Este relato esta basado en la novela de JK Rowling, Harry Potter. Desde ahí he partido para integrar personajes propios y crear esta historia con intención de alimentar mi imaginación y volverme parte (aunque fuese ambigua) de este fascinante mundo. No busco ningún crédito al escribir esta historia. Cualquier coincidencia con otro fanfiction es pura casualidad puesto que ya no soy consciente de lo que mi mente delira.
Gracias por leer,
Nyna
LA ALIADA
13
La marca de la muerte
—Ella... ella está... yo la... lastimé... —las lágrimas se derramaban de su rostro pálido, el sudor frío recorría su espina; sentía desvanecerse cuando vomitó, sintiendo parte del sufrimiento abandonarlo. La cabeza le daba vueltas. Cayó de nuevo contra la cama, mientras le daban otra píldora somnífera, pero la vomitó—. No... no la toques... no... —repetía y repetía en estado de shock, retorciéndose sobre la cama.
Se cruzó de brazos y empezó a arañarse mientras seguía repitiendo "Nyna... Nyna", con la mirada perdida. Debía de ser un sueño... debía despertar... no podía ser verdad...
No podían sacarlo de ese aparente trance; Madame Pomfrey no sabía que hacer, hasta que como último recurso Snape le arrojó un Desmaius que lo dejó tendido sobre la cama como un vegetal. Las imágenes volvieron a repetirse en su cabeza, una y otra vez, mientras veía, impotente de hacer algo, como la suave y blanca piel era cortada una y otra vez...
"Harry..." gemía. "Harry... Ayúdame... "
La puertezuela de madera se levantó y su espeluznante silueta salió de entre las tinieblas. Caminó cojeando hasta el hall.
—Ábrete —dijo raspante en un silbido, y la puerta obedeció.
El frío viento le congelo las lágrimas de las mejillas y la empujó contra la puerta. El sol todavía se ocultaba detrás de las colinas y la impenetrable oscuridad gobernaba. Salió apresuradamente. No tenía idea de a donde ir o en donde esconderse, pero la cordura ya no cabía dentro de su cabeza. Bajó la colina, cayéndose una y otra vez, rasgando la piel de sus pies y rodillas. Ingresó en la desierta aldea que yacía bajo la colina de la mansión, en una avenida desolada tratando de no volver a caer por el peso de su propio cuerpo malherido, mientras la neblina enturbiaba su marchita visión. Camina, camina, se repetía una y mil veces, tratando de olvidar el dolor. Caminó y caminó, pero no encontró a nadie, ni un alma en aquella despoblada aldea, que anduviera vagando por aquella madrugada helada. Se cayó sobre el empedrado, rasgando ahora la piel de sus manos y muñecas que gracias al frío ya no sentía. Se apoyó sobre ellas y se levantó; se volvió a caer, y volvió a levantarse.
El viento le cortaba el rostro, y congelaba la espina; su tacto ya había sucumbido. Por suerte ya no había nieve, pero aquel frío invernal todavía abundaba, siendo su único abrigo la túnica negra del Lord, que sostenía con dedos insensibles. La neblina y la luz del amanecer empezaban a oscurecer su visión por completo, mientras sentía su cuerpo ir abandonándola poco a poco. De repente, escuchó voces. Voces, gente... Trató de acelerar el paso, pero le era imposible; con cada paso sentía todo su peso casi muerto derrumbarse sobre sus entumecidos pies. Avanzó por la desolada avenida; parecían tan lejanas aquellas voces, casi como un eco en su cabeza, como voces celestiales llamándola a las puertas de la muerte. "Por favor... por favor... No se vayan", repetía, aunque ya no sentía a las palabras salir de sus labios. Caminó lo más rápido que pudo guiada por aquellas voces fantasmales, hasta encontrar a un par de hombres, o eso parecían ser bajo los gruesos tapados de piel. Sus voces seguían sonando turbias y distantes a pesar de la corta distancia que los separaba ahora. Ellos seguían hablando todavía sin haber notar su presencia, cuando por fin voltearon y vieron a la semidesnuda y ensangrentada joven que luchaba por mantenerse en pie. Se quedaron petrificados tratando de descifrar que hacer. Uno de ellos habló, pero las palabras no fueron captadas por sus oídos. Su visión finalmente se oscureció por completo y cayó a la tierra, pero esta vez no pudo levantarse más.
