5. Alianzas
La joven avanzó a pasos apresurados por el amplio corredor de resplandecientes paredes de mármol. La luz de las antorchas se reflejaba en el brillante suelo azulado, y ello, unido a la velocidad de su carrera, hacía del terreno bajo sus pies un rugiente río rápido de cristalinas aguas. Sin embargo, la muchacha no se fijó en ese detalle: había nacido en el castillo y, dejando al margen su largo período de aventuras, desde entonces no había salido de él. Torció una esquina con rapidez cuando llegó a ella y a punto estuvo de tropezarse con la pesada y floreteada falda de su vestido azul; maldijo su atuendo en silencio por lo poco práctico que resultaba, pero no tenía elección: su padre acababa de convocar al Consejo Regente, y era menester que su hija, la princesa heredera, también estuviera presente. Por la cuenta que le traía.
Durante su apresurada andadura, la dama se tropezó casualmente con una doncella.
─ Princesa, debéis daros prisa. Vuestro padre espera ─ la avisó con timidez. La aludida le sonrió.
─ Tranquila Dayna, ya lo sé ─ le respondió, y continuó recorriendo el pasillo, que parecía interminable.
Bajó con cuidado las escaleras de mármol y atravesó, lo más rápido que pudo, el amplio vestíbulo que desembocaba en las puertas del Salón del Trono. Dos magníficos portones grises arqueados, ribeteados de ornamentos dorados, resguardaban tan importante estancia, y un par de guardias, engalanados con túnicas verdes, cotas de metal pulido y límpidos sombreros de tela blanca, lo custodiaban.
Los soldados parecían aburridos, plantados en el mismo sitio durante horas y con el único sustento de una alabarda de doble punta. Uno de ellos, incluso, se atrevió a bostezar, pero se tragó el gesto cuando vio aparecer a su alteza; su compañero lo imitó: ambos hombres se pusieron firmes.
─ Pri… princesa ─ balbuceó uno de ellos, el más joven ─. Vuestro excelentísimo padre os espera.
"Sí, él y todo el Consejo", reflexionó ella para sus adentros, frunciendo ligeramente el ceño. Se sentía a gusto en presencia de la corte ─ todo lo a gusto que cabía esperar, al menos ─, y junto a su propio padre. Era también muy capaz de ser diplomática y llevar a cabo cualquier acción en una enorme plaza pública, frente a millares de desconocidos; pero siempre la había puesto nerviosa la presencia de los doce miembros del consejo, tan ancianos y engalanados con sus mejores vestimentas, sus severos ojos rebosantes de reproche ante las decisiones de su padre y la desconfianza mutua, surgida de las tensiones de una corte sustentada en las intrigas, flotando en el aire. Muy pocas veces en su vida había tenido que acudir a uno de los concilios, pues de tales quehaceres siempre se ocupaba su padre, pero hoy era una de esas veces. Teniendo en cuenta cómo se desarrollaban los acontecimientos, no la sorprendía, pero a pesar de ello no podía evitar entristecerse; hoy era un día muy importante para ella, una fecha que llevaba esperando desde hacía más de un mes, y suponía que saldría tal y como deseaba. Pero no fue así.
La joven princesa exhaló un fuerte suspiro en el que expulsó sus miedos, dudas y decepciones. Cerró los ojos para serenarse y recurrir a todos aquellos ideales que la habían ayudado a salir adelante desde siempre. Cuando volvió a abrirlos, sus pupilas, de un profundo color azul oscuro, brillaban rebosantes de energía.
─ Anuncia mi llegada ─ ordenó al guardián joven. El muchacho se inclinó en una torpe reverencia y él y su camarada abrieron con esfuerzo las pesadas puertas, que emitieron un chirrido de queja ante el maltrato. El joven se adelantó y, arrodillándose en el suelo con gesto sumiso, anunció:
─ La princesa Amelia, segunda hija de su Majestad, Phillionel El De Saillune, heredera al trono de Saillune, alta sacerdotisa del Clero de Saillune.
─ Vamos, vamos, déjate de formalidades ─ graznó una voz familiar, gruesa y campechana, tras soltar una risotada. Una voz que la princesa reconoció como la de su padre ─; y mejora esa forma de anunciar a la gente: repites demasiado la palabra Saillune. ¡Ya sé dónde demonios estamos!
Amelia pudo ver cómo el muchacho palidecía, presa de un temor incontrolable. También escuchó suspirar a su padre con resignación.
─ Pero no está mal para ser un novato ─ dijo, ablandándose ─. Te quiero ver por aquí la próxima vez, chico.
El joven se tranquilizó notablemente y, con una sonrisa trémula y otra reverencia, se apresuró a salir de la estancia. Los dos soldados se dieron prisa en cerrar otra vez las puertas y, mientras lo hacían, nadie dijo nada. En el gran Salón del Trono, cuya cúpula de mármol blanco se alzaba hasta desaparecer en las sombras, se agrupaban los ancianos representantes del Consejo Regente, ataviados con sus espléndidas túnicas y clavando sus ojos, firmes e inflexibles, en la princesa.
Por fin, las puertas se cerraron con un ruido sordo. Los presentes continuaron sin pronunciar palabra durante unos instantes, y también durante unos instantes Amelia sintió una oleada de miedo causada por el intimidante Consejo. Pero entonces clavó sus ojos en el rostro de su padre: en la sonrisa tranquilizadora que esbozaban sus labios enmarcados por el mostacho negro y en los ojos oscuros, casi totalmente ocultos por las espesas cejas del mismo color. Recuperó la valentía de inmediato, y recordó sus modales.
─ Mis señores ─ saludó, inclinándose elegantemente al compás del suave susurro de su vestido ─, es un placer recibiros en nuestro castillo después de tanto tiempo. Confío en que os encontréis bien.
Ella había dado el primer paso y, respondiendo a la cortesía, los demás se incorporaron y se arrodillaron ante ella.
─ Princesa Amelia ─ todos y cada uno de los miembros del Consejo saludaron de igual manera, y permanecieron en la misma posición, esperando a que su eminencia cruzara la mullida alfombra escarlata hasta situarse junto al príncipe regente.
Consciente de ello, Amelia avanzó con decisión, altiva y majestuosa. Pudo ver por el rabillo del ojo cómo algunos de los ancianos alzaban la vista, maravillados, y la volvían a bajar de inmediato con un carraspeo nervioso. Amelia no pudo evitar ruborizarse ligeramente, comprendiendo en parte su turbación. La última vez que se habían reunido su madre aún vivía, y ella era tan sólo una niña pequeña que jugaba a ensayar poces justicieras ─ cosa que continuaba haciendo ─ y a escalar árboles altos para, a continuación, caerse ─ cosa que también seguía haciendo… ─. Ahora, en cambio, Amelia se había convertido en una hermosa mujer en su decimoctavo verano, alta y hermosa; la suave tela del vestido azul, a juego con sus luminosos y honorables ojos, enmarcaba un cuerpo esbelto y bien proporcionado. Una diadema de plata adornaba su sedoso cabello negro, que continuaba llevando corto en honor a su pragmático e indómito espíritu justiciero.
Amelia alcanzó con decisión el trono y se apresuró a tomar asiento junto a su padre. Cuando todo el Consejo se hubo acomodado de nuevo en las sillas situadas a ambos lados de la alfombra, dio comienzo la reunión. Phil se incorporó y, con su habitual escrutinio ardiente, miró a todos y cada uno de los presentes.
─ Bien ─ comenzó ─, nos hemos reunido hoy aquí para debatir un asunto de gran trascendencia.
Los primeros murmullos de desacuerdo. Los miembros del Consejo se miraron unos a otros, sacudiendo la cabeza con reprobación. Amelia frunció el ceño, pero Phil prosiguió como si nada hubiera ocurrido:
─ Muy pocas veces en todas estas décadas nos hemos tenido que congregar ─ continuó el Príncipe ─, pero todas las veces que lo hemos hecho han sido por el acecho de crisis casi insalvables. Esta vez no es una excepción.
─ Mi señor ─ uno de los consejeros, de crespo y largo cabello blanco y una incipiente calva en la coronilla, habló en un tono de voz educado que, pese a ello, denotaba frustración ─, nada es seguro. No podemos causar semejante alarma entre la población por las habladurías incoherentes de un asesino desesperado.
─ Desearía que fueran sólo habladurías incoherentes, amigo mío ─ replicó Phil, su rostro ensombrecido ─, pero ya desde hace semanas nos han llegado extraños rumores del sur. Pueblos y aldeas quemados, ciudades asediadas… un mar de caos que se aproxima a nosotros, inclemente.
De nuevo, se repitieron los murmullos. El viejo de cabello cano que había hablado dirigió una mirada compungida al compañero de su izquierda, casi diciendo que a los chiflados había que darles la razón. Amelia sintió una oleada de ira. A su padre se le podía tachar de muchas cosas… y sí, estaba loco a su manera ─ a Amelia no le quedaba más remedio que admitirlo ─, pero también era sabio. Bajo su mandato, Saillune había prosperado. ¿Es que esos insensatos no se daban cuenta de ello?
La Princesa abrió la boca para hablar, pero una severa mirada de Phil la conminó al silencio. Cuando la sala se sumió de nuevo en el mutismo, el Príncipe prosiguió sin la más leve vacilación.
─ Podéis negar mis palabras, si así lo deseáis ─ dijo con un gruñido ─, pero la realidad está ahí: aceptadla o cerrad los ojos, ello no hará que desaparezca.
Encolerizado, otro de los viejos se incorporó de un salto y señaló a Phil con un dedo acusador.
─ Siempre os hemos obedecido, Príncipe Phil ─ graznó ─, pero esto ya es demasiado. ¡No sumiremos nuestro Reino en el miedo por unas cuantas noticias de tierras lejanas y las opiniones de un gobernante insensato!
El resto de consejeros lo secundaron con gritos y vehementes asentimientos de aprobación, incorporándose. Phil suspiró, se limitó a mirarlos con un brillo de tristeza en sus ojos negros y alzó una mano para silenciar a los presentes.
