3. Intrigas.
Cuando Lina se adentró cautelosa en los Bosques de Yanavar, lo primero que sintió, y escuchó, fueron los sonidos del bosque: el susurro de las hojas de los árboles, el suave ulular de los búhos, el inocente discurrir de los arroyos, los graznidos de las criaturas desconocidas que acechaban en la espesura… Teniendo en cuenta su alterado estado emocional entonces, le había resultado irritantemente difícil ignorar los ecos, tan corrientes y, al mismo tiempo, siniestros.
En ese momento, en cambio, lo había conseguido. El Bosque parecía permanecer tan silencioso como ella, atento, al igual que su compañero, Gourry, a la escena que se desarrollaba ante sus ojos.
Laidanne continuaba mirando al recién llegado, quien por lo visto resultaba ser el asesino que iba tras sus pasos, con extrema fijeza. La hechicera observó a la elfa con inquietud; parecía estar completamente ausente: su rostro había adquirido una palidez mortal y las piernas le temblaban de tal manera que Lina temió que fuera a desmayarse.
Se acercó a la joven y la sujetó por los brazos, pero ésta no pareció darse cuenta de su contacto. La maga negra clavó entonces sus ojos en el llamado Kerkaat, quien no parecía estar pasándolo mucho mejor; la única diferencia con respecto al estado de Laidanne era que, en lugar de desvanecerse, transformaba su aturdimiento en rabia contenida; al menos, así lo demostraban sus relampagueantes ojos negros y sus manos bronceadas, que se crispaban sobre la daga y el colgante, respectivamente.
─ ¿Os conocéis? ─ inquirió Gourry, titubeante, alternando sus ojos de la elfa al humano. Sobraba decir que la intención del guerrero era romper la tensión, como siempre.
Nadie respondió, nadie se movió. Irritada, la humana miró al asesino enfurecida.
─ Bueno, ya está bien¿no? ─ preguntó con voz amenazadora ─. Oye tú… Kerkaat, o como te llames. Me han hablado mucho de ti.
El asesino consiguió por fin apartar la vista de Laidanne ─ aunque con esfuerzo ─ y la depositó en la hechicera. Sus ojos oscuros se estrecharon, penetrando en las pupilas de su futura víctima hasta su mismísima alma. Ella se estremeció ante tan inquisitiva mirada, pero no apartó los ojos. Ni siquiera parpadeó.
─ Lina Inverse ─ la voz ronca del humano sonó como una susurrante sentencia.
─ Así me llamo, en efecto ─ dijo la hechicera, sin amilanarse ─. Veo que empezamos con buen pie…
Pero Lina no tuvo tiempo de añadir nada más. Con movimientos veloces y diestros, con una agilidad que rivalizaba con la del mismo Feäntor, el asesino corrió hasta ella daga en mano, sin darle tiempo a pensar. Podría haberse encontrado, en menos de un segundo, con la hoja del arma clavada en su garganta, pues ni ella, ni quiera Gourry, supieron reaccionar a tiempo ante la inesperada carrera, y la vertiginosa sombra que se aproximaba a ellos.
Pero Laidanne se interpuso, y el humano se vio obligado a detenerse, mirando a la elfa de hito en hito. Ésta temblaba violentamente, pero no se apartó, con un brillo de determinación en sus ojos verdes. Lina sabía que era aquél el momento de actuar, pero la impresión y la curiosidad pudieron con ella.
─ Apártate Laidanne ─ gruñó el asesino con voz cortante, cuando se hubo recuperado lo suficiente para hablar ─. Esto no te concierne.
La elfa negó vehementemente con la cabeza.
─ No ─ respondió, la voz entrecortada. Lina tuvo la sensación de que intentaba contener unas lágrimas que pugnaban por Salir ─. No, Kerkaat. No pude detenerte entonces… esta vez lo haré.
─ ¡Apártate! ─ rugió Kerkaat, con un ademán violento que situó la punta de la daga en la garganta de la joven. Este gesto produjo un respingo no menos brusco en la muchacha, pero no se apartó. A su lado, Feäntor rugía, dispuesto a abalanzarse contra aquel que amenazaba a su ama.
Esta vez, incluso Gourry parecía reacio a hablar, decidido a observar en vez de actuar. Miró a Lina inquisitivo, con la espada desenvainada, pero ésta negó con la cabeza levemente. Sus ojos castaños permanecían posados en el asesino, en las emociones que mostraban sus facciones contraídas por el odio; sabía que cualquier movimiento en falso podría resultar fatal para Laidanne, y más ante un rival tan peligroso, por lo que no se atrevía a moverse.
De un momento a otro, Kerkaat perdería la paciencia: sus ojos destellaban con un tenue brillo febril que demostraba que no bromeaba en sus amenazas.
Si nadie hacía nada, esa noche el Bosque de Yanavar se alimentaría con sangre. Sangre de elfa.
Pero. ¿Qué podía hacer ella? Debía pensar en algo, y rápido…
─ ¡Vamos, vamos! ─ Una voz se alzó en el aire, casi haciendo que todos cayeran al suelo por la sorpresa. Una voz que le resultaba poderosa y terriblemente familiar a la hechicera ─. Creo que estáis sacando las cosas de quicio. Maese Kerkaat, por favor… ¿podríais bajar esa la daga?
Eso hizo Kerkaat. Pero no porque se lo ordenaran, advirtió Lina, aun entre la confusión, sino porque el asesino estaba tan perplejo que su mano se retiró de su presa de forma automática.
─ ¡Tú! ─ gritó, furioso, mirando a todos lados sin localizar la procedencia de la voz.
─ Sí, yo, aunque tengo un nombre. ¿Recordáis? ─ Con un sonido sobrenatural, la figura del extraño se materializó en el aire, frente al grupo. Sonriendo apaciblemente, sosteniendo el báculo entre sus manos enfundadas en guantes, se inclinó levemente a modo de saludo ─. Me alegra veros de nuevo.
─ ¡¡Tú!! ─ la voz de la hechicera sonó todavía más colérica que la de Kerkaat, si cabe ─. ¡Xellos!
Como si acabara de percatarse de su presencia, Xellos dirigió su rostro confuso a la maga, para luego esbozar una amplia y alegre sonrisa y rascarse la cabeza con candidez.
─ ¡Vaya, Lina, hola! ─ saludó con voz cálida y despreocupada ─. ¡Pero si estás aquí! Y también está Gourry, qué sorpresa.
─ ¡Hola Xellos! ─ saludó el espadachín, campechano ─. ¿Cómo va eso?
Xellos se dispuso a responder, pero entonces una roca se estrelló en la cara del sacerdote, quien cayó en la hierba con un ruido sordo. Alzó la magullada cara para mirar a Lina con indignación.
─ ¿Pero por qué has hecho eso?
Por toda respuesta, la hechicera se abalanzó sobre su viejo "camarada", apretujando su cuello con las manos.
─ ¡No te hagas el inocente conmigo! ─ rugió la joven ─. ¡Tú estás detrás de todo esto¿verdad?
─ N… no sé de qué me hablas…
Lina aumentó la presión en el cuello de su víctima.
─ ¡Vamos, Xellos, sabes de sobra que no soy ninguna estúpida!
─ O… oye Lina ─ balbuceó Gourry, acercándose a ellos y alzando una mano en gesto apaciguador. Laidanne y Kerkaat habían olvidado momentáneamente sus desconocidas diferencias, mirando al dúo con patente incredulidad. Feäntor no apartaba la vista del asesino.
