7. Preludios

A Kerkaat jamás le había resultado tan impresionante un edificio. El exterior de la Asociación de Magos y Hechiceros de Atlas consistía en tres imponentes torres que, iluminadas bajo el sol, se asemejaban a un trío de uñas rúbeas pertenecientes a un gigantesco dragón rojo que horadara la tierra desde su interior. La altura de las edificaciones fácilmente superaba los casi cien metros de altura, y la cúspide prácticamente desaparecía entre las nubes. "Probablemente", reflexionó el asesino, frotándose la rigidez del cuello causada por mirar demasiado tiempo hacia arriba, "a los dioses que nos observen desde las alturas les pareceremos una hilera de hormigas multicolor que penetran en las montañas".

Pero no eran diminutas hormigas lo que se adentraba en tales montañas, sino magos, una elite de hechiceros cuyo poder se percibía a metros de distancia. Kerkaat se aseguraba de mantener una postura digna y una expresión impasible, pues no quería parecer menos ante aquellos practicantes de trucos de magia; no obstante, el pintoresco grupo le causaba poderosa intimidación, y no era el único que se sentía así. A su lado, Gourry no dejaba de observar las túnicas y las bolsas de ingredientes mágicos de los miembros de la Asociación con una estúpida expresión de asombro pintada en sus rasgos. Ni siquiera Lina parecía tan segura de sí misma como de costumbre; cabalgaba en primera fila, pues Parelish el Blanco, muy amablemente, le había cedido su montura; una cortesía que no se había tenido en cuenta ni con él ni con el espadachín, recordó con una mueca. La maga charlaba animadamente con el joven mago, y de vez en cuando respondía a los bruscos interrogantes del hechicero de mayor edad que montaba a su lado: Brenkan el Azul. Aunque también se esforzaba por parecer serena, Kerkaat, perspicaz, no pudo dejar de notar la rigidez que mostraban los ademanes y las sonrisas de Lina.

El interior del edificio era igual de imponente que el exterior y, tras varios minutos, el grupo no tardó en llegar a la Sala del Concilio, una estancia cerrada a cal y canto por una enorme puerta doble de ónice, adornados sus extremos con filigranas plateadas que se ondulaban hasta tomar la forma de runas mágicas. Los dos magos que custodiaban la entrada saludaron a Parelish y a Brenkan, principalmente, e hicieron otro tanto con Lina. Kerkaat no podía escuchar lo que decían, pues hablaban en susurros. Todos excepto la hechicera.

─ Eso espero ─ escuchó decir a Lina en una ocasión, con una voz poderosa que desmentía su nerviosismo ─, no he recorrido todos estos kilómetros para marcharme con las manos vacías.

Kerkaat torció la boca. No le sorprendería que la maga negra exigiera una bolsa de monedas de oro por las molestias causadas. Fue en ese momento cuando Parelish, con porte sereno y el susurro de su túnica albina, se volvió hacia él y hacia Gourry.

─ Nuestros dos visitantes son acompañantes de la señorita Lina ─ dijo el muchacho : Gourry Gabriev, su guardián, y maese Kerkaat, un… mercenario.

Muy prudentemente, Parelish había omitido el hecho de que Kerkaat era un asesino a sueldo.

─ Sed bienvenidos, mis señores ─ dijo uno de los hechiceros, de mediana edad y ataviado con una sencilla túnica violácea. Señaló a su compañero: un agradable joven de rasgos angulosos, lacio cabello negro y austero atuendo verde ─. Davian el Verde os acompañará a las habitaciones más cómodas de que disponemos.

─ Esperad un momento ─ Kerkaat se adelantó, con brusquedad. ¿Después de todo lo que había sucedido pensaban darle de lado como a un perro? ─ Yo también quiero participar en el Concilio.

─ El… el Concilio es sólo para magos, mi señ…

─ Olvídate de toda esa cursilería cortés, mago. No estoy aquí por mi propia voluntad, así que lo menos que podéis hacer es dejarme pasar.

Pudo ver como a Lina le rechinaban los dientes, y cómo sus ojos relampagueaban.

─ Estúpido ahora estás en la Asociación de Magos más poderosa del mundo. Haz lo que te dicen y cierra la boca.

Justo cuando Kerkaat iba a replicar, un sonriente Gourry le puso una mano sobre el hombro.

─ No hace falta discutir. Entiendo perfectamente que la reunión ésa sea sólo sea para hechiceros ─ el guerrero posó su despreocupada mirada en el azorado mago ─, pero yo soy el guardián de Lina, y creo que mi deber es estar con ella.

La hechicera emitió un quedo gruñido, aunque en cierto modo sus ojos evidenciaban complacencia, y enterró la cara en la palma de su mano derecha; la vena de la sien de Brenkan se dibujó claramente en su calva cabeza. Todos los presentes parecían haber perdido la capacidad de hablar, excepto Parelish, quien rompió la tensión con una sonora carcajada.

─ Los acompañantes de la señorita Lina parecen igual de obstinados que ella ─ dijo, respondiendo a la mirada asesina de Lina con una suave sonrisa ─. Está bien. Por hoy, y sin que sirva de precedente, se le concede la asistencia al Concilio a estos dos caballeros.

─ ¿Estás de broma, Parelish? ─ Brenkan parecía incrédulo ─. ¿Qué crees que dirá Sar Vanion de todo esto?

─ Estoy seguro de que a mi maestro le resultará muy divertido, mi viejo amigo ─ respondió Parelish con sencillez. Acto seguido, clavó sus claros ojos azules en Lina ─. Mi señora, estoy seguro de que querréis ataviaros con vuestra túnica oficial antes de que dé comienzo el cónclave ─ el mago blanco señaló una habitación tras la hechicera, ignorando el escalofrío involuntario de la misma ─. Podéis emplear esa estancia como guardarropas.

─ Gracias ─ farfulló Lina. Con las manos crispadas, se dirigió con decisión a la habitación señalada por el hechicero.

Kerkaat sólo tuvo que esperar diez minutos para ver la esplendorosa sala del concilio. Consistía en un gran espacio circular y abovedado de mármol negro. Sobre el suelo descansaba una mesa redonda de piedra gris y, sentados alrededor de ella, a unos cuantos centímetros de distancia, se hallaban los miembros de la asamblea. Trece eran los magos que aguardaban pacientemente, sentados en sus incómodas sillas también pétreas. Trece, y dos invitados carentes por completo de dotes mágicas: Gourry, y él mismo.

La primera docena de magos, dividida entre hombres y mujeres, era imponente: individuos altos y delgados, ataviados con un sinfín de túnicas de diversos colores, rostros se solemne severidad y la sabiduría palpitando en sus pupilas. Uno de los hechiceros era un hombre de mediana edad, surcado de arrugas y de ralo y espeso cabello grisáceo, a juego con su larga barba. Cubierto con una imponente túnica de satén negro con adornos plateados, Kerkaat sólo necesitó un vistazo para saber que él era el presidente de la Asociación. A su derecha, cómodamente repantigado en su asiento, descansaba un hechicero adulto, en la plenitud de su vida. Vestía unos ricos ropajes escarlatas y era de rasgos afilados y zorrunos, aunque no por ello poco atractivos, que le conferían una extraña expresión de arrogancia. Se mesaba una castaña barbita puntiaguda en gesto lánguido, torciendo la boca en una sonrisa astuta. Dos finos y pulcros bigotes adornaban la zona inferior de su nariz, y tenía el cabello muy recogido, formando un pico en la frente, hasta finalizar en una larga y delgada coleta que le caía desde la nuca. Pero lo más extraño del individuo eran sus ojos: rasgados y almendrados, sus pupilas eran de un intenso color ámbar, y escrutaba la totalidad de su entorno con una mirada penetrante e inquisitiva.

Junto al hechicero rojo se sentaba Parelish, descansando con placidez sus manos sobre el regazo. Brenkan el Azul estaba situado en el lado izquierdo del presidente, sin mudar ni por un instante su expresión de hosquedad. El mago que antes se ofreciera a acompañarles a las habitaciones, Davian el Verde, permanecía sentado en actitud nerviosa. Sí. Definitivamente, era el grupo de hechiceros más soberbio que había visto en su vida.

Sólo uno de ellos, el décimo-tercer hechicero, destacaba sobre el resto. Lina Inverse, sentada al otro extremo de la mesa, frente al presidente y entre Gourry y él mismo, parecía ser la hija pequeña de alguno de los integrantes del Concilio, más que una invitada honorífica. Su menudo cuerpo se cubría con una túnica que, más que de mago, parecía de doncella, pues estaba conformada íntegramente por seda de un fuerte color fucsia. Al parecer, una de las aprendizas de la torre había insistido en adornar su espeso cabello castaño con una larga trenza, cosa que, a juzgar por los gritos, no le había hecho a Lina ni pizca de gracia. Al menos la maga negra tenía la suerte de que su atuendo hacía juego con su rostro, poderosamente encendido. Lina permanecía con las manos crispadas sobre el regazo y un ceño fruncido que no se molestó en ocultar. El asesino, divertido, se sorprendió a sí mismo teniendo un acceso de cariño hacia la hechicera.

El presidente de la asociación carraspeó sonoramente para llamar la atención sobre sí mismo. Cosa que no hacía falta, pues la sala estaba en completo silencio. Cuando habló, lo hizo con una voz grave y profunda:

─ Lina la Rosa ─ saludó con solemnidad. Kerkaat tuvo que taparse la boca con la mano para disimular su sonrisa ─, seas bienvenida a nuestra Asociación. Te agradecemos encarecidamente que hayas accedido a asistir a nuestro Concilio. Mi nombre es Baderkar el Negro, presidente de la Asociación de Magos y Hechiceros de Atlas. Es un honor.

─ El honor es mío ─ dijo Lina, rígida y esbozando una sonrisa forzada ─, pero os agradecería que no me llamarais Lina la Rosa. Soy Lina Inverse.

Se alzaron ciertos murmullos de desacuerdo entre los magos. Brenkan enrojeció de ira, y Parelish acentuó su sonrisa con cierta cortedad, pero el hechicero rojo soltó una sonora carcajada.

