10. Promesas

"¡Lina, baja de una vez!"

"¡Estúpido!. ¿Es que no me he explicado con claridad? La caverna de esos bandidos está a treinta metros sobre el suelo, en una cueva situada en lo alto de una montaña.

"¿Y qué demonios me quieres decir con eso?"

"¡Pues que si no volamos tardaremos horas en ascender!"

"¡Me da lo mismo! N-no me gusta volar, y lo sabes muy bien…"

"Dioses… y si es así. ¿por qué narices sigues viajando conmigo? Podrías ahorrarte muchos problemas."

"¿Cómo? Qué pregunta más absurda, L-Lina, soy tu guardián…"

"El mismo cuento de siempre…"

"Oye, que es verdad. Me comprometí a protegerte desde el primer momento en que te vi, y así seguirá siendo siempre."

"¿Si… siempre? Seguro que no te atreves a apostarlo…"

"Te estoy diciendo que sí, Lina. ¿No me has oído? Aceptaré la apuesta, si quieres. Voy a estar siempre a tu lado d-demonios. Te lo prometo."

Siempre…

· · ·

─ Gourry… Gourry…

─ Mi… mi señora Lina, no deberíais moveros. Estabais muy débil cuando os trajimos, no…

─ ¡Cierra la maldita boca y llévame junto a Gourry! ─ "¿Pero es que no le entra en la cabeza? Gourry me necesita. Al muy tonto no se le puede dejar sólo…", Lina esbozó una sonrisa, sintiendo la necesidad imperiosa de estallar en carcajadas. "Sólo necesita que yo lo saque del atolladero, como siempre…". Continuó riendo. Se dio cuenta de que debía asemejarse a una maníaca histérica, pues el nervioso criado que intentaba cortarle el paso la observaba estupefacto, como si se hubiera escapado de algún sanitario. Pero no le importaba. Sus ganas de reír aumentaron cuando las puertas se abrieron de golpe e irrumpieron en el lugar otro sirviente y cuatro siluetas que, a simple vista, le sonaban de algo. Pero no tenía tiempo para lidiar con seis personas. Tenía que ir junto a Gourry.

La hechicera, ignorando el brumoso dolor de cabeza que invadía su cerebro, ignorando su borrosa visión, que transformaba a los individuos presentes en un ejército de inhumanos espectros que ansiaban evitar que se reuniera con el guerrero, se abrió camino entre ellos, tambaleándose. No podía desmayarse ahora, tenía… debía llegar a su lado. Justo cuando alcanzaba la puerta, que bailaba en una rimbombante danza ante sus agotadas pupilas, unos fuertes brazos sujetaron los suyos, clavándose los pétreos dedos en su carne con tanta fuerza que sus músculos palpitaron de dolor. Parpadeó, apretó los dientes con inmensa furia, rugiendo ante la mole que intentaba detenerla.

─ ¡Suéltame! ─ Creyó haber gritado, pero la realidad es que prácticamente no escuchó ni su propia voz.

─ No ─ dijo tajantemente la pétrea criatura ─. No, Lina, Gourry necesita descansar. Él… él no… lo siento, Lina.

─ ¡¡NO!! ─ bramó ella ─. ¡¡QUIERES QUE PERMANEZCA AQUÍ MIENTRAS ÉL CORRE PELIGRO!! ─ Ahora reconocía al sujeto que la retenía: Zelgadis, sus ojos oscuros brillando con una congoja que la estática quimera raras veces mostraba. De repente, lo vio bajo una luz nueva ─. Eres un maldito traidor, Zelgadis. ¿Dejarás que Gourry muera sin mover un músculo? Si no te apartas ahora… te juro que te mataré.

─ Lina, no puedes ayudarle ─ la voz del que fuera su amigo sonaba atónica y ciertamente abatida, pero a oídos de Lina fue como si la quimera estuviera riendo y regocijándose en su dolor ─. ¿No lo comprendes? Gourry va a…

─ ¡¡NO!! ─ Repitió ella, bajando súbitamente el tono de voz y añadiendo, cargada de rencor ─: no me sorprende que te importe tan poco, Zelgadis. Siempre has sido un monstruo y nunca dejarás de serlo.

Consiguió lo que quería: los brazos de Zelgadis temblaron con violencia al tiempo que cedía su presión, y ella se liberó de sus garras sin perder ni un instante más, emprendiendo de nuevo la incierta carrera.

─ ¡Lina, por favor! ─ Escuchó clamar a una sollozante voz femenina, la cual avivó en ella recuerdos de una joven princesa de ropas níveas ─. ¡Detente!

─ No lo conseguirás así, siempre ha sido una maldita testaruda ─ gruñó seguidamente una voz masculina, enronquecida y brusca ─. ¿No vas a avisar a tu maestro, mago?

─ Sa... Sar Vanion está con el señor Gou… co-con él. No ha podido venir…

El resto de las palabras se ahogó cuando Lina abandonó el aposento, atravesando rauda el corredor, el cual también se agitaba a sus ojos. Lina amplificó su sonrisa. "Estúpidos… no conseguiréis detenerme. Si os atrevéis a ponerme la mano encima os haré saltar por los aires." Prosiguió su veloz carrera, al menos tan veloz como le permitían las piernas, hasta que dobló una esquina y divisó, a unos metros de distancia, a una doncella abandonando una habitación cargada con un montón de vendas ensangrentadas. La joven se paró en seco y exhaló un grito ahogado, mirando a la hechicera con los ojos desorbitados. Pero ella la ignoró. Sin pérdida de tiempo, alcanzó el lugar en tres zancadas y abrió la puerta.

Dos personas se inclinaban sobre un camastro, pero sólo a una de ellas alcanzaba a iluminarle la tenue luz de una antorcha. Las facciones masculinas reflejaban una profunda gravedad acentuada por el claroscuro de las sombras, y las llamas titilaban en los ojos amarillos del individuo. No alzó la mirada cuando entró Lina, como tampoco lo hizo la otra figura, tan concentrados como estaban en el escrutinio del yaciente.

─ ¿Tardará mucho en venir Sylphiel? ─ Susurró la presencia envuelta en tinieblas, una mujer, con una voz cansada no exenta de fortaleza. De algún modo, le resultaba familiar, pero no le sobraba el tiempo como para perderlo en naderías.

─ Espero que no. Parelish podría ayudarnos, pero tuve que enviarle a cuidar de esa moza. En cualquier caso, me temo que ya no hay nada que hacer… ─ curiosamente, el tono del hombre continuaba poseyendo ese matiz despreocupado que tanto le caracterizaba. Sin mirar a Lina, alargó una mano hacia ella ─. Chica. ¿traes las vendas limpias? Dámelas ─ musitó distraído. Pero la hechicera no lo escuchó; sus primeras palabras resonaban con cruel intensidad en su cabeza: "ya no hay nada que hacer…"

"No…", sacudió la cabeza, los ojos desorbitados clavados en el suelo, sin verlo, "no, no… tiene que haber algo que yo pueda hacer. Algo… a ese tonto no lo mata nadie ni cortándole la cabeza. Es imposible."

─ ¿No me has oído, muchacha? ─ Inquirió de nuevo el hombre, impaciente, alzando finalmente los ojos… y abriéndolos como si se le fueran a escapar de las cuencas ─. ¿Qué hacéis aquí, moza? ─ Era sorprendente el férreo control que el sujeto mantenía sobre su voz, la cual expresaba una calma que no armonizaba con su semblante. La mujer se removió en la oscuridad, y Lina sólo acertó a adivinar que se había apartado para mirarla a los ojos.

Se había apartado… lo suficiente para dejar al descubierto a Gourry.

No reconocía su rostro, tan cadavérico que se había tornado grisáceo. Sus mejillas se estiraban sobre los pómulos, y los ojos verde azulados, apagados y cerrados los párpados a su alrededor con una fuerza fruto del dolor, se hallaban hundidos en sus órbitas. El desgreñado cabello rubio, húmedo por el copioso sudor que bañaba la totalidad de su cuerpo, se desperdigaba indomable sobre su faz. Respiraba en jadeos entrecortados, en cuyas exhalaciones se escapaban quedos gruñidos demasiado semejantes a estertores. Su pecho subía y bajaba con deliberada lentitud, como si cada movimiento requiriera de todas sus fuerzas. Las manos de la mujer se divisaban bajo la débil luz, empapadas en sangre, apretando con fuerza la espantosa herida en un vano intento de contener la hemorragia.

Las piernas de Lina comenzaron a moverse solas, llevándola junto a él. Una parte de sí misma sentía reticencias a acercarse, temerosa ante lo que podría suceder; no obstante, la maga negra decidió hacer caso a sus primeros instintos. No se detuvo hasta que estuvo frente al camastro, y ni Sar Vanion ni la misteriosa mujer movieron un músculo ante la escena.

Los ojos de Gourry se entreabrieron al sentir su presencia, nublados por un velo de cansancio y enajenación causado por la fiebre. Movió las pupilas varias veces a presurosa velocidad, sin detenerlas ni un solo instante en ella.

─ ¿Lina…? ─ Su voz apenas si se asemejaba a un gruñido inaudible, pero ella leyó en sus labios. Los de la hechicera se curvaron en una imperceptible sonrisa que no acompañaba a sus ojos, brillantes por las hordas de lágrimas que comenzaban a agruparse en ellos. Situó con delicadeza la mano sobre la frente de Gourry, acariciándole el rostro, y casi le sorprendió que el guerrero no estuviera literalmente envuelto en llamas.

─ Estoy aquí, Gourry ─ se oyó decir con voz temblorosa. Las comisuras de los labios del espadachín encontraron fuerzas para dibujar una espasmódica sonrisa, un esfuerzo que le costó unas cuantas toses sanguinolentas. La muchacha se apresuró a tomar entre sus manos un vaso de agua que descansaba junto a ella y vertió parte de su contenido en la boca del moribundo. Éste volvió a atragantarse, pero al menos sus toses cesaron. Entonces, parpadeando, enfocó levemente sus ojos y los depositó en Lina.

─ Lina, he… ─ apretó los labios cuando el dolor le atenazó hasta estremecerlo.

─ No hables ─ le atajó ella ─. Si hablas te dolerá más. ¿Es que tampoco sabes eso, cerebro de medusa? ─ Concluyó sus palabras con una trémula carcajada. Había intentado conferirle a su voz la misma furia amistosa, la misma impaciencia de siempre, pero no lo consiguió. Sin embargo, Gourry no mudó su asomo de sonrisa, y no hizo caso a su consejo. Continuó hablando:

─ Lina, he… ─ repitió él ─… he ganado la apuesta.