Mara bajaba del primer piso al escuchar un constante chirrido. La puerta delantera estaba abierta y el viento la golpeaba contra la pared. Se asomó pero no vio a nadie. Que raro, pensó. Y al voltear la mirada pudo ver la puertezuela del sótano levantada con una resaltante mancha de sangre en ella. Se abalanzó corriendo hasta ella y bajó rápidamente la escalinata de cemento. Cuando llegó no pudo distinguir nada en la penumbra.
—Lumus maxima! —y su varita cayó de su mano cuando pudo ver su peor pesadilla vuelta a ser realidad. Boca arriba, sobre el piso, yacía Lord Voldemort—. Mi señor! —exclamó horrorizada, abalanzándose sobre él— Despierte! ¡Señor!
Lo tomó entre sus brazos y tomó su pulso justo cuando el Lord se movió levemente. Una paz inundó el corazón de la mortífaga.
—Señor? Me oye? —preguntó corriendo unos mechones de cabello castaño de su rostro.
—Esa... maldita... —articuló quedamente, llevándose una mano al rostro—. Me... noqueó.
—Cómo dice?
—De alguna... manera... No sé como fue exactamente... Creo que bajé la guardia.
—Eso no importa ahora, señor. Tenemos que encontrarla. Escapó y de seguro debe estar dando vueltas por la aldea.
—Entonces debemos irnos —combinó apartándola para intentar levantarse y arreglar su vestimenta.
—Me esta diciendo que la dejemos ir? —inquirió horrorizada.
—Si ya llegó a la aldea no hay nada que hacer. Ya la deben de haber visto, y créeme, si es así ya medio pueblo debe de saberlo —se acercó a una luz del costado de los anaqueles y la prendió. Entonces Mara pudo ver la pálida cara de su señor y el arroyo de sangre que corría de su nariz a su boca.
—Se encuentra...?
—Estoy bien —dijo cortante, y limpió su nariz con la manga de la camisa.
—Y si mando a unos motífagos a la aldea...?
—Esta casa esta abandonada, recuerdas? No podemos ir así como si nada... Además tal vez tengamos suerte y no llegue muy lejos en su estado.
—Pero... y si sobrevive? A resultado tener más fuerza de la que pensábamos...
—Si lo hace terminara postrada en una cama en San Mungo, en el pabellón Psiquiátrico, luego de haber grabado algunos de mis hermosos recuerdos dentro de su cabecita... —contestó soltando una leve risa, que por el dolor, lo hizo llevarse una mano al pecho.
Mara se contuvo de volver a corroborar su estado y siguió hablando.
—Pero si sirvió para terminar aunque sea con su estado psíquico, valió la pena... Ahora ya no representa una amenaza para nosotros... Por qué esta seguro de que así, verdad? —la mirada de Mara se inquietó levemente.
—O sí... Aunque de todos modos vamos a tener que deshacernos de ella eventualmente... Pero hay que admitirlo, va a ser muy interesante ver su reencuentro con su amado... Es más divertido verlos sufrir y retorcerse que darles el placer de morir directamente... en ambos casos —y una sonrisa diabólica surgió en sus labios ensangrentados que relamió—. Bueno, debemos irnos, muy pronto este lugar ya no será seguro.
—Vamos a huir así como así? —preguntó todavía reacia.
—No estamos listos todavía, Mara querida. Además un golpe a la vez..., perdieron a la mejor aliada que pudieron haber conseguido, eso cuenta... No fueron un completo desperdició estos diez meses, además estoy débil... —y se apoyó sobre la ensangrentada mesa de grilletes derretidos—. Dejémoslos confundidos y temerosos, pronto llegara el momento... Pero espero que seas menos descuidada —y le dio una mirada de represaría—. No permitiré que esto se vuelva costumbre, no se volverá a escapar la próxima. Tarde o temprano todos caen ante mí, sean vivos o muertos.
Ron y Hermione, se habían situado en la entrada de la enfermería, tratando de poder entender lo que estaba sucediendo adentro. En el medio de la noche se había creado una revolución: los profesores entraban y salían de la enfermería y el Gran Salón, y diez aurores había estado registrando el colegio con varios miembros de la Orden. Nyna y Harry estaban desaparecidos y todos los profesores se negaban a comunicarles algo al respecto, pero ellos estaban seguros, por la presencia de Dumbledore dentro de la enfermería, de que Harry se encontraba a ahí. Los habían mandado a todos a sus dormitorios, pero bajo insistencia de Ron, se quedaron en el umbral de la enfermería. De lo único de lo que estaban seguros era que algo muy importante estaba pasando justo enfrente de sus ojos.