─ ¡Habla! ─ rugió Lina.
─ E… está bien ─ accedió el sacerdote de mala gana. La hechicera lo soltó, y el monje se derrumbó en el suelo, intentando coger aire con esfuerzo. La cólera de Lina aumentó ante su pantomima de falsa incapacidad. Ella sabía muy bien lo que era. ¿Por qué diantre fingía?
Kerkaat se acercó, vacilante y furibundo, y preguntó, señalando a Xellos con un gesto de la cabeza:
─ ¿Le conoces?
Sobresaltada al darse cuenta de que aún no había pasado el peligro, Lina miró al asesino con ojos desconfiados y asintió.
─ Y por lo que veo, tú también ─ dijo ella ─. ¿Qué sabes de él?
El asesino se encogió de hombros, mirando al abatido Xellos con un rencor que no se molestó en ocultar.
─ No hay mucho que saber, supongo, excepto que es un maldito clérigo manipulador.
─ Bueno, no vas muy desencaminado ─ dijo Lina, devolviendo su expresión sombría a Xellos. Gourry, en ese momento, ayudaba al sacerdote a incorporarse ─. Es un demonio.
Kerkaat reculó, sorprendido, mirando a Xellos bajo una luz nueva. Tras él, Laidanne emitió un suave grito ahogado.
─ ¡Un demonio! ─ masculló el asesino entre dientes, sin dejar de mirar a Xellos, atónito. Éste se encontraba ya erguido ante los presentes, con los malévolos ojos amatistas abiertos, refulgiendo en la oscuridad y completamente fijos en Kerkaat. Una expresión retorcida adornaba su rostro: ya no tenía necesidad de fingir ─. Condenado mal nacido… ¡Me has mentido!
Xellos suspiró con exasperación.
─ Qué manía tenéis con eso de mentir ─ dijo el demonio ─. No, no os mentí en nada… simplemente, vos no me preguntasteis.
─ Me dijiste que eras un sacerdote…
─ Bueno, en cierto sentido lo soy.
─… y que eras humano.
─ Eso sólo lo supusisteis ─ Xellos torció la boca, irónico ─. En ningún momento afirmé serlo.
Furioso ante la lógica irrebatible del demonio, Kerkaat tuvo que conformarse con crispar las manos y mostrar un tic nervioso en su ojo izquierdo. Xellos parecía disfrutar con ello.
─ ¡Ya está bien! ─ rugió Lina, poniendo así fin a la discusión (si es que podía considerarse como tal, pues Kerkaat se encolerizaba y Xellos se limitaba a observar, satisfecho). La hechicera miró al demonio con gesto ceñudo ─. Ahora. ¿Quieres explicarnos de qué va todo esto de una maldita vez?
─ Por supuesto, mi querida Lina, pero… ─ sonriendo serenamente, Xellos abarcó el perímetro del claro con su bastón ─ recuerda dónde estamos.
De improviso, los sonidos nocturnos y la presencia maligna del Bosque de Yanavar volvieron a ser conscientes para la hechicera, y también para el guerrero, que se puso en guardia de inmediato.
─ Tienes razón ─ concedió Lina, de mala gana ─. Laidanne…
La maga negra se había olvidado por completo de la joven. Al volver a fijarse en ella, encontró a la elfa sentada en la hierba, cabizbaja y acariciando distraídamente el pelaje de plata de su fiel guardián. Los movimientos mecánicos y la expresión de su rostro indicaron que, más que sentarse, la muchacha se había derrumbado, casi sin fuerzas.
Al sentir la mirada de los presentes clavada en ella, Laidanne alzó la vista, y la dirigió inconscientemente a Kerkaat. Éste la observaba con una expresión inescrutable, hermética. Azorada, apartó los ojos.
─ Perdonad… no os he escuchado ─ dijo.
─ Laidanne, tú has estado aquí antes. ¿Conoces algún lugar seguro? ─ preguntó la hechicera, con voz suave y comprensiva… aunque no sabía qué narices tenía que comprender.
─ S… sí ─ balbuceó la interrogada, incorporándose con movimientos desmayados ─. Está a pocos minutos de camino… podríamos haber llegado ya, pero entonces nos atacaron los gigantes y…
─ De acuerdo, guíanos ─ la cortó la hechicera: sí, era capaz de ser comprensiva, pero todo tenía un límite.
Con un asentimiento rígido, la elfa tragó saliva y giró en torno a sí, tratando de descubrir la ruta a seguir. No obstante, daba la sensación de ser la más perdida del grupo.
Kerkaat bufó, impaciente, y comenzó a caminar.
─ Será mejor que os guíe yo ─ dijo ─, o estaremos aquí hasta el amanecer.
─ ¿Tú sabes dónde está ese lugar? ─ inquirió Lina, suspicaz.
Kerkaat no respondió. Sin la más leve vacilación, el mercenario se puso en camino.
─ ¡Espera! ─ gritó Lina, imperiosa. De mala gana, Kerkaat se detuvo y la miró ─. ¿Acaso no vas a intentar matarme de nuevo?
─ Yo también quiero saber qué está ocurriendo aquí ─ dijo el asesino, con un resoplido ─. Hasta entonces, considérate fuera de peligro.
Dicho esto, el hombre continuó su marcha.
Todos se pusieron en camino de inmediato, abandonando por fin el claro cubierto por los cadáveres de los gigantes e impregnado de un nauseabundo olor a sangre. Kerkaat encabezaba la marcha, con pasos seguros; el lobo se apresuró a colocarse a su lado tras asegurarse de que su ama estaba bien. Aunque el animal continuaba vigilando a Kerkaat, Lina advirtió con curiosidad que la criatura parecía conocerle; se apresuró a seguirles para no perder detalle. Gourry se aproximó a Laidanne y, servicial, se ofreció a ayudar a la ahora frágil elfa. Xellos cerraba la marcha; la bola de luz blanca, que persistía en el aire, no alcanzaba a iluminarle del todo, y permanecía semioculto en las sombras.
La hechicera estaba dividida entre la vigilancia del asesino y la del demonio, que resultaba ser el peligro más acuciante. Finalmente, segura de que Feäntor cumpliría con su cometido a la perfección, la maga negra se rezagó unos pasos para colocarse junto a Xellos, sin apartar la vista de él. Aunque no alcanzaba a verlo por la oscuridad nocturna, estaba convencida de que mantenía esa falsa y tranquila sonrisa.
El demonio apenas movió ligeramente la cabeza cuando Lina se puso a su lado, casi esperando que así sucediera.
─ Dime la verdad Xellos. ¿Qué tramas? ─ preguntó la hechicera. El aludido alzó un dedo, pero Lina se apresuró a añadir ─¡Y ni se te ocurra decirme que "es un secreto"!
El dedo del demonio cayó flácido, y Lina escuchó cómo emitía un suave suspiro de decepción.
─ Entonces me dejas pocas opciones… ─ dijo él.
─ De acuerdo. No me cuentes tus planes, entonces: ya me aseguraré de averiguarlos ─ concedió Lina, escrutando a Xellos. Éste no mostró asomo de burla o enfado ante sus palabras, sino que se limitó a aguardar a que la hechicera continuara, completamente impasible ─. Pero por lo menos dime dónde conociste a Kerkaat, y qué puedes decirme de él.