─ Os felicito por vuestra osadía, mi señora ─ dijo el extraño individuo, recalcando sus palabras con tres sonoros aplausos. Lina no se inmutó ante la agitación general: se limitó a torcer la boca en gesto de aburrimiento hasta que, finalmente, Baderkar la miró con ojos cálidos.

─ Como deseéis, Lina Inverse ─ dijo el presidente, sin dar muestras de haberse sentido ofendido. Acto seguido, se inclinó ante los dos acompañantes de la hechicera. Kerkaat sostuvo su mirada cuando los ojos negros del viejo mago se clavaron en él, aunque se vio obligado a admitir que su penetrante indagación resultaba inquietante ─. Os saludo también a vosotros, Gourry Gabriev, maese Kerkaat. Debéis saber que no es precisamente habitual permitir la entrada a nuestras reuniones a aquellos que no practican el preciado don de la magia.

─ Me siento honrado ─ dijo Kerkaat, sin ocultar su sarcasmo.

─ Os estamos muy agradecidos ─ intervino Gourry a toda prisa, incómodo, mesándose el rubio cabello desde la frente hasta la nuca y lanzando una mirada soslayada al asesino con la frente arrugada. Baderkar sonrió, entrelazó sus largos y huesudos dedos pálidos y apoyó la barbilla sobre ellos.

─ Está bien, entonces damos por comenzado el Concilio ─ anunció el presidente ─. En circunstancias normales presentaría a sus integrantes, pero no hay tiempo… corren tiempos aciagos.

Kerkaat vio el leve asentimiento de Lina. De repente, su rostro era una máscara de seriedad.

─ ¿Tampoco vas a presentarme a mí, viejo Baderkar? ─ la voz del mago rojo estaba cargada de socarronería. Sonreía con una irritante expresión picaresca y se acariciaba el cuello con profunda tranquilidad. Baderkar lo miró, y durante un instante vio los ojos del anciano presidente relampaguear de furia. "Sn duda, esos dos no se llevan demasiado bien…"

Pero en vez de molestarse, Baderkar volvió a carraspear.

─ Éste es Sar Vanion el Rojo ─ anunció, con cortesía forzada ─, vicepresidente de la Asociación… aunque muchos se preguntan por qué.

─ Me ofendéis, Baderkar ─ Sar Vanion soltó otra carcajada ─. Supongo que os sorprende que algunos asciendan al poder por méritos propios, y no por astutos sobornos a las personas indicadas.

Baderkar enrojeció de ira ante la clara acusación.

─ Maestro, por favor… ─ Parelish se sentía avergonzado. Kerkaat no pudo evitar preguntarse cómo era posible que un muchacho tan amable fuera el pupilo de semejante imbécil.

─ ¿Hemos venido hasta aquí sólo para escuchar cómo dos magos se lanzan pullas? ─ A pesar de su aspecto infantil, la voz imperiosa de Lina hizo carraspear a más de uno. La hechicera los atravesaba a todos con las llamas de sus ojos ─. Os recuerdo que estamos en guerra.

Sobrevino un breve silencio, seguido por un prolongado suspiro por parte de Baderkar.

─ Cierto, mi señora. Ruego que me disculpéis ─ a su lado, Sar Vanion soltó un bufido, pero al menos tuvo la decencia de disimularlo… o intentarlo. El presidente escudriñó a los reunidos uno a uno ─. Todos conocéis la situación actual. La guerra asola los países del continente antes sellado. Las hordas demoníacas de Ojo de Rubí arrasan ciudades y arrebatan la vida a un centenar de inocentes.

─ Todo eso ya lo sabemos ─ intervino Sar Vanion nuevamente. Esta vez, en su voz no había ni rastro de sarcasmo, sino un timbre de severidad ─. En vez de resumir lo obvio, Baderkar, harías bien en explicar a Lina Inverse el motivo por el que la has citado aquí, arriesgándola a los ataques inesperados de los mazokus.

─ Sar Vanion… ─ la voz de Brenkan sonaba exasperada. Baderkar se disponía a responder, pero entonces Lina intervino:

─ Debo reconocer que estoy de acuerdo con el mago, aunque no me caiga bien ─ las palabras de la maga negra sólo hicieron sonreír a Sar Vanion ─. Me he visto obligada a abandonar a mis amigos en un momento crucial, he tenido que cabalgar día y noche, sin apenas posibilidad de descanso y comida, y lo peor… ─ Lina miró su indumentaria rosa con asco ─. He tenido que vestirme con estas ropas sólo porque lo habéis ordenado. Exijo saber por qué mi presencia es necesaria.

─ Oh, no temáis por vuestro atuendo, os sienta de maravilla ─ en los ojos de Sar Vanion apareció un brillo guasón ─. Nunca en mi vida había visto a una criaturilla tan bonita.

Nuevamente, Baderkar el Negro suspiró, y retomó la palabra justo a tiempo de evitar que la hechicera se avalanzara sobre el desvergonzado mago dispuesta a sacarle los ojos. Gourry también debió notar su intención, pues sujetó su brazo con una mirada de alarma.

─ Tenéis razón ─ el viejo mago clavó sus pupilas negras en Lina ─. Sabemos que no queda tiempo. Está bien… todo el mundo conoce tus hazañas, Lina Inverse.

─ No todo el mundo ─ puntualizó la aludida ya más serena, con cierto pesar; pero Baderkar prosiguió como si no hubiera habido ninguna interrupción.

─ Sois una de las hechiceras más poderosas que existen. Os graduasteis en la Asociación de vuestra ciudad con sólo trece años. A tan corta edad, demostrasteis ser muy capaz de desenvolveros por vos misma, y no tardasteis en forjaros una terrible e imponente reputación. Inspirabais respeto entre vuestros enemigos.

─ Querréis decir que sigo inspirando ─ volvió a decir Lina, y Baderkar parpadeó repetidas veces. Kerkaat esbozó una mueca. Si conocía a la hechicera tanto como afirmaba, también debería estar al corriente de su arrogante orgullo.

─ Desde luego ─ el presidente siguió hablando ─. La cuestión es… que habéis hecho más que derrotar a unos simples bandidos y mazokus de bajo nivel. En vuestra corta existencia, ya podéis vanagloriaros de haber destruido a dos de los altos mazokus más poderosos: Gaarv, Dragón del Caos, y Fibrizo, el Amo del Infierno.

─ Bueno, eso no es del todo cierto ─ esta vez fue Gourry quien interrumpió, rascándose la cabeza con una mirada de confusión ─. Es cierto que Lina hirió a Ga… Gau… como se llame, pero al final fue el tal Fibrizo quien lo mató. En cuanto ése, la propia Diosa de las Pesadillas… ¡Aaauh!. ¿Pero por qué me has pisado, Lina?

─ No interrumpas al presidente de la Asociación ─ le regañó la hechicera con una mirada asesina, la cual indicaba a las claras que la irritaba que su camarada tuviera tan buena memoria cuando no le convenía en absoluto.

─ ¿Qué? Pero si tú misma…

─ Prosiga, por favor ─ Lina dirigió una dulce sonrisa a Baderkar, al tiempo que ejercía todavía más presión sobre el pie de Gourry. Kerkaat no pudo menos que compadecer al pobre diablo.

─ La señorita Inverse tiene carácter ─ a Sar Vanion sólo le faltaba un tarro de palomitas para culminar su diversión.

─ No… no lo dudo ─ Baderkar se vio obligado a darle la razón, perplejo. Volvió a carraspear ─. En cualquier caso… incluso esas hazañas se han quedado cortas ante otras más prodigiosas: fuisteis vos quien acabásteis con dos de las siete partes de Ojo de Rubí. La primera de ellas, con un hechizo de vuestra propia creación, y la segunda, uniendo el poderío de los grandes dioses demonio de los Cuatro Mundos. Vuestra fuerza es impresionante.

─ Sí, sí, ya lo sé. ¿A dónde queréis llegar? ─ Lina agitó la mano en señal de impaciencia, aunque a Kerkaat no se le escapó que no ponía tanto énfasis en cortar la conversación como hiciera antes, cuando el mago no enumeraba sus prodigios.

─ Ya sabéis la respuesta ─ Baderkar estrechó los ojos ─. Sólo vos tenéis la fuerza suficiente para destruir por tercera vez a Shabranigudú.

─ Todo eso es muy bonito, y me halagáis ─ Lina se apoyó en el respaldo de su silla ─, pero lamento decepcionaros: esta vez, no tengo ni idea de cómo derrotar a Ojo de Rubí.

─ Vos no ─ Baderkar esbozó una sonrisa ─, pero nosotros sí.

Esta vez, la hechicera dio muestras de sentirse interesada. No obstante, no parecía demasiado impresionada; sin duda era algo que ya se había imaginado desde un primer momento.

─ ¿Cómo? ─ Fue todo lo que preguntó Lina. Por toda respuesta, Baderkar miró a Sar Vanion, y el hechicero se incorporó con elegancia y se aproximó a la mesa. Sus movimientos resueltos y decididos, tan soberbios como los de un rey, acentuaban el atractivo del extraño mago; a Kerkaat se le ocurrió pensar que debía proceder de alguna familia noble. Al llegar hasta la superficie de piedra, sus manos esbeltas hurgaron con destreza entre los amplios pliegues de su túnica roja y, de improviso, sacó lo que parecía ser un elaborado cofre con incrustraciones de esmeralda y rubí. "Un cofre que no podría guardarse en la manga sin que no se notara", pensó el asesino, sorprendido. El hechicero levantó los cierres del recipiente, que se abrieron con un lacónico chasquido, mostrando lo que se guardaba en su interior: un antiguo y pesado libro de magia. Sar Vanion situó el arcón sobre la mesa, dejando a la vista de Lina el gran volumen. A simple vista, no parecía gran cosa: la añeja superficie tenía un color indefinido, pues el tiempo la había desteñido, y bajo las tapas de cuero se adivinaban un montón de hojas de pergamino en pésimo estado. Era un objeto austero, carente de todo tipo de decoración. Gourry, al igual que él, frunció el ceño extrañado; en cambio, Lina parecía bebérselo con los ojos.