─ ¿Cómo?

─ He… he estado contigo… ─ otra tos. Un hilillo de sangre le resbaló por la barbilla, pero hizo caso omiso de él ─… he estado contigo… hasta el final. T-te lo dije…

─ No ─ en su obstinación, las lágrimas se liberaron por fin, cubriendo las mejillas de la hechicera como un par de cascadas ─. No es el final, Gourry. Yo siempre gano. ¿recuerdas? No vas a morir… ¿me escuchas?. ¿Me escuchas, Gourry?. ¡No vas a morir!

Un macilento brazo se alzó del catre. Los enflaquecidos dedos del guerrero recorrieron sus mejillas, eliminando las lágrimas, protegiéndola de su propia congoja como tantas otras veces la salvaguardara de sus enemigos. Sus labios se abrieron, un sonido gutural brotando de su garganta que indicaba su deseo de seguir hablando, su necesidad de decirle algo que, quizás, jamás le había confiado.

La luz de sus ojos se extinguió. Su brazo cayó, flácido, sobre el lecho, causando un suave sonido al chocar contra el mullido colchón de plumas.

No supo cómo sucedió, pero, de improviso, estaba gritando, golpeando el pecho de Gourry, instándole con sus alaridos a despertar. No lo consiguió, sin embargo; el espadachín no se movió, no detuvo sus manos con un furibundo y resentido quejido, no brillaron sus ojos por la confusión ante la ira de su compañera, no la rodearon sus brazos para calmar su llanto. Sintió que alguien intentaba sujetarla, pero le apartó de sí con un violento empellón; fue consciente de la multitud de voces que penetraban en la habitación, algunas gritando, otras sollozando. Pero ninguna como ella. Estaba convencida de que, en sus aullidos, sus cuerdas vocales se habían desprendido de su garganta, pues de repente sus chillidos se mitigaron hasta convertirse en agotados susurros afónicos. Pero su mandíbula continuaba desencajada, empecinada por proseguir con su ardua misión.

De repente, un fuerte puñetazo la envió volando hasta la pared, estrellándose con violencia. También, en las antípodas de su subconsciencia, supo que debía reconocer esa agresión; la mujer que la había golpeado se inclinaba sobre ella, crujiéndose los nudillos y berreándole algo, algo que a sus oídos llegó como un montón de incoherencias. Más siluetas oscuras se apresuraron a llegar a su lado, rodeándola, oprimiéndola. "Son monstruos, monstruos que quieren llevarme con ellos a un interminable infierno, lejos de Gourry… pues no lo conseguirán."

Se deshizo de todos ellos y emprendió una huída. Una repentina calidez en sus manos y un fogonazo le indicó que a su cuerpo se le había antojado lanzar algún hechizo. El estruendo y el postrero humo la acompañaron en su carrera. Tenía que huir, tenía que despertar, pues estaba convencida de que se encontraba viviendo alguna pesadilla. Sin embargo, ni los arañazos con los que castigó a su rostro ni los punzantes tirones que se daba en el cabello la devolvieron a la realidad. Daba igual. Tenía que seguir corriendo; si lo hacía, hallaría alguna manera de salvar a Gourry. Él no estaba muerto, sólo dormido. Dormido y nada más.

En su huída, chocó contra alguien y cayó al suelo con un violento golpe. La silueta tembló al divisarla, y se arrodilló junto a ella, depositando en el suelo lo que parecía ser una bandeja. Entonces, la agarró por los hombros y la sacudió; primero con delicadeza y, luego, con violencia. Pero ella sólo encontraba fuerzas para intentar desasirse de la gentil, pero firme sujeción. "Tengo que salvar a Gourry. ¿No lo ves? Tengo que hacerlo, tengo que…"

Una corriente de agua fría resbaló sobre su cabeza, y Lina estuvo segura de haber perdido el conocimiento durante unos instantes, sacudida por un violento estremecimiento. Después, sin embargo, regresó a la realidad. Regresó prácticamente del todo a la realidad.

Fue muy consciente de las magulladuras y el cansancio que asolaba su cuerpo, de las ardorosas heridas que sus propias uñas habían abierto en su rostro, del palpitante dolor de cabeza causado tanto por la extenuación como por sus inservibles intentos de arrancarse el pelo en su necesidad de despertar. También se dio cuenta de que estaba arrodillada en un suelo de piedra, húmedo por la reciente lluvia y coronado por una alfombra de nubes grises que anunciaban la cercanía del amanecer. Un patio. Tanto sus ropas como ella misma estaban completamente húmedas.

Y, frente a ella, con los ojos verdes desorbitados por un aprensivo pánico y una jarra de agua vacía entre sus crispados y blanquecinos dedos, se hallaba Sylphiel.

─ Lina… ─ comenzó a hablar ella, entre jadeos rayanos en los sollozos ─. ¿Qué ha ocurrido?

─ Sylphiel… ─ Lina no sabía cómo era capaz de hablar. Sus irritadas cuerdas vocales le recordaban con dolorosas punzadas que ya no podían dar más de sí. Observó en torno a la sacerdotisa con la desorbitada mirada perdida, buscando algo, buscando la esperanza ─. Sylphiel, tienes… tienes que ayudarme. Gourry está muy malherido y ha perdido el conocimiento. ¿Me ayudarás? Tiene que haber algo que le haga recuperar la consciencia. Me ayudarás. ¿verdad?. ¿Verdad?

─ Lina. ¿Gourry está… está… vivo? ─ Inquirió Sylphiel, escudriñando el rostro de Lina como si se tratara de algún tipo de serpiente venenosa. Ésta soltó una tenue carcajada. "¿Por qué me mira de ese modo? Ni que la fuera a morder." Sylphiel sólo acentuó sus temblores al observar tal reacción.

─ Claro que está vivo, Sylphiel. ¿Tú qué crees? Está…

Unos pasos tras ella interrumpieron la conversación, y las dos muchachas miraron tras de sí. Lina sintió una súbita oleada de decepción; esperaba ver a Gourry, recuperado y en óptimas condiciones, esbozando esa amplia y estúpida sonrisa y dispuesto a luchar. Pero a quien vio fue a una alta mujer, imponente y de cabello violáceo. Sí… definitivamente, la conocía; de hecho, era su hermana. Le sorprendió la impasibilidad con la que se fijaba en ese detalle. Sin embargo, Luna no la observaba a ella, sino a Sylphiel, con una mirada apagada que parecía comunicarle algún mudo acontecimiento a la sacerdotisa. El prolongado grito ahogado de la misma, finalizado en poderosos sollozos de angustia y acompasado por la caída metálica del jarro de agua al suelo, hizo que Lina volviera a clavar su mirada en la de Sylphiel.

Ella la observaba con la boca tapada por sus dos manos, retorcidas en sus mejillas como arañas, al tiempo que sus ojos claros se derretían al derramar lo que parecían ser litros de lágrimas.

─ Oh, Lina… ─ sollozó ─. No… Gourry no puede, él no… Lina, lo siento… lo siento…

Fue como si la visión de Sylphiel activara el cerebro de la joven, devolviéndola a la realidad, en esta ocasión del todo. El peso de lo sucedido cayó sobre ella como si el mismo mundo se le viniera encima, la conciencia de la realidad. Miró a Sylphiel a los ojos. Sylphiel, la amiga de la infancia de Gourry. Sylphiel, la dulce sacerdotisa cuya fortaleza se depositaba casi íntegramente en el espadachín. Sylphiel, que también le amaba…

Y entonces se dio cuenta, quizá por primera vez, de que su compañero, su amigo, el amor de su vida, había muerto.

El dolor surgió de ella como nunca lo había hecho. Aquel día había gritado, había vociferado a más no poder. Pero sus labios permitieron que de su interior brotara un último alarido, un dolor que, en esta ocasión, no provenía de su garganta, ni de sus pulmones, sino de su espíritu. Su espíritu desgarrado cuya herida jamás cicatrizaría.

─ Lo siento, Lina ─ Una destrozada Sylphiel, cuyas palabras entrecortadas por el llanto carecían de sentido, la rodeó con sus brazos, estrechándola entre ellos ─ lo siento, Lina. Lo siento, lo siento…

De un modo vago, percibió cómo su hermana se arrodillaba junto a ellas y depositaba sendas manos en las convulsionadas espaldas de las dos muchachas. Lina perdió entonces, nuevamente, toda conciencia de la realidad, abandonándose en las atormentadas sombras de las cuales no deseaba volver a salir. Jamás…

Sus últimos pensamientos también se dispersaron en la oscuridad:

"Lo siento, Gourry. Lo siento…."

· · ·

Una semana. En teoría, había transcurrido una semana, pero para ella el tiempo ya carecía de sentido. Jamás volvería a tenerlo.

Desde lo sucedido, la hechicera había evitado a todo el mundo. Permanecía recluida en el palacio de Saillune, alternando entre sus aposentos y los amplios balcones del mismo. Únicamente permitía la entrada a los sirvientes para que le dejaran comida y agua. Lina ni siquiera percibía cuándo comía, pues sus manos y su boca se movían como si pertenecieran a un autómata. La sorprendía ser capaz de hacerlo, teniendo en cuenta que lo que parecía ser un hervidero de culebras se había instalado en su estómago desde aquel fatídico día; de hecho, así era: en más de una ocasión se había visto obligada a vomitar lo ingerido.

Sus amigos también habían acudido para visitarla, pero ella no había querido recibirles. En más de una ocasión, una titubeante Amelia había intentado entablar conversación con ella, y de vez en cuando Parelish arribaba a las habitaciones para cerciorarse de su buen estado de salud. A Zelgadis lo había visto en una ocasión; la quimera había atravesado el corredor cuando Lina abría la puerta, permitiéndole el paso a un criado, se había detenido y la había observado, temblando sus labios por la intención de decir algo. Sin embargo, había acabado por sacudir la cabeza, suspirando y prosiguiendo su camino. Lina atribuyó su actitud al enfado, lo cual entendía a la perfección. "Jamás debí decirle que era un monstruo…"

Sin embargo, ahí acababan las visitas. No había visto a Sylphiel desde… lo acaecido, cosa que no la sorprendió: no sólo tenía sus deberes como Suma Sacerdotisa, sino que debía estar igual de destrozada que ella; durante unos instantes sintió una oleada de culpabilidad: ella tenía libertad para sumirse en la amargura, pero Sylphiel no gozaba de ese privilegio. Kerkaat tampoco daba señales de vida; algo harto normal, pues el asesino debía de estar ocupado con la recuperación de Laidanne. No había, de igual manera, ni rastro de Sar Vanion, ni tampoco de su propia hermana. Lina comenzaba a preguntarse si la visión de Luna no habría sido en realidad un delirio del momento.

