8. Batallas

Sylphiel arribó a su destino al amanecer del séptimo día de viaje.

La travesía había sido ardua, más que nada por el hecho de que apenas había empleado magia para realizar un viaje algo más somero y cómodo: intuía que, dentro de muy poco tiempo, necesitaría de todo su potencial mágico. La joven sacerdotisa le dio unas palmaditas a su montura en el cuello en señal de felicitación, y ésta piafó satisfecha, agitando la sedosa crin castaña. Allí, al pie de las laderas de las vastas e infinitas Montañas de Kataart, Sylphiel desmontó y observó a su alrededor; la aldea que se acurrucaba al abrigo de las montañas comenzaba a despertar: unas luces esporádicas se encendían en algunas viviendas, ahuyentando la oscuridad que, poco a poco, daba paso a la luz del sol. Una mujer regordeta salió de su hogar con un cubo vacío, camino al pozo, y le dirigió una breve e inquisitiva mirada a Sylphiel antes de proseguir su marcha.

La sacerdotisa tomó las riendas y se apresuró: era mejor marcharse cuanto antes y no suscitar sospechas. Se aproximó a los establos traseros pertenecientes a una posada y dejó el caballo a cargo del somnoliento mozo de cuadra. Estaba exhausta, y las cálidas paredes del albergue actuaban sobre ella como un imán. No obstante, logró aguantar sus impulsos. No tenía tiempo que perder: aunque aquellas campechanas gentes vivieran en su acogedora e ignorante monotonía, día tras día, Sylphiel era consciente de la guerra que asolaba el sur. Demasiado consciente.

Si no hacía algo pronto, el pueblo en el que se encontraba no sería el único en ser arrasado.

Regresó, sola y con la única carga de su liviana alforja, al pie de las montañas, y en esta ocasión sí recurrió a su magia: las escasas fuerzas que le quedaban se esfumarían si comenzaba a ascender el abrupto territorio a pie.

Ray Wing ─ susurró. Se elevó sobre el suelo, formando unas leves hondas en la tierra, e inició la marcha. Al principio, se limitó a seguir el sendero anclado entre las paredes de piedra, que serpenteaba mientras se perdía en las alturas. Por unos instantes, sintió un acceso de alegría: llegaría al Pico del Dragón mucho antes de lo que esperaba. Sin embargo, su regocijo desapareció, como si lo hubieran pinchado con la punta de la daga, cuando se elevó en las alturas y observó que dicho Pico ni siquiera se divisaba todavía.

Y aún experimentó más desesperanza cuando los senderos pedregosos dieron paso a lo que parecía ser una alta meseta recubierta de árboles: un auténtico laberinto que desembocaba en miles de montañas diferentes, pero en cierto modo, iguales. Sylphiel se mordió el labio mientras el viento cálido le azotaba el rostro y revolvía sus cabellos negros: desde el principio pensó que el Pico del Dragón destacaría sobre el terreno, que lo reconocería a la vista, pero no era así. "Y ahora... ¿hacia dónde debo continuar?". La joven, exhalando un pesaroso suspiro, sobrevoló los árboles unos instantes, buscando indicios de poblaciones no hostiles que pudieran guiarla; pero toda la vida que halló entre los árboles provenía de las bandadas de pájaros que agitaban las copas al emprender el vuelo.

Al borde de la frustración, la sacerdotisa decidió descender y detenerse a descansar unos instantes. Agradeció las sombras que ofrecían las arboledas y, dejándose caer con la espalda apoyada en el tronco de un abeto, dedicó unos minutos a rememorar lo que Lina y los demás le habían contado en su día acerca del Pico del Dragón, pero no lograba recordarlo. "Ni siquiera merezco ser sacerdotisa, debería poseer más conocimientos", se dijo, arqueando las cejas y rodeando femeninamente sus piernas con los brazos. Nadie diría, al verla, que se encontraba frente a una Suma Sacerdotisa de Ceiphid. Emitió una suave risita, ocultándola con su mano en un recatado gesto, y entonces sus pensamientos volaron a Saillune; hacía una semana que había partido y, desde entonces, no había recibido noticias, pero sin duda la ciudad ya estaría sitiada. "¿Resistirán?. ¿Estarán combatiendo Amelia y Zelgadis?. ¿Y Lina, habrá conseguido encontrar alguna solución? Oh, Gourry… Ceiphid, que no les pase nada...".

Aquello la llevó a concluir que todos los dioses hacían caso omiso de la contienda y que precisamente era eso lo que la había llevado hasta allí. Enterró la cara en las rodillas, sumida en una triste resignación.

Algo, no un sonido, sino una intuición, la hizo elevar los ojos nuevamente. Se incorporó con apremio y observó a su alrededor. Todo parecía normal. Nada en el bosque se había alterado: ni un movimiento, ni el susurro del viento en las hojas, ni algún animal huyendo asustado… pero, de algún modo, sabía que no estaba sola.

─ Eres muy hábil, humana ─ dijo entonces una voz. Lo primero en lo que pensó Sylphiel al escucharla fue en un filo de acero revestido de suave y hermosa seda: el tono era musical, pero no por ello carente de una firme frialdad ─. Muy pocos son capaces de detectarnos… sin duda debes de ser algún tipo de hechicera.

Un hombre salió de entre los árboles entonces. De inmediato, la joven supo que era un elfo: era de complexión esbelta y delgada, y poseía una estatura ligeramente inferior a la suya propia. Una mata de lacios cabellos oscuros enmarcaba un rostro grácil y agraciado. Parecía joven, pero la luz de sabiduría patente en su almendrada mirada color miel la hizo ver que debía de ser mayor, mucho mayor. El individuo la observaba sin pestañear mientras acarreaba un elegante arco de madera en el cual no descansaba ninguna flecha amenazante. Durante unos instantes, Sylphiel desencajó la mandíbula, sorprendida, pero al ver que ningún arma la apuntaba sintió un ligero alivio. Hizo amago de aproximarse al elfo, pero éste la detuvo con un rápido gesto de la mano.

─ Cuida tus pasos, hermana. No estamos solos aquí ─ advirtió. Sylphiel estrechó los ojos, confundida, pero entonces de la nada surgieron, silenciosas como sombras, un millar de puntas de flecha que miraban hacia ella, sin dejar entrever siquiera los dedos de sus dueños. Sylphiel tragó saliva, retorciéndose nerviosa las manos.

─ Os lo ruego, señor. No es mi intención haceros daño ─ dijo ─. Tengo una misión que cumplir, y quizás vos podáis ayudarme. Veréis…

─ Las preguntas las formularé yo, hermana. Ahora estás en nuestra Arboleda ─ nuevamente, el trato con el cual se dirigía a ella sorprendió a la sacerdotisa. "¿Hermana?". Pero entonces, las palabras posteriores del elfo captaron toda su atención.

─ ¿Arboleda? Queréis decir… ¿sois druidas?

─ En efecto ─ el elfo sonrió ─. Una humana sabia. Me gustas, hermana, pero será la última vez que respondo a tus incógnitas.

Sylphiel decidió no tentar a su suerte. El elfo parecía agradable, pero al mismo tiempo dispuesto a actuar de inmediato si percibía la más leve amenaza. La joven entrelazó las manos y bajó los ojos, aguardando. Aun así, dirigió una mirada soslayada a los árboles. Sabía que los elfos habitaban en las copas, por lo que era muy consciente de la presencia de los hogares, aunque ella no pudiera verlos.

─ ¿Quién eres y qué haces aquí? ─ inquirió por fin el individuo. Sylphiel levantó los ojos y tragó saliva.

─ Mi nombre es Sylphiel Nels Lahda ─ intentó impedir que su voz temblara ─. Soy Suma Sacerdotisa del Templo de Ceiphid, del reino de Saillune, y he venido aquí, como os he dicho, para cumplir con un cometido.

─ Una hermana blanca ─ musitó el elfo, reflexivo y observándola fijamente. Sylphiel, incapaz de sostener su mirada melada, volvió a bajar la vista, ruborizándose. El elfo pareció darse cuenta de ello ─: Disculpa mis modales, hermana. No percibo el mal en ti, en efecto, pero es necesario que me asegure. Soy Thurandil, Gran Druida de Frausser.

Sylphiel dio un respingo. Frausser… conocía ese nombre. Los recuerdos regresaron a ella a medida que reflexionaba, y un ligero mareo nubló su vista. Según Lina, la muchacha portadora de la porción de Ojo de Rubí era una joven elfa llamada Laidanne… una druida… ¡habitante de la Arboleda de Frausser! Sus manos temblaron. "Esto no puede ser casualidad…" A veces, el destino tejía un entramado harto curioso…

─ ¿Te encuentras bien, hermana?

Sylphiel parpadeó. Se dio cuenta de que había tenido los ojos y la boca desmesuradamente abiertos. Carraspeó.

─ Sí, lo… lo siento ─ se disculpó.

─ Antes me has dicho que alguna obligación te había traído aquí ─ prosiguió Thurandil, con voz apacible. ─ ¿Podrías explicarnos el porqué?

Aunque era una pregunta cortés, algo en el tono del Gran Druida la convenció de que era un mandato.

─ Es posible que no estéis enterados ─ comenzó la sacerdotisa, titubeante ─, pero la guerra asola los territorios del sur.

─ Rencillas humanas ─ Thurandil torció la boca, despreciativo, pero Sylphiel negó vivamente con la cabeza.

─ Ojalá lo fueran… pero no ─ la muchacha suspiró. ¿Cómo se tomarían los elfos la noticia? ─. Nuestros enemigos son los mazoku. Una de las siete partes de Shabranigudú ha despertado.

Un silencio tenso se sumió en el paraje. Nada se movía, e incluso el viento parecía haber perdido la capacidad de desplazarse. Finalmente, Thurandil suspiró. De improviso, la expresión de su rostro lo reveló como un anciano, a pesar de su piel tersa y joven.

─ Hace mucho tiempo que no tenemos contacto con el mundo ─ musitó, casi para sí ─. Pero dime, hermana. ¿En qué puede ayudarte arribar a las profundidades de Kataart?

─ Se trata de los shinzoku ─ Sylphiel adquiría firmeza a medida que continuaba con sus explicaciones. ─ Los dioses dragón no reaccionan, y no sé por qué. He creído posible que los habitantes del Pico del Dragón me facilitaran una solución.