─ ¿Sabéis lo que es esto? ─ Preguntó Sar Vanion. Su mirada penetrante y astuta se clavó en Lina, quien, pese a su seguridad, titubeó:

─ Un libro de hechizos.

─ ¡Bingo! Sí, es evidente que es un libro de hechizos ─ el mago rojo volvió a reír, acariciándose la pequeña barba puntiaguda. Si vio cómo Lina temblaba de rabia, hizo caso omiso de ello ─. ¿Pero sabéis qué secretos guarda?. ¿Qué mago… o magos, lo redactaron?

─ Es imposible saberlo a simple vista ─ la hechicera estaba cada vez más furiosa. Parelish, nervioso, se incorporó con ciertas reservas:

─ Maestro… la señorita Lina tiene razón. No es posible que sepa…

─ Al contrario, mi querido discípulo. Estoy seguro de que nuestra invitada es muy inteligente ─ Sar Vanion torció la boca en una mueca que dejó al descubierto parte de sus blancos dientes ─. ¿No os arriesgáis, señorita Inverse? Creía que destacabais sobre los demás magos.

"Lo que está claro es que éste sí la conoce", pensó Kerkaat, "basta con aludir que es una cobarde, aunque sea de forma sutil, para llevar a la hechicera por el camino que se desea. Una jugada muy hábil…"

En efecto, una iracunda Lina no tardó en incorporarse de su asiento de piedra.

─ Muy bien, listillo ─ rugió ─, éste no es el momento ni el lugar de jugar a las adivinanzas, pero si es lo que quieres, te complaceré. ¿Que quién escribió este libro? Y yo qué demonios sé. Siendo tan antiguo, bien podría haberlo escrito uno de los Cinco Sabios…

Lina se detuvo. La sonrisa en los delgados labios de Sar Vanion había aumentado, y sus ojos brillaban en una sibilina expresión.

─ ¿Fue uno de los Cinco Sabios? ─ Inquirió la maga negra, con emoción contenida.

─ ¿Lo ves, Parelish? ─ Otra vez, rió. Por lo que al mago rojo respectaba, Baderkar no se encontraba presente en la cámara. El presidente hacía enormes esfuerzos por mantener el autocontrol ─. Os dije que era inteligente… Pero me temo que no habéis acertado a la primera, señorita Inverse. No obstante, os acercáis bastante.

─ Que yo sepa, los libros escritos por los Cinco Sabios están registrados, e incluso algunos poseen numerosas copias. No se me ocurre nada que… ─ de repente, Lina soltó un grito ahogado y abrió mucho los ojos. Miró a Sar Vanion con una mirada que parecía decir "¿estoy en lo cierto?". El mago sólo asintió ─. Hay… hay un libro… pero no es posible. Se dice que es sólo una leyenda.

─ Eso es lo que quisimos hacer creer ─ intervino, por fin, Baderkar ─. Es algo demasiado valioso como para compartirlo con cualquier hechicero. Estamos haciendo una excepción con vos, muchacha. Sabemos que lo usaréis sabiamente.

─ Lina. ¿Sabes de qué están hablando? ─ Preguntó Gourry. Los ojos del espadachín lagrimeaban de tantas veces que había bostezado.

─ ¿Que si lo sé? ─ la voz de Lina temblaba de excitación ─. Es… es el grial de los magos, el tesoro al que aspira cualquier hechicero. Si no me equivoco… estáis hablando del Hechizo de los Cinco Sabios.

A las palabras de Lina las sucedió un silencio cargado de expectación. Lina tenía los ojos clavados en las pupilas amarillas de Sar Vanion, que la escrutaban con un rostro insondable mientras sus labios sonreían. Fue Baderkar quien rompió el silencio:

─ Habéis acertado ─ dijo el anciano, con la voz algo cortante ─. Éste es el legado de los Cinco Sabios, el tomo en el que se guardan los secretos de la creación de un poderosísimo sortilegio: el Wise Disaster… uno cuyo poder supera al de cualquier conjuro que hayáis utilizado en el pasado.

─ ¿Incluso mi Giga Slave? ─ las palabras de Lina evidenciaban una clara exaltación.

─ Incluso vuestro Giga Slave ─ confirmó Baderkar ─. El hechizo creado por los cinco grandes magos de nuestro mundo, rescatado de las tinieblas del olvido. Os lo entregamos a vos, Lina Inverse… espero que seais consciente del honor que se os concede.

─ Creedme, soy muy consciente ─ Lina se acercó lentamente a la mesa de piedra, acercó una mano temblorosa al cofre y acarició con cuidado la cubierta del grueso y viejo libro. Después, alzó la vista con una mirada de confusión . Este libro, y el hechizo que contienen sus páginas, fueron realizados por la labor conjunta de los Cinco Sabios. ¿No es así?

─ Eso es lo que os hemos explicado ─ Baderkar asintió.

─ ¿Cómo es posible? ─ inquirió la maga negra ─. Los Grandes Sabios nunca coincidieron en el tiempo.

─ Buena pregunta ─ halagó Sar Vanion ─. Realmente es algo que seguimos investigando… Probablemente, la idea inicial la tuvo el primero de ellos. Su deseo sería realizar un hechizo definitivo, sondeando los límites de la magia, pero probablemente era muy consciente de que no podría alargar su vida para culminarlo. No se puede alcanzar la inmortalidad… yo lo sé bastante bien.

El mago rojo suspiró, y Baderkar tomó la palabra:

─ El libro está protegido con un sortilegio de considerable poder ─ explicó el presidente ─. El poderoso mago querría, sin duda, que un hechicero de su misma categoría prosiguiera el trabajo. Al morir, escondió el tomo a buen recaudo, dejando instrucciones de uso. No sabemos si fue cosa del destino, pero el libro tan sólo fue encontrado por aquellos magos alzados posteriormente bajo el título de Sabios. Ellos continuaron con la investigación, pues poseían el poder necesario para tal experimento, y la concluyeron… a no ser que tuvieran más planes y el tomo quedara inacabado, cosa poco probable.

Lina pensó fugazmente en Rezo. ¿Sería posible que en su larga existencia dedicara parte de su tiempo a dicha investigación, y no a su obsesión por eliminar su ceguera?. Y si es así... ¿Cómo diantres acabó el valioso tomo en manos de los hechiceros de Atlas? Eran interrogantes que en aquellos momentos no podía permitirse el lujo de investigar.

─ Como os he dicho, todo esto no son más que conjeturas… excepto lo de la magia protectora ─ Sar Vanion estrechó los ojos ─. Nadie en esta Asociación ha sido capaz de levantarla.

─ Esperad ─ Lina parecía alarmada ─. Si vosotros no habéis podido. ¿Cómo demonios suponéis que yo podré hacerlo?. ¿Y si no encuentro el modo de destruir el hechizo…?

─ Es que ya lo habéis hecho ─ Sar Vanion soltó una risotada ante la mirada incrédula de Lina, sustituida a continuación por una media sonrisa ─. Veréis, nosotros ni siquiera podíamos rozar el libro, pero vos lo habéis acariciado con las yemas de vuestros dedos sin ningún esfuerzo.

─ Sabíamos que vos podríais conseguirlo, éramos conscientes de vuestro potencial ─ Baderkar también sonrió y no nos equivocamos.

Kerkaat también estaba impresionado, muy a su pesar. ¿Habría estado viajando todo el tiempo con quien estaba destinada a ser una de las hechiceras más poderosas de la Historia? Observó cómo Brenkan rebullía con furiosos movimientos en su asiento, emitiendo un quedo gruñido.

─ Os aseguro que le daré un buen uso ─ fue todo lo que dijo Lina cuando se recuperó de la sorpresa lo suficiente para hablar. Con cierta inseguridad, tomó el anciano libro entre sus manos, acunándolo como a un recién nacido.

─ Estamos seguros de ello ─ dijo Baderkar ─. Por lo que parece, ya no hay mucho más que decir. Mi señora, debéis comenzar a estudiar el hechizo cuanto antes, tenéis que dominarlo antes de que sea demasiado tarde. Por supuesto, tiene sus riesgos… es posible que no sobreviváis a su poder.

─ ¿Cómo? ─ Gourry estaba adormilado, pero despertó de inmediato al escuchar las palabras del viejo mago. Kerkaat, sin embargo, vio la serenidad y la firmeza dibujadas en las facciones de Lina.

─ Salta a la vista. Cierto, es muy posible que no sobreviva, pero no sería la primera vez ─ la hechicera sonrió a Gourry, aunque con cierta tensión. Un gesto que el espadachín no le devolvió ─. Seguramente me resultaría más sencillo concentrarme aquí, pero debo regresar a Saillune. Nuestros amigos nos necesitan, y no puedo fallarles.

─ Ése es el espíritu ─ convino Sar Vanion, risueño ─. Pero no dejéis que la guerra os distraiga de vuestro cometido, el cual, paradójicamente, es vital para ganarla. Sin duda no podréis salvar la vida de aquel que contenía en su interior una de las partes de Ojo de Rubí. Una lástima… pero no podemos pedirlo todo.

Kerkaat sintió cómo se le encogía el estómago, y durante unos segundos le sobrevino un insoportable mareo. Vio cómo Lina echaba un escueto vistazo hacia él, pero el asesino fingió no advertirlo, como también fingió la agitación que persistía en su interior. Jamás se le había pasado por la cabeza que Laidanne pudiera morir; cada vez que hablaban de ella era para ir a rescatarla, pero no para recuperar su cadáver. "Estúpido", se dijo, cerrando los puños con fuerza, "eres un estúpido. Pues claro que no puede sobrevivir a ello: la ha poseído un dios demonio. De todos modos, no importa: esa mujer ya no significa nada para mí. Nada…"

¿Nada…?

─ Partid de inmediato ─ decía Baderkar en esos momentos y acabad con esta oscuridad. Lina Inverse, si pudisteis echar abajo la barrera del Libro de los Cinco Sabios, no albergo dudas de que podréis superar cualquier obstáculo.