Pero entonces una voz femenina, rugiente y desafiante, se alzó sobre todas las demás.
─ ¡¡Ya es suficiente!!
Phil, sorprendido, echó un vistazo al sillón en el que se sentaba su hija… pero ya no estaba en él. La joven se las había ingeniado para escalar el altísimo respaldo del trono, de diez metros de altura, y señalaba a los ancianos con resuelta actitud al tiempo que su mano izquierda se aferraba a su cintura.
─ A… Amelia ─ balbuceó Phil.
─ ¡No sabéis lo que decís! Estáis hablando con vuestro príncipe y, por lo que veo, parece ser que os habéis olvidado mi presencia. ¡Pero nunca más! ─ Los ancianos escuchaban pasmados el discurso de Amelia… aunque quizás su estado se debía más a las intrincadas poses que la princesa realizaba mientras hablaba ─. No sólo tenemos a ese asesino; os recuerdo que con él viajaban dos amigos a los que profeso una gran estima, y cuando estén en condiciones de hablar, confirmarán las palabras de mi padre. ¡Os lo aseguro en nombre del entramado de ideales que conforman el Bien!
Los ojos de Amelia relampaguearon en el clímax de la arenga, y un viento oportuno sacudió con majestuosidad la pesada falda de su vestido y los cabellos azabaches. Todos los presentes habían enmudecido, los ojos desorbitados clavados en la reencarnación humana de la rectitud. Satisfecha por el resultado, Amelia realizó un extraordinario salto mortal, para concluir el discurso con una de sus poses más impresionantes.
No fueron sus pies los que tocaron el suelo, sin embargo, sino su cabeza. Con un gemido de dolor, la princesa se estrelló con un estruendo ensordecedor, y la solemnidad del momento se esfumó como el humo.
Con un bufido, el anciano de la coronilla pelada, que parecía ser el portavoz del Consejo, se volvió hacia Phil, ceñudo.
─ Podéis hacer lo que os plazca, Príncipe Phil ─ dijo, haciendo que su voz sonara como una advertencia ─, pero no tomaremos parte en lo que decidáis. Nosotros juramos lealtad al rey Eldram… y no debéis olvidar que vos seguís siendo tan sólo el príncipe.
Dicho esto, se encaminó raudo a la salida y, entre murmullos despreciativos, el resto lo imitó. "Son como ovejas que siguen a su pastor", reflexionó Amelia, sentada en el suelo y sujetándose la magullada cabeza, de la cual ya crecía un enorme chichón, pero sin mudar su expresión de inmutable dignidad.
Sólo cuando el último de los viejos hubo desaparecido tras la puerta Phil se permitió emitir un salvaje gruñido.
─ ¡Malditos vejestorios!. Fue un error contar con ellos ─ rugió, ayudando a su hija a levantarse ─. Si tuviéramos más pruebas que confirmasen la verdad… pero sólo tenemos a ese asesino desquiciado encerrado en los calabozos…
─ Están ciegos ante la verdad, y un hombre cegado es un hombre condenado ─ parafraseó Amelia, rebosante de honor ─. Cuando menos se lo esperen, el puño de la Justicia caerá implacable sobre ellos. No dejes que te afecte lo que dicen, papá.
Por toda respuesta, Phil soltó una estruendosa risotada.
─ ¿Afectarme?. ¿Esos? ─ preguntó ─. Por mí como si se ponen a danzar en calzones por toda Saillune, no me preocupa. ¡Y en cuanto a ti…! ─ el cambio repentino, tanto de tema como de expresión, pilló tanto por sorpresa a Amelia que ésta retrocedió un paso ─. ¿A qué ha venido ese discursito?. No era ni el momento ni el lugar, y lo único que has conseguido ha sido que se burlen de ti.
Amelia, confusa y sorprendida ante la actitud de su padre, no dijo nada durante unos segundos, pero pronto frunció de nuevo el ceño, apretando los puños con decisión.
─ Necesitabas a alguien que te apoyara ─ dijo ─. Como invitada del Consejo Regente, estaba en mi derecho. No me gustaron las injusticias cometidas en el concilio, y volvería a hacerlo, si fuera preciso ─. "Aunque perfeccionando mi salto final, naturalmente", puntualizó la princesa mentalmente, una gruesa gota de sudor recorriendo su frente.
Phil frunció tanto el ceño que las espejas cejas ocultaron íntegramente sus ojos; sus labios eran una línea de severa rectitud, pero Amelia no mudó el gesto, ni su resolución.
Finalmente, una segunda carcajada del Príncipe confundió de nuevo a Amelia, y disminuyó considerablemente la tensión que raras veces existía entre padre e hija.
─ Me recuerdas a tu madre. Ella también ignoraba mis quejas: me soltaba de un plumazo todo aquello que creía correcto, diciéndome que, si no me gustaba, no debería haberme casado con ella. Y luego soltaba también esa carcajada… ─ a Phill le sacudió un estremecimiento involuntario ─. Afortunadamente, eso sólo lo heredó tu hermana…
─ Padre ─ Amelia no quería desviar el tema, y menos para continuar con uno referente a su madre, tan doloroso para ella ─, sé que no debemos perder la calma, pero la situación sigue siendo grave. La destrucción asola las ciudades al sur y se acerca imparable. Debemos conseguir aliados antes de que el caos alcance los territorios norteños de la Antigua Barrera. La guerra es inminente… ─ Amelia se detuvo de improviso, asimilando por primera vez la situación en la que se encontraban. Si los rumores y las noticias de los exploradores eran ciertos, el mundo pronto se sumiría en un conflicto casi tan devastador como la guerra Kou Ma. Pero. ¿Sería de igual magnitud?. El asesino, ese llamado Kerkaat, que había sido encontrado justo a las puertas de Saillune en compañía de los inconscientes Lina y Gourry, sólo les había hablado de Xellos, y en cuanto Amelia escuchó ese nombre supo que las cosas iban mal. Estaba convencida de que la presencia del mazoku y las noticias de guerra estaban relacionadas: los demonios invadían el mundo.
Pero. ¿Tan poderosa era la fuerza demoníaca que devastaba los reinos meridionales?. Y si así era. ¿Habrían entrado en acción los shinzoku, los poderosos dioses dragón?. Tras la caída de la Barrera, su participación ya no estaba imposibilitada, pero no había modo de asegurarse… Inexplicablemente, Saillune era el único país que se había percatado de la situación, y todo ello gracias al testimonio de otras personas. Le resultaba sumamente extraño que un suceso de tales características pasara tan desapercibido…
Amelia estaba realmente asustada: acababa de darse cuenta de que no sabía absolutamente nada.
Su padre debió notar su tensión, porque depositó con brusquedad una mano grande y bronceada sobre su hombro. Ella le miró, ciertamente desolada.
─ No temas nada, hija ─ la tranquilizó, intentando quizás utilizar un tono suave, aunque lo que emitieran sus cuerdas vocales fuera un gruñido grave ─. Venceremos… aunque no sepa a quién demonios hay que derrotar. Por cierto. ¿Hoy no venía ese amigo tuyo a Saillune para pasar una temporada?
El miedo desapareció de Amelia ipso facto, sustituido por una radiante sonrisa.
─ Así es ─ dijo ella ─. Supongo que estará al llegar.
─ Ve a esperarle, pues ─ Phil esbozó su característica sonrisa brusca, enseñando sus blancos y resplandecientes dientes ─; y recuerda… ¡La Paz y la Justicia vencerán!
─ Tienes razón, papá ─ dijo Amelia a su vez, alzando su puño justiciero por encima de su cabeza, también justiciera, y coronada por un chichón justiciero. Ambos se miraron durante unos instantes.
Y, después, los dos príncipes prorrumpieron en sonoras carcajadas igualmente justicieras.
· · ·
Caía ya la tarde cuando Amelia divisó su silueta por el camino. Se encontraba en el balcón de sus aposentos, apoyada en la pesada barandilla de mármol y observando, maravillada, el espectáculo del sol ocultando su rostro tras las montañas. La belleza del paisaje, que incluía unas espléndida panorámica de la ciudad al atardecer, y la tranquilidad del momento casi hicieron que se quedara dormida, pero fue entre las brumas del sueño cuando vio cómo la figura de contorno humano se aproximaba, serena y enigmática, a las puertas del palacio.
Al principio creyó que había sido una ilusión causada por el sopor, pero cuando se frotó los ojos comprobó que no era así. Con una sonrisa y un suspiro de alivio, la joven observó cómo la aparición se hacía cada vez más grande, atravesando las calles de la ciudad casi desierta hasta que, finalmente, penetró sin prisa en el albo patio de entrada.
La cabeza de cabellera azul platino se alzó hacia donde ella se encontraba; de improviso, unos ojos zafirinos y una leve sonrisa tranquila, situados en un rostro de profundo color azul grisáceo, se clavaron en ella a modo de saludo. Sorprendida, Amelia dio un respingo y se ruborizó hasta las orejas, pero al menos consiguió devolverle el gesto y sacudir su mano temblorosa en señal de reconocimiento.
Nunca supo cómo y cuándo había realizado el recorrido hacia el vestíbulo, pero cuando quiso darse cuenta, ahí estaba, plantada al pie de las escaleras y aguardando, emocionada, para recibir a su amigo. Éste no tardó en atravesar las puertas, inclinando levemente la cabeza ante las corteses bienvenidas de los guardianes. Decepcionada, Amelia observó que todo asomo de sonrisa se había borrado del semblante del recién llegado, aunque sus ojos brillaron tenuemente cuando divisaron a Amelia, y las comisuras de sus labios se curvaron de forma casi imperceptible.
─ Me alegro de verte, Amelia ─ dijo, con su habitual voz tranquila y serena.
─ Hola, Zel ─ saludó a su vez la princesa, tragando saliva en un esfuerzo por encubrir la inmensa alegría que la embargaba, la cual aumentó al comprobar que la quimera conservaba en su muñeca el amuleto que, hacía poco más de un año, le había obsequiado. Nada le gustaría más que correr hacia él y darle un gran abrazo, pero sabía que eso era lo último que él desearía… y, probablemente, ella misma se moriría de vergüenza ─. ¿Cómo has estado?