─ Entonces quieres utilizarme para averiguar más cosas del asesino¿no es así?
─ Pues sí ─ admitió Lina, sin dejarse amedrentar por alguien que utilizaba exactamente las mismas artimañas ─. ¿Vas a hablar o voy a tener que sacarte las palabras a la fuerza?
Xellos acentuó la sonrisa, divertido.
─ Supongo que entonces no tengo elección. Hablaré ─ dijo, con un suspiro en apariencia desalentado ─. Baste con decir que no tiene nada contra ti: es un asesino a sueldo contratado por uno de tus muchos enemigos.
─ ¡Eso ya lo sé! ─ Lo cortó Lina, impaciente ─. Pero. ¿Quién le envía, y por qué?. Y lo más importante. ¿Cómo es que parece conocer este lugar, y a Laidanne?. ¿Qué relación tiene con la elfa?
Xellos soltó una risita.
─ Esas son muchas preguntas, Lina ─ dijo con mordacidad ─. Elige una y tal vez te responda.
─ ¡Maldita sea, Xellos, limítate a soltar lo que sabes!
─ Bueno, bueno… está bien: quien le envía es Lord Shaldrof de Kalish, una pequeña ciudad del Ducado de Kalmaart ─ explicó el demonio, con calma.
─ ¿Qué? ─ Lina parpadeó, atónita ─. ¡Ni siquiera sé quién es ése!. ¿Por qué leches querría matarme?
Xellos se encogió de hombros, mostrando desinterés.
─ Por poder, quizás. Porque su señoría verá crecer su reputación si aniquila a la "Asesina de Bandidos".
Lina no respondió; se contentó con mirar fijamente a Xellos. Finalmente, frunciendo el ceño, aventuró:
─ No es por eso, y tú lo sabes.
Más que verlo, Lina casi sintió la sonrisa taimada que esbozaba Xellos. Tal vez le dieron esa idea los ojos lavanda del individuo, que se iluminaron y miraron a la hechicera desde las penumbras.
─ Quiere vengarse ─ fue la contestación del demonio.
─ ¿Vengarse de qué?
─ ¿No recuerdas haber hecho nada en Kalmaart, mi abnegada Lina?
La hechicera acentuó el ceño, cayendo en la cuenta de inmediato. De hecho, era lo que se imaginaba desde un principio. Chasqueando la lengua, la maga negra apartó sus ojos de los de Xellos.
─ Extraordinario. Como si no tuviéramos ya bastantes problemas, se nos junta un estúpido señor de segunda que clama venganza…
Xellos volvió a reír.
─ Oh, no creo que tengas que preocuparte más por él ─ dijo ─. Kerkaat era su última baza, y ni el asesino ha podido contigo… de momento. De igual modo, todas sus artimañas anteriores fracasaron.
A Lina la asaltó el súbito recuerdo de la partida de goblins que, hacía pocos días, les había atacado a ella y a Gourry. Xellos tenía razón, en parte, pues realmente Kerkaat no había podido con ella. Pero aun así…
─ ¿Qué te preocupa, Lina? ─ inquirió Xellos, esbozando una mueca ─. ¿Qué Kerkaat pudiera haber acabado contigo si Laidanne no hubiera llegado a interponerse?
El dardo acertó en la diana. Con una mirada furibunda, Lina soltó un bufido y se alejó del demonio, sin ni siquiera dignarse a mirar su expresión de odiosa inocencia. Tenía mucho en que pensar y quería hacerlo lejos de la mirada irritante del mazoku.
¿Por qué?. ¿Por qué el mismo día en que Kerkaat es contratado por ese tal Shaldroff, Laidanne se presenta ante ellos como quien no quiere la cosa, rogándoles que capturen al asesino?. ¿Una coincidencia?. Ni hablar, Lina no creía en ellas. Tampoco creía en el destino; simplemente, su espíritu pragmático le gritaba que alguien, desde las sombras, estaba manejando los hilos como un titiritero; y según parecía, las marionetas ya estaban en posición.
La hechicera tenía la sensación de que ella era una de esas marionetas.
De igual manera, presentía que Xellos era uno de los principales titiriteros.
¿Y qué papel jugaban en todo esto Laidanne y Kerkaat?. ¿De qué se conocían?. ¿Qué era lo que la elfa no les había contado?. ¿En qué había mentido?
─ Lina.
La voz de Gourry la sacó de sus pensamientos. Miró al guerrero, quien la instó a observar a su alrededor con la cabeza. Eso hizo. Se encontraban frente a lo que parecía ser un arco natural, cuyos extremos estaban formados por altas y endurecidas enredaderas. La entrada, al parecer, daba a alguna especie de cueva, o habitáculo natural. Kerkaat, Laidanne y el lobo entraron con decisión, sabiendo dónde pisaban de forma instintiva, sin mirar. Lina se mordió el labio ante tal escena y reprimió los instintos de exigir a gritos que le explicaran lo que ocurría.
En lugar de eso, la hechicera, situándose junto a su compañero espadachín, penetró con cautela en el lugar. Estaba húmedo, y el frío se adhería a ella como una sustancia casi pegajosa, provocándole escalofríos. La oscuridad era todavía más impenetrable que en el Bosque, y la maga se guió por la cada vez más lejana luz de la esfera invocada por Laidanne, maravillándose por la resistencia extraordinaria de su magia.
Inconscientemente, Lina situó su mano en el brazo de su compañero, y él, mirándola con gesto grave, respondió con dos suaves palmaditas en los dedos de la joven. La maga miró tras de sí, preguntándose si Xellos todavía les seguía.
Una silueta sigilosa le indicó que el demonio iba tras ellos.
El grupo caminó por lo que parecía ser un corredor abrupto, cubierto de plantas, hasta desembocar en una habitación de forma circular e iguales características. En ella, se detuvieron. Con un penetrante vistazo, Lina observó que el lugar era más bien un refugio, un hogar: numerosas bolsas de comida se amontonaban en un rincón, así como muchísimos barriles con reservas de agua. En otra de las esquinas descansaba un camastro de piel.
─ ¿Vives aquí? ─ preguntó Lina a la elfa, con curiosidad. La aludida asintió.
─ Es mi hogar desde hace años, y vivo en él con la única compañía de Feäntor. Al menos desde que… ─ Laidanne se interrumpió de súbito, ruborizándose hasta las orejas y observando a Kerkaat con un rápido vistazo soslayado. El asesino fingió no advertirlo, aunque pudo ver cómo tragaba saliva con esfuerzo.
Lina miró a uno y a otro y suspiró con impaciencia.
─ Está bien… ¿Estamos a salvo aquí? ─ continuó la hechicera.
─ Sí. El Bosque es inteligente, pero tiene sus limitaciones. Con el tiempo, ha acabado por acostumbrarse tanto a mi presencia en esta cueva que ya me considera parte de ella.
─ Ya veo, pero si te atreves a poner un pie fuera… ─ comentó Lina, recordando a los gigantes. Laidanne sonrió.
─… entonces vuelve a ser consciente de que hay una intrusa ─ finalizó la elfa ─. Sé que es la primera vez que vosotros entráis aquí, pero no temáis: mientras permanezcáis a mi lado, el territorio también os creerá pertenecientes a él.
─ ¿Y cómo es que sabes que el Bosque se ha acostumbrado a ti? ─ inquirió Gourry, estrechando los ojos en un enorme esfuerzo por comprender el asunto.