─ Hermana, es lógico que los dioses no respondan, están aislados por la Barrera ─ explicó Thurandil, como si se dirigiera a un niño. Sylphiel dio un respingo. ¿Hasta tal punto llegaba su retiro del mundo?

─ La Barrera cayó hace años ─ explicó la joven. Haciendo caso omiso a la expresión perpleja del Gran Druida, prosiguió, esta vez con timidez ─: Realmente… no sólo he venido aquí por los shinzoku. Necesitamos aliados. Sé que los dragones se unirán a las filas del bien cuando les ponga al corriente de la situación, y he pensado que tal vez vosotros… bueno… ─ dejó la frase inconclusa, pero el silencio resultó ser mucho más elocuente. Thurandil la miró, nuevamente sin parpadear, pero después sonrió.

─ Puedo guiarte hasta el Pico del Dragón ─ dijo ─, pero hace tiempo que los elfos vivimos en paz y armonía con la Naturaleza. Me temo, hermana, que no podrás contar con nosotros.

─ Pero… ─ un acceso de miedo asaltó a Sylphiel ─. Esa paz desaparecerá si el mundo es destruido.

─ Lo que ha de pasar, sucederá ─ los ojos color miel de Thurandil reflejaron tristeza ─. Nada es eterno.

Sylphiel se mordió el labio, buscando argumentos. Era sorprendente, y frustrante, comprobar el total desligamiento de los elfos con respecto al resto de seres vivos. Le costaba creer que fueran los principales sirvientes de los dragones dorados. Súbitamente, le vino la inspiración.

─ Vos debéis conocer a Laidanne ─ dijo. Thurandil no se inmutó: su rostro era una máscara pétrea. Sylphiel se preguntó entonces, temerosa, si no la recordaría, o si se habría equivocado ella de Arboleda; pero entonces el elfo habló, con un voz ronca y ciertamente trémula:

─ ¿La conoces? ─ Su perplejidad era tal que olvidó agregar el tratamiento de "hermana".

─ No ─ susurró la sacerdotisa con cautela ─, pero es ella quien contenía a Ojo de Rubí en su interior ─ percibía cómo las paredes de dura cortesía del elfo se desmoronaban poco a poco, y Sylphiel atacó a las grietas con crecientes remordimientos ─: Es posible que siga viva. Seguramente no dejaríais morir a uno de los vuestros de ese modo.

─ Deberías saber, hermana ─ habló de nuevo Thurandil, con voz cansada, tras recuperarse de la conmoción ─, que Laidanne fue expulsada de la Arboleda cuando no era más que una niña. Incumplió el mandato más sagrado de nuestra gente: arrebatarle la vida a otros hermanos, a otros hijos de la Madre Tierra.

A Sylphiel le dio un vuelco al corazón: no tenía ni idea de eso. Sus manos se crisparon mientras trataba de mantener una calma que desaparecía con deliberada prontitud.

─ Pero ─ Thurandil sonrió entonces ─ debo reconocer que tienes razón. Jamás dejaría morir a ningún nativo de Frausser, a una joven que, a pesar de su crimen, recuerdo jugando y riendo antes de que se sucediera la tragedia.

Sylphiel contuvo el aliento cuando Thurandil, con la gracilidad de un felino, se aproximó a ella y posó sus manos sobre las suyas. Su contacto era suave y gélido al mismo tiempo, pero sus siguientes palabras, aunque un tanto indecisas, sonaron como música en los oídos de la sacerdotisa:

─ Te guiaremos al Pico del Dragón, y nos uniremos a los humanos en la batalla. Emprendamos la marcha, hermana, no hay tiempo que perder.

· · ·

Lina despertó intentando retener en su memoria los retazos de una pesadilla, pero éstos no tardaron en esfumarse. Se dio cuenta de que se había quedado dormida sobre el Libro de Hechizos de los Cinco Sabios, y se incorporó con rapidez, despegando delicadamente de su mejilla la hoja apergaminada cubierta de runas: era un tesoro histórico, y se arrancaría la cabellera si percibía el más leve daño en él. Cuando por fin pudo deshacerse del contacto adhesivo de la hoja, la hechicera cerró el tomo y acarició suavemente la portada, suspirando pesadamente. Estaba agotada, y el cabello desgreñado se revolvía sobre su cara, pero no le importaba.

Por fin, después de siete largos días consagrados íntegramente al estudio, había conseguido aprender el hechizo más poderoso que existía: el Wise Disaster.

No obstante, lo difícil sería utilizarlo, y eso lo sabía. Si no cuidaba con esmero su potencial mágico, evitando gastar hasta el más mínimo hechizo, no sería capaz de controlarlo. Tragando saliva, la joven guardó el libro a buen recaudo, se arregló levemente el pelo y salió al exterior, apartando la cortina de tela que lo interconectaba con su tienda.

Reinaba un silencio sepulcral en el campamento de Saillune, ubicado al norte de dicha ciudad. Hacía unos días que habían dejado de llegar magos y hechiceros dispuestos a partir a la Capital de la Magia Blanca, y ya apenas quedaban caballeros y soldados. El resto eran mercenarios, ancianos y niños que se entrenaban como podían: la última defensa del Reino si las demás flaqueaban. Lina suspiró; cuando se enteró de que Saillune había sido sitiada, su primer impulso, y el de Gourry, había sido el de correr hacia la ciudad para auxiliar a sus amigos, pero Sar Vanion, el hechicero rojo, la había disuadido con firmeza: ella tenía otra misión que cumplir, y ya no podría culminarla en Saillune. De mala gana, la maga negra accedió a quedarse en el campamento, pero no había ni un solo día que no dedicara a pensar en sus amigos.

"Amelia… Zel… Sylphiel… tened cuidado", rogó por vigésima vez. Inspeccionó el campamento y sus ojos relucieron con furia al posarse en la tienda del comandante: Sar Vanion y sus súbditos, Parelish y Brenkan, seguían allí, impartiendo órdenes y forjando estrategias. También Davian el Verde, que la servía con esmero hasta el punto de que Lina comenzaba a hartarse ya de las atenciones del joven mago; la sensación de que debía conocer al individuo no había desaparecido desde que llegara al lugar. Sus ojos se apartaron de la tienda y se detuvieron en lo alto de una ladera. Kerkaat, tan sombrío y silencioso como siempre, lanzaba su daga en una diana de prácticas apoyada en el tronco de un árbol. El arma era nueva: un magnífico cuchillo con incrustaciones de esmeraldas y empuñadura de orihalcon, regalo de los magos y presente con el cual podría hacer frente a los mazoku en la batalla. "Una nueva daga, cuya hoja no está mancillada con sangre humana", reflexionó ella, "una nueva vida". A pocos metros de él, Gourry permanecía sentado y meditabundo, observando la panorámica del campamento; últimamente, una extraña melancolía se había adueñado del guerrero, y Lina no se había atrevido a indagar demasiado: normalmente, no tenía que hacerlo. No obstante, en esta ocasión se aproximó a él y, cuando llegó a su altura, se sentó a su lado. Kerkaat pareció no reparar en ella, aparentemente, y el espadachín ni siquiera alzó sus ojos al sentir su presencia, pero sus labios se curvaron en una sonrisa.

─ ¿Cómo van tus estudios? ─ Inquirió. Ella sonrió a su vez, cruzando las piernas.

─ Muy bien ─ dijo ─. Ya lo tengo.

Esta vez, Gourry sí la miró, temblando levemente las comisuras de sus labios. En su expresión había ciertos dejes de inquietud debido al riesgo que entrañaba para ella esgrimir tal poder. Aun así, nuevamente pareció decidir no manifestar sus temores en voz alta.

─ Entonces ya sólo nos falta… ─ comenzó a decir, en cambio.

─… encontrar a Shabranigudú ─ finalizó la joven, torciendo la boca ─. La cuestión es que no sabemos dónde está.

Gourry suspiró, y volvió a fijar la vista al frente. Lina siguió su línea de visión: frente a ellos, dos niños de no más de doce años se entrenaban con espadas de madera; su técnica era buena, y resultaba evidente que habían estado recibiendo instrucción. Uno de ellos golpeó al otro hasta que se cayó al suelo, y los pequeños prorrumpieron en sonoras carcajadas.

─ Son buenos ─ comentó Lina, divertida. Para su sorpresa, Gourry esbozó una mueca de seca ironía.

─ Son niños que juegan a la guerra ─ replicó. Luego, bajando la voz, añadió ─: ya aprenderán.

Lina se estremeció; ya no podía seguir ignorando la extraña tristeza que persistía en su compañero. Se inclinó hacia delante y clavó sus ojos castaños en las pupilas verde azuladas del guerrero, frunciendo el ceño.

─ Oye... ¿qué demonios te pasa? ─ preguntó ─. Hace días que actúas de un modo extraño. No es que me preocupe, pero… es raro en ti.

Gourry lanzó una queda carcajada, mirándola, durante unos instantes, con su habitual expresión alegre y despreocupada. Posteriormente, su rostro se ensombreció.

─ Lo siento ─ dijo él ─, es que esto me trae recuerdos.

De repente, Lina cayó en la cuenta, y se arrepintió al instante de haber sido tan ruda.

─ Tú… participaste en la guerra interna de Elmekia. ¿No es así? ─ Preguntó en un susurro, pasados unos segundos. Gourry no vio necesidad de responder a ello ─. Y tu familia vivía… vive en el Imperio.

La joven se sonrojó poderosamente al haber empleado el verbo en pasado, pero el espadachín le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

─ Mi familia sabe cuidar de sí misma, ellos no me preocupan. Olvidas que procedo de una estirpe de guerreros ─ dijo. A continuación, volvió a clavar su mirada taciturna en los niños que se entrenaban entre risas ─. Me recuerdan a mí… yo actué igual antes de entrar en combate. Tenía la misma edad y la guerra me parecía algo glorioso. Supuse que todo acabaría como en el cuento de un juglar, que mi familia se sentiría orgullosa de mí y yo obtendría un hueco entre los relatos y leyendas ─ soltó otra queda carcajada al tiempo que sacudía la cabeza, sin duda recordando aquellos necios sueños de juventud ─. Pero… ─ Una sombra todavía más oscura veló los ojos claros de Gourry; el guerrero estaba físicamente ahí, pero su mente se hallaba perdida en el pasado. Lina no podía apartar la mirada de él ─. Cuando ves morir a tus compañeros, cuando de repente te das cuenta de que eres tú quien ha sobrevivido… ya nada te parece un cuento. No haces más que preguntarte por qué… ¿por qué sobreviví yo, y no ellos?