─ No me puedo quejar ─ respondió la quimera torciendo la boca, burlón, y acariciándose la pétrea barbilla con el índice y el pulgar de su mano derecha. Ese gesto… hacía tanto tiempo que no lo veía… Casi se le humedecieron los ojos por las lágrimas, pero parpadeó repetidas veces para eliminar la sensación ardorosa que los asaltaban.
Con una risita de alegría, la princesa se acercó a él y tomó su mano entre las suyas; el brazo de Zel se sacudió de forma involuntaria para desasirse del tacto, pero Amelia no lo soltó. En su lugar, lo arrastró al tiempo que ella comenzaba a caminar.
─ Ven, estoy segura de que a mi padre le alegrará verte ─ dijo la joven, sin dejar de reír; ahora que había comenzado a hacerlo, ya no se sentía capaz de parar.
─ Está bien… ─ titubeó Zelgadis, dejándose arrastrar.
Durante el recorrido, Amelia sintió la mirada de la quimera clavada en ella. Confusa, le miró; Zel parecía observar su atuendo con una extraña mirada de admiración en sus ojos oscuros, pero en cuanto advirtió el escrutinio de la muchacha, se ruborizó y apartó la vista con rapidez, recurriendo de nuevo a su inalterable expresión. Amelia también apartó los ojos; sentía el rostro arder, y consideró oportuno soltar la mano de su amigo. Acababa de percatarse de que no se había cambiado de ropa: continuaba llevando la misma indumentaria engalanada que había lucido ante el Consejo. Se preguntó cómo era posible que hubiera olvidado desprenderse de un vestido tan incómodo, pero la asaltó la certera idea de que deseaba que Zelgadis la viera así.
Por fin, llegaron ante las puertas del salón del trono. Pero antes de que Amelia las abriera, Zelgadis la sujetó por un brazo.
─ Las formalidades pueden esperar ─ dijo él, con el rostro ensombrecido ─. Cuéntame qué es lo que está ocurriendo. ¿Qué ha sido de Lina y Gourry?
Sorprendida, Amelia abrió los ojos como platos.
─ E… están bien. Inconscientes aún, pero… ¿Cómo sabes que están aquí? ─ inquirió la joven. Zel soltó un bufido, liberando su brazo.
─ Las noticias vuelan, y más aún si no traen buenos presagios ─ fue la enigmática respuesta de la quimera. Estrechó los ojos, reflexivo ─. Y también han llegado a mis oídos los rumores de los asedios del sur. ¿Son ciertos?
─ Según los exploradores ─ respondió Amelia, desalentada otra vez ante la escasa información ─, pero sólo podemos hacer conjeturas… Por ahora, es casi seguro que los mazoku son los responsables.
─ ¿Mazokus?. ¿estás segura? ─ Los ojos de Zelgadis se iluminaron, ávidos de información. Amelia asintió.
─ Verás, con Lina y Gourry también había un… asesino, un hombre temible llamado Kerkaat ─ explicó la princesa ─. Cuando recuperó la conciencia, pareció enloquecer: nos atacó con uñas y dientes e intentó escapar como un gato enjaulado, pero mi padre le dejó fuera de combate con su puño pacifista. De inmediato, ordené que lo encerraran en nombre de la Justicia…
Amelia frunció el ceño, pensativa. No pudo ver la sonrisa divertida que adornó fugazmente los labios de Zel.
─ Y eso hicieron. Entonces mi padre sugirió interrogarle, antes de que perdiera la paciencia y decidiera desollarlo vivo ─ prosiguió la muchacha ─. Eso también lo hicieron… lo de interrogarle, no lo de desollarle ─ Zel carraspeó quedamente, y Amelia se apresuró a concluir ─: aunque no sirvió de mucho. Nos dijo su nombre y qué le llevó a reunirse con Lina y Gourry. Afirma que, antes de perder la conciencia y aparecer aquí, fue atacado por un mazoku que viajaba con ellos.
─ ¿Quién? ─ preguntó Zel.
─ Xellos.
Amelia tragó saliva cuando el rostro de Zelgadis se contrajo de odio incontenible. Apretó los puños con fuerza, pero cuando volvió a hablar lo hizo con su calma habitual:
─ Si ese maldito tiene algo que ver con todo esto, ten por seguro que los rumores son auténticos ─ sentenció la quimera. Amelia asintió, aún sorprendida ante la profunda ira que Zelgadis sentía hacia el demonio. Aunque en realidad no era de extrañar: en el pasado, Xellos no sólo vetó en muchas ocasiones las posibilidades de recuperar su humanidad a través de la Biblia Claire, sino que también disfrutaba recordándole en qué se había convertido. "Chico de piedra…"
─ ¿Qué pasa? ─ Zelgadis había notado la mirada de la princesa. Ésta, nerviosa, respondió lo primero que le vino a la cabeza:
─ N… no, nada, es sólo que… ¿Todavía no has encontrado nada que te devuelva tu forma humana?
De inmediato supo que había cometido un error.
─ ¿No es evidente? ─ El tono de Zelgadis era cortante. Las comisuras de sus labios temblaron ligeramente y frunció el ceño al tiempo que sus ojos gélidos la taladraban con dureza. Amelia retrocedió, azorada.
─ Lo… lo siento, ha sido una estupidez ─ balbuceó, bajando la vista. Zelgadis no respondió durante unos segundos, pero entonces ella le escuchó suspirar.
─ No tienes que disculparte Amelia. Ha sido culpa mía. Siempre… siempre pierdo los nervios con ese tema.
Amelia alzó la vista al percibir la angustia que encerraban sus palabras. Zelgadis, melancólico, tenía los ojos posados en algún punto lejano de su pasado, que sólo él podía ver. La joven se aproximó a él y posó tímidamente una mano sobre su endurecido hombro. Al sentir el contacto, la quimera la miró, y Amelia le dedicó una sonrisa dulce, cálida.
─ Ya sabes que la Justicia siempre triunfa, Zelgadis ─ dijo con voz suave. El aludido torció la boca, exasperado.
─ Lo sé, me lo has dicho unas cuantas cientos de veces ─ respondió con ironía. Amelia, en lugar de amilanarse, frunció el ceño, se incorporó y, con los ojos brillantes de emoción, señaló el techo con el índice de su mano derecha, mientras la izquierda la alzaba con el puño cerrado.
─ Pues entonces no dudes que encontrarás lo que buscas. ¡El Bien recompensa a los justos!
Durante un instante, Amelia temió que Zelgadis corriera hasta ella y la zarandeara con frustración, pero entonces le escuchó soltar una risita.
─ Gracias, Amelia ─ dijo él, sonriendo. Amelia le devolvió el gesto. Ambos se miraron durante unos instantes, y entonces…
─ ¡Princesa Amelia!
Los ecos de las veloces pisadas retumbaban en las níveas paredes del corredor. Sorprendidos, Amelia y Zelgadis esperaron hasta que un guardia, jadeante por el esfuerzo, corría hacia ellos como alma que llevara el diablo. Cuando llegó hasta su objetivo resbaló ligeramente, al disminuir de golpe la velocidad, y apoyó los brazos en los muslos encorvados para recuperar el aliento.
─ ¿Qué sucede? ─ inquirió Amelia en tono aprensivo, situando sus manos sobre los hombros del guardia ─. ¿Se trata de mi padre?. ¿Ha averiguado algo más?
Aún resoplando, el soldado alzó su rostro preocupado.
─ No, mi señora ─ dijo, con la voz transformada en un débil susurro ─. Os he buscado por todo el castillo, princesa. Vuestro padre me ha enviado a avisaros: la dama Lina Inverse ha recuperado el conocimiento.
· · ·
Lina estaba en su hogar, aquel que había abandonado hacía ya tantos años. Volvía a ser una niña de revoltosa cabellera castaña que recorría cada rincón de su hogar en busca de juegos. Alcanzó la cocina de la posada que le resultaba tan familiar, jugando a espada y brujería con la dama de cabello violáceo que cortaba carne hábilmente con un cuchillo manchado de aceite en su mano. La mujer se volvió, posando su mirada severa en la pequeña.
"¿Qué haces?", la voz sonaba lejana, onírica. La pequeña Lina se dio cuenta de que no podía hablar, ni siquiera moverse, ni huir de su temible hermana mayor. "No puedes estar aquí, márchate".
Los ojos de Luna relampaguearon con un fulgor esmeraldino… pero ya no era su hermana.
"No puedes estar aquí", repitió la voz espectral… sólo que esta vez era la de otra joven, una hermosa muchacha elfa de ondulante cabello cobrizo y límpidos ojos verdes. "Lina Inverse".
La aparición abrió los ojos hasta que parecía que se le saldrían de las órbitas, y desencajó la boca en un mudo grito agónico. Su hermosa cabellera rojiza se tornó negra, seca; su piel se volvió pálida y putrefacta, estirada sobre los huesos del rostro como un cadáver; los ojos verdes se vieron sustituidos por dos cuencas vacías y oscuras, como pozos sin fondo. La muerta alzó una mano temblorosa hacia Lina, que continuaba sin poder moverse. "Quiero huir", pensaba, "deja que me vaya: quiero huir, quiero huir, quiero huir…"
"No huirás".
Lina se dio la vuelta, respondiendo a la nueva voz que la acosaba a su espalda. Ante ella se alzaba un monstruo uniforme y llameante, rugiente y mortífero. Sus ojos de rubí se clavaban en ella como espadas, la atravesaban con terrible dolor. El monstruo la rodeo con sus llamas, el fuego quemó su piel y le produjo una agonía como nunca antes había experimentado. La pequeña Lina lloró, pero de sus ojos no surgieron lágrimas: se habían secado ante el poderoso poder de las llamas. Una forma plateada se materializó junto a ella, de pupilas amarillas que la escrutaban con intensidad. "Vete… y regresa cuando estés preparada", dijo, antes de difuminarse en medio de una llamarada. El espectro de la elfa continuaba aproximándose hasta ella.
