6. Travesías

El asesino avanzaba a ritmo cauteloso a través de los pedregosos senderos del Bosque. Sus ojos desconfiados abarcaban una y otra vez el perímetro del territorio maldito: cada árbol, cada piedra, cada hoja. Parecía una sombra que se deslizara a través de la fosca luz que se filtraba por las copas de la arboleda, sin hacer ni un solo ruido. Debía tener cuidado: esa noche, como todas las noches, el Bosque de Yanavar estaba hambriento de sangre enemiga.

Se detuvo, acuclillándose tras la floresta, cuando divisó, a escasos metros de distancia, la entrada a una pequeña cueva cubierta de enredaderas. De ella salía una espesa humareda grisácea, probablemente de una fogata, y se elevaba en sutiles círculos hasta fundirse con el cielo. Estrechó los ojos. ¿Un intruso habitando el Bosque, o una estratagema creada por la malévola inteligencia del mismo? No lo sabría hasta que se acercara. Hizo amago de levantarse.

La punta de una daga a su espalda, de piedra a juzgar por el tacto, se hundió lo suficiente en la carne de su cuello como para obligarle a detenerse.

─ No te muevas ─ dijo una voz ronca y amenazadora. ¡Una mujer! El tono frío y brusco no consiguió esconder la musicalidad femenina. Él alzó los ojos, esbozando una sonrisa nerviosa.

─ No soy tu enemigo ─ dijo, sin el menor atisbo de pánico. La punta afilada de la daga acentuó su presión. El dolor comenzaba a ser molesto.

─ Muchos de los que entraron aquí anteriormente cometieron el error de tragarse un cuento como ese ─ dijo la mujer ─, y ahora están muertos.

─ ¿Debo deducir entonces que vas a matarme?

─ No si haces lo que te ordeno ─ el tono de la desconocida era imperioso. De repente, la daga desapareció de su cuello ─. No te atrevas siquiera a respirar.

El asesino obedeció con calma. Era cauteloso por naturaleza, pero ningún cobarde, y no obstante, no podía evitar sentirse inquieto. El sigilo de la mujer era impresionante. No la había sentido oculta entre los árboles, y tampoco ahora era capaz de percibir su presencia. Cuando dejó de hablar, dio la sensación de haberse esfumado como por arte de magia, pero no era tan estúpido como para girar la cabeza y comprobarlo por sí mismo.

─ Ahora ─ tras unos segundos, la voz aflautada volvió a alzarse en el Bosque ─ date la vuelta, muy despacio.

Acató las órdenes. ¿Qué otra cosa podía hacer, de momento? Tenía que estudiar a su enemigo, analizar sus gestos, sus movimientos y su potencial. Luego ya entraría en acción. En unos instantes, se encontró encarado con la desconocida.

Era la visión más extraña que había presenciado jamás. La mujer permanecía encaramada a un árbol, ataviada con una tosca túnica grisácea que quizás en el pasado había sido blanca. La tela inferior de la vestimenta estaba rota, desgarrada, seguramente para facilitar los movimientos, y dejaba a la luz unas piernas cubiertas de arañazos y moretones, pero no exentas de curvilínea gracilidad. Una mata de cabello sucio y desaliñado, que en su día debió de ser cobrizo, caía salvaje sobre su rostro taciturno. El asesino adivinaba un brillo esmeraldino desde la profundidad del demacrado rostro.

─ ¿Y bien? ─ El hombre habló con calma y tranquilidad, aunque interiormente el silencio comenzaba a incomodarle ─. ¿Qué es lo que quieres de mí?

─ Me entregarás tus armas y tus provisiones, te marcharás y no volverás jamás ─ respondió la joven.

─ ¿Y si no quiero hacerlo?

La mujer bajó del árbol con ágiles y fascinadores movimientos felinos. Sin saber por qué, el asesino sintió una oleada de calor, y se enfureció cuando sus ojos no obedecieron el mandato de apartar la vista de los de la muchacha. Tenía que concentrarse en los movimientos de la extraña, no en sus pupilas.

Se acercó a él con lentitud, y fue entonces cuando pudo ver las orejas puntiagudas que sobresalían de su espesa cabellera. "Una elfa… muy interesante".

─ Entonces ─ la mujer lanzó la daga al suelo con bruscos movimientos y juntó sus manos. "¿También es hechicera…?" ─, morirás.

─ Soy demasiado joven para morir ─ dijo él, esbozando una sonrisa mezcla de arrogancia y admiración. Sacó su propia daga de su cinto con movimientos veloces, girándola entre sus dedos con habilidad. Le complació enormemente ver que la expresión de la andrajosa muchacha mostraba asombro ante su arte.

Los dos contrincantes se analizaron mutuamente, esperando el mejor momento de atacar, preparando un golpe único y mortífero…

· · ·

Una ola gigante cayó sobre la cabeza de Kerkaat… o al menos, eso le pareció. Despertó bruscamente, empapado, echando mano a su vaina por puro instinto, ya que desde hacía semanas no poseía su preciada daga. Sus ojos oscuros, nublados por la modorra, parpadearon repetidas veces para despejarse, al tiempo que se protegía con su robusto brazo.

─ Vamos, tranquilízate, no soy ningún monstruo ─ dijo una voz femenina. Kerkaat pudo distinguir por fin una pequeña figura humana, ataviada con una capa negra y de larga cabellera castaña; sostenía entre sus manos un cubo vacío de agua. Tras ella, un hombre alto y rubio sacudía la cabeza, apoyado en la pared y con los brazos cruzados sobre el pecho. Todavía adormilado, el asesino intentó situarles. Sabía que los conocía. Pero. ¿De qué?

─ ¿Estás bien, Kerkaat? ─ Habló el hombre rubio. Los recuerdos regresaron a la cabeza del mercenario con la rapidez de un rayo, un impacto que perforó su cerebro y sus sentidos, hundiéndolo irremisiblemente en la oscuridad.

─ Dejadme en paz ─ gruñó. La mujer torció la boca y frunció el ceño.

─ Mira esto, Gourry ─ se burló la imponente joven ─. ¿No te parece un espectáculo patético?

─ Tampoco es necesario que seas tan dura, Lina… ─ reprobó el espadachín, aunque a Kerkaat le pareció que no se atrevía a ir más allá en su censura. La hechicera hizo caso omiso de la opinión de su compañero y se arrodilló de cuclillas frente a Kerkaat.

─ Cualquiera diría que tú eres aquel letal asesino que quería verme muerta ─ dijo ella ─. ¿Qué demonios te ha ocurrido?

Era verdad: apestaba a mugre y suciedad, los cabellos le caían enmarañados sobre el rostro y una descuidada barba cubría sus pómulos, confiriéndole un aspecto mucho más fiero del que ya era habitual en él. Aun así, el asesino dirigió una mirada relampagueante a la maga negra. ¿Cómo se atrevía, precisamente ella, a hacer esa pregunta?

─ Tal vez la respuesta esté en una maldita hechicera que decidió abandonarme aquí ─ respondió, sarcástico ─ en lugar de pedirle al condenado príncipe de este miserable lugar que me liberara.

─ ¿Te han dicho alguna vez que tienes una lengua muy sucia? ─ comentó Lina, con un suspiro ─. Una lengua que sin duda habrás empapado a placer en alcohol.

Kerkaat emitió un salvaje gruñido y se incorporó con brusquedad. Lamentó haberlo hecho al instante; se tambaleó violentamente y se apoyó en la pared, sosteniéndose la cabeza con el otro brazo y apretando los dientes. El dolor era insoportable, pero todo fuera por no tener que responder a la afilada observación de la hechicera. Su estado se debía, desde luego, a la bebida. Desde que había sido encerrado en la oscuridad de las mazmorras, la depresión hizo presa de él como una afilada garra draconiana; no sólo habían capturado a uno de los criminales más buscados de las regiones de la Antigua Barrera ─ lo cual, en circunstancias normales, implicaría la horca, y eso sólo si gozaba de buena suerte ─, sino que cada noche le asaltaban terribles pesadillas, recuerdos relacionados con Laidanne y con el fatídico día en el que conoció a Xellos. No recordaba nada desde que perdiera la conciencia en el Bosque, ni sabía si Laidanne estaba viva o muerta, y cuando se enteró de que la maga y su guardián habían despertado al fin estuvo tres noches consecutivas gritando, presa de la frustración, y exigiendo hablar con Lina Inverse. Ella, sin duda, sabría lo que él desconocía, le ayudaría a llenar las angustiosas lagunas oscuras que persistían en su cerebro.

Pero la hechicera se había negado a visitarle, le había ignorado como a un perro molesto. Primero sintió ira hacia Lina, hacia su camarada, Gourry, y hacia todos los habitantes del castillo, empezando por el maldito príncipe pacifista y su desquiciante hija, aquélla de las poses extrañas… Lo que sintió, después de eso, fue resignación; el resto de los días, se limitó a permanecer oculto en las sombras de su celda y sólo abría la boca para pedir vino, cerveza o cualquier licor fuerte que aliviara sus aterradoras pesadillas, ésas en las que aparecía Xellos atravesando a Laidanne con su bastón de madera; sonriendo, como siempre…

Se había acostumbrado a esa vida, era mucho más fácil que la anterior; y por todos los dioses que la maldita hechicera no se la arrebataría, como le había arrebatado todo lo demás desde el momento en el que se cruzaran sus caminos.