─ Acabáis de recordarme algo ─ dijo Lina de repente ─. Seguramente vosotros también habréis notado la ausencia de los shinzoku. ¿Por qué?. ¿Por qué no han actuado?

El rostro de los magos se ensombreció, y se miraron unos a otros, incómodos. Con la excepción de Sar Vanion, que se limitó a torcer ligeramente la boca.

─ ¿Y vos, en cambio, señorita Lina, no os habéis preguntado dónde están los Señores Oscuros?. ¿El Amo de las Bestias?. ¿El Señor de los Hielos?. ¿El Soberano del Mar Profundo? ─ fue Baderkar quien habló ─. Están actuando, sí… pero su cometido es diferente, no se dedican a conquistar. Han establecido una barrera astral en torno a la esencia espiritual de Ojo de Rubí y lo han convertido en un ser casi imposible de localizar. Es como una pequeña versión del escudo que antes rodeara nuestro continente; con dos de los grandes demonios destruidos, y Dynast Grausherra malherido en el Plano Astral, eso era todo lo que podían hacer. Empero, ha resultado ser una táctica muy efectiva.

─ Los shinzoku sólo despiertan al notar su presencia ─ Lina abrió mucho los ojos ─, y las ciudades, los países del norte… ahora entiendo cómo es posible que una catástrofe semejante casi haya pasado desapercibida.

─ No os garantizamos el éxito del hechizo con esa barrera, mi señora ─ esta vez fue Parelish quien tomó la palabra ─, pero confiamos en encontrar pronto la manera de invocar la presencia de los dioses dragón. No quisimos informaros de la situación para no cargaros con más problemas; debéis centraros en vuestro objetivo.

Lina asintió. Pocos minutos después, el variopinto grupo no tardó en abandonar la estancia ─ Lina apretando los labios y dando violentos tirones a las mangas de su basta túnica, como si tuviera intención de desnudarse allí mismo ─, pero Kerkaat apenas si fue consciente de ello. Reflexionaba…

Reflexionaba acerca de sus propios sentimientos.

· · ·

Lina depositó la pluma al lado del tintero y emitió un suspiro de alivio. La carta era larga, pues en ella detallaba todos los pormenores del Concilio, dando especial énfasis a la situación actual de los shinzoku. Esperó a que el pergamino se secara, echando sobre él la arena que descansaba en un tarro de cristal para facilitar el proceso, lo enrolló y lo selló con el emblema de Atlas, para que la Capital de la Magia Blanca supiera de dónde procedía. Luego se incorporó, abrió la puerta de la habitación y se dirigió al hechicero de la túnica verde. El mago, muy amablemente, se había ofrecido a ocuparse de ellos como una especie de mayordomo personal.

─ Davian ─ dijo Lina, con voz cansada ─. ¿Estás seguro de que la carta llegará a Saillune?

─ Nuestros mensajeros son mágicos, mi señora. Llegará ─ el mago sonrió ─. ¿A quién va dirigida?

─ Eso no importa ─ Lina había aprendido a confiar en el joven mago, pero todo tenía un límite ─. Encárgate de que llegue lo antes posible.

El mago se inclinó en una reverencia y se marchó a paso raudo con el pergamino. Lina volvió a su habitación, una estancia grande, con balcón y bien equipada, que compartía con Gourry y Kerkaat, muy a su pesar. Los viajeros habían accedido a quedarse una noche en la ciudad, concretamente en la sede de la Asociación, para recuperar fuerzas por el arduo viaje, el combate y el también agotador concilio. Lina temía no poder descansar esa noche, pues tanto ella como sus compañeros se habían pasado prácticamente todo el día durmiendo. En aquellos momentos Gourry estaba sentado junto a la chimenea, afilando su poderosa espada a la luz de las llamas. La expresión de concentración y seriedad le confería un atractivo singular.

Al notar que le miraba, Gourry hizo otro tanto, sonriendo.

─ ¿Ya has acabado? ─ preguntó el espadachín. Lina asintió débilmente. Gourry se había sumido en un insólito mutismo desde que acabara la reunión; seguramente estaba preocupado por ella y por su precario futuro al emplear el nuevo hechizo, pero no le había increpado nada al respecto, cosa que agradeció enormemente… "Si él no confía en mí, nadie más lo hará".

─ ¿Dónde está nuestro querido amigo? ─ inquirió entonces ella, mirando a su alrededor.

─ Fuera, no le apetecía mucho charlar. Me parece que está de mal humor.

─ Qué raro ─ Lina torció la boca ─. Por momentos, me entran ganas de bajarle los humos.

─ ¿De veras? ─ se mofó Gourry, esbozando una mueca irónica ─. ¿No será que te irrita tanto porque es clavado a ti?

─ Yo no me parezco en nada a ése ─ graznó Lina con una voz peligrosa, ignorando la vocecilla interior que le decía que, por momentos, su mal humor y obstinación superaban con creces los del asesino. Gourry se encogió de hombros.

─ Vale, vale, no he dicho nada ─ dijo, en un tono bastante poco convincente. La hechicera suspiró, dispuesta a cambiar de tema.

─ En fin… ahora sólo espero que Sylphiel reciba la carta ─ dijo ─, y que al menos sea consciente de lo que sucede…

─ Todo el mundo es muy consciente de lo que sucede. Estamos en guerra. ¿No? ─ Gourry acentuó su sonrisa y apartó la vista, volviendo al trabajo. ¿Habían sido imaginaciones suyas o en su voz había un atisbo de amargura? Pero obviamente, la conversación se había acabado. Encogiéndose de hombros, la maga negra se encaminó al balcón; apartó los amplios cortinajes y salió al extenso semicírculo exterior, coronado únicamente por la luz de las estrellas. Esa noche había luna nueva. "Incluso la luna se oculta", pensó con tristeza. Kerkaat estaba sólo, apoyado en la barandilla, meditabundo. El suave aire nocturno agitaba su cabello azabache.

─ Por favor, si me hubieras dicho que ibas a hablar tanto no te hubiera pedido que nos acompañaras ─ dijo ella, sarcástica, cuando se acercó al asesino. Pero éste ni siquiera se inmutó; como mucho, echó a la recién llegada una mirada soslayada llena de irritación ─. ¿Qué haces aquí?

─ ¿No es evidente? ─ Preguntó él, tan cortante como siempre ─. Estoy descansando.

─ Pensando, más bien ─ observó la maga.

─ ¿Acaso importa?

Para su sorpresa y la del asesino, Lina esbozó una sonrisa amigable.

─ Supongo que no ─ fue la respuesta de la hechicera ─. En momentos como éste, la gente desea estar sola.

Kerkaat la miró y abrió la boca, pero tras unos cuantos temblores, volvió a cerrarla. Ambos permanecieron así varios minutos, sin pronunciar palabra, absortos en sus propias dudas y temores. Pero finalmente, fue él quien rompió el silencio:

─ Laidanne… morirá ─ el asesino clavó en ella sus ojos negros ─. ¿Verdad?

─ Eso no lo podemos saber ─ Lina no respondió de inmediato ─, pero es muy posible que no sobreviva.

─ Te agradezco tu honestidad ─ replicó él, cáustico y con un visible estremecimiento.

─ Me has hecho una pregunta y yo te he respondido.

─ Sigue viva… simplemente, lo sé ─ Kerkaat acarició distraídamente el colgante de la esmeralda ─. Pero desde hace dos noches me asaltan sueños… pesadillas en las que Feäntor me observa, me insta a actuar. Casi percibo una luz de acusación en sus ojos, como si… como si me culpara a mí por la situación de Laidanne.

Lina no pudo evitar sorprenderse. Ahora que lo pensaba, hacía días que no había vuelto a tener pesadillas referentes al lobo, lo cual, por otro lado, era un alivio. No obstante, la sorprendió comprobar que Kerkaat había experimentado algo similar, por no decir lo mismo. Abrió la boca para interrogarle al respecto.

─ Laidanne y yo… éramos asesinos.

─ ¿Cómo? ─ Las palabras, pronunciadas con intensa amargura, pillaron por sorpresa a Lina, que miró a su compañero con detenimiento y olvidó por completo cualquier interrogante con respecto a Feäntor. Él seguía observando las estrellas.

─ La conocí en Yanavar, y estuvimos a punto de matarnos el uno al otro ─ prosiguió el asesino, esbozando una tenue sonrisa que acompañó con un suspiro ─. Pero no tardamos en formar un gran equipo. Fui yo quien la instó a abandonar ese maldito territorio en el que estaba exiliada; había sido una druida, expulsada de su tribu por asesinato, y desde entonces había estado sola, con la única compañía de Feäntor. Me enamoré de ella, y ella de mí. Fuimos compañeros, y juntos acabamos siendo la pareja de asesinos a sueldo más temida. Nos creíamos imbatibles. Éramos muy jóvenes… como tú.

Lina apretó los dientes, pero se contuvo. No quería estropear la historia de Kerkaat con un ataque de ira, y más ante la sorpresa que le había causado saber que la dulce elfa también había sido una sicaria.

─ Pero ocurrió algo ─ Kerkaat parecía hablar más para sí mismo que para ella ─. Por algún motivo, ella empezó… a cambiar. No le agradaba su vida, los asesinatos que había cometido a mi lado le pesaban en la conciencia. Se sentía como un simple instrumento de venganza, un instrumento que pasaba de mano en mano, al igual que yo. No podía comprenderla. Me dijo en más de una ocasión que me olvidara de mi vida de asesino; podríamos volver a Yanavar, donde teníamos nuestro refugio, y vivir ahí, juntos… para siempre. Yo me negué en redondo. ¿De qué viviríamos, si no era matando? Creía que era sólo un capricho pasajero… hasta que me traicionó.