"Lina Inverse", susurraba, su mano pútrida a unos centímetros de su rostro.
"Lina Inverse", el monstruo de las llamas la traspasaba con sus ojos rojos.
"Lina…"
─ No… ya basta, por favor…
─ ¡…Lina! ─ la voz masculina llegó clara y fuerte a sus oídos. Sintió cómo alguien la sacudía con esmero ─. Despierta… ¡Lina!
Abrió los ojos…
Lo primero que vio fue oscuridad, pero sus pupilas, con parpadeos instintivos, se fueron habituando poco a poco a la tenue luz que inundaba el lugar en el que se encontraba. Una silueta se inclinaba sobre ella, una forma que, lentamente, alcanzó a distinguir: el cabello rubio y largo enmarcaba unas facciones masculinas, adornadas por unos inquietos ojos verde azulados.
─ ¿Gourry…? ─ se escuchó decir Lina, aunque no reconocía su propia voz, susurrante y débil. Continuó parpadeando hasta que se dio cuenta de que tenía los ojos húmedos, quizá debido a las lágrimas involuntarias. Vio cómo Gourry cogía algo a su lado, sin mudar la expresión de profunda alarma; poco después, situó lo que parecía un trapo húmedo sobre su frente. El frescor del agua, fría y pura, recorrió su interior como un tónico; su visión se tornó más clara, y el cerebro comenzó a funcionar un poco más deprisa, pensando, recordando… recordando qué había sucedido antes de sumirse en las sombras de la inconsciencia.
La hechicera giró la cabeza a un lado y a otro, más alarmada a medida que los recuerdos regresaban a su memoria. No distinguía bien en lugar en el que se hallaba, pues unos pesados cortinajes opacos cubrían lo que parecían ser dos grandes ventanas.
─ ¿Dónde… dónde estamos? ─ inquirió. Lo sucedido continuaba volviendo a su mente con dolorosa premura ─. ¿Dónde está Laidanne?. ¿y Kerkaat?. ¿Qué ha sido de Feäntor?
La maga se incorporó con rapidez… y al momento lamentó haberlo hecho. Parecía que un troll golpeaba repetidas veces su cabeza con una gran porra, y la nausea subió por su estómago como una culebra sinuosa ansiosa por ser libre. Su cuerpo cayó fláccido, sin que pudiera hacer nada para evitarlo, pero los brazos de Gourry, fuertes y musculosos, detuvieron su caída.
─ Ahora tienes que descansar ─ dijo el espadachín con voz cálida, situándola delicadamente en el lecho y arropándola con ternura. La maga no apartó los ojos de él; ahora que lo observaba detenidamente advertía el aspecto demacrado del guerrero: su piel tenía un aspecto macilento, y los ojos cansados estaban hundidos en sus oquedades y enmarcados por unas profundas ojeras. Aun así, el espadachín sonreía con cansancio: siempre encontraba fuerzas para sonreír.
─ Tú también acabas de despertar ─ afirmó ella, más que preguntarlo. Gourry asintió con un suspiro pesaroso.
─ Cuando recuperé el conocimiento, era de noche. Te vi tendida a mi lado y decidí velarte hasta que recuperaras la conciencia. Hasta que empezaste a gritar… ─ los agotados ojos de Gourry escrutaron el entorno sombrío de la habitación ─. No sé dónde estamos y no he visto a nadie… pero, de algún modo, este lugar me resulta familiar.
Lina asintió en silencio a sus palabras, aunque en su fuero interno le sorprendiera que a Gourry también le sonara el entorno… bueno, que le sonara cualquier cosa, de hecho. Sentía la extraña sensación de haber vuelto a un lugar que hubiera abandonado tiempo atrás. Abriría los cortinajes ella misma e investigaría, pero no se sentía con fuerzas ni para respirar. Se contentó con escudriñar el lugar, intentando situarlo, pero no lo consiguió.
Al menos, hasta que la puerta de la estancia se abrió levemente y por ella penetro lo que parecía ser un criado, ataviado con una túnica verde y blanca y un amplio sombrero de tela igual de albino. Aunque agotada, Lina reconoció el uniforme con sorpresa y cierto alivio.
El criado dejó caer la bandeja llena de agua que portaba y su contenido se estrelló en el suelo con un gran estruendo metálico, desparramándose. Abrió los ojos como platos, sumido en lo que parecía un momentáneo estado de shock. Con un esfuerzo sobrehumano, Lina se incorporó sobre el codo, apartándose el trapo húmedo de la cabeza.
─ Oye ─ dijo ─. Reconozco esas ropas… dime. ¿Estamos en…?
Pero el criado, gritando como un loco, salió de la estancia a toda prisa, vociferando lo que a oídos de una exhausta Lina sonaba como una sarta de incoherencias. Con un suspiro de fastidio, la maga se dejó caer de nuevo en la cama, y encontró energías para abrir los ojos y clavarlos en el techo oscuro.
─ Saillune… ─ dijo. Gourry no respondió, pero su silencio fue más elocuente que cualquier palabra ─. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
─ Quién sabe ─ dijo Gourry. Lina no podía verlo, pero estaba convencida de que el espadachín se había encogido de hombros ─. Oye, Lina… Tuve que despertarte porque estabas sufriendo alguna especie de pesadilla. ¿Qué… qué soñaste?
A Lina la sacudió un leve temblor, pero todo lo que hizo fue torcer la boca y fruncir el ceño, recordando la horrible experiencia. Se preguntó si no sería un sueño premonitorio. A lo mejor Laidanne ya estaba muerta, y su espectro putrefacto le suplicaba ayuda en sueños. A lo mejor Ojo de Rubí había ganado fuerzas…
Ojo de Rubí…
La sorpresa hizo que el mareo desapareciera momentáneamente, hasta el punto de que la hechicera, de improviso, se vio sentada en el catre.
─ ¿Por qué… por qué estamos aquí? ─ Preguntó entonces, confusa.
─ Ya te he dicho que no lo sé: es muy extraño que hayamos acabado justamente aquí, pero…
─ No me refiero a eso ─ le cortó Lina, su rostro ensombrecido ─. Los dos lo vimos: el poder que desató Shabranigudú no iba sólo destinado a eliminarnos a nosotros… sino a destruir el mundo. ¿Por qué todo parece estar en calma?
Gourry asintió lentamente, cayendo en la cuenta por primera vez.
─ Tampoco lo sé… no lo recuerdo todo con exactitud ─ dijo él ─. Sólo al demonio ése, soltando una carcajada escalofriante, y al lobo,encarándose con él.
Feäntor...
Ahora, por fin, lo comprendía todo. El lobo les había salvado la vida; probablemente, él mismo les había depositado a las puertas de la Capital de la Magia Blanca y había evitado el cataclismo con el que Ojo de Rubí se disponía a masacrar el mundo. Pero. ¿Era realmente Feäntor una entidad tan poderosa?. Recordó cuando el animal, el espíritu astral, la había mirado a los ojos con esas pupilas rebosantes de inteligencia mientras la voz de la criatura resonaba en su cabeza. "Vuelve cuando tengas más poder", había dicho… o algo parecido: la hechicera no lo recordaba muy bien. De improviso, regresó a su memoria la breve aparición del animal en su sueño; apenas sí retenía la escena, pero la imagen de los ojos amarillos, penetrantes e instigadores, permanecía con viveza en su mente.
─ ¿Lina?
Parpadeando, la joven volvió en sí, recordando que su compañero le acababa de hacer una pregunta. Sonrió débilmente.
─ Fue sólo… una pesadilla ─ dijo entonces ella. No pudo evitar que su voz temblara ligeramente. "¡Maldición!" Odiaba mostrar tanta debilidad… ─ No recuerdo muchas cosas, sólo que salía Laidanne y…
Lina evocó en aquel momento el instante en el que había soñado que volvía a ser una niña, incordiando en la posada en la cual trabajaba su temible hermana mayor: Luna, el Caballero de Ceiphid. Era tan real… el mismo ambiente, el mismo olor a delicioso cocido de ternera, el mismo aspecto. La joven reflexionó en esos momentos acerca de todos los largos años que había pasado fuera de su hogar, en Zefiria, enterrando esas sensaciones en lo más profundo de su ser. Se le hizo un nudo en la garganta, y tragó saliva con esfuerzo para deshacerlo.
Sintió cómo Gourry situaba su fuerte mano, reconfortante, sobre su hombro, cubierto por los mechones de cabello castaño que a su vez le caían sobre el rostro, húmedos por el sudor y el agua tibia que bañaba su frente. Ella lo miró y, por supuesto, lo vio sonriendo. La hechicera se sorprendió a sí misma devolviéndole el gesto, sin rechazar el suave contacto del guerrero. No se sentía con fuerzas para enfurecerse o sonrojarse; simplemente, en aquellos momentos era muy consciente de otra cosa: Gourry era ahora su vida y, a su lado, estaba su hogar.
Parecía que el destino quería retarla, deseoso de ver hasta dónde era capaz de llegar, porque su corazón sí que dio un vuelco cuando la mano de Gourry ascendió y, en peso, se encerró sobre su mejilla, acariciándola con suavidad. La hechicera dio un leve respingo, sintiendo la cara enrojecer intensamente. ¿Qué debía hacer?. ¿Apartarle?. ¿O disfrutar del momento?. Con un mareo fruto de la conmoción Lina se dio cuenta de que, en realidad, no deseaba que el guerrero cesara en su caricia. Éste debió notar su zozobra, porque esbozó una leve sonrisa mezcla de asombro y dulzura.
─ ¿Estás bien? ─ Inquirió él, retirando la mano. Lina no se movió, pero sí se sintió capaz de apartar la mirada.
─ Sí… olvídalo, ya te he dicho que sólo fue una pesadilla ─ insistió ella, testaruda. Aunque realmente hablaba de forma automática. En una inspiración repentina, la maga preguntó ─: Oye, Gourry… ¿Echas de menos tu hogar?. ¿Sientes a veces deseos de regresar, de…? ─ Se mordió el labio; no encontraba las palabras que quería decir.