La amargura latente en las palabras de Gourry actuaba sobre ella como una pesada roca; jamás había escuchado tal tono de voz en él, jamás lo había oído hablar así de su pasado y jamás creyó que éste pudiera albergar tantas lagunas negras; su carácter optimista siempre le indicaba lo contrario. Incluso Kerkaat, tras ella, había detenido su entrenamiento para escucharle con fascinación.

─ ¿Lina?. ¿Estás bien? ─ Preguntó Gourry, sacudiendo su mano a un palmo de los desorbitados ojos de Lina. La aludida parpadeó, súbitamente incómoda. El espadachín la escudriñaba con su espontánea preocupación.

─ E… estoy bien, tranquilo. Yo… ─ resultaba irónico que fuera él quien le preguntara por su estado de ánimo, y no a la inversa. Supo que debía decir algo, algo reconfortante; a Gourry tales palabras le salían de forma innata, pero a ella le costaba sobremanera expresarlas. Finalmente, suspiró ─. Es que estoy cansada, nada más…

─ No me extraña, aprender semejante hechizo debe costar lo suyo ─ comentó él, rascándose la cabeza. Luego, comenzó a incorporarse al tiempo que esbozaba la sombra de una sonrisa ─. En fin, voy a ir a ver cómo están las cosas por ahí abajo. Parece ser que Sar Vanion está interesado en que imparta instrucción a los más jóvenes.

─ Sí, de acuerdo ─ asintió ella sin mirarle, con una voz excesivamente aguda y un torbellino de emociones asolando su interior. "Debería decirle algo. Cualquier cosa, pero… ¿qué?" ─ Gourry… ─ de improviso, la muchacha cerró su mano en torno a la suya, y Gourry la miró confuso. Intentando parecer tan segura como de costumbre, le miró a los ojos y sonrió ─, ya deberías saber por qué sobreviviste a la guerra. ¡Tenías que encontrarte conmigo!. ¿Qué guardián tendría ahora si no, mentecato cabeza de chorlito?

Gourry la miró de hito en hito unos instantes, todavía de cuclillas, a medio levantarse. Lina intentó sostener su mano cerrada sin temblar. Finalmente, el guerrero dibujó una sonrisa, esta vez bastante más auténtica que la anterior.

Ya lo sé ─ rió entonces. Se liberó de la mano de la hechicera y le dio un golpecito cariñoso en la nariz con su dedo índice ─. Idiota… ─ tanto la voz como los ojos de Gourry expresaban una calidez tal que a punto estuvo de provocarle un desmayo a Lina, pero ésta intentó no demostrarlo. Lo consiguió con bastante éxito… sin embargo, la cosa no acabó ahí; haciendo amago de incorporarse, sin apartar los ojos claros de una confusa Lina con una sonrisa que podía interpretarse como traviesa (¡traviesa!), Gourry acercó su rostro al suyo y le dio un fugaz beso en la mejilla. El color rojo subió en el semblante de Lina, desde la barbilla hasta la frente, como si fuera una copa que se colma con rapidez de vino tinto, al tiempo que su espalda adquiría una hiperbólica rigidez y sus ojos se desorbitaban hasta parecer dos pelotas blancas. Gourry rió ante su reacción, sacudiendo la cabeza ─. Lo sabía… no eres tan fuerte como intentas aparentar, si ni siquiera eres capaz de aguantar eso. A mí no me engañas.

Volviendo a reír, y considerablemente más animado, el guerrero se incorporó y, silbando, bajó por la colina. Lina observó su marcha pasmada, recuperando lenta, muy lentamente, el control de sus acciones, y sustituyendo en parte la zozobra por una furia fruto de la indignación por haberse dejado mangonear de ese modo. Con un gruñido de rabia, cogió un pedrusco considerablemente grande y se lo lanzó al espadachín, quien lo esquivó con facilidad, sin dejar de silbar y sin detener su plácida andadura. Lamentablemente, fue a estrellarse en la cabeza de un desafortunado campesino anciano que pasaba por allí, el cual se apresuró a alejarse sujetándose la magullada frente y lanzando a la hechicera una mirada cargada de resentimiento.

Pasados unos instantes, en los que Gourry desapareció y Lina se dedicó a maldecir en voz baja y a trazar placenteros planes de venganza, Kerkaat se aproximó a ella.

─ Un tipo curioso ─ comentó, girando la daga entre sus dedos y admirando cada pieza de ella. Lina lo fulminó con la mirada y con el ceño tan fruncido que sus cejas castañas parecían unirse en su centro, pero el asesino le devolvió el gesto con firmeza y una mueca divertida ─. Pareces un tomate, hechicera. ¿Acaso esperas estallar en llamas para abrasar a los ejércitos demoníacos?

─ ¡Cuidado con lo que dices, listillo! ─ Lo atajó Lina, rabiosa y, no obstante, frotándose las mejillas con fiereza, sintiendo aún la huella impresa del cálido beso e ignorando el calor que en nada tenía que ver con la ira. Para su sorpresa, Kerkaat emitió una carcajada carente de sarcasmo. Lina ya había escuchado esa risa en otra ocasión, pero de nuevo se quedó perpleja ante tal acontecimiento. Lo cierto es que a pesar de ello el asesino tenía un aspecto demacrado y ojeroso; a Lina no le resultaba extraño, pues no había noche en la que no lo acosaran las pesadillas. Era inevitable saberlo, ya que su tienda estaba al lado de la suya y no hacía más que escucharle gemir y removerse en la oscuridad. La hechicera no había dejado de preguntarse si dichos sueños contendrían también como protagonista a Feäntor

─ ¿Sabes? Debo reconocer que me caes bien ─ admitió ─. Tal vez, cuando todo esto termine, te perdone y decida no cumplir con el encargo de acabar con tu vida.

─ Muy amable ─ dijo Lina, sardónica. Cuando se disponía a añadir una réplica igual de cáustica, un sinfín de gritos de pánico se cernió sobre el campamento. Lina se incorporó de un salto y observó cómo los magos se ponían en movimiento para defenderse de algo que no alcanzaba a ver. Sar Vanion salió precipitadamente de la tienda de mando, gritando lo que Lina creyó entender como "¡encontradlo!. ¡no dejéis que escape!". Parelish y Brenkan se unieron a la búsqueda, encauzando la magia entre sus manos.

Lina intercambió una mirada con Kerkaat, y luego ambos se apresuraron a llegar hasta los dirigentes magos. Gourry salió de entre la multitud y se reunió con ella casi a la vez, mirándola con expresión de desconcierto. Llegó junto a Sar Vanion cuando éste se disponía a correr, pero la maga negra le sostuvo el brazo con firmeza.

─ ¡Eh!. ¿qué está ocurriendo? ─ Preguntó. Sar Vanion la miró y, durante unos instantes, no dio muestras de reconocerla. Lina sintió un escalofrío: los ojos amarillos del mago rojo relucían con tal furia y fortaleza que a punto estuvo de dar un paso atrás, pero con un suspiro, el hechicero relajó el gesto.

─ Hay un mazoku en el campamento ─ informó. Lina abrió los ojos de par en par.

─ ¿Cómo? No es posible, no lo he visto aparecer.

─ Ni falta que hace, moza ─ Sar Vanion emitió una queda carcajada cargada de furibunda ironía. Lina se disponía a replicar por el apelativo de "moza", pero las siguientes palabras del mago la dejaron helada ─: ha viajado con nosotros desde el principio.

─ ¿Qué? Pero… ─ Gourry miraba a uno y a otro, con los ojos desorbitados ─. Acabo de ver cómo Parelish y Brenkan salían en su busca, y también los demás magos. Entonces, si no son ellos. ¿quién…?

Los dedos de Lina se crisparon. De repente, tuvo la sensación de ser cubierta con varias toneladas de hielo. Alzó los ojos y miró a Sar Vanion. Éste le devolvió una firme mirada de mudo entendimiento.

─ Davian… ─ musitó la maga negra al fin, y el hechicero rojo asintió. La asaltó tal conmoción que a punto estuvo de derrumbarse en el suelo, pero sustituyó rápidamente su malestar por rabia incontenible. Sin duda se trataba de un alto mazoku, pues su disfraz humano era perfecto. De repente, recordó la vez en la que los ademanes del individuo le habían recordado poderosamente a alguien; sus palabras, su sonrisa…

─ Maldito sea ─ rugió en voz baja, rechinando los dientes. ¿Cómo?. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ─ Maldito sea… ¡Maldito sea!

Ignorando las miradas sorprendidas de quienes la rodeaban, Lina emprendió una carrera, abarcando con una mirada escrutadora cada rincón del campamento. Escuchó pasos tras ella, pero no se molestó en ver quiénes la seguían.

─ ¿Dónde estás? ─ Bramó Lina al cielo. ─ Sal de tu escondite… Davian, sé muy bien quién eres ─ hizo especial hincapié en el nombre, descargando en él toda su furia y frustración.

─ Lina, espera ─ intentó llamarla Gourry, pero ella le ignoró.

─ ¡¡Sal de una vez!!

Una figura se materializó de la nada, delante de ellos: un joven mago de cabello oscuro, grandes ojos castaños y afilados rasgos pálidos, ataviado con una sencilla túnica verde. Sonreía… de ese modo que había avivado tan intensamente sus recuerdos. De inmediato, todos se pusieron en guardia: Kerkaat, empuñando su magnífica daga mágica, Gourry la espada. Sar Vanion se limitó a permanecer erguido sin mover ni un músculo, pero Lina percibía el aura de poder que emanaba de él. Al hechicero se unieron con prontitud Parelish, Brenkan y el resto de magos, que no eran demasiados.

El mazoku, lejos de sentirse amenazado,se inclinó en una burlona reverencia y habló con voz suave y divertida:

─ ¿Sí?. ¿deseáis algo… mi señora Lina?

─ Déjate de formalidades, condenado demonio ─ Lina cerró sus puños con fuerza, intentando contener sus ansias de abalanzarse sobre la criatura ─, y muéstrate de una maldita vez.

Todos examinaron a Lina, confusos; con la excepción de Sar Vanion, que todavía taladraba a la criatura con una acerada mirada áurea. Davian acentuó su sonrisa.

