1. Interrogantes

El asesino zarandeó con destreza su daga entre sus ágiles y encallecidos dedos. El sol que se filtraba a través de la ventana destellaba en el límpido metal de forma hipnótica, capturando los ojos oscuros del humano. Sin apartar la vista de su preciada arma, el hombre permanecía repantigado en una de las lujosas sillas de terciopelo azul situadas frente a un escritorio de madera de arce, una obra de arte que no escatimaba en adornos y ornamentación. La mesa en cuestión procedía de Solaria, capital de Kalmaart, y era regalo, según rezaban los rumores, del mismísimo Lord Langmeyer.

Pero todo eso le importaba bastante poco al mercenario, quien se había visto obligado a tragarse los discursos vanos y arrogantes del mayordomo de la casa mientras le conducía al despacho de su señor. Al asesino sólo le interesaba una cosa: el dinero, el justo y necesario para sobrellevar la despreciable monotonía en la que se había convertido su vida.

Tras largos minutos de espera, que el mercenario aguantó pacientemente, el mayordomo regresó al umbral de la puerta del despacho. Dio unos suaves golpecitos a la puerta con sus nudillos para captar la atención del individuo que esperaba en su interior… y no lo consiguió. Con un leve rubor en las mejillas, el anciano carraspeó y se dispuso a llamar de nuevo, pero una mano firme y apergaminada se situó sobre su hombro, deteniendo su acción.

─ No es necesario, Arthur ─ dijo una voz masculina, profunda y serena. El mayordomo se inclinó levemente ante su señor y se apresuró a desaparecer por el corredor, mascullando maldiciones que el agudo oído del Lord captó a la perfección. Sacudió la cabeza con una sonrisa, la cual se esfumó de inmediato cuando posó sus ojos azules en el hombre que descansaba cómodamente en la silla, meciéndose despacio sobre las patas traseras de la misma, paseando su daga entre sus dedos, con una destreza que jamás dejaba de sorprenderlo, y con la mirada perdida. El señor no se dejó engañar por ese aparente ensimismamiento del sujeto, pues le conocía ya lo suficiente como para saber que, si se atrevía a deslizar su mano sobre su espada con actitudes hostiles, la daga de su rival volaría a la velocidad del rayo hasta hundirse en su garganta.

"De hecho", reflexionó con un suspiro de resignación, "estoy convencido de que ya se ha percatado de mi presencia".

El Lord decidió que ya había perdido suficiente tiempo en la contemplación de su invitado, así que penetró en la estancia con paso seguro y solemne hasta llegar a su escritorio. Una vez en él, dedicó unos últimos instantes a observar el rostro del asesino: se trataba de un individuo joven, que apenas alcanzaba los veintiséis años… pero este detalle sólo podían captarlo aquellos que le conocían bien y escrutaban su rostro con más detenimiento. Aunque joven, el individuo parecía ser mucho más viejo debido a la tez curtida por el sol, áspera por los ligeros puntos de barba negra que bañaban sus mejillas y las arrugas que surcaban el contorno de sus ojos. Pero eran precisamente estos ojos los que confundían la edad de su propietario: oscuros, pero veteados de un ligero y desconcertante fulgor sagaz, los penetrantes globos oculares constituían dos pozos rebosantes de oscura y taciturna sabiduría. El señor siempre se preguntaba, no sin cierta aprensión y tristeza, qué vivencias desoladoras habrían alimentado esa sapiencia…

Tomando asiento muy despacio, el Lord depositó los codos sobre la superficie de la mesa, entrelazó los dedos de su mano y apoyó el mentón sobre ellos. En ningún momento sus ojos se apartaron de los de su mercenario, que continuaba absorto en su entretenimiento con la daga como si nadie hubiera entrado en la habitación.

─ Saludos, Kerkaat ─ rompió el silencio el dueño de la casa.

Por fin, sin parpadear ni una sola vez, el llamado Kerkaat ladeó lánguidamente la cabeza hasta fijar la mirada en su interlocutor. Como si se tratara de una acción inconsciente, sus dedos impulsaron su daga varios centímetros en el aire, y la recuperaron ágilmente cuando inició su descenso. Con los movimientos rápidos y fluidos de un felino, guardó el arma en la vaina que adornaba su cinto. Luego, depositó los brazos sobre el regazo, sin dejar de mecerse sobre la silla, y esbozó una mueca de aburrimiento. Todo ello debía interpretarse como un saludo.

El Lord estaba más que acostumbrado a estos gestos, así que distó de sentirse ofendido.

─ Las últimas noticias que tuve de ti ─ prosiguió el señor, sin el menor asomo de miedo o duda en su voz ─ te situaban cerca de las fronteras de Lyzeille. Dime. ¿Qué te llevó hasta allí?

El asesino soltó un bufido y sacudió la cabeza, divertido. Al hacerlo, los largos y lacios cabellos negros se cerraron sobre su rostro, dándole un aspecto aún más siniestro y amenazador. Pese a su evidente burla, Shaldroff no pudo de dejar de notar el triste estoicismo que acompañó a esa acción, que acompañaba a todas sus acciones.

─ Parece mentira que me lo preguntes ─ respondió Kerkaat, con una voz oscura y cortante como el filo de su propia daga ─. Asuntos de trabajo, obviamente. Me sorprende que no lo hayas adivinado, viejo Shaldroff.

Pero Lord Shaldroff sí lo había adivinado; él lo sabía, igual que el mercenario lo sabía. Ambos eran conscientes de que toda esa conversación no era más que un mero acto de formalidad para disminuir la tensión… una tensión que sólo sentía el propio Shaldroff, por muy digno y sereno que pareciera su exterior.

Asuntos de trabajo… precisamente el mismo motivo que lo había impulsado a recurrir, una vez más, a Kerkaat. Al pensar en ello, se le hizo un nudo en la garganta y tragó saliva con esfuerzo, con lo que sólo consiguió atragantarse. Tosiendo y con los ojos llorosos, Lord Shaldroff se acomodó en la silla para disimular su zozobra.

─ ¿Y bien? ─ inquirió el asesino lacónicamente, una vez el señor se hubo recuperado. Éste alzó la vista con una mirada inquisitiva.

─ ¿Y bien, qué?

Kerkaat alzó una ceja.

─ Si me has llamado, es por algo. Suéltalo de una maldita vez, no tengo todo el día.

─ ¡Ah! S… sí, en fin, te he llamado… ─ Lord Shaldroff cerró los ojos y exhaló un largo suspiro para serenarse, con lo cual no pudo ver la mueca de impaciencia en los labios del mercenario. Finalmente, Shaldroff abrió los ojos y prosiguió, recuperando su firmeza Quiero contratarte.

El asesino nada dijo, puesto que lo que acababa de escuchar era más de evidente. Lord Shaldroff era consciente de ello, pues prosiguió:

─ Supongo que estás al corriente de la situación política actual de Kalmaart ─ dijo Shaldroff ─. No hace mucho, este territorio no era más que un simple Reino… sí, sólo un Reino, pero muy próspero. Yo era uno de los leales al Rey Bergis.

De forma inconsciente, Lord Shaldroff se incorporó con lentitud y comenzó a pasearse por la estancia. Sus ojos brillaban, evocando unos hermosos momentos perdidos mucho tiempo atrás.