─ No pretendo ofenderte con esto, Kerkaat ─ dijo Lina, sin la menor pizca de compasión ─, pero entregarse a la bebida para no enfrentarse a los problemas me parece propio de cobardes.

─ No te atrevas a juzgarme, hechicera ─ el tono de voz de Kerkaat habría hecho palidecer hasta al más valeroso de los caballeros, pero Lina no se inmutó ─. Podrías haber acabado con mi agonía en cualquier momento, si me hubieras sacado de aquí.

─ ¿Me estás diciendo que yo tengo que resolver tus problemas? ─ El tono de Lina no era menos peligroso ─. Lo lamento, pero ni hablar. Además… me dio la sensación que necesitabas un escarmiento. Por lo que veo, no me equivocaba.

Si hubiera podido, Kerkaat habría cruzado la estancia a zancadas, habría rodeado con sus manos el infantil cuello de la maga y la habría estrangulado hasta la muerte. Pero hubiese sido un insensato si llevase a cabo tal acción; no sólo necesitaba viva a Lina Inverse, sino que sin duda el espadachín que guardaba sus espaldas podría neutralizarle en un abrir y cerrar de ojos, tan débil como estaba. Además, había que contar con el poderío de la propia Lina.

Así pues, en lugar de llevar a cabo sus satisfactorios deseos, se limitó a preguntar:

─ ¿A qué habéis venido?

─ A sacarte de aquí ─ respondió Lina, en el tono de voz con el que se explica que el mar es líquido. Kerkaat se quedó perplejo unos instantes, y luego emitió una suave risita amarga.

─ Llegas tarde, hechicera ─ dijo el asesino ─. No tengo intención de salir de aquí.

─ Vaya… ¿es eso lo que deseas? ─ la expresión de Lina era dura como la piedra, pero en cierto sentido también mostraba… ¿qué?. ¿compasión? Aquello enfureció aún más a Kerkaat ─. ¿No te preocupa la suerte de Laidanne?

─ Esa mujer murió para mí hace mucho tiempo ─ se limitó a responder Kerkaat, sin alzar la mirada. La mención de la elfa le hizo parpadear y recordar que tenía una pregunta importante que hacer. Clavó sus ojos oscuros en Lina ─. ¿Qué le ocurrió…?

Lina soltó un bufido y le dio la espalda al hombre con los brazos en jarras.

─ Creí haber entendido que había muerto para ti ─ dijo ella.

─ Dímelo ─ exigió Kerkaat ─. Tu vida por la información; será la última deuda que salde.

Lina soltó una queda risita. Tanto él como ella sabían que no estaba en condiciones de amenazarla, pero era todo lo que podía hacer.

─ Y después. ¿Qué intercambiarás con los dioses cuando te condenen a muerte? ─ Preguntó Lina, astuta.

─ Mi vida ─ respondió el asesino, tras meditar unos instantes ─ por la redención.

Nadie dijo nada durante unos instantes. Gourry miraba fijamente a Kerkaat, con una expresión que, sorprendentemente, no dejaba traslucir sus pensamientos. De Lina, aún de espaldas, sólo divisaba su espesa mata de cabello castaño.

La maga negra se giró por fin. En sus ojos había un brillo de poder, esa llama eterna que siempre persistía en sus pupilas marrones.

─ Te daré información ─ convino ella con la condición de que nos acompañes.

Los ojos de Kerkaat brillaron de cólera, y apretó los puños con fuerza.

─ Eso no formaba parte del trato.

─ ¡No hay ningún trato! ─ replicó Lina, impaciente. Kerkaat abrió la boca para responder, pero entonces Gourry intervino:

─ ¿Quieres que los dioses te liberen? ─ preguntó ─. No lo harán a cambio de tu vida; hay cosas mucho más importantes en la existencia de un hombre, como el honor. Muere con dignidad, si es lo que deseas, pero no lo hagas en un agujero mohoso empapado en alcohol.

Incluso Lina se quedó pasmada al escuchar esas palabras, pero no más que Kerkaat. Aquel guerrero, al que había considerado un simple cordero ─ muy hábil, eso sí ─ en pos de la hechicera ahora le resultaba un caballero imponente y curtido. "¿En cuántas batallas habrá participado para hablar así?", reflexionó Kerkaat.

El asesino taladró con los ojos a la pareja, que le devolvió el gesto con tranquilidad ─ y, en el caso de Lina, quien había sacudido la cabeza murmurando lo que parecía significar "hombres", con cierta irritación ─. Finalmente, exhaló un quedo suspiro y bajó la cabeza, de modo que sus espesos y largos cabellos negros, húmedos y grasientos, le ensombrecieron todavía más el rostro.

─ Está bien ─ accedió ─. Os ayudaré, compartiré vuestro camino y combatiré en vuestras batallas. Pero después me dejaréis morir en paz, y no os interpondréis.

Gourry titubeó al escuchar sus palabras, pero Lina respondió sin la más leve vacilación:

─ Como desees.

· · ·

Amelia recibió al mensajero con su habitual cortesía. El joven le entregó el largo pergamino sujeto con una brillante cinta plateada. Cuando se encontró a solas en sus habitaciones, desenrolló la carta; reconoció al instante la escritura, elegante y llena de florituras. A pesar de que llevaba esperando un mensaje así desde hacía semanas, no pudo evitar sorprenderse, y sentirse aliviada. Temía que la carta no llegara nunca.

─ Por fin… ─ musitó. Se incorporó y abandonó su habitación con pasos apresurados. Desde hacía días, había renunciado a los atuendos que evidenciaban su etiqueta de princesa, recurriendo a las cómodas ropas blancas que utilizaba en sus viajes; un tanto diferentes a las habituales, pues había crecido considerablemnente en los últimos años y las antiguas ya no le servían. Cuando abrió la puerta, el guardián que custodiaba sus aposentos se puso firme, con expresión solemne.

─ ¿Sabéis si mis compañeros han regresado a sus habitaciones? ─ Preguntó.

─ No, mi señora ─ respondió el soldado ─. No les he visto llegar.

Amelia sonrió en gesto de agradecimiento. Acto seguido, atravesó el corredor, rezando para que sus amigos todavía siguieran en los calabozos.

· · ·

Zelgadis se hallaba sentado sobre la barandilla de uno de los altos torreones del palacio. Disfrutaba de la paz y la tranquilidad de la que allí se gozaba, recibiendo con gratitud el suave aire veraniego en el rostro y escuchando con atención los sonidos procedentes de la ciudad, que le llegaban lejanos. Aunque no se apreciara a simple vista estando allí, Zel era muy consciente del ajetreo en el que se hallaba inmersa la capital. Sus ojos zafirinos, ensombrecidos, se dirigieron a las altas murallas que la rodeaban, y en las diminutas siluetas de los soldados que paseaban o hablaban con sus compañeros; pero todos mirando hacia la lejanía: hacia la extensa planicie que rodeaba a la civilización. El inmenso prado estaba pacífico, la verde hierba reflejaba el sol de media tarde.

Dentro de poco, esas llanuras estarían plagadas de sangre, monstruos, demonios y cadáveres de hombres valientes. Casi le parecía distinguir, en el horizonte, una columna de humo gris y negro que se aproximaba a su destino, inexorable.

Zelgadis esbozó una triste sonrisa. "Atrapados en una ratonera", reflexionó. No tenía intención de abandonar Saillune para acompañar a Lina y Gourry en su viaje a Atlas. Les conocía lo suficiente como para saber que podrían apañárselas los dos solos. Sin embargo, en pocos días la Capital de la Magia Blanca necesitaría de toda mano dispuesta a luchar.

Además, no olvidaba su promesa. Le había asegurado a Amelia que pasaría una temporada en Saillune, y eso haría. La muchacha había madurado muchísimo, a su parecer; se había visto obligada a asumir el mando, junto a su padre, y ni las noticias de muerte y destrucción la habían hecho flaquear lo más mínimo. Zelgadis estaba seguro de que, en más de una ocasión, habría querido encerrarse en su cuarto y dormir, dormir y olvidarse de todo. Sin embargo, ella había seguido allí, demacrada y ojerosa, pero proporcionando a su pueblo atisbos de esperanza y valor.

La quimera emitió una suave risa irónica, reflexionando acerca lo mucho que había cambiado desde que su destino se entrelazó con el de cierta hechicera, cierto espadachín, y cierta princesa justiciera. De repente, se dio cuenta de que podría perderlo todo en un abrir y cerrar de ojos. Quizá los monstruos tardasen en venir, pero los mazokus podrían aparecer de la nada en cuanto quisieran y comenzar con sus maniobras de conquista, destrucción y muerte. Desde hacía semanas, los clérigos y los templos habían trabajado en unidad, acentuando la capacidad mágica defensiva de la ciudad. La protección iba bien, de momento, pero Zelgadis temía lo peor. Los sacerdotes también comenzaban a agotarse.

Zelgadis clavó sus ojos en la palma de su mano derecha, dura y grisácea; resultaría muy gracioso morir sin haber recuperado su humanidad. De repente, el sol ya no calentaba tanto; con un estremecimiento, la quimera se apoyó en la pared y se arrebujó en su capa, hundiéndose en la oscuridad de sus atormentados pensamientos.

