Algo tarde pero... Feliz Año 2012! :D
Capítulo 3
Casi cinco días habían pasado desde que comenzara la transformación. En todo ese tiempo no me moví de su lado ni un instante y pude apreciar los graduales e impresionantes cambios en ella.
La piel quemada en la nariz y las mejillas se volvió suave, lozana y blanca. Cada músculo obtuvo tono y firmeza. Las hebras del cabello que antes estaban opacas y quebradizas ahora se ondulaban graciosamente en largos mechones brillantes y terriblemente suaves. Las manos maltratadas adquirieron la delicadeza que se les había negado tanto tiempo y, aunque no podía verlo, estaba seguro de que el cuerpo femenino, cubierto por completo por aquellas ropas de hombre demasiado grandes para él, había perdido la delgadez de la desnutrición para revelar la hermosura de las curvas femeninas que siempre debieron estar ahí.
A medida que su cuerpo abandonaba la fragilidad junto con su humanidad, los pensamientos, si bien seguían siendo atormentados, recuperaban la agilidad y la fuerza, adquiriendo nuevos grados de raciocinio. Este cambio, sin embargo, pude apenas apreciarlo, ya que mientras su cuerpo se fortalecía, también lo hacía la barrera que antes me había mantenido fuera de su mente. El tono de sus pensamientos bajo de intensidad, y me fue cada vez más difícil entender algo de ellos hasta que finalmente dejé de escucharlos por completo.
La ansiedad invadió mi cuerpo por un momento eterno, justo cuando percibí que el cambio estaba a punto de concluir. El calor y la suavidad habían huido de sus extremidades, dejándolas frías y duras. Los dedos crispados habían terminado por perforar los sacos debajo de ellos por la fuerza con que se sujetaba. Ahora, según recordaba, todo el calor comenzaría a concentrarse en su corazón conduciéndolo a un ritmo frenético y redoblando el dolor que hasta entonces había sentido. Era lo peor de la transformación.
En efecto, su temple se resquebrajo bajo la intensa agonía y su cuerpo reaccionó involuntariamente tensándose y arqueándose en formas antinaturales que de otra manera le hubieran partido el cuello y la columna vertebral. Sus dientes se apretaban tanto que rechinaban y ni siquiera así era capaz de contener los aullidos de dolor.
Finalmente después de lo que me pareció una eternidad el latido de su corazón se acelero a tal grado que formo una sola nota sostenida en mis oídos, su espalda se arqueó formando un perfecto ángulo de ciento ochenta grados y ella dejó escapar un alarido agudo y doloroso que me dejó helado. Y entonces terminó.
Su cuerpo se derrumbó y ella exhaló con un profundo suspiro de alivio. Sus manos agarrotadas se relajaron y su hermoso rostro quedó inexpresivo.
Sus párpados se abrieron repentinamente y pude ver el intenso color escarlata que llenaba el iris.
Sus ojos se movían erráticamente de un lado a otro pero ella se mantenía quieta. Podía adivinar que se estaba sintiendo muy confundida en ese preciso instante. Extendí la mano muy lentamente y toqué su brazo para intentar calmarla, pero a mi contacto ella se alejó con brusquedad. En menos de un segundo estaba pegada a la pared del sótano, a un par de metros de mí. Se veía asustada, más que por mi presencia, por la velocidad con que había efectuado ese movimiento.
Como si no estuviera segura de lo que veía alzó su mano enfrente de su cara y movió los dedos lenta y deliberadamente. Ella parpadeó varias veces. Luego, con la otra mano, tocó su mejilla, presionándola con la punta de los dedos y después descendió hasta su cuello donde cubrió con toda su mano el lugar exacto donde yo la había mordido.
- No estoy muerta – dijo en un susurro angelical con una voz como de campanillas del mas fino cristal cortado. Un estremecimiento me recorrió al escucharla por primera vez.
Bajó la mano que aún mantenía frente a su cara y siguió palpando su cuerpo con la mirada perdida en el espacio frente a ella. Tocaba su cara, su pecho, su abdomen y sus caderas como si no pudiera creer que ella fuera real. Por un momento me vi transportado a una efímera y completamente extraña fantasía, en donde eran mis manos, y no las de ella, las que recorrían su cuerpo con ansia y dulzura a la vez. Un ajeno y placentero escalofrío me recorrió la espalda ante ese pensamiento.
