que, doce años después la encontraría y que ella le ayudaría a descubrir lo que significaba de verdad preocuparse por alguien... Pero no. No es así que el destino funciona. No es en esa dirección que la vida anda. Nosotros hacemos nuestras elecciones y tenemos que aprender a vivir con ellas. Por el resto de nuestros días. Draco no creía, sin embargo, que podría vivir con esa elección en particular. Nunca se perdonaría haber causado tanto sufrimiento con su indiferencia. Era su culpa. Era su culpa que ella estuviera muerta. Que ella hubiera llorado tanto. Tanto dolor. El era el responsable de la melancolía en los ojos que tanto amaba. Muerta. Ella estaba muerta. Y era su culpa.

Dejándose caer al suelo, con la espalda apoyada a la baranda, Draco coloco su cabeza entre sus rodillas y lloro aun más. Ella estaba muerta y su vida acabada. No había esperanza. Ni niños de cabellos rojizos en su futuro. Ni risas. Ni sueños. Virginia, su dulce Virginia, estaba muerta.