· · ·

Amelia y Zelgadis acompañaron a Lina y Gourry hasta las puertas del castillo. Incluso el Príncipe Phil encontró tiempo para salir a despedirlos; desde hacía días, no sólo había estado inmerso en la defensa de la ciudad, sino que había tenido que lidiar día y noche con los ancianos del Consejo, que se habían vuelto contra él y no hacían más que planear estrategias para boicotear sus planes y poner a la población en su contra. No lo habían conseguido, pero resultaban ser una verdadera molestia, y por ello Phil estaba cada día más furibundo y gruñón ─ es decir, más de lo habitual ─, lo cual, unido a al aspecto pálido y macilento de alguien que no ha dormido en mucho tiempo, le confería un aspecto feroz.

─ Lamento que no podamos acompañaros ─ dijo Amelia, visiblemente entristecida. Lina sonrió.

─ No os preocupéis, aquí tenéis trabajo ─ dijo la hechicera ─. Puede que los magos de Atlas me ayuden a encontrar algo que destruya a Ojo de Rubí.

─ Eso esperamos, se nos acaba el tiempo ─ observó Zelgadis, con gesto serio.

─ No seas tan pesimista, Zel ─ dijo Gourry con una sonrisa, aplacando en algo los temores de sus amigos. Kerkaat se encontraba tras ellos, impaciente, paseándose con movimientos lentos y aislándose de la conversación. Su ceño, como siempre, estaba fruncido, pero sus ojos no dejaban mostrar lo que sentía. Al menos, en gran medida gracias a la insistencia de Lina, se había aseado y su rostro estaba límpido en ausencia de la desgreñada barba.

─ Bueno, tenemos que irnos ─ dijo Lina. Sonrió a sus amigos y, posteriormente, hizo otro tanto con el Príncipe Phil ─. No dejéis que la ciudad caiga.

Lina confiaba en regresar a Saillune a tiempo, antes de que las hordas demoníacas actuaran, pero no albergaba demasiadas esperanzas. Era algo que todos temían.

─ Descuida, Lina ─ dijo Phil, sonriendo con sus brillantes dientes blancos ─. No permitiré que esos malditos se acerquen a más de cincuenta metros de la ciudad.

─ Que sean cien ─ bromeó Lina, sonriendo levemente ─. Hasta pronto.

─ Tened cuidado ─ Zelgadis también sonrió.

─ Adiós, chicos ─ la voz de Amelia sonaba entrecortada ─. Recuerda la carta, Lina.

La hechicera asintió. Amelia corrió hasta ella y le dio un fuerte abrazo. Gourry palmeó la cabeza de Amelia con aires de hermano mayo, y después le dio una palmadita en la espalda a Zel. El Príncipe Phil hizo lo mismo con el espadachín, quien se cayó de bruces sobre el suelo al recibir el impacto, algo sorprendente teniendo en cuenta la musculatura de Gourry.

Después, se marcharon.

Lina no quiso mirar atrás. Sabía que, si lo hacía, su firmeza flaquearía.

Tal vez fuera la última vez que les viera…

· · ·

Tanto a Lina como a Gourry les pareció que entraban en otro mundo al penetrar en la ciudad. Desde que recuperaran la conciencia, ninguno de ellos había abandonado el castillo, inmersos en los planes de defensa del Príncipe Phil. El palacio, desde hacía semanas, estaba ocupado con los preparativos y el agobiante trabajo, pero no alcanzaba ni la décima parte de la agitación que reinaba en la ciudad.

La población se había triplicado. Phillionel había enviado mensajeros a todas las ciudades y aldeas más allá de Saillune, aquellas más cercanas a las fronteras de la prácticamente destruida Elmekia, advirtiéndoles de la cercanía de la guerra y ofreciéndoles cobijo tras las sólidas y protectoras murallas de la capital. No todos habían hecho caso a su consejo, pero sí la mayoría. Cada día, llegaban nuevos campesinos, nuevas familias, tanto plebeyas como nobles; las carretas de suministros entraban y salían de la ciudad, intercomunicándose con los campamentos instalados a kilómetros de distancia, al sur y al noroeste de la capital. Los oradores y falsos sacerdotes aprovechaban la oportunidad para embolsarse unas monedas, alertando a la población del caos que se avecinaba y asegurándoles clemencia si entregaban ofrendas a los dioses. Los armeros y forjadores habían instalado tiendas provisionales en las callejuelas y las plazas y dedicaban su tiempo y esfuerzo a forjar armas, armaduras y espadas mágicas para luchar contra los demonios, utilizando amuletos y gemas proporcionados por la Asociación de Magos de la urbe. "No les servirán de mucho", observó Lina, con pesar.

De todas las edificaciones de la ciudad, los templos eran los más solicitados, además de la misma Asociación, que en aquellos momentos era un hervidero de hechiceros preparando sus conjuros más letales. Raras veces se veían clérigos entre la muchedumbre, tan inmersos estaban en la canalización de su protectora magia blanca, y las pocas veces que se veía a alguno era para atravesar la ciudad a paso raudo, dispuestos a cumplir un encargo o a llevar algún mensaje a los sumos sacerdotes de los templos cercanos.

Precisamente a un templo se dirigía Lina antes de partir; justamente al más grandioso e imponente de todos y, por ende, el más rodeado por el gentío. El Templo de Ceiphid se alzaba, construido en límpido mármol blanco, a más de cincuenta metros sobre el suelo. Las columnas albinas sostenían una amplia techumbre arquitrabada de tejas rojas, cuyo friso de oro rodeaba un fresco representativo de la batalla ancestral de hace más de mil años: la Guerra Kou Ma. "¿Veremos una imagen similar a ésa en esta contienda…?"

Lina se paró a pocos metros del templo, tras una vociferante multitud que rogaba entrar para poder rezar a los dioses. Gourry y Kerkaat se detuvieron tras ella. La hechicera sacó de entre los pliegues de su capa la carta de hermosa caligrafía que le había entregado Amelia. En ella, la Suma Sacerdotisa del Templo le pedía, de forma cortés, que acudiera al Templo para hablar con ella. No firmaba con ningún nombre, sólo con su cargo.

"¿Quién es la Suma Sacerdotisa?", había preguntado Lina, confusa e irritada al mismo tiempo. Amelia se había limitado a sonreír.

"Ya lo verás", le respondió.

─ Tendremos que abrirnos paso ─ observó Gourry, rascándose la cabeza con nerviosismo. La multitud constituía una sólida muralla humana. La hechicera escrutó el rostro de Kerkaat; el asesino observaba lo que sucedía a su alrededor con una mueca de desprecio y parecía persistir en su deseo de no pronunciar palabra. Lina lo agradeció enormemente: era demasiado agotador batallar verbalmente contra él.

─ Vamos, pues ─ se limitó a decir la maga negra. Con esfuerzo, el trío consiguió abrirse paso entre los vociferantes creyentes. Gourry iba en cabeza, imponiendo con su impresionante altura y apartando a todos aquellos que le obstaculizaban el paso con manos no exentas de gentileza. Por fin, consiguieron llegar hasta las puertas. Tres acólitos sudorosos y de aspecto nervioso intentaban calmar a la multitud, tratando de explicarles que las puertas estaban cerradas y que los sacerdotes estaban sumamente ocupados.

─ Mi señor, no podéis pasar ─ dijo uno de ellos a Gourry cuando el espadachín llegó hasta él.

─ Tenemos una cita con la Suma Sacerdotisa ─ explicó Lina sin vacilar, surgiendo bajo el robusto brazo del guerrero. El clérigo parpadeó, sorprendido ante su aparición.

─ Lo siento, joven. Los sacerdotes están ocupados con su magia. Entendedlo.

─ Lo que entiendo es lo que dice esta carta ─ Lina plantó el pergamino desenrollado a unos centímetros de la nariz del sacerdote. Éste lanzó una mirada desconfiada a la hechicera, pero se detuvo a leer la carta. De repente, dio un respingo y miró a Lina bajo una luz nueva.

─ ¿Vos… vos sois Lina Inverse? ─ Inquirió. La aludida sonrió, complacida, y se limitó a asentir. El acólito se arrodilló frente a ella con creciente zozobra ─. Lo… lo lamento, mi señora, no sabía… no tenía ni idea… podéis pasar.

─ Ya era hora ─ gruñó Kerkaat. El acólito devolvió la carta a Lina. Los otros dos clérigos abrieron las puertas del templo, ignorando a duras penas los quejidos de la multitud. Lina se apresuró a penetrar en el templo, seguida por sus compañeros. Entró en la hermosa estancia rectangular, igual de blanca que las paredes exteriores y con un agradable y persistente olor a incienso. Cuando las puertas se cerraron, el rugido del exterior pareció esfumarse, y sólo quedaron los sonidos del templo; incluso en el pacífico lugar parecía reinar la confusión: los sacerdotes cruzaban estancias de un lado a otro, y todos parecían necesitar de varias horas de sueño; el cántico de los magos blancos se elevaba con una fuerza sobrenatural que a Lina le provocó un estremecimiento. Uno de ellos se aproximó al grupo y les hizo señas para que lo siguieran. Caminaron durante un par de minutos, subiendo largas escaleras de mármol níveo y dorado, y atravesaron un amplio corredor hasta que, por fin, alcanzaron una antesala ovalada y abovedada en la cual descansaba un gran portón cerrado.

─ Aguardad aquí, por favor ─ dijo el guía. Se aproximó a la puerta entre el suave susurro de su túnica blanca, abrió levemente una de las puertas y entró en la misteriosa estancia. Un minuto más tarde, regresó e hizo señas de nuevo a los visitantes para que entraran.