─ El Rey tenía sus fallos ─ continuó, ante la silenciosa presencia de Kerkaat ─. Por supuesto, era humano, y no era perfecto. Pero al margen de sus errores, Lord Bergis realizó muchas reformas favorables para nuestro pueblo. Yo era uno de sus principales consejeros…

Shaldroff sonrió, perdido en sus recuerdos. El semblante del asesino no mostraba expresión alguna, aunque en su fuero interno adivinaba qué derroteros tomaría la conversación.

─ Yo le ayudaba… con la compañía de otros leales señores, gobernábamos el país sin la menor vacilación, hasta que… ─ de improviso, la sonrisa embelesada del Lord se transformó en una mueca de odio contenido ─ … hasta que fue derrotado, y nuestro precioso reino cayó en las manos de ese inepto de Krain.

─ Entiendo ─ musitó Kerkaat, estirando sus brazos y cruzándolos luego tras su nuca ─, quieres que de muerte a Krain… o a uno de sus seguidores. ¿Tienes idea de lo difícil que resultará…?

Pero Kerkaat se interrumpió al ver el vehemente gesto de negativa que hizo Lord Shaldroff con la cabeza. Volvió sus ojos profundamente azules a él, esta vez con un matiz gélido en ellos.

─ A Krain, no ─ dijo entonces ─, sino al artífice de la caída de Bergis.

Kerkaat comprendió, con cierto asombro y un brillo de reconocimiento en sus ojos negros. Aunque era un mercenario frío y desapasionado, el asesino se había ganado la fama de ser un hombre culto, que siempre estaba al corriente de lo que sucedía en el mundo.

─ A la hechicera ─ finalizaba Lord Shaldroff: Lina Inverse.

· · ·

Kerkaat paseaba por las calles de la ciudad de Kalish, in situ en el ducado de Kalmaart, sumido en sus pensamientos y todo lo absorto que puede estar un hombre como él, tan capaz de reflexionar largas horas sin perder detalle de lo que ocurre a su alrededor.

"La hechicera", le había dicho Shaldroff tras comunicarle el nombre de su víctima, "es nómada por naturaleza. Me he informado al respecto y sé que procede de Zefiria, pero no la encontrarás allí. Viaja por el mundo en compañía de su guardián, Gourry Gabriev, un espadachín considerablemente diestro. No me importará si lo eliminas a él también."

Kerkaat apenas había prestado atención a estos detalles, pues era algo que cualquiera (cualquiera que se preocupara por informarse, claro está) sabía.

"Mis últimos informes", continuaba Shaldroff, "indican que la hechicera se ha dejado ver cerca de Lyzeille, así que quizás se dirige al Imperio."

Esa información sí le resultaba útil a Kerkaat.

Pero no lo suficiente.

Con un suspiro de frustración, el asesino había decidido abandonar la casa de Lord Shaldroff, gobernador de Kalish, tras haber acordado el dinero del pago y recibir un adelanto. Shaldroff había enrojecido de furia al escuchar tal cantidad desmesurada de dinero, pero el mercenario no había cedido un ápice. Poco le importaban a Kerkaat las intrigas de Kalmaart: él sólo era consciente de que su objetivo era un dúo de considerable poder, y ello merecía una bolsa de monedas igual de poderosa.

Encaminó sus pasos a la Biblioteca de la ciudad, el único lugar accesible de la recién inaugurada Asociación de Magos de Kalish. La Asociación en sí tenía poco poder y escasos miembros, de momento, pues acababa de nacer. Pero por cómo se desarrollaban las cosas, iba por buen camino.

En fin, Kerkaat se encogió de hombros: eso tampoco le importaba.

Pocas cosas despertaban el interés del asesino, cuya vida iba de objetivo en objetivo, de contrato en contrato. Ya nada más captaba su atención, no desde hacía mucho tiempo. Por ello, no pudo reprimir su frustración cuando ni todos los libros ni hechiceros de la Asociación habían sido capaces de localizar a Lina Inverse.

"Esa mujer es un misterio. Un día está en un sitio, otro día en otro. Yo jamás la he conocido en persona, y hace tiempo también intenté encontrarla (la admiro mucho¿sabe?), pero eso es algo que sólo sucederá si ella lo desea. Parece tratarse de una presencia omnipresente", un escalofrío había sacudido el cuerpo del joven acólito de la Asociación al decir eso; se frotó los brazos con nerviosismo al tiempo que escrutaba todos los rincones del vestíbulo de forma paranoica. "No me sorprendería que estuviera aquí, ahora, escuchando nuestra conversación".

Así que ahí estaba Kerkaat, caminando por las amplias calles de la ciudad, con los labios apretados y los puños cerrados, sin saber qué hacer. Pocas veces su víctima había sido tan escurridiza, y, aun en el peor de los casos, jamás le perdía la pista: siempre sabía dónde estaba. Pero éste no era el caso…

─ Quizás yo pueda ayudarte ─ dijo a su espalda una voz masculina. El instinto de Kerkaat reaccionó antes que su cerebro: desenvainó con impresionante rapidez su daga, se giró en redondo y cogió por el pescuezo al recién llegado, aplastándolo contra la pared al tiempo que situaba la daga en su garganta. A su alrededor, los hombres abandonaron sus quehaceres, y las mujeres se detuvieron abrazando a sus hijos, con un grito de espanto.

─ ¿Quién eres? ─ gruñó el asesino, sin apartar sus ojos negros de los de su interlocutor… o de sus párpados. Era un individuo de baja estatura (teniendo en cuenta que Kerkaat apenas alcanzaba el metro ochenta de altura), delgado y ataviado con una capa negra. Su pelo negro, de tintes violáceos, enmarcaba armoniosamente su rostro marmóreo. De inmediato, el individuo alzó los brazos de manos enguantadas en gesto de paz, dejando caer su bastón de madera en el proceso. Su semblante nervioso estaba perlado en sudor, y mantenía los ojos cerrados en una extraña expresión de inocencia.

─ Tra… tranquilo, vamos, me estás asfixiando…

Pero Kerkaat ejerció todavía más presión en el cuello del extraño, cortando sus palabras y su respiración. Del mismo modo, comenzó a clavarle lentamente el filo de la daga.

─ ¿Quién eres? ─ inquirió por segunda vez, con una peligrosa suavidad en su voz.

─ Soy… soy un sacerdote… te he seguido, puedo proporcionarte información valiosa ─ el individuo dijo todo esto en un susurro entrecortado, ahogándose ─. Va… vamos, suéltame, si muero jamás lo sabrás…

Tras unos segundos, en los que el asesino estrechó los ojos desconfiados, éste soltó a su presa. El sacerdote se desmoronó en el suelo y comenzó a toser de forma descontrolada, frotándose en cuello enrojecido con una de sus manos. El asesino lo observó fríamente, y después dirigió una mirada amenazadora a las personas que, silenciosamente, se habían congregado alrededor de la escena. De inmediato se apresuraron a reanudar la marcha, ocultando el rostro contraído por el miedo.