Apoyada en la barandilla de piedra del balcón, arrullada por la gélida brisa que anunciaba el despertar del otoño, Lina mantenía sus enrojecidos ojos castaños, incapaces ya de derramar más lágrimas, en la lejana ciudad. Una ciudad que, poco a poco, comenzaba a recuperarse de las desgracias de la guerra, alentada por la visión de los dragones y los elfos, que aún no habían regresado a su hogar. La maga negra esbozó una sonrisa irónica: la guerra, Ojo de Rubí, el hechizo de los Cinco Sabios… todo ello le parecía ya muy lejano, como si hubiera transcurrido en una vida anterior. El Príncipe Phil, aunque afectado por la muerte de Gourry, se había visto obligado a ofrecer a su pueblo conferencias, condecorando con mantos de honor y gloria a los valientes héroes, tanto vivos como muertos, que alcanzaran la victoria, y entre los que se contaban ella y sus amigos. Cuando el príncipe dedicó un largo discurso a la memoria del espadachín, Lina no dudó un instante en escapar a cualquier rincón donde no pudiera escucharlo, casi a la carrera. Someramente recordaba que las palabras del regente habían sido emotivas, pero no le importaba. Sin Gourry, todo aquello que hubiera podido despertar en ella algún tipo de interés no distaba mucho de ser basura en un añejo cubo de metal.

Tres toques en la puerta. Otra vez, todo se repetía, en un insistente y monótono ciclo: el criado llegaba puntual para dejarle el almuerzo. "Que se vaya", deseó, hundiendo el rostro entre los brazos, "quiero que se vaya." Sin embargo, los toques se repitieron. Exhalando un prolongado suspiro, Lina exclamó con voz lúgubre:

─ Adelante ─ la puerta se abrió, pero Lina no se molestó en mirar atrás. Unas pisadas apenas audibles penetraron en la estancia ─. Puedes dejarlo ahí ─ se escuchó el ruido de una bandeja depositarse sobre la mesa ─. Ahora déjame sola ─ tras unos instantes, escuchó cómo la puerta se cerraba tras ella. En cuanto se vio libre de miradas ajenas, hundió el rostro entre las manos y comenzó a sollozar en un llanto seco.

─ No permitas que esto te hunda, Lina.

La hechicera estuvo a punto de caerse por el borde de la barandilla al escuchar la melodiosa voz justo a su lado. Giró la cabeza con rapidez y se encontró cara a cara con Laidanne.

Casi le pareció estar mirando a un fantasma, pues no había visto a la elfa desde que su presencia se materializara tenuemente en el interior de Shabranigudú. Había escuchado que seguía con vida y que se recuperaba con rapidez ─ Lina jamás había visto que un portador del dios demonio sobreviviera a su destino, pero sabía que en gran parte se debía a Feäntor… o a Ceiphid ─, pero ello era un tema que, después de los siete atroces días, tampoco le interesaba demasiado. Sin embargo, sintió una distante punzada de alegría al ver a la muchacha tan recobrada. Ataviada con un sencillo vestido blanco, el espeso cabello cobrizo le caía en suaves bucles por la espalda. Las mejillas de la muchacha estaban llenas de color, así como sus carnosos labios. Sus ojos brillaban con la luz de la vida ─ algo que ella misma ya había perdido ─, pero al mismo tiempo observaban a la maga negra con una compasión que no se molestó en ocultar. Aun en su dolor, Lina sintió un acceso de iracundo orgullo.

─ Me alegra verte, Laidanne ─ intentó imprimir un tono afable a su voz, en vez de gélido. Desvió la vista de ella ─. Seguro que tienes más cosas que hacer además de hacerme compañía. ¿No deseas estar con Kerkaat?

Sin verlo, la hechicera percibió cómo Laidanne acentuaba su sonrisa.

─ No me he separado de él ni un solo instante desde que me recuperara ─ dijo ─, pero no puedo aislarme en mí misma. Lina… tampoco debes hacerlo tú. De veras que siento muchísimo lo de Gourry.

─ No creo que lo sientas ─ se oyó decir, nuevamente formándose ese doloroso nudo en su garganta. No quería sonar violenta, teniendo en cuenta la buena intención de Laidanne, pero así fue. Parpadeó repetidas veces y apartó los ojos: parecía que las lágrimas comenzaban a recuperar fuerzas ─. No pretendo ser descortés, Laidanne, pero me gustaría estar sola.

─ Lina ─ la elfa prosiguió firmemente, pero con un atisbo de cautela en sus palabras ─, tal vez… tal vez no te parezca lo mismo, pero cuando supe que Feäntor había… desaparecido… me sentí vacía. Él formaba parte de mí. ¿sabes? Estuvo conmigo desde que tuve uso de razón y, con el tiempo, prácticamente se había convertido en una extensión de mi propia alma ─ la voz de Laidanne se quebró, pero continuó con decisión tras suspirar largamente ─. Ni siquiera fue necesario que me lo dijeran; sencillamente… supe que jamás volvería a verlo, supe que ya no existía. De veras, sé cómo te sientes.

─ Veo que nos entendemos ─ el menudo cuerpo de Lina comenzó a agitarse por temblores coléricos causados por el reciente dolor. "Quiero estar sola. Sola. ¿Es que nadie lo entiende?" ─. Te agradezco tu intención, Laidanne, pero no puedes hacer nada, ni tú ni nadie: Gourry… él ya no está, y ésa es la realidad. Ahora. ¿te importaría marcharte, por favor?

─ Lina… no puedes decir eso. ¿Acaso Gourry querría ver cómo te hundes irremisiblemente en el pesar?. ¿Querría él incluso que saltaras a auxiliarle si estuviera en tus manos hacerlo? No…

De repente, Lina estalló, llenándose sus ojos de nuevo por las migajas que restaban de aquellos salados regueros que los acompañaban, apretando los dientes con un rugido hasta que le rechinaron.

─ ¡Me da igual lo que él quisiera, Laidanne!. ¡¡ESTÁ muerto!!. ¡Ya carece de importancia todo lo que hubiera podido pensar o desear! ─ gritó, presa de la amargura ─. Y si como dices estuviera en mis manos el poder resucitarle, traerle de vuelta a la vida… créeme, lo haría. Nunca pude… jamás pude decirle que… que… ─ su perorata finalizó en un quedo gemido. Su rostro se contrajo por el dolor, esa agonía que a partir de ahora siempre la acompañaría, como una sombra cruel. Crispó las manos sobre la barandilla de piedra, asaltada por el repentino deseo de desmenuzarla entre sus dedos ─. Lo haría, Laidanne… ¡¡LO HARÍA!!

─ ¿Lo haríais?

Lina dio otro respingo, abriendo desorbitadamente los ojos y mirando tras de sí. No había sido Laidanne quien le había formulado la retórica pregunta, sino un hombre, con un timbre de voz entre astuto y mordaz que conocía muy bien. Tras ella, Sar Vanion permanecía anclado en el suelo al igual que una estatua de mármol, los brazos cruzados sobre el pecho y la túnica roja cubriéndole en toda su altura, como a un majestuoso soberano. Sus ojos dorados no parpadeaban, observando a Lina con un penetrante escrutinio y una ambigua sonrisa adornando sus finos labios.

─ ¿Lo haríais, moza? ─ Repitió, sin inmutarse ─. ¿Estaríais dispuesta a salvarle de la muerte si fuerais capaz de hacerlo?. ¿Estaríais dispuesta a arriesgar no vuestra vida, sino vuestro espíritu, para hacer que el guerrero regresara? Pensadlo detenidamente.

Lina titubeó ante las inesperadas cuestiones, reflexionando por primera vez en lo que había dicho. Rememoró también esa bien conocida sonrisa, aquellos claros ojos verde azulados iluminados por la suave luz del crepúsculo, los elegantes movimientos cada vez que se disponía a asestar una estocada con su espada, la tranquilidad con la que le arrebataba un trozo de pollo de entre sus manos, sus iras y aprensiones cuando se veía obligado a volar o a disfrazarse de mujer… y sonrió.

─ Sí ─ respondió entonces, sin un atisbo de vacilación en su voz ─. Sin lugar a dudas.

Los labios de Sar Vanion se contorsionaron todavía más en su misteriosa sonrisa, al tiempo que giraba sobre sus talones sin dejar de mirarla:

─ Reuníos conmigo en mis habitaciones ─ dijo entonces ─. Ahora ─ dicho esto, se aproximó a la puerta con movimientos lánguidos y la atravesó con decisión. Lina no apartó los ojos del umbral, con la mandíbula desencajada.

─ Está loco ─ musitó ─. ¿Cómo puede tomarse en serio mis palabras? Los muertos no pueden resucitar.

─ ¿Quién sabe, Lina? ─ La voz de Laidanne le recordó que todavía no estaba sola. El extraño matiz de sus palabras la obligó a encararse de nuevo con la elfa, quien sonreía en una inusitada sonrisa igual de enigmática que la del mago ─. A veces, nuestros deseos más profundos se cumplen… es algo que he podido comprobar por mí misma.

Antes de tener tiempo de parpadear aturdida, pues la muchacha no había dado muestras de sorpresa ante la presencia del hechicero rojo, la joven druida también abandonó la estancia.

Lina permaneció estática en el mismo sitio unos momentos más, asaltada por una maraña de emociones que iban desde la furia más dolorosa hasta el desconcierto más absoluto. Finalmente, y transcurridos unos pocos minutos, suspiró y se dispuso a asistir a su extraña cita con el mago.

Y, sólo entonces, como un difuso pensamiento rescatado de las corrientes de su pensamiento, recordó que Sar Vanion era nigromante.

· · ·

Su sensación de onírica confusión no desapareció cuando Lina atravesó las puertas de los aposentos de Sar Vanion; en todo caso, lo que hizo fue aumentar.