La habitación no se diferenciaba demasiado de la sala principal del templo. Al otro extremo, una hermosa estatua de oro y rubí representaba a un imponente dragón divino, probablemente Ceiphid. Bajo él, una figura humana, ataviada con ropas blancas de sacerdocio en contraste con su largo cabello negro y liso, se encontraba arrodillada frente al monumento, orando.

El clérigo carraspeó con timidez, y el sonido se multiplicó en la amplia sala. Al escucharlo, la desconocida se incorporó y se dio la vuelta. Era una mujer, y sonreía con una cálida sonrisa que a Lina le recordaba a alguien.

─ Tu debes de ser la Suma Sacerdotisa. ¿No es así? ─ Preguntó Lina. Habló en voz baja y se encontraba al menos a diez metros de la mujer, pero en la tranquila cámara fue como si estuviera gritando. Pudo ver cómo la interrogada sonreía.

─ Así es ─ la voz suave y delicada también avivó recuerdos enterrados en la mente de la hechicera, pero no consiguió sacarlos a la luz ─. Lina, Gourry… veo que no habéis cambiado mucho.

─ ¿Nos conocemos? ─ La hechicera estaba realmente sorprendida. Dirigió una mirada de extrañeza al espadachín, pero éste se encogió de hombros. Ambos escucharon cómo la sacerdotisa emitía una risita queda, acercándose a ellos lentamente.

─ Es normal que no me reconozcáis a simple vista ─ dijo ella. Se aproximó aún más a los visitantes hasta que sólo les separara un metro de distancia. Entonces pudo observar con más detenimiento el rostro de la joven, y la reconoció de inmediato.

─ Esto tiene que ser una broma… ─ musitó la hechicera, anonadada. A su lado, Gourry emitió un grito ahogado de sorpresa ─. ¡Sylphiel!

La aludida esbozó una amplia y cálida sonrisa. Sí, era Sylphiel… pero estaba completamente diferente. Conservaba sus grandes y dulces ojos verdes, así como la larga cabellera negra que enmarcaba su rostro, pero en esta ocasión su atuendo consistía en una amplia túnica blanca, tan limpia que a su lado las paredes parecían grisáceas, que envolvía su cuerpo. La tela del atavío estaba sujeta en su cintura por un cinturón de plata sencillo. Una capa también blanca, pero de bordes dorados, caía grácil tras su espalda, arrastrándose por el suelo. Una gargantilla de oro rodeaba su cuello, y el largo cabello estaba recogido en la zona inferior por una trenza, entrelazada con una cinta plateada. También argéntea era la tiara que adornaba su frente y se cerraba alrededor de su cráneo, cayendo en una cascada de redecillas igual de brillantes.

─ Suma Sacerdotisa, no puedo creerlo ─ comentó Gourry, sonriendo, aunque a juzgar por sus insistentes parpadeos segundos antes le había costado sobremanera recordar a la joven ─. Estoy orgulloso de ti.

La muchacha miró a Gourry con un rubor intenso en las pálidas mejillas. Por la luz que se reflejó en sus ojos en esos instantes, Lina adivinó sus pensamientos, y sus sentimientos. De repente, la abordó una fugaz oleada de celos que desechó de inmediato, irritada.

─ Recordaréis que, tras la destrucción de Sairaag, decidí marcharme a Saillune con mi tío, para ayudarle en su negocio ─ explicó la joven, con modestia ─. Con el tiempo, retorné a mi verdadera vocación: además de en la sociedad, intenté integrarme en el Clero. Amelia me ayudó muchísimo. Pasó el tiempo y…

─… y ahora eres la principal mandataria del Templo de Ceiphid ─ finalizó Lina ─. Estoy impresionada.

Aún sonrojada, Sylphiel se limitó a acentuar su sonrisa.

─ De todos modos, también realizo visitas esporádicas a Sairaag para ayudar con la reconstrucción y dar ánimos a mi pueblo. Las cosas van muy bien en mi tierra natal ─ dicho esto, la joven dirigió sus ojos al taciturno Kerkaat, que se abstenía a participar en la conversación y se apoyaba en la pared con gesto impaciente ─. A vos no os conozco, mi señor ─ dijo entonces, con timidez ─. ¿Podría preguntar vuestro nombre?

─ Mi nombre no importa ─ respondió él con cortante rudeza. Sylphiel parpadeó, confundida ante el brusco trato, pero Lina emitó una risita nerviosa y agitó una mano para quitarle importancia.

─ No te preocupes, siempre actúa así… es como una virtud natural ─ ironizó. Sylphiel pareció tranquilizarse al escuchar esto, y volvió a fijar su atención en Lina. De repente, había dejado de sonreír.

─ No os robaré mucho tiempo, sé que tenéis que partir ─ dijo ella ─. Tan sólo quería comentaros algo.

Lina, Gourry y Kerkaat acompañaron a Sylphiel a una pequeña sala anexa, en la cual había una mesa central repleta de abundante comida y refrescante bebida.

─ Veo que has pensado en todo ─ comentó Lina, babeando. Sylphiel esbozó una sonrisa al mismo tiempo traviesa e inocente.

Cuando la hechicera y el espadachín se hubieron zampado la comida en poco más de tres minutos, Sylphiel decidió comenzar a hablar al tiempo que servía té en cuatro tazones de cerámica blanca.

─ Me hubiese gustado visitaros antes ─ dijo Sylphiel ─, pero me ha resultado imposible abandonar el templo… y a vosotros el palacio, por lo que veo.

─ Todos hemos estado muy ocupados ─ asintió Lina ─, pero estoy segura de que no nos has citado aquí para disculparte.

El rostro de Sylphiel se ensombreció. Exhaló un suspiro al tiempo que volvía a sentarse y depositaba la tetera sobre la mesa.

─ Decidme… ¿no notáis algo extraño en todo esto? ─ Preguntó la sacerdotisa ─. ¿En toda esta guerra?

Lina estrechó los ojos, sin comprender. Sylphiel decidió proseguir:

─ Lina, tú conoces lo sucedido en la Guerra Kou Ma, el Conflicto por la Resurrección de Ojo de Rubí de hace más de mil años ─ dijo ella ─. Fue en esos momentos en los que los Altos Señores Mazoku levantaron la Barrera, para aislar a los shinzoku y acorralar al Guardián del Norte: el Rey Dragón del Agua.

Lina asintió. De repente, la semilla de la duda empezó a germinar en su cerebro; pero antes de que floreciera, Sylphiel volvió a hablar:

─ ¿No es extraño que, tras la caída de la Barrera, los shinzoku no hayan intervenido?

─ Su cometido es despertar si una de las partes de Ojo de Rubí resucita ─ corroboró Lina, comenzando a entender ─. Ya no hay Barrera, y los dioses dragón pueden… deberían estar ayudándonos.

Sylphiel suspiró, depositó las manos sobre el regazo y bajó la vista.

─ Cuando en el Templo se recibió la noticia de la resurrección de Ojo de Rubí, no le di excesiva importancia. Estaba convencida de que los dioses no tardarían en intervenir ─ dijo la joven ─. Sin embargo, pasaron los días, las semanas, y sólo recibía noticias de asedio y muerte. En mi interior, comencé a dudar, pero no quise enfrentarme a esa verdad. Seguí manteniendo las esperanzas de que los shinzoku despertarían… ─ las manos de Sylphiel se crisparon ─. Hasta que recibí una carta de Amelia. Ella me planteaba exactamente las mismas dudas. Cuando leí su mensaje, cuando supe que alguien más aparte de mí había notado la ausencia de las deidades benignas… la verdad cayó sobre mí como un jarro de agua helada.

─ No lo entiendo muy bien ─ dijo Gourry, cruzado de brazos y con el ceño fruncido en un evidente esfuerzo por atar cabos ─. ¿Estás diciendo que si esos shin-como-se-llamen nos ayudaran ahora no estaríamos en guerra?

─ Es más que probable ─ asintió Sylphiel.

─ Todo esto es muy grave, Sylphiel, no te lo discuto ─ dijo Lina, frunciendo el ceño ─, pero no entiendo qué es lo que quieres que haga.

─ Primero ─ atajó Sylphiel con firmeza, pero sin perder la suavidad que la caracterizaba ─ me gustaría saber por qué no habéis enviado emisarios al Pico del Dragón. Necesitamos a los dragones, y a los elfos.

─ Sabes que si lo hubiéramos hecho a estas alturas dicho mensajero estaría escalando las montañas ─ replicó Lina, torciendo la boca ─. Yo misma lo propuse, pero es verdad: para cuando recibieran nuestra petición de ayuda, tal vez Saillune ya estaría envuelta en llamas.

─ Si lo enviamos ahora, desde luego que sí ─ dijo Sylphiel, con una severidad que contrastaba asombrosamente con su tono de voz ─. Deberíais haberlo intentado…

─ Oye, guapa, hemos hecho todo lo que hemos podido ─ se quejó Lina, colérica y comenzando a sentirse incómoda.

─ Es cierto, Sylphiel… todos han trabajado mucho, más de lo que sus propias fuerzas les permitían ─ dijo Gourry. Al escuchar sus palabras, Sylphyel se ruborizó intensamente y dio un respingo.

─ Lo… lo siento mucho ─ se disculpó, clavando en la mesa sus ojos verdes ─. Sé que habéis hecho todo lo que habéis podido, y os estamos muy agradecidos. Me alegra que estéis aquí.

