2. Encuentros.

La luna continuaba velando el territorio sumido en sombras, iluminando con su mortecina luz plateada las copas de los árboles, y dotándolas de un aire fantasmagórico y casi místico. Faltaban pocas horas para el amanecer y Laidanne había decidido descansar hasta entonces: se acurrucaba echa un ovillo junto al fuego, y Feäntor, su lobo, la acunaba de forma protectora. Lina, empleando su mochila como almohada y con las manos descansando sobre su estómago, contemplaba a la joven elfa con el ceño fruncido y cierto aire de aburrimiento. Gourry, que hasta ese momento se había dedicado avivar el fuego echando más leña, se acercó a la hechicera y se sentó a su lado, exhalando un fuerte suspiro. Su línea de visión tomó el mismo rumbo que la de su compañera, y durante unos instantes nadie dijo nada, disfrutando de la tranquilidad nocturna y de la mutua compañía. Finalmente, fue Lina quien decidió romper, con cierta lástima, el sosegado momento:

─ Dime ─ comenzó la hechicera en un susurro perezoso ─, ¿Qué opinas?

─ ¿Sobre ella o sobre ese asesino? ─ inquirió Gourry en el mismo tono, cálido y tranquilo.

─ Sobre todo, en general ─ respondió Lina. Movió la cabeza lánguidamente para mirar a los ojos al espadachín.

Éste se limitó a encogerse de hombros, su respuesta inmediata a todas las preguntas.

─ Creo que Laidanne está mintiendo ─ respondió entonces ─. Es todo lo que puedo decir.

─ ¿Crees que ese tal Kerkaat no me persigue? ─ Continuó con el interrogatorio la maga.

─ No… sobre eso parecía sincera ─ respondió Gourry, midiendo sus palabras y estrechando los ojos. Sacudió la cabeza ─. Pero todo ese cuento de la arboleda y el asesinato en masa… no me ha terminado de convencer.

Lina sonrió débilmente por toda respuesta, satisfecha de comprobar que el guerrero compartía sus impresiones.

─ ¿Alguna idea acerca de cuál puede ser la verdad? ─ preguntó la joven. Hacía años que viajaba con Gourry y ya había aprendido a confiar en la innata intuición de su camarada ─. Ya que me he visto obligada a aceptar el trabajo, toda posibilidad es bienvenida.

El espadachín torció la boca en una mueca burlona.

─ Sólo conjeturas ─ dijo ─. Tengo la sensación de que nuestra elfa ha tenido algo que ver con ese asesino en el pasado.

Lina apartó la vista de Gourry y la fijó en el aterciopelado cielo, asintiendo levemente ante la lógica de sus palabras.

─ Sí… puede ser ─ dijo, pensativa ─. Pero en ese caso. ¿Qué clase de relación les unía?

Gourry volvió a encogerse de hombros y, con sencillez, apuntó:

─ Quien sabe, tal vez fueran amantes.

Lina dio un respingo ante la inesperada respuesta y se ruborizó. No sabía por qué, pero le incomodaba tener esas conversaciones con Gourry.

─ ¿A… amantes? ─ inquirió ─. ¿Una elfa y un humano?

─ Cosas más raras se han visto ─ replicó Gourry, mirando a la hechicera con una extraña sonrisa en el rostro ─, como cierta hechicera y cierto espadachín.

A Lina le dio un vuelvo el corazón y, carraspeando, apartó con rapidez la mirada de Gourry, intentando aparentar que permanecía impasible cuando en realidad la acusaba un mareo devastador. Escuchó cómo, a su lado, el guerrero comenzaba a silbar con despreocupación y se recostaba sobre la hierba, y Lina comenzó a darle vueltas a las palabras de Gourry mientras su intensa zozobra persistía y se esforzaba por ocultar el leve temblor que sacudía su cuerpo.

¿Qué había querido decir Gourry con esas palabras? "Cosas más raras se han visto, como cierta hechicera y cierto espadachín"; resultaba obvio que el mordaz comentario iba por ellos dos, pero¿por qué ponerlos de ejemplo en una conversación referente a parejas y relaciones sentimentales? Las palabras del guerrero resonaban en su mente y taladraban sus sentidos como una espada de filo poderosamente cortante, avivando sus recuerdos. Hacía ya más de tres años que conocía a Gourry; más que eso: todos los días de su vida, desde entonces, había convivido, comido, viajado y luchado a su lado. Se había convertido en una importante pieza de su existencia, un elemento que no tenía intención de conservar hasta que, sin darse cuenta, ya se había arraigado tanto a ella como su propia magia. No podía permanecer mucho tiempo lejos de Gourry; anhelaba su presencia protectora, la confianza que le inspiraba, sus francos y sinceros ojos verdes y azules que la miraban, y la instaban a compartir con él todas sus dudas, sus secretos… Con el tiempo, la hechicera no pudo negárselo por más tiempo, y acabó por admitir ante sí misma ─ a regañadientes, eso sí ─ que se había enamorado del espadachín.

Y, aunque la autoestima no era la característica más notable de Lina, ella sabía que también era un componente importante en la vida del guerrero.

¿Por qué no le había dicho lo que sentía, entonces?

¿Por temor?. ¿Por inseguridad. ¿Porque temía que, en el fondo, él no sintiera lo mismo?

¿Por qué no se lo decía ahora?

─ ¿Gourry? ─ inquirió Lina tímidamente ─. ¿Estás despierto?

─ Ajá ─ se limitó a responder el aludido con voz somnolienta ─. ¿Qué te pasa?. ¿No puedes dormir?

─ No… no es eso, es que… me gustaría…

Lina abrió la boca, dispuesta a soltarlo todo, dispuesta a… ¿a qué?. ¿Qué debía decirle?. Bastaría con cualquier cosa. Tan sólo tenía que pronunciar unas palabras…

¿Cómo cambiarían las cosas si lo hacía?. ¿Cambiaría su amistad?. ¿La profunda confianza que existía entre ellos?

Con un suspiro, cerró la boca. No, no podía hacerlo.

─ ¿Lina? ─ llamó Gourry, con un leve matiz de preocupación. La hechicera seguía sin mirarle, pero podía sentir los ojos del guerrero clavados en ella.

─ Sólo quería saber qué… ¿Por qué estás conmigo?

─ ¿Qué? ─ Gourry parecía incrédulo.

¡Estúpida! Tenía que decir algo y lo sabía, así que pronunció las primeras palabras que le vinieron a la cabeza. Ahora ya era demasiado tarde para rectificar.

─ Es que… he estado pensando en todo el tiempo que llevamos juntos ─ prosiguió Lina, dubitativa─. ¿Por qué sigues viajando conmigo?

Gourry soltó una suave y encantadora risa.

─ Ya sabes que soy tu guardián ─ se limitó a responder ─, y siempre lo seré.

─ Lo sé, lo sé, pero… ─ Lina guardó silencio, temerosa de formular la pregunta que aguardaba en sus labios.

─ ¿Pero…?

─ Tú mejor que nadie sabes que no necesito protección, no tienes por qué guardar mis espaldas ─ dijo la hechicera, el corazón latiéndole desbocado ─. ¿Sólo por eso sigues conmigo, o hay algún… otro motivo?

Gourry no respondió de inmediato, y su silencio sólo contribuyó a aumentar la tensión en el ambiente. Lina se removió inquieta hasta que ya no pudo más, y entonces, todavía sin mirarle ─ ya le dolía el cuello de tanto evitar posar sus ojos en el espadachín ─, balbuceó:

─ Olvídalo… ha sido una pregunta estúpida. En realidad creo que sí necesito dormir, ya…

La mano de Gourry, cálida, fuerte y encallecida por el uso de la espada, se cerró sobre la de la hechicera con fuerza, casi provocándole a ésta un fallo respiratorio.