El mago rojo no era el único que se hallaba presente en el cuarto, cómodamente repantigado sobre una silla, con la pierna derecha situada sobre el muslo izquierdo y los brazos descansando en el respaldo del asiento. Parelish permanecía de pie junto a él, con sus manos sosteniendo un grueso cuaderno de notas que sus ojos azules escudriñaban con interés, al menos hasta que ella entró en la habitación. Sylphiel permanecía sentada al borde de una amplia cama, ataviada nuevamente con sus lustrosas ropas de suma sacerdotisa, cabizbaja y cruzando nerviosamente sus manos sobre el regazo; cuando alzó los ojos verdes para depositarlos en Lina, ésta vio, con un estremecimiento, que la luz de sus pupilas también se había extinguido, al igual que la suya propia. Casi al lado de la puerta, apoyados en la pared, se hallaban Zelgadis y Amelia, juntos, como era habitual en ellos (aunque le sorprendió no ver junto a la muchacha al pegajoso caballero zefiriano, quien rara vez se encontraba lejos de ella); la quimera permaneció imperturbable cuando, con los brazos cruzados y apoyado en la pared, divisó a su amiga; sin embargo, una extraña luz brillaba en sus ojos oscuros, y ella apartó la mirada, azorada. Aun sabiendo que en la ceguera de su dolor bien podría haber distorsionado dicha expresión, Lina lo interpretó como una muda acusación. Amelia, por su parte, la escrutaba como si de improviso le hubiera brotado un cuerno en la frente, y sus irregulares movimientos espasmódicos la informaron de que la joven princesa batallaba contra su deseo de correr hasta ella y darle un fuerte abrazo. Al otro extremo de la sala, Laidanne permanecía inalterable, esbozando tan sólo una amplia sonrisa amistosa. Junto a ella, Kerkaat, curiosamente atractivo al irradiar una insólita luz de felicidad, jugaba con la daga junto a la ventana, iluminado levemente por los haces de luz, y se contentó con dirigirle una escueta y pétrea mirada y asentir con la cabeza en gesto de reconocimiento.

─ Pasad, moza ─ indicó Sar Vanion, agitando la mano y esbozando esa característica media sonrisa. "Le borraría esa mueca de un puñetazo, ya lo creo que lo haría…" Sin embargo, acalló sus furibundos deseos, internándose en la agitada sala. Sólo cuando la puerta se cerró tras ella se dio cuenta de que había alguien más en el lugar, y al girar la cabeza comprobó, con los ojos como platos, que la visión de su hermana había sido real: Luna encajó la puerta en el marco, observándola con sus ojos iluminados por una dureza fraternal y un asomo de sonrisa.

─ ¿Qué… qué haces aquí, hermana? ─ Preguntó Lina, intentando controlar sus balbuceos.

─ ¿No es evidente? ─ Luna acentuó su sonrisa ─. Digamos que la guerra ya ha acabado en Zefiria y me he pasado a ver cómo estaba mi querida hermana, la heroína. Aunque jamás imaginé que se fuera a necesitar mi ayuda nada más llegar… no hace falta que me lo agradezcas.

Tragando saliva, Lina se encaró de nuevo con Sar Vanion, aunque con esfuerzo.

─ ¿Por qué me habéis citado aquí? ─ Inquirió con rudeza ─. ¿Por qué estáis todos aquí reunidos?. ¿Qué demonios sucede?

─ Tranquilizaos, Lina ─ indicó Parelish con su voz suave, apaciguador ─. Enseguida os lo explicaremos.

─ Aunque en teoría ya deberíais saberlo ─ Sar Vanion se encogió de hombros ─. ¿No me habíais dicho que estaríais dispuesta a morir por traer de vuelta al guerrero?

Aunque en su fuero interno Lina barajara esa irrealizable posibilidad, incluso recordando la condición de nigromante del mago rojo, la hechicera no se había atrevido a reflexionarlo claramente ni a hacer acopio de esperanzas. En esta ocasión, sin embargo, se dio cuenta de que era real: Sar Vanion le estaba ofreciendo esa posibilidad. Se apoyó en la pared, súbitamente mareada, y Amelia se apresuró a colocarse a su lado y depositar una mano sobre su brazo. Cuando reunió suficiente cantidad de fuerzas para hablar, lo hizo con una trémula voz que no había tenido intención de emitir:

─ Me estáis tomando el pelo ─ aseveró, más para autoconvencerse que para otra cosa ─. Gourry no puede regresar. Está… está…

─ Callad y dejadme hablar, moza ─ el súbito tono de severidad de Sar Vanion, unido a la dureza de los ojos ambarinos, hizo enmudecer a Lina, algo sorprendente en ella ─. No sé si mi abnegado discípulo, aquí presente, os lo habrá comunicado, pero mi poder no sólo abarca el terreno de la magia negra. También soy…

─… nigromante ─ le atajó Lina frunciendo el ceño, dispuesta a recuperar su dignidad ─. Lo sé. Id al grano, maldita sea.

Sar Vanion se tomó unos segundos para ladear la cabeza, torcer la boca en una burlona sonrisa y rascarse tranquilamente el cuello. Lina aguantó estoicamente, reprimiendo sus ansias de zarandearle sin tregua. Finalmente, el hombre entrelazó las manos sobre el regazo.

─ Supongo que también habréis notado que podría haber sido elegido presidente de la Asociación de Magos de Atlas ─ prosiguió el mago con cierta irritación, dejando traslucir su innata ambición ─, pero por diversos motivos, entre ellos mi condición de mago de los muertos…

─… y vuestra despreocupada manera de esquivar las responsabilidades en favor de la diversión, maestro…

─ La cuestión es ─ Sar Vanion asestó una acerada mirada a su discípulo, el cual carraspeó y rebulló inquieto ─ que el principal motivo por el cual no fui elegido como presidente, accediendo a MI puesto ese imbécil de Baderkar, fue una pequeña investigación que, tras años de estudios y experimentos, conseguí concluir con éxito, y que obviamente abarcaba el terreno de la nigromancia…

─ ¡Parad ya de contarme vuestra vida! ─ Atajó Lina, furiosa, apretando los puños con fuerza ─. No hacéis más que retroceder al pasado y… ─ detuvo sus palabras cuando sintió, con un escalofrío, el contacto de la poderosa mano de Luna sobre su hombro.

─ Disculpad, Sar Vanion, la pequeña Lina no sabe contenerse ─ dijo entonces el caballero de Ceiphid, con una voz alegre que anunciaba peligro ─. A partir de ahora guardará silencio. ¿Verdad, hermanita?

─ S… sí ─ se obligó a decir Lina.

─ ¡La tenéis dominada, por lo que veo! ─ Sar Vanion estalló en carcajadas, y Lina contuvo sus impulsos de comprobar cómo quedaría su rodilla encajada en los dientes de esa deslenguada boca ─. En fin, como iba diciendo… dichas investigaciones tenían como objeto la posibilidad de la existencia de un plano intermedio entre la vida y la muerte, un lugar al que, con delicadeza y una considerable magnitud de poder mágico, un simple mortal podría acceder.

Lina se quedó de piedra. Sin embargo, fue la débil voz de Amelia, igual de atónita, la que tomó la palabra:

─ ¿Y lo… lo habéis…?. ¿Habéis comprobado si… podría funcionar?

─ Nunca lo he probado en serio, pero he hecho mis experimentos ─ se limitó a decir Sar Vanion, señalando el cuaderno que sostenía Parelish con un lacónico gesto de la mano ─. Eh… mejor no me interroguéis acerca de ellos; la verdad es que no gozaron de demasiada acogida, y los nigromantes jamás han estado muy bien vistos. El caso es que podría funcionar… con vos, muchacha.

─ Nuestra intención, Lina ─ tomó la palabra Parelish, señalando el libro que portaba entre sus brazos ─ es abrir un portal dimensional entre nuestro mundo y esa especie de… limbo, reservado a las almas que acaban de llegar y cuya agitación interna, alimentada por las ansias de regresar a la vida, les impide estar en cualquiera de los dos planos. Pasado un tiempo, sin embargo, dichas almas acaban por resignarse y acceder al universo de los muertos… al cual, desgraciadamente, no tenemos acceso. Aunque no podamos afirmarlo a ciencia cierta, creemos que el señor Gourry se encuentra actualmente en ese estado; no se podría decir todavía que está muerto… al menos, no del todo.

─ Así pues, hay un límite de tiempo ─ continuó el mago rojo ─. Y no sólo eso. Por lo que he podido dilucidar en mis pesquisas, el limbo de los no-muertos, llamémoslo así, está protegido por una serie de guardianes. No sé muy bien por qué, o qué son. Tal vez temían que algún día algún atractivo mago, como yo, descubriera una vía de entrada a su mundo. En cualquier caso, su cometido es el de impedir que las almas regresen al mundo terrenal. Vuestra misión ─ mirando a Lina sin parpadear siquiera, la espalda de Sar Vanion se curvó, enderezándose en la silla ─ es evitar a esos guardianes, enfrentaros a ellos si es necesario y recuperar al guerrero. No sé en qué estado se encontrará ni donde lo hallaréis; mis conocimientos no alcanzan ese nivel. Empero, sí somos capaces de abriros el camino. ¿Qué decidís?

Lina había escuchado la perorata de los dos magos con la mandíbula tan desencajada que le sorprendía que su barbilla no rozara el suelo. Parpadeando ante la pregunta, cerró la boca. Había una posibilidad, una nimia posibilidad que desafiaba a todas las leyes de la naturaleza, de volver a ver con vida a Gourry, a su guardián… al hombre al que amaba. Escrutó a sus amigos uno a uno: Amelia parecía tan anonadada como ella, y Zelgadis, aun dominando en la medida de lo posible su inmutable semblante, era incapaz de abrir más los ojos; sin embargo, en cierto modo parecía que ya habían escuchado todo aquello con anterioridad. Sylphiel mantenía, sin embargo, la cabeza gacha, y no parecía tener intención de pronunciar palabra. Laidanne observaba la escena con pensativo interés, pero Kerkaat parecía estar más interesado en sus juegos malabares con la daga; conociéndole, la hechicera sabía que el asesino estaba sumamente atento. No quiso mirar a su hermana.

Lina cerró los ojos, dejándose embargar por un acceso de férrea fortaleza que no había experimentado en días. "¿Lo ves, Gourry? Yo siempre gano…"

Al abrir los ojos, la resolución se reflejaba en ellos.