Un ruido sordo hizo que Kerkaat volviera a depositar su vista en el extraño, que en ese momento había cogido su bastón con manos temblorosas y se apoyaba en él con dificultad, incorporándose entre jadeos. Kerkaat no apartó su mirada de él, impasible, analizando al detalle cada uno de sus movimientos. Finalmente, el individuo exhaló un fuerte suspiro, sosteniéndose aún con dificultad en el báculo y secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Miró al asesino ─ si es que veía algo con los párpados cerrados sobre sus pupilas ─ con cierta aprensión, esbozando una titubeante sonrisa.

─ Bien… bienhallado, mi señor, mi nombre es Xellos ─ saludó el hombre, con una voz temblorosa que intentaba ser afable. Estiró la mano para que el mercenario se la estrechara, pero saltó a la vista que no iba a hacer tal cosa, así que la retiró y se rascó la cabeza con gesto nervioso, decidiendo, a juzgar por su expresión de desconcierto, qué decir a continuación.

El mercenario le sacó de la indecisión hablando con su voz áspera:

─ Has dicho que tenías información.

El sacerdote llamado Xellos le miró primero con perplejidad, pero después esbozó una sonrisa al adivinar a qué se refería su interlocutor, golpeando la palma de su mano izquierda con el puño derecho.

─ ¡Ah, sí! En efecto… como os dije, sé a quién buscáis, y me proporcionaría un inmenso placer indicaros dónde encontrarlo ─ la sonrisa serena del sacerdote se amplió ─. No os cobraré ni una sola moneda a cambio de lo que sé. ¿Qué me decís?

Kerkaat estrechó los ojos. No le engañaba el aspecto campechano del sujeto, pues a lo largo de su vida había tratado con infinidad de ladrones, asesinos y timadores de fachada similar. También resultaba desconcertante que estuviese al corriente de su búsqueda, y además, nadie ofrecía nada a cambio de nada. No obstante, se dijo, tal vez no tenía elección: estaba perdido y no sabía por dónde empezar a buscar a la hechicera.

─ Por tu bien, espero que dicha información sea valiosa ─ dijo por fin, sin mudar su expresión amenazadora, girando con presteza la daga entre sus dedos y guardándola en la vaina. El sacerdote adoptó una expresión de inmensa alegría.

─ ¿Entonces me escucharéis? ─ preguntó. Seguidamente, se adelantó y tomó la curtida mano del asesino entre las suyas, cubiertas por los guantes grises ─. ¡No os arrepentiréis, mi señor!

Kerkaat apartó la mano bruscamente, con una mueca de desagrado.

─ Todavía no confío en ti ─ dijo, y seguidamente escrutó las calles a su espalda. Los tenderos que en ese momento observaban con atención apartaron rápidamente la vista, volviendo a su trabajo con gesto nervioso ─. No podemos hablar aquí, será mejor que busquemos alguna posada…

El asesino devolvió la vista a Xellos y, durante un instante, se quedó petrificado. Había creído observar una mueca siniestra y retorcida en los labios del sacerdote, así como un extraño brillo amatista procedente de sus ojos; el insólito resplandor violeta atravesó su coraza emocional, completamente inmune al miedo, y le provocó un breve temblor inconsciente. Sin embargo, tan rápido como había surgido, la terrorífica visión se esfumó, de una forma tan veloz que Kerkaat se preguntó si no se lo habría imaginado.

Pero la tensión de sus músculos y el regusto amargo en la boca le convencieron de que había sido real.

En esos momentos, Xellos, con su expresión tranquila y desconcertada, miró a ambos lados de la calle, y después dirigió de nuevo su sonrisa a Kerkaat.

─ ¿Conocéis la posada de los Dos Mares? ─ preguntó ─. Un tugurio de mala muerte ubicado en los Barrios Bajos.

Kerkaat lo conocía demasiado bien, pues era el lugar idóneo para recoger información y contratar a los bandoleros de la más baja ralea. No obstante, el mercenario se preguntó cómo un sacerdote tan apacible estaba al corriente de semejante lugar.

Obviamente, no expresó su pregunta en voz alta.

─ Vamos, pues ─ dijo bruscamente. Dio media vuelta y comenzó a caminar a paso raudo, sin detenerse a mirar si el clérigo le seguía o no. Sin embargo, tras recorrer las calles durante unos minutos, le desconcertó no sentir la presencia del individuo tras de sí. Los sentidos de asesino de Kerkaat eran sumamente agudos, y no había presencia que fuera incapaz de sentir, aunque estuviera a veinte metros de distancia. Así pues, llegó a la conclusión de que el sacerdote había decidido quedarse atrás, o ir por su cuenta. Con un suspiro entre aliviado y molesto, Kerkaat observó a su espalda.

Xellos caminaba tras él, casi pegado a sus talones.

Sus labios todavía sonreían.

· · ·

La cueva era espaciosa, húmeda y de una uniforme bóveda de roca que se elevaba en el cielo hasta desaparecer en las sombras. Normalmente, el único sonido que se escuchaba en ella era el eco de las gotas de agua que se filtran a través de la piedra, un vestigio del río que discurría sobre el lugar. Normalmente, todo estaba en calma.

Normalmente…

En esta ocasión, sin embargo, el espacioso techo poseía una acústica perfecta, que reproducía por centuplicado los agudos chillidos de los goblins que se aproximaban, cada vez más, al fondo de la caverna.

Y todavía se escuchó más la escalofriante carcajada y el terrible bramido femenino que los precedió:

─ ¡Imbéciles! ─ rugía ─. ¡Sois unos necios si pensáis que podéis escapar de mí, la terrible y hermosa hechicera Lina Inverse!

Un carraspeo nervioso se alzó también en el aire, al escuchar estas palabras, y una voz masculina retumbó en la estancia natural:

─ Oye… ¿de veras crees que es necesario decir eso de "hermosa"?

─ ¡Por supuesto que sí, Gourry!. ¿Acaso lo dudas?

─ ¡No, no…! Es sólo que…

Un golpe seco y un chillido de dolor interrumpieron las trémulas disculpas del hombre, y los gritos de los goblins se convirtieron en berreos desesperados. Hombre y goblins alcanzaron al fin el fondo de la cueva…

… O sería más correcto decir que volaron. El cuerpo del hombre, a semejanza con una bala de cañón, atravesó el corredor oscuro llevándose por delante un grupo de numerosos humanoides; la mezcolanza de individuos se estrelló en la pared, y todos sus integrantes se dispersaron por el aire, como una bola de bolos que hubiera alcanzado su objetivo.

Poco después, irrumpió en la escena la mujer.

La joven, bajita y de constitución infantil, ofrecía la errónea impresión de tratarse de una niña indefensa y desvalida. Prueba de su verdadera naturaleza eran sus grandes ojos castaños, que refulgían con una llama candente de poder y fortaleza. La muchacha, con una sonrisa de triunfo, se apartó los desgreñados mechones castaños de la cara, e hizo otro tanto con la pesada capa negra que se enredaba entre sus brazos.

─ Os lo advertí ─ se limitó a decir, con una voz igual de infantil que su cuerpo… cuando no gritaba ─. Nadie se atreve a molestarme mientras desayuno.

Los goblins, semiinconscientes y cubiertos de magulladuras, se arrimaron temblorosos a la pared, mirando a la mujer como si se tratase del mismísimo Señor de las Pesadillas. El hombre, en cambio, se incorporó con esfuerzo, utilizó su espada como apoyo y lanzó a su compañera una mirada furibunda.