─ Soy una druida, no lo olvides ─ Laidanne inspiró el húmedo aire con satisfacción ─. Yo escucho a la Naturaleza.
Los viajeros se asentaron en la cueva al cabo de unos minutos, iluminándola con una fogata que alumbraba y calentaba, y cuyo humo se filtraba por las paredes de enredadera. Tras haber saciado su voraz apetito ─ dejando a Laidanne con tres bolsas menos de provisiones ─, la hechicera decidió poner punto y final a las incógnitas.
─ Bueno ─ comenzó, mirando alternativamente a Kerkaat y a Laidanne ─. Ahora vais a explicármelo todo de una maldita vez. ¿Os parece bien?
Laidanne carraspeó nerviosa, depositando en el suelo un trozo de pan, al parecer perdiendo el apetito. Kerkaat, en cambio, continuó degustando un trozo de carne clavado en su daga, indiferente.
─ ¿Y bien? ─ insistió la hechicera, arremangándose la túnica negra ─. Os advierto que tengo maneras más radicales de hacer preguntas…
─ Está bien, Lina ─ murmuró Laidanne, con un suspiro de pesar ─. Supongo que mereces que te cuente la verdad, después de todo…
Lina no dijo nada. Aguardó pacientemente, sin dejar de mirar a la elfa con dureza. Xellos, con su tranquila mueca, se frotaba las manos sobre el fuego para disfrutar del calor, y parecía sumido en sus pensamientos. Aun sin mirarle, la hechicera no se dejó engañar por su engañosa actitud ausente: Xellos era, sin duda, el más atento de los presentes.
Laidanne comenzó con sus explicaciones:
─ ¿Recuerdas que, cuando nos conocimos, te dije que provenía de una arboleda druídica llamada Frausser, en Kataart? ─ preguntó.
Lina asintió, y la muchacha se apresuró a continuar:
─ Pues bien, es cierto: ese fue mi hogar… en el pasado ─ dijo, con voz vacilante. Se agarró las manos en un gesto nervioso ─. Pero ya no lo es. No fueron los druidas de Frausser quienes me enviaron para contratarte. Yo misma tomé esa decisión.
Gourry abrió los ojos con sorpresa, pero Lina torció la boca.
─ Ya me imaginaba algo así ─ dijo ─. Era evidente que lo conocías. Pero entonces. ¿Por qué querías detenerle?. ¿Toda esa historia de los asesinatos masivos en la arboleda era falsa?
─ S… sí ─ balbuceó Laidanne ─. Quería… quiero detenerle porque… porque creo que es lo mejor para él.
Kerkaat emitió un bufido y sacudió la cabeza, furioso. No obstante, no dijo nada, pero la elfa palideció como si el humano la hubiera zarandeado con violencia.
─ Su… supongo que querréis saber por qué me preocupo tanto por él, o cómo es que le conozco tan bien…
Lina consideró la posibilidad, pero pensó que la relación que les unía resultaba más que evidente. Recordaba aquello que Gourry le había dicho aquella agradable noche, bajo las estrellas: "quién sabe, tal vez fueran amantes". Una vez más admiró la percepción del espadachín, y decidió que no quería indagar más en un asunto tan privado.
─ No ─ respondió la hechicera, al fin ─. Sólo quiero saber una cosa¿Cómo es que sabías en todo momento la ruta a seguir del asesino, lo que se disponía a hacer, lo que pensaba?. Por lo que parece, acabáis de volver a veros tras muchos años de separación.
Esta vez, fue la expresión de perplejidad de Kerkaat lo que desconcertó a la hechicera. Laidanne, apretándose las manos hasta que sus nudillos se tornaron blancos, bajó tanto la cabeza que el cabello cobrizo cayó sobre su rostro, ocultándolo.
El asesino se incorporó, con los ojos tan abiertos que parecían a punto de salirse de sus órbitas.
─ ¿Sabías lo que hacía en cada momento?. ¿Me has espiado…? ─ La voz grave e incrédula del asesino se detuvo, dando paso a una expresión de entendimiento. Con fuerza, el asesino se desprendió de su amuleto, colgado al cuello, y lo zarandeó frente a Laidanne con fiereza. Su semblante enrojeció de furia ─. Ahora lo entiendo… Es por esto. ¿Verdad?. ¡Es por esta cosa!
Laidanne comenzó a temblar, pero no mudó su expresión; a su lado, el protector Feäntor alzó la cabeza y enseñó los dientes. Gourry posó la mano sobre su hombro, temeroso de que la muchacha volviera a desplomarse. Kerkaat, iracundo, clavó sus cortantes ojos negros en el collar.
─ Así pues, tu traición comenzó mucho antes de lo que yo creía… ─ musitó el asesino, con odio contenido.
─ ¡No! ─ gritó la elfa, esta vez alzando el rostro y con los ojos verdes anegados en lágrimas. A su lado, Xellos esbozó una sonrisa, como si hubiera buscado algo durante largo tiempo y, por fin, lo encontrara ─. ¡No es cierto! Eso no fue ninguna traición, te entregué el colgante por… por amor.
La joven enrojeció intensamente, pero ello no ablandó a Kerkaat.
─ Y por amor también pretendías entrometerte en mis asuntos toda la vida. ¿No es así? ─ inquirió, cáustico.
─ Ese colgante era el tesoro de mi pueblo, el único que me quedaba, y posee la facultad de unir dos mentes ─ explicó Laidanne a Lina. Luego, giró la cabeza hacia Kerkaat ─. Te lo entregué porque necesitaba saber dónde estabas, qué hacías: odiaba separarme de ti. Pero no te hablé de su magia porque temí que lo rechazaras ─ Laidanne frunció el ceño. Al percatarse de lo que acababa de decir, sus mejillas se tiñeron de un intenso color escarlata, pero no se amilanó por ello: las lágrimas y la larga arenga parecían haber sacado de su cuerpo toda tensión, y ahora se defendía con la misma ira ─. En cualquier momento podrías haberte deshecho de él y de su poder, pero no lo hiciste. ¿Por qué?
Ahora le tocó el turno a Kerkaat de enrojecer. Abrió la boca para responder, pero la movió sin que de sus labios brotara una sola palabra. Dándose por vencido, sacudió la cabeza con brusquedad, arrojó el amuleto a los pies de Laidanne y se incorporó, alejándose a zancadas; al llegar al otro extremo de la cueva, se tendió de costado en la hierba, dándoles a todos la espalda.
Lina agradeció que la incómoda disputa hubiera finalizado, y se tomó unos segundos para reflexionar acerca de la extraña expresión satisfecha de Xellos cuando Laidanne estalló. No pensó mucho acerca del asunto, pues sabía que, cuantas más vueltas le diera, menos respuestas obtendría.
Volvió a fijar sus ojos en Laidanne, quien se secaba los ojos con el dorso de la mano, intentando serenarse. Feäntor observaba a la elfa con la preocupación reflejada en sus ojos ambarinos; el lobo frotó el hocico contra el hombro de la joven, y ésta le dedicó una leve sonrisa de agradecimiento.
─ ¿Estás bien, Laidanne? ─ preguntó Gourry, con gesto preocupado. La muchacha asintió, temblorosa.
─ Lamento que hayáis tenido que escuchar esto ─ su voz sonaba trémula.