─ Supongo ─ dijo entonces él, con un ambiguo tono de voz ─ que no es tan fácil separarse de ti.

La cabeza de Lina se movió como si tuviera vida propia, posando por fin sus ojos en los del guerrero. Gourry sonreía, con una expresión inhabitual en él que ocultaba sus pensamientos. Lina le devolvió la sonrisa.

Entrelazando sus dedos con los del espadachín, Lina se acurrucó junto a él, exhalando un profundo y satisfecho suspiro.

En la seguridad de su presencia, se quedó dormida.

· · ·

─ Maldito sea… ─ gruñó el asesino en voz baja ─. Maldito sea, condenado hijo de…

Kerkaat continuó farfullando estas palabras durante largo rato, escrutando un mapa del territorio sin verlo, con sus enfurecidos ojos evocando hermosas escenas de tortura y venganza; dichas ensoñaciones no hacían más que ir y venir irremediablemente, avivando la llama de furia del mercenario.

Lo habían hecho desde que había conocido a Xellos.

Y, por supuesto, aquel a quien se imaginaba atormentando a placer y golpeando hasta dejar sin sentido no era otro que el misterioso sacerdote.

El asesino continuó mirando el mapa, sin darse cuenta de que sus manos fuertes se crispaban en torno a él, destrozando sus extremos. Finalmente, soltó el pergamino y, con un grito de furia, golpeó la piedra repetidas veces, un brillo febril en sus ojos oscuros. De inmediato, lamentó haberlo hecho: levantó con dificultad el puño magullado y sangrante y suspiró, recuperando en parte el dominio de sí mismo. Secándose el sudor de la frente, sacudió violentamente la cabeza para eliminar los restos de cólera que persistían en su cerebro… y que, como bien sabía Kerkaat, regresarían.

El asesino se incorporó, frotándose la dolorida mano mientras escrutaba el terreno que se alzaba ante él, muy por debajo de la alta ladera en la que se encontraba. Ahí estaba, dirigiéndose a un lugar que no deseaba visitar, una zona anclada en lo más profundo de su memoria y que le resultaba doloroso recordar. Especialmente, odiaba tener que remover los recuerdos de la hermosa joven que, una vez, había conocido allí…

Pero Xellos, el maldito Xellos, lo había obligado a tomar esa ruta, regresando sobre sus pasos.

¡Oh, por supuesto que el sacerdote le había sido de mucha utilidad! Le había proporcionado información valiosísima acerca de la hechicera: su actual paradero, la ruta de sus viajes, sus habilidades y las de su compañero e incluso matices de su personalidad. Kerkaat, intrigado, le había preguntado al clérigo cómo sabía tanto acerca de la pareja; pero su interlocutor, sonriendo y alzando un dedo, se había limitado a responder:

"Eso es un secreto, mi señor".

Esta respuesta ya había irritado considerablemente a Kerkaat, pero controló sus ansias de cerrar sus dedos en torno al frágil cuello de Xellos sólo porque era consciente de que, quizás, podría sacarle más información, mucha más. De hecho, el individuo había resultado ser una especie de enciclopedia ambulante.

Pero lo peor llegó cuando Kerkaat se disponía a marcharse.

"Gracias por tu ayuda", le había dicho el asesino en tono hosco, incorporándose y dispuesto a abandonar la posada para no perder más tiempo en su búsqueda… o más bien para deshacerse de la presencia del sacerdote de una maldita vez. "Ahora debo proseguir mi viaje, no puedo alargar esto mucho más".

Con una leve inclinación de cabeza, Kerkaat se dio la vuelta.

Xellos, con una expresión apacible ─ y el mercenario hubiera jurado que tenía un matiz sarcástico ─, le detuvo:

"Esperad, mi señor", había dicho, "es de mala educación aceptar la información de alguien sin ofrecerle nada a cambio".

Con los ojos como platos, Kerkaat se giró en redondo y rugió:

"¡Dijiste que no me cobrarías nada!"

Xellos acentuó su sonrisa, dándole a ésta un aire inocente, y replicó:

"Yo sólo os dije que no os cobraría ni una sola moneda", dijo, "pero hay muchas maneras de recompensar a alguien por los servicios prestados".

Rojo de furia, los dedos de Kerkaat se habían crispado (un tic que no lo había abandonado desde entonces), y las nerviosas manos de Xellos se alzaron en gesto pacífico.

"Por favor, mi señor", dijo, "comprendedlo: sólo soy un humilde monje, mi vida no necesita de monedas de oro, pero…"

"Está bien. ¿Qué quieres que haga?", le cortó Kerkaat, intentando canalizar su furia y controlarla. Xellos entreabrió los ojos; en ese momento, el asesino pudo verlo otra vez: el siniestro brillo violáceo. La visión le produjo un escalofrío, y este hecho, teniendo en cuenta que Kerkaat era un mercenario frío que convivía con la muerte a diario y que, por lo tanto, no temía nada, sólo contribuyó a acentuar su furia.

"Hace tiempo que ando tras la pista de algo", dijo, "se trata de un planta mágica de incuestionable valor: la Vandalliar, quizás habréis oído hablar de ella. Pero el lugar en el que se encuentra me es inaccesible por… diversos motivos.

"Deja que adivine: quieres que te traiga una de esas plantas", aventuró Kerkaat, cruzándose de brazos y transformando el odio en violento sarcasmo.

"Sois muy listo, mi señor", dijo Xellos, aparentemente admirado.

"De acuerdo. ¿Y qué lugar es ese?

"El Bosque de Yanavar", respondió el sacerdote, torciendo ligeramente la boca y poniendo especial énfasis en el nombre del lugar. Este hecho le habría resultado poderosamente intrigante a Kerkaat si no fuera por el profundo estado de shock en el que se sumió de repente.

El Bosque de Yanavar… si, conocía muy bien ese lugar, un hermoso bosque de ríos, cascadas y árboles de todo tipo, en el cual trinaban unos pájaros engañosamente amistosos. Pero no, Kerkaat sabía lo que se ocultaba en el interior del Bosque... lo sabía de primera mano.

Según las leyendas, Yanavar, in situ al norte de las fronteras de Lyzeille, era en realidad un laberinto con conciencia propia, un ente inteligente y malévolo que aprisionaba a sus víctimas y las acosaba hasta la muerte mediante todo tipo de endiabladas tácticas: legiones de monstruos, desprendimientos de roca, tormentas infernales… cualquier posibilidad era buena para enterrar al forastero mal recibido, enterrarlo en la muerte. Sí, Kerkaat lo sabía, pues años atrás, cuando todavía era joven e impulsivo, había desafiado su poder y se había adentrado en el territorio. Ahora, tendría que volver a ese lugar infernal.

Pero no era ese el motivo por el que las palabras de Xellos le golpearon en sus sentidos como un martillo de pesado metal.

El motivo era la joven elfa que había conocido en Yanavar, aquella mujer de la que se había separado tan dolorosamente y que, sin duda, continuaba allí. Kerkaat lo sabía, tenía esa intuición.

Y ella también sabría que había vuelto. El asesino era consciente de ello, aunque habría sido incapaz de decir cómo.

"¿Mi señor Kerkaat?"

La voz de Xellos sacó al asesino de sus sombríos pensamientos. Ceñudo al mostrar su momento de debilidad ante el individuo, Kerkaat dio la vuelta bruscamente y se encaminó a la salida mientras gruñía:

"Olvídame", dijo, "tendrás que buscar a otro para que te haga el trabajo sucio. Yo me largo".

Kerkaat alcanzó la puerta con rapidez y posó la mano en el picaporte.