El pensamiento se desvaneció cuando sus ojos escarlata se concentraron en mí. De inmediato frunció el ceño y entreabrió la boca como si quisiera decir algo. Llevó su mano a su cuello de nuevo y supe que me recordaba. Una inesperada vergüenza me invadió al darme cuenta de ello. Sin quitar la mano de su cuello, bajó los ojos, pensativa y luego colocó la otra mano sobre su pecho, a la altura de su corazón quieto.
- Pensé…
No completó lo frase pero yo sabía qué era lo que había pensado. Después de un sufrimiento como el que había pasado no era posible seguir vivo ¿cierto? E irónicamente, no estaba viva, pero tampoco muerta.
- No estás muerta – dije respondiendo a su primera afirmación -, pero ya no eres la misma de siempre. Te has transformado.
Se irguió y pegó su espalda y sus manos a la pared detrás de ella. Continuaba mirándome con el ceño fruncido en clara señal de desconfianza.
- ¿En que? – me preguntó con la voz firme y desafiante. Aquello me trastornó de un modo extraño. Sin detenerme a pensarlo me acerqué a ella a mi velocidad normal. Ella me siguió con los ojos y únicamente los entrecerró cuando notó la velocidad a la que me movía, tan rápido como ella. La primera señal de comprensión cruzó por su rostro en ese momento.
La miré fijamente y recordé su rostro humano. Era bello pero demasiado frágil. Lo comparé con sus facciones inmortales y me pareció que no podía ser más perfecta. El convertirse en vampiro simplemente había mejorado lo que ya era hermoso. Después recordé mi deseo de tener tiempo ilimitado a su lado y por primera vez todas las dudas me abandonaron.
- En lo que siempre debiste haber sido – le contesté con voz profunda cargada de emoción.
La cautela no abandonó sus ojos mientras me miraba, pero no se sobresaltó ni me rechazó cuando levanté la mano para acariciar su suave pómulo con las puntas de los dedos. Sus hermosos labios se entreabrieron y ella también acarició mi mejilla.
No pude evitar que un estremecimiento me sacudiera, aunque el profundo surco entre sus cejas me dejó saber que ella repetía mi gesto especulando y comprobando, y no acariciando como yo. Bajó su mano y la colocó en mi pecho, sintiendo la misma quietud que había sentido antes en el suyo.
- Tú me… mordiste… - dijo con un susurro alternando la mirada entre la mano que estaba en mi pecho y mis ojos de color escarlata, no tan intenso como el suyo.
Tragué el nudo que se formó en mi garganta y asentí, sin dejar de mirarla.
Ella retiró su mano y dejó los brazos inmóviles a los costados. Tenía la mirada gacha pero aún así podía percibir que sus ojos seguían moviéndose nerviosos a uno y otro lado. Parecía que estuviera intentando recordar, o tal vez, analizando todo lo que estaba pasando. Su ceño no se relajó en ningún momento. Finalmente habló de nuevo, haciendo la pregunta que ya me esperaba pero que seguía sin saber cómo contestar.
- ¿Quién… qué eres? – preguntó bajito y me miro de nuevo con horror incipiente en sus ojos encendidos - ¿Qué soy yo?
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Explicarle qué éramos vampiros no debería haberme resultado tan difícil, pero así fue. Le expliqué lo mejor que pude y me sorprendió cuantas vueltas fui capaz de darle a una razón tan sencilla: soy un vampiro, te mordí y mi veneno te transformó en otro. Punto. Sin mayor dificultad. Para mi alivio, a pesar de mi enredada perorata ella me entendió prácticamente al instante. Su imaginación había contribuido mucho.
Después de eso nos quedamos en silencio. Sus ojos no se apartaban de mí y su ceño no se relajaba. Era la situación más frustrante e intrigante que hubiera vivido. Estar frente a ella, mirándola fijamente igual que ella hacía conmigo, sin tener ni la más remota idea de las maneras en que discurrían sus pensamientos.
Un delgado rayo de sol se filtró a través de las tablas que cubrían la única pequeña ventana que había, iluminando un medio círculo de tierra cerca del lugar donde ella se había dejado caer. A medida que avanzó el tiempo la luz se fue acercando a ella. No pude contener una risita cuando ella se alejó del fino rayo con una mirada de temor.
- No te hará daño – le dije con cierta ternura en la voz cuando ella me miró, indignada por mi reacción.