─ Estaba deseando que me lo pidieras… no me acostumbro a esta apariencia. Debo reconocer que tras milenios de existencia con mi disfraz habitual casi lo hecho de menos ─ acentuando su sarcástica sonrisa, la presencia de Davian comenzó a deformarse…

… para regresar con el aspecto de un hombre de mediana estatura, capa negra y báculo construido en madera, sujetando una esfera roja en el extremo superior. Aunque su rostro continuaba mostrando la misma expresión, el pelo negro había dado paso a unos mechones violáceos, y los ojos cerrados se entreabrieron para mostrar una gélida mirada amatista. Sí, esa mirada… por todos los infiernos, qué bien la conocía.

Lina sintió cómo Kerkaat temblaba de ira a su lado mientras musitaba:

─ Xellos…

─ ¿Le… le conocéis, Lina? ─ Inquirió la pasmada voz de Parelish. Ella no respondió; cuando habló, lo hizo dirigiéndose al mazoku:

─ Me estaba preguntando dónde demonios estarías ─ consiguió controlarse al fin: no era tan insensata como para iniciar una pelea contra Xellos ─, y fíjate, aquí estabas, cuidándonos como un buen sirviente. ¿Cuáles son tus intenciones, Xellos?

Pronunció el nombre con asco, pero el aludido soltó una risita; todo le divertía, al parecer.

─ Estoy tentado de decirte que es un secreto, Lina, sólo para ver cómo aumenta tu furia. Pero no voy a hacerlo… ─ se apresuró a agregar Xellos, alzando las manos en ademán protector y con una falsa sonrisa trémula cuando la pequeña muchacha dio un paso hacia él, apretando los puños. A continuación, se rascó la cabeza con inocencia ─. Ya que he dejado que los aquí presentes descubran mi presencia, no voy a echarme atrás.

─ Habla si no quieres morir, demonio ─ amenazó Sar Vanion. Lina tuvo la sensación de que el mago rojo, más que otra cosa, intentaba preservar su dignidad por no haber averiguado antes la presencia del mazoku.

─ Por supuesto, jamás me arriesgaría ante vuestro potencial ─ Xellos se inclinó en una mordaz reverencia, y luego alternó su mirada violácea de Lina a Kerkaat, de éste a Gourry y, nuevamente, a Lina ─. Obviamente, mi querida Lina, recibí la orden de espiarte. Lo hubiera hecho desde que llegaste a Saillune, pero… digamos que estaba ocupado ayudando con los preparativos de la guerra.

─ Ve al grano. ¿Por qué has dejado que sepamos que estás aquí precisamente ahora? ─ Lo atajó Lina, con fría impaciencia ─. ¿Qué es lo que quieres?

─ Darte una última oportunidad ─ Xellos esbozó una mueca ambigua ─. No es que mi señor te tema, Lina, pero te respeta; no habría organizado esta larga ofensiva de no ser así. Así pues, antes que destruirte preferiría que te unieras a su causa; podrías ser muy grande, Lina, si accedieras a convertirte en un mazoku. ¿Qué me dices?

Hubo un común murmullo de sorpresa entre todos los presentes. Incluso Sar Vanion dio un respingo ante la propuesta. Kerkaat la miraba de soslayo, sopesando sus acciones, y Gourry hizo otro tanto.

─ Lina, no lo harás. ¿Verdad? ─ preguntó el espadachín con firme convicción. Lina no le respondió; no era necesario que lo hiciera. Recordó que ya en más de una ocasión le habían ofrecido lo mismo, pero ella había rehusado ambos tratos sin dudarlo ni un solo instante.

─ ¿De veras crees que aceptaré? ─ la maga negra suspiró, impaciente ─. Xellos, creo que me conoces lo suficiente como para conocer de antemano mi respuesta.

El demonio volvió a reír.

─ Lo sé. La intuía desde un principio, pero mis órdenes eran muy claras. Ya sabía que era una pérdida de tiempo, pero qué se le va a hacer… ─ Xellos se encogió de hombros ─. Mi trabajo ha acabado aquí. Al menos, lo he intentado. Si me disculpáis…

─ ¡No escaparás, maldito seas!. ¡Todo lo que me ha ocurrido, a mí… y a Laidanne, ha sido por tu culpa! ─ Rugió Kerkaat, lanzando su daga hacia el sacerdote, que voló hasta él como una veloz centella. Xellos desapareció para volver a surgir unos metros más a la derecha, y el arma perforó con precisión la tierra, clavándose en ella.

─ Menudo genio ─ murmuró el demonio, acariciándose el cabello y observando la daga con una sorpresa magistralmente genuina. Kerkaat lanzó un juramento con los músculos tensos; por el contrario Gourry, con la espada desenvainada, permanecía inalterable, limitándose a repasar al demonio de arriba abajo, analizando sus movimientos. Los hechiceros, por su parte, comenzaron a recitar sus conjuros, todos al mismo tiempo, excepto Parelish y Sar Vanion, quien los observaba a todos con una mueca de desaprobación con la que Lina coincidió. "Idiotas… no servirá de nada", reflexionó, mordiéndose el labio.

─ ¿Por qué no nos destruyes? ─ Gritó la hechicera, para hacerse oír entre el estruendo ─. Sabes que podrías hacerlo.

─ Lo haría, pero mi amo no me ha dicho que sea estrictamente necesario… y realmente, siento curiosidad por ver cómo te desenvuelves ahora que por fin posees un arma lo suficientemente poderosa. Además… tengo otras cosas que hacer.

─ ¿Qué cosas?

Xellos alzó un dedo.

─ No lo puedo decir, es secreto ─ anunció. Acto seguido, desapareció, pero su voz se escuchó una última vez en la integridad del espacio ─: Por cierto, no creas que mi señor no está al corriente del hechizo que pretendes utilizar contra él… me temo que ya ha tomado medidas al respecto. La verdadera guerra no ha hecho más que comenzar.

Pronunció la última frase como si informara acerca del tiempo. Con una postrera risita, su presencia pareció finalmente esfumarse del todo. Lina apretó los puños con furia; Xellos lo sabía todo, absolutamente todo: el Libro, el hechizo… ¡dioses, si incluso había estado presente en el Concilio! No podría negar que su representación había sido magnífica, como siempre. "Pero... ¿qué habrá querido decir con eso de que la verdadera guerra no ha hecho más que comenzar…?".

El grito entrecortado de un explorador que llegaba al galope respondió a su pregunta.

─ ¡Mi señor! ─ jadeó, acercándose a Sar Vanion ─. Un ejército de monstruos, al menos miles, y de todo tipo. Estarán aquí en menos de una hora.

Lina sintió un acceso de pánico, intercambiando una mirada con Gourry: en el campamento ya no quedaba apenas ningún soldado, sólo jóvenes y reclutas inexpertos. Y, sin contar con la presencia de Sar Vanion, sólo había seis o siete magos más. "Y no puedo contar conmigo misma… si gasto mis hechizos en la lucha, no podré invocar el conjuro de los Cinco Sabios". Soltó una carcajada desesperada; ahora entendía lo que quería decir Xellos cuando afirmaba que Ojo de Rubí ya había tomado medidas.

─ No es normal que aparezcan todos juntos, y de todas las clases. Algo los espolea ─ murmuró Sar Vanion. Acto seguido, se movió con premura, seguido por Parelish. Había que reconocer que la firmeza y seguridad del alto e imponente mago era muy capaz de infundir valor ─. De acuerdo, que no cunda el pánico. Levantaremos salvaguardas entre todos y resistiremos. Enviaré mensajes a Atlas para solicitar ayuda. Que los reclutas tomen posiciones, los soldados en vanguardia y los magos a la retaguardia. ¡No dejaremos que esas malditas bestias…!

Se detuvo de improviso, perdiendo la capacidad de hablar, al igual que todos.

Unas nubes negras se arremolinaron frente a ellos, y una horda de mazokus emergió a su alrededor, rodeando el campamento.

· · ·

El aura de poder mágico bañó con su luz al menos a un centenar de monstruos. El hechizo aumentó la luminiscencia, transformándose con premura en un titán destructivo a medida que pronunciaba las palabras del caos. Escuchó cómo Amelia, a su lado, realizaba iguales acciones, hasta que ambos concluyeron en la misma formulación:

─ ¡¡Ra Tilt!!

El beatífico conjuro envolvió a las criaturas, abrasándolas hasta que de ellas sólo quedó un gran círculo de hierba ennegrecida. Estaba agotado, y podía escuchar cómo su compañera jadeaba entrecortadamente en busca de resuello. Pero no podían descansar ahora: en los campos circundantes a Saillune las bestias seguían apareciendo; no habían dejado de hacerlo desde hacía una semana y, cuando parecía que el Reino había obtenido por fin su primera victoria, un nuevo enjambre se materializaba en la línea del horizonte.

Se diría que eran infinitos, que por cada ser que aniquilaban surgían tres más. Pero ése no resultaba ser el verdadero problema.

No había ni rastro de los mazokus.

El círculo que la pareja acababa de abrir en el campo de batalla se estrechaba con deliberada rapidez. Más enemigos. Más enemigos… Escuchaba los gritos de los guerreros como sonidos distantes en su subconsciente, tan concentrado como estaba; el entrechocar de las espadas, el aura de poder de los magos, los últimos estertores de los agonizantes… Al iniciarse la batalla, la ciudad había tenido todas las de ganar, pero él no conocía todavía a ningún héroe capaz de mantener a ralla a un ejército perpetuo. Poco a poco, las defensas iban cediendo ante el agotamiento. Los muros de la ciudad continuaban siendo impenetrables; empero, los sacerdotes también eran seres humanos, y siete días sin descanso hacían mella en su potencial defensivo.

─ Zel ─ musitó Amelia. Ni siquiera reconocía la voz de la princesa: hacía ya al menos tres días que había dejado de realizar poses extrañas e invocar a la Justicia, más que nada porque no tenía fuerzas para ello. Podría haberse quedado curando a los heridos junto a los otros sacerdotes, pero la joven había insistido en tomar parte activa en la lidia ─, no podremos resistir mucho más.

─ Lo sé ─ murmuró la quimera, secándose con la manga de tela ennegrecida el sudor que perlaba su frente de piedra ─, pero no podemos hacer otra cosa.

─ No me esperaba esto. Supuse que lucharíamos contra los mazoku nada más comenzar la batalla, pero ni siquiera se han dignado a aparecer. No lo entiendo.