"¡Oh, maese Kerkaat!", dijo Xellos, con un peculiar tono de voz, "Me temo que eso no va a ser posible".

Con un bufido, sin apartar la mano del pomo de la puerta, Kerkaat miró a Xellos, quien ni siquiera se había movido del asiento y degustaba tranquilamente el contenido de una taza de café.

"¿Y eso por qué?", inquirió el asesino, amenazador. Si se entrometía, si replicaba unos segundos más, no dudaría en lanzarle la daga y clavársela en el maldito cuello.

Xellos tomó un sorbo de café y entreabrió un ojo, observando a Kerkaat con aquella misma expresión, cáustica y amenazadoramente suave, que volvió a atravesar al mercenario como una lanza.

"Porque no os dejarán marcharos".

Kerkaat abrió la boca para replicar, casi divertido, y observó a su alrededor.

Y entonces se dio cuenta.

El posadero, la clientela de hombres que se amontonaban y reían en una mesa, el borracho durmiente de la noche anterior… todo parecía normal, en orden.

Y, sin embargo, no era normal.

Kerkaat había entrado en ese tugurio, los Dos Mares, miles de veces, casi siempre para recabar información. Conocía hasta el más mínimo detalle del local, incluido el propio tabernero y sus ayudantes. Ahora que observaba bien, advertía que el posadero era diferente, los clientes eran diferentes… y todos los allí presentes, al menos una docena y media de hombres, observaban a Kerkaat fijamente, con miradas severas y aviesas, casi instándolo a abrir la puerta.

No eran ciudadanos normales: eran cazadores de recompensas.

Kerkaat era un temido asesino, uno de los mejores en su oficio, y mientras más crecía su popularidad, más jugosa resultaba la recompensa por su cabeza. Allí, en Kalish, tenía salvoconducto, pues Lord Shaldroff no se molestaba en ocultar que tenía tratos con el asesino. Sin embargo, esta orden sólo iba destinada a los habitantes y guardias de la ciudad, no a sus visitantes. En contadas ocasiones, grupos reducidos de guerreros, o un solo insensato, habían arribado a la ciudad para tenderle una emboscada. Pero Kerkaat era demasiado despierto, demasiado veloz, demasiado astuto; finalmente, era la presa la que pillaba por sorpresa a los cazadores.

Por primera vez en su vida, Kerkaat había caído en la trampa.

Eran demasiados, todos preparados, prevenidos y dispuestos. Él era hábil, un experimentado guerrero, y podría resistir un par de minutos. Pero, cauto e inteligente, Kerkaat sabía que no podría escapar, y más teniendo en cuenta que el clérigo seguramente poseía dotes para la magia. De hecho, estaba convencido de que habría más hombres apostados al otro lado de la puerta, esperándolo.

¿Cómo era posible que sus ojos, tan escrutadores y penetrantes, no se hubieran dado cuenta de lo que fallaba en la taberna?

Era por ese maldito sacerdote: era demasiado extraño, no podía apartar los ojos de él y se veía obligado a vigilarle constantemente.

El asesino tuvo la impresión de que Xellos también era consciente de ello.

Temblando de furia, Kerkaat escrutó al sacerdote, el cual continuaba tomando café con una expresión irónica en el rostro.

"Qué curioso", susurró, "creía que eras un monje pobre y sin dinero, me sorprende que hayas reunido monedas suficientes para contratar a toda esta morralla".

Xellos soltó una carcajada prolongada, como si el asesino acabase de contar un chiste muy gracioso.

"Tenéis razón, me ha costado bastante llegar a un trato con esta gente", se limitó a decir.

"¿Qué les has ofrecido?", inquirió el asesino, cada vez más furioso.

"¿Aparte de vuestra cabeza?, preguntó Xellos, con una sencillez escalofriante. El sacerdote se encogió de hombros y se dispuso a dar otro sorbo de café. "Eso era todo lo que deseaban".

La cólera de Kerkaat aumentó tanto que comenzó a temblar, y le rechinaron los dientes. Los mercenarios, prestos para el combate, se pusieron en guardia de inmediato. Finalmente, el asesino consiguió calmarse.

"Está bien", dijo con ira contenida, "tú ganas: iré a ese condenado bosque".

Xellos, sonriendo ampliamente, aplaudió con elegancia al tiempo que se incorporaba.

"¡Una decisión sensata, sin duda!", dijo. Se aproximó con deliberada lentitud al asesino, y su furia se vio sustituida por la confusión. ¿Cómo podía permanecer tan tranquilo, sabiendo que podría tumbar su delgado cuerpo de un puñetazo?. ¿Acaso no era humano?

El sacerdote llegó a la altura del asesino y, con los ojos envueltos en las sombras de su cabello y esa perpetua sonrisa, posó una de sus manos enguantadas en el robusto brazo de Kerkaat. Éste volvió a estremecerse inexplicablemente, hasta el punto de que olvidó momentáneamente sus ansias de retorcerle el gaznate al maldito manipulador. A su alrededor, los mercenarios se miraron unos a otros, preguntándose cuándo podrían comenzar a disputarse el trofeo.

Xellos se inclinó sobre Kerkaat y, lentamente, le susurró:

"Emprendamos nuestro viaje, pues".

Lo siguiente que sintió Kerkaat fue que la oscuridad lo embargaba. Se movía en ella a velocidad ultrasónica. Se tambaleó y cayó al suelo… ¿o cayó al cielo? No estaba seguro, ahora lo único real era la vertiginosa velocidad que lo mareaba y confundía y el frágil brazo del sacerdote, que lo sostenía con una fuerza impensable en un tipo como él.

Y de repente, tan rápido como había comenzado, cesó. Kerkaat, se encontró posando los pies en tierra firme, un descampado abrupto cubierto de hierba y rodeado de árboles. Intentó mantener el equilibrio, pero no pudo. Cayó de bruces y, con los ojos bailándole, sintió crecer la nausea en su estómago. Se inclinó hacia delante y vomitó sin freno. Xellos, detrás de él, esperó pacientemente.

Cuando por fin se hubo recuperado, Kerkaat observó a su alrededor, jadeando débilmente y con el rostro mortalmente pálido.

"Lo lamento", dijo Xellos rascándose la cabeza, cuando ya estaba seguro de que su acompañante lo escuchaba, "no hay muchos capaces de soportar estos viajes".

"¿Dónde estamos?, consiguió preguntar Kerkaat, con la voz enronquecida por el malestar.

"Aquí", respondió el sacerdote. Kerkaat le lanzó una mirada furibunda, y el sacerdote se apresuró a proseguir, "a un par de días del Bosque de Yanavar".

Kerkaat gruñó a modo de asentimiento, incorporándose con pesadez. Volvió a escrutar el terreno y, ceñudo, replicó:

"No reconozco este lugar", dijo. Observó el bosque que se alzaba ante él y rugió: "¡Maldita sea, esto es un condenado laberinto!"

"Confío en vuestra intuición", dijo Xellos, acentuando su expresión inocente.

"¡Eres una maldita hiena!", gritó Kerkaat, con los ojos enloquecidos y acercándose amenazador al sacerdote. Xellos reculó, sosteniendo su báculo a modo de defensa.

"Vamos, vamos, es lo máximo que puedo hacer de momento…", se defendió. Kerkaat, sin dejar de mirar a Xellos con unos ojos que lo descuartizarían si pudieran, se detuvo y suspiró.

"¿Qué ha pasado con los mercenarios?", inquirió.

"Bueno…", comenzó a responder Xellos, bajando la guardia al ver que pasaba el peligro, "les habrá resultado extraño ver cómo dos personas desaparecían de repente".

Kerkaat soltó un bufido.

"Les has engañado, igual que a mí".

