Disclaimer: Ninguno de estos personajes me pertenecen. Son todos propiedad de J.K. Rowling, excepto alguno que no conozcan.
Nota de la autora: Creo que esta vez no tardé tanto... ¿cierto?
Gracias a Paula Moonlight, Salube, DY, DamaoscuraDePiscis, Ashley, Luna Riddle, anna, hata shinomori, Emi, Noir, por sus comentarios.
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Way Towards the Past
Capítulo 4
Tres semanas habían pasado desde que Harry había llegado a la época de los fundadores de Hogwarts. Tres semanas habían transcurrido desde la masacre más grande que hasta el momento se había registrado en la historia. El ataque hacia aquella ciudad muggle había tomado a todos por sorpresa, no sólo porque el ataque en sí había sido repentino, sino porque se había producido de forma muggle y a gran escala.
Harry había imaginado que, estando lejos de su tiempo, allí no habría ninguna clase de peligro, ningún señor oscuro del cual cuidarse. Pero se equivocó. En esa época también lo había, y uno bastante poderoso, del cual nadie sabía su nombre, según había escuchado de una conversación entre Rowena y Godric la mañana luego de la masacre.
En todo aquel tiempo, Harry había estado demasiado ocupado para darle vueltas a ese enigma. Recién hacía tres semanas que se encontraba en el castillo y el asunto del señor oscuro desconocido no era su problema. Tressemanas en las cuales el más joven estaba sometido a duros y extensos entrenamientos, tanto muggles como mágicos, teóricos y prácticos.
Lo primero que había aprendido, como Godric Griffindor le anunció su primera mañana en el castillo al ver su desconcierto, fueron las más importantes costumbres de las familias de clase media y baja de aquel tiempo.
Sonrió al recordar las tediosas pero entretenidas clases con Salazar. El hombre le había estado insistiendo de que, sino se podía aprender esas sencillas "pautas de la buena convivencia", (como las había denominado en su primera clase), le iba a ser imposible integrarse en la sociedad de aquella época. Tal vez las palabras de Slytherin fueron algo duras y directas, pero sin embargo Harry sabía lo cierto que resultaban ser. No podía seguir viviendo en un lugar en el cual no iba a lograr adaptarse por no aprender sus tradiciones y costumbres.
Y Harry ahora sí podía afirmar que se encontraba en condiciones de sobrevivir por un tiempo en compañía de los fundadores. Le había llevado algunos días memorizarse las costumbres y tradiciones más importantes, no que las necesitara de inmediato, pero era mejor prevenir.
Otra cosa en la que Harry estaba siendo entrenado, era en la importante lucha con espada y en la pelea cuerpo a cuerpo con Griffindor. Dos días después de su inesperada llegada, Harry había decidido confiarle a los cuatro fundadores la tarea que le había sido asignada tiempo antes de que naciera y de la que no tenía más que dos opciones: matar o morir. Había revelado aquel secreto que ni siquiera había compartido con sus mejores amigos. Les había dado a conocer aquella famosa profecía que lo marcó como un igual ante el señor oscuro.
Sabía que estando allí, ni Lord Voldemort ni sus mortífagos iban a poder fastidiarle la existencia, y había decidido aprobecharlo. ¿Qué mejor que aprender directamente de los fundadores de Hogwarts? ¿Qué mejor que disfrutar al máximo de aquel indefinido tiempo en que estaría lejos de su verdadero tiempo, para aprender la mayor cantidad de cosas posibles? Estaba conciente que muy pocas personas eran las que tenían aquel privilegio, y él no iba a desaprovecharlo.
-Me parece una excelente decisión por tu parte, -le había dicho Rowena,- debes explotar tu nivel mágico lo más que puedas.
-Nosotros podemos enseñarte nuestras especialidades, -agregó Helga suavemente,- pero tienes que ser tú quien decidas.
Y vaya si había aceptado la propuesta que le hicieron aquel día. Lo menos que Harry podía hacer durante esas semanas era descansar. Llegaba a la noche a su habitación, y al apenas tocar su almohada, ya estaba sumido en un profundo sueño. Aquellos días eran tan agotadores que ya no tenía las terribles pesadillas que lo atormentaban durante todo el tiempo que había estado en el verano con los Dursley.