─ ¿Qué sucedió? ─ Inquirió Lina, cautelosa. Tras un tenso silencio, él le respondió:

─ Teníamos un nuevo trabajo ─ la voz de Kerkaat sonaba en un susurro ─. Un nuevo contrato: ella me lo dijo, me lo explicó con detalle. Debíamos ir a cierto descampado, y allí encontraríamos a la presa. Yo la creí, por supuesto: confiaba en ella más que en mí mismo. Cuando llegamos, Laidanne me dijo que me adelantara, que ella me cubriría con su magia ─. El rostro de Kerkaat se contrajo de dolor, y Lina sintió una súbita oleada de compasión ─. Pero cuando llegué al lugar indicado, lo único que me encontré fue una emboscada. Los soldados, decenas de ellos, se abalanzaron sobre mí. Podría haberme defendido, pero sólo era consciente de la traición, la traición… Laidanne me miraba: sus ojos verdes me observaban con tristeza, pero los míos sólo contenían odio.

Lina asintió. No era ella la que había pedido escuchar la historia, pero por fin empezaba a comprender.

─ ¿Y ella? ─ inquirió la hechicera ─. ¿También fue capturada?

─ Me dijo que se entregaría si yo no oponía resistencia, que cumpliría condena al igual que yo ─ Kerkaat soltó una triste risita ─. Dijo que debíamos pagar por nuestros crímenes… que a cambio, la justicia no nos ejecutaría. Me ofreció una vida tranquila, lejos de la muerte, una vez pudiéramos estar libres. Pero yo… ─ Kerkaat vaciló ─ yo sólo pude decirle que la próxima vez que la viera, la mataría. Y ésa… fue la última vez que la vi, hasta ahora.

─ Sabes que Laidanne hizo lo que hizo porque te quería ─ Lina intentó que su voz no sonara acusadora ─. ¿Verdad?

─ Es algo que me he dicho muchas veces ─ el asesino se frotó las sienes con los dedos. Sus mechones negros cayeron, ocultando su rostro ─. He… cambiado… todo esto me ha convertido en un hombre diferente ─ a juzgar por su tembloroso timbre de voz, diríase que le costaba sobremanera admitir aquello ─. Aunque quiera negarlo, en el fondo sé que es así. Si… si Laidanne estuviera a salvo, yo…

Kerkaat suspiró, y Lina esbozó una tenue sonrisa. El asesino miró a la maga negra a los ojos y, por primera vez, ella vio brillar una luz diferente en esas pupilas, oscurecidas por las consecuencias de una existencia difícil.

─ Dime que salvarás a Laidanne ─ dijo él, en un susurro ─. Dime que lo intentarás. Si lo haces… te seguiré hasta el mismísimo infierno.

Lina meditó su respuesta unos instantes y, después, habló. Las estrellas y la ausente luna fueron testigos de sus palabras:

─ Te prometo que Laidanne no morirá si yo puedo evitarlo.

Sorprendentemente, Kerkaat sonrió, con una sonrisa franca, sincera. El cambio fue impresionante, como si el asesino hubiera rejuvenecido una década, y Lina pudo contemplar por primera vez al hombre que fue, atractivo y valiente aun a pesar de sus crímenes, y no a aquél en el que se había convertido. La hechicera decidió permanecer al abrigo de la noche un tiempo más, implorando a los dioses para que le permitieran recuperar a la elfa con vida.

· · ·

El acólito atravesó los pasillos como alma que llevara el diablo, o el propio Shabranigudú, cosa que no sería tan extraño. Abrió las puertas del oratorio con fuerza y se plató ante la Suma Sacerdotisa en cuestión de segundos. Ésta, con un parpadeo, interrumpió sus oraciones a los ausentes dioses. El rostro se Sylphiel estaba cubierto por una película de sudor; se sentía como si necesitara llegar a un sitio con urgencia, pero la puerta se cerrara en sus narices unos segundos antes de que lo consiguiera. Secándose la frente con las mangas de su túnica, miró al clérigo con aparente calma.

─ Mi… señora… Sylphiel ─ el mago blanco parecía estar pasándolo peor. Su rostro estaba enrojecido, y jadeaba por el esfuerzo de hablar ─. Ha llegado… una… una carta para vos.

─ Tranquilizaos ─ Sylphiel sonrió ─. ¿Quién la envía?

─ Lina Inverse… mi señora ─ respondió él. Sylphiel suspiró y cerró los ojos; en parte, sus oraciones habían tenido respuesta. Agradecida, la sacerdotisa despidió al acólito. El joven, al igual que ella, y que todos, tenía mucho que hacer.

"Todos están sumamente ocupados desde que las líneas enemigas comenzaran a divisarse en el horizonte", reflexionó, con una punzada de temor. Se encerró en el pequeño cuarto anexo y desenrolló el pergamino a la luz de una vela. La arruga de preocupación en su entrecejo fue aumentando progresivamente a medida que seguía leyendo.

Cuando terminó de leer, fue ella la que abandonó la estancia casi a la carrera. El corredor era un hervidero de magos blancos, clérigos y sacerdotes, demacrados por el esfuerzo de levantar y acrecentar las defensas del reino. Sylphiel sabía que no debía molestar a ninguno, y que ella misma debería estar aportando su ayuda, como Suma Sacerdotisa del Templo de Ceiphid; pero acababa de tomar una decisión, y era menester que su principal confidente lo supiera. Detuvo a uno de los clérigos.

─ Disculpa ─ dijo, con modestia ─, pero necesito que hagas algo por mí. ¿Podrías ayudarme?

─ Vos sois la Suma Sacerdotisa, mi señora ─ dijo el interrogado, extrañado.

─ Intenta comunicarte con la princesa Amelia. Dile que necesito que se reúna conmigo aquí, ahora ─ el sacerdote abrió mucho los ojos, y Sylphiel sintió que su resolución flaqueaba por momentos ─. Por favor. Es muy urgente… no te lo pediría si no fuera así.

─ Haré lo que pueda ─ con una reverencia, el mago salió a la carrera. Sylphiel suspiró y volvió a la sala. Esperaba que Amelia no tardase, aunque era muy consciente de que ella, al igual que su padre, su tío y los altos cargos de Saillune, era la que más ocupada estaba. Llevaría a cabo su plan aunque nadie lo supiera, pero era mil veces preferible que al menos su amiga estuviera al corriente. Dedicó varios minutos a orar ante la estatua de Ceiphid, rogándole que le infundiera valor; no sabría decir cuánto tiempo transcurrió desde entonces.

Se incorporó, con un acuciante dolor en las rodillas por la incómoda postura, y regresó al corredor. Esta vez, se dirigió a sus habitaciones, y una vez en ellas, al amparo de las sólidas paredes marmóreas, suspiró, apoyada en las puertas. Se frotó los brazos con persistencia; la noche era fría, o quizás era un efecto causado por su propio miedo. ¿Se equivocaría?. ¿Fallaría a los ciudadanos de Saillune por una idea irrealizable? Sacudió la cabeza, decidiendo no darle más vueltas: era algo necesario, lo supo desde que había recibido el mensaje de Lina. Se aproximó al baúl que descansaba al pie de su cama y lo abrió.

En él, se hallaban las únicas pruebas de que una vez, hacía mucho, había sido sacerdotisa de su ciudad natal, Sairaag. Sus ropas de viaje, cuidadosamente dobladas, reposaban junto a la estola de su antiguo clero. Sobre ellas, descansaba el magnífico cetro rematado por una esfera de cristal con el que, hacía lo que le parecía un milenio, había ayudado a Lina, a Gourry y a los demás en la ardua batalla contra el clon de Rezo. "Qué lejano me parece todo…", se sorprendió a sí misma deseando regresar a esos tiempos. Resignada y melancólica, comenzó a desvestirse.

Cuando Amelia llegó, ya estaba ataviada con su túnica de viaje violácea, sus pantalones blancos y sus botas, capa negra y hombreras. De nuevo permanecía en el oratorio, rezando a Ceiphid con el magnífico cetro entre sus manos. La princesa irrumpió en el lugar en esos momentos.

─ Sylphiel ─ el tono de Amelia sonaba cansado, y asustado ─. Estaba ocupándome de la seguridad de las mujeres y los niños cuando he recibido tu mensaje. ¿Qué sucede?. ¿Qué… por qué estás vestida así?

Esta vez, en su voz se apreciaba notable confusión. Sylphiel, sonriendo con tristeza, se incorporó. Amelia estaba pálida, sus ojos azul oscuro surcados por profundas ojeras. Su blusa, capa y pantalones blancos estaban arrugados, como si hubiera dormido con aquellas ropas.

─ Debo irme, Amelia.

─ ¿Qué? ─ la princesa tragó saliva con esfuerzo. Por toda respuesta, la sacerdotisa se aproximó a ella y depositó la carta entre sus trémulas manos.

─ Es de Lina ─ dijo ─. Ahora ya sé por qué los shinzoku no despiertan. Si la lees, lo entenderás.

─ ¿Pero por qué tienes que irte? ─ Amelia parecía a punto de sucumbir a la desesperación ─. La ciudad es un caos. Incluso a mi padre y a mi tío les cuesta controlarla. Zel y yo hacemos lo que podemos, pero… te necesitamos, Sylphiel. ¿Qué será de la defensa de la ciudad si te vas?

─ Aquí hay sacerdotes igualmente capacitados para esa tarea ─ de repente, Sylphiel tenía ganas de echarse a llorar. Pero debía ser fuerte. Depositó sus manos enguantadas sobre los hombros de Amelia ─. Tengo que hacer esto. Si los dioses dragón no reaccionan por sí mismos, alguien tiene que ir a despertarlos.

─ ¿Y adónde piensas ir? ─ a la princesa le costaba hablar; su voz sonaba ahogada.

─ Al lugar en el que habitan los emisarios de los dioses ─ Sylphiel sonrió ─. A las Montañas de Kataart.

Amelia dio un respingo, sobresaltada ante la noticia.

─ No llegarás a tiempo.

─ La ciudad resistirá hasta mi regreso. Pero para conseguirlo, debo partir ya.

─ ¿Y cómo piensas esquivar a las hordas de monstruos¿y si los demonios te localizan? ─ Amelia parecía desesperada por encontrar un argumento convincente.

─ Yo soy una sola persona, mientras que Saillune es el Reino de la Magia Blanca ─ Sylphiel intentó parecer firme en su decisión ─. No se fijarán en mí.