─ Quieren darnos un golpe de gracia ─ Zelgadis comenzó a materializar otro hechizo entre sus manos al tiempo que soltaba una carcajada carente de humor ─. Cuando estemos tan agotados que no podamos hacer otra cosa que retirarnos, se dejarán ver.

─ Entonces… ¿no hay esperanza? ─ La voz de Amelia sonaba desfallecida. No obstante, la quimera sintió cómo la muchacha se erguía de improviso y apretaba los puños ─. No… me niego a creer eso. Esta ciudad ha resistido durante siglos ante las arremetidas del mal, y esta vez no será una excepción. ¡La Justicia debe… tiene que triunfar!

Zelgadis no pudo evitar mirarla de soslayo y sonreír. Su gesto vaciló levemente al recordar la propuesta de matrimonio de sir Lorrick, que tal vez aceptara ─ en el hipotético caso de que ambos salieran con vida de la situación, claro estaba ─. Sacudió la cabeza. "¿Y de qué te sorprendes? Es su destino, como heredera de Saillune. No es asunto tuyo". Así pues, desechó tales pensamientos con firmeza, resuelto a no reflexionar acerca de la agitación que sentía cada vez que rememoraba el asunto.

─ ¿Preparada para gastar tus últimas fuerzas? ─ Le preguntó entonces.

─ Siempre ─ Amelia le sonrió a su vez ─. ¡Vamos!

La princesa comenzó a correr mientras bramaba las palabras de una flecha de fuego. Zelgadis hizo otro tanto en la dirección contraria, pero en su caso lo que hizo fue desenvainar su espada bastarda y apretar la palma de su mano contra la empuñadura.

─ ¡Vaina Astral! ─ gritó. Un potente haz de luz rúbeo envolvió la hoja, provocando destellos en los ojos de las criaturas, que se protegieron la vista instintivamente. Zelgadis aprovechó la distracción para arrebatarle la vida a todos los que pudiera. Se abrió camino a estocadas, olvidándose de su entorno, de todo lo que lo rodeaba. Sus cinco sentidos estaban dedicados única y exclusivamente a un objetivo: matar al enemigo.

Un grito femenino traspasó su concentración como el filo de un mandoble. Sólo esa voz era capaz de llamar su atención, una voz que sonó con un escalofriante matiz agónico. Se olvidó de la batalla y de los seres que lo rodeaban, escrutando el terreno tras de sí con los dientes apretados. La distracción le costó cara. No supo cómo había pasado, pero de repente se encontró tendido en el suelo con un palpitante y agudo dolor en la cabeza. Le sorprendió la fuerza del golpe, teniendo en cuenta la dureza de su constitución. La sangre que manaba de la herida le nublaba la vista, y el gruñido gutural de su rival se alzaba triunfante a sus espaldas. Pero Zelgadis sólo tenía consciencia del grito. "¿Está muerta? No… dioses, no puede estarlo". Tenía la vaga sensación, como en un sueño, de que para encontrar a Amelia tendría que matar antes al causante de su lesión, así que buscó su espada a tientas en la hierba, sin encontrarla.

Algo pesado se arrastró por el suelo, y el bramido del monstruo le indicó que, sin duda, acababa de alzar algún tipo de arma contundente con el objetivo de aplastarle la cabeza. Aun siendo de piedra, supo que no podría resistir el golpe, por lo que recurrió a su magia. Supo también que no podría formular ningún conjuro a tiempo, pero tenía que intentarlo. Debía resistir, buscarla…

Tampoco fue muy consciente de lo que sucedió entonces, sumido como estaba en una extraña sensación de irrealidad, pero la forma inhumana que se inclinaba sobre él dejó de prestarle atención, alzando el arma que portaba al cielo ─ un martillo, ahora que lo observaba con más detenimiento ─ con gruñidos que parecían alborozados. Iguales palabras procedentes de todo el ejército enemigo, acompasadas como el latido de un corazón, acompañaron a la bestia, y Zel supo que celebraban algo que acababa de llegar, algo que no alcanzaba a distinguir. Como una etérea ilusión, escuchó el sonido monótono y grave de un cuerno.

No importaba. Tenía que encontrar a Amelia.

Se secó la sangre de los ojos y volvió a buscar su espada. Esta vez sí consiguió localizarla. La cogió y, recuperando la agilidad y la consciencia de dónde se encontraba, caminó casi arrastrándose por la hierba. Nada deseaba más que aniquilar a todo engendro que se cruzaba en su camino, pero ninguno se fijaba en él, y no dar muestras de su presencia en aquellos momentos era un acto de prudencia que no estaba de más.

Evitó llamar a gritos a la princesa hasta que, por fin, la encontró. Tumbada en el suelo, una silueta humana se acuclillaba sobre ella, cogiéndola en brazos con premura.

─ ¡Amelia! ─ Su llamada, aunque susurrante, fue perfectamente audible. Sin embargo, ningún enemigo le prestó atención, absortos como estaban en loar a aquello invisible a sus ojos. El humano, no obstante, giró su demacrado rostro hasta posar los ojos grises en los suyos. Era Lorrick.

─ No os preocupéis ─ le tranquilizó el caballero con voz grave. Probablemente, la inquietud inconsciente debía reflejarse en su rostro. Zelgadis observó que la armadura del caballero estaba mellada y sucia, y su rostro sudoroso atravesado con un largo corte superficial que le atravesaba uno de sus pómulos. La hoja de su poderoso espadón de dos puños, sujeto a la espalda mediante un tahalí de cuero, se hallaba manchada de sangre; sin duda, debía de ser muy diestro en el combate ─. La han herido levemente en las costillas y ha perdido el conocimiento. Ha tenido suerte de que no se fijaran más en ella, ya que debería estar muerta. Pero debe ser tratada de inmediato. Vamos.

Visiblemente aliviado ─ una sensación que contrastaba poderosamente con la extraña irritación que le causaba ver a la joven en brazos del caballero, hecho que prefirió ignorar ─, Zelgadis siguió a Lorrick, mirando a su alrededor. Se dio cuenta entonces de que pasaba algo raro.

─ ¿Dónde están los nuestros?

─ El príncipe Phil ha ordenado retirada. ¿No habéis escuchado el cuerno? ─ Inquirió Lorrick con cierta exasperación en su voz, mientras miraba de un lado a otro frenéticamente. Zelgadis no lo culpó por su actitud: de un momento a otro, las criaturas podrían volver a fijarse en ellos, y esta vez no había ningún compañero de batalla que pudiera cubrirles las espaldas.

Tardaron unos minutos en llegar a las puertas de palacio, pero a Zelgadis le pareció que transcurrían horas. Los últimos soldados y magos rezagados corrían al interior, instados por un hombre alto de túnica verde oscuro y peto de cuero. Algunos portaban entre sus brazos a los moribundos que habían conseguido rescatar del caos.

Los ojos del hombre ataviado de verde, surcados de profundas ojeras, se abrieron desmesuradamente al divisarles. Un turbante otrora blanco, pero ahora grisáceo debido a la suciedad, adornaba su cabeza, y su labio superior estaba poblado por un espeso bigote castaño.

─ ¡Amelia! ─ gritó. Su semblante se tornó poderosamente pálido al observar el cuerpo inerte de la muchacha ─. ¿Está… está…?

─ Lord Christopher… ─ comenzó Lorrick, irguiéndose con cortesía.

─ Está viva ─ atajó Zelgadis, cortante, antes de que Lorrick pudiera intervenir. No había tiempo para andarse con formalidades. La quimera posó las manos sobre los hombros del hermano de Phil, escrutándolo con gravedad ─, pero necesita tratamiento. ¿Dónde está el Príncipe?. ¿Está bien?

─ Está en Palacio. Sólo ha recibido heridas leves, gracias a los dioses, pues insistió en participar en la contienda…. pero no nos detengamos aquí a charlar. Tenemos que entrar, rápido.

Christopher se apresuró a penetrar en el interior seguido de Lorrick, que aún portaba a la inconsciente Amelia. Zelgadis posó sus ojos en el campo de batalla antes de entrar, deseoso de saber el motivo de la actitud extraña del ejército enemigo.

Y entonces lo supo. Abrió desmesuradamente los ojos y desencajó la mandíbula. Una columna de nubes negras se alzaba sobre el sangriento descampado, rodeando la ciudad como un anillo de color azabache.

Sin embargo, no eran nubes, sino mazokus.

Pero no fue eso lo que más le sorprendió. Una figura destacaba sobre todas las demás, un adalid oscuro que flotaba sobre ellos, cruzado de brazos y sonriendo. Incluso a esa distancia, Zelgadis pudo verlo tan claro como si se encontrara a su lado. Casi podía divisar el brillo purpúreo de sus malévolos ojos.

"Xellos… repugnante malnacido".

─ ¡Zelgadis! ─ gritó Christopher ─. ¡No hay tiempo que perder, debemos cerrar las puertas!

Apretando los dientes hasta escuchar cómo le rechinaban, la quimera apartó los ojos del demonio. Sentía cómo le hervía la sangre al traspasar las puertas. Su mente continuaba invadida por la visión de Xellos mientras atravesaba las calles atestadas de soldados heridos, magos exhaustos y clérigos macilentos.

Y entonces, las puertas se cerraron con un chirrido, ocultando la misma estampa de la muerte.

· · ·

Amelia corría en medio de sus enemigos, canalizando su magia a toda velocidad. Ya no le quedaban fuerzas, pero tenía que resistir. Una parte de su cerebro pensaba en Zelgadis, en la suerte que pudiera haber corrido. Entonces, una sombra se irguió sobre ella, alzando su espada.

Amelia se concentró en ella, recitando las palabras de una flecha de hielo. El ser moriría antes de que consiguiera tocarla.

Algo afilado rasgó la carne de su cintura, a su espalda. Gritó ante el agudo dolor que comenzaba a invadirla hasta los huesos y se inclinó sobre sí misma, palpándose la herida. Estaba húmeda. Al bajar la mirada hacia su mano, comprobó que sus dedos se habían vuelto rojos. Alzó el rostro buscando ayuda, jadeando debido a la repentina debilidad, y creyó reconocer una silueta que se aproximaba a ella abriéndose camino a estocadas.

Entonces, su vista se nubló.

Abrió los ojos…

Parpadeó ante la titilante luz de la antorcha, que en tales circunstancias se asemejaba a diminutas alfileres que se hundían en sus ojos de manera cruel. También le palpitaba el costado, aunque durante unos instantes no pudo recordar por qué. Se dio cuenta, entonces, de que estaba acostada, en una habitación anclada en algún lugar, y una sábana blanca la cubría hasta el cuello. Gimiendo y mordiéndose el labio para aguantar el dolor, intentó incorporarse.