─ No pasa nada ─ dijo Lina, con expresión pensativa ─. Entonces era por eso: el colgante te mantenía unida a él…
Laidanne no vio necesidad de responder a ello.
─ De acuerdo, supongo que esto es todo lo que necesito saber por ahora… o casi todo ─ Lina clavó sus ojos en el olvidado Xellos, quien le devolvió la mirada ─ o sus párpados ─ con su habitual placidez.
¿Dónde encajaba en todo esto el mazoku?. De algún modo, todo lo que estaba sucediendo le servía a sus propósitos, o así lo demostraba su sonrisa cada vez que la transformaba en una mueca astuta. Sin embargo, estaba claro que Xellos no iba a decir nada… nada que no fuera "eso es un secreto".
─ Lina, creo que deberíamos dormir ─ dijo el demonio con sencillez. La hechicera parpadeó, dándose cuenta de que le había estado mirando fijamente ─. Es muy tarde, y puede que mañana necesitemos energías para batallar contra el bosque.
Mañana… ¿Qué haría mañana?. Lina no había meditado sobre ello. ¿Lucharía contra Kerkaat?. Sí, tenía un contrato que cumplir… pero el asesino también: ambos eran víctima y depredador, ambos tenían que cazarse mutuamente y defenderse el uno del otro.
─ Supongo que en ese "deberíamos" no te incluirás a ti ─ observó Lina. Sin esperar respuesta, añadió ─: Pero tienes razón, hay que dormir.
─ Que tengáis dulces sueños, pues. Yo tengo que irme ─ Xellos se incorporó con lentitud. A Lina no se le escapó que miraba de reojo a Feäntor, y que el animal le devolvía una mirada de muda advertencia... ¿O de reconocimiento? ─ Yo tengo que marcharme.
─ A informar a tu amo. ¿No es así? ─ preguntó Lina, bostezando. El demonio acentuó su sonrisa, pero hizo caso omiso de la pregunta:
─ Buenas noches. Un placer conoceros, Laidanne ─ Xellos entreabrió los ojos y sonrió a la muchacha; ella asintió por toda respuesta, sin poder evitar estremecerse.
El mazoku desapareció.
─ Dormid ─ instó Laidanne; recogió distraídamente el colgante y paseó sus esbeltos dedos por la superficie de la esmeralda ─. Yo me quedaré un rato despierta.
─ ¿Estás segura? ─ inquirió Lina, intentando mantener los ojos abiertos. El cansancio procedente de la ardua batalla con los gigantes caía sobre ella como una pesada roca. Al advertirlo, la elfa sonrió.
─ Estás agotada. Descansa.
Lina miró a Gourry, inquisitiva, y el guerrero asintió con una sonrisa tranquilizadora: él siempre estaría alerta, vigilante, protector. Por algo era su guardián.
Con un suspiro de relajación, Lina cerró los ojos, consciente de que tenía tanto en que pensar que no podría conciliar el sueño.
En cuanto sus párpados se cerraron, se quedó dormida.
· · ·
Xellos se materializó en el espacioso cielo nocturno, a muchos metros sobre la cueva de Laidanne y junto a las copas de los árboles. El humo que salía de las enredaderas se distinguía desde la lejanía. El bosque, adormilado, detectó a pesar de ello la presencia no deseada, y se agitó, amenazador. El demonio clavó en los árboles sus ojos amatistas y gélidos. Soltó una risita cínica al tiempo que torcía la boca.
─ ¿Me desafías…? ─ preguntó, en un susurro peligrosamente suave. Un halo de terror pareció cernirse sobre la naturaleza, y la floresta tembló hasta quedarse quieta otra vez. Indiferente al poder de Yanavar, Xellos volvió a posar sus ojos en el hogar de la elfa.
Mañana sería un día muy largo.
· · ·
Los rayos de sol, tenues en un principio, acentuaron su brillo y su calor en pocos segundos, golpeando el rostro de Lina hasta despertarla. Amodorrada, la hechicera se incorporó con lentitud y se frotó los ojos, desperezándose.
─ Buenos días, Lina ─ saludó una voz femenina. Lina parpadeó para enfocar su adormilada vista y vio a Laidanne junto a ella, friendo unos trozos de carne en la fogata; el delicioso aroma del desayuno inundaba sus sentidos como una dulce fragancia.
─ ¡Vaya!. Hola, Laidanne ─ dijo a su vez la hechicera, incorporándose y casi babeando ─. Veo que no has perdido el tiempo, te lo agradezco.
─ Espera, esto está muy caliente ─ la elfa sonrió, y Lina pudo ver cierta paz en esa expresión; parecía encontrarse en un estado emocional mucho mejor que el de la noche anterior.
Pero duró poco: la hechicera no se había percatado de la presencia del asesino hasta ese momento, quizás debido a su sigilo profesional. Kerkaat salió de las sombras de su rincón y se encaminó hacia la salida, sin dignarse siquiera a mirar a las dos mujeres. Al escuchar la acción del hombre, Laidanne palideció, y su sonrisa se difuminó gradualmente. No se atrevió a mirarlo.
Lina, en cambio, observó con interés la marcha del asesino, evaluando sus movimientos y su destreza; al fin y al cabo, tenía un contrato que cumplir… y unas monedas de oro que recibir.
La hechicera aprovechó el paréntesis del momento y echó un vistazo a su alrededor: no había ni rastro del lobo. Tal vez era por eso que se sentía extraña, como si faltara algo y no alcanzara a descubrir el qué…
─ Bueno, ya puedes comer ─ dijo la elfa, sacando la carne del fuego y recuperando su sonrisa tras la marcha de Kerkaat.
─ ¡Genial! ─ exclamó la maga negra con los ojos vidriosos por la emoción. Olvidándose de todo lo demás, Lina cogió un pedazo de carne, dispuesta a devorarlo; pero antes se apresuró a advertir ─¡Tú ya tienes tu parte, Gourry, no se te ocurra meter la mano!
Nadie respondió. Ningún brazo cubierto con una manilla de metal se interpuso entre la hechicera y su comida.
Y entonces Lina, sumamente sorprendida al no haberse dado cuenta desde un principio, descubrió qué era lo que faltaba en la cueva.
─ ¿Dónde está Gourry? ─ inquirió, mirando a su alrededor con aparente calma. Laidanne estrechó los ojos y la imitó, como si también acabara de darse cuenta de la ausencia del guerrero. "Maldita sea, ya podrías estar más atenta, para variar…", pensó Lina, apretando los dientes y cada vez más asustada.
─ No puede haber salido ─ dijo la elfa, también nerviosa ─. Es de día: el Bosque inicia una actividad absoluta cuando sale el sol.
Lina se incorporó y corrió al exterior. El asesino estaba en el umbral del refugio, jugando hábilmente con su daga y observando con fijeza desconfiada la aparente tranquilidad arbórea.
─ Oye ─ llamó Lina con brusquedad. El hombre la miró ceñudo, obviamente irritado por su presencia ─. Descuida, no me acercaría a ti si no fuera por una buena razón. ¿Has visto a mi compañero?
Kerkaat meditó unos segundos la pregunta.
─ Cuando me desperté poco antes del alba, todas estabais durmiendo, y del guerrero, ni rastro ─ anunció. Posteriormente, torció la boca ─. Así que no, no tengo ni idea; y la verdad, tampoco me importa.