Dubitativamente acercó la mano a la luz. El dorso iluminado de su mano refulgió con miles de chispas blancas que refractaban la luz creando franjas de arcoíris en las paredes a su alrededor. Su rostro se iluminó con una sonrisa y la sorpresa maravillada se reflejó en sus ojos incandescentes. Sentí la boca seca y el aire se me atascó en la garganta ante su hermosura.
La miré como un idiota mientras ella examinaba su piel de cerca pero no pasó mucho tiempo antes de que comenzara a hacer muecas y se llevara una mano a la garganta. Sed, por supuesto. Aún recordaba que la primera era la sed más ardiente para un vampiro. La luz se había ido y pronto anochecería. Era hora de ir a cazar.
- Estás sedienta – dije mientras me incorporaba. Ella me miró con unos ojos grandes y redondos desde el lugar al que se había deslizado en el suelo. Parecía insegura, como si no quisiera saber qué vendría a continuación.
Ella se puso de pie con lentitud. La evalué y decidí que era perfecto que llevara esas ropas masculinas. Una mujer con su hermosura no pasaría desapercibida aunque fuera de noche. Pensé en su cabello y supuse que mientras mantuviera el cuello del abrigo en alto y el cabello por dentro no habría ningún problema.
- Vamos... – recordé que no sabía su nombre y pensé que era un buen momento para preguntarlo -. ¿Cómo te llamas? – entrecerró los ojos ante mi pregunta, como si yo tuviera alguna intención oculta en conocer su nombre. La frustración por no poder escuchar su mente me golpeó fuerte.
- Isabella – dijo secamente.
- Yo soy Edward Masen – no mencioné que muy en el fondo me avergonzaba de estar en contra de mi padre y que por eso había dejado de usar su apellido. Ella solo asintió y yo suspiré internamente. No iba a ser fácil romper el hielo. ¿Qué esperaba? Para fines prácticos, yo la había matado.
- Acompáñame – pedí en un susurro y esperé que ella comenzara a avanzar por su cuenta. Cada paso era rápido para la velocidad humana pero para nuestra velocidad era lento. Esperé con paciencia y un poco maravillado a que ella se acostumbrara a su nuevo cuerpo. Ella no vigilaba sus pasos, estaba más concentrada en los polvorientos y deteriorados alrededores de la casa. La madera mohosa y casi podrida de las escaleras que teníamos que subir para salir a la sala, el polvo cayendo desde cualquier lugar. No era algo digno de admirar pero pude adivinar que, ya que eran las primeras imágenes que absorbía con su nueva visión, tenía que estar realmente impresionada.
Salimos al destruido porche de la casa. La escasa luz no era brillante y no representaba un peligro. No había nadie en kilómetros a la redonda y pronto sería noche cerrada.
Caminamos a buen paso de regreso a la ciudad en completo silencio. Nos tomó un par de horas llegar pero creo que fue tiempo bien aprovechado para que ella terminara de dominar su habilidad. Por trayectos corría a toda velocidad y saltaba de un lado a otro. Incluso tomó un par de rocas del camino y las hizo trizas entre sus dedos delgados. Una ligera sonrisa le curvó los labios por un segundo. Yo me sentía feliz de que se lo estuviera tomando tan bien y de que nadie estuviera mirando, para no tener que interrumpirla.
La noche volvía a ser helada y no me sorprendió que una muy ligera nevada, más que la anterior, cayera. Los techos aún estaban cubiertos de nieve y seguirían acumulando más de ella en las próximas noches. En esta época del año los días terminaban temprano y eran pocas las personas que transitaban a esa hora. De nuevo era como estar solo, pero esta vez el aroma dulce de Isabella junto a mí rompía fácilmente esa ilusión. De pronto su voz de cristal penetró con perfecta armonía en el susurro de la nieve que caía alrededor.
- ¿Cómo lo haces? ¿Cómo escoges a alguien?
Me hubiera reído con ligero sarcasmo si no hubiera notado la tensión en su voz y la mirada asustada en sus ojos de rojo vivo. Ella no se veía salvaje, no se veía con ganas de matar a cualquiera que se le atravesara solo para beber su sangre. Solo se veía asustada, justo como antes de que la mordiera. ¿Cómo alguien tan hermosa y fuerte podía sentirse tan vulnerable?