─ No te muevas ─ dijo una voz. La reconoció al instante y, aunque su tono era desapasionado, a oídos de la joven sonó como un bálsamo ─. Te han herido en la batalla. Necesitas descansar.

─ ¿Zel…? ─ No tenía intención de susurrar, pero así salió su voz. Al parecer, sus cuerdas vocales no tenían fuerzas para nada más. Dirigió sus ojos al punto del que provenían las palabras y distinguió la silueta de su amigo, sentada en una esquina y medio hundida entre las sombras. Una ventana revelaba que ya era de noche; no obstante, las estrellas se habían esfumado, dando paso en su lugar a una persistente lluvia.

La batalla… sí, recordó que había estado luchando, y entonces… Amelia dio un respingo al recordar su situación, la de Zelgadis y la de su propio país. Al instante lamentó el movimiento, pues el dolor de sus costillas aumentó hasta ser insoportable. Reprimiendo un grito, intentó localizar los ojos de Zelgadis en la penumbra.

─ ¿Qué… qué ha pasado?. ¿Hemos ganado? ─ inquirió esperanzada. La quimera no se movió, nada dijo; y, sin embargo, la princesa creyó escuchar un quedo suspiro. La realidad cayó sobre ella como un pesado bloque de mármol. Con voz trémula, repitió ─ ¿Qué ha ocurrido, Zel?

Fue entonces cuando el joven se incorporó y, con elegantes pasos pausados, se situó junto a la ventana, apoyándose en la pared con los brazos cruzados. La luz de la antorcha lo iluminó y, aunque no la miraba, Amelia pudo distinguir el vendaje que rodeaba su cabeza.

─ Nos hemos retirado ─ dijo entonces él, sin apartar los ojos del exterior ─. Todavía resistimos, pero no será por mucho tiempo. Han aparecido los mazoku y no podemos hacer otra cosa que defendernos. Tu padre ordenó a los clérigos insonorizar la habitación para no molestarte, y por eso aquí no se escuchan los sonidos del combate.

─ Estás herido ─ preocupada por la contusión de su amigo, apenas si había prestado atención a sus palabras. A pesar de ello, éstas penetraron dolorosamente en su cerebro sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

─ No es nada ─ aseguró él, impasible ─. Tal vez si fuera humano ya estaría muerto, pero por suerte no ha sido así. No hay mal que por bien no venga.

Zelgadis esbozó una tensa sonrisa que Amelia no pasó por alto, pero decidió no añadir nada más al respecto.

─ ¿Y mi padre y mi tío, están bien?

─ Perfectamente. Ambos dirigen la defensa sin descanso.

─ ¿Y sir Lorrick? No sé por qué, pero tengo la vaga sensación de haberle visto antes de desmayarme.

Zelgadis miró a Amelia. Fue un examen insondable, sereno, que parecía evaluarla, especular acerca de algo que sólo él conocía. Amelia se sonrojó súbitamente, recordando la proposición de matrimonio del caballero. "Pero no es posible que Zelgadis lo sepa", reflexionó, apartando la vista, "y además, aunque lo supiera, a él no le importa… ¿verdad?".

─ Sir Lorrick está bien. Hace menos de media hora que tu padre le mandó llamar. No quería separarse de ti ─ tal vez fueron imaginaciones suyas, pero a Amelia le dio la sensación de que sus últimas palabras poseían un matiz sarcástico ─. No me habías dicho que Sylphiel se había ido.

El repentino cambio de tema la pilló por sorpresa. Aun así, lo agradeció.

─ No tuve tiempo de hacerlo ─ dijo, en tono de justificación ─. Cree haber encontrado la forma de despertar a los shinzoku. Se marchó al Pico del Dragón.

─ ¿De veras? ─ Si la noticia había sorprendido a Zelgadis, la quimera no dio muestras de ello ─. Puede que entonces tengamos alguna esperanza… contra Xellos, la necesitaremos en grandes dosis.

─ ¿Xellos? ─ de repente, Amelia creyó que sus cuerdas vocales se enrollaban formado un elaborado nudo. Tragó saliva para deshacerlo ─. ¿Está él aquí…?

─ Lo reconocería a la legua ─ aseguró Zel con rabia contenida, apretando los puños ─. Sería un placer para mí devolverle todo lo que me ha hecho.

Algo en la calma con que Zelgadis pronunció sus oscuros deseos estremeció a Amelia. Apartó la sábana blanca y se incorporó despacio, sin apartar los ojos de él. Cayó en la cuenta, entonces, de que estaba ataviada con un sencillo camisón blanco. Se sentó en el borde del lecho, sólo a unos centímetros de distancia de la quimera, sin apartar sus pupilas azul oscuro de su rostro. Perdido en sus ensoñaciones, él no pareció darse cuenta de ello.

─ Zel ─ murmuró la joven con ansiedad ─, Xellos podría matarnos a los dos sin ensuciarse las manos, y lo sabes. No hagas ninguna tontería.

Zelgadis la observó con una penetrante y dura mirada. Amelia dio un leve respingo, pero el joven relajó el gesto casi de inmediato.

─ No deberías haberte movido ─ el tono severo no modificó la muda pregunta en los ojos de la muchacha. Amelia vio entonces cómo suspiraba, resignado ─. No voy a hacer ninguna tontería ─ aseguró, esbozando una mueca ─, he dicho únicamente lo que me gustaría hacer. Desearía poder vengarme por todos los problemas que me ha causado.

El tono amargo de sus palabras penetró hasta su corazón. La princesa esbozó una sonrisa comprensiva y, antes de ser consciente de lo que hacía, situó su mano sobre la de su compañero. Un leve temblor sacudió a la quimera al sentir el tacto de la joven, pero a pesar de ello ésta no apartó la mano. Le miró a los ojos, como también hizo Zelgadis, mezclando la confusión de sus pupilas zafirinas con un extraño brillo que Amelia no alcanzó a interpretar.

─ Sé cómo te sientes ─ aseguró ella, sin vacilar. Subconscientemente, alabó su propio atrevimiento ─. Xellos vive para hacer daño. No debes hacer que sus palabras te afecten, yo jamás les he dado crédito. Confío en ti, y con eso me basta.

Zelgadis no respondió. Continuó mirándola con una calidez inaudita en él, esbozando de improviso una sonrisa apenas perceptible. De repente, a Amelia le dio la sensación de que el corazón se le saldría del pecho.

Pero las siguientes palabras de Zelgadis fueron como hielo sobre su cabeza:

─ Sir Lorrick es un gran hombre, y sin duda será un magnífico esposo para ti.

No había dureza en el tono de voz de Zelgadis. Ni sarcasmo, ni tristeza. Tal vez fue eso lo que conmocionó a Amelia, el hecho de que sus palabras carecieran de emoción, con la excepción de un leve matiz amistoso. Hubiera preferido que el comentario de la quimera expresara celos, o algo que contradijera a sus palabras, pero al no ser así Amelia supo que nada se escondía realmente tras su comentario: a Zelgadis no le importaba que ella contrajera matrimonio con sir Lorrick. No le importaba que se casara con otro hombre. No le importaba nada… nada en absoluto.

De repente se sintió estúpida por sus acciones. Se ruborizó intensamente al observar su mano sobre la de Zel y la apartó con rapidez, intentando por todos los medios ocultar el dolor que le atenazaba el pecho y la sensación ardorosa que invadía sus ojos.

No le hizo falta, sin embargo, pues en la puerta de la habitación resonaron unos fortísimos golpes. Sin esperar respuesta, los goznes se abrieron, dando paso al Príncipe Phil. Amelia consiguió dejar en segundo plano el mal trago que acababa de pasar, fijándose en la palidez mortal del rostro de su padre, en sus ojos desorbitados.

─ Papá. ¿qué ocurre? ─ No supo cómo, pero consiguió incorporarse. El dolor había remitido considerablemente desde que despertara, sin duda gracias a las acciones curativas de los sacerdotes. El Príncipe Phil alternó sus ojos de Amelia a Zelgadis, sin pronunciar palabra. La quimera apenas si había mudado su posición hermética, pero sus ojos reflejaban claro desconcierto.

─ Tenéis que venir conmigo ─ se limitó a responder su padre, apremiante ─. Los dos. Lo siento, hija; sé que necesitas descansar, pero esto es necesario.

Amelia y Zelgadis intercambiaron una mirada. Las incógnitas habían borrado de su mente, al menos de momento, toda conversación con el joven. Amelia se tomó unos instantes para ataviarse de nuevo, a toda velocidad, con sus prácticas ropas de viaje. Phil se acercó entonces a su hija para ayudarla a caminar, pero ella rehusó el ofrecimiento. Se encontraba lo suficientemente bien como para hacerlo sola y, teniendo en cuenta la situación en la que se hallaba sumida la ciudad, era necesario que el resto de habitantes del castillo la viera en óptimas condiciones. "Al menos recobrarán en algo su aplomo", pensó con tristeza.

Así pues, Amelia atravesó los corredores, arropada en la sucia capa de su padre, con el ceño fruncido en gesto digno y paso seguro. Escoltada por Zelgadis y Phil, los escasos súbditos que rondaban por los pasillos se inclinaban a su paso, maravillados de verla tan recuperada. Sin embargo, el esfuerzo tenía como consecuencia el retorno de un molesto dolor en el costado. Intentó ocultarlo por todos los medios. No podía desfallecer.

Por fin llegaron a su destino: uno de los altos torreones del palacio, el más grande de ellos. Subieron con premura las frías y pétreas escaleras de caracol hasta llegar al extremo superior de la torre. Phil se volvió hacia ellos con un suspiro, depositando su robusta mano sobre el pomo de la puerta.

─ Desde aquí estamos dirigiendo la defensa del reino ─ comunicó Phil ─. Ahora, entraremos.

─ Príncipe, sería mejor si nos explicarais lo que está ocurriendo ─ dijo Zel, con una dureza que no reflejó su rostro. Phil le miró con gesto grave.

─ Lo veréis por vosotros mismos ─ aseguró.

Acto seguido, abrió la puerta.