—Crees que tenga algo que ver con...? —le preguntó a su amiga desde una de las sillas contemplando la puerta como tratando de ver a través de ella.
—No puedo estar segura de eso, Ron, pero sea lo que sea no debe ser nada bueno... —y fueron interrumpidos por el resonar de los bajos tacos de madera de su profesora de Transformaciones que venía corriendo por el silencioso pasillo hacia ellos.
—Señorita Granger, Señor Weasley —dijo casi sin voz—. Deberían estar en sus habitaciones.
—Qué esta sucediendo, profesora? —le preguntó la castaña omitiendo aquel hecho.
—Me temo que no esta bajo mi poder el comunicarles eso, pero si el ordenarles que se retiren de aquí de inmediato —contestó severamente.
—Es Harry? —intervino Ron intranquilo.
—Váyanse a sus habitaciones, ahora! —la profesota parecía muy alterada, tanto como para infundirles miedo a los jóvenes.
—Sí, profesora —dijeron ambos y se marcharon escaleras arriba.
Sin más rodeos desembrujó la puerta y entró todavía agitada al interior de la enfermería.
—Albus, la encontraron! —clamó McGonagall caminando pasadamente por el cansancio hacia el director que se encontraba sentado en la cama del joven cabellos azabache con expresión agonizante— Qué le ha pasado? —preguntó sobresaltada.
—Cómo has dicho, Minerva? —exclamó incrédulo levantándose, omitiendo lo último; ya habría tiempo para explicaciones.
—La encontraron, a Nyna, un par de muggles en un pueblo llamado Hangleton.
—Esta...? —preguntó titubeante.
—Esta viva, pero apenas. Ahora esta en San Mungo. La trasladaron apenas reconocieron... bueno, creo que tendrías que verlo por ti mismo, Albus —y la voz de la mujer se apagó.
—De inmediato. Severus, encárgate de Harry hasta que vuelva. Minerva, reúne a todos y diríjanse de inmediato a Hangleton. Tal vez ya sea tarde para cuando lleguemos, pero quien sabe...
—Si, director —dijeron ambos profesores en tono autómata.
"Déjame... Déjame morir... "
De un sobresalto se irguió. El sudor frío se escurría de su frente y el gusto a vomito en la boca le revolvió el estómago. Hasta Snape se sobresalto.
—Te despertaste... —dijo fríamente el hombre—. Te sientes mejor?
—...—Las imágenes volvía a golpear su cabeza.
—Poppy te limpio —dijo como tratando de no ir al tema obvio.
—D-dónde... está Dumbledore? —preguntó al no notar la presencia del director, temeroso de imaginarse en donde se podría encontrar.
—...—volteó la mirada.
—La encontraron?
—Sí —dijo inexpresivo, todavía con la mirada en la ventana.
—Esta... viva? —hubo un momento de silencio hasta que su profesor de Pociones pudo contestarle.
—Sí.
—Quiero verla.
—...
—HE DICHO QUE QUIERO VERLA! —repitió histérico.
—No puedes, esta en San Mungo —el nudo en la garganta de Harry se pronunciaba cada vez más, pero no impedía que su voz siguiera sonando igual de furiosa y terca.
—No me importa, voy a ir.
—No te dejaré —y esta vez lo dijo mirándolo con sus penetrantes ojos negros.
—Lo haré de todos modos —y se puso de pie, enfrentando la mirada del ex motífago.
—No tienes tu varita. Cómo planeas hacerlo? —y fue acercándose a él, y Harry pudo ver su varita colgando del bolsillo del profesor—. No me obligues a desmayarte otra vez.
—Voy a ir de todos modos —contestó tercamente, como si aquellas fueran las únicas palabras que lograba conjugar. Snape elevó su varita amenazadoramente, cuando entró en escena Madame Pomfrey.
—NO SE ATREVA! No voy a permitir otra vez este tipo de tratos con mis pacientes! —y en esa fracciones de segundo Harry tomó su varita del bolsillo, y de un expeliarmus desarmó al hombre. Salió corriendo a toda velocidad de la enfermería, perseguido por tanto profesor como enfermera. Corrió por el desolado pasillo por donde la luz del sol ya empezaba a entrar. Bajó la escalera hasta el aula de Defensa contra las Artes Oscuras. Entró y embrujó la entrada; subió corriendo la escalera hasta el despacho y volvió a embrujar la puerta. Eso debía entretenerlos aunque fuera por un minuto. Se acercó a la chimenea, tomó un puñado de polvos flu y entró en ella. Justo en ese preciso momento la puerta del despacho de abrió.