El lunes comenzaba la lucha con espada a las 8 de la mañana hasta las 12 del mediodía con Godric Griffindor, quien resultó ser un maestro en el arte. Los primeros días Harry quedaba tan exhausto después de sus clases, que Godric tuvo que emplear distintos métodos y amenazas para que su aprendiz no se cansase demasiado.
Continuaba a la una hasta las 3 con el arte de la meditación, dictada por Helga Hufflepuff. A Harry le había resultado un poco complicado al principio, pero con el pasar de los días fue acostumbrándose. Debía tratar de encontrar su núcleo mágico para así, poder comenzar a liberar su poder y facilitarle la magia a su cuerpo.
De tres a siete Rowena Ravenclaw le impartía clases de Animagia y magia sin varita. Por ahora no habían hecho más que teoría, teoría y teoría, pero Rowena le solía explicar cada vez que Harry protestaba de la cantidad de libros que tenía que leerse, que esta rama de la magia era una de las más importantes. La magia sin varita en la época del joven se había perdido, lo cual era una gran desventaja en una batalla. Si perdías tu varita a manos de tu contrincante, era difícil que pudieses ganar la pelea. En cambio, si aplicabas esta habilidad, no todo estaba perdido cuando quedabas desarmado. Por otra parte, la animagia podía ser muy útil a la hora de ocultarse de algo o alguien, y era mejor cuando sólo un pequeño grupo sabía de tu animal, dado que iba a resultar más veneficioso a la hora de actuar.
Esta conversación le hizo recordar a su padrino, un gran perro de pelaje negro y espeso, que hacía poco más de un año y medio solía esperarlo en aquella forma, cerca del pueblo de Hosmeade, huyendo de los dementores de Azkaban y del ministerio muggle y mágico. Arriesgando su vida por ir a visitar a su único ahijado.
Harry, de lo contrario a como había actuado las veces anteriores a la memoria de Sirius, esta vez no lloró, sino que sonrió. Él y su padre, estubiesen donde estubiesen, estaban orgullosos de él. Siempre había querido ser un animago, y ahora iba a conseguirlo.
Su horario de los lunes continuaba a las ocho con oclumancia y legeremancia hasta las diez, con Slytherin. El joven le había tomado como una especie de repulsión a la materia, con tan sólo escuchar el nombre, por todo lo vivido el año anterior con Severus Snape, y las consecuencias de no haber aprendido bien a cerrar su mente. Esto le dificultaba muchísimo a la hora de concentrarse en lo que Salazar le pedía, y le facilitaba demasiado el trabajo al fundador. Debía practicar todas las noches el cierre a intrusiones agenas sobre su mente.
-Sabré si lo has hecho. –Le había dicho Slytherin cuando Harry abandonaba su despacho, tal como lo había hecho Snape antes, en determinadas ocasiones.
Y desde las diez en adelante, Harry no existía para el resto del mundo. Volvía a despertarse a las ocho de la mañana del martes para desayunar y, a las 9, comenzar con su primera clase del día: transformaciones con Griffindor, hasta la una del mediodía. Tenían que volver a reforzar ciertos hechizos básicos que, el joven Griffindor ya había olvidado, o a los cuales no le había prestado ni la más mínima atención mientras la profesora McGonagall los explicaba.
A las 14 horas y hasta las 19, Harry era enviado a la enfermería en compañía de Helga Hufflepuff, a sus clases de medimagia básica. Había preguntado de qué le iba a servir esas clases en un futuro, pero los fundadores sólo sonrieron.
-Nunca sabes con qué cosas puedes enfrentarte en una guerra, Harry. Debes estar preparado para todo. –Le habían dicho, y ahora se daba cuenta de la razón que tenían, y de lo estúpida que había sido su pregunta.
Harry había descubierto que la medimagia no era para nada aburrida. Como había hecho en la clase de animagia con Rowena, primero habían empezado con la teoría, y más tarde iban a poder llevarlo a la práctica, si todo salía como Helga lo esperaba.