Salieron al exterior. El altillo de la torre era sumamente extenso; coronado por las estrellas, la lluvia caía sobre el suelo como una inundación. Cinco clérigos agotados se situaban sobre los extremos de un pentagrama dibujado apresuradamente en el suelo, levantando con su magia una perceptible barrera protectora que rodeaba el perímetro de la torre. Los sacerdotes hacían caso omiso a la lluvia que les empapaba las túnicas y azotaba sus cabellos. También estaban presentes su tío y varios de los grandes señores de Saillune. Distinguió a Lord Krophel, amigo de confianza de su padre. También vio a sir Lorrick, cuyos ojos se iluminaron al ver sana y salva a la princesa; no obstante, su alivio se esfumó con rapidez. Todos ellos, tan diferentes entre sí, tenían no obstante algo en común: su vista nerviosa, alarmada, estaba clavada en un determinado punto del terreno.

Xellos se erguía en el exterior de la barrera, flotando pausadamente y ajeno al temporal del plano material. Con los brazos cruzados sobre el pecho y su bastón descansando entre ellos, el demonio clavó sus ojos en los tres recién llegados, esbozando una sonrisa taimada.

Amelia se paró en seco. De repente, el frío que sentía no tenía nada que ver con el viento, y se arrebujó en la capa sin que éste se esfumara. Pudo ver cómo Zelgadis comenzaba a temblar; casi podía sentir la ira que se desprendía de su cuerpo.

─ Cuanto me alegro de veros ─ dijo Xellos alegremente, agitando su mano en un saludo al que ninguno de los presentes respondió. Amelia recuperó en algo su aplomo. Se adelantó un paso y, apretando los puños, señaló al mazoku con un dedo acusador.

─ Xellos, no me puedo creer que tengas el descaro de presentarte aquí ─ exclamó ─. Si la Justicia fuera un arma, ya estarías muerto hace tiempo.

─ Amelia, no has cambiado nada ─ observó el demonio, risueño.

─ ¿Qué quieres? ─ La pregunta de Zelgadis sonó calmada y susurrante. No obstante, todos reaccionaron como si la quimera acabara de sacar un explosivo gigante de entre sus ropas. Todos excepto Xellos, que acentuó su sonrisa.

─ Vaya, vaya, chico de piedra ─ saludó, sarcástico ─, veo que tú también sigues como siempre.

La quimera juntó sus manos entre temblores coléricos, concentrándose. Amelia se aferró a su brazo, negando vehementemente con la cabeza. En el fondo la sorprendía ser ella la que contuviera sus impulsos, y no al revés, como solía ocurrir; pero tratándose de Xellos… Zel la miró y parpadeó, dándose cuenta, al parecer, de lo que había estado a punto de hacer. Suspiró para serenarse, adquiriendo una frialdad tal que hubiera congelado a Xellos de haber podido.

─ No has respondido a mi pregunta ─ dijo entonces, sin dejar que la furia afluyera a su exterior nuevamente.

─ Veréis, tengo un mensaje para los grandes mandatarios de Saillune y, simplemente, quería que vosotros estuvierais presentes. ¡Echaba de menos a mis viejos compañeros! ─ dijo el interrogado con sencillez ─. En fin, supongo que querréis saber cómo están Lina y Gourry.

─ ¿Cómo están? ─ Preguntó Amelia con un hilo de voz.

─ Pues la verdad es que no lo sé.

─ ¡Maldito seas! ─ rugió Zelgadis. Amelia fue consciente de que, si la conversación no llegaba pronto a su fin, el autocontrol de su amigo no duraría mucho más tiempo.

─ La última vez que los vi estaban inmersos en una importante batalla… o a punto de sumergirse en ella, al menos ─. La socarronería de Xellos dio paso a una calma siniestra ─. Iré al grano, habida cuenta de que últimamente mis amos han decidido utilizarme como chico de los recados y no puedo hacer otra cosa que obedecerles: vengo a ofreceros la posibilidad de una rendición.

─ ¿Estás de broma? ─ Bramó el Príncipe Phil, rojo de ira ─. Vuestro cometido es destruir el mundo. Ni siquiera rindiéndonos conseguiríamos nada, y aunque así fuera, jamás nos arrodillaríamos ante engendros como vosotros.

─ Oh… me temo que moriréis elijáis lo que elijáis ─ corroboró Xellos, rascándose la cabeza como si lo lamentara profundamente ─; pero la cuestión es que, si esgrimís la bandera blanca, desapareceréis sin más, sin dolor. Veréis, nuestro dios parece haber desarrollado una… extraña afición por la tortura. No creo que deseéis ver sufrir a vuestra hija.

Phil apretó los dientes, atrapado entre la espada y la pared. Xellos volvió a sonreír, satisfecho.

─ ¿Qué me decís? ─ Xellos paseó su vista por los presentes, que bajaron la mirada, incapaces de sostener la del mazoku ─. No tenéis alternativa.

─ Sí hay alternativa.

La voz segura de Amelia captó todas las atenciones. Su padre la miraba con los ojos desorbitados, y Zel estrechaba los suyos, indeciso, al parecer, sobre si debía hacerla callar o dejarla continuar. Pero la princesa prosiguió. Depositó sus ojos en los de Xellos, y no los apartó cuando éste la observó fijamente.

─ Sí hay alternativa ─ repitió, apretando los puños. Las formas de una espectacular pose acudieron a su memoria; de algún modo necesitaba acudir a ellas, pues la congoja desaparecía de inmediato al llevarlas a cabo. Mientras las realizaba, su estatura pareció aumentar de tamaño, alcanzando dimensiones descomunales ─. Puede que perezcamos en esta guerra, y que tu sucio ejército penetre en estas tierras. Puede que el mundo sea destruido y ya no quede nadie con vida para corroborar nuestras hazañas. Pero sé algo ─ su voz se convirtió en un bramido mientras saltaba sobre el lugar más alto de la torre. El odio que le producía la situación de su reino la alentaba, mezclándose con otros detalles, como la suerte de Lina y Gourry, el destino de Sylphiel… las impasibles palabras de Zelgadis en lo referente a su posible boda. Todo acudía a ella avivando una llama prendida con imperecederos ideales ─. ¡¡No nos rendiremos como perros!!. ¡¡Me da igual si el mismísimo Señor de las Pesadillas se materializa en este mismo lugar con intención de aniquilarnos!!. ¡¡Lucharemos hasta el final!!

Un silencio cargado de perplejidad se cernió sobre los presentes, hasta que, poco a poco, cargados con la luz de la esperanza y el pundonor, los grandes señores ratificaron las palabras de la joven con esplendorosos gritos de desafío. Sir Lorrick gritaba como el que más, aclamando la valentía de la muchacha. Ésta suspiró y, de repente, se dio cuenta de que Zelgadis la miraba con una amplia sonrisa insólita en él y una expresión de orgullo en sus pupilas oscuras. La sonrisa bailó en los labios de Amelia, recordando lo acaecido en la habitación, pero finalmente, sin poder evitarlo, le devolvió el gesto con igual intensidad.

Cuando el alborozo hubo cedido a la expectación, un impasible Xellos suspiró largamente.

─ Me ha quedado bastante claro ─ dijo ─. Lo siento, chicos… pero ya habéis decidido vuestro destino.

El mazoku desapareció. Con un gruñido de rabia, Zelgadis corrió hacia el otro extremo de la torre, apoyándose en la barandilla tanto como le permitía la barrera.

─ Maldición ─ le oyó gritar ─. Ese condenado… despreciable… tenía que desaparecer con el rabo entre las piernas, como siempre. Me hubiera gustado…

Las palabras de Zel se detuvieron de improviso… demasiado de improviso. Los grandes señores, situándose junto a la quimera, reaccionaron exactamente igual, o peor, con aterrados gritos de pánico. Uno de ellos, incluso, se derrumbó sobre el suelo, sosteniéndose la cabeza desesperado y perdiendo el control. "¿Qué… qué sucede?", Amelia, con los ojos desorbitados, corrió hasta donde se encontraban ─ aunque desgraciadamente olvidó que se encontraba en un sitio alto, y fue incapaz de evitar el porrazo ─, dirigiendo su línea de visión al punto que los demás observaban.

Entonces, se sintió desfallecer.

El extenso manto negro conformado por mazokus rodeaba la capital como un burbujeante mar oscuro. La princesa podía percibir las ahora débiles defensas, que parpadeaban con cada ataque. No divisaba a Xellos, pero, de algún modo, sabía que el demonio no estaba participando en el ataque; tal vez, si se hubieran rendido, el sacerdote ya habría reducido la ciudad a la nada: era muy capaz de hacerlo.

Sin embargo, no fue esta visión de desesperanza la que captó la atención de Amelia, sino la nueva presencia que, apenas uno o dos kilómetros más allá, acababa de materializarse, soltando una estentórea carcajada cuyo regocijo brillaba en dos pupilas rojas como la sangre.

Shabranigudú había hecho acto de presencia.

· · ·

Hacía mucho que Gourry había perdido la noción del tiempo. Exhausto, pero muy consciente de que no podía detenerse, sentía que su cuerpo no era el suyo, sino un montón de complejos engranajes que se movían de forma automática, embistiendo, golpeando. Debió de ser a causa de su concentración que los demonios apenas le habían tocado: eran criaturas de baja estofa, muy capaces de perecer ante el poderoso filo de su espada mágica. "Pero si dejaran de aparecer de una maldita vez…", reflexionó el guerrero con un matiz de angustia. Desde que empezara la batalla, los demonios que destruía se veían sustituidos, de inmediato, por otros de igual categoría. Apenas tenían descansos de minutos antes de que el ejército demoníaco atacara de nuevo.

Por suerte, ya no quedaba ni rastro de los monstruos que se habían unido a ellos.

A Gourry todavía le maravillaba el hecho de que hubieran podido resistir. Al principio le pareció inaudito, pero en cierta ocasión pudo ver cómo Sar Vanion invocaba un destructivo Drag Slave casi tan poderoso como el de Lina, por no decir más. El impresionante ataque había acabado con aproximadamente la mitad de los seres no pertenecientes a la raza demoníaca. Lina había llevado a cabo el mismo hechizo, por lo que el resto de criaturas y bestias no tardó también en perecer; sin embargo, la intervención de la joven le había sorprendido. ¿No se suponía que tenía que reservar sus fuerzas para ese hechizo legendario?

Sin embargo, la victoria había sido una ilusión momentánea. Gourry siempre dejaba a Lina sacar las conclusiones y conjeturas de cualquier situación en la que se encontraran, mientras que él se limitaba a actuar; sin embargo, en esta ocasión incluso el espadachín era capaz de deducir que no aguantarían por mucho más tiempo.