Xellos emitió una enigmática risita y torció la boca en un gesto siniestro.

"De ningún modo: les advertí que vuestra cabeza sería suya si no aceptabais mis condiciones, y las aceptasteis", Xellos se encogió de hombros, "en fin, las cosas no siempre salen como uno quiere". Volvió a entreabrir sus ojos amatistas y los clavó con fijeza en el asesino, quien apartó la vista de forma inconsciente, maldiciéndose por su debilidad, y fingió inspeccionar de nuevo el terreno. "No les engañé… igual que no os mentí a vos, maese Kerkaat".

Crispando sus manos, el asesino se incorporó y, aún sin mirar al monje, dijo:

"Me voy. Tengo que realizar tu maldito encargo".

"¡Oh, es cierto! No os distraeré ni un minuto más."

Mascullando un juramento, Kerkaat comprobó su daga y sus pertenencias, y le sorprendió comprobar que su bolsa estaba cargada de provisiones. Sorprendido, miró a Xellos de hito en hito.

"¿Cuándo has…?"

Xellos respondió de la manera habitual: sonriendo.

"Bueno, mi señor", se inclinó en una respetuosa reverencia, apoyándose con el bastón, "confío en que cumpliréis con mis expectativas".

Dicho esto, comenzó a alejarse, sin esperar la despedida de Kerkaat. Cuando el sacerdote llegó a la altura de un árbol, Kerkaat preguntó:

"¿Cómo voy a encontrarte?

Xellos se giró sólo lo suficiente para dejar al descubierto su sonrisa, que en esta ocasión contenía un desconcertante aire maquiavélico.

"No os preocupéis, maese Kerkaat", dijo, "yo os encontraré a vos".

Ante tal respuesta, Kerkaat no pudo evitar formular otra pregunta, aunque la musitó para sí mismo:

"¿Quién eres en realidad, monje…?"

Inexplicablemente, Xellos le escuchó, o así lo demostraron las comisuras de sus labios.

Y otra vez esa frase…

"Eso es un secreto".

Despidiéndose con la mano, el sacerdote desapareció tras el árbol. Con un rugido de frustración, Kerkaat alcanzó el árbol en tres largas zancadas y alargó la mano para coger al desalmado individuo por la capa, zarandearlo y sonsacarle hasta los secretos más íntimos de su infancia.

Pero Xellos ya no estaba.

Habían pasado ya casi dos días. El sol comenzaba a esconderse por el horizonte y Kerkaat por fin divisaba, desde lo alto de la ladera, las copas resplandecientes del Bosque de Yanavar. Antes de una hora, alcanzaría su destino.

Su cruel destino.

En un gesto inconsciente, el asesino desenvainó su daga y comenzó a girarla entre sus dedos con elegancia. Su mano tembló y el objeto cayó al suelo. Maldiciendo, Kerkaat se inclinó y recogió el arma. Últimamente estaba fallando mucho, cometiendo errores en los que sólo tropezaría un niño, y no un asesino experimentado como él. ¿A qué se debía?, al maldito Xellos, sin duda, a su cáustica sonrisa, a su falso aire de inocencia.

A aquel maldito lugar, al que se veía obligado a regresar después de tanto tiempo.

A ella, que había regresado a sus pensamientos…

Kerkaat acarició ausente el hermoso collar de plata con la esmeralda incrustada que descansaba en su cuello, una esmeralda que le recordaba profundamente a los hermosos ojos verdes de la joven…

Sacudiendo la cabeza y ceñudo, Kerkaat se incorporó, guardó la daga y se obligó a sí mismo a concentrarse en su objetivo: el territorio maldito.

Sin prisa, pero sin detenerse un solo instante, inició el descenso por la ladera.

· · ·

─ ¡Laidanne!

Lina corrió para situarse a la altura de la elfa, que no hacía más que caminar con rapidez, con la vista lejana en algún punto que sólo ella veía, y que, al parecer, actuaba como un poderoso imán para ella. Los aventureros avanzaban a través del camino, era patente la ausencia de Feäntor, que había desaparecido misteriosamente al salir el sol.

La muchacha no se detuvo al escuchar la llamada.

Frunciendo el ceño y suspirando, la hechicera llegó hasta ella, la sujetó por el brazo y la obligó a volverse violentamente. Furiosa, la joven se vio obligada a detenerse y observó a la humana furibunda.

─ ¿Qué quieres? ─ gruñó.

─ Hemos accedido a ayudarte ─ dijo Lina, en un tono no menos peligroso , Pero lo único que has hecho desde que emprendimos la marcha ha sido caminar, casi correr, sin ofrecernos siquiera una explicación. ¡Si quieres que te ayude cuéntanos adónde vamos, maldita sea!

Laidanne le ofreció una mirada helada, pero no respondió. Los ojos ardientes de la hechicera no vacilaron ni un ápice. Gourry, que en ese momento llegaba corriendo hasta ellas, vaciló al observar la visible tensión que reinaba en el ambiente. Alternó sus ojos confusos de una a otra, sin saber qué hacer o qué decir.

Laidanne le sacó del apuro suspirando, relajándose y mirando a Lina con un atisbo de disculpa.

─ Tienes razón, lo siento ─ dijo. Lina también aplacó su furia y relajó la presión en el hombro de la elfa, aunque no dejó de mirarla, esperando la explicación. Laidanne volvió a suspirar y comenzó verás… como te dije, conozco la ruta del asesino. Sé a dónde se dirige.

─ Eso es evidente ─ dijo Lina, sarcástica ─. Va a donde estoy yo. Lo único que tendríamos que hacer es sentarnos y esperar.

Laidanne negó vehementemente con la cabeza.

─ No… se ha desviado de su objetivo, aunque no sé por qué. Antes tiene que cumplir otro encargo. Y el lugar al que va… ─ la elfa se ausentó, pensativa y nerviosa, por lo que no pudo ver el gesto inquisitivo de Lina. Una vez más se preguntó cómo demonios sabía todas esas cosas, pero se abstuvo de preguntar. Conociendo el carácter evasivo de la joven, no dudaba que se negaría a responder y cambiaría de tema de inmediato.

─ ¿A dónde se dirige, pues? ─ preguntó Lina, impaciente. Tras ella, Gourry ignoraba la conversación e inspeccionaba el terreno.

Laidanne parpadeó y observó a Lina como si la viera por primera vez. Entonces, sus ojos parecieron reconocerla, y respondió:

─ Al Bosque de Yanavar.

Lina reaccionó como si una horda de orcos surgiera de improviso de las profundidades arbóreas. Retrocedió varios pasos, alarmada. Laidanne le dirigió una mirada conmiserativa, sin duda pensando que la hechicera, como todo el que conocía los terribles poderes del Bosque, temía el lugar.

─ Sé fuerte ─ dijo la elfa, comprensiva ─. Sé que eres reacia a entrar allí, pero es un lugar fácil de evadir cuando lo conoces bien. No tengas miedo.

Pero Lina no respondió como Laidanne esperaba.

─ ¿Tener miedo? ─ inquirió la hechicera con emoción contenida. Sus ojos brillaban de júbilo, y sus manos unidas temblaban de impaciencia ─. El Bosque de Yanavar… reza la leyenda que en su interior se oculta el mal, que la maléfica inteligencia del lugar sólo conoce un objetivo: eliminar a los intrusos.

─ S… sí, y me temo que no es una leyenda ─ balbuceó Laidanne, cada vez más confusa ante la actitud gozosa de Lina.

─ Eso significa… ─ prosiguió la hechicera, sonriendo ampliamente.

─ ¿Eso significa…? ─ inquirió Gourry, que se había aproximado al oír el tono emocionado de su compañera y ahora escuchaba con vivo interés.