─ ¡Lina! ─ rugió, intentando hacer que su voz sonara furiosa. Casi lo consiguió, pero le interrumpió un acceso de tos provocado por el polvo de las rocas. Sus siguientes palabras fueron más bien un ronco susurro No tenías por qué hacer eso, demo… nios… ¡Sólo hice un comentario inocente!

Lina Inverse posó sus ojos en las pintas de su alto y atlético camarada, observando con cierto remordimiento el polvo oscuro que cubría su largo pelo rubio, la armadura azulada y el rostro bien parecido. Entre tanta suciedad sólo se distinguían sus resentidos ojos verde azulados. Ruborizándose, Lina se cruzó de brazos y apartó la vista para que Gourry no pudiera verla.

─ Bueno… se me fue un poco la mano, de acuerdo ─ concedió, aunque a la defensiva.

─ ¡¿Un poco?!

─ Bueno, vale, lo siento ─ Lina miró de soslayo al humano, y después lo señaló con un dedo cubierto de cuero negro ─, pero reconoce que gracias a mi patada hemos dejado fuera de combate a las bestias.. ¡y no he tenido que gastar ni un solo hechizo!

─ Pues será mejor que aprendas a controlarte ─ replicó Gourry, más calmado, aunque su censura tenía cierto aire paternal si me matas, ya no te resultará tan efectiva esta táctica.

─ Oh, pero no vas a morir ─ respondió Lina con sencillez, poniendo los brazos en jarra y observando al espadachín con una amplia sonrisa. Le alegraba ver que su enfado disminuía.

La hechicera se frotó las manos, depositando su atención en los goblins. Éstos continuaban paralizados de temor, sin apartar sus ojos de la endiablada joven. Al ver que ésta les observaba, les sacudió un respingo de pánico y comenzaron aruñar las paredes de roca con frenesí, pensando que tal vez así conseguirían abrir un boquete antes de que la temible maga llegara hasta ellos.

Gourry sacudió la cabeza y soltó un bufido ante tan patético espectáculo. Había sacado su odre de agua y se dedicaba a frotarse la cara con ayuda del líquido, en un vano intento de eliminar el polvo. Lina apoyó su mano izquierda en la cadera, se rascó el cuello con la otra y desvió la vista con paciencia y resignación.

Al cabo de unos segundos, los goblins parecieron darse cuenta de que necesitarían picas y palas, además de varios meses, para abrir la mitad de la salida con éxito. Temblorosos, fijaron sus ojos desorbitados en Lina por encima de sus hombros.

Ésta se esforzó por adoptar una expresión amistosa. Esbozó una sonrisa inocente, se arrodilló con lentitud en el suelo y, con una caída de ojos, habló en la tosca jerga de los goblins:

─ No os asustéis ─ dijo, ignorando la mirada perpleja de Gourry al escuchar los gruñidos agudos de la hechicera ─, no voy a haceros daño. Estaba furiosa porque habíais interrumpido uno de mis pocos momentos de paz. ¡Pero ya estoy bien!

Esto último lo dijo alzando el puño bruscamente en señal de victoria. Un error. Los goblins reanudaron, espantados, sus intentos por atravesar la pared. Gourry enterró la cara en su mano derecha, y Lina exhaló un suspiro de frustración al tiempo que se golpeaba la cabeza con el puño que había alzado.

Segundos más tarde, volvían a empezar. Sólo se requería paciencia para tranquilizar a unas criaturas tan cobardes y llegar con ellas a un entendimiento.

Pero Lina no se caracterizaba por su paciencia, precisamente.

─ ¡Ya me habéis hartado!

Gourry dejó caer su pellejo de agua al suelo, estremecido de terror. Esa frase era la señal: la señal que le indicaba que debía echar a correr lo más lejos posible si quería salvar su vida. Y eso hizo.

Mientras tanto, la hechicera entró en trance, murmuró unas palabras por lo bajo y unió sus manos, componiendo entre ellas una bola de luz que iba creciendo, y creciendo…

Los goblins no se movieron: se limitaron a observar el descomunal poder con una extraña fascinación. Tal despiste les costó caro. Lina abrió los ojos; la luminiscencia de la bola de poder se reflejaba en sus ojos, avivando esa eterna llama de furia que jamás vacilaba.

─ ¡Bola de Fuego! ─ gritó. La bola de luz se transformó en una ardiente esfera roja que se dirigió, con deliberada lentitud, hacia los fascinados goblins. Lina aprovechó esos segundos para correr como alma que llevara el diablo, alejándose de su propia magia destructiva. Mientras corría, buscaba desesperada algún buen refugio, preguntándose dónde demonios se habría metido Gourry. En respuesta, unos fuertes brazos salidos de la nada la detuvieron, la alzaron con sencillez y se llevaron a la muchacha a un espacio protector tras unas rocas.

La bola de fuego estalló, y la pareja se acurrucó contra la pared debido al impacto de la onda expansiva. Gourry utilizaba sus brazos como escudo para evitar que los grandes trozos de roca alcanzaran a Lina.

Después, todo quedó en silencio.

Con decisión, pero lentamente, ambos abandonaron su escondrijo tras las rocas y se aproximaron al espacio ennegrecido y humeante. Lina observó, con profundo orgullo, el enorme boquete que el conjuro había dejado en la pared. No había ni rastro de los goblins.

─ Qué ironía ─ dijo Gourry, alzando una ceja ahora que consiguen abrir un agujero en la roca, están muertos.

Lina sonrió levemente ante su comentario, pero no dijo nada. Se acercó lentamente a la escena, que chisporroteaba todavía a consecuencia de la magia. De vez en cuando se desprendían de las alturas del techo rocas enormes.

─ Ten cuidado ─ dijo Gourry temeroso, deseoso de ir a su lado, pero mirando con aprensión la bóveda oscura de la caverna. Sin mirarle, Lina alzó el pulgar en señal de asentimiento. Cerró los puños mientras caminaba, murmuró una única palabra y, de inmediato, un escudo de luz formó un semicírculo sobre su cabeza. Las rocas rebotaban en él como si se estrellasen sobre una sólida superficie de metal.

Lina llegó al lugar en donde minutos antes se debatían los goblins. Dedicó unos momentos a investigar la zona, mirando a todos lados con la frente arrugada, arrodillándose y apartando los peñascos carbonizados. Lejos de allí, Gourry, extrañado, inquirió:

─ ¿Qué es lo que buscas?

Lina suspiró, de cuclillas ante las rocas y apoyando los brazos en las rodillas. Se incorporó con rapidez y, frotándose los muslos, miró a Gourry con decepción.

─ Quería comprobar si alguno de ellos seguía con vida.

Gourry se estrelló en el suelo al escuchar esto, y luego se incorporó con una expresión de perplejidad en el rostro.

─ ¡¿Con vida?! ─ preguntó, mirando a Lina, que se acercaba a él frotándose las manos, como si hubiera enloquecido ─. Lina, dime la verdad… ¿eres consciente de lo que lanzas a veces?

Lina frunció el ceño y dedicó una mirada colérica a su compañero, pero en vez de responder cogió su cantimplora y tomó un largo sorbo. Luego, se secó los hilillos de agua que caían de las comisuras de sus labios con el dorso de la mano, aún con gesto ceñudo.

