FELIZ NAVIDAD! :D


Capítulo 2

Duele… mucho… ¡Dios!

La expresión en su rostro había cambiado. Por un momento quedó en shock y después comenzó a retorcerse con una terrible mueca de agonía grabada en sus delicadas facciones.

Tomé conciencia del regusto de su sangre que aún tenía en la lengua y me di cuenta de lo que estaba pasando: mi veneno comenzaba a circular por sus venas.

- ¡¿Qué he hecho?

Había mordido su apetecible cuello, inyectando mi veneno en su cuerpo, pero no la había matado. Aunque débil su corazón había seguido latiendo y ahora, con cada latido que se volvía más fuerte cada vez, comenzaba a llevar el veneno que la transformaría en alguien como yo a cada rincón de su cuerpo.

Me odié, me desprecié, me aborrecí por haberle hecho eso. Cuando creí que podía haberla matado, siendo ella una inocente victima de las circunstancias, pensé que era el peor monstruo que pudiera existir. Ahora que veía que ella se iba a transformar en alguien como yo, un ser despreciable, muerto y helado, que asesinaría humanos a sangre fría para poder alimentarse, admití que realmente era la peor escoria que podía existir en el mundo, por condenar a una criatura sin culpa a una existencia repugnante como esa.

Ella dejó escapar un entrecortado aullido de dolor. Yo sabía que pronto se volvería aún peor y sin detenerme a pensar la levanté en brazos y corrí.

No tenía un lugar a donde ir. En cada ciudad por la que pasaba me quedaba apenas unas noches así que nunca me preocupé por conseguir una residencia o algo en ningún lugar. Esta era apenas mi primera noche en Princeton y no tenía la menor idea de qué dirección tomar. No podía esperar demasiado. Los gritos de la chica en cualquier momento se volverían demasiado fuertes y prolongados como para ser ignorados y entonces estaría en problemas.

Corrí hacia las afuera de la ciudad, intentando por lo menos alejarme de cualquiera que pudiera escuchar o ver la escena que se desarrollaba. Fui por un camino que se volvía cada vez más rural y en cuestión de un minuto me encontré en un amplio terreno de pradera que no tenía muestras de civilización además de un par de casas pequeñas que aún estaban cerca de la ciudad. Continué dejando atrás las casitas y rápidamente no había nada a mi alrededor. Estaba solo con excepción de la chica que se retorcía en mis brazos.

Seguía corriendo, intentando encontrar un refugio antes de que amaneciera, pero no había nada, y con la chica gritando como poseída no podía arriesgarme a simplemente encaramarme a la rama de un árbol en algún pequeño bosque.

De pronto, como por arte de perfecta y oportuna magia, apareció un caserón a menos de medio kilómetro a mi derecha. Corrí hacia allá y antes de llegar me di cuenta, con alivio, de que estaba completamente abandonada y prácticamente en ruinas.

Entré en un segundo a través del hueco en donde antes seguro había una puerta. Las paredes se caían a pedazos, faltaban grandes trozos de techo y de suelo, los pocos muebles que quedaban estaban casi destruidos y todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo.

Detrás de una puerta encontré las escaleras que bajaban al sótano, poco menos que una habitación grande, húmeda y fría, con suelo de tierra y sin siquiera una pequeña ventana que permitiera la ventilación. Era perfecto.

En el espacio tan solo había unos cuantos sacos medio llenos de semillas de girasol. Los acomodé en el rincón más alejado de la puerta y luego los cubrí con mi abrigo formando una especia de colchón donde deposité con cuidado a la pobre muchacha que gritaba con verdadera agonía.

Seguramente no era un lugar muy cómodo pero al menos era menos duro que el suelo. Eso no tenía la menor importancia. Lo que menos iba a sentir la chica en esos momentos era la comodidad o la falta de ella en el lugar donde se encontraba, no cuando lo único en lo que seguramente podía concentrarse era en el fuego insoportable que le achicharraba cada vaso sanguíneo y cada tejido en su vulnerable cuerpo, aún humano.

Recordaba con escalofriante claridad la sensación de la transformación. El dolor insufrible e interminable. La convicción de que me estaba quemando vivo y a pesar de eso nunca perdía el conocimiento. El ruego que se repetía como un bucle infinito en mis atormentados pensamientos: ¡Mátenme!

Suplicaba la muerte una y otra vez y nadie tenía piedad de mí. Si aún la tuviera, hubiese apostado mi alma a que esta chica quería lo mismo. ¿Sería capaz de mostrar con ella la clemencia que nadie me había mostrado a mí? ¿Podría terminar con su sufrimiento de una vez por todas?

Sin lugar a dudas, eso sería lo más sensato. Yo no podía hacerme responsable de ella si es que se convertía en una neófita, y seguro cuando ella se diera cuenta de en qué se había convertido, renegaría de su existencia y buscaría la muerte, que la eludiría, por todos los medios.

Acabar con su vida ahora solucionaría ambos problemas. Era sencillo, lo único que tenia que hacer era presionar la palma de mi mano contra su pecho, con suficiente fuerza para romperle los huesos y aplastar su corazón antes de que la transformación terminara.