Gourry parpadeó en un principio, sorprendido por la pregunta. Luego, arrugó el entrecejo, mostrando esa expresión tan peculiar en él que indicaba que se estaba devanando los sesos.
Finalmente, alzó los ojos y, con naturalidad, dibujando una cansada sonrisa, respondió:
─ En un principio quizás sí, pero… ─ Gourry vaciló. Lina alzó la vista y posó sus ojos en los de su compañero, intrigada ─. Creo que… de algún modo, desde hace tiempo tengo la sensación de que ya estoy en mi hogar.
Gourry había pronunciado las palabras sin un atisbo de miedo o duda, con su habitual despreocupación; pero, de repente, la hechicera pudo ver una luz nueva en las claras pupilas del espadachín: un recóndito deseo, cargado de intención, que Lina jamás había presenciado…
Las puertas de la habitación se abrieron de golpe.
─ ¡Lina, Gourry! ─ Exclamó la tosca voz del Príncipe Phil ─. ¡Estáis despiertos…!. Pero… ¿Qué haces, Lina?
─ E… Efo digfo yo… ¡¿qué hafes?! ─ Intentó preguntar Gourry. La hechicera, presa del pánico al escuchar abrirse la puerta, había recurrido a incrustar el codo en la boca de Gourry. El Príncipe y los dos soldados que le acompañaban observaban la escena mudos de perplejidad.
─ Ehm… no… nada, es que me habéis sobresaltado, Príncipe ─ Lina apartó el codo del rostro de Gourry (y también puso especial cuidado en poner distancias entre ella y el espadachín), y a continuación se rascó la cabeza al tiempo que soltaba una risita nerviosa. Todavía sentía el calor recorrer su rostro: estaba convencida de que debía asemejarse más a un tomate viviente que a otra cosa. Decidió cambiar de tema ─. ¡Por… por fin alguien que puede darnos respuestas!. Príncipe. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
─ Sí… ¿qué está ocurriendo?. ¿Está…? (¿Cómo se llamaba…?. ¡Ah, sí!). ¿Está Amelia por aquí? ─ inquirió a su vez Gourry, frotándose la cara y lanzando una mirada furibunda a Lina, quien no pareció darse cuenta de ello.
─ Mi hija ya ha sido avisada, no creo que tarde en venir ─ respondió Phil, con el rostro severo ─. Y en cuanto a lo que está ocurriendo… muchas cosas, me temo, pero será mejor esperar. No parece que estéis en condiciones de…
Lina, con los ojos rugientes de impaciencia, se incorporó de un salto y corrió hasta Phil, cogiendo al gobernante por el cuello de la camisa con una fuerza impensable en alguien de su tamaño. Los soldados aferraron con fuerza sus alabardas, pero se miraron sin saber qué hacer.
─ ¡Ya hemos esperado bastante! ─ gritó la hechicera, zarandeando al Príncipe ─. Espero una explicación. ¡Decidnos cuánto tiempo hemos estado inconscientes!
─ Cerca de dos semanas ─ informó Phil, sin vacilar. Sorprendida ante la noticia, Lina soltó al Príncipe con los ojos como platos y la mirada perdida, ignorante al furioso palpitar que se había instalado en sus sienes.
─ ¿Dos… dos semanas? ─ repitió, incrédula. Phil asintió.
─ Parece que, sea quien sea el que luchó contra vosotros, os dio una buena paliza ─ observó el regente ─. En cambio, ese asesino que os acompañaba despertó mucho antes. No parecía tan magullado como…
─ ¡Kerkaat! ─ exclamaron Lina y Gourry, al unísono.
─ ¿Está él aquí?. ¿En el castillo? ─ preguntó Gourry ceñudo, incorporándose del lecho con dificultad.
─ Así es. Ese rufián está chiflado: hemos tenido que encerrarle en los calabozos por mera cuestión de protección ─ respondió el Príncipe. Lina se preguntó durante unos instantes si realmente Phil necesitaba protección… pero unas raudas pisadas, que se acercaban veloces a la habitación, la sacaron de sus pensamientos.
De inmediato, dos figuras penetraron en la estancia. Lina fijó su atención en la primera: una muchacha esbelta y bella, de corto cabello negro, preocupados ojos azules y elegante vestido color añil. La joven desencajó la mandíbula por la sorpresa, deteniéndose en seco; una reacción similar sacudió a la maga negra.
─ ¿Li… Lina?
─ Hola, Amelia ─ saludó la aludida con los ojos desorbitados, sorprendida al tener que observar el rostro tan conocido desde abajo. Antes de que pudiera evitarlo, la princesa corrió hasta ella y le dio un fuerte abrazo entre risas entrecortadas por la emoción.
─ Lina… ¡Me alegro mucho de que estés bien!
─ Gracias, gracias… pero suéltame de una vez, antes de que me desmaye ─ refunfuñó la hechicera. Amelia le hizo caso y, de inmediato, concedió a Gourry un recibimiento similar. Lina, con un suspiro, cerró los ojos y se dedicó a frotarse las doloridas sienes.
─ Increíble, después de todo lo que habéis pasado estáis como si nada… sois duros de pelar ─ saludó entonces otra voz. Lina casi se cayó de espaldas al reconocerla; abrió los ojos y los posó en el segundo individuo, que había entrado junto a Amelia.
─ ¡Zelgadis!. No puedo creerlo ─ exclamó. Gourry, boquiabierto, también pareció darse cuenta en aquellos momentos de la presencia de la quimera ─. ¿Qué haces aquí?
Zelgadis se limitó a sonreír, pero Lina, recuperada de la sorpresa, esbozó una sonrisa pícara al tiempo que miraba a Amelia de reojo y daba codazos reiterativos en el hombro de su amigo.
─ Lo entendemos, Zel, no tienes que explicarnos nada ─ dijo ella. Zelgadis enrojeció intensamente mientras se apartaba bruscamente de su antigua compañera de viajes.
─ No hay tiempo para tonterías ─ dijo la quimera tras un carraspeo nervioso ─. Tenéis que contarnos qué ha sucedido.
Todos los presentes adoptaron una expresión grave, sumidos en el silencio que precede al conocimiento de algo que se prefiere no saber. Lina volvió a ser consciente del cansancio que invadía su cuerpo con destructiva fuerza, pero también sabía que no podía flaquear en esos momentos. Se aproximó a la cama y se dejó caer sobre ella con un suspiro. Acto seguido, clavó sus ojos en sus amigos.
─ Os lo contaremos todo.
· · ·
El reloj del campanario de la Ciudad Blanca sonó a media noche, con un sonido que a Amelia se le antojó un heraldo de mala fortuna. Se encontraba en sus aposentos, ataviada con un cómodo vestido de seda rosa, cumpliendo sin dilación el encargo de su padre e intentando ignorar en vano los furiosos latidos de miedo que sacudían su corazón. El pulso le tembló violentamente en una ocasión, echando a perder la caligrafía que en aquellos momentos imprimía en el quinto pergamino que redactaba. Maldiciendo en silencio, la princesa arrugó la carta y la lanzó por los aires.
Unos toques en la puerta resonaron en esos instantes.
─ Adelante ─ dijo ella, abstraída, mientras mojaba la pluma en el tintero para comenzar de nuevo. La puerta se abrió, y el desconocido se acercó a ella silencioso como una sombra. La princesa no se dio cuenta de su presencia hasta que el invitado habló, con esa voz discreta tan habitual en él:
─ ¿Cómo va eso?
Amelia dio un respingo, y alzó la vista hasta clavar los ojos en el rostro de Zelgadis. De inmediato, se olvidó de la tarea que tenía entre manos, boquiabierta, con la pluma manchada de tinta sobre la límpida superficie del pergamino. Zelgadis echó un lacónico vistazo al papel.
─ Cuidado ─ advirtió él.
─ ¡Oh, no! ─ exclamó la muchacha, depositando de nuevo su atención en la hoja. Unos gruesos goterones negros habían caído del extremo de la pluma, fastidiando su nuevo intento de redactar la carta. Amelia dejó el instrumento dentro del tintero, suspiró y se frotó los ojos mientras se apoyaba en el respaldo de la silla. Zelgadis cogió otra y tomó asiento junto a ella.
─ Tal vez deberías descansar un poco ─ dijo la quimera. Amelia volvió a mirarle; la expresión de su semblante era una máscara tan pétrea como su propia piel.
─ No te preocupes, estoy acostumbrada. Cuando reine, voy a tener que habituarme a estas cosas ─ respondió la princesa. Intentó que su voz no sonara apenada al aludir a su futuro como regente del país, pero no lo consiguió. Zelgadis estrechó los ojos, reflexivo, y ella apartó la mirada con rapidez, fingiendo releer las pesadas cartas que había conseguido concluir con éxito ─. ¿Qué… qué haces aquí, Zel?
El rubor se abrió paso en sus mejillas sin que pudiera hacer nada por contener sus defensas. Por el rabillo del ojo, advirtió que Zel se agitaba, inquieto.
─ Siento curiosidad por saber cómo te van las cosas. Tu tarea es esencial, y el tiempo apremia ─ se apresuró a responder él, no obstante con una voz enronquecida que aclaró una vez finalizada la explicación. Amelia notó sus manos sudorosas de tanto aferrar el pergamino.
─ ¿Cómo están Lina y Gourry? ─ Inquirió la joven, deseosa de cambiar de tema antes de que fuera demasiado tarde. Escuchó cómo su acompañante soltaba una queda risita… ciertamente de alivio, si sus oídos no la engañaban.
─ Descansando… parece ser que, después de zamparse todo el aprovisionamiento del castillo, encontraron fuerzas para abandonarse al sueño.
Amelia sonrió sin poder evitarlo, y volvió a dejar la carta sobre las demás. Zelgadis observó el papel, curioso.
─ Son las peticiones de alianza. ¿No?
─ Así es ─ respondió Amelia ─. Ya sabes: mi padre está ocupado con los preparativos de la defensa y la tarea de redactar los tratados ha recaído sobre mí.