Sólo cuando Amelia, frustrada, bajó la vista sin saber qué más decir, la Suma Sacerdotisa prosiguió:

─ Amelia… sabes de sobra que sin ayuda no podremos contra los mazoku. Ahora son sólo monstruos los que nos acosan, pero pronto serán demonios… y el propio Shabranigudú ─ Sylphiel suspiró ─. Por favor, necesito saber que al menos tú me apoyas.

Amelia la miró y parpadéo repetidas veces para evitar las lágrimas que pugnaban por salir.

─ De acuerdo ─ dijo al final, la voz entrecortada. Aun así, se empecinaba en fruncir el ceño y apretar los puños, sin duda recurriendo a los ideales que cimentaban su valor ─, lo entiendo.

La Suma Sacerdotisa experimentó en ese momento una profunda sensación de gratitud, y estrechó a Amelia en un fuerte abrazo, susurrándole también que se despidiera de Zelgadis de su parte; la princesa, desolada, no tardó en regresar a la ciudad, dispuesta a continuar con la tarea encomendada. Sylphiel dejó instrucciones al clérigo más capacitado, sin informarle de sus verdaderas intenciones. Se cubrió con su capa a modo de capucha para pasar desapercibida y se abrió paso entre el ajetreo asustado y expectante de las calles de Saillune, otrora tranquilas y apacibles. Se adentró en los establos cercanos y alquiló con rapidez un caballo; tuvo suerte, pues ni siquiera el mozo de cuadra pareció percatarse de su identidad, a pesar de que la atendió con rigurosidad.

Abandonó Saillune por una de las grandes puertas traseras, que sorprendentemente estaban desprotegidas, aunque probablemente rodeadas por una barricada mágica; las hordas enemigas se aproximaban por el sur, pero no tardarían en rodear la ciudad. Se alejó al galope, ocultándose de las miradas ajenas; corriendo contra el tiempo, escoltada por las estrellas. Sólo cuando estuvo ya a considerable distancia de la ciudad, se detuvo en lo alto de una ladera y miró tras de sí. El enjambre de monstruos levantaba una línea de polvo gris y negro, que se acercaba inexorable a su destino: la Capital de la Magia Blanca.

Sylphiel se mordió el labio y emprendió de nuevo el galope; tenía una misión que cumplir.

· · ·

─ ¡Princesa Amelia, os estábamos buscando! ─ gritó con creciente alivio uno de los soldados ─. No tenéis de qué preocuparos: la mayor parte de la población incapacitada para luchar se encuentra sana y salva en los subterráneos de Palacio.

"Sana y salva… ¿hasta qué punto estarán a salvo cuando empiece la batalla?"

─… queríamos informaros, y no sabemos qué debemos hacer ahora… mi señora. ¿Estáis bien?

Amelia parpadeó, cayendo en la cuenta por primera vez de que le estaban hablando a ella. Sus pasos la habían llevado, sin que ni siquiera se diera cuenta, al patio de Palacio, y frente a ella, un macilento soldado, cabecilla de un grupo de al menos treinta, aguardaba órdenes. En su cerebro todavía tronaban con fuerza las palabras de Sylphiel, su decisión de marcharse. "No puedo flaquear ahora", se dijo, frunciendo el ceño, "mi pueblo me necesita".

─ Habéis hecho un buen trabajo ─ dijo, intentando conferirle a sus palabras el mismo ánimo de siempre ─. Sin duda los dioses de la Justicia han sido testigo de ello. Ahora id junto a mi padre; os necesitará para la defensa del Palacio.

El soldado asintió con una reverencia, y el grupo abandonó el patio con pasos raudos, pero cansados. Amelia miró a su alrededor; se repetía la misma situación en todos los casos: capitanes que daban órdenes a los soldados, guardias que corrían de un lado a otro armados hasta la médula… "¿Y de qué servirá?", se dijo Amelia, el peso de la consternación cayendo sobre ella, irrefrenable pese a sus arduos esfuerzos por contenerlo, "Sylphiel se ha ido, y tampoco están aquí Lina y Gourry. Los dioses nos dan la espalda… ¿y qué puedo hacer yo?"

Sintió cómo los ojos le ardían, y respondió con un cabeceo ausente a la pregunta de uno de sus súbditos, interesándose por su salud. Se sentía mareada, como si todos los rostros que la observaban quisieran devorarla. Se alejó a toda prisa de las miradas ajenas y encontró un recóndito lugar del patio completamente vacío. En cuanto estuvo segura de que nadie la veía, se derrumbó sobre un desgastado banco de piedra y comenzó a llorar. Sollozando, se acordó de su madre, sin saber por qué, y del día en que la había perdido. Realmente, apenas recordaba su rostro: era demasiado pequeña por aquel entonces; no obstante, sí era capaz de evocar la calidez de su regazo, su voz suave cuando le cantaba canciones antes de dormir, su risa… una risa que ahora también comenzaba a difuminarse en el tiempo.

─ ¿Amelia…?

Con un sobresalto, la princesa se secó las lágrimas de los ojos. Alzó la vista sonriendo, completamente segura de que la voz que invocaba su nombre sólo podía ser de Zelgadis.

… pero no era Zel quien la observaba con arrugas de preocupación en su entrecejo, sino sir Lorrick. Sintió una súbita oleada de decepción. El caballero se sonrojó y carraspeó:

─ ¿Princesa Amelia? ─ repitió, recordando esta vez el título de rigor ─. ¿Os encontráis bien?

De repente, Amelia se sintió culpable por su reacción. Sir Lorrick se interesaba por su bienestar, y ella le correspondía desilusionándose al ver un rostro humano, en vez de a una quimera.

─ Sí, estoy bien, sir. No os preocupéis ─ Amelia suspiró, sosegándose, apretando los puños para recuperar su integridad y su firmeza. "¿Cómo he podido derrumbarme así? No puedo permitírmelo. Ahora no…" Escuchó el ruido metálico provocado por la armadura de sir Lorrick cuando el caballero zefiriano se acercó a ella ─. Es sólo que… estaba indispuesta.

─ Por supuesto… esta guerra afecta el ánimo de todos ─ dijo él. Amelia le miró y sintió un estremecimiento. Los ojos claros del hombre la observaban comprensivos, pero también con una intensidad poderosamente extraña ─. No estáis bien, mi señora… Soportáis demasiada presión. Ya es admirable que hayáis aguantado tanto; sois una mujer fuerte.

─ No… no es para tanto ─ azorada, Amelia no sabía qué más añadir. Sir Lorrick estaba considerablemente hablador, y el trato que le otorgaba, como si se conocieran de toda la vida, la confundía sobremanera. De repente, el caballero se arrodilló ante ella.

─ Princesa Amelia ─ el nerviosismo del individuo se contrastaba en algo con su rostro severo y solemne ─, yo… me gustaría serviros de apoyo, que confiarais en mí cuando la desolación se adueña de vos.

─ Gra… gracias ─ de repente, Amelia había olvidado el uso de las palabras. Lorrick esbozó una leve sonrisa.

─ ¿Sabéis que ya os conocía? ─ inquirió ─. Hace años, cuando tenía vuestra edad, mi padre, por aquel entonces capital de la Guardia de Zefiria, fue enviado para escoltar a uno de los grandes nobles del país, que tenía asuntos que tratar con vuestro padre ─ el caballero acentuó su sonrisa, perdiéndose en el pasado ─. Yo tan sólo era un escudero, joven e ingenuo. Fue entonces cuando os vi, una niña revoltosa y encantadora que no dejaba de reír. Espiabais el encuentro oculta tras una de las columnas, junto a vuestra hermana.

─ No lo sabía ─ era verdad. ¿Qué edad debía tener por aquel entonces?. ¿Seis años? ─. Os ruego que me disculpéis. Sin duda recordaría a alguien como vos.

─ Sois muy gentil ─ Sir Lorrick soltó una queda risita y tragó saliva perceptiblemente ─. Desde el momento en que os vi, de algún modo supe que estaba destinado a encontrarme de nuevo con vos ─ el caballero tomó de improviso la mano de Amelia entre las suyas, y esta sintió que se le paraba el corazón ; y cuando os he vuelto a ver… lo he visto claro.

─ ¿Qué… qué habéis visto claro? ─ la voz de Amelia parecía pertenecer a otra persona.

─ Mi señora ─ comenzó él ─, no soy un príncipe, ni un rey. Ni… ni estoy destinado a serlo. Pero procedo de un noble linaje, por lo que espero que mi deseo no os suene extraño ─ las grises pupilas de Lorrick escrutaron a una embobada Amelia ─. Desearía casarme con vos.

─ ¿Qué? ─ la joven intentó no sonar alarmada o descortés, pero no lo consiguió.

─ Sé que os sorprende ─ sir Lorrick titubeaba ─, apenas me conocéis, y puede que me consideréis demasiado viejo para vos. Pero… estoy seguro de que podríais llegar a amarme, si me aceptáis. ¿Qué respondéis, mi señora?

Amelia cerró la boca, dándose cuenta de que la había tenido abierta todo el tiempo. Durante un breve instante, absorbida por lo idílico del momento, estuvo a punto de decir que sí. Al fin y al cabo. ¿No es eso con lo que sueña toda muchacha? De pequeña imaginaba precisamente que su destino se sucedería de tal modo: un noble caballero, apuesto y honorable, le pediría en matrimonio. Jugaba y fantaseaba a menudo con ello, compartiendo sus secretos con su madre, pues a su hermana Gracia no le interesaban esas cosas y la consideraba tonta por ello.

Todo era perfecto. Todo.

Entonces. ¿Por qué no se sentía feliz, sino abatida?

La respuesta apareció en escena, en forma de una quimera seria, de piel azulada y pelo color platino. Zelgadis se detuvo; su semblante permanecía inalterable, y observó la escena sin pronunciar palabra. Al verle, Amelia se levantó de un salto, y sir Lorrick, extrañado, miró tras de sí.

─ ¿O… ocurre algo, Zel? ─ aunque intentó serenarse, sentía cómo le ardía la cara ─. ¿Se trata de mi padre?