Esta vez, Lina estaba realmente alarmada. Dio media vuelta para regresar junto a Laidanne, pero entonces una forma se materializó frente a ella y la hizo chocar hasta el punto de caerse. Kerkaat abandonó de inmediato su actitud serena; retrocedió y miró al aparecido con odio y cierta aprensión.
─ Lina ─ saludó Xellos, rascándose la cabeza, confuso ─. ¿Pero qué hacías ahí?
─ ¡Maldita sea, Xellos! ─ rugió la maga, cada vez más furiosa; algo causado sobretodo por el miedo que crecía por momentos en su interior ─. ¡Bonito instante aprovechas para aparecer!
─ Lo siento ─ se disculpó el demonio, ayudándola a levantarse ─. Supuse que estaríais ya despiertos, así que me apresuré a reunirme con vosotros. Por cierto ─ el sacerdote miró a un lado y a otro ─. ¿Dónde está Gourry?
─ Eso es lo que intento descubrir ─ gruñó Lina, irritada ─. Ha desaparecido.
─ ¿De veras?. ¿Qué crees que ha podido sucederle?
El grito de Laidanne respondió en parte a la pregunta de Xellos.
La hechicera, el demonio y ─ muy a su pesar ─ Kerkaat se apresuraron a regresar al interior de la cueva. Llegaron justo cuando Laidanne terminaba de entonar un hechizo, un conjuro destinado a la aparición que se encontraba frente a ella.
Un mazoku. De clase media, a juzgar por el aura de poder que emanaba.
─ ¡Bola de Fuego! ─ gritó Laidanne, al tiempo que se lanzaba a un lado para evitar la honda expansiva del hechizo. Los demás la imitaron, excepto Xellos, que desapareció un segundo antes de que el sortilegio estallara. El fuego cubrió la pequeña habitación circular, calcinando los barriles y los sacos de provisiones.
En cuanto la situación se calmó, Lina, tosiendo con esfuerzo, se incorporó.
─ ¿Estáis todos bien? ─ preguntó, medio asfixiada.
─ Sí ─ dijo Laidanne en el mismo tono.
─ Maldición… ─ fue la respuesta entrecortada de Kerkaat.
El humo inundaba sus pulmones como un gas tóxico. Con evidentes dificultades para hablar, Lina consiguió recitar:
─ Wind Barrier.
Una burbuja de aire la cubrió a ella y a sus dos acompañantes, aislándolos del humo. Exhalando aire, aliviada, Lina miró a Laidanne con enfado.
─ Te has pasado.
─ No te preocupes, siempre protejo la cueva con una barrera protectora. Ni el más poderoso de tus hechizos conseguiría calcinarla ─ Laidanne no advirtió la expresión escéptica de la hechicera ─. Al menos, es de suponer que la criatura ya no existe…
─ Me temo que estás equivocada ─ replicó una voz alegremente tranquila. Con un respingo, humanos y elfa miraron a un lado: fuera de la barrera permanecía Xellos, rodeado de humo y sin dar muestras de asfixia.
─ ¿Qué quieres decir? ─ Preguntó Laidanne, perturbada. Por toda respuesta, Xellos señaló con su bastón el punto en donde antes estuviera el mazoku.
Y, tras disiparse la humareda, todos pudieron ver que continuaba quieto, en el mismo sitio. El malévolo ente negro se sacudió con una risotada cruel y de ultratumba. Sus ojos rojos miraban fijamente al grupo.
─ Estúpidos humanos ─ se burló ─. Eso no es suficiente para derrotarme.
Con lentitud, la forma incorpórea del demonio modificó su aspecto, hasta transformarse en un hombre de mediana estatura y cabello rubio brillante, casi albino: su poder, sin embargo, no resultaba ser suficiente para conferirle una forma humana perfecta, y conservaba sus endemoniados ojos rojos, carentes de pupilas, además de una piel azul oscuro que contrastaba poderosamente con su pelo.
─ ¿Qué es eso? ─ Preguntó la brusca voz de Kerkaat. Lina escuchó cómo giraba su daga y se ponía en posición ─. ¿Otro demonio?
─ ¿No es evidente? ─ ironizó Lina, empero con el rostro contorsionado por la inquietud y la cautela. Su mente trabajaba a toda velocidad: tenía que encontrar un hechizo; era un ser poderoso, pero no lo suficiente, y ella había luchado contra criaturas aún peores que esa. Sus conjuros de magia negra funcionarían, como por ejemplo…
─ Será mejor que no volváis a atacarme ─ graznó el demonio. Su voz oscura y demoníaca tampoco había cambiado un ápice ─, a no ser que no queráis saber dónde está vuestro amigo, el espadachín…
La frase interrumpió los pensamientos de Lina, dejando su mente en blanco debido la impresión.
─ De modo que eres tú quien ha secuestrado a Gourry… ─ comentó Xellos, con la curiosidad reflejada en su voz.
El mazoku se limitó reírse de nuevo.
─ Así es… un guerrero muy diestro, pero no lo suficiente como para derrocar a un demonio ─ dijo ─. No le haré daño… siempre y cuando accedas a una diminuta condición, hechicera.
─ ¿Qué condición? ─ preguntó la aludida, sus ojos marrones relampagueando de furia.
─ Que te enfrentes a mí tú sola…
─ ¿Solo eso? ─ Lina soltó un bufido, aunque en su fuero interno temblaba de miedo por su compañero ─. No hay problema. Seré benévola: incluso te dejaré escoger la forma de morir.
Sin amilanarse, alimentándose del odio y el miedo de la maga, el mazoku volvió a reírse.
─ No me has dejado terminar ─ volvió a hablar ─. Te enfrentarás a mí tú sola… pero lejos de aquí, cerca de un arroyo cercano que fluye en los Bosques.
Esto no le hizo ni pizca de gracia a la hechicera, y la expresión de terror reflejada en el rostro de Laidanne le informó de que a ella tampoco. Combatir ella sola, contra un demonio de clase media, en medio del Bosque de Yanavar; y todo ello a plena luz del día. Si no acababa con ella el demonio ─ cosa poco probable ─ lo haría el propio bosque.
Pero no tenía elección.
Está bien ─ accedió ─. ¿Dónde está ese lugar?
El mazoku esbozó una aviesa sonrisa.
─ Al norte, a poco más de diez minutos, encontrarás dicho arroyo ─ informó ─. Cumpliré mi palabra, hechicera: en cuanto llegues allí, liberaré al guerrero.
Dicho esto, el maligno espíritu comenzó a desvanecerse.
─ ¡Espera! ─ gritó Lina ─. ¿Por qué haces esto?. ¿Qué quieres de mí?
Pero si el mazoku llegó a escucharla, no dio muestras de ello. Con un sonido mágicamente siniestro, se esfumó.
El silencio sobrevino en el lugar mientras Lina relajaba el poder de la barrera de aire hasta que ésta desapareció. Ya sólo quedaban pocos rastros de humo y, si bien los sacos y los objetos de la cueva se hallaban cubiertos por una ceniza negruzca y chamuscada, todo estaba intacto.
─ Lina ─ con voz temerosa, Laidanne fue la primera en romper el silencio. Miró a la hechicera con la súplica brillando en sus ojos esmeraldinos ─, no lo hagas.
─ Al menos, si estás tan decidida ─ intervino Kerkaat, con expresión grave ─ nosotros deberíamos acompañarte. No quiero que ningún mazoku acabe con mi contrato.