─ Debe de ser difícil ─ observó Zel.
─ Lo es… sobretodo porque no se trata sólo de escribir ─ respondió la joven ─. Hay que analizar las características de los países en cuestión, establecer unas condiciones de alianza que los favorezcan tanto a ellos como a nosotros, regatear… es demasiado complicado. Como si no fuera suficiente condición que un dios demonio quiera arrasar el mundo.
Amelia torció la boca, furibunda. Se dio cuenta de que debía parecer una niña enfurruñada, porque Zelgadis esbozó una sonrisa divertida.
─ Lo estás haciendo muy bien ─ dijo la quimera. Sorprendida y complacida, Amelia sólo pudo sonreír de nuevo ─. Al igual que tu padre: ha actuado con rapidez.
La princesa volvió a asentir, henchida de orgullo. Cuando Lina y Gourry relataron la resurrección de Ojo de Rubí, la primera impresión de los presentes fue de pánico y conmoción, pero no así con el Príncipe.
"Que se reúnan mis vasallos", exigió el gobernante en tono imperioso, "avisad a los señores, a mi hermano… a todos. Quiero que preparéis caballos y provisiones; seleccionad a los mensajeros más diplomáticos para que viajen a todas las regiones del norte: negociaremos alianzas militares. Amelia, tu tarea es redactar los correspondientes tratados destinados a todos aquellos estados que aún no han sido alcanzados por las llamas de la guerra".
"¿Y qué hará nuestro Reino mientras tanto, príncipe?", había inquirido con timidez uno de los soldados, que resultó ser un capitán de alto rango.
"¿Tú qué crees, cabeza de chorlito?", preguntó el aludido, exasperado, "prepararse para la batalla. Quiero que los sacerdotes y los clérigos canalicen su magia blanca para la defensa de la ciudad. Convoca al ejército y recluta mercenarios; me da igual dónde los encuentres, pero asegúrate de pagarles bien y de establecer un campamento de entrenamiento".
"Así se hará, mi señor", el capitán abandonó con pasos presurosos la estancia.
Y ahí estaba Amelia, redactando los pergaminos que, al alba, debían arribar a los reinos del Imperio de Lyzeille, a Zefiria, a Dills y toda población dispuesta a luchar… nadie lo había dicho, pero con una mirada había bastado para saber que sus dos amigos ─ pues no contaba demasiado con Gourry en lo que a cálculos y deducciones se refería ─ compartían sus dudas: era más que probable que los países del norte ignorasen la petición de ayuda de Saillune.
Además, eso no era todo. Ellos eran un puñado de humanos; simples mortales contra… contra un ejército de mazokus liderados por una de las siete partes del dios demonio Shabranigudú. Lina había propuesto, haciéndose eco de los pensamientos de los demás, enviar también mensajeros a los elfos y a los dragones habitantes de las Montañas de Kataart, pero todos sabían que la inaccesibilidad del terreno abrupto del territorio les impedirían llegar a tiempo, así que habían desechado la idea, no sin pesar.
La princesa sólo podía rogar a los dioses para que la noticia de la resurrección del rey mazoku hubiera llegado a oídos de los moradores del Pico del Dragón. Y ya de paso, para que los mismos dioses hicieran acto de presencia. Cada vez le resultaba más extraño que, tras la caída de la Barrera, los shinzoku no hubieran intervenido…
Amelia escuchó arrastrarse la silla en la que estaba Zelgadis, sacándola de improviso de sus pensamientos. La quimera acababa de incorporarse.
─ Intentaré descansar yo también ─ dijo él ─. Intuyo que dentro de unas semanas nadie va a poder hacerlo…
Amelia sonrió y observó a Zelgadis con una mirada de curiosidad.
─ ¿Qué ocurre? ─ inquirió la quimera con un parpadeo, al advertir su escrutinio.
─ Nada, es que… en circunstancias normales habrías dicho ─ Amelia adoptó una expresión grave, y habló con una voz que imitaba a la de su amigo ─: Esta guerra no me concierne. Todo lo que quiero es recuperar mi aspecto original. Hasta otra.
Zelgadis se quedó pasmado durante unos instantes, y Amelia esbozó una mueca de pura inocencia. Luego, para sorpresa y perplejidad de la muchacha, Zel soltó una carcajada.
─ Supongo que en el pasado hubiera sido así… pero las cosas cambian ─ dirigió una extraña sonrisa a la princesa que, por algún motivo, hizo que a ésta le bailara el estómago. Acto seguido, la quimera hizo un amago de despedida con la mano, dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta.
Cuando volvió a encontrarse sola, Amelia suspiró con satisfacción, y se le ocurrió pensar que, en cierto modo, la guerra no había sido tan inoportuna.
· · ·
─ ¡¿Sólo dos?!
El grito del Príncipe Phil resonó por toda la estancia. Daba la casualidad de que la acústica del amplio techo del Salón del Trono era impresionante, y reproducía en un estremecedor crescendo los ya de por sí poderosos rugidos del regente, haciendo que a todos los presentes les rechinaran los dientes. Los únicos que no se inmutaron fueron Lina, que se apoyaba en una de las columnas de mármol con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho, y Zelgadis, que permanecía oculto en las sombras de otro de los pilares, sentado y con la cabeza gacha. Gourry, en cambio, dejó denotar su nerviosismo, mirando a sus amigos con gesto incómodo, y Amelia, titubeante, intentaba en esos momentos tranquilizar a su padre depositando sus manos sobre su robusto brazo.
Pero nadie sufría tanto como el pobre mensajero sobre quien había recaído la tarea de informar al Príncipe. El hombre temblaba incontrolablemente, y sudaba tanto que su piel daba la impresión de derretirse a una velocidad de vértigo.
─ L-l-lo lamento, p-príncipe ─ tartamudeó el desgraciado ─. P-p-pero así están las c-cosas. L-los enviados han negociado lo mejor q-q-que han podido…
Phil apretó los dientes, con los ojos relampagueantes de furia. Lina torció la boca; estaba convencida de que al gobernante no le sorprendían las desafortunadas nuevas.
Vamos, príncipe ─ dijo la hechicera, en un tono de voz suave, pero no menos peligroso ─, tú también eras muy consciente de que la mayoría de los países se reirían ante tus tratados de alianza y, acto seguido, quemarían la carta en el fuego de sus chimeneas; seguramente consideran algo tan increíble como un insulto hacia su persona. La mayor parte de ellos no ha recibido aún ninguna noticia acerca de la guerra… por muy extraño que resulte. Peor para ellos. Cuando quieran darse cuenta, tendrán a los demonios a sus puertas.
─ Lina tiene razón. Además, no es tan malo ─ intervino Amelia con una sonrisa trémula ─. Zefiria y Atlas nos han hecho caso. Tenemos a dos poderosas ciudades defendiendo el este y el oeste del continente, y Saillune dirigirá desde el centro.
─ Y no sólo eso ─ intervino Zelgadis, alzando ligeramente la cabeza para dejar ver su rostro severo ─. Atlas es el enclave de muchos de los magos más poderosos de la Antigua Barrera y, si no me equivoco, la capital de Zefiria, Zephil, es una ciudad castillo fortificada y resguardada por un poderoso ejército.
─ Tiene más que un simple ejército… ─ comentó Lina con ironía, pero tras soltar una risita nerviosa y sacudirse por un escalofrío de terror que a duras penas consiguió esconder.
─ Claro que lo había pensado, demonios, pero me permití conservar un atisbo de esperanza. Me hago viejo para esto ─ el rostro del príncipe se ensombreció ─. Os recuerdo que no se trata de simples rencillas entre territorios: se trata de Ojo de Rubí, un ser que podría destruirnos a todos de una sola vez si así se lo propusiera. No luchamos contra iguales, sino contra mazokus… y al parecer habéis olvidado que prácticamente todo el sur, todos los países pertenecientes a un imperio militar como lo es Elmekia, han caído bajo su dominio como moscas.
Lina sabía que tenía razón pero, de algún modo, estaba segura de que Shabranigudú no destruiría el mundo de inmediato. ¿A qué venía todo ese numerito de asediar y tomar ciudades? El dios demonio deseaba sembrar el caos, necesitaba alimentarse del miedo y el pánico de sus víctimas, y así hacerse más fuerte. Aunque considerara a Lina poco más que un insecto, la deidad maligna era muy consciente de que dicho parásito ya le había derrotado en dos ocasiones, y no volvería a cometer el mismo error de confiarse ante ella.
Ella, ella… sí; aun sabiendo que era posible que sus temores fuesen infundados y causados por su propio ego, ya que los motivos de Shabranigudú bien podían ser otros desconocidos para ella, no podía evitar pensar que ella misma era la causante de todo. Lina presentía que, en cuanto Ojo de Rubí terminara con su vida, le bastaría con mover un dedo para transformar la tierra en caos. Cada noche la asaltaban sueños similares a los de la noche en que había despertado en Saillune. Apenas era capaz de recordar lo ocurrido, pero en todos y cada uno de ellos aparecía Feäntor, como si el lobo quisiera apremiarla allí donde estuviera; y eso sí lo recordaba…
Lina sacudió ligeramente la cabeza y se permitió, al igual que Phil, conservar una tenue luz de esperanza. Ahora, contaban con la ayuda de los hechiceros humanos más poderosos ─ empezando por ella, claro ─ y con el potencial armamentístico de su ciudad natal, Zefiria… en cuyo interior, además, se hallaba su fraternal hermana: el Caballero de Ceiphid.
Los siervos de Ojo de Rubí no eran el verdadero problema, sino el propio rey mazoku. Tenía que pensar en una manera de derrotarle, y rápido.
─… Zefiria ha accedido a enviarnos una cuarta parte de su ejército para ayudarnos en la guerra. El resto, se quedará a defender los muros de su propia ciudad. Lord Christopher se hace cargo de la situación, para que el país cumpla con su palabra ─ decía en esos momentos el mensajero, aún temblando.
─ ¿Y Atlas? ─ Inquirió Phil, retorciéndose el espeso mostacho con gesto lánguido.