─ Te está buscando ─ se limitó a decir Zel, con su calma habitual ─. No es un buen momento para desaparecer en el patio con la placentera compañía de caballeros, Amelia.

La aludida bajó la vista, avergonzada, aunque también en parte indignada por la injusta reprimenda. Sir Lorrick frunció el ceño.

─ No es culpa suya. La princesa ha pasado por demasiado ─ dijo el caballero ─. Deberíais comprenderla.

─ Todos lo estamos pasando mal, pero eso no es excusa ─ respondió Zelgadis, taladrando al capitán zefiriano sin un asomo de compasión. De repente, Amelia sintió un acceso de ira. ¿Por qué no podía Zelgadis ser como Lorrick?. ¿Por qué tenía que ser siempre tan egoísta? Sin mirar a ninguno de los dos, la muchacha se abrió camino.

─ Si me disculpáis ─ musitó, con voz gélida. Al pasar junto a Zelgadis no percibió ningún movimiento en él. Antes de que pudiera desaparecer, el caballero la detuvo:

─ Princesa ─ invocó, con voz queda ─, prometedme al menos meditar mi propuesta.

─ Lo haré ─ Amelia no respondió de inmediato, vacilante. Su mente era un océano de confusión. Sin perder más tiempo, se encaminó rauda hacia el castillo.

"Caballeros, quimeras…", pensó, furibunda, "¡ojalá desaparecieran todos!"

· · ·

La tensión aumentó notablemente en el ambiente cuando Amelia se marchó. Sólo permanecieron en el lugar Zelgadis y sir Lorrick. El caballero le escrutaba con aquellos dos trozos de hielo recubiertos de niebla, analizándolo, juzgándolo. Zel puso buen cuidado en hacer lo mismo con él.

─ Sois un hombre silencioso ─ Lorrick se vio obligado a romper el incómodo silencio; una pequeña victoria adjudicada a la quimera.

─ Lo tomaré como un cumplido ─ dijo Zel, irónico ─. Creo que el príncipe Phil también desearía que su capitán zefiriano estuviera con él.

Zelgadis dio media vuelta para marcharse, pero Lorrick no estaba tan dispuesto a dejarle escapar.

─ ¿Qué clase de relación tenéis con la princesa? ─ inquirió, con voz fría y aparentemente desapasionada. Todavía dándole la espalda, Zel esbozó una mueca.

─ ¿Por qué debería daros explicaciones, sir?

─ Mera curiosidad ─ respondió el humano ─. Salta a la vista que ella os aprecia. Cuando llegué aquí, me dio por pensar que quizá os unía una relación aún profunda.

─ Pues me temo que os equivocáis: sólo somos amigos ─ respondió la quimera de forma automática.

─ Entonces, no os importará saber que le he propuesto matrimonio.

Es curioso: de repente, las tripas de Zelgadis comenzaron a retorcerse como si fueran un manojo de serpientes, pero se aseguró de no demostrarlo.

─ Interesante… pero. ¿es ella o su trono lo que os interesa? ─ Preguntó la quimera en un peligroso susurro; no sabía por qué, pero tenía la imperiosa necesidad de hacer esa pregunta, y el sólo hecho de pensar en la posible respuesta de su interlocutor hacía que le hirviera la sangre como tan pocas veces le sucedía. El rostro de Lorrick se contrajo de ira al tiempo que daba un paso hacia él, pero posteriormente pareció serenarse y, suspirando y recuperando el control de sus acciones, respondió:

─ Amaría a la princesa Amelia aunque fuera una simple campesina de alguna modesta granja.

De algún modo, era la respuesta que deseaba oír; pero, también de algún modo, hubiera deseado no escucharla jamás. Debería haberlo dejado ahí, dar media vuelta y marcharse, ignorar un terreno que a él no le concernía en absoluto. Pero otra pregunta, aquélla que ansiaba formular desde el principio, afloró a sus labios como si estos escaparan al control de su voluntad:

─ ¿Qué os ha respondido? ─ La quimera intentó hacer que su voz sonara como quien pregunta por el tiempo.

Esta vez, fue Lorrick quien sonrió. Zel no pudo verlo, pero sí sentirlo.

─ Como amigo suyo, deberíais saberlo.

Dicho esto, sir Lorrick pasó junto a la quimera, con movimientos pausados al compás del sonido metálico de su armadura. Sin ni siquiera dignarse a echarle un vistazo, el capitán desapareció, tomando el mismo camino que había seguido Amelia.

Tras unos segundos de reflexión caótica, la quimera emprendió la marcha por el camino contrario.

· · ·

La mañana amaneció suave y despejada en Atlas, en apariencia ignorante al caos que se desataba en el sur. Los viajeros invitados al concilio se levantaron casi a la salida del sol, dispuestos a reabastecerse de provisiones, preparar la marcha de regreso a Saillune y, en el caso de la hechicera y el espadachín, llenar sus estómagos con una media de un plato de comida por segundo. Se despidieron de los hechiceros, especialmente de Baderkar el Negro, y se apresuraron a reemprender la marcha, para desgracia de Lina nuevamente a caballo.

─ Debéis conservar vuestras energías ─ argumentó el anciano presidente cuando Lina anunció sus quejas al respecto ─. Necesitaréis de todo vuestro potencial para invocar un hechizo tan poderoso, el cataclismo de la magia espiritual.

Al llegar a las puertas de Atlas, sucedió algo que sorprendió sobremanera a la maga negra: Sar Vanion el Rojo, ataviado con una distinguida y ornamentada túnica roja que lucía como si se tratara del manto de un rey, se unió a ellos montado a lomos de un magnífico semental blanquinegro. Tras él iban Parelish el Blanco, Brenkan el Azul y Davian el Verde, encabezando un grupo conformado por media docena de hechiceros.

─ Nos dirigimos al campamento de Saillune situado al norte de la capital ─ anunció el vicepresidente con su habitual tono entre astuto y mordaz ─. Comandaré en él a partir de ahora. He pensado que podemos viajar juntos hasta entonces. Seguiremos recto hacia el este, atravesando Ralteague; no es un desvío demasiado grande con respecto a vuestra ruta anterior.

─ Será un honor serviros hasta que nos separemos, mi señora Lina ─ Davian, el joven mago verde, se inclinó en una reverencia.

─ Vaya, qué amables ─ Gourry sonrió ampliamente, pero Lina, frunciendo los labios y no muy convencida, se limitó a asentir.

El viaje transcurrió de manera apacible. Gourry parecía haber trabado rápidamente amistad con Davian; ambos tenían algo en común: eran idiotas y se reían por cualquier tontería, o al menos eso pensaba Lina. Sar Vanion explicaba animadamente algo a su discípulo, con su pícara sonrisa, y Parelish escuchaba muy atento y ciertamente sorprendido, con las mejillas levemente teñidas de un rubor rosaceo. "¿Qué demonios le estará enseñando ese mago pervertido?" Tras ellos, como un lobo guardián, permanecía el hosco Brenkan, sin pronunciar palabra. Lina y Kerkaat abrían la marcha, intentando no mezclarse demasiado con el grupo de hechiceros. El asesino, tan taciturno y callado como siempre, de vez en cuando murmuraba entre dientes largas peroratas de las cuales Lina sólo entendía palabras como "malditos hechiceros" y "condenados demonios".

De repente, transcurridos unos minutos, Parelish apareció a su lado, montado sobre su yegua grisácea. Lina dio un respingo al no advertir su presencia, aunque Kerkaat no pareció demasiado sorprendido.

─ Estáis muy callada, Lina ─ comentó el joven ─. ¿Preocupada?

─ Dentro de unos días tendré que jugarme la vida intentando dominar un hechizo legendario, deberé usarlo contra un dios demonio y tendré que impedir la destrucción del mundo ─ Lina suspiró, exasperada ─. ¿Tú qué crees?

Por toda respuesta, Parelish rió modestamente.

─ Mis disculpas, supongo que tenéis razón ─ dijo el mago. Tras unos instantes de silencio, retomó la palabra : He notado que no preguntáis.

─ ¿Preguntar qué? ─ Lina se aburría por momentos.

─ Sobre nosotros, nuestras labores en la Asociación ─ Parelish acentuó su sonrisa ─. ¿No sentís curiosidad?

─ No demasiado ─ admitió Lina ─. No hay mucho que saber, supongo… ¿o sí? Lina dirigió una mirada suspicaz al inocente Parelish, quien no mudó su expresión apacible ─. De acuerdo… realmente ese Sar Vanion me trae de cabeza. No sabría decidir si me cae bien o mal.

─ El maestro suele producir ese efecto ─ ambos miraron tras de sí con disimulo. Brenkan hablaba a Sar Vanion con gravedad, pero éste respondía a todas sus palabras con una despreocupada sacudida de cabeza.

─ Es poderoso ─ musitó Lina ─. Sin duda debe tratarse de un hechicero negro de extraordinario poder. Maneja la magia ofensiva. ¿No es así?

─ Cierto… aunque no es el único arte que domina ─ dijo Parelish ─. Es nigromante.

Lina tiró de las riendas sin darse cuenta, e hizo caso omiso al relincho furioso de su montura. Tenía los ojos desorbitados.

─ ¿Un nigromante? ─ repitió, incrédula ─. ¿Un mago de la muerte?. ¿Un señor de los muertos?

─ Dicho así, suena hasta siniestro ─ comentó Parelish, con una sonrisa nerviosa ─. Así es, el maestro Sar Vanion estudia a los muertos, así como la oscuridad, la resurrección… incluso la inmortalidad. Pero no le prejuzguéis por ello: Sar Vanion sabe dónde están sus propios límites.

Lina no rebatió al joven hechicero. El mago rojo era aún un misterio para ella, pero había llegado a apreciar su cautela.

─ ¿Y cómo es que un muchacho como tú, ataviado con el honor de la túnica albina, le sirve como discípulo? ─ Preguntó Lina ─. Sin duda dominarás el terreno de la magia blanca.