─ Iré ─ anunció ─. Rescataré a Gourry, lo traeré de vuelta. Él… regresará, y no pienso volver a perderlo ─ Sylphiel levantó al fin la vista; en esta ocasión, una débil luminiscencia adornaba sus pupilas.

─ Debo advertiros ─ dijo Sar Vanion, con seriedad ─ de que es muy posible que el intento de rescate sea equivalente a perder vuestra alma. Puede que todo lo que os acabamos de contar sea erróneo o irrealizable, y cabe la posibilidad de que os quedéis atrapada en ese plano… para siempre ─ Lina no titubeó, y sostuvo la mirada del hechicero con obstinada firmeza. El nigromante sonrió ─. Bien… veo que estáis decidida. En ese caso…

─ Eres una estúpida.

Sorprendidos, todos se giraron al percibir el tono de acero en la voz de Luna Inverse, incluida Lina. Su hermana la miraba con unos ojos coléricos y relampagueantes.

─ ¿Có… cómo?

─ Imbécil ─ Luna comenzó a aproximarse a ella, y Lina reculó un paso ─. ¿Estás dispuesta a arriesgar tu propia vida por traer la de ese caballero tuyo?. ¿Tan insensata eres?

Lo que experimentó Lina en ese momento, mezclado con el terror que le inspiraba su hermana, fue ira. ¿Cómo se atrevía? Ella no lo comprendía, no entendía nada…

─ V-voy a ir, hermana ─ balbuceó, tragando saliva y, no obstante, con el ceño fruncido ─, y tú no me vas a impedir que… ─ súbitamente, el caballero de Ceiphid la agarró por el cuello de la túnica, alzándola violentamente en el aire y estrellándola contra la pared. La mirada febril de Luna le trajo a la memoria terribles instantes de su tierna infancia.

─ Dímelo otra vez, niñata insolente. ¿Qué es lo que no voy a impedirte? ─ La voz de Luna sonaba como la hoja de un cuchillo mientras se afilaba ─. Soy tu hermana, y yo decidiré si vas o no.

Sí, era su hermana, y debía obedecerla… o al menos, eso se dijo de manera automática, presa del pánico. Sin embargo, al rememorar los años pasados con Gourry, el terror se tornó en cólera. De improviso, agarró con fuerza las poderosas manos de la mujer, clavando sus uñas en ellas. Estuvo segura de devolverle, con un gruñido, la misma encolerizada mirada que le dedicaba Luna.

─ ¡Suéltame, maldita bruja! ─ Rugió a Luna, a su temible hermana mayor, al caballero de Ceiphid ─. Siempre has controlado mis acciones, y yo te he obedecido sin pestañear… ¡Pero no me detendrás esta vez!. ¿Me oyes?. ¡¡NO!!

Los dedos libres de Luna se crisparon hasta que sus huesos crujieron.

─ Sabes que te daré una paliza. ¿no? ─ Dijo la dama, como una simple exposición de hechos.

─ Lo sé ─ aun en su enfado, Lina tragó saliva ─, pero por muchas costillas que me rompas, y aunque destroces mis piernas y mis brazos, iré. No vas a impedírmelo.

Las dos hermanas se miraron durante unos instantes mientras el tenso silencio, que podría haberse cortado con un cuchillo, invadía a los presentes con la totalidad de su frialdad. Pasados unos segundos, que más bien parecieron horas, Luna liberó a su hermana pequeña… y soltó una alegre carcajada.

Y, por si esto no había sido ya lo suficientemente impactante, la sonrisa de insólito cariño que esbozó la mujer estuvo a punto de provocarle un desmayo a Lina debido a la conmoción.

─ Lo has hecho ─ dijo la peligrosa camarera cuando paró de reír, premiando a Lina con una amplia sonrisa de orgullo ─, por fin te me has rebelado. Creí que jamás lo harías. ¡Chica, durante unos instantes reconocí a la temible Asesina de Bandidos de la que todos hablan!

─ E-entonces… todo esto… ─ tartamudeó Lina, aturdida ─. Todo esto… ¿no ha sido más que una prueba?

─ Quería comprobar hasta qué punto te importaba ese chico ─ respondió Luna, encogiéndose de hombros y entrechocando las palmas de sus manos para sacudirlas ─, y, por lo que veo, te importa mucho… hasta el punto de desafiarme. No sé si lo conseguirás, hermanita, pero te ayudaré en lo que pueda.

Lina no tuvo tiempo de asimilar el impacto de sus palabras, pues, de repente, la totalidad de la habitación se puso en movimiento. No encontraba extraño que Sar Vanion y Parelish se frotaran las manos y cerraran los ojos en la concentración de la magia que se disponían a encauzar, pero sí le sorprendió comprobar cómo el resto de los presentes actuaba de un modo similar.

─ A propósito ─ explicó entonces Sar Vanion, como quien no quiere la cosa, al tiempo que revolvía en sus saquillos de ingredientes mágicos ─, se me ha olvidado comentaros algo: no entraréis sola en ese limbo.

─ ¿Cómo? ─ Lina arrugó el entrecejo ─. Ni hablar. Es mi misión y…

─… y no tenéis ni la más remota idea de lo que encontraréis ahí dentro ─ esta vez fue Parelish, sereno pero tajante, quien la interrumpió. A veces costaba creer que fuera prácticamente un niño cinco años menor que ella ─. Por ello, necesitaréis al menos dos buenos guerreros y algo más de magia; las damas Amelia, Sylphiel y Laidanne se quedarán aquí y nos aportarán reservas de energía, pero Zelgadis y Kerkaat se han ofrecido a acompañaros ─ Lina advirtió entonces cómo la quimera y el asesino se colocaban a su lado, sin mudar su resuelta expresión en el rostro y portando espada y daga, respectivamente. La hechicera los miró de hito en hito… algo que empezaba a hacer con molesta frecuencia.

─ ¿Por qué? ─ Inquirió ella, alternando su mirada entre los dos ─. Estáis arriesgando vuestra vida. ¿Por qué, Kerkaat, ahora que has recuperado a Laidanne?. ¿Zel…? ─ la maga negra miró a su viejo amigo a los ojos, y este relajó su impertérrita expresión con una tibia sonrisa.

─ Yo también quiero recuperar a Gourry ─ explicó. Seguidamente, añadió en tono burlón ─: puede que este monstruo te sirva de ayuda, después de todo.

Lina parpadeó y sacudió la cabeza, sintiendo sus mejillas arder.

─ Lo siento, Zel ─ milagrosamente, consiguió que su voz no sonara vidriosa ─, jamás debí llamarte… eso. Sabes que no lo pienso.

─ Lo sé ─ aseguró Zelgadis en tono afectuoso, depositando su dura mano sobre el hombro de la muchacha y torciendo la boca ─. Pero, como castigo, dejaré que tengas que preocuparte por mi seguridad durante un tiempo.

Lina también sonrió y, tras haber visto cómo la quimera intercambiaba una abrumada mirada con Amelia ─ la hechicera supuso que habrían hablado largo y tendido acerca de su decisión ─, fijó sus pupilas en Kerkaat. Él la miró como si le sorprendiera su escrutinio.

─ ¿Qué ocurre, maga? ─ Preguntó con brusquedad ─. Tienes muy mala memoria: te dije que te seguiría hasta el mismísimo infierno. Jamás se me ocurrió pensar que fuera a cumplirlo literalmente, pero aquí estoy.

─ Pero. ¿y Laidanne…? ─ La súbita aparición de la elfa, que tomó entre sus esbeltos dedos las manos curtidas de Kerkaat, apoyando la cabeza en su pecho, la pilló desprevenida. Empero, fue el asesino… o quizás ex-asesino… quien prosiguió:

─ Que la tierra me trague si te dejo morir sin saldar antes mi deuda ─ se limitó a gruñir ─. No podría vivir en paz, hechicera, y por todos los dioses que no voy a permitir que me hagas eso.

─ Yo también te acompañaría si pudiera, Lina ─ afirmó Laidanne con su suave tono ─, pero me necesitan aquí. Rezaré para que tengáis éxito.

La hechicera reflexionó que, tal vez, se habían despedido demasiado rápido, pero entonces notó un aire cálido que le sacudía la túnica. Al dar media vuelta, comprobó que Sar Vanion, cerradas con fuerza sus manos, había comenzado a iluminarse con un resplandeciente halo incandescente. Lina tuvo en ese momento consciencia de la verdadera fuerza del mago, y se le ocurrió pensar que, tal vez, un duelo entre ellos dos resultaría sumamente interesante. El halo mágico incrementó su potencia hasta que la brisa se transformó en tempestad, girando en torno al nigromante como un tornado de magnas proporciones. Todos observaban, expectantes.

Finalmente, los ojos del hechicero se abrieron, tan resplandecientes que más bien se asemejaban a un par de llamas blancas. Abrió sus esbeltos dedos, pálidos por el resplandor, y soltó en el aire lo que parecía ser un montículo de cenizas mientras gritaba:

─ ¡Ahora, Parelish!

El joven hechicero también se iluminó, materializando entre sus manos una bola de luz blanca que respondía a una formulación desconocida para Lina, sin duda propia del terreno nigromántico y probablemente el único sortilegio de magia negra que debía conocer un conjurador blanco como él. Una vez concluidas las palabras arcanas, Parelish lanzó el hechizo al punto del espacio en el cual planeaban las extrañas partículas. Al contacto entre ambas sustancias, casi de inmediato, se dibujó en el aire una raya negra, como si un demonio rasgara el espacio desde los confines del mundo espiritual, y giró sobre sí misma hasta formar un palpitante y turbulento orbe oscuro, recubiertos sus extremos por esporádicos rayos de luz amarillenta.

Lina, con los ojos desorbitados y sacudida por el caos de las energías, observó a Sar Vanion, quien esta vez sí que parecía haberse convertido en una especie de estatua marmórea de centelleantes ojos carentes de pupilas.

─ Se encuentra bien ─ jadeó Parelish en su esfuerzo por mantener el conjuro. Amelia y Laidanne se situaron a su lado por si sus fuerzas flaqueaban. Lina pudo ver cómo Los azules ojos de Amelia la miraban con aprensión, al tiempo que murmuraba, en un mensaje destinado tanto a ella como a Zelgadis, lo que parecía significar "tened cuidado". Luna, por su parte, se limitó a apoyarse en la pared, cruzados los brazos en gesto severo, pero su mirada relucía con un mudo mensaje de ánimo ─. La puerta está abierta. Id ya, Lina… ¡Vamos!