─ ¿Acaso no te has preguntado por qué no les maté directamente, en lugar de intentar entablar conversación con ellos?

Gourry se encogió de hombros mientras se recostaba cómodamente en una roca y sacaba su espada para observar si tenía alguna magulladura.

─ No ─ respondió el guerrero distraídamente ─. Supuse que querrías burlarte de ellos, como siempre.

Lina esbozó una mueca, molesta, aunque se vio obligada a reconocer que Gourry tenía razón. La hechicera solía dedicar unos instantes a tomarle el pelo a toda criatura con un mínimo de inteligencia que se enfrentaba a ella.

─ De acuerdo… ─ dijo ella, intentando alimentar su paciencia ─ Pues no es el caso. No sé si te habrás fijado, pero esos goblins… bueno…

Lina torció la boca, buscando las palabras adecuadas.

─ Ya lo sé ─ dijo Gourry, con una mueca burlona. En aquellos momentos, limpiaba la hoja de su espada con un trozo de tela amarillento ─, no era una partida de caza normal.

Lina miró a su camarada de hito en hito.

─ ¿Te habías fijado? ─ preguntó, atónita. Gourry volvió a encogerse de hombros.

─ No es la primera vez que luchamos contra esas criaturas, te lo recuerdo ─ se limitó a replicar ─. Hasta un tonto se percataría de que eran muchos más que de costumbre.

"Un tonto como tú, supongo", pensó Lina, herida en su orgullo. El ligero enfado se le pasó rápido, y reflexionó acerca de los difuntos goblins.

─ En fin¿y qué crees que significa? ─ preguntó la hechicera, al fin.

─ ¿Qué significa el qué?

─ ¡Que hubieran muchos más goblins de lo normal!

Gourry se encogió ante la mirada exasperada de Lina.

─ Bueno… quizás hayan sido enviados por alguien ─ aventuró Gourry. Lina sacudió levemente la cabeza, no muy convencida.

─ Si alguien los envía para matarme, eso significa que me… nos conoce, y por fuerza tiene que ser consciente de nuestras habilidades.

─ Cierto ─ asintió Gourry. Guardó la espada en la vaina con destreza, se recostó sobre la roca y cruzó los brazos tras la nuca ─. Pero no sé a dónde quieres llegar.

─ Pues a que si conoce nuestras habilidades ─ explicó Lina ─ debe saber también que un puñado de goblins no son suficiente para nosotros.

Gourry frunció el ceño y desvió la vista, pensando en las palabras de la mujer. Poco después parpadeó, cayendo en la cuenta.

─ Me da la sensación de que estos bichos eran más bien un… tanteo ─ prosiguió Lina ─, para poner a prueba nuestra fuerza.

─ Y si es como dices ─ dijo Gourry, sonriendo en una insólita expresión de inteligencia ─, entonces alguien ha tenido que observarnos para verificar el resultado de la batalla.

Lina casi se desmoronó al escuchar esto. Furiosa consigo misma por no haberse percatado de ese detalle, y furiosa con Gourry por haber sido más avispado que ella, la hechicera se encaró con el corredor oscuro y, con la rapidez del rayo, invocó entre sus manos una bola de luz para iluminar el terreno. Tal fue su rapidez que la sombra oculta varios metros detrás de ellos no tuvo tiempo de huir de la luz. Dio un respingo y se dispuso a alejarse a toda prisa.

─ ¡Gourry! ─ gritó Lina, consciente de que malgastaría tiempo si conjuraba un sortilegio. No hacía falta que se lo dijeran: el espadachín ya corría hacia el extraño, desenvainando la espada y ganando terreno a la silueta con una agilidad tal que maravilló incluso a la hechicera.

La sombra no parecía muy experta, o es que había sido pillada por sorpresa. El caso es que Gourry no tardó en darle alcance, y con un veloz movimiento golpeó al desconocido con la parte plana de su espada, dejándole inconsciente.

Lina corrió hasta ellos. Cuando estuvo lo bastante cerca pudo ver, por encima del hombro de Gourry, que se había arrodillado, que el extraño estaba cubierto con una capucha. La hechicera y el guerrero se miraron y asintieron al unísono; de inmediato, Gourry cogió la capucha y la levantó, dejando al descubierto al individuo.

Lina casi se cae de espaldas al observar al hombre.

Que no era tal hombre…

Una mujer, de delicadas facciones marmóreas y ondulado cabello cobrizo desperdigado sobre su frente, yacía desmayada junto a ellos. Su rostro, incluso en el nebuloso mundo de la inconsciencia, reflejaba tal tristeza que incluso Lina sintió lástima de ella, aplacando su furia. Al observar los labios secos y cuarteados de la joven, la hechicera sacó su cantimplora, alzó con delicadeza su cabeza y vertió una buena cantidad de agua sobre ellos.

Segundos más tarde, la mujer reaccionó. Cerró los labios con fuerza y tosió al atragantarse con el agua; después, lentamente, parpadeó con aire soñoliento. Al caer en la cuenta de las dos figuras que se inclinaban sobre ella, la muchacha se sacudió con un tembloroso respingo, encogiéndose de terror.

─ Tranquila ─ dijo Lina, esbozando una sonrisa conmiserativa ─, no te haremos daño.

La mujer pareció relajarse un poco, aunque no apartó los ojos desorbitados de la extraña que la sostenía en brazos. De repente, abrió todavía más los ojos, hasta el punto que parecía que se le saldrían de las órbitas, se relamió los labios y musitó, con un ronco susurro:

Feäntor

Lina y Gourry se miraron, confusos. La extraña palabra había despertado en Lina muchas más incógnitas, pues reconocía el lenguaje fluido y musical, aunque no la palabra. De improviso, la joven se incorporó y se desasió de los brazos de la hechicera, mirando a todos lados con gesto de terror. Gourry, que esperaba encontrarse con un ejército de criaturas sedientas de sangre, se incorporó con incertidumbre, desenvainó su espada y observó todos los puntos visibles del terreno.

Lina, en cambio, no apartaba la mirada de la enigmática muchacha.

─ ¡Feäntor! ─ repitió la joven. Se disponía a incorporarse cuando, de repente, el sonido de unas patas acercándose y un rugido suave la mantuvieron en la misma posición. Lina se incorporó de un salto, componiendo en su mente las palabras del siguiente hechizo, y Gourry se puso en guardia junto a ella.

Y entonces, la criatura se reveló con la luz: un lobo, una hermosa criatura de ojos ambarinos y extenso pelaje plateado que maravilló a los presentes. De algún modo, la criatura, con su mirada de inteligencia y sus movimientos elegantes y fluidos, no le producía a Lina ninguna sensación de peligro, sino más bien una paz inexplicable. La hechicera interrogó con los ojos a su compañero, y la mirada que éste le devolvió le confirmó que él sentía lo mismo.

Todavía les dejó más perplejos la reacción de la joven mujer. Se incorporó entre risas, recuperando de golpe su fuerza, y corrió hasta el lobo. El animal hizo otro tanto, con un gemido de reconocimiento. Ambos se encontraron, y ella se arrodilló en el suelo abrazando con sus delicados brazos el poderoso flanco del lobo; este se limitó a restregar su cabeza contra ella de forma cariñosa.