─ Tengo que hacerlo ─ dijo la maga negra con firmeza. Inevitablemente, recordó aquella vez en la que Fibrizo, el Amo del Infierno, había recurrido a la misma treta para atraer a Lina a su territorio. También recordó cómo sus amigos la habían acompañado, acabando mortalmente heridos hasta la derrota del alto mazoku. No. No deseaba que la situación se repitiera.
─ ¿Qué harás, entonces? ─ inquirió Xellos con voz suave. El demonio se mantenía en un prudente segundo plano, pero Lina, demasiado asustada por la suerte de Gourry, no se fijó en ese detalle.
Incorporándose y con la mirada perdida, apretando los puños con preocupación, Lina comunicó su decisión:
─ Iré yo sola, obviamente. Vosotros os quedaréis aquí.
─ ¡Pero…! ─ Laidanne alzó una mano, intentando protestar, pero la mirada ardiente de Lina la paró en seco.
─ ¡Ya lo habéis oído, me quiere sólo a mí! ─ rugió, dejando traslucir su profunda inquietud ─. Si rompo las condiciones, Gourry podría salir malparado. No voy a arriesgar su vida por la actuación heroica de dos necios.
Laidanne sacudió la cabeza, al parecer buscando las palabras adecuadas, pero Kerkaat observó a la hechicera con ojos fríos y una mueca de desprecio.
─ Ve a encontrarte con la muerte, pues ─ dijo, con indiferencia ─. Tanto da si te mato yo o un demonio: cobraré igualmente. Lárgate, si ése es tu deseo.
Laidanne miró a Kerkaat con reproche, pero la muda respuesta en las pupilas del asesino la hizo estremecerse y apartar la mirada.
─ Bueno… ten cuidado, entonces. Supongo que no cambiarás de idea ─ dijo Laidanne, dándose por vencida. Sacó el colgante elfo del interior de sus ropas y se lo tendió a Lina ─. Pero al menos llévate esto contigo, así sabremos si te encuentras bien.
Sonriendo ante la evidente preocupación de la elfa, la hechicera aceptó el amuleto con afabilidad. Se lo colgó al cuello. La maga negra corrió hacia la salida y, ya junto al umbral, dedicó una última mirada a Laidanne. Al ver las cejas alzadas por el miedo en la joven, Lina se vio obligada a aparentar optimismo.
─ No tendrás que esperarme mucho ─ afirmó la hechicera, agitando un puño y guiñándole un ojo a la muchacha. Ella sonrió, y Lina se apresuró a internarse en la espesura.
La hechicera realizó todo el trayecto con una lentitud nacida de la cautela y casi de la paranoia. Los engranajes de su cerebro trabajaban con rápida eficacia, recordando las palabras de los hechizos más poderosos, tanto en defensa como en ataque, que conocía. En algún momento del viaje había desenvainado la espada corta, pues se encontró de improviso con el arma fuertemente sujeta en su mano derecha. Estaba convencida de que, de un momento a otro, el territorio salvajemente inteligente se alzaría sobre ella, atacándola con astutas tácticas.
Por eso se sorprendió sobremanera cuando, pasados ya casi diez minutos, no ocurrió absolutamente nada.
Sin embargo, esto no la hizo bajar la guardia. Recordó las advertencias de Laidanne: "El Bosque espera a que te tranquilices y, entonces, ataca". Sí, debía de ser por eso.
La hechicera escuchó el suave discurrir del arroyo, sin duda aquel en el que estaba citada con el demonio, y sin pensárselo dos veces echó a correr. En pocos segundos alcanzó su objetivo. Apartó unas cuantas plantas que le entorpecían la visión y divisó el arroyo.
Y, junto a él, tarareando con tranquilidad y recogiendo agua en un gran barril, estaba Gourry.
El espadachín se percató de la presencia a su espalda: se incorporó con elegante rapidez, soltó el tonel y desenvainó la espada. Su expresión fue de incredulidad al principio, pero posteriormente se transformó en una sonrisa alegre.
─ ¡Lina, me has asustado! ─ dijo como saludo. Se apresuró a guardar la espada en la vaina ─. ¿Qué estás haciendo aquí?
─ Gourry… ─ la hechicera apenas se sentía capaz de hablar, tan aturdida por el alivio de ver sano y salvo al espadachín. Ni siquiera escuchó lo que le decía; se acercó a él con rapidez y le sujetó los brazos, mirándole a los ojos con preocupación ─. Gourry… ¡¿Estás bien?!. Menos mal que estás a salvo…
El guerrero estrechó los ojos con extrañeza.
─ ¿A salvo? ─ preguntó. Casi de inmediato abrió los ojos en gesto de entendimiento, esbozó una sonrisa tranquilizadora y dio unas suaves palmaditas en la cabeza de Lina ─. Lo siento, Lina. No debería haberme ido de noche sin avisarte, pero confiaba en regresar a tiempo.
─ ¿Así fue como te capturó?. ¡Serás idiota! ─ gritó Lina, golpeando con fuerza el estómago de Gourry y haciendo que éste se inclinara sobre sí mismo, sin resuello ─. Bueno, lo hecho, hecho está: ahora sólo falta esperar a que esa criatura endemoniada venga…
Lina comenzó a escudriñar el terreno, cautelosa. Una vocecilla interior le decía que todo había resultado demasiado fácil, pero la ahogó con la rapidez con la que se hunde en el agua un bloque de granito.
─ ¿Ca… capturarme? ─ preguntó con esfuerzo Gourry, sujetándose el estómago, alzando la vista y cada vez más confuso ─. ¿Criatura endemoniada?. ¿Pero de qué narices estás hablando?
Irritada por la interrupción de su escrutinio, Lina miró a Gourry, ceñuda:
─ ¡Por todos los demonios, Gourry, no me digas que incluso has olvidado eso!
─ No he olvidado nada ─ aseguró Gourry, severo ─. A mí no me ha capturado nadie. He venido hasta aquí por propia voluntad.
La furia cedió paso a la confusión y el desconcierto. Tanto era así que, durante unos instantes, Lina fue incapaz de respirar. Finalmente, habló con voz débil:
─ ¿Que has venido aquí por propia voluntad? ─ repitió, incrédula ─. No bromees, Gourry.
─ No lo hago ─ el enfado asomaba ahora en los ojos del guerrero, tan difícil de irritar ─. Anoche, Xellos me dijo que las reservas de agua se estaban agotando, y que sería necesario que alguien resistente llenara unos cuantos barriles en las aguas de este lugar ─. El guerrero señaló el montículo de recipientes de madera que se amontonaba junto a él.
─ ¿Xellos…? ─ Lina se asfixiaba por momentos.
─ Así es. Yo me ofrecí a traerlos, evidentemente. Además, todos vosotros estabais dormidos. Lo único que me preocupaba era el Bosque… ─ el guerrero miró en torno a sí, con un suspiro de satisfacción ─. Pero Xellos me aseguró que podría mantener a ralla su poder mientras cumplía con mi cometido, afirmó que su potencial no se comparaba al suyo. Ya sabes: él es un gran mazoku.
Las piezas encajaban. Todo cobraba sentido.
─ ¿Lina? ─ Gourry observó con soberana preocupación la palidez mortal que cubría los pómulos de la hechicera, su expresión de aterrada comprensión ─. ¿Estás bien?