Me acerqué a ella con la débil intención de terminar con el asunto. Ella era más fuerte de lo que hubiera creído. Mantenía los dientes y los puños firmemente apretados, se retorcía de dolor pero con una extraña y lenta cadencia, los sonidos que brotaban de su garganta todo el tiempo eran gemidos ahogados y ocasionalmente dejaba escapar un grito que reprimía rápidamente. Lloraba, por supuesto, pero solo pude notarlo cuando, al acercarme, vi el brillo húmedo sobre sus mejillas y empapando sus pestañas.

Me arrodillé junto a ella pero en vez de hacer lo que tenía que hacer, tomé sus crispados dedos entre mis manos. Le susurré cuánto lo sentía, le pedía que resistiera y le prometí que se acabaría. Frotaba su delicada mano entre las mías. Ella me apretaba con toda la fuerza que tenía y varias veces sus bellos ojos de color chocolate se fijaron en mí, con las lágrimas y el dolor brillando en ellos. Sentía un nudo en la garganta al verla sufrir de esa manera, aunque no entendía por qué ese sentimiento era distinto de la compasión que ya había sentido antes por un humano, o incluso de la que alguna vez sentí durante un fugaz momento por Carlisle, al pensar cuanto sufría con la profesión que había elegido. Carlisle…

Recordé que en mi propia transformación, a través del dolor y la desesperación, a veces distinguía el rostro de Carlisle junto a mí, susurrándome palabras de consuelo y frotando mi mano tal como yo hacía con esta muchacha. ¿Se habría sentido él igual que yo en estos momentos, dudando entre dejar que el veneno actuara y asesinarme?

A pesar de poder hacerlo, yo no leí sus pensamientos acerca de mis días de transformación. En realidad no sentía mucha curiosidad al respecto y prefería dejar los pensamientos de Carlisle tan en privado como pudiera. Sin embargo, sentía que el nunca había dudado de su decisión como yo lo estaba haciendo ahora. Carlisle es muy fuerte y siempre sabe los movimientos que debe hacer. Además lo notaba en su mirada. Antes de dejarlo, cuando me miraba y veía el amor paternal brillando en sus ojos, estaba seguro de que nunca se arrepentiría de haberme salvado. ¿Sería igual para mí con la chica?

La chica. Ni siquiera sabía su nombre y a pesar de eso, cada minuto que pasaba podía sentir hacia que lado se inclinaba mi decisión. No podía matarla, aunque veía como sufría, aunque su futuro pudiera ser igual de despreciable que el mío. Simplemente no podía pensar en la posibilidad de que ella dejara de existir, me parecía que era aún peor de lo que estaba sucediendo.

Era una reacción ilógica. No la conocía, no tenía idea de cómo pensaba o qué esperaba ella de nada, no debería sentir nada por ella. Pero lo hacía. Sentía algo, no sabía qué, pero ahí estaba. Una sensación en la boca del estómago que se fortalecía con cada minuto, y que vibraba al compás del latido desenfrenado de su corazón.

No lo haría. Dejaría que el veneno actuara transformando su cuerpo hasta convertirla en inmortal. Cuando fuera inmortal, igual que yo, dispondría de una cantidad de tiempo ilimitado para lograr que ella me...

¿Me que? ¿Qué podría querer yo de esa humana desamparada que en breve dejaría de serlo? ¿Qué era lo único que pediría si pudiera elegir?

Redención, perdón, aceptación, indulgencia. Eso era cuanto podía pedir de ella, después de haberle quitado su vida y, probablemente, también su alma. Solo podía aspirar a que ella me perdonara alguna vez, que entendiera y aceptara que yo no había querido tomar nada de ella, y que había sido mi estúpida impaciencia y sobre valorada confianza las que me habían llevado a esa fatal encrucijada.

Un agudo e inesperado grito me hizo saltar y el nudo en mi garganta se tenso aún más.

- Tranquila. Ya pasará –- le dije mientras acariciaba su cabello. Quise poder llamarla por su nombre pero en su mente no había ningún pensamiento o recuerdo que me dieran una pista de él. Cuando toqué su cabeza ella me miró y sus ojos del color del chocolate derritieron mi corazón de hielo con su calor. Había dolor y angustia en ellos pero también vi, por unos breves momentos, el brillo de algo dulcemente tierno y sentí un apretón más fuerte en la mano que todavía sostenía la suya. Tal vez estaba agradecida de no estar sola, de que alguien intentara consolarla.

Otro grito rasgó el aire y yo cerré los ojos con fuerza, deseando ser lo suficientemente fuerte y sensato para terminar con un sufrimiento que no hacía más que empeorar y que apenas comenzaba. Pero no podía. Y menos después de haber visto ese brillo suave y gentil en sus ojos, aún en medio de tanto dolor. Ese brillo que había encendido en mi muerto corazón una pequeña llama de esperanza.

No sabía que esperaba en realidad. Solo era consciente de la sensación ansiosa en la boca del estómago y el deseo, irracional y cada vez más fuerte, de que ella, algún día, sintiera por mí algo más que condescendencia.

Un penoso gemido ahogado y otro apretón en mi mano. Deseé ser fuerte y terminar con su sufrimiento. Pero yo no podía soportar pensar en que si lo hacía, jamás sabría su nombre, jamás escucharía su risa y sus hermosos ojos jamás se fijarían en mí de nuevo. No podía permitirlo.

Acaricié su frente una vez más y llevé su mano a mi boca, para besarle el dorso con ternura.

- Lo siento. Soy demasiado egoísta.


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