- No te he dicho que puedo leer la mente – la sorpresa reemplazó al temor en su expresión y rápidamente bajó la mirada, mordiéndose el labio inferior. Por un momento creí que estaba avergonzada -. Hasta ahora tú has sido la única excepción, pero eso es lo que hago cuando tengo que cazar. Busco en la mente de las personas y cuando encuentro a alguien que ha cometido alguna atrocidad, sé que encontré a mi presa.
Su expresión volvió a cambiar y ahora estaba pensativa.
- Yo no puedo leer la mente ¿Cómo se supone que lo haga?
Me detuve a mitad de la calle y la miré con seriedad antes de responder.
- Isabella, eres libre de seguir tu camino como desees, pero ya que soy el responsable de que te hayas transformado me complacería que me dejaras ayudarte – comencé con una muda súplica en los ojos -. Yo puedo leer sus mentes para ti. Podemos intentarlo y si decides que quieres marcharte yo estaré de acuerdo – esa promesa me significaba un gran sacrificio. Yo no quería matar inocentes pero si a ella no le importaba y prefería seguir por su cuenta ¿Cómo podría dejar que se fuera sin más?
- De acuerdo – su aceptación interrumpió bruscamente mi triste reflexión y el calor llameó tiernamente en mi muerto corazón. Asentí y continuamos caminando entre la nieve.
Nos alejamos del centro de la ciudad. Paseábamos con lentitud entre las calles de la periferia. Una puerta se abrió estrepitosamente y los efluvios humanos se derramaron como en cascada. Isabella se tensó, preparada para atacar, pero la detuve con un gran esfuerzo. Ella no estaba usando toda su fuerza.
- Tranquila – susurré entrecortadamente. Ella cerró los ojos y poco a poco se obligó a relajarse.
- ¡Los veré mañana muchachos! – gritó el hombre que había salido del bar -. Ahora debo ir a atender a mi amada mujer.
La última frase estuvo cargada de ira y sarcasmo, ni un poco disimulados. Leí su mente. Lo que pensaba justo en ese momento y como esos pensamientos le traían recuerdos recientes. Mi mandíbula se tensó con furia e Isabella lo notó.
Ella miró al hombre en cuestión. Se tambaleaba de un lado a otro de la acera, apenas levantando los pies. Soltaba frases incoherentes en voz alta, arrastrando cada palabra, claramente alcoholizado.
- Es él – interpretó con rapidez mi mirada glacial y la tensión en mi rostro. Asentí.
Seguimos al sujeto con discreción. Aunque no hubiera estado cayéndose de borracho dudo que nos hubiera notado. Isabella aún se veía muy insegura. Decidí cumplir con mi parte del acuerdo.
- La mujer que está en su casa no es su esposa. Ella estaba sola vendiendo fruta en la plaza cuando él decidió que sería suya. La engañó para apartarla y abusó de ella. La llevó a su casa y siguió violentándola. Cuando ella intentó escapar le dio una paliza que la dejó inconsciente. La embarazó y ni siquiera así dejó de golpearla. Mientras tanto buscaba más jovencitas solas para violarlas. Cuando ella dio a luz siguió abusando de ella y la embarazó de nuevo.
"Los niños tienen siete y seis años, al menos se encarga de ellos, aunque pobremente. Ahora ella ha encontrado un buen hombre que la quiere y a sus hijos. Ese monstruo no siente nada por ella ni por los niños pero no los deja ir. En cambio, pasa el tiempo emborrachándose y maltratándola. Dos veces casi la ha matado por las palizas. Ahora él golpea a los niños también.
Cualquier vestigio de duda desapareció de ella al escuchar eso. Yo mismo quería hacer pedazos a ese mal nacido pero era presa de Isabella. Era el momento. No había ningún testigo.
- Muerde en la base del cuello – le indiqué. Así parecería una mordida menos humana. No había necesidad de más instrucción porque sabía que su instinto le diría exactamente qué hacer. Y así fue.
La vi encorvarse y correr hacia él. Solo hubo un leve sonido que indicara su avance mortal, un discreto silbido como si fuera una repentina ráfaga de viento. El maldito sólo se dio cuenta de lo que pasaba hasta que la tuvo justo detrás. Ella le dio la vuelta, inmovilizándolo contra la pared. Con una mano le tapó la boca y con la otra le dejó expuesto el lugar donde mordería. Los pensamientos del monstruo eran caóticos, solo podía pensar en el dolor punzante que sentía.