─ Aunque ahora tenemos que marcharnos ─ observó Lina, suavizando su expresión con una sonrisa.

─ Lo sé… ésa es otra de las cosas que me gustaría pediros ─ dijo Sylphiel ─. Los magos de Atlas tienen que saber la verdad de todo esto. Si no comentan la ausencia de los shinzoku en el Concilio, Lina, pregúntalo tú. Nuestra última esperanza es que sepan qué debemos hacer.

Lina asintió, analizando la petición de Sylphiel. Miró de reojo a Gourry, que en esos momentos la observaba expectante, y a Kerkaat. El asesino también se había negado a participar en la conversación, limitándose a sentarse a la mesa y a aceptar el té con cortesía fría. "Confío en que esté más activo en la batalla", pensó Lina, arrepintiéndose por momentos de haberle pedido que la acompañara. Volvió a mirar a Sylphiel.

─ En ese caso, creo que ya hemos perdido demasiado tiempo ─ le dijo la hechicera ; y si quiero llegar a tiempo al Concilio, voy a tener que viajar día y noche.

─ Cierto, será mejor que nos vayamos ─ dijo Gourry, sonriendo. La sacerdotisa asintió, y de repente las comisuras de sus labios temblaron ligeramente.

─ Sólo una última cosa ─ dijo ─. Amelia me ha mantenido informada. Según ella, estuvisteis presentes cuando la cuarta parte de Ojo de Rubí resucitó. ¿Quién… quién la llevaba en su interior?

Un sonido brusco sobresaltó a los presentes. Kerkaat se había incorporado con violencia, depositando la taza de té en la mesa con un golpe seco y arrastrando la silla.

─ Tenemos que irnos ─ fue todo lo que dijo, con su voz ronca. Atravesó la pequeña estancia a zancadas, abrió la puerta y desapareció de la vista de todos.

─ ¿Qué… qué he dicho? ─ Balbuceó Sylphiel, sorprendida.

─ Nada ─ Lina suspiró ─. Es sólo que él conoce a la mujer que llevaba a Shabranibudú en su interior. Una elfa llamada Laidanne, procedente de una arboleda druídica de Kataart: Frausser.

Frausser… no me suena de nada. ¿Pero es por eso que viaja con vosotros? ─ preguntó Sylphiel ─. ¿Quiere recuperarla?

─ Sí ─ respondió Gourry, esbozando una inusitada sonrisa audaz ─. Sólo que aún no lo sabe.

Se despidieron de Sylphiel con la promesa de averiguar el paradero de los shinzoku y asegurándole que volverían a verse. Tras haberse cargado con provisiones y alquilar caballos, el trío no se demoró un minuto más y abandonó la ciudad, emprendiendo por fin el viaje a Atlas.

La hechicera, su guardián y el asesino cabalgaron sin descanso, sin dar tregua a sus monturas. Lina se había quejado desde el principio de que los caballos no sólo les harían gastar dinero, sino que cuidarlos y mantenerlos vigilados resultaría muy engorroso.

─ Podríamos ir volando ─ propuso Lina, limpiándose con una mueca de asco las babas del lametón que su caballo castaño le había estampado en la cara ─. No sería difícil. Vamos, Gourry, sólo son dos días a treinta metros sobre el suelo…

Pero el espadachín se había negado en redondo a esa idea, con un estremecimiento. Además, el guerrero apuntó, con sentido común, que a la larga acabaría cansándose de utilizar tanto tiempo su magia, y que no podría cargar con él y con Kerkaat a la vez. Furibunda, Lina no tuvo más remedio que darle la razón.

Al amanecer del segundo día, el grupo llenó ávidamente sus estómagos ─ con la excepción de Kerkaat, que se había contentado con unos mordiscos de pan ─ y prosiguió la marcha. No encontraron demasiados problemas. Decidieron evitar el camino, y en una ocasión se encontraron con una pequeña manada de hombres lobo oculta en la espesura. Acabaron con ellos con asombrosa eficacia, a espada, magia y daga.

Pasadas las horas, le hechicera se hartó visiblemente del silencio del asesino. Azuzó a su montura para ponerla al lado de la suya, negra como el carbón.

─ ¿Sí? ─ Inquirió él sin mirarla, gélido.

─ Vaya, empezaba a pensar que te habías arrancado la lengua ─ rezongó Lina. El asesino soltó un bufido.

─ En nuestro contrato no se exigía que hablara con vosotros ─ dijo él, cortante.

─ Supongo que no ─ admitió Lina, sin dejar de mirarle ─. ¿Por qué haces esto, Kerkaat?

─ ¿El qué?

─ Negar la verdad. Es evidente que estás preocupado por Laidanne ─ dijo ─. Deja de atormentarte a ti mismo.

─ No eres la más indicada para decirme eso ─ replicó el asesino ─. No veo que tú aceptes la verdad en lo que se refiere al espadachín.

Kerkaat torció la boca y lanzó una lacónica mirada a Gourry, que cabalgaba tras ellos disfrutando de la naturaleza del entorno. Lina enrojeció intensamente, pero no se amilanó.

─ Eso es completamente diferente ─ dijo ─. Gourry no se ha transformado en Shabranibudú. Si lo hiciera, ten por seguro que me lanzaría en su ayuda. No sería la primera vez…

Kerkaat no respondió, pero la sombra del dolor pasó fugaz por su rostro. Lina le había contado al asesino todo lo sucedido en los Bosques de Yanavar tras su desmayo y, aunque no quería admitirlo, era evidente que había sufrido ante la noticia. Lo siguiente que hizo fue preguntar por Xellos, pero a eso ni siquiera ella podía responderle; el demonio aparecía y desaparecía a su antojo. Lina deseaba, más que nada en el mundo, ponerle las manos encima y retorcerle el pescuezo, pero el mazoku se dejaría ver cuando él así lo deseara, y de momento tenía que conformarse con imaginárselo.

─ Tú no sabes lo que sucedió ─ dijo él ─, ni lo que me hizo.

─ No me interesa lo que pasara entre vosotros ─ le cortó Lina. El asesino la atravesó con sus ojos negros, pero ella hizo caso omiso de ello ─. Ni aunque te hubiera amenazado de muerte. Conocí poco a Laidanne, pero sé que era… es una buena persona. Hiciera lo que hiciera, eres importante para ella, y tú le correspondes muy mal… hundiéndote en tu propia amargura egoísta en lugar de hacer todo lo posible por salvarla.

La hechicera pico espuelas y se dispuso a alejarse a trote, pero Kerkaat la detuvo, rechinando los dientes.

─ ¿Quién demonios te crees que eres para hablarme así…? ─ se interrumpió de inmediato. Lina se había detenido lo suficiente como para girarse y lanzarle algo a Kerkaat, algo que el asesino cazó al vuelo con habilidad. Desconfiado, observó lo que tenía entre sus manos, y durante unos segundos se le cortó la respiración: era el colgante de oro con la esmeralda incrustada que anteriormente perteneciera a Laidanne. Miró a Lina con cierta confusión.

─ ¿Por qué me das esto? ─ Preguntó.

─ Nunca ha sido mío, sólo te lo devuelvo ─ se limitó a responder ella, encogiéndose de hombros con rostro inexpresivo ─. Laidanne te lo regaló y ella querría que lo tuvieras tú.

El asesino no quiso responder, o tal vez no pudo. Lina decidió ignorarle. Espoleó al caballo y se adelantó, para encabezar la marcha.

En los albores de la tercera jornada divisaron Atlas. Una Lina pálida y agotada parpadeó repetidas veces, convencida de que se trataba de una ilusión. Ante el escaso tiempo, se habían visto obligados a cabalgar día y noche, sin apenas descansar.

─ Justo a tiempo ─ murmuró la hechicera.

─ Los caballos por fin podrán descansar. Pobres bestias… ─ Gourry le dio una palmadita compasiva a su cansada montura gris. Lina decidió que su estómago era mucho más importante que la suerte de tres caballos, así que se apresuró a reanudar la marcha para llegar pronto a las puertas de la ciudad. Estaba encantada: mientras que la guerra asolaba las tierras del sur, en las tierras norteñas de Lyzeille todo parecía estar en calma, de momento. Llegarían a Atlas sin haberse topado con ningún problema serio.

Qué equivocada estaba…

De repente, su caballo se encabritó. Irritada, Lina apretó los dientes, intentando en vano afianzarse a las riendas y calmar al animal, pero fue inútil. Sus semejantes, los corceles montados por Gourry y Kerkaat, actuaron del mismo modo.

─ ¿Qué demonios les pasa? ─ Preguntó Lina, en un tono de voz que decía a las claras que nunca tendrían que haber alquilado unos caballos. Gourry parecía tan confuso como ella, pero Kerkaat, manteniéndose sobre su semental con maestría, estrechaba los ojos y escrutaba el terreno a su alrededor como un gato cauteloso.

─ Aquí hay algo… o alguien ─ dijo el asesino.

─ Sí. ¿Pero quién? ─ Inquirió Gourry, desenvainando su espada con el ceño fruncido.

La respuesta a su pregunta no tardó en aparecer ante ellos, materializándose de la nada en forma de neblina negra. Los caballos relincharon salvajemente, y los tres, sin excepción, alzaron las patas con violencia y se deshicieron de sus jinetes, emprendiendo a continuación una desenfrenada huída. Maldiciendo en silencio e ignorando el dolor del golpe, Lina se incorporó con rapidez.