Feäntor… susurró la joven por tercera vez, con la voz entrecortada por el llanto.

Lina y Gourry habían bajado la guardia, boquiabiertos ante la escena. Sin embargo, volvieron a prepararse con cautela cuando el lobo, de repente, clavó en ellos una mirada amenazadora y penetrante, emitiendo un suave rugido de advertencia.

Pero la mujer, mirando a la pareja y comprendiendo lo que sucedía, tomó entre sus gráciles manos la cabeza del lobo, le obligó a mirarla y le susurró unas palabras tranquilizadoras en el mismo lenguaje hermoso y aflautado. Finalmente, se incorporó y miró a ambos, con cierto temor.

─ Yo… no sé qué decir ─ comenzó ella, hablando por fin en el idioma común con un bello acento ─. Me habéis tratado con respeto y no me habéis matado… a pesar de que os estaba espiando.

La joven se retorcía las manos con gesto nervioso. Lina se percató de ello, y se dispuso a decir algo. Pero Gourry se adelantó.

─ No pareces tener malas intenciones, después de todo ─ dijo el espadachín, con una sonrisa franca y guardando su espada ─. ¿Qué tal si te tranquilizas y hablamos?

─ S… sí, en realidad… esa era mi intención desde el principio ─ balbuceó la joven, apartando la vista con apuro. El lobo, sin quitar la vista desconfiada de sus interlocutores, se colocó frente a ella con gesto protector. La mujer parecía querer añadir algo más, pero de repente se llevó la mano al chichón que comenzaba a salir en su cabeza, con la cara contraída de dolor.

─ Lo siento… si hubiese sabido que eres una mujer, no lo habría hecho ─ se disculpó Gourry, con una profunda expresión de culpabilidad pintada en su rostro. La muchacha le sonrió débilmente.

─ No pasa nada, de verdad, la… la culpa es mía ─ dijo.

─ ¿Qué tal si empezamos con las presentaciones? ─ Prosiguió Lina tras un incómodo silencio ─. Soy Lina Inverse, y este es mi compañero ─ señaló a Gourry con un gesto lacónico Gourry Gabriev.

La hechicera estrechó los ojos: había esperado que la joven parpadeara sorprendida, desencajara la mandíbula y retrocediera al reconocer el nombre. Pero ella, aún retorciéndose las manos, clavó en la maga una mirada ciertamente serena, asintiendo.

─ Sé… sé quién eres, por eso estoy aquí ─ dijo. Lina se dio por satisfecha, sonriendo ─. Mi nombre es Laidanne, y este es mi lobo: Feäntor ─. La joven suspiró, frunciendo levemente el ceño. Había dejado de frotarse las manos y ya parecía estar más tranquila ─. Sé que eres una hechicera de gran talento, y él un experto espadachín, además de tu guardián. He investigado todo sobre ti: tus talentos, tus proezas… Sí, por eso estoy aquí.

Laidanne bajó la vista modestamente, aunque ya estaba completamente calmada. Lina no apartó sus ojos de ella, y esbozó una mueca burlona.

─ Nos llevas ventaja ─ dijo la hechicera ─, porque nosotros, en cambio, no sabemos nada de ti, excepto tu nombre… y tu raza.

Gourry la miró confuso al escuchar esto, pero Laidanne se limitó a sonreír. Tomó entre sus manos la capucha; antes, cuando Gourry la había retirado, fue sólo lo justo y necesario para observar su rostro; pero la tela negra continuaba echada sobre la cabeza de la muchacha, dejando al descubierto tan sólo sus facciones armoniosas y sus almendrados ojos verdes.

─ Lo que se dice de ti es cierto: tu inteligencia no tiene parangón ─ dijo Laidanne. Lina, intentando ocultar su rubor de satisfacción, aguardó con paciencia. La muchacha, por fin, se retiró la capucha. Un mar de pelo cobrizo emergió de ella, largo hasta la cintura; pero Lina sólo fijó su vista en las puntiagudas orejas de la joven, ahora descubiertas.

─ ¡Una elfa! ─ susurró Gourry, atónito. Lina suspiró con frustración.

─ Ya supuse que no te habrías dado cuenta… cerebro de medusa.

· · ·

Minutos más tarde, Lina, Gourry y sus nuevos compañeros, Laidanne y Feäntor, abandonaban la cueva. Sobre sus rostros brilló la luz de la luna, que iluminaba también el frondoso terreno del bosque con un aire casi místico. La hechicera y el espadachín observaron, maravillados, la facilidad que tenía Laidanne de moverse sobre el terreno natural, fundiéndose con las sombras de los árboles. Ante tal visión, le sorprendió sobremanera la torpeza con la que antes había permitido que Gourry le diera alcance, pero nuevamente adjudicó ese hecho a la sorpresa del momento. El grupo caminó un rato hasta alcanzar un claro apacible con un pequeño manantial.

─ Descansemos ─ dijo Lina ─, ahora estamos a salvo. Tenemos que recuperar fuerzas… y nos tienes que explicar unas cuantas cosas.

Esto último iba dirigido a Laidanne, quien se limitó a asentir. Lina encendió una fogata al tiempo que Gourry llenaba los odres de agua, acuclillado frente al manantial. Dedicaron también unos momentos a pescar unos cuantos peces, que nadaban bajo la superficie cristalina del agua con gracilidad. Finalmente, los cuatro se asentaron frente al fuego, y la elfa observó con asombro la facilidad con la que la pareja devoraba los peces que freían, sin dejar ni rastro.

─ ¿No tienes hambre? ─ preguntó Lina con la boca llena. Laidanne todavía no había probado bocado. No obstante, la hechicera no pasó por alto el brillo de avidez en los ojos esmeraldinos de la joven, que posaba con fijeza la vista en el pescado humeante ─. Vamos, come, pareces desfallecida.

Con timidez, Laidanne acercó una titubeante mano y cogió uno de los pinchos de pescado. Lo olió y, satisfecha, al parecer, comenzó a mordisquearlo. Lina soltó un bufido.

─ Con nosotros no tienes que andarte con remilgos ─ se limitó a decir. Laidanne la miró y, como si las palabras de Lina actuaran igual que una señal, empezó a devorar el pescado de una manera que en nada tenía que envidiar a la hechicera. Gourry comía con la vista posada en el lobo, que, recostado junto a la elfa, continuaba mirando a la pareja, aunque parpadeaba con aire somnoliento.

─ ¿Él no come? ─ preguntó el espadachín, tragando y señalando al animal con uno de los pinchos. El lobo, al sentirse aludido, alzó con rapidez la cabeza, mirando a Gourry, aunque no mudó su expresión. Laidanne le dio unas palmaditas en el cuello para tranquilizarlo, y Feäntor volvió a recostarse, satisfecho.

─ No ─ respondió Laidanne tras dar un sorbo de agua ─. Él no necesita comer.

La hechicera y el guerrero se miraron con el ceño fruncido, sin comprender.

El silencio era casi absoluto, roto sólo por el suave crepitar de las llamas de la fogata, el suave discurrir del agua del manantial y el ulular de las aves nocturnas, que observaban desde algún rincón oscuro. Laidanne contemplaba la luna, con las piernas recogidas, rodeándolas con sus brazos. Lina observó a Gourry, quien, acostado cómodamente, parecía a punto de quedarse dormido. La hechicera le dio un codazo para desvelarlo.