─ B-bueno, los magos de Atlas prefieren… prefieren guardar silencio, por a-ahora.
Las negras pupilas de Phil se estrecharon hasta transformarse en dos agujeros negros que parecían absorber el escaso valor del sirviente.
─ ¿Que desean guardar silencio?. ¿Por qué? ─ Preguntó Gourry. El guerrero se había mantenido en un segundo plano ante la confusa información, y parecía que deseaba intervenir de algún modo.
─ L-l-los magos afirman estar muy al corriente de la situación, y poseer información acerca de los mazokus que nadie sabe todavía ─ prosiguió el mensajero. Tragó saliva e intentó mirar al Príncipe a los ojos ─. P-pero no es con vos con quien d-desean compartirla.
─ ¿Con quién diablos, entonces? ─ Preguntó Phil, impaciente.
En vez de responder, el interrogado depositó sus asustados ojos en Lina, y todos lo imitaron. Sorprendida, la hechicera parpadeó repetidas veces.
─ ¿Conmigo? ─ Preguntó ella ─. ¿Estás seguro?
El mensajero asintió. Su mano temblorosa se introdujo entre los pliegues de su túnica y sacó un pergamino enrollado y sujeto con una cinta dorada.
─ Los gobernantes y miembros de la Asociación de Magos de Atlas afirman querer hablar en persona con la archiconocida Lina Inverse ─ informó ─. Os invitan a un Concilio que se celebrará dentro tres días en la ciudad.
─ Vaya, vaya… archiconocida. ¿Eh? ─ Repitió Lina con una sonrisa de satisfacción. A su lado, Gourry suspiró.
─ Ya está dándose aires otra vez… ─ las palabras del espadachín se vieron interrumpidas por el puñetazo que la maga negra le propinó en la cabeza. Ignorando los quejidos del guerrero, Lina se aproximó con decisión al cada vez más asustado sirviente y le arrebató el pergamino de las manos.
─ Gracias por el aviso ─ dijo ella ─. Lo analizaré con calma en mis habitaciones.
─ No tardes en informarme, Lina ─ dijo el Príncipe, unas palabras que dieron por concluida la reunión ─. Ahora tengo que discutir ciertos asuntos con mis capitanes acerca del ejército y los campamentos, además de recibir a un representante de Zefiria que acaba de llegar. Cada vez nos queda menos tiempo…
Era verdad. Los negociadores de Saillune habían tardado cerca de una semana en regresar a la ciudad con las respuestas de los dirigentes, y el ejército demoníaco avanzaba imparable. Lina no estaría tan nerviosa si no fuera consciente de que todo era un juego. Cada día, tras el trance de las pesadillas, la joven amanecía empapada en sudor, convencida de que la ciudadestaba siendo atacada. Casi le parecía oler el aroma metálico de la sangre entremezclado con el nauseabundo hedor de la carne y la madera quemadas.
Si no se daba prisa, tales escenas no tardarían en tornarse realidad.
· · ·
El sol se encontraba en su pleno apogeo a media tarde, brillando con la intensidad de la luminiscencia veraniega, retando a la oscuridad que se avecinaba, inexorable. Lina leía en silencio la carta, acompañada sólo por los expectantes Gourry, Zelgadis y Amelia. El trío retrocedía de manera inconsciente, incluso el imperturbable Zelgadis, al observar la expresión de la hechicera, que fruncía el ceño cada vez con más intensidad a medida que seguía leyendo.
Por fin, terminó. Con un suspiro y una sonrisa tranquila, enrolló de nuevo el manuscrito y lo depositó sobre la mesa. Acto seguido, se sirvió con calma el agua de una jarra y bebió con avidez. Sus compañeros se miraron unos a otros, confusos, temerosos de dar el primer paso. Fue Gourry, cándido, quien se atrevió a romper el silencio:
─ Bueno, Lina. ¿Qué dice?
La hechicera no respondió de inmediato, pero no tardó en sacudirse ligeramente por una risita débil y prolongada. Sus dedos se crisparon en torno a la copa de agua.
─ De ninguna manera… ─ musitó la maga en un susurro, aunque todos lo escucharon claramente.
─ ¿Y bien?. ¿Nos lo vas a explicar de una vez? ─ preguntó Zelgadis con aparente calma, aunque por sus sienes resbalaban gruesas gotas de sudor.
Entonces, Lina estalló. Tiró la copa al suelo, que se rompió con un gran impacto, y se incorporó, con los ojos llameantes de ira.
─ ¡¡De ninguna manera… NI HABLAR!! ─ rugió. Amelia, con los ojos desorbitados, se atrevió a aproximarse lo suficiente a la hechicera como para coger la carta. La desenrolló y la leyó con rapidez, y luego miró a su amiga con la boca torcida en gesto de confusión.
─ No veo que sea tan grave ─ comentó la princesa ─. En resumen, lo único que dice es lo mismo que explicó el mensajero: que en tres días se celebra un Concilio de Magos en la sede de la Asociación de Atlas, y que es menester que estés presente. La firman sus dirigentes, dos magos llamados Baderkar y Sar Vanion… y ya está.
─ La posdata… ¡¡Lee la posdata!! ─ gritó la enfurecida Lina, que en esos momentos intentaba desasirse de Gourry. El espadachín la sujetaba por los brazos para tranquilizarla e impedir que destruyera algo en la ceguera de su cólera.
Amelia se dio cuenta de que había una puntualización escrita en el margen del pergamino. Leyó en voz alta:
─ "Es imperativo presentarse con la túnica oficial" ─ Encogiéndose de hombros, Amelia parecía continuar sin entender nada ─. Sigo sin comprenderte, Lina… ¿Acaso no tienes túnica oficial?
─ ¡¡Suéltame!! ─ rugió la maga, dándole un cabezazo en el rostro a Gourry y liberándose por fin. La hechicera exhaló un fuerte suspiro para tranquilizarse ─. Tengo túnica oficial, me la proporcionaron cuando me gradué en la Asociación de Magos y Hechiceros de mi ciudad.
─ ¿Entonces cuál es el problema? ─ Intervino Zelgadis, el ceño fruncido en gesto de impaciencia.
La cara de Lina enrojeció intensamente, mezclando la zozobra con la ira.
─ Veréis… cuando un mago se gradúa, los archimagos de la asociación le proporcionan una túnica de un color determinado… ─ la hechicera carraspeó violentamente, cada vez más ruborizada ─ y también le adjudican un título homónimo a dicho color.
─ Eso nunca me lo habías contado ─ exclamó Gourry, ciertamente resentido por ello ─. ¿Y qué color te dieron a ti…?
Con pasos rígidos y el ceño fruncido, la hechicera se aproximó a su mochila de viaje y rebuscó con brusquedad. Abrió un fondo secreto y de él extrajo un largo atuendo de tela: la túnica de un mago.
Y era rosa.
Todos se quedaron pasmados al verla, sin saber muy bien qué decir.
─ ¿Eso significa…? ─ Comenzó Amelia, atónita ─. ¿… Que tu título de hechicera es Lina la Rosa?
Lina no vio necesidad de responder a lo evidente. Aún con la cara roja, taladró a sus amigos con sus enfurecidos ojos castaños, retándolos a reírse. Todos habían apartado la mirada, tapándose la boca con evidentes esfuerzos para no soltar la risotada.
Lamentablemente, a Zelgadis se le escapó. El golpe que le dio Lina con el mango de su espada corta no se le olvidaría mientras viviese.
─ Bueno, Lina. ¿Pero qué vas a hacer? ─ Preguntó Amelia, con cautela, cuando su genio se hubo aplacado ligeramente ─. Sabes que tienes que asistir.
Lina, sentada en el lecho de sus aposentos, soltó una carcajada sarcástica, al tiempo que volvía a servirse otro vaso de agua que un criado había traído en sustitución de la copa rota.
─ Y voy a ir, no te quepa la menor duda. Pero antes muerta que presentarme con esa maldita túnica ─ dicho esto, bebió con brusquedad el contenido del vaso.
Y mientras lo hacía, otra voz se alzó en la estancia:
─ Vaya, vaya… en ese caso, no te importará si te mato. ¿Verdad?
Lina escupió el agua que se estaba bebiendo con tal violencia que roció a todos sus amigos. De repente, le dio la sensación de que su cuerpo, al igual que el de Zelgadis, se había convertido en piedra. Sólo alcanzó a girar la cabeza hacia la procedencia de la tan temible voz, como una autómata averiada.
En el umbral de la puerta se encontraba una imponente mujer alta, de cabello violáceo largo hasta los hombros. Su extraño atuendo de camarera resaltaba un busto bien proporcionado y de atributos musculosos. La desconocida, demasiado conocida para Lina, observaba a la hechicera con una sonrisa burlona.
─ Her… her… her… ─ tartamudeó Lina, mortalmente pálida, ante las miradas desconcertadas de los demás. La recién llegada soltó una estentórea risotada.
─ Vamos, vamos… creo recordar que cuando te fuiste de casa al menos sabías hablar ─ comentó con ironía. Dio un paso al frente, en dirección a Lina.
Y la maga negra soltó un escalofriante aullido de terror. Retrocedió con rapidez hasta tropezar con la pared de la habitación, consciente de que estaba atrapada. La mujer exhaló un profundo suspiro de exasperación.
─ Lina ─ Gourry, preocupado, se aproximó a la aterrada joven ─. Lina. ¿Qué ocurre?
─ Me… me… ─ En efecto, la hechicera había perdido la capacidad de hablar.
─ ¿Cómo?
─ ¡Me va a matar!
Ni siquiera Zelgadis podía disimular su perplejidad. Era la primera vez que los tres veían a Lina ceder al pánico, con la posible excepción de cierto ataque de babosas gigantes. La extraña dama, por su parte, soltó un bufido de desprecio.
─ ¿Y ésta es la famosa "Asesina de Bandidos"? ─ Preguntó con causticidad ─. Creía que tu reputación se basaba en algo más tangible, hermanita.