La presencia oscura tomó forma, poco a poco. La silueta se transformó en un hombre, un extraño humano de piel fuertemente azul y brillante cabello rubio albino. Sus ojos demoníacos rebosaban maldad. Lina no necesitó más de un segundo para reconocerle.

─ ¡Tú! ─ rugió Kerkaat. A juzgar por la rapidez con la que Gourry se ponía en guardia, Lina supo que él también le había reconocido. El mazoku soltó una estentórea carcajada por toda respuesta.

─ Es un placer verte de nuevo, hechicera ─ dijo─. Estaba ansioso por verme de nuevo las caras con la famosa Lina Inverse.

─ Mis disculpas, pero no puedo decir lo mismo ─ dijo Lina, irónica, sin mostrar ni el más leve atisbo del temor que anidaba en su interior. Agotada como estaba, le sería tremendamente difícil aniquilar a una criatura tan poderosa como ésa ─. Es la segunda vez que nos encontramos y ni siquiera me has dicho tu nombre. ¿Tan insignificante eres, que no posees ninguno?

El demonio sonrió, sin dejarse encolerizar.

─ Te pido disculpas ─ dijo ─. Mi nombre es Gobran.

─ Gobran… sí, desde luego eres insignificante ─ comentó Lina, con un suspiro. Esta vez, la expresión del mazoku se tensó, pero al parecer decidió ignorar la ofensa.

─ Te estás volviendo muy escurridiza para mi señor ─ le dijo a Lina ─, y mi deber es eliminarte antes de que le causes algún daño.

─ No irás a decirme que Ojo de Rubí tiene miedo de mí… Vaya... ¡Eso sí que no me lo esperaba! ─ dijo la maga negra, con fingida sorpresa. Sus ojos analizaron los tranquilos ademanes de la criatura y preparó su mano tras la espalda. Si actuaba con rapidez… Tenía que distraerle el máximo tiempo posible ─. Lo siento, pero no me lo trago. Si quisiera, Shabranigudú podría hacerme pedazos, a mí a todos, con sólo esbozar su despreciable sonrisa. Dime la verdad, vienes de parte de Xellos.

─ Ese condenado Juushinkan no tiene ningún poder sobre mí… aunque parezca olvidarlo muchas veces ─ dijo Gobran, con un rictus de odio ─. Pero te has acercado bastante: sirvo al Ama de las Bestias.

A Lina no le sorprendió esa información. La primera vez que el demonio le dijo que servía a Xellos, en el Bosque de Yanavar, su tono de voz despreciativo parecía decir lo contrario. No entendía muy bien por qué había mentido entonces, pero en fin… ¿alguien era capaz de desentrañar la maquiavélica mente de un demonio?

─ ¿Qué papel juega tu Ama en todo esto? ─ preguntó Lina. Una silenciosa bola de luz comenzó a materializarse entre sus dedos, tras la espalda ─. ¿Por qué no actúan los Señores Oscuros?. ¿Por qué Ojo de Rubí se entretiene asediando, cuando podría destruirnos a todos en un abrir y cerrar de ojos?

─ No he venido hasta aquí para responder a tus preguntas, maga ─ respondió Gobran, estrechando los ojos con malicia ─. Pero te seré sincero: sólo se está divirtiendo. En el fondo es aburrido destruirlo todo de una sola vez. Mientras más terror provoquemos entre esos patéticos mortales, más fuerza ganaremos. Y mi señor también.

─ ¿Dónde está Xellos? ─ continuó Lina, materializando en su mente las palabras del hechizo. Movió la mano izquierda de forma apenas perceptible, pero Gourry se dio cuenta. Escuchó cómo se movía lentamente tras ella.

─ Muy pronto le verás, aunque no quieras ─ respondió el mazoku ─. Me estoy cansando de este jueguecito de preguntas y respuestas, hechicera.

Lina sonrió.

─ Yo también ─ la mano de la maga negra se movió veloz, así como sus labios ─. ¡Bola de Fuego! ─ Exclamó. El proyectil ardiente salió de sus manos con un gran estallido, envolviendo al demonio en llamas. Pudo ver cómo su silueta se sacudía por una carcajada

─ ¿Encuentras placer en provocarme cosquillas? ─ Preguntó, sin inmutarse.

"Ríete mientras puedas". Lina se apresuró a preparar su siguiente hechizo, pero no apartó los ojos de la silueta de Gobran. Aunque no podía asegurarlo por la humareda, estaba segura de que el demonio la buscaba con la mirada. "Eso es, mírame a mí". Otra forma borrosa se aproximó, sigilosa, tras el demonio. Sabía que Gourry avisaría a su enemigo segundos antes de clavarle su extraordinaria espada mágica: odiaba asesinar por la espalda, a traición, aunque se tratara de un demonio.

Gobran no dio muestras de percatarse de la trampa. La luz que brillaba en sus pupilas llameantes era de diversión, íntegramente concentradas en la maga negra. Lina fingió impotencia con el corazón en un puño: la espada mágica de Gourry era sumamente poderosa, aunque no lo suficiente como para matar a un mazoku de su categoría. No obstante, podría dejarle malherido si la hundía en algún punto vital. "Ya es nuestro", pensó.

En esos momentos, Kerkaat saltó sobre el demonio con un alarido salvaje, daga en mano. La furia de su arremetida sí sorprendió al demonio, que se derrumbó ante la fuerza del golpe. Gourry observó la escena con los ojos desorbitados, y Lina apretó los puños, canalizando de nuevo su magia. "¡Estúpido!". Gourry se recuperó lo suficiente de su perplejidad como para lanzarle por fin una estocada a Gobran, pero para entonces el mazoku ya lo había visto. Soltó otra carcajada al ver cómo un confuso Kerkaat intentaba clavarle la daga en el cuello, sin éxito, y acto seguido conjuró entre sus manos azules una bola de energía oscura.

─ Imbéciles… ─ cacareó. Soltó la esfera negra, y el impacto lanzó a Gourry y Kerkaat varios metros por el aire, haciendo que ambos hombres se estrellaran en el suelo con un ensordecedor impacto. Entonces centró su atención en Lina mientras volvía a incorporarse. Para entonces, la hechicera ya había culminado las palabras del caos de su siguiente sortilegio.

¡Ragna Blade! ─ Bramó. La espada, igual de negra que el poder de su enemigo, se materializó entre sus manos absorbiendo la luz que persistía a su alrededor. Con un grito de esfuerzo y el rostro perlado en sudor, Lina lanzó su estocada mágica. En lugar de apartarse, Gobran recibió el ataque con una sonrisa, deteniéndolo entre sus manos. El demonio tembló ante el golpe, los dientes le rechinaban por el esfuerzo, pero consiguió frenar la embestida sin demasiados problemas. Segundos más tarde ─ o quizá minutos, no estaba segura ─ fue Lina la que comenzó a cansarse. Gobran, en cambio, se recuperó lo suficiente como para volver a reír. En esos momentos, la carcajada demoníaca le pareció a Lina una metáfora de muerte.

─ Poderosa, sin duda ─ jadeó el mazoku ─, pero no lo suficiente.

"No puedo con él", pensó Lina, gritando y sacando a relucir todas sus reservas de energía. Era lo que había temido: estaba demasiado débil y cansada después de días de apresurado viaje, y Gobran era un mazoku de clase media y consumado poder. Lo había comprobado en Yanavar y lo estaba comprobando ahora. El demonio comenzó a ganar terreno, apartando la espada oscura.

La hoja de otra espada atravesó el hombro del maligno espíritu, que se transformó de inmediato en una masa de energía informe.

El grito de dolor de Gobran le puso a Lina los pelos de punta, pero no tuvo tiempo para pensar en nada más. "Ahora o nunca", se dijo. Su alarido superó con creces al del demonio, al tiempo que volvía a ganar terreno con su Ragna Blade.

Pero Gobran utilizó todas sus energías para emitir una violenta onda expansiva. Gourry y su espada salieron volando por los aires hasta estrellarse en la espesura con un fortísimo golpe, y Lina lo imitó. Creyó que iba a enloquecer de dolor al estrellarse, y entre las brumas de la agonía pudo ver que Gourry estaba inconsciente… o al menos eso esperaba. Escuchó otro grito conocido; sin duda Kerkaat había vuelto a atacar a su enemigo. "Maldito necio".

Sólo unos segundos más tarde los pies de Gobran se situaron frente a ella. Escuchaba los suaves gemidos de dolor del demonio, que agarró a la hechicera por el cuello de su túnica hasta situar su rostro a sólo unos centímetros del suyo. Los rasgos de Gobran estaban contraídos de dolor mientras su herida se retorcía en forma de encrespadas neblinas negras, pero se las arregló para volver emitir una débil risita.

─ Supongo que subestimé al guerrero ─ dijo ─, pero se acabó. Éste es tu fin, hechicera. Cuando te aniquile, mi señora y mi dios oscuro me cubrirán de gloria, y este mundo no tendrá por qué alargar su patética existencia.

Lina sabía que tenía razón. No podía hacer nada. Sintió la calidez del poder de Gobran, que se disponía a acabar con su vida. Intentó realizar un último hechizo, su última esperanza, pero ni siquiera tenía energía para mover los dedos.

Entonces, cuando sentía que sus últimas fuerzas la abandonaban, sucedió un milagro.