Lina volvió en sí, y la furia que emanaba su cuerpo, nacida de la frustración, hizo retroceder al guerrero.
─ ¡Idiota! ─ rugió la muchacha ─. ¡Has dejado que te engañaran como a un tonto!
─ ¿Engañado?. ¿A qué te refieres? ─ preguntó el espadachín, sin comprender.
─ Todo esto lo ha tramado Xellos ─ dijo la maga negra, con la voz entrecortada ─. ¡Es una trampa!
─ Bravo, hechicera. Te ha costado, pero al fin lo has comprendido ─ dijo una voz sobrenatural.
El mazoku de piel profundamente azul, ojos rojos y cabellera rubia nacarada se materializó a pocos metros de ella, flotando en el aire. Aplaudía con entusiasmo divertido.
Y, surgiendo del perímetro del Bosque, casi como si también se aparecieran de la nada, les rodeó una docena de gigantes.
· · ·
─ ¡Ya está! ─ gritó Laidanne, entusiasmada ─. Lina ha encontrado a Gourry, y al parecer está bien. Ahora sólo falta el demonio…
─ Qué ilusión ─ gruñó Kerkaat. Un conglomerado de emociones asolaba su interior: la admiración que sentía por la joven hechicera, y que contradecía a sus propósitos; la presencia maligna de Xellos, que no había pronunciado palabra desde que la maga se había marchado; pero, sobretodo, el hecho de encontrarse casi a solas con Laidanne, la mujer a la que una vez amó… y que quizás todavía amaba.
Le resultaba poderosamente difícil ocultar tales sentimientos, y el mejor medio para combatirlos era la ira y la mordacidad.
Tendido en el suelo, Kerkaat jugaba con la daga como era habitual en él. A su lado, Laidanne no dejaba de asir el collar, con la mirada perdida, intensamente concentrada en el poder del amuleto.
─ Vamos, vamos ─ intervino, por fin, el demonio, provocando un respingo en los presentes. Kerkaat maldijo al individuo por causarle tal terror irracional; la daga le resbaló de la mano y cayó al suelo con un ruido sordo ─. La criatura ha cumplido con su cometido: ha liberado a Gourry y ahora Lina podrá luchar sin reservas. Creedme, ningún mazoku de esa categoría podría con ella.
─ Su… supongo que tienes razón… ─ admitió Laidanne, suspirando y bajando el amuleto para tranquilizarse. Kerkaat se preguntó cómo podía ser tan ingenua: el asesino no había confiado en Xellos cuando creía que era humano, y mucho menos iba a hacerlo sabiendo que se trataba de un espíritu maligno.
─ Intentad relajaros ─ dijo Xellos, sentándose junto a ellos con su apacible sonrisa ─. Necesitáis reponer fuerzas. Seguro que estáis hambrientos.
─ No, no lo estoy ─ musitó Laidanne. La elfa se pasó la lengua por los labios resecos, y añadió ─: pero sí agradecería un poco de agua…
Kerkaat no pudo menos que darle la razón, notando la garganta irritada. Escuchó cómo Laidanne se aproximaba a los barriles y servía agua en unos tazones.
─ Esto es lo más raro en lo que me he metido nunca ─ dijo el asesino, más para sí mismo que para su enigmático compañero ─. Y todo por tu culpa, "sacerdote".
Escuchó cómo el aludido soltaba una irritante risita.
─ Lamento que tengáis que pasar por esto ─ dijo ─. Aunque, en cierto modo, podríais haberlo evitado.
Laidanne se acercó a Kerkaat y, con timidez, preguntó:
─ ¿Tienes sed…?
El asesino intentó despacharla con un brusco "no", pero en lugar de eso se encontró incorporándose, cogiendo la austera taza de barro y bebiendo con avidez. La elfa se sentó lejos de él y, cabizbaja, tomó un ligero sorbo.
─ ¿Evitado? ─ Kerkaat soltó una amarga risotada, retomando el hilo de la conversación ─. Claro, si sólo hubiera preguntado… porque tú "nunca mientes". ¿No es así, demonio?
Xellos respondió con una modesta expresión de diversión.
─ Me halagáis, maese Kerkaat ─ dijo ─, y no os falta razón.
─ Ya ─ se burló el asesino, tras tomar otro trago. Se limpió el agua que le escurría por las comisuras de los labios ─. Tampoco me mentiste en la excusa que utilizaste para traerme hasta aquí, por supuesto. ¿Qué era lo que me habías pedido…?. ¡Ah, sí!. Una hierba mágica… Velldona, o algo así. Eso tampoco era falso. ¿Verdad?
─ La hierba se llama Vandalliar ─ afirmó Xellos, transformando su sonrisa en una mueca siniestra ─; y es curioso que saquéis ese tema a coalición… porque, lamento decepcionaros, entonces tampoco mentí. Lo primero que hice en cuanto penetré en Yanavar fue buscar esa planta.
Tan absorto en la superficial conversación, Kerkaat no advirtió la mueca de terror que se dibujaba en las facciones de Laidanne, al parecer escuchando las voces inaudibles procedentes del colgante.
─ ¿Ah, sí? ─ continuó Kerkaat, escéptico ante las palabras del sacerdote, y meciendo el contenido del tazón entre sus manos ─. ¿Y la encontraste?
─ Así es.
─ ¿Y cuáles son sus excepcionales propiedades mágicas, si puede saberse? ─ inquirió Kerkaat, aburrido. Xellos acentuó su sonrisa.
─ Pues veréis ─ dijo ─, se trata de un potente somnífero.
Al principio, Kerkaat prestó poca atención a la respuesta, pero entonces dio un respingo y miró al mazoku con sospecha.
Después, fijó sus ojos en el agua que descansaba en el recipiente.
Y entonces supo para qué necesitaba Xellos aquella planta.
Las tinieblas no tardaron en nublarle la vista, y las nauseas acudieron a su estómago. Se incorporó, alargando sus manos crispadas hacia el demonio, que permanecía quieto, imperturbable.
Sonriendo. Siempre sonriendo.
─ Ma… maldito…
El asesino se desplomó en el suelo. Poco antes de perder el conocimiento, escuchó las palabras débiles y aterrorizadas de Laidanne:
─ Él… traidor… les ha tendido una trampa. Lina está perdida…
Seguidamente, Kerkaat percibió, a duras penas, cómo la elfa también caía al suelo. Luego, todo fue oscuridad.
Continuará...
Aclaraciones del autor:
¡Hola de nuevo! Espero que hayáis disfrutado con este capítulo… más que yo, al menos. Debo reconocer que me devané los sesos con él: tenía claro lo que quería que sucediera, pero no el cómo. Es muy difícil introducirse en la mente de Xellos y forjar un plan tal y como él lo hubiera hecho (es demasiado listo). Sólo ruego a los dioses que os haya gustado, porque si no es así, mis horas de trabajo se irán por la borda xD.
No tengo mucho más que decir: en este capítulo no considero necesario hacer aclaraciones con respecto a la realidad de la serie. Como curiosidad, debo aclarar que el mazoku de nivel medio que aparece fue una inspiración inmediata, que surgió a medida que iba escribiendo. La verdad es que creo que ha sido una buena idea introducirle, y procuraré perfilarlo más en los capítulos venideros.
¡Saludos!
Neyade Tinúviel
Druida Gris, Zahorí y Aprendiz de Mago