Y entonces, todos comprendieron. Sus recuerdos volaron al unísono hasta un determinado momento en el que Lina había recibido una extraña carta de su hermana, en la cual la instaba a aceptar el encargo de la profecía del Rey Dragón del Fuego.
─ ¿Ésta es tu hermana? ─ Preguntó Amelia con un hilo de voz. La mujer dedicó a ésta una cálida sonrisa ─. Pues no parece tan mala.
─ Oh, es que no lo soy, pequeña. Soy un verdadero angelito ─ la mujer volvió a soltar otra risotada, que a Amelia le recordó poderosamente a la de su propia hermana ─. Soy Luna Inverse.
─ El Caballero de Ceiphid… ─ musitó Zelgadis, retrocediendo, quizás advirtiendo por primera vez el aura de poder que emanaba de la poderosa mujer ─. De modo que eras tú la que venía en representación de Zefiria…
─ En efecto. Quería tratar con el Príncipe Phil personalmente… y, ya de paso, charlar un rato con mi tan conocida hermana ─ dijo ella ─. Y por lo que veo, ella ya os ha hablado de mí
─ No demasiado, la verdad… ─ Observó Gourry, vigilando todavía los violentos temblores que sacudían a Lina. La hechicera parecía hallarse inmersa en su propio mundo de terror.
─ ¿No?. Bueno, no me sorprende demasiado ─ Luna esbozó una ambigua sonrisa y crujió los nudillos con violencia ─. En fin, lamento ser tan descortés, pero me gustaría intercambiar unas palabras con la pequeña Lina… a solas.
Gourry observó las manos crispadas de Luna, y luego la máscara pálida en la que se había convertido el rostro de Lina. De repente, se dio cuenta del motivo por el cual Lina temía tanto a su hermana, y frunció el ceño, inquieto.
─ Oye, no irás a hacerle daño. ¿Verdad? ─ Preguntó con brusquedad.
─ Vaya, parece que era cierto eso de que tenía un guardián ─ comentó Luna, acentuando su sonrisa y con un extraño brillo de calidez en sus ojos ─. Tranquilo, caballero, no voy a darle ninguna paliza, si es eso lo que te preocupa… aunque se lo merezca.
Así pues, Gourry acabó por abandonar la estancia; empero, no sin cierta vacilación. Amelia y Zelgadis siguieron sus pasos.
La puerta se abrió cerca de diez minutos más tarde, y el trío alzó la mirada con rapidez. Luna salió de la habitación y se plantó frente a ellos, con los brazos en jarra y una amplia sonrisa adornando todavía su rostro.
─ Bueno, yo ya he acabado aquí ─ dijo ─. Tengo que irme.
─ ¿Volvéis a Zefiria? ─ Preguntó Amelia, cordial.
─ No tengo opción, pequeña. Estoy segura de que Saillune resistirá bastante bien. Yo tengo que guardar mis propias fronteras. Ahh… ─ Luna exhaló un largo suspiro ─. Esto me va a costar al menos dos meses sin trabajo. Con lo mucho que necesito el dinero… En fin, hasta la vista. Cuida de mi hermanita.
Esto último se lo dijo a un pasmado Gourry. La dama de Ceiphid se despidió con la mano en un gesto lánguido, y se alejó de ellos a paso tranquilo mientras tarareaba una canción. Nadie se sintió capaz de decir nada durante unos instantes.
Al menos, hasta que Lina abandonó la habitación. La hechicera parecía ilesa; ya no temblaba y su rostro permanecía impasible. No obstante, su mirada perdida denotaba el mal trago que acababa de pasar.
─ ¿Estás bien, Lina? ─ Preguntó Gourry, dubitativo. Al escuchar que alguien invocaba su nombre, Lina alzó la vista y estrechó los ojos, en apariencia sin reconocer al sujeto que le dirigía la palabra. Acto seguido pareció volver en sí, y esbozó una sonrisa temblorosa.
─ Sí… sí. Vamos, no me miréis así, sólo he charlado un rato con mi hermana mayor ─ lo dijo con despreocupación, pero todos pudieron advertir que no parpadeaba ni una sola vez ─. Siempre… siempre está bien volver a ver a la familia. Y echaba mucho de menos a mi hermana… Oh, sí, mucho de menos… En fin, Gourry, tenemos que preparar nuestro viaje.
─ ¿Te has decidido con lo de la túnica? ─ Preguntó Amelia.
─ Po… ¡Por supuesto que sí! Supongo que tendré que llevarla. La verdad es que he sido muy egoísta. Ya que la Asociación de Magos me invita a un concilio, lo menos que puedo hacer es aceptar sus condiciones ─ Lina soltó una risita escalofriantemente nerviosa.
─ Te ha obligado tu hermana. ¿Verdad? ─ Preguntó Zelgadis, con un bufido.
─ Mmm… bueno, digamos que me ha hecho entrar en razón ─ puntualizó Lina, lanzando una furiosa mirada a la quimera. Ésta suspiró con aburrimiento, pero guardó silencio, decidiendo, al parecer, no tentar a su suerte. Lina, ya casi la misma de siempre, se cruzó de brazos y miró a Gourry vivamente ─. Vamos, no te quedes ahí parado. Tenemos tres días para llegar a Atlas, no será un viaje fácil.
─ De acuerdo ─ dijo Gourry, esbozando una sonrisa tranquila y apoyando sus manos en la nuca ─. ¿Qué hacemos?. ¿Comprar provisiones?
─ Eso puede esperar… antes quiero hacer algo ─ dijo Lina ─. Alguien más viajará con nosotros.
Gourry parpadeó, confuso, y apoyó su mano en el mentón mientras pensaba durante mucho, mucho tiempo. Lina esperó pacientemente, acostumbrada a ello. Finalmente, el guerrero abrió los ojos con sorpresa.
─ ¿No te referirás a…?
Lina asintió. Desde que había recuperado el conocimiento se había negado a visitar al individuo, y de hecho le había pedido expresamente al Príncipe Phil que no lo sacara todavía de las mazmorras ─ no quería tener que preocuparse, encima, de guardarse las espaldas de alguien que deseaba verla muerta ─. Tenía muchas preguntas que hacerle, y necesitaría emplear cuantiosas horas para hablar con él, un tiempo del cual no disponía si tenía que asistir a las reuniones del príncipe y proporcionar ayuda e ideas en las estrategias de defensa del Reino. Ahora, el viaje a Atlas resultaba ser una oportunidad de oro, y les vendría muy bien un aliado tan hábil y letal en el camino.
─ Así es ─ respondió, por fin, la maga negra ─. Vamos a los calabozos. Tenemos que visitar a Kerkaat.
Continuará…
Aclaraciones del autor:
Bueno, fin del quinto capítulo; bastante más tranquilo y desenfadado que los anteriores, puesto que, como dije en el anterior, es el punto de inflexión de la historia. Espero que os haya gustado, porque sin duda éste ha sido el más complicado. Como habéis podido ver el fanfic ha dado un giro radical: ha pasado de ser una simple aventura de Lina y Gourry a convertirse en toda una guerra masiva, y hacer ese cambio sin que quede mal, o extraño, es bastante difícil. Ha sido considerablemente dificultoso relatar las estrategias de defensa de la ciudad, la magnitud del conflicto, los preparativos para la batalla… No es que sea una experta en estrategias bélicas, así que he terminado con la sensación de que no he tenido algo en cuenta, que hay fallos garrafales, etc, etc, etc.
Curiosidades y comentarios… Casi todo el capítulo ha surgido de mi imaginación, tomando como base la realidad. El Consejo Regente de Saillune me lo he sacado de la manga, así como ciertas descripciones de las ciudades (por ejemplo, no tengo ni idea de si el ejército de Zefiria es poderoso o no; sólo sé que en alguna parte leí que la capital es realmente una ciudad castillo, en conclusión fortificada, así que pensé que, por lógica, también tendría una milicia destacable. Por otro lado, no sé si Luna Inverse posee esa personalidad, pero creo que con las descripciones que Lina ha hecho en varias ocasiones de ella no es difícil de imaginar xD.
Lo que sí es cierto es la historia de la túnica oficial de Lina y su nombramiento de La Rosa. Cuando se graduó en la Asociación de su ciudad (porque creo que fue en la de Zefiria) el mago que se la ofreció le dijo algo así como que las chicas debían vestir de forma femenina, que era una niña muy mona, etc, y por eso le dieron ese color (personalmente creo que debió de ser humillante xD). No sé si en algún momento de la historia se lo dijo a Gourry o a los demás, pero en fin…
Y esto es todo. Espero que os haya gustado el capítulo, así como la introducción de Amelia y Zelgadis (supongo que estarás contenta, Nadesiko :P), y que el fic en general no os esté decepcionando. No es un fanfic romántico, ni especialmente cómico o dramático: he intentado narrar una gran aventura de Lina y cía., procurando escribir un relato verosímil en el que se conserve la personalidad de los personajes, así como los hechos que han vivido, pero dándoles a todos un aire quizás más realista y adulto (por ejemplo, Amelia no abusa tanto de sus poses justicieras, y no me paso párrafos enteros explicando que Lina y Gourry amontonan platos de comida). Ya lo he dicho: es posible (MUY posible) que haya fallos argumentales y demás, puesto que no he leído las novelas, pero sólo rezo para que no lo leáis con demasiado ojo crítico ;)).
LunaSolNocturno, te respondí a tu review, pero no sé si lo habrás recibido. Eso que dices de que el Bosque de Yanavar también es similar a esa escena concreta de los Reinos Olvidados es muy cierto, aunque no lo había pensado xD. Supongo que te refieres a los Páramos de los Trolls, el malévolo bosque circundante a Luna Plateada (sí, la ciudad de la dama Alustriel). Pero cuando relaté las características del Bosque estaba completamente influenciada por El Ciclo, así que… xD. Por cierto, sí, soy española; de Gran Canaria, concretamente.
¡Hasta el siguiente capítulo! (no os olvidéis de las reviews… ¬¬ xD).
¡Saludos!
Náyade Tinúviel
Druida Gris, Zahorí y Aprendiz de Mago.