—San Mungo! —gritó fuerte y claro, arrojando el polvo. Pudo ver las afiladas manos de su profesor casi atravesarlo cuando se disolvió en el fuego verdoso antes de encontrase en aquel túnel negro que pronto lo dejó caer sobre un blanco piso de mosaico.
No tenía mucho tiempo, Snape se aparecería en ese preciso lugar en cuestión de segundos. Se levantó del piso, haciendo llamar la atención de varios presentes en la recepción del hospital. Fue hasta el mostrador de información, colándose y empujando a varias personas a su paso.
—Vine a ver a Nyna Garcia... —dijo casi en un hilo de voz, mientras las voces de los enfadados pacientes le hacían capela.
—Tienes que hacer la fila —siseó cortantemente la recepcioncita.
—Es una emergencia... Ella... ella fue... —pero una palabrota de una anciana detrás de él lo interrumpió.
—Lo siento, tienes que hacer primero la fila —y justo en ese momento vio al guardia de seguridad acercándose por el reflejo de la ventanilla. Se echó a correr exprimiéndose los sesos para recordar los pisos del establecimiento. Cruzó el pasillo y llegó a las escaleras que empezó a subir sin dirección alguna. "Debe estar en el cuarto...", pensó al pasar el tercero. En el cuarto por fin se encontró con el sector de Daños Provocados Por Hechizos, tal y como rezaba el letrero junto a la escalera..., pero todavía no sabía la sala! Corrió por el infinito pasillo repleto de puertas y letreros, leyéndolos uno por uno. De una de las salas estaba saliendo un hombre con bata color verde lima sosteniendo una libreta. Se abalanzó sobre el hombre.
—Disculpe, me puede decir la habitación de Nyna Garcia? —preguntó abruptamente con ojos maniáticos, haciendo al sanador consultar su cartelera.
—Garcia? —confirmó tembloroso, y Harry asintió—. Esta en esa sala detrás de ti, habitación noventa y seis —y la señaló con la mano—. Pero no puedes entrar! —pero Harry ya había entrado en ella de un arranque.
Un extraño hedor se albergaba en la sala. Como a carne chamuscada, y pudo ver en una de las camas a... una persona cubierta de quemaduras de cuarto grado sumergida en una sustancia transparente amarillenta en lo que parecía ser una tina también trasparente. Una poción de regeneradora de piel, de seguro. Y junto a esa habitación vio a un par de sanadores tratando de ubicar bien el brazo de un hombre para luego hechizarlo y pegárselo una vez más; pero el espectáculo tampoco era muy agradable: el brazo estaba rígido y blanco, como si hubiera sido congelado, y el hombro presentaba signos de gangrena. Esa sala era algo así como tratados intensísimos, y temía pensar en el estado en que estaría Nyna. Continuó cruzando las habitaciones, tratando de no ver el contenido, sino nada más que la numeración, mientras se tapaba la boca para no volver a vomitar.
Casi al fin del casillo se encontraba aquella anhelada y a la vez temida puerta. Se detuvo en seco al ver el noventa y seis en números doradas. Temía empujar la puerta, temía no haber llegado a tiempo y que ya...
Deseaba tanto que tanto despertar, que todo fuera una pesadilla... que lo que hubiera visto haya sido, en efecto, una pesadilla y que Nyna no estuviera ahí tal y como la había visto...
La puerta se deslió lentamente sobre el blanco piso, dejando a la luz del lugar cegarlo. Se encontró con la espalda de Dumbledore, quien se volteó al instante, pero su figura todavía le impedía ver la cama, aunque la expresión de su cara parecía decirlo todo... Se acercó a la cama, arrastrando los pies. El adulto no hizo nada para detenerlo. Sobre la cama yacía aquel cuerpo delicado y frágil cubierto en tajos, por los que se veían las capas internas de piel; la hemorragia se había detenido, pero había dejado su firma en las sabanas blancas. La expresión de su rostro estaba entre el dolor y la agonía. Su cabello rubio antes brillante y largo, ahora estaba cortado y cobrizo, por las heridas de su cabeza.
Se acercó temblando, haciendo a un lado al director. Se arrodilló en el costado izquierdo del lecho, incapaz de tocarla. Sentía el mismo hedor de aquel sótano todavía sobre ella. Recordaba lo que le había pasado... lo que le había hecho...