Por si eso no era poco, la maldita lluvia actuaba como un perfecto cortinaje opaco sobre su visión, que no mejoraba mucho en una noche sin estrellas.

"Ya es suficiente, esto tiene que acabar", pensó por decimoquinta vez, buscando a Lina con la mirada. A su lado, un zagal de apenas quince años cayó entre estertores, atravesado de lado a lado por una garra de al menos metro y medio de longitud. De repente le pareció ver otro rostro en aquella vida que expiraba: el de un muchacho, más o menos de su edad, compañero de correrías en la aldea que lo vio nacer y que se alistó al ejército junto a él. ¿Cómo se llamaba…? Roynal, sí… ni siquiera recordaba muy bien su rostro; sin embargo, sí era capaz de evocar con claridad sus asustados ojos desorbitados cuando un soldado enemigo le atravesó el corazón; sus pupilas sin vida clavadas en el nublado cielo, sin verlo. Sintió una potente punzada de rabia. "Tiene que acabar, demonios… ya basta… ¡Tiene que acabar!"

Como si por fin alguien hubiera respondido a sus plegarias, los mazokus se detuvieron. Ignorando las miradas perplejas y recelosas de los humanos que se enfrentaban a ellos, las criaturas fueron desapareciendo una a una. Gourry, boquiabierto, miró en torno a sí. De repente, como si jamás hubiera existido, el ensordecedor bullicio del campamento se vio sustituido por un silencio inquietante, roto sólo por el siniestro soplo del viento que hacía crujir la madera quemada y azotaba las telas de las escasas tiendas que quedaban en pie, mientras la totalidad de los seres humanos allí reunidos se dedicaba a reaccionar igual que el espadachín.

─ ¿Qué ha ocurrido? ─ preguntó él, a nadie en concreto ─. ¿Qué pasa?. ¿Acaso hemos ganado?

─ No lo creo, guerrero ─ le respondió entonces una voz ronca que le provocó un sobresalto. Kerkaat se encontraba junto a él, con los ojos muy abiertos y fijos en el horizonte. El asesino se encontraba subido a un carromato semidestruido, arrodillado y jadeando para recuperar el aliento. Su piel morena brillaba por la lluvia, y el cabello empapado le encubría el rostro mientras sus dedos sostenían la daga.

─ ¿Entonces por qué se han ido? ─ Inquirió nuevamente Gourry, estrechando los ojos. Le extrañaba la actitud del asesino. Sólo le había visto actuar de ese modo en escasas ocasiones que ahora se le antojaban como parte de una vida anterior: el asesino reaccionaba así con la elfa… cuyo nombre, por más que se estrujara el cerebro, no conseguía recordar. "Pero es imposible que ella esté aquí", pensó entonces, "a no ser que…".

Con un vuelco al corazón, Gourry escuchó las exclamaciones de los supervivientes del combate, que distaban mucho de ser victoriosas. Todos observaban algo en la lejanía, con expresiones de abatida esperanza. Gourry miró también, aunque, de algún modo, intuía lo que iba a ver. Lo supo desde que advirtió la reacción de Kerkaat.

Una masa uniforme se alzaba a muchos kilómetros de distancia, demasiado lejos como para considerarla un peligro acuciante. Sin embargo, lo era. La penetrante visión del guerrero captó, aun en medio de la lluvia, dos resplandores rojos. "Sólo una criatura en este mundo posee esos ojos", reflexionó entonces, apretando los dientes. "Y es ese dios demonio… Subrani… como se llame. Esto está empeorando por momentos…".

─ Kerkaat ─ apremió Gourry, sin apartar los ojos de la escena y envainando su espada ─, tenemos que encontrar a Lina. Ella es quien posee la clave para acabar con…

─ Ella está allí…

─ ¿Cómo? ─ El tono de voz tembloroso del asesino le hizo volver a posar sus ojos claros en él. El individuo apretaba los puños y asía su daga con fiereza. Su rostro era la viva imagen de la ira.

─ Laidanne está allí ─ repitió, agregando el nombre. De repente, aferró con firmeza su colgante. La esmeralda parecía refulgir tenuemente ─. No voy a dejar que muera. No lo consentiré ─. Sin esperar respuesta, el asesino saltó ágilmente y, ante la mirada atónita de Gourry, se acercó a un caballo que vagaba libre por el campamento arrasado. Parpadeando y recuperándose de la conmoción, el guerrero alzó una mano hacia él.

─ ¡Kerkaat, espera! ─ Gritó, mientras el individuo montaba sobre el animal a pelo y emprendía un desenfrenado galope ─. ¡No debes ir sólo! Lina. ¿dónde…?. ¡Por los dioses, no cometas una locura!

El instinto impulsó al guerrero a correr hacia él y traerle de regreso. Casi estuvo a punto de llevar a cabo sus propósitos.

─ Déjalo ir ─ dijo con firmeza una voz femenina, a su lado. Gourry ni siquiera necesitó mirar para saber quién era, pero lo hizo, atónito. Lina se encontraba a su lado; aunque su rostro estaba pálido y demacrado por el esfuerzo de la batalla, permanecía anclada en la tierra, serena y con una expresión totalmente imperturbable, mientras sus ojos castaños miraban con fijeza la forma casi incorpórea del dios demonio. La escrutó con la mirada para averiguar sus intenciones. Normalmente lo conseguía, pero éste no era el caso.

─ No podemos dejarlo ir, Lina ─ respondió entonces el guerrero, en tono cortante ─. Morirá…

─ Esto es lo que lleva esperando casi desde un principio ─ lo atajó Lina ─. Si ahora le detienes, lo único que conseguirás es que se vuelva contra ti, lo cual no es muy conveniente en estos momentos.

Gourry titubeó. El tono de voz de Lina no admitía discusión, y él, muy prudentemente, solía guardar silencio en tales ocasiones, muy consciente de que un paso en falso podría despertar su ira. Muchos lo consideraban débil de carácter por ello cuando, en realidad, era una mera cuestión de sensatez y sentido común.

Sin embargo, en este caso la situación no invitaba a ser prudente. Volvió a fijar los ojos en el punto por el que había desaparecido Kerkaat, borroso por la lluvia al igual que la silueta del demonio. Kerkaat le caía bien. Era un tipo complicado, pero humano a pesar de ello, y desde que descubriera la inmensa tristeza que invadía al asesino, aun cuando éste jamás le hubiera hecho jamás partícipe de la misma, había tratado de ayudarle. Y ahora lo dejarían marchar, morir…

Gourry se encaró con Lina, ceñudo.

─ Yo voy a ir tras él ─ anunció firmemente ─. Si no vienes conmigo, iré yo sólo.

La hechicera no respondió, ni le miró. No obstante, pasados unos segundos esbozó una sonrisa divertida. Furibundo ante su reacción, insistió:

─ Lo digo en serio ─ la firmeza, sin embargo, ya no era la misma ─. Iré tras él y… y te dejaré aquí.

─ Sabes que no lo harás ─ esta vez Lina sí le miró, con una pícara calidez en sus ojos castaños. A una parte de él siempre le había gustado la vertiente traviesa de la muchacha, pero la otra hervía de irritación, más que nada porque sabía que ella tenía razón: jamás sería capaz de dejarla sola. Emitiendo un audible gruñido, el espadachín apartó la vista; no le gustaba dejarse llevar por el enfado, pero ella era capaz de hacerle estallar en numerosas ocasiones.

─ ¡No seas tonto, Gourry! ─ Exclamó ella, risueña y adelantándose a él. Gourry la miró de soslayo, confuso ─. ¿Crees que le dejaría enfrentarse solo a Ojo de Rubí?. ¡Soy yo quien merece llevarse el protagonismo!

Atónito, el guerrero siguió a su compañera con la mirada. Entonces sonrió al ver cómo ésta esbozaba, a su vez, otra sonrisa. Su seguridad no era del todo cierta, pues en sus ojos persistía un leve matiz de temor; cualquier otro no hubiera podido darse cuenta de ello, pero sí él. Aun así, no puedo evitar admirarla una vez más. Siempre decidida. Siempre orgullosa…

─ ¿Iremos tras él, entonces? ─ Preguntó el guerrero. Haciendo gala de su casi inalterable despreocupación, se acercó a ella.

─ Así es ─ la maga negra lo miró a los ojos, acentuando su sonrisa y esa perpetua llama de poder en sus pupilas que, de algún modo, conseguía cautivarlo ─. Ha llegado la hora de la verdad. ¿Estás listo, Gourry?

Continuará…


Aclaraciones del autor:

Bueno, ya veis que la espera (que apenas ha sido de un día más, casi dos) ha tenido su recompensa… :) (esto va por ti, Nadesiko xDD). En fin, se podría decir que, aunque todavía quedan dos capítulos (y el epílogo) para que esta historia finalice, el relato ya ha entrado en su recta final.

Qué decir de este capítulo… pues que por fin he dado un poco de protagonismo a nuestro querido Gourry, un personaje cuyo pasado puede dar mucho juego; no sólo he querido narrar una escena desde su propio punto de vista, sino resaltar los temores y tristezas que creo que un hombre como él posee. Realmente, Gourry sí participó en una guerra interna de su tierra natal, Elmekia; los pormenores de dicha contienda nadie los conoce, ni tampoco sé cuándo participó Gourry en ella, pero es de suponer que fue a temprana edad (algo por otro lado bastante común en las sociedades medievales, en las que los niños se veían obligados a madurar demasiado rápido, y más aún en períodos bélicos). Tal acontecimiento, y tan joven, tiene que haberlo marcado, pese a su talante optimista por naturaleza.

Y por supuesto, destaco el regreso de Xellos xD. La verdad es que al principio me planteé que apareciera bajo la identidad de Parelish o Sar Vanion… pero como esos dos me han acabado encantando, decidí crear a Davian para no echar a perder dichos personajes. Dudo mucho que os haya sorprendido su aparición, sin embargo, puesto que ya había puesto una pista bastante clara en la conclusión del capítulo anterior. :p

¡Y esto es todo, amigos! Sólo decir que el siguiente capítulo será el más largo de todos (cosa bastante difícil de conseguir xD). La última batalla está muy cerca… ;) risa malévola xD.

¡Saludos!

Neyade Tinúviel
Druida Gris, Zahorí y Aprendiz de Mago