Lina alzó un puño y, desafiante, clamó al cielo:

─ ¡Eso significa que en su interior tiene que haber un gran tesoro!

El grupo se sumió en un atónito silencio al escuchar las inesperadas palabras. Estando Laidanne en estado de shock, Gourry tomó la palabra, suspirando con resignación.

─ No piensas en otra cosa, Lina…

─ ¡Laidanne! ─ gritó la hechicera, asiendo por los hombros a la anonadada muchacha y decidiendo ignorar la observación del espadachín ─. Prometimos ayudarte en todo lo posible… ¡Iremos a ese malévolo bosque, nos adentraremos en la espesura maldita por ti!

─ De… de acuerdo ─ murmuró la elfa, volviendo en sí momentáneamente.

─ "Por ti", dice… ─ musitó Gourry, soltando un bufido irónico ─. Pero si sólo le interesa el susodicho tesoro, será interesada…

Por desgracia, Lina lo escuchó.

Con un suspiro pesaroso, Laidanne observó a la hechicera, quien en ese momento se dedicaba a lanzarse sobre Gourry y estirarle las mejillas con rabia. El guerrero clamaba perdón, entre gritos, mientras intentaba desembarazarse de la joven.

Un tesoro… la elfa esbozó una sonrisa divertida. Recordó a alguien que, en su día, también había penetrado en Yanavar con una idea similar ─ sólo que, en su caso, su "tesoro" consistía en encumbrar su propio orgullo personal ─, llegando hasta ella de forma accidental.

Decidió no comentarle a Lina lo mucho que se equivocaba: era mejor que tuviera un aliciente para seguir adelante.

Al amanecer del tercer día de viaje, Lina y Gourry continuaron la marcha a buen paso. La hechicera les obligaba a caminar mucho y descansar poco; las imágenes de montañas de monedas y piedras preciosas refulgían tanto en sus ojos que a Gourry le pareció que, sólo con alargar la mano, podría coger el oro de sus pupilas.

La tarde cayó sobre ellos de inmediato, un momento que el trío aprovechó para reponer fuerzas y llenar el estómago con sustanciosas cantidades de comida.

Estaban en las lindes de los Bosques de Yanavar.

─ ¿Es éste el misterioso bosque? ─ preguntó Gourry mirando con curiosidad los árboles altos y verdes, mientras mordía con avidez un mendrugo de pan seco que, en tales circunstancias, le sabía a gloria ─. Pues no parece muy amenazador…

─ Esa es su estrategia, hacernos creer que es un territorio alegre e inofensivo ─ replicó Lina, ingiriendo una buena cantidad de carne ─. ¡Oye Gourry, estaba reservando ese pan para el final!

Laidanne ni siquiera se percató de que el porrazo de Lina había enviado volando a Gourry justo a sus pies. Sentada en una roca, sus ojos estaban fijos en algún punto de la espesura que sólo ella veía, y brillaban con patente melancolía. Lina la observó largamente, confusa ante la actitud de la joven. Se incorporó y, con lentitud, se aproximó a la elfa. Cuando ésta sintió la sombra de la hechicera cerniéndose sobre ella, dio un respingo, alarmada, y suspiró con alivio al ver de quién se trataba.

─ Me has asustado ─ dijo.

─ Lo siento ─ se disculpó Lina, con una sonrisa ─. Oye. ¿Te encuentras bien, Laidanne?

La muchacha asintió con un gesto igual de afectuoso.

─ Sí, es sólo que estoy cansada. El largo viaje me ha agotado.

Otra vez mentía. Laidanne resultaba ser un libro abierto para la hechicera. ¿Cómo era posible que pensara que era capaz de engañarla?

Con un suspiro de resignación, Lina se sentó junto a ella.

─ Dime. ¿Qué sabes de este bosque?

Laidanne dio un respingo y, mirando a Lina con una expresión de inmensa culpabilidad, negó con la cabeza, temblorosa.

─ N… no sé nada. ¿Qué te hace pensar que…?

─ Vamos Laidanne ─ la cortó la maga negra, exasperada ─. No soy estúpida: antes, cuando creías que el Bosque me daba miedo, dijiste: "Sé que eres reacia a entrar allí, pero es un lugar fácil de evadir cuando lo conoces bien".

Laidanne abrió mucho los ojos, sorprendida y maravillada de que Lina recordase las palabras exactas.

─ ¿Por qué no me dices lo que sabes y acabamos de una vez? ─ finalizó la hechicera.

Laidanne se mordió el labio, seguramente intentando rumiar alguna excusa, pero acabó por darse por vencida y suspiró. Apartó los ojos de la hechicera y abrazó sus propias piernas con los brazos.

─ Está bien… hace tiempo estuve en este bosque ─ admitió, enterrando ligeramente la cabeza en las rodillas, aunque la luz triste en sus ojos continuaba siendo visible ─. Estuve bastante tiempo, el suficiente como para aprender a defenderme de sus malignos ataques.

Lina asintió, pero no dijo nada. Al ver que su oyente no iba a añadir ningún comentario, la elfa continuó:

─ No hay mucho que contar… las leyendas resultaron ser sumamente acertadas. Al entrar en el Bosque, lo primero que sientes es una benigna sensación de paz y serenidad: el Bosque desea que te tranquilices, que bajes la guardia ─ el rostro de Laidanne se ensombreció ─; es entonces cuando ataca. De repente, tienes la sensación de que una sombra malévola se cierra sobre ti, asfixiándote: sientes que te arropa como un manto de terror y desesperanza, pero cuando intentas huir, ya es demasiado tarde.

Lina asintió, tensa.

─ El Bosque te ataca ─ finalizó la hechicera.

Gourry, quien se había sentado frente a las dos jóvenes, escuchaba el relato con sorpresa y temor reverencial.

─ Puede atacarte de varias formas ─ prosiguió la elfa enviándote jaurías de lobos hambrientos, grupos de orcos… lo peor del caso es que parece preparar el terreno para la ocasión. Por ejemplo, si te embosca una horda de trolls, Yanavar se asegurará de que estés en alguna cueva húmeda, en la cual no puedas encender ni una sola antorcha, en la cual tus enemigos no se sientan amenazados por su más acuciado temor: el fuego.

Permanecieron mucho rato en silencio, reflexionando acerca del poder infernal al que se disponían a enfrentarse. Lina no tenía miedo a nada: el temor era el compañero de los niños y los cobardes, decía ella; sin embargo, era lo suficientemente sensata como para no subestimar a su enemigo, y mucho menos a uno que estaría presente en cada árbol, en cada roca, en cada río.

La luz anaranjada del atardecer dio paso al azul oscurecido de la noche. Lina dio un respingo, sorprendiéndose de que hubiera pasado tanto tiempo.

─ En fin, supongo que ya va siendo hora de continuar ─ dijo Gourry. El guerrero, siempre un hombre de acción, ya se había puesto de pie y se aproximaba a la entrada del Bosque con agilidad. La hechicera se dispuso a imitarle, pero antes dedicó una ceñuda mirada a Laidanne.

─ No pareces sorprenderte de que sea de noche ─ dijo ─, ya podrías habernos avisado.

Pero Laidanne negó tranquilamente con la cabeza y sonrió.

─ Era necesario esperar a que anocheciera ─ dijo. Lo siguiente que hizo fue cruzar sus brazos sobre el pecho en forma de cruz, cerrar los ojos y murmurar unas palabras en el lenguaje de los elfos. Una energía pura y brillante comenzó a envolver un punto del terreno situado entre Lina y ella. La hechicera y el espadachín observaron con curiosidad.

La energía se retorció y giró sobre sí misma, hasta que poco a poco fue tomando una forma corpórea.

La forma de un lobo.

