11. Despedidas.

Como un coloso dormido, Saillune volvía a despertar tras su largo período de silenciosa congoja, y lo hacía en forma de alegre celebración.

El castillo no distaba mucho del resto de la ciudad. Los grandes comedores y vestíbulos se hallaban llenos a reventar de nobles, criados, deliciosa comida, música y juegos malabares ofrecidos por los juglares y los invitados de honor: Milgazia y sus dragones y los elfos de Kataart. Las hermosas bestias draconianas, nuevamente adoptada su forma humana, se mostraban locuaces y educadas, entablando conversación con todo aquél que deseara compartir un rato agradable. Pese a que los señores respondían con palabras igualmente corteses, a él no se le escapó que sus sonrisas y ademanes eran ciertamente tirantes: sin duda, eran incapaces de relajarse junto a criaturas cuya apariencia podía verse modificada de improviso, alcanzando el inmenso techo abovedado con cuerpos alados de más de treinta metros de altura. Los elfos, por su parte, permanecían en un reservado segundo plano, hablando entre ellos y degustando los manjares que se les ofrecían con elegantes inclinaciones de cabeza; sin embargo, en numerosas ocasiones tragaban saliva