─ ¿Qué… qué…? ─ balbuceó el somnoliento guerrero, incorporándose con alarma y con los ojos embotados por el sueño. Al escucharlo, Laidanne abandonó sus ensoñaciones y parpadeó, apartando la vista de la luna para posarla en Lina. Ésta permanecía impasible, con las piernas cruzadas y la barbilla apoyada sobre su mano derecha, que a su vez descansaba en la rodilla.

─ Bien ─ comenzó Lina ─, creo que ha llegado el momento de las preguntas.

Serena, impasible, Laidanne le devolvió la mirada con tranquilidad, asintiendo y acariciando distraídamente a Feäntor, que se había quedado dormido. El poderoso flanco del animal subía y bajaba armoniosamente a medida que respiraba.

─ Antes que nada, dinos¿estás relacionada con la partida de goblins que aniquilamos?

La joven elfa parpadeó confusa.

─ Claro que no. Soy sierva del bien, antes moriría que aliarme con esas aberraciones de la naturaleza ─ dijo. Tras unos segundos, añadió sagazmente ¿Qué te hace pensar eso?

Lina hizo caso omiso a la pregunta y estrechó los ojos desconfiada, pero Laidanne parecía sincera. Sabiendo que no sacaría mucho más si insistía en el tema, decidió olvidarse de ese punto… al menos, de momento.

─ ¿Quién eres y qué quieres de nosotros? ─ Inquirió a continuación la hechicera. Gourry, a su lado, sacudió la cabeza y se frotó los ojos para espantar el sueño, prestando atención.

─ Soy Laidanne D'Aralessar ─ comenzó la joven elfa con su voz musical ─. Provengo de Frausser, una arboleda druídica anclada en lo más profundo de los bosques de Kataart. Es probable que nunca hayas oído hablar de ella.

Gourry miró a Lina, interrogándola con la mirada. Ella no le hizo caso, pero cruzó los brazos y se abstrajo unos segundos para pensar. Finalmente, frunció ligeramente el ceño y sacudió la cabeza en gesto de negativa.

─ Sé que hay elfos en las proximidades de Kataart ─ dijo ella ─, pero os escondéis tan bien que nadie sabe mucho acerca de vosotros.

Laidanne esbozó una sonrisa de ligera disculpa.

─ Cierto, y nuestra arboleda es una de las comunidades más aisladas de la zona ─ explicó la joven ─. Nuestra gente vive fusionada con la Naturaleza. Si me preguntas por nuestras creencias, sólo adoramos a un dios ─ Laidanne movió la cabeza lentamente, abarcando por la mirada los árboles y la naturaleza de su alrededor esto es nuestro dios.

Lina comprendió (aunque a Gourry pareció costarle un poco). Esbozó una sonrisa de entendimiento.

─ Entonces eres una druida ─ dijo y he oído decir que los druidas invocáis las fuerzas de la naturaleza, además de poseer otras habilidades, como el poliformismo, el conocimiento de pócimas curativas… y la empatía animal.

En este punto, Lina dirigió una mirada astuta al lobo dormido, y Laidanne hizo otro tanto.

─ Sí, aunque Feäntor no es un lobo normal ─ dijo ─: es un espíritu, una invocación astral que toma la forma de un lobo para mí. Es mi compañero, mi amigo, y viaja a mi lado siempre que puede hacerlo.

Sonriendo, Laidanne acarició lentamente el suave pelaje del lobo. Éste arrugó la nariz en sueños, y enseguida volvió a adoptar una expresión apacible.

─ ¿Y qué quieres de nosotros? ─ preguntó Lina. Suspiró cuando, a su lado, Gourry soltaba un ronquido y, adormilado, dejaba caer la cabeza alarmantemente cerca de las llamas. Asustado, el guerrero se incorporó con un leve grito.

Laidanne abrió la boca para responder, pero enseguida la cerró. Desvió los ojos para meditar sus palabras. Lina pudo ver cómo su mirada adquiría un matiz de nerviosismo, y ello lo demostró su mano, que se crispó sobre el pelaje blanco del lobo. El animal, con un aullido, despertó, mirando a su ama con reproche.

Finalmente, y tragando saliva con esfuerzo, Laidanne volvió a mirar a Lina.

─ También sé que sois mercenarios ─ explicó ─. Quiero contrataros.

Lina esbozó una amplia sonrisa, aunque sus ojos continuaban escrutando a Laidanne con astucia.

─ Sabes que te costará caro. ¿No?

Laidanne asintió.

─ ¿Cuánto ofreces? ─ preguntó la hechicera.

─ ¿Qué te parecen cien monedas?

─ No me convence ─ dijo Lina, torciendo la boca.

─ De acuerdo. ¿Cuánto deseas, entonces? ─ inquirió Laidanne con visible inseguridad.

Lina meditó la pregunta unos instantes. Finalmente, sus ojos se iluminaron y formuló su petición:

─ Trescientas monedas ─ Lina apartó los ojos unos instantes, como si pensara algo más; miró a Gourry por el rabillo del ojo y añadió por cabeza.

Laidanne casi se desmaya al escuchar las palabras de Lina.

─ Pe… pero… ─ balbuceó ─ Ahora no tengo tanto dinero…

─ No pasa nada, nos pagarás cuando vayamos a tu arboleda.

─ Somos druidas, no tenemos mucho que ofrecer ─ respondió Laidanne, sustituyendo su inseguridad por rabia contenida ─. Además. ¿Cuándo he dicho que te llevaría?

─ Oh, lo harás, a no ser quieras que rechace ─ dijo Lina con sencillez ─. Además, todavía no te he perdonado que nos espiaras.

Temblando de furia, incapaz de hablar por la indignación, Laidanne se incorporó de un salto. Sobresaltado por su reacción, Feäntor se incorporó y se puso en guardia, rugiendo y enseñando sus afilados colmillos a la hechicera.

─ Eh… vamos, Laidanne… ─ dijo Gourry alzando las manos, tratando de poner paz. Pero ella le ignoró, posados sus chispeantes ojos verdes en Lina.

─ Cien monedas de oro es una buena oferta ─ dijo con voz gélida ─. Si no aceptas, Lina Inverse, nuestros caminos se separarán ahora. Y si decides… vengarte por lo sucedido en la cueva, te advierto que responderé de la misma forma.

Para dar énfasis a su advertencia, la elfa formó un cuenco con los dedos de su mano. A Lina esto no le sorprendió: era druida, experta en el manejo de las fuerzas de la naturaleza, y ello equivalía a ser una versada hechicera astral. Sin embargo, esto no amilanó a la joven mercenaria (¿es que existía algo que lo consiguiera?); abrió la boca para replicar.

Pero entonces se topó con la severa mirada de Gourry, que le exigía silencio en voz baja, y las palabras murieron en sus labios. Con un suspiro, Lina observó a Laidanne con irritación y ─ muy a su pesar ─ cierta admiración por su valentía.

─ Está bien, está bien ─ dijo por fin ─, no me vendrán mal cien monedas. Aceptaré escucharte… pero cuando conozca tu historia tomaré mi decisión.