─ ¡Es el lobo! ─ exclamó Gourry, reculando con sorpresa. Pero Lina no tardó en recordar.

─ Es cierto, me dijiste que era una criatura del Plano Astral ─ dijo ─. Pero. ¿Por qué de noche?

Laidanne se encogió de hombros mientras acariciaba a Feäntor, que había corrido hasta su ama y frotaba la cabeza contra ella en gesto cariñoso.

─ La luna influye sobre él, así que de día lo dejo descansar ─ dijo ─. ¿Vamos?

Los aventureros se adentraron en la espesura. El Bosque no parecía tener nada de especial, excepto una belleza sublime y casi sobrenatural; sin embargo, quizás debido a las sombras de la noche o al conocimiento que los tres poseían acerca del lugar, todos miraban con aprensión cada rincón de la zona, reaccionando con un respingo ante cualquier sonido de forma paranoica. Únicamente el lobo parecía tranquilo: su pelaje plateado y sus ojos amarillos brillaban con tal fuerza que resultaba un excelente vehículo de luz, aunque acabó por alejarse tanto del grupo en calidad de explorador que pronto dejó de serles útil.

Un ruido sordo y un grito ahogado advirtieron a las dos mujeres que Gourry acababa de tropezar con algo, aunque ninguna alcanzó a verlo. Oyeron maldecir al guerrero mientras intentaba incorporarse.

─ ¿Estás bien, Gourry? ─ inquirió Lina, aproximándose a su compañero casi a ciegas y ayudándolo a levantarse.

─ Maldita sea, no veo nada ─ farfulló Gourry ─. ¿Por qué tenemos que entrar de noche? No deberíamos haber descansado tanto tiempo...

─ Necesito a Feäntor en este lugar ─ dijo Laidanne. Los ojos verdes de la joven resplandecían con un fulgor rojizo que lo observaba todo de forma penetrante y agitada ─. Lo siento, no recordaba que los humanos carecéis de visión infrarroja.

─ No hay otra solución… ─ masculló Lina. Con una palmada y unas palabras arcanas, una bola de luz surgió de ellas y se alzó, iluminando el terreno.

─ ¡Es verdad, no recordaba que podías hacer eso! ─ exclamó Gourry, visiblemente aliviado. La luz blanca de la esfera iluminaba sus facciones enmarcadas por el cabello rubio, confiriéndole un aire espectral ─. ¿Por qué no lo has hecho antes?

─ No quería revelar nuestra posición a ningún posible enemigo ─ respondió Lina, con un suspiro de frustración.

─ Eso no serviría de nada ─ dijo la voz de Laidanne. La elfa se encaramaba a los árboles, indagando en el terreno con movimientos felinos El Bosque acabará por encontrarte.

Continuaron andando al menos una hora más, con cautela y lentitud, bajo la luminiscencia etérea de la esfera de luz invocada por Lina, que avanzaba flotando en el aire sobre ella. Durante ese tiempo, no sucedió nada digno de mención ─ excepto cierta ocasión en la que Feäntor volvió sobre sus pasos, tan silencioso que sobresaltó a Gourry, provocándole al guerrero una desafortunada caída en un arroyo de agua helada ─. Exhaustos, aunque más por el temor contenido que por la caminata, humanos, elfa y lobo alcanzaron un pequeño claro apacible, y decidieron tomarse un respiro en él.

Precisamente lo que el Bosque quería.

Los tres viajeros se sentaron con pesadez en la hierba, observando a su alrededor con desconfianza, y Feäntor se puso a rondar por los extremos de la zona, buscando enemigos y amenazas y actuando como un excelente guardián. Lina se acurrucó sobre sí misma, tiritando.

─ Hace frío. ¿No creéis? ─ preguntó. Los interrogados asintieron. Pese a todo, la hechicera era muy consciente, al igual que sus compañeros, de que en el Bosque las temperaturas eran muy elevadas, por lo que el sudor frío y el temblor acusado no resultaban ser síntomas de un ambiente gélido, precisamente.

Todos habían comenzado a sentirlo: el "manto de terror y desesperanza" que se cernía sobre ellos.

─ ¿Enciendo una fogata? ─ preguntó Gourry con voz ronca, al tiempo que miraba tras de sí en gesto temeroso. El sudor que perlaba la frente del guerrero le comunicó a Lina que él no lo estaba pasando mucho mejor que ella.

Únicamente Laidanne parecía dominar en algo la situación. La elfa negó ante la pregunta del guerrero.

─ No dañes al Bosque ─ dijo ─ o su venganza será terrible.

Lina observó a Laidanne con una furia fruto del miedo.

─ ¡Podrías habernos advertido antes de entrar! ─ rugió en un susurro ─. Más de una vez estuve tentada de darle una patada a uno de estos asquerosos….

Las copas de los árboles temblaron y se agitaron, entonando una especie de canto fúnebre que prometía muerte. El trío se encogió de miedo, mirando a los árboles como si fuesen colosos enfurecidos. Feäntor se limitó a ponerse en guardia con serena y digna actitud.

Lina carraspeó, nerviosa.

─ Que… quería decir… que me gusta mucho este bosque… ─ rectificó la maga en tono de disculpa.

Pero los temblores no cesaron; en todo caso, lo que hicieron fue aumentar, y las copas ennegrecidas por la oscuridad se agitaron como si un viento invisible las meciera con violencia. La luz de la esfera de Lina bañaba los árboles con una luz mortecina que les adjudicaba el aspecto siniestro de algo capaz de moverse por sí mismo.

Laidanne se incorporó de un salto, colocando sus manos en posición por si se veía obligada a defenderse. Sus ojos miraban a su alrededor con terror, viendo algo que sólo sus roja visión elfa era capaz de captar. Tras ella, Feäntor clavó sus ojos amarillos en la misma dirección, rugiendo y enseñando los dientes.

─ Esto no me gusta ─ musitó la elfa con voz temblorosa ─. No me gusta nada…

─ ¿Qué es? ─ inquirió Lina, mirando en torno a sí con gesto de impotencia, sin saber qué los amenazaba, de qué debía defenderse ─. ¿Qué has visto?

La hechicera escuchó cómo Gourry desenvainaba su espada.

─ Lina… ─ murmuró el espadachín, con los ojos desorbitados por el pánico. La hechicera asintió. El trío se juntó espalda contra espalda, sin bajar la guardia un solo instante. Feäntor parecía cada vez más furioso, y su pelaje de plata estaba erizado: los instintos le advertían del peligro. Las copas de los árboles ahora se sacudían tan violentamente, desparramando hojas sobre el terreno, que parecía que caerían sobre ellos en cualquier momento.

Laidanne continuaba con sus ojos fijos en la espesura.

─ ¡Laidanne! ─ chilló Lina, cada vez más asustada y, en consecuencia, más furiosa por ello.

─ ¡Nos rodean! ─ fue todo lo que dijo la elfa, en el mismo tono de voz.

Y entonces, sus enemigos aparecieron.

Al menos tres gigantes, de más de treinta metros de altura y aspecto salvaje, se abalanzaron sobre el grupo, gritando con una espantosa voz de barítono. Pillada por sorpresa, sorprendida por no haberles oído llegar, la hechicera vio atónita cómo uno de los gigantes levantaba su enorme maza de madera, dispuesta a aplastar al pequeño insecto que tenía delante. Con una improvisada voltereta, la hechicera se alejó de la mortífera arma. El viento que produjo la maza al chocar contra el viento le revolvió el pelo, ocultando su rostro. Se apresuró a apartarse los mechones para tener visibilidad y plantarle cara a su enemigo, que de nuevo se aproximaba a ella.

Y, en ese momento, la luz de su esfera luminosa se apagó, sumiéndolos a todos en la oscuridad.