—Harry... —dijo el hombre en un hilo de voz.
—Váyase —contestó cortante y frío sin dejar de mirar a Nyna mientras las lágrimas se derramaban de su palidez.
—Harry, no pude hacer nada...
—CLARO QUE PUDO! —vociferó— Usted sabía de Mara y de... de... Él..., pero no la protegió!
—No puedo hacer nada por las personas que no piden mi ayuda. Ella no la quería.
—PERO USTED DEBIÓ DETENERLA! —y esta vez se levantó para enfrentarlo y mostrar sus rojos ojos por el llanto.
—Lo siento... —dijo quedamente detrás de sus lentes medialunas algo turbias.
—OH, créame! No lo hace... —y se volví hacia la joven inconsciente, y se arrodilló una vez más. Sintió la puerta cerrarse detrás de él. Se apoyó sobre su brazo y ya no pudo reprimir más sus sollozos.
—N-Ny... na —dijo tratando de tragar, pero la joven seguía suspendida en aquel sueño en el cual las lágrimas ensangrentadas resbalaban de sus mejillas. Acercó su mano temblorosa a su rostro, tratando de sentir su calor, y al leve roce de sus dedos, Nyna reaccionó abriendo sus ojos carmesí ensangrentados. Su mirada se clavaba en el techo del cuarto—. Nyn...a? —repitió, pero ésta seguía sin mirarlo. La expresión vacía de su rostro daba la impresión de que estuviera muerta... aunque fuera por entro. La tomó de la mano cubierta de gasas; haciéndola reaccionar de inmediato y ahogarlo con sus penetrantes orbes.
—No lo... mates... —le susurró con sus ojos carmesí rígidos del llanto—. No los mates... No... no me toques... —Harry soltó su mano, estremeciéndose. Los profundos ojos rojos ahora se clavaban en su cicatriz, pero ella seguía sin ni siquiera parpadear con una mirada carente de sentimiento—. Me quema... arde... —y trató de mirarse el pecho, en donde empezaba a dibujarse algo bajo la camisola blanca, en sangre, manchándola. Acercó su enmendada mano lentamente y corrió la ropa, debelando sobre su pecho izquierdo un rayo igual al de Harry, grabado en la pálida piel—. Esta... —pronunció en voz muy clara y fría— es tu propia marca de la muerte, aunque algo rustica, hecha con un cuchillo mágico... Este es mi besó de la muerte, niña mía... AHHHH! —y el aullido transformó su cara. Cada músculo de su cuerpo se tensó para luego empezar a convulsionarse. De las heridas volvió a emanar sangre, mientras ella gritaba de dolor sin para de repetir— Sal de mí! Sal!
En ese momento dos sanadores entraron en la habitación, empujando a Harry con la pared. Uno de ellos tomó a Nyna de las muñecas y la echó contra la cama.
—La tocaste! —le preguntó uno de ellos, acorralándolo contra la pared al notar su presencia.
—S-sí...
—NO TIENES QUE TOCARLA! —le gritó desesperado antes de dirigirse a la puerta—. Código azul! Rápido!
Dos enfermeras acudieron al llamado del sanador con un carrito de pociones. Harry se hizo a un lado mientras veía la lucha de los dos sanadores y una de las enfermeras por mantener a Nyna contra la cama, mientras la otra enfermera parecía estar buscando una de entre las miles de pociones del carro.
—TÚ! —le gritó nuevamente el senador—. VETE DE AQUÍ! Qué no has hecho suficiente? —y el chico salió a corriendo del cuarto, para toparse con su director.
—Q-qué...? —le preguntó ahogadamente temblado.
—No lo sé, Harry... Ninguno de los sanadores sabe que es lo que hacía el cuchillo con el que la cortaron, ni tampoco exactamente como detener sus ataques de psicosis...
—No va... a ponerse mejor... nunca?
—No lo sabemos... —contestó más bajo. Las piernas de Harry por fin lo dejaron derrumbarse en el suelo.
—NO! NO, NO, NO! —gritó tan alto, hasta sentir su garganta partirse, golpeando con sus manos el mosaico, intentando liberar su dolor con cada punzada en sus débiles puños, hasta caer sobre sus manos entumecidas y mojarlas con lágrimas ensangrentadas.
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:NoTe DeLLa ScRiTToRa:
Está en proceso el último capítulo! Sean pacientes...
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