Laidanne asintió, satisfecha por las condiciones, y volvió a tomar asiento. Feäntor se sentó a su lado, sus ojos amarillos refulgiendo amenazadores.

─ Hay alguien a quien deseo que detengáis, se trata de… ─ Laidanne guardó silencio, pues su voz había comenzado a temblar. Cerró los ojos, suspiró y, ya más calmada, prosiguió con firmeza ─: su nombre es Kerkaat. Es un asesino a sueldo humano, temido por muchos. Ha causado mucho mal y debe ser detenido. Quiero que me ayudéis a encontrarlo y capturarlo… vivo.

Lina alzó una ceja, extrañada.

─ ¿Desde cuándo los elfos se preocupan por las reyertas humanas? ─ inquirió ─. ¿Qué tiene ese asesino que te interese tanto?

No sabía qué fibra sensible acababa de tocar, pero el caso es que Lina se sorprendió cuando Laidanne dio un respingo y se ruborizó intensamente. La elfa bajó la vista para ocultar su zozobra, y continuó hablando en un susurro:

─ Él… Kerkaat… le conocemos, hace tiempo causó estragos en nuestra arboleda. Jamás supimos cómo consiguió encontrarla, pero asesinó a muchos elfos. Tal vez por un trabajo, no lo sé… ─ la joven suspiró y sacudió la cabeza. Entonces, alzó los ojos y los posó en Lina. Ésta le devolvió la mirada.

Y supo que la elfa mentía.

No dijo nada, pero apuntó con vivo interés este detalle. La invitó a proseguir con un asentimiento.

─ No sabéis nada de ese asesino, no debéis subestimarle… ni siquiera tú. Se mueve con el sigilo de un guepardo y caza con la presteza de una leona. No existe ningún hombre con su habilidad ─ Laidanne hizo una pausa para acariciar a Feäntor ─. Sabemos que pasará por aquí, que estos bosques entran en su ruta. Ha sido muy… oportuno que vosotros estuvierais cerca. Cuando me enteré de ello, no dudé en seguiros.

─ Yo lo que me pregunto ─ preguntó Lina, perspicaz ─ es cómo es posible que sepáis todo esto, vosotros, que habéis estado lejos del mundo desde hace tantos siglos.

─ Ya… ya te expliqué lo de la matanza ─ balbuceó Laidanne, a la defensiva ─. Desde entonces le hemos seguido la pista, le hemos vigilado. Él conoce la ubicación de la arboleda, podría volver ─ azorada, Laidanne se frotó las manos, y se apresuró a cambiar de tema En fin. ¿Qué decides?. ¿Nos ayudarás?

Lina se estiró y bostezó, e interrogó a Gourry con la mirada, buscando apoyo. Pero él hizo lo que solía hacer siempre en estos casos: encogerse de hombros. "Tú fijas el precio, tú decides", parecía decir ese gesto.

Suspirando con frustración, Lina miró a Laidanne.

─ No me convence demasiado, parece arriesgado… y hay demasiados interrogantes que no puedo ignorar ─ se detuvo para pensar unos instantes y, después, finalizó lo lamento por las cien monedas, pero esto me da mala espina y creo que no aceptaré. Lo siento, Laidanne.

Esperaba que la elfa enrojeciera de furia, que se incorporara encolerizada o que incluso ordenara a su lobo atacar, pero se quedó perpleja cuando la joven se limitó a sonreír con un extraño brillo en sus ojos.

─ Cabía la posibilidad de que dijeras eso ─ dijo entonces ─. Pero aceptarás… no es una amenaza. Hay un motivo por el que no puedes pasar por alto este trabajo.

Lina esbozó una mueca burlona y soltó una risita escéptica.

─ ¿Ah sí? ─ preguntó, irónica ─. ¿Y qué motivo es ese?

Con calma, sin moverse siquiera, Laidanne respondió:

─ Pues que la siguiente víctima de ese asesino ─ dijo ─ eres tú.

Continuará...


Aclaraciones del autor:

Bueno, fin del capítulo dos… debo decir que, ahora que se está perfilando mi historia, no es exactamente como me la había imaginado; cuando tomé la decisión de escribir este fanfic, mi idea inicial era más bien un relato ambientado en el universo de Slayers, pero con personajes únicos y exclusivos de mi invención: así surgieron, entre otros, Kerkaat y Laidanne. En ese primer esbozo ya había decidido introducir la presencia de Xellos y, por supuesto, la de su ama, por motivos que de momento no puedo revelar.

Pero al final ha quedado así: me resulta poderosamente difícil escribir un fic de Slayers en el que no aparezcan los personajes principales de la serie, así que los he añadido como elemento primordial. Aún así, mi historia se centra principalmente en el asesino y la elfa, pero no por ello voy a dejar de lado a los protagonistas de Slayers: una de mis intenciones es perfilar la relación entre ellos de un modo que jamás se ha visto ni en el anime, ni en el manga y (creo) ni en las novelas.

Ahora, voy a hacer un repaso a ciertos párrafos o situaciones, que quizás no hayáis comprendido si no estáis muy familiarizados con el universo de Slayers:

- La escena inicial, en la cual Kerkaat habla con Lord Shaldroff, no es enteramente ficticia: la situación política de Kalmaart, así como los nombres de sus principales dirigentes, no son falsos: todo está relacionado con uno de los sucesos acaecidos en las novelas. Esto incluye la referencia inicial a la mesa del Lord ((…) procedía de Solaria, capital de Kalmaart, y era regalo, según rezaban los rumores, del mismísimo Lord Langmeyer). Eso sí, Lord Shaldroff y la ciudad de Kalish sí han surgido de mi imaginación (así como su Asociación de Magos), debido a los escasos datos que poseo de este territorio. No es mi intención hacer hincapié en lo sucedido en las novelas (pues quizás, y con fortuna, acabemos leyéndolas en España): todo ello no ha sido más que una introducción y un vehículo preliminar para los sucesos que acontecerán en el futuro.

- En la historia que Laidanne cuenta a Lina y Gourry hay varias referencias reales a los elfos de la saga: según ella, procede de las montañas de Kataart, lo cual es perfectamente posible, pues los elfos son los principales sirvientes de los dragones dorados. En las mismas novelas, una elfa ayuda a Milgazia cuando Lina y su grupo arriban a las montañas, en busca de la Biblia Claire. Por otro lado, cuando Lina afirma que los elfos han estado lejos del mundo desde hace siglos, se refiere a la decisión que tomó esta raza de apartarse del mundo finalizada la Guerra Kou Ma, o la contienda por la resurrección de Ojo de Rubí, hace más de mil años.

Lo realmente ficticio de esta explicación es la referencia a los druidas y a la arboleda druídica. No hay datos de que existan tales enclaves en el mundo de Slayers, aunque es perfectamente posible y lógico, puesto que los elfos de la serie se rigen por el patrón de los elfos clásicos de la fantasía épica. Lo que he hecho ha sido adaptar las características de estos siervos de la naturaleza a la organización mágica del mundo de Slayers: así pues, Laidanne, como druida, es experta en el manejo de la Magia Astral: la magia de los elementos y el espíritu.

Y esto es todo. Ahora, a preparar el tercer capítulo.

¡Saludos!

Neyade Tinúviel
Druida Gris, Zahorí y Aprendiz de Mago.