Tragando saliva, intercambiando graves miradas con sus dos compañeros de odisea, Lina corrió hasta el umbral. Antes de desaparecer, distinguió la silenciosa mirada de Sylphiel; ambas mujeres no necesitaban comunicarse con palabras: Sylphiel no precisaba expresar su deseo en voz alta, y Lina no tenía por qué hablar para confirmárselo. "Traeré a Gourry, Sylphiel", aseguró, casi para sí misma, "te lo prometo".

La hechicera se sumergió en las tinieblas.

· · ·

Los tenues rayos del sol despuntaban tras las montañas, anunciando con su luminosidad anaranjada la llegada del período diurno. Sin embargo, ella ya se había despertado cuando las estrellas y la luna todavía alumbraban un cielo azul aterciopelado. La muchacha suspiró, agradeciendo la recién llegada luz solar al tiempo que se apartaba los largos mechones castaños de la cara y cogía entre sus manos un cubo de agua. A medida que se encaminaba hacia el pozo, el resto de habitantes del pueblo, casi tan madrugadores como ella, comenzaba a salir de sus hogares, saludándola con cálidas sonrisas. Ella respondió a todas de igual manera, pero no se detuvo: necesitaba agua para el día de hoy, pues pronto tendría que ponerse a preparar el desayuno. Si no se equivocaba, todavía quedaba queso de cabra y mantequilla en la despensa, y a no mucho tardar su padre ordeñaría las vacas para disfrutar de leche fresca en la mañana…

"Recordad vuestra misión".

La joven se detuvo de improviso, parpadeando. "¿Sar Vanion…?" Sacudió la cabeza. ¿Por qué le había venido a la memoria tal nombre? No conocía a nadie que respondiera a él. Pero se sentía extraña… con una vaga sensación de que no debería estar ahí, de que aquélla no era su vida. Una muchacha de cabello pajizo, más o menos de su edad, se acercó a ella corriendo y esbozando una amplia sonrisa. "Sunya". El nombre le vino a la memoria de forma automática; una parte de sí misma le decía que era su íntima amiga de la infancia; la otra, en cambio, le aseguraba que jamás la había visto.

─ ¡Lina!. ¿Vas al pozo? Te acompañaré ─ dijo Sunya alegremente, levantándose las faldas para no tropezar en el abrupto terreno. Al llegar hasta ella, la escrutó con la mirada ─. ¿Te encuentras bien?

─ S… sí… ─ Lina parpadeó y sacudió la cabeza. Tonterías. Éste siempre había sido su hogar; recordaba con detalle todos y cada uno de los años transcurridos en la aldea, a su madre, a su padre, a los pueblerinos… Sí, definitivamente hoy no tenía un buen día ─. No… no es nada, Sunya. Es que estoy algo cansada, nada más.

─ No me sorprende; creo que acabaste por dormirte a media noche. Siempre inmersa en esos libros que tienes…

Lina sonrió, e hizo ademán de proseguir su camino.

"Gourry…"

Nuevamente, se detuvo. Pero esta vez, entre violentos temblores, dejó caer el cubo de madera en la hierba. Sunya la observaba asustada, seguramente desconcertada ante los ojos desorbitados de su amiga. "¿Amiga?", reflexionó, mareada, "¿Sunya?. ¿Mi aldea?. ¿Pero qué…?"

─ ¿Qué demonios estoy haciendo aquí? ─ Inquirió entonces Lina, observando a su alrededor: las montañas, el pueblo, sus campechanos habitantes, que en aquellos momentos se detenían a observarla como si estuviera loca… y su atuendo: un sencillo vestido confeccionado en lana ─. ¡¿Qué… qué es esto?! Yo… ésta no es mi vida, ni mi hogar.

─ Vamos, Lina, eso no tiene gracia ─ Sunya soltó una risita nerviosa mientras escudriñaba su rostro con los ojos muy abiertos, como quien analiza a una maníaca. Situó una de sus manos sobre el brazo de Lina ─. Tú eres Lina Inverse, una pastora y mi mejor amiga, casi una hermana, desde siempre.

─ No ─ Lina intentó desasirse de la mano de la muchacha, pero ésta la aferraba con firmeza. Los recuerdos regresaban a ella con rapidez, inundándola, hostigándola ─. No. He… he venido aquí a salvar a Gourry. Entré en esta especie de limbo, y entonces… ─ abrió los ojos como platos ─. Ahora lo entiendo… esto no es real. Es algún tipo de treta, queréis engañarme.

Creía que la llamada Sunya retrocedería un paso, aún más asustada, pero en su lugar esbozó una tranquila sonrisa, mudando su semblante en una máscara imperturbable. Oprimió tanto el brazo de Lina que sus uñas se le clavaron en la carne con una dolorosa punzada.

─ Eres muy lista, caminante ─ nada más decir esto, la totalidad de la apariencia de Sunya se vio modificada: su cuerpo aumentó de tamaño, transformándose en un musculoso y enorme ser de piel oscura como el ónice. Sus ojos se tornaron dos redondas esferas blancas inyectadas en sangre. Su boca se convirtió en una horrible mandíbula adornada con afilados colmillos babeantes. El cabello se volvió rojo, incandescente ─. No huirás, caminante ─ esta vez, la voz del engendro se parecía más bien al silbido de una víbora. Un millón de víboras, de hecho, pues la totalidad de campesinos se había transfigurado en un ejército de criaturas similares, si no iguales, que se aproximaban hacia ella alzando un trípode de garras tan puntiagudas como el filo de tres dagas.

Lina miró a su alrededor, sorprendida. "Los guardianes", se dijo a sí misma, "los guardianes de los muertos. Y su misión es impedir que libere a Gourry…" La simple idea la hizo apretar los puños con desmesurada fuerza, así como los dientes, mientras sentía el fuego de la cólera prenderse en su alma. "Pues no van a impedírmelo". Sin desasirse del contacto de la criatura que la amenazaba, Lina cerró los ojos y permitió que la magia afluyera a su exterior. Sintió un leve temblor en la extremidad que la apresaba, como sorprendida por tal reacción, y Lina aprovechó el momento de vacilación.

¡Bola de Fuego! ─ Rugió en cuanto hubo culminado el hechizo. Las silbantes voces se tornaron agudos chillidos de dolor cuando el fuego del conjuro abrasó sus cuerpos, abriendo en torno a ella un círculo ennegrecido carente de enemigos.

Pero parecía que los repulsivos seres eran eternos. Tragó saliva, el sudor resbalándole por el rostro. "Tengo que dejarlos atrás. No hay tiempo que perder", se dijo, utilizando la ira como fuerza vital. Canalizó entre sus manos multitud de flechas de fuego y, sirviéndose del resplandor de las explosiones, intentó abrir un camino, una vía de escape. No supo cuánto tiempo estuvo corriendo, pero ya sentía el cansancio invadir sus músculos con tenaz eficacia, mientras los monstruos seguían apareciendo en tropel, sin cesar…

Un fuerte golpe en la espalda la hizo caer al suelo de rodillas, arrebatándole el aliento. Intentó moverse, pero el dolor la hacía retorcerse. "No. No… no puedo morir ahora. Gourry…", las criaturas alzaron sus garras, "¡No puedo!. ¡¡NO!!"

Una cegadora luz albina transformó en cenizas a los monstruos. Cuando por fin pudo enfocar la vista, una vez atenuado el potente destello, reconoció a la silueta que se alzaba sobre ella, alargando la mano que arrojara el sortilegio. La muchacha la reconoció enseguida.

─ No sabía dónde estabas, Lina ─ dijo Zelgadis, su voz grave tan tranquila como siempre, con la salvedad de un leve matiz de apremio ─. Estuve… tuve una visión. Parecía tan real… vivía en el palacio de Saillune junto a… ─ La quimera se ruborizó, al tiempo que su mano alzada se situaba sobre su boca para emitir un suave carraspeo. Luego, volvió a posar sus ojos en la hechicera ─. ¿Estás bien?

─ Sí… ─ se incorporó cuando su amigo la ayudó a levantarse. Escuchó ruidos de batalla tras ella y, cuando se dio la vuelta, distinguió la velocísima y elegante figura de Kerkaat girando en extraordinarios movimientos y destruyendo a sus acosadores. Cuando el último de los seres hubo probado el filo de su daga, el hombre se reunió con los demás.

─ Por todos mis asquerosos antepasados, no comprendo este condenado lugar ─ gruñó, haciendo gala de su tradicional buen lenguaje. Exhaló un profundo suspiro, apoyando la mano izquierda en la cadera mientras se secaba el sudor de la frente con el antebrazo derecho. Más que un arma, la daga parecía ser una extensión de su cuerpo ─. Tenía la sensación de que éste era mi lugar… hasta que una voz resonó en mi cabeza, exhortándome a buscaros. A buscarte, hechicera. Se parecía mucho al mago rojo… ¿Os ha ocurrido lo mismo?

Zelgadis se limitó a asentir, pero Lina soltó un gruñido al tiempo que miraba, con una mueca de asco, que continuaba vistiendo los mismos ropajes de estúpida campesina.

─ No perdamos el tiempo charlando ─ dijo a sus dos amigos, observando con recelo la aparentemente pacífica aldea, ahora vacía. El eco de sus voces resonaba como si los envolviera una bóveda invisible. Alzó el pie para dar un paso ─. Gourry está en algún lugar, y nosotros tenemos que… ─ se detuvo con un grito ahogado y una sensación de desmayo. En cuanto hubo depositado el pie de nuevo en tierra firme, todo a su alrededor se esfumó: desde el pueblo hasta sus propios compañeros. Se encontraba caminando en un vacío iluminado únicamente por una penetrante luz blanca que le dolía en los ojos. Turbada hasta lo indecible, observó la nada en torno a sí, sin atreverse a dar otro paso. Finalmente, suspiró y bajó los ojos.

─ Maldito lugar… ─ musitó, aunque su furia se ablandó ligeramente al comprobar que volvía a vestir su túnica y su práctica indumentaria ─. Supongo que nada puede ser totalmente malo…

Esbozando una resignada sonrisa sarcástica, Lina alzó los ojos… y se encontró con Gourry.