─ ¡No! ─ gritó la hechicera, aterrorizada, reculando hacia atrás instintivamente hasta chocar contra un árbol ─. ¡No, no, maldita sea!

Unió las manos para volver a invocar la esfera, sin saber por qué demonios se había esfumado.

Pero la maza de más de trescientos kilos se estampó a sólo unos centímetros de su cuerpo. Con un respingo, presa del pánico, la hechicera se echó al suelo y se arrastró por la hierba, buscando un buen lugar en el que esconderse. Pero no encontró ninguno: el claro era una vasta extensión desprovista de rocas; el suelo únicamente estaba cubierto por la hierba.

Justo lo que el Bosque quería…

De repente, a Lina le dio un vuelco al corazón. ¿Qué había ocurrido con Laidanne?. ¿Se habría librado de la furia de los gigantes, o había muerto en el intento. ¿Y Gourry, qué había sido de él? La asaltó la súbita visión del guerrero aplastado por una de las mortíferas mazas, convertido en una masa sanguinolenta, sin saber ni siquiera qué lo había matado… Las lágrimas acudieron a los ojos de la hechicera sin darse cuenta, mientras seguía arrastrándose por la hierba con la oscuridad cerrada sobre ella, asfixiándola, aplastándola. ¿Cómo demonios había accedido a iniciar una empresa semejante¡Cómo se arrepentía! Moriría allí, sola, pues estaba convencida de que sus compañeros habían muerto. Todo estaba perdido…

Un morro suave se estrelló contra su cara, instándola a volver en sí. Lina alzó la vista y vio unos ojos ambarinos, brillantes, clavados en ella, y un pelaje plateado, majestuoso, que cubría un cuerpo musculoso. La hermosa visión la llenó de esperanza, y asiéndose a su luz como si le fuera la vida en ello, se incorporó con lentitud, sin saber muy bien qué hacer.

─ ¡Lina! ─ gritó de repente una voz suave, frente a ella. Dirigió sus ojos al punto del que procedía y vio a Laidanne, sus ojos rojos posados en ella. Entre sus manos sostenía una energía luminosa de tonalidad azulada, que la iluminaban con fuerza. La elfa no dejaba de moverse, concentrada a medias y esquivando a su adversario con presteza y seguridad ─. ¡Lina, sé fuerte¡No tengas miedo, eso es lo que él quiere!

Lina volvió en sí como si alguien le hubiera lanzado un jarro de agua helada. Observó a su alrededor, dominando a medias el pánico. Feäntor se apostaba junto a ella en ademán protector.

─ ¿Gourry? ─ gritó la hechicera, temerosa

─ ¡Estoy aquí, Lina! ─ gritó la poderosa, tranquilizadora voz. De repente, fue consciente de muchas más cosas: los jadeos entrecortados del guerrero, sus esfuerzos por escapar del gigante invisible por la penumbra, los mandobles de su afilada espada, que cortaban el aire con frenesí ─. ¡¿Pero qué te pasa¡Esto no es propio de ti, lucha de una vez!

El alivio recorrió a Lina como un tónico reconfortante, dejándola momentáneamente mareada. La voz de Gourry penetró en sus sentidos como una música celestial.

Y ya no tuvo miedo.

Se incorporó, avergonzada por su actuación, justo cuando Laidanne llevaba a cabo su hechizo: con movimientos violentos, lanzó el conjuro al objetivo que sólo ella podía ver.

─ ¡Aqua Create!

Un chorro de agua luminosa surgió de la tierra, golpeando al gigante con violencia y haciendo que se tambaleara hasta caerse. La fuerte luz producida por el impacto del hechizo iluminó la zona unos segundos, y Lina pudo verlo todo: Gourry se defendía bastante bien de su adversario, esquivando con agilidad sus golpes al tiempo que lanzaba estocadas a sus piernas, con la esperanza de hacerle perder el equilibro; aun a ciegas, el espadachín era muy capaz de guiarse por sus instintos guerreros. El gigante del que Lina escapara antes parecía confuso, al otro lado del claro, buscando a su presa. Feäntor decidió lanzarse al ataque en esos momentos, aproximándose a la bestia solitaria.

Lina comprendió.

¡Los gigantes tampoco veían en la oscuridad!

Con una sonrisa de renovada confianza, la hechicera juntó sus manos. La llama de sus ojos había vuelto a brillar con más intensidad que nunca, casi rivalizando con las pupilas infrarrojas de la elfa.

─ Así que, después de todo, tienes tus fallos. ¿Verdad, selva inmunda? ─ musitó. La luminiscencia del hechizo shamánico de Laidanne no tardó en desvanecerse, encerrándolos de nuevo en la oscuridad. Pero Lina ya no necesitaba ver: sabía dónde estaba su víctima, la tenía perfectamente situada. Cerró los ojos para agudizar sus otros sentidos: oído, olfato y tacto trabajaron unidos, alimentando el poder de la hechicera. Se aisló del mundo durante un instante, canalizando la magia del hechizo que se disponía a recitar. No temía a los gigantes: de uno de ellos se ocupaba Laidanne, una excelente maga shamánica de extraordinaria agilidad; el otro era cosa de Gourry, y la hechicera confiaba en él, siempre confiaba en él.

Feäntor se ocupaba de distraer al tercero: su futura víctima.

Uniendo sus manos, dejando fluir la magia en su interior, Lina comenzó su cántico arcano:

Espíritus surgidos de la tierra ─ su voz sonaba susurrante, casi sobrenatural. La suave barrera mágica proporcionada por el hechizo la envolvió como la calidez del regazo de una madre ─ por mis palabras y plegarias¡reunid en mí vuestro poder y vuestra experiencia!

La magia se manifestó en sus manos: sintió el éxtasis de la energía mágica, que brotaba de su cuerpo confiriéndole el poder.

─ ¡Al suelo, Gourry! ─ la voz alerta de Laidanne sonó como un murmullo lejano, así como el grito del guerrero, que no necesitaba que le alertaran.

Lina abrió los ojos y culminó su sortilegio:

─ ¡¡Dill Brand!!

La tierra tembló, y el resplandor del hechizo proporcionó a Lina una espléndida visión de la devastación causada por su magia. Una explosión de tierra surgió del suelo, lanzando por los aires al gigante, que se contorsionó espasmódicamente cuando sus huesos se rompieron, con un gran crujido, al regresar al suelo. Feäntor, raudo y despierto, ya se había alejado lo suficiente como para no salir malparado. Los otros dos gigantes, víctimas de la onda expansiva, se tambalearon violentamente y miraron a su alrededor con aire estúpido: el primero en caer fue el rival de Gourry, que no pudo resistir por más tiempo los profundos tajos sangrantes abiertos diestramente en sus piernas. Sin pérdida de tiempo, el guerrero se encaramó de un salto al monstruo y hundió la espada en su corazón. Laidanne no tuvo tanta suerte: cayó casi al mismo tiempo que el tercer gigante, y éste, al advertir la incapacidad de su presa, alzó su porra para aplastarla. Con los ojos desorbitados, la elfa advirtió que no podría apartarse a tiempo.

Un aullido resonó en el aire: una forma argéntea y brillante, similar a una centella debido a la velocidad con la que se aproximaba, llegó hasta su enemigo y le hundió unos afilados colmillos en la garganta con violencia. El brazo fláccido del titán cayó inerte, al igual que su maza, esta última con un estruendo ensordecedor.

Y entonces, sobrevino el silencio.