─ Así es. Pero jamás quise recluirme en un templo; decidí servir como mago blanco en la Asociación tras graduarme. Y respondiendo a vuestra pregunta… ─ Parelish suspiró, disfrutando del brillo del sol ─. El maestro me descubrió y supo ver mi potencial. Gracias a él, acabé estudiando magia… pero eso es otra historia. Tengo mucho que aprender de él; no por ser nigromante carece de sabiduría.

─ Y sin duda has adquirido lo mejor que podía ofrecerte ─ halagó insólitamente Lina ─. Tú también eres poderoso, a pesar de tu juventud. ¿Cuántos años tienes?. ¿Dieciséis?

─ No, mi señora ─ Parelish volvió a reír ─. Tengo catorce.

Lina dejó traslucir su sorpresa unos instantes, pero enseguida continuó como si no fuera algo tan impresionante:

─ Bueno, no debería sorprenderme si yo me gradué a los trece ─ dijo, cediendo nuevamente a su orgullo ─. Dime una cosa… hay tensiones patentes entre Sar Vanion y Baderkar. ¿No es así? En el Concilio, él lo acusó de…

─ Baderkar es un hombre sabio y se merece el puesto ─ la interrumpió Parelish con seriedad ─. Las condiciones de su ascensión son sospechosas, pero ello no quiere decir que no haya sido la elección más indicada como presidente. Pero Sar Vanion también codiciaba ese puesto, y ellos dos jamás han sido amigos… lo cual es comprensible, a juzgar por lo que sé de ellos. El maestro es un buen hombre, pero a veces peca de ambicioso.

─ Ya veo… ─ a Lina no le sorprendía: la Asociación de Magos de Atlas era un hervidero de intrigas y confabulaciones ─. ¿Y Brenkan, ese tipo de azul tan divertido?. ¿Y Davian?

─ Brenkan es, con perdón, el perrito faldero de Lord Baderkar. Todo lo que le contamos a él es como si también se lo explicásemos al presidente, y el maestro no confía en él ─. Parelish torció la boca ─. En cuanto a Davian, ciertamente jamás le había visto hasta el día del Concilio. Pero eso no es tan extraño: es un mago de baja categoría, y parece un tipo discreto.

─ Entiendo… ─ sin más que añadir, Lina se sumió en un prolongado silencio. A su lado, Kerkaat bostezó, pero sus ojos brillantes delataron que había estado muy pendiente de la conversación.

─ ¿Decíais que no teníais preguntas, mi señora? ─ bromeó Parelish. Lina sonrió a su vez; parecía que, por mucho que se lo reprochara, el joven seguiría llamándola por el tratamiento de "señora" eternamente. Inconscientemente, acarició la superficie del desgastado libro de hechizos recibido en Atlas, a buen recaudo en su bolsa de viaje.

─ Me apetecía hablar, eso es todo.

Llegaron al campamento al caer la noche. Al principio, sólo era una mancha borrosa en el paisaje, pero poco a poco se fue agrandando. Esta vez, Lina trotaba en la retaguardia del grupo, junto a Gourry. El espadachín estrechó los ojos con gravedad, acto que no le pasó desapercibido.

─ ¿Qué pasa? ─ preguntó ella.

─ No sé… tengo la sensación de que algo va mal ─ respondió Gourry ─. Es una corazonada.

─ Si todas mis corazonadas se hicieran realidad, guerrero, ya estaríamos todos muertos ─ respondió Kerkaat, sombrío. Cabalgaba sólo unos pasos detrás de ellos.

─ Hazle caso ─ replicó Lina, con arrugas de preocupación en su entrecejo ─, nunca se equivoca con estas cosas.

Como era habitual, Gourry acertó. Cuando se aproximaron lo suficiente al campamento, las siluetas de sus ocupantes y el sonido del asentamiento llegaron con claridad a sus respectivos ojos y oídos. Miles de tiendas de campaña, blancas y marrones, se alzaban en el descampado, y los estandartes de Saillune y Atlas ondeaban al viento. Los jinetes y caballeros de la Capital de la Magia Blanca cabalgaban raudos de un lado a otro, los capitanes daban órdenes apresuradas y los hechiceros abandonaban sus habitáculos con el ceño fruncido y sus bolsas cargadas de pócimas e ingredientes mágicos. Lina vio cómo un batallón de al menos cien caballeros se organizaba en una ordenada fila, preparados para partir, y los forjadores trabajaban sin tregua para afilar las armas con precisión a la tenue luz de las antorchas. El cielo negro y sin estrellas no parecía menguar su ánimo.

Lina y Gourry se miraron, confusos. O mucho se equivocaban o ése no era el ánimo que debía reinar en un campamento. De repente, le sorprendió ver nuevamente un extraño brillo de tristeza en los ojos, habitualmente alegres, de Gourry.

Continuaron trotando hasta el campamento; Parelish y Brenkan miraban de un lado a otro, notablemente confusos, pero Sar Vanion mantenía la mirada fija al frente. Lina sólo acertaba a verle la ondeante capa roja a su espalda y la delgada coletilla castaña que partía de su nuca, así que no hubiera sabido decir si el mago estaba nervioso o sereno.

─ Vaya, vaya… esto es muy extraño ─ la voz de Davian provocó un respingo en Lina. El mago verde se había situado a su lado sin que ella ni siquiera reparara en ello, cosa que últimamente ocurría con demasiada regularidad. Pero no fue por eso por lo que la hechicera se sorprendió, sino porque el tono ciertamente irónico del joven le había recordado poderosamente a alguien, aunque no sabía a quién… ─. Creo que sé lo que ocurre.

─ ¿Y qué ocurre? ─ Preguntó Lina, escrutando al sonriente mago aún con esa sensación de que debería conocerle. Pero Davian no tuvo ocasión de responderle, pues en cuanto penetraron en el campamento la confusión se adueñó de todos ellos. Un grupo de caballeros se acercó a los recién llegados, y el que parecía ser el comandante hizo un amago de reverencia.

─ Os saludo, mago Sar Vanion el Rojo, de Atlas ─ dijo con cortesía ─. Llegáis en mal momento, mi señor.

─ ¿Qué sucede? ─ la voz de Sar Vanion permanecía bajo control, pero Lina tuvo la sensación de que el vicepresidente de la Asociación de Atlas ya conocía la nefasta respuesta.

─ Se trata de Saillune ─ respondió el soldado. Lina sintió cómo se le encogía el estómago ─. La ciudad está sitiada.

Continuará...


Aclaraciones del autor:

¡Hola una semana más! Con esto concluye el séptimo capítulo. Sé que me repito… pero espero que os haya gustado y no os haya decepcionado. Soy consciente de que la longitud de los capítulos está aumentando cada vez más… pero con todo lo que tengo que narrar ya es bastante difícil hacerlos más cortos xD.

Quizás lo más destacable de este episodio es el Concilio. La descripción que he hecho del exterior de la Asociación de Atlas creo que es auténtica, pero sólo he visto una imagen del edificio bastante pequeña, así que no puedo afirmarlo. Por supuesto, el interior es de completa invención mía: tanto la Sala del Concilio como los magos en ella reunidos. Excepcionando la pequeña saga de Halsifom el Blanco que aparece en las novelas y en Slayers Next, no sé absolutamente nada de la jerarquía de magos existente en la Asociación, por lo que les he adjudicado las posiciones de presidente y vicepresidente a Baderkar y Sar Vanion. Si hay alguna incongruencia con respecto a los cánones de la serie (esto va dirigido a los maestros de Slayers xD) mis disculpas; ya sé que tampoco es tan importante y que exagero, pero qué se le va a hacer… soy demasiado perfeccionista xD. Aparte de eso, la verdad es que el grupo de hechiceros (empezando por Sar Vanion y Parelish) me gusta mucho, y espero que a vosotros también. ;) También decir que el Libro de los Cinco Sabios y el hechizo legendario Wise Disaster también son inventados, obviamente; como esto de tener a Shabranigudú de enemigo ya está muy trillado (y por lo tanto en la serie se puede decir que Lina ya lo ha intentado todo) tuve que echar mano a la imaginación, lo cual siempre es bueno.

Es probable que los fans de la pareja Ameria/Zelgadis (entre los que me incluyo) se estén tirando de los pelos ante la propuesta de matrimonio de sir Lorrick. Aunque tampoco hay motivo para ello… ya sabéis que esto es sólo un fic. Pero en fin, si esta escena os provoca iras, sorpresas y deseos de asesinato hacia la persona de Lorrick (o hacia la mía propia) no me importará: significará que escribo bien xDD. Bueno, esta escenita la he revisado tropecientas mil veces, porque no quería que quedara muy pastelosa (aunque el caballero de marras ya es bastante pomposo… pero eso ya no es culpa mía, sino suya xDD).

Hay algo que quizás no os esté gustando… mi historia se narra desde el punto de vista de Lina, Ameria, Zelgadis, Sylphiel y, por supuesto, Kerkaat (y en su día también de Laidanne). Pero… ¿qué pasa con Gourry, os estaréis preguntando? Bueno, por un lado, quiero que sea la propia Lina la que analice sus actos y reacciones, tal y como ocurre en las novelas de Kanzaka. Aparte de eso, Gourry es demasiado complejo (sí, sí, como lo oís xD); es precisamente su actitud despreocupada y aparentemente franca lo que hace que me cueste escribir sobre él; no es un personaje que se coma demasiado el coco, precisamente; o quizás sí… con él es imposible saberlo a ciencia cierta xD. De todos modos, le he tenido un poco en segundo plano en estos últimos capítulos y ni yo misma estoy satisfecha con ello. Así pues, sólo puedo deciros que tengo algo muy (muy, muy) importante preparado con respecto a él, pero no me interroguéis al respecto… :p

Y supongo que no tengo más que añadir. Me despido anunciando que seguramente tardaré un poquitín más en publicar el siguiente episodio, porque me estoy dando cuenta de que lo estoy haciendo muy rápido; y no me he tirado tres meses estrujándome el cerebro y escribiendo para que os lo leáis a toda pastilla ¬¬ xD.

¡Saludos!

Náyade Tinúviel
Druida Gris, Zahorí y Aprendiz de Mago