El espadachín permanecía quieto, totalmente inmune, al parecer, al temblor que asolaba las piernas de la hechicera y que la instaba a derrumbarse sobre el suelo. Un halo de congoja y sufrimiento alumbraba su rostro mientras alzaba una mano hacia ella.

─ Lina… ─ no escuchó su voz, pero supo que el guerrero le había hablado.

─ Gourry… ─ El nombre tembló en sus labios. Sin saber cómo, sin apartar sus pupilas desorbitadas de las de su amigo, la hechicera inició una desesperada y tambaleante carrera hacia él. Se encontraba sólo a unos metros, debería llegar enseguida. Su miedo aumentó cuando ni tras dar un centenar de pasos consiguió alcanzarle. Estaba completamente segura de que no se había movido del sitio ─ ¡¡Gourry!!

─ Lina… no puedes ayudarme ─ la sombra que proyectara el espadachín en el blanquecino suelo (si es que existía realmente uno) se alzó, contorsionándose como una serpiente, y engulló lentamente a un atormentado Gourry ─. Vete, Lina… ¡Márchate!

─ ¡No pienso dejarte! ─ La tambaleante carrera de Lina iba acompasada con sus quedos gemidos de desesperación ─. No… ¡¡GOURRY!! ─ Irónicamente, alcanzó a tocarlo justo cuando la oscuridad terminaba de absorberlo del todo. Su mano rozó los dedos, fríos y gélidos, de su guardián. Y entonces…

… la luz se tornó oscuridad.

Jadeando y sufriendo incontrolables convulsiones causadas no por el cansancio, sino por el dolor de su angustia, volvió a observar a su alrededor, buscándolo a él, sólo a él. Comprobó entonces que, junto a ella, una hilera de figuras grisáceas, alargada y curvada como un gran dragón serpentino, se perdía en el horizonte, moviéndose a pasos lentos y con un aureola de tristeza a su alrededor. Lina cayó en la cuenta, con un violento estremecimiento.

"Son los muertos", se dijo, "muertos que ya se han resignado y se dirigen a su amargo sino…" Continuó buscando a Gourry, todavía con más ahínco.

Y volvió a verlo. Aun cubierto íntegramente por ese tenue resplandor apagado, aun cabizbajo y con los ojos antaño verdes oscurecidos por la ausencia de vida, la hechicera lo reconoció… y se lanzó en su busca.

─ ¡¡Gourry!! ─ Aulló, extendiendo sus manos. El guerrero no pareció escucharla. No parecía siquiera ser consciente de que existía y caminaba, en apariencia sin rumbo fijo. Pero no. Lina sabía que su alma ya se había rendido, resignada a abandonar la vida. Dispuesta a alejarse de ella, a desaparecer para siempre. La maga negra no podía consentirlo ─. ¡Reacciona, Gourry!. ¡¡No te vayas!!

Esta vez sí sentía cómo se aproximaba a él, cómo la etérea ánima del guerrero se hacía cada vez más grande, más consistente, acercándose a sus dedos. Casi había llegado, muy pronto le salvaría…

Uno de los engendros, oscuros guardianes del extraño limbo, se interpuso entre ella y Gourry, tumbándola en el suelo de un puñetazo. La hechicera, ignorando el dolor, soltó un rugido de rabia y frustración al tiempo que entre sus manos se materializaba otro hechizo.

¡¡DILL BRAND!! ─ Bramó, avivando el poder del conjuro con su propia rabia y desolación. "No… no me lo arrebataréis". La hechicera se incorporó con esfuerzo, sujetándose el costado. Estaba convencida de que tendría varias costillas rotas, pero no le importaba. "No permitiré que os lo llevéis". Buscó a Gourry con los castaños ojos nublados por la agonía y su corazón dio un vuelco cuando divisó la silueta autómata del espadachín a muchos metros de distancia, demasiado lejos de ella. De nuevo, se dispuso a correr, pero el dolor era tan intenso que incluso la díscola maga se vio obligada a caminar con extrema lentitud.

Al mismo tiempo, otro ejército de guardianes hizo acto de presencia, cerrándole el paso. No podría llegar hasta él. No podría… "No… ¡NO! Gourry no morirá… él… volverá…" Sus ojos se empañaron por las lágrimas al tiempo que se desplomaba sobre el suelo, sollozando desesperadamente sin poder evitarlo.

Nuevamente, los engendros emitieron gritos de sufrimiento. La hechicera alzó los ojos.

─ ¡Ya basta, maga, es la segunda vez que te salvamos el pellejo! ─ Escuchó rugir a Kerkaat, como también lo escuchó moverse sin detención ─. ¿Vas a rendirte ahora?. ¡Cumple con tu trabajo, maldita sea!

Alguien se aproximó hasta ella, y Lina parpadeó, intentando adivinar la identidad de dicha presencia. Frente a ella, Zelgadis la miraba, la miraba y sonreía. ¿Cómo podía sonreír en un momento así?

─ Ve a por él, Lina ─ fue todo lo que dijo, blandiendo la espada iluminada por un resplandor rojizo ─. Nosotros te cubriremos.

"Tiene… tiene razón. ¿Qué demonios hago perdiendo el tiempo?, se increpó mentalmente, dirigiendo toda su furia hacia sí misma. Se incorporó con rapidez, secándose los húmedos ojos con gesto frenético.

─ ¡¡GOURRY!! ─ El espíritu de su guardián comenzó a adentrarse en la luz, mientras ella lloraba. Una luz que lo envolvería en las tinieblas del olvido… para siempre ─. No te vayas… No puedes irte de este modo. ¿Me oyes?. ¡No puedes hacerlo!

Unos centímetros más y conseguiría tocarle. El ruido del combate, a sus espaldas, se le antojaba lejano. El fulgor envolvió al guerrero, cuya silueta ya empezaba a difuminarse, expirando… desvaneciéndose en el tiempo y la memoria.

─ ¡¡NO TE VAYAS!!

Continuó corriendo. Sin cesar. Corrió, corrió, corrió… ya estaba justo a su lado. Alargó el brazo.

Una explosión. El ataque de la pérfida criatura la lanzó por los aires, para seguidamente alzar la garra dispuesto a rematarla. Lina respondió a su ataque con una veloz bola de fuego.

En cuanto se vio libre, volvió a buscar a Gourry.

Pero él ya no estaba.

Se había marchado… y su propio espíritu se esfumó con él.

· · ·

Las criaturas desaparecieron.

Zelgadis y Kerkaat encontraron extraño el violento y radical giro de los acontecimientos, e intercambiaron una mirada de confusión. La quimera buscó a Lina con la mirada.

Ahora era ella la que parecía un cadáver, con el rostro pálido y el cuerpo inmóvil, fijando sus ojos en la luz que bailaba, fascinadora, frente a ella.

La luz por la que había desaparecido Gourry.

Se sintió mareado, acosado por una leve sensación de nausea. "No lo hemos conseguido", se dijo, sin poder creérselo. ¿Cuándo a dónde fracasaban? Su camino, el de sus compañeros, jamás había dejado de estar plagado de peligros, pero al final siempre encontraban la manera de vencer. Siempre… "¿Cómo es posible?"

Zelgadis caminó hasta Lina, y el asesino, taciturno, siguió sus pasos. Más que andar, el joven parecía estar flotando. Lina no pareció acusar su presencia. Ni siquiera parecía respirar. Rodeó sus hombros con sus ásperos dedos en gesto de profundo afecto, observando apesadumbrado aquel resplandeciente halo a través del cual la fila de almas continuaba pasando, sin fin. "Esta vez sí está muerto", se dijo, "esta vez no volverá… lo siento, amigo mío."

Sacudió la cabeza y fijó sus ojos zafirinos en su amiga.

─ Lina…

No pudo añadir más. Los músculos de la hechicera se tensaron, y comenzó a forcejear. Lentamente primero; después, con ímpetu.

─ Lina. ¿qué…?

─ Suéltame, Zel ─ le pareció que hablaba otra persona. No reconoció el matiz átono e indescifrable de la siempre orgullosa maga ─, voy a ir con él.

─ ¡¿Estás loca, hechicera?! ─ Gruñó Kerkaat, con los ojos como platos ─. Oye, sé cómo te sientes, pero ya es demasiado tarde. El guerrero… se ha ido… y ya no volverá.

─ Lo sé. Sé muy bien que no regresará… al igual que yo.

Zelgadis se quedó de piedra, y no precisamente en el sentido literal. A su lado, Kerkaat abrió la boca y la cerró varias veces, aturdido.

─ Voy a salvarle ─ prosiguió Lina. Bajó la cabeza hasta que los mechones castaños ocultaron su rostro. Zel estrechó los ojos, examinándola; sus labios estaban curvados en una triste sonrisa. En aquel momento supo que la muchacha acababa de tomar una decisión irrebocable ─. Si no lo consigo… dará igual. Él es mi vida, Zel ─ levantó la cabeza, dejando al descubierto sus ojos. Brillaban… pero no de felicidad ─. ¿Sabes lo que se siente cuando te extirpan una parte de tu ser como si te arrebataran un brazo?. ¿O una pierna?. Si Gourry cae… yo caeré con él. Aunque eso signifique la muerte.

─ ¡¡NO!! ─ Gritó Zel ─ Lina, no pue…

─ Adiós…

La maga negra dio un tirón suave, imperceptible, liberándose de la sujeción de su compañero.

Su menudo cuerpo voló hasta la luz, que no tardó en engullirla, en una fracción de segundo.

Zelgadis y Kerkaat permanecieron quietos en el precario terreno, incapaces de pronunciar palabra.

· · ·

Y Lina volvió a verlo…

Lo vio flotando, a lo lejos, como en un perpetuo mar. Una parte de sí misma le dijo que ya había vivido algo semejante en el pasado, pero la ignoró sin esfuerzo.

Nadó hasta él. Ésta vez, sí le atraparía. Lo que ocurriera después… ya no importaba.

"Estoy aquí Gourry. No te abandonaré…"

Pronto, en un instante, se encontró a su lado.

─ No te vayas… ─ susurró por tercera vez.

Sus brazos rodearon su cuerpo como si le fuera la vida en ello.