Aturdida, exhausta por el trance y el combate, Lina se dejó caer en la hierba, tomando aire en fuertes jadeos. La cabeza le latía con violencia y sentía sus ropas empapadas en sudor. Laidanne y Gourry no dudaron en hacer lo mismo: aliviada al ver que su enemigo caía, la elfa permaneció en la misma posición y tumbó la cabeza en la hierba; Feäntor se arrodilló junto a ella, mirando a su ama con preocupación. Gourry se sentó sobre el ancho pecho del monstruo, sosteniéndose con la espada como si fuera un bastón. Los rubios cabellos se adherían a su húmedo rostro.

Una luz blanca iluminó el terreno: Laidanne, con las pocas fuerzas que le quedaban, había invocado la esfera de luz en esta ocasión, pero nadie tenía todavía ánimos para levantarse. Finalmente fue el guerrero quien se incorporó, recuperado gracias a su poderosa constitución.

─ ¿Estáis bien? ─ preguntó, con voz profundamente cansada.

─ S… sí ─ respondió Laidanne débilmente.

Lina alzó el pulgar en señal de asentimiento.

Pero esto no le bastaba al guerrero. Con un esfuerzo inmenso, se aproximó a la hechicera, sin dejar de observarla con ojos de preocupación. Se arrodilló junto a ella. Lina, al notar la presencia tan conocida, entreabrió los ojos y esbozó una sonrisa tranquilizadora.

─ Estoy bien ─ dijo la maga negra, con voz ronca ─. ¿Y tú cómo estás?

Gourry se limitó a asentir, pero no apartó los ojos de Lina. Su expresión inquieta no varió un ápice. Lina se apresuró a incorporarse, consciente de que Gourry sería capaz de armar un escándalo si la veía incapacitada. Miró a su alrededor aparentando calma.

─ Tendremos que irnos de aquí. ¿No te parece? ─ dijo, con voz desfallecida. La hechicera se relamió los labios secos y cuarteados.

─ Sí ─ asintió Gourry con una débil sonrisa. Al mismo tiempo, sacó su odre de agua y se lo ofreció a la muchacha ─. Toma, bebe un poco. Estás sedienta.

Lina quería replicar, pero se dio cuenta de que, en esos momentos, sería capaz de matar por una sola gota de agua. Cogió la cantimplora y bebió con avidez.

Mientras lo hacía, sintió cómo los dedos de Gourry recorrían su rostro y le apartaban los húmedos mechones castaños con ternura.

─ Debes de estar agotada… ─ susurró él, con una voz irresistiblemente cálida.

Lina se atragantó con el agua, y aprovechó la bendita excusa para apartar la cara debido a la tos. Volviendo a la normalidad, le devolvió la cantimplora a Gourry y, con voz trémula, dijo:

─ Estoy bien, ya te lo he dicho. Vamos, bebe un poco tú también. Lo necesitas ─ Gourry abrió la boca para protestar, visiblemente alarmado por el acceso de tos de Lina, pero la hechicera se incorporó de inmediato y se alejó de él, aproximándose a Laidanne. La elfa, aunque agotada, ya respiraba con normalidad y, sentada en la hierba, acariciaba las sedosas orejas de Feäntor con gesto cariñoso. El lobo permanecía acostado, relajado y tranquilo.

─ Laidanne. ¿Estás bien? ─ preguntó Lina. La elfa la miró con una amplia sonrisa.

─ Sí ─ dijo ─. Has estado genial, Lina: conseguiste dominar el pánico y manejar la situación… ¿Por qué estás tan sonrojada?

─ ¡¿Q… qué?! N… no, por nada ─ balbuceó la maga, frotándose las mejillas ruborizadas y evocando, con un agradable mareo, el suave roce de los dedos del espadachín ─. Es que… cada vez que recuerdo cómo perdí el control…

Laidanne asintió, aceptando con sencillez la excusa de Lina. Ésta suspiró para sus adentros, aliviada.

─ No tienes por qué avergonzarte ─ dijo la elfa ─. Yo pasé por el mismo trance cuando entré aquí por primera vez, todos lo hacemos. Ya te lo he dicho: el Bosque se aprovecha del miedo, utiliza los temores más primarios para confundir a su enemigo y aniquilarlo. Lo que has visto hoy aquí es sólo una muestra de…

La elfa se detuvo de improviso, y su expresión cambió radicalmente. Sus ojos se desorbitaron por la sorpresa, comenzó a sudar y a respirar entrecortadamente. Por un momento, Lina temió que fuera a desmayarse.

─ ¡Laidanne!. ¿Qué…? ─ inquirió Lina, alargando sus brazos hacia el tembloroso cuerpo de la muchacha. Pero ésta se incorporó de un salto, fijando los ojos en un punto del terreno como hiciera segundos antes de la aparición de los gigantes. Percibiendo la agitación de su ama, Feäntor se puso en guardia. Lina y Gourry hicieron lo mismo; aunque agotados, esperaban ver surgir de entre los árboles una horda de titanes.

De improviso, de entre las profundidades arbóreas surgió una figura… pero no se trataba de ningún gigante, ni de ninguna otra bestia. Era un hombre, un humano de estatura media, delgado y de largo cabello negro; la luz albina de la esfera iluminaba sus facciones robustas y curtidas, y sus ojos negros absorbían la luminiscencia como un par de vórtices. Sus manos sostenían con fuerza una hermosa y afilada daga.

Lina advirtió de inmediato que el hombre no era creación del Bosque, pues, al igual que ellos, el individuo parecía confuso. Atribuyó el silencio y el sigilo con el que se había aproximado a ellos a su propia pericia y maestría. El extraño se detuvo, petrificado, posando sus ojos atónitos en la figura de la elfa y acariciando distraídamente un colgante que colgaba de su cuello, y cuya esmeralda refulgía de forma sobrenatural. Laidanne también permanecía quieta, anclada en la tierra como una estatua de mármol; el único movimiento lo produjeron sus labios, que se abrieron para musitar, con voz ausente y desmayada:

─ Kerkaat…

Continuará…


Aclaraciones del autor:

Fin del capítulo dos, en el que por fin he introducido algo de magia xD. Por fin, empiezo a tener una visión clara de lo que sucederá en el fic, porque al comenzarlo, lo hice casi a ciegas, sosteniendo con hilos algunas de mis ideas.

En fin, paso a comentar las curiosidades:

- Todo el capítulo gira en torno al misterioso Bosque de Yanavar, territorio surgido "casi" única y exclusivamente de mi imaginación, y que no tiene nada que ver con el mundo de Slayers. Digo lo de "casi" porque, en realidad, el Bosque es un guiño inconsciente a cierto lugar de la saga literaria El Ciclo de la Puerta de la Muerte: el Laberinto, un territorio inteligente y malévolo de similares características. Si alguno de vosotros se ha leído la saga, es posible que se haya percatado de ello xD.

- Esto no lo comenté en el capítulo anterior, así que lo hago ahora: Feäntor, el lobo, es otro claro homenaje a Guenwyvar, la pantera mágica que acompaña a Drizzt Do'Urden, el elfo oscuro de los Reinos Olvidados. En realidad, no sé con certeza si he cometido algún error con respecto a las características del Plano Astral en Slayers, pues en él habitan los demonios, pero, aparte de los dioses shinzoku, no se sabe de entidades benignas que lo pueblen (al menos, yo no lo sé); pero esto es un fanfic, así que en cualquier caso, no importa.

Creo que esto es todo, por el momento… si se me escapa alguna curiosidad, ya os la comentaré en el siguiente capítulo. Espero que estéis disfrutando no sólo con Lina y Gourry (y Xellos ), sino con mis propios personajes: soy consciente de que, si esperáis un fanfic en el que sólo aparezcan los protagonistas de la serie, os puede acabar aburriendo.

¡Saludos!

Neyade Tinúviel
Druida Gris, Zahorí y Aprendiz de Mago.