Pudo sentir cómo Gobran la soltaba, y cómo ella volvía a caer con violencia sobre la hierba. Escuchó al demonio gritar algo con incredulidad, pero su cerebro no fue capaz de traducir las palabras. Entre sus ojos entreabiertos vio que el herido mazoku se disponía a luchar. ¿Contra quién? No lo sabía. No tuvo fuerzas ni para mantener los párpados abiertos por más tiempo.

Antes de abandonarse al confuso desmayo, escuchó un coro de voces que gritaban con fuerza algo que sí pudo entender: Ra Tilt, y seguidamente, Gobran rugió de impotencia…

· · ·

Cuando despertó, alguien se inclinaba sobre ella. Parpadeó varias veces para volver a enfocar su visión y permitir que su cerebro se aclarase. Cuando lo consiguió, el rostro que la observaba tomó la forma de un humano de cabello castaño encanecido, calva incipiente y dos serpenteantes hilos de bigote castaño. El desconocido alzó la vista, clavándola en alguien que no alcanzaba a distinguir.

─ Está despierta ─ dijo, con una voz profunda y grave y, al mismo tiempo, cortante.

─ ¿De veras? ─ La otra voz sonaba apremiante y joven. Unos pasos apresurados se movieron por la hierba y otro extraño se arrodilló junto a ella, alguien que parecía ser un muchacho de redondeados pómulos y cabello negro ondulado y largo hasta los hombros. Situó una mano fría sobre su frente. ─ Tranquilizaos, mi señora ─ el tono era educado y reconfortante ─. Pronto os recuperaréis.

─ ¿Qué… qué ha ocurrido? ─ Murmuró Lina, recordándolo todo ─. ¿Gourry… Gourry y Kerkaat?

─ Vuestros amigos están bien ─ dijo el joven con cortesía. Su acompañante, en cambio, no mudó su semblante inexpresivo. La mano del muchacho se tornó cálida, y Lina sintió una oleada de gratificante magia purificadora. De repente, los huesos ya no le dolían tanto, y la realidad cobró sentido en torno a ella ─. También están siendo atendidos.

Lina se incorporó con cierta dificultad, frunciendo el ceño. Observó a su alrededor. Todavía se encontraba en el mismo lugar en el que estaba antes de desmayarse. A su alrededor iban y venían hombres severos ataviados con túnicas de diversos colores. "Magos", pensó Lina, "magos de Atlas". Algunos se inclinaban con dedicación sobre algo en la hierba… o más bien alguien; no cabía duda de que se trataba de Gourry, y de Kerkaat.

Lina volvió a fijar su atención en los dos hechiceros que la atendían. El muchacho sonreía, cortés y paciente, pero la expresión del otro hombre se tensaba por momentos.

─ ¿Gobran está muerto? ─ Preguntó Lina al joven; pero quien le respondió fue su acompañante:

─ Me imagino que ése es el nombre de esa vil criatura ─ dijo con desprecio ─. Sí, está muerto. O eso suponemos. En cualquier caso, dudo mucho que vuelva a molestarnos; estaba en las últimas cuando lo encontramos, y fue fácil derrotarle. Gracias a vos, supongo.

A Lina su tono de voz no le hizo ninguna gracia, pero, sorprendentemente, se mordió la lengua. A juzgar por las ricas vestimentas azules del individuo, debía tratarse de un alto cargo de la Asociación. Lo mismo podía decirse del muchacho de atuendos blancos, pese a su visible lozanía.

─ ¿Quiénes sois? ─ preguntó la hechicera.

─ Os ruego que nos disculpéis por no habernos presentado ─ el zagal parecía avergonzado. Se inclinó levemente ─. Parelish el Blanco, ferviente aprendiz del grandioso Sar Vanion el Rojo, a vuestro servicio, mi señora.

─ No soy ninguna señora ─ dijo Lina, incómoda. Normalmente le gustaban los tratos tan serviles, pero, por algún motivo, frente a ese agradable joven se sentía avergonzada ─. Llámame Lina.

─ Como gustéis ─ dijo Parelish.

─ Mi nombre es Brenkan el Azul ─ dijo el otro hechicero con bastante más hosquedad. En esos momentos, Parelish sacó de entre sus bolsas una botellita de cristal con un extraño líquido azul en su interior.

─ Tomaos esta poción, mi señ… eh… Lina ─ dijo el joven. Sus ojos eran de un azul increíblemente claro. Ella aceptó el brebaje con gratitud y puso especial énfasis en no esbozar una mueca de desagrado, pues el sabor era insoportablemente amargo. No obstante, en cuanto se lo tomó sintió una cálida oleada de vigor recorrer su sangre hasta el cerebro. Miró a Parelish con una inquisitiva mirada de asombro, y el mago le sonrió ─. Poción de Claridad; vigoriza la fuerza y agudiza la inteligencia. Os hará falta para el Concilio.

─ Es cierto ─ dijo Lina, aliviada por no haberse perdido la reunión ─. Os agradezco vuestras atenciones. Decidme… ¿cómo sabíais que estaba aquí?

─ Éramos vuestra escolta hasta la sede de la Asociación, y aguardábamos a que llegárais frente a las puertas de la ciudad ─ explicó Brenkan con brusquedad ─. Obviamente, acudimos de inmediato cuando divisamos a lo lejos la magia del combate.

─ Y afortunadamente, llegamos a tiempo ─ dijo Parelish. Parecía que iba a añadir algo más, pero en esos momentos un recuperado Gourry se acercó corriendo a ella, visiblemente aliviado al ver que parecía ilesa. Tras él iba Kerkaat. Aunque lo disimulaba bajo un muro de terquedad, Lina comprobó, satisfecha, que el asesino parecía avergonzado por su actuación en el combate, pues puso buen cuidado en no mirarla a los ojos. La maga negra no dijo nada. ¿Y de qué serviría? "¡Las armas comunes no funcionan contra los mazokus, así que no vuelvas a hacerlo!", podría decirle; pero el indomable y testarudo asesino no le haría el menor caso si ella se lo ordenaba.

─ Bueno, mi señora ─ dijo Parelish con otra sonrisa, utilizando de nuevo el tratamiento cortés sin darse cuenta ─, si estuviera en mi mano, os llevaría a vos y a vuestros amigos a la mejor posada de la ciudad para que pudierais descansar; pero el Concilio está a punto de empezar. ¿Seríais tan amable de acompañarme?

Lina asintió. Minutos más tarde, ella, Gourry, Kerkaat y el numeroso grupo de magos se encaminaron raudos hacia la ciudad, y hacia el Concilio.

Hacia la reunión que, esperaba, le proporcionaría la clave para derrotar a Ojo de Rubí.

· · ·

Zelgadis acudió raudo al llamamiento de Amelia. Una vez más, los incontables corredores y pasillos del palacio le parecieron interminables, pero, sorprendentemente, consiguió llegar al patio. Un enjambre de soldados se apostaba en ordenadas hileras a lo largo del suelo de piedra, dejando abierto entre ellos un amplio pasaje que se alargaba hasta las puertas de entrada al edificio, y la quimera pudo observar con su aguda vista que los dos primeros portaban lamplios estandartes de tela blanca con el emblema alado de Saillune. Se abrió paso entre la multitud de sirvientes y habitantes de Palacio con discreción, echándose sobre el cabello plateado la capucha albina.

Decidió permanecer junto a una columna alejada de la multitud y buscó con la mirada a Amelia. Finalmente, la localizó. La princesa permanecía junto a su padre, en un lugar de honor a la entrada del patio. Estaba radiante, ataviada con un ornamentado vestido verde ribeteado de hojas y flores negras, y se mantenía en actitud solemne, con las manos recatadamente cruzadas sobre el regazo. Como si tuviera un sensor localizador de quimeras, la joven volvió la vista y clavó sus ojos en los de Zelgadis. Al reconocerle, esbozó una dulce sonrisa que atravesó la coraza de piedra del joven como un dardo. Se ocultó más entre las sombras de la capucha para ocultar su rubor, y se contentó con hacer un leve gesto con la mano en señal de saludo.

Sólo unos minutos más tarde, aquellos soldados que portaban unos tambores comenzaron a entonar una serie de redobles rigurosos y militares, y una horda de visitantes atravesó las puertas. Eran soldados, cubiertos con relucientes cotas de acero y túnicas de cuero rojo. El primero de ellos portaba un sinuoso estandarte rúbeo con un magnífico emblema: el emblema de Zefiria. Uno, dos, cincuenta,… cien… mil… muy pronto, la quimera perdió la cuenta del número de soldados que conformaba el ejército, tan sólo una pequeña parte del verdadero efectivo del país.

El último en entrar provocó una exclamación ahogada en los presentes. El hombre irradiaba luz propia; alto, imponente con su cota de metal pulido que reflejaba todos los colores cuando los rayos del sol chocaban contra la superficie, y un magnífico yelmo de igual material que se contorsionaba hasta tomar la forma de un rugiente león de mandíbulas abiertas. La capa roja del individuo ondeaba al viento con elegantes movimientos. El guerrero se desasió del casco, dejando al descubierto un hierático rostro de rasgos muy marcados adornado por dos ojos grises, mandíbula cuadrada y pulcra perilla negra, a juego con un cabello corto y rizado igual de azabache. Colocando el casco bajo su brazo, el hombre, que no debía tener mucho más de treinta años, se aproximó al Príncipe Phil con cortesía. La quimera se abrió paso entre los soldados, que le abrían paso al reconocerlo como invitado de Palacio, hasta situarse lo suficientemente cerca como para escuchar la conversación.