A las 20 horas, luego de haber terminado con su cena, Harry y Salazar se dirigían al despacho de este último como el día anterior, para la misma clase: oclumancia y legeremancia. Debía tomar 2 horas diarias de esa materia, ya que al poseer aquella conexión con Voldemort, era necesario que las tuviese todos los días, de lunes a viernes.
Los miércoles, su primera clase en la mañana era adivinación, con Rowena, a las 8 hasta las 12. Aquellas clases no se parecían absolutamente en nada a las de Sivill o Firence. No, estas clases eran muchísimo más interesantes, porque Rowena Ravenclaw era una auténtica vidente. La fundadora le había dicho en su primer día, que no necesitaba ser un vidente para que la adivinación funcionase. Con mucha práctica y esfuerzo por su parte, iba a poder lograr lo mismo que un vidente de naturaleza.
A las 14, Salazar Slytherin era el encargado de impartirle clases de artes oscuras, las que Harry más había estado esperando. Debías conocer a tu enemigo y, como Lord Voldemort era un experto en esa área, debía conocer lo mejor de las artes oscuras para, por lo menos, tener alguna posibilidad de defenderse ante él.
Salazar había comenzado su discurso advirtiéndole al joven:
-Mira, aquí aprenderás toda la rama de las artes oscuras, maldiciones imperdonables, destructivas, rituales... pero es mi obligación advertirte, que cualquiera de estas maldiciones, hechizos, rituales, etcétera, están prohibidos en nuestra comunidad. Está bajo tu propia responsabilidad el saber utilizarlos, porque las artes oscuras pueden llegar a controlarte, si no sabes controlarlas a ellas. Al fin y al cabo, son las intenciones del mago, quien convierte a la magia en peligrosa.
Y desde ahí, Slytherin había tenido la razón. Aquellos conjuros eran demasiado... malignos, para estar utilizándolos por la vida como si fuese lo más normal.
Al día siguiente, Harry se levantaba a las 8 y, luego de tomar su desayuno, debía dirigirse a sus clases de ruinas antiguas y lenguas olvidadas con Griffindor. Al principio el joven había estado bastante perdido con el tema, pero al fin, resultó ser una de sus clases preferidos.
Godric Griffindor descendía de una familia cuyos ancestros más lejanos pertenecían a otra raza y, por eso sabían comprender las distintas lenguas del mundo mágico.
A las 15 horas, Rowena volvía a impartirle clases de animagia, hasta las 19, hora de la cena.
Por el viernes, el horario era parecido al del martes, con la diferencia de que, en lugar de comenzar a las 9 de la mañana, Godric había decidido comenzar a las 8, para ganar más tiempo y así poder abanzar más en el temario.
A las 14, una vez finalizado el almuerzo y hasta las 16, Harry recibía intensivas lecciones de pociones con Slytherin. El fundador (tal como Harry se lo esperaba) no era paciente en el tema de las equivocaciones con sus pociones, sino que sostenía la idea de que, si algo salía mal, era porque no tenías la concentración necesaria.
-Todos somos capaces de realizar hasta la más complicada de las pociones. –Le había dicho la vez en que Harry había dado por imposible una poción del sueño, pero más fuerte que la habitual.
A las 16 y hasta la hora de la cena, el joven era instruido por Ravenclaw en la animagia, como en los días anteriores.
Era entonces, que los únicos días que el joven tenía libres, se los pasaba en la biblioteca del colegio, tratando de encontrar alguna respuesta que le dijese por qué se encontraba allí. Sospechaba que algo tenía que ver con aquella daga que Bellatrix le había lanzado en Privet Drive.
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Unos toques suaves sonaron en la puerta, interrumpiendo al hombre que se encontraba escribiendo sobre unos pergaminos.
-Adelante. –Dijo suspirando y colocando la pluma sobre su escritorio y cerrando el tintero.
Un joven de cabello negro azabache entró en el despacho, dándole una mirada de reojo a los papeles sobre el escritorio.
-Bien, Harry, eres puntual. –Comentó Salazar de repente.- Comencemos con nuestra clase... ¡LEGEREMENS!
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Agos Malfoy
Miembro de muchas órdenes.