Y comenzó a caer…

─ No me abandones, Gourry ─, musitó Lina, mientras caía y caía, y descendía en un eterno vacío sin fin, hundiendo el rostro en el helado pecho del espadachín y empapándolo con lágrimas, aferrándose al inerte espíritu de lo único que le importaba en la vida… ─. Te quiero…

El espíritu del guerrero se estremeció. Sus fuertes brazos la rodearon, arropándola en una calidez que derritió el hielo de sus anímica corporiedad, protegiéndola del incierto destino que les aguardaba a ambos. Un recuerdo sacudió el cerebro de la muchacha, y por algún motivo fue consciente de que Gourry también lo había evocado. Él, corriendo en pos de ella. Él, abrazándola, incapaz de resignarse a perderla, reluciendo sus pupilas por la felicidad del reencuentro.

Tiempo atrás, en el Mar del Caos…

Lina sonrió, feliz por haber resucitado ese momento en los confines de su mente. Ahora, ya no le importaba perecer… junto a él.

La oscuridad los envolvió…

· · ·

Nunca supo si había perdido el conocimiento, o cuánto tiempo había transcurrido. En aquellos momentos sólo un pensamiento invadía su cerebro: la necesidad de aferrarse al espíritu de Gourry, de no dejarle escapar. Jamás… Jamás…

De repente, notó algo raro. Todo a su alrededor era… demasiado tangible, demasiado real; sus cinco sentidos así lo decían. Podía oler el aire, el sudor de aquél que la abrazaba; podía sentirlo, podía saborear el regusto amargo de sus propias lágrimas.

"¿He vuelto, acaso?. ¿Estoy… viva?"

Un suave roce en su mejilla, pegajosa y húmeda por las lágrimas, le proporcionó la respuesta.

"Sí…"

Sólo entonces fue consciente de lo sucedido, de dónde se hallaba casi sin necesidad de escrutar demasiado el entorno: de algún modo, había regresado a la vida, había abandonado el aterrador e irreal limbo, y ahora se encontraba en una habitación casi a oscuras, filtrándose los rayos de sol por los delgados resquicios que dejaran las opacas cortinas al cerrarse sobre los ventanales. Sabía dónde estaba. No había querido regresar a aquella habitación desde hacía una semana, pues en ella Gourry había muerto.

Pero ahora, ahí estaba, postrada sobre el camastro… abrazando un cuerpo corpulento, cálido, cuyo pecho subía y bajaba con regularidad, pese a la tensión de sus músculos. La neblina del mareo se instaló en sus ojos y en su cerebro. No podía ser, tenía que estar soñando. Se abrazó todavía más al individuo. "Si es así, no quiero despertar…"

─ Lina…

De forma instintiva, la hechicera alzó la mirada… y lo vio.

Aun envuelto en las penumbras, los ojos de Gourry, las brillantes pupilas mezcolanza de verde esmeralda y azul cielo, eran perfectamente visibles para ella. Era lo único que distinguía de él… así como el contacto de sus dedos paseando sobre su mejilla, sin disimular los temblores que los atenazaban y que ahora ella también comenzaba a experimentar.

─ Estás… estás… ─ la hechicera esbozó una vacilante sonrisa, todavía presa de una dulce entelequia ─. Estás… vivo…

─ Tú me has traído de vuelta ─ aunque era una afirmación, Lina creyó advertir un leve timbre interrogativo en sus palabras, por lo que asintió en respuesta. De todos modos, dudaba que el espadachín lo hubiera visto en la oscuridad. "¿Estoy hablando realmente con él?. ¿Está aquí de verdad? No es posible… no puede ser verdad".

─ Sí… por supuesto que sí ─ dijo entonces en voz alta.

Súbitamente, los ojos de Gourry relampaguearon en una inaudita furia que Lina jamás había visto en ellos, haciendo que la muchacha reculara de forma inconsciente. El guerrero aferró sus brazos con sus fuertes manos, impidiendo que escapara, y se incorporó con una rapidez impensable teniendo en cuenta lo débil que debía estar.

─ ¡Idiota! ─ Rugió entonces a una anonadada Lina, quien escuchaba cómo los dientes de su compañero rechinaban ─. ¡¿Por qué?! Jamás debiste… yo ya estaba muerto. ¿Qué hubiera ocurrido si hubieses fracasado?. ¿Y si te hubieras quedado atrapada en esa especie de… de… cosa… para siempre?. ¿Y si también hubieras muerto? ─ Las palabras Gourry se quebraron ligeramente con la última pregunta, haciendo caso omiso de la voz enronquecida que volvía a utilizar, por primera vez, en su nueva vida. Lina mantenía los ojos clavados en él, sin parpadear, sacudida por una sensación de nausea, pero él continuó con más cólera que antes, si cabía ─. Mi vida no vale tanto como para que tengas que hacer eso, Lina. Yo… la di por protegerte. No tenías derecho…

Lina dejó de escucharle, instalándose en sus oídos un potente zumbido que incrementó su potencia gradualmente, al igual que la agitación de su alma, como una olla en ebullición a punto de estallar. Todo lo sufrido aquél día… no… todo lo padecido desde hacía siete días regresó a ella con más intensidad que nunca, oprimiéndola, aplastándola, hundiéndola. Necesitaba dejar escapar toda su ira, todo su dolor y su consternación… Él… ¿Cómo… cómo se atrevía? Después de todo lo que había hecho por él… ¿Por qué? No conseguía entenderlo…

Con un gruñido de rabia que superó con creces la máscara de furia del espadachín, la diminuta muchacha comenzó a forcejear para liberarse de sus garras, asestando violentos puñetazos al poderoso e inamovible pecho del guerrero, enmarcado por una tierna cicatriz en recordatorio de la herida que le causara la muerte. Éste no cedió en su presión al principio, pero, poco a poco, probablemente confuso ante el iracundo estallido de la joven, aflojó los dedos en torno a su brazo. Ella se incorporó entonces de un salto, y un fortuito haz de luz iluminó tenuemente su rostro, así como sus ojos húmedos y enrojecidos por las lágrimas que, de nuevo, volvían a emanar.

─ ¡¡Estúpido!!. ¡¡Mentecato!!. ¡¡Cabeza de chorlito!! ─ Gritó, presa del llanto, al tiempo que le asestaba una bofetada que le hizo girar la cabeza con violencia. Una parte de su subconsciente intentaba obligarla a detenerse, a no perder los papeles de esa forma, a no derrumbarse delante de él. Pero el dolor era demasiado intenso, el sufrimiento demasiado colosal, como para ser capaz de contenerlo ─. ¡¿Es que no te das cuenta?! ─ Iba a hacerlo, iba a decirlo por fin. Pero ya no podía hacer que su lengua se detuviera. En el fondo, no deseaba que lo hiciera ─. ¡¿No lo entiendes?! Todo… todo esto lo hice por ti, porque no quería… no podía dejar que te fueras así. ¡Imbécil!. ¡Arriesgué mi vida por salvarte porque… si no hubieras vuelto, yo hubiera muerto de todas formas! No… no podía… imaginar mi vida sin ti. ¡Maldita sea, mira lo que me estás obligando a decir! ─ Realmente, debido a los incontenibles sollozos de angustia, sus palabras apenas si se entendían. A medida que hablaba también retrocedía, tambaleante, alejándose del guerrero, quien, como una estatua de mármol, se limitaba a observarla y a escuchar su atormentada arenga, petrificado. Las sombras ocultaban la expresión de su semblante ─. ¿Todavía no te entra en ese asqueroso cerebro de mosquito que tienes? Eres DEMASIADO importante para mí. Y si hubiese tenido que quedarme atrapada para siempre en una vida que… que no era vida… lo hubiera hecho. ¡Y si hubiera tenido que morir, entonces yo…!

No pudo continuar. Mas lo que la interrumpió no fue el llanto, sino Gourry. El espadachín, sin mediar palabra, se incorporó con rapidez, se acercó a ella en dos zancadas y la alzó con facilidad del suelo, como a una delicada muñeca de cristal. Fuera de sí, la hechicera intentó defenderse, pero la resistencia duró poco. Antes de que pudiera liberar su mano para golpearle de nuevo, antes de que fuera capaz siquiera de abrir la boca para volver a insultarle, Gourry la estrechó entre sus brazos… y la besó.

Transcurrieron unos segundos de mudo asombro en que la ira de la maga se derritió como hielo al sol; sólo entonces, muy despacio, la muchacha correspondió a su gesto, a sus caricias, con igual intensidad, cerrando los ojos y dejándose llevar por el momento. El tiempo se detuvo, un plano superior en el que sólo existían ella y Gourry, en el que el universo entero desaparecía por completo. Tuvo la certeza de que no quería que el momento acabara; ansiaba que se prolongara por siempre, imperecedero, eterno…

Pero las horas regresaron a su cauce, los relojes volvieron a activarse y el mundo reapareció a su alrededor. Fue como si de repente alguien pinchara una bolsa de plástico henchida con felicidad, esfumándose de su cuerpo y viéndose sustituida de improviso por un decepcionante vacío. Aturdida, con el rostro ardiendo y convencida de que los latidos de su corazón se escuchaban a leguas de distancia, Lina se separó con movimientos lánguidos y desmayados del rostro del espadachín, ignorando el hecho de que sus pies permanecían al menos a treinta centímetros del suelo. Aunque seguramente lo disimulaba mejor que ella, pues el rostro de Gourry se mostraba únicamente contorsionado por una apacible sonrisa, la poderosa y centelleante luz de sus pupilas la informó de que él debía de estar sumido en unas sensaciones similares. Permanecieron ahí, mirándose, comunicándose sin necesidad de emplear palabras, como siempre hacían. ¿Acaso era necesario hablar? Una imagen vale más que mil palabras, solía decirse.

Inesperadamente, Gourry emitió una suave carcajada, al tiempo que sus manos volvían a acariciar el rostro de la muchacha y sus ojos la escrutaban como si la viera por primera vez, como si estuviera contemplando alguna hermosa obra de arte.

─ Acabo de darme cuenta de algo ─ dijo entonces, con una voz susurrante y acariciadora.

─ ¿De qué? ─ Se escuchó decir Lina, entre tenues jadeos que buscaban recuperar el resuello. Quiso controlar su voz, que sonara con calma y despreocupada firmeza, pero todo lo que consiguió fue emitir un tono de voz excesivamente meloso, a decir de ella. En fin, algo inevitable.

Gourry respondió:

─ Nuestra apuesta sigue en pie.

Continuará...


(Recordad que mañana a esta hora publicaré el último más el epílogo. Comentarios incluidos. ¡Hasta entonces! ;)).