─ Os saludo, Príncipe Phillionel ─ la voz del caballero era grave y serena. Se arrodilló frente al gobernante en gesto de sumisión ─. Mi nombre es sir Lorrick de Katherland, mi señor, capitán de los ejércitos de Zefiria. Nuestra regia señora, la Reina Eterna, nos ha enviado a mí y a estos tres mil valientes soldados con el propósito de prestaros ayuda en esta guerra.

─ Levantáos, sir Lorrick ─ dijo Phillionel, igualmente honorable ─. No dudo que, con ayuda de vuestra espada, conseguiremos que la paz vuelva a reinar en nuestras tierras.

─ Así lo espero, mi príncipe.

─ Os presento a mi segunda hija, Amelia Will Tesla Saillune, princesa heredera y alta sacerdotisa del Clero de Saillune ─ Amelia se acercó y se inclinó en una reverencia. Zelgadis pudo comprobar con una sonrisa que no se sentía cómoda con el vestido… ni con el enfático título.

─ Mi señora ─ saludó sir Lorrick, besando la mano de Amelia ─, es un inmenso placer conocer a la hija y heredera del aclamado príncipe Phillionel.

─ El honor es mío, sir Lorrick ─ saludó Amelia con seguridad. La Princesa frunció el ceño y alzó el puño al cielo… señal de catástrofe, en opinión de Zelgadis. "No quiero mirar…" En cambio, la escuchó con bastante claridad ¡Con vos y vuestro gran ejército defendiendo las blancas murallas de nuestra capital, no albergo dudas de que el martillo de la Justicia caerá implacable sobre todos nuestros enemigos!

Fue la primera vez que escuchó reír a sir Lorrick. Cuando alzó la vista, distinguió un extraño brillo en las nobles pupilas del caballero.

─ Tan imponente como hermosa y bella. Mi señora, me habéis impresionado.

Amelia se sonrojó, y Zelgadis tensó las comisuras de sus labios casi sin darse cuenta de ello. Fue en esos momentos cuando la joven clavó sus azules ojos en la quimera.

─ Quiero presentaros a alguien más ─ dijo la muchacha. A Zelgadis le dio un vuelco al corazón y se apresuró a desaparecer entre los soldados, pero Phil lo vio.

─ ¡Vamos, no seas tímido, muchacho! ─ graznó el regente. "Maldición, Amelia…", ahora que sentía las miradas de todos clavadas en él, no le quedaba más remedio que responder a la llamada. Con pasos inseguros, y envolviéndose más en la capucha, Zelgadis se acercó, cabizbajo. Miró de soslayo a sir Lorrick y vio que el general lo observaba con la curiosidad pintada en sus atractivos rasgos.

─ Este reservado joven es uno de mis principales consejeros ─ rió Phillionel, dando reiteradas palmadas en la espalda de Zelgadis y dejándole sin aliento ─, e íntimo amigo de mi hija.

─ ¿De veras? ─ De repente, sir Lorrick se mostró bastante interesado. Estrechó los ojos con una extraña expresión de… ¿qué?. ¿Desafío?. ¿Irritación? La quimera no pudo adivinarlo, pero torció la boca ante lo absurdo de la situación. En seguida, la cortesía volvió a aparecer en el rostro del caballero, y se inclinó ante él ─. Me temo que no conozco vuestro nombre, mi señor.

─ Zelgadis ─ sin saber muy bien por qué, a Zel le asaltó la necesidad de quitarse la capucha y mostrarle sus rasgos malditos al caballero. Sintió una especie de cruel satisfacción al ver los ojos desorbitados de sir Lorrick clavados en su rostro, pero el general, demasiado educado, no dijo nada ─. Zelgadis Graywords.

─ Es un honor ─ se limitó a decir él. Ninguno de los dos parpadeó, ni apartó la mirada. "La verdad es que demuestra ser muy valiente al observarme tan fijamente", pensó Zelgadis, cáustico.

─ ¿Zel…? ─ Notó duda y desconcierto en la voz de Amelia, pero no la miró, como tampoco lo hizo sir Lorrick.

Finalmente, Phillionel acabó con el momento de tenso silencio golpeando el cráneo de Zelgadis con su puño, con tal fuerza que la pasmada quimera se derrumbó sobre el suelo.

─ Bueno, supongo que ya va siendo hora de que nos reunamos ─ le dijo Phil al mandatario militar de Zefiria, con desenfado ─. Sir Lorrick, lamento deciros que mi Consejo no os recibirá con demasiada educación. Desde hace tiempo se palpan las tensiones en…

Un grito femenino desgarró el ambiente, secundado por las exclamaciones de los soldados y el movimiento apresurado de los mismos. De repente, Zelgadis estuvo seguro de que las hordas demoníacas habían invadido Saillune, pero afortunadamente no fue así.

Todos los ojos estaban fijos en tres figuras humanas que acababan de penetrar en el patio. Dos eran soldados, que con gesto grave sostenían entre sus brazos a un tercer hombre. Zelgadis sintió un estremecimiento al verlo; vestía con lo que en su día debieron de ser ropajes de explorador, pero estaban desgarrados y hechos jirones, así como cubiertos de sangre seca. El moribundo temblaba con violentos espasmos, y de vez en cuando lo sacudían convulsiones y toses que lo hacían escupir sangre. Una espantosa herida atravesaba su hombro derecho, cubierto de una enorme mancha negra de sangre coagulada, aunque no parecía haberle cogido ningún punto vital.

Zelgadis fue el más rápido. Corrió hasta el mensajero herido, seguido por Phillionel, sir Lorrick y Amelia, y le sujetó por los hombros, clavando sus ojos en el espantoso rostro torturado del desgraciado individuo.

─ ¿Qué ha sucedido? ─ Tras él, el caballero se arrodillaba, muy atento. Escuchó a Phillionel dar órdenes apresuradas e inapelables a los sirvientes para que prepararan una habitación y ungüentos medicinales y trajeran a un sacerdote. Amelia se acuclilló junto a él, ayudándole a sostener al doliente junto a los soldados que lo traían.

─ ¿Quién ha podido hacerle esto? ─ Preguntó la princesa, con voz temblorosa.

─ Responde ─ Apremió Zelgadis con delicadeza, aunque estaba convencido de que todos los presentes, además de él, ya conocían la respuesta. El agonizante explorador clavó sus ojos nublados por el dolor en él, sin reconocerle, pero al ver a Amelia abrió mucho los párpados y aferró los brazos de la joven con desesperada dureza.

─ Un ejército… de… monstruos ─ consiguió decir, casi sin voz. Le sacudió una tos sanguinolenta durante unos segundos y, con sus últimas fuerzas, dijo : Al… al menos… millares… Estarán aquí en u-un día. Saillune… está perdida…

Continuará...


Aclaraciones del autor:

Fin del sexto capítulo. Espero que os haya gustado tanto como yo he disfrutado escribiéndolo, y que el fic no os esté decepcionando (me da la sensación de que me repito xD). Sé que en este episodio Zel y Amelia no han aparecido demasiado, e incluso me da la sensación de que he dejado a Gourry en un segundo plano, pero no os preocupéis: tengo planes para ellos... para todos ellos. ;)

No tengo muchas curiosidades que comentar esta vez… salvo la reaparición de Kerkaat, que llevaba un episodio sin hacer acto de presencia (y en el anterior, aunque salía, estaba desmayado xD), y también la de Gobran, el mazoku de nivel medio del cual estuve a punto de olvidarme... cof, cof xD. Espero que os haya gustado la introducción de Sylphiel; ya tenía pensada su aparición casi desde el principio de la historia, tal y como está narrada, y por supuesto también tendrá su objetivo en esta Guerra. Por otro lado, están los personajes nuevos: sir Lorrick, el caballero zefiriano (con éste también tengo muuuchos planes, juju…), y los magos de la Asociación de Hechiceros de Atlas... los cuales personalmente me encantan. Pero eso a mí, que ya tengo el relato terminado y sé cómo son; espero que no os decepcionen a vosotros. ;) Por cierto, Shadir, a esto puedo responderte porque no es spoiler: Filia no aparecerá en este fic, ya que lo estoy haciendo lo más fiel a las novelas posible; aparte de que con tantas subtramas que narrar no hay hueco para más. Pero no te preocupes, tengo pensado escribir otros dos relatos (aunándolos todos bajo el serial Slayers Chronicles), y en uno de ellos la irascible dragona aparecerá... y tanto. :p (tampoco me olvido de Naga xD).

Otra cuestión: en cierta ocasión Gobran llama a Xellos Juushinkan. Tal término significa "Sacerdote de las Bestias" (por lo que he leído), y en las novelas se refieren a él por ese nombre numerosas veces. Con respecto a Zefiria, no poseo información acerca del país, ni siquiera de su estandarte (y mira que he buscado), así que prácticamente todo lo que escribo de dicho estado es invención. Excepto la alusión a su gobernante: la Reina Eterna.

En fin, no tengo mucho más que añadir… a nivel de escritora tengo que decir que estoy muy satisfecha con este fanfic. Me gusta la idea de relacionar personajes de mi invención con los ya existentes, ya que alcanzar su nivel de carisma es difícil (por no decir imposible: Lina y cía. son insustituibles). Sólo espero que sigáis disfrutándolo. :)

¡Saludos!

Neyade Tinúviel
Druida Gris, Zahorí y Aprendiz de Mago