Ella terminó en cuestión de minutos y entonces dejó caer el cuerpo drenado y sin vida. Yo me acerqué a él y le quité la cartera, el reloj y un valioso anillo. Destruí los dos últimos en un segundo y arrojé los restos por la alcantarilla. Saqué el dinero de la cartera y me lo guardé en el bolsillo para después dárselo a algún mendigo. Al final tiré la cartera descuidadamente junto al cadáver.
Me volví hacia Isabella que aún tenía los ojos clavados en el cuerpo del monstruo. Sus ojos, de un llameante y vivo rojo sangre, estaban fríos, vacíos de toda expresión igual que el resto de su bello rostro. Un fino hilo de sangre bajaba desde una de las comisuras de sus labios sensuales. Lo limpié con mi pulgar y, sólo entonces, ella me miró.
- Vámonos – ella parpadeó y asintió levemente.
Salimos de Princeton, rumbo al norte antes de que amaneciera. En el día nos ocultábamos y algunas noches salíamos a cazar. No demoramos en llegar al límite del estado.
Estábamos en un pequeño bosque donde, afortunadamente, Isabella salvó a un muchacho de la escopeta de un cazador loco. El muchacho corrió sin volver la vista atrás e Isabella acabó con el monstruo. Yo la miraba, sintiendo el ya familiar estremecimiento en la espalda. Aún me sorprendía que ella hubiera dominado la caza tan fácilmente y que, a pesar de ser casi una recién nacida, tuviera tanto control de ella misma.
Ella abandonó el cadáver y yo no me molesté en hacer nada con el. Los animales lo harían por mí. Isabella caminó entre los árboles unos cuantos metros. No lo suficiente para dejar atrás el olor del cuerpo sin vida que ya empezaba a descomponerse. Ella me miró y yo sentí un vuelco desagradable en el estómago.
No sabía si un vampiro podía sufrir un ataque de nervios o algo así, pero parecía que ella estaba a punto de colapsar. Tenía una mueca de angustia grabada en la cara. Ella se acuclilló sobre la tierra fría y se cubrió la cara con las manos. Entonces lloró.
No podía derramas lágrimas, por supuesto, pero los desgarradores sollozos que salían de su garganta no podían ser otra cosa que llanto. Escalofriante y doloroso llanto. ¿Qué le pasaba?
Me acerqué a ella lleno de pánico e intenté abrazarla. Ella me sostuvo por los brazos antes de que lo lograra, y yo hice lo mismo. Sus ojos se veían vidriosos como si realmente estuviera a punto de derramar las lágrimas que sonaban en su voz.
- Esto está muy mal – espetó con la voz estrangulada -, no puedo seguir así.
- ¿De qué hablas?
- De eso – señaló con su barbilla el sitio más atrás, donde yacía el cadáver del cazador -. Es asesinato vil. Aunque ellos sean monstruosos ¿Qué nos hace pensar que tenemos derecho a juzgarlos? ¿Qué nos hace mejores que ellos, Edward?
En las pocas semanas que llevábamos juntos jamás había pronunciado mi nombre. Escucharlo por primera vez en el cristal roto de su voz me caló en lo más profundo y de nuevo sentí vergüenza de mi mismo. Ella tenía razón.
- Isabella…
- No lo haré de nuevo.
- No hay alternativa. ¿Qué harás? ¿Cómo te alimentarás? – ella negó con la cabeza y cerró los ojos con fuerza. De nuevo se cubrió la cara y los sollozos se reanudaron.
Por un instante pensé en Carlisle y el motivo por el que lo había abandonado. Después de todo sí había una alternativa. No estaba seguro que querer usarla pero supuse que tenía que decirle a ella. De nuevo el triste sentimiento de poder perderla me abrumó y mantuve la boca cerrada. Yo, definitivamente, era lo peor. Ella se controló y volvió a mirarme, dejándome clavado en el suelo con la fuerza de su determinación. El cristal roto aún era hermoso, pero ahora me cortaba con cada palabra.
- No quiero ser un monstruo.
Al escuchar esa sencilla frase sentí que algo dentro de mí cambiaba. Nunca volvería a ser el mismo.
Bueno, ¿Qué tal el capítulo?
Solo por si alguien se pregunta por qué lo repetí tanto: me gusta la comparación de la voz de Isabella con el cristal, como cuando Bella dice que la voz de Edward es "de terciopelo" o que la voz de Rosalie suena como "campanillas de viento doradas" xD
Espero que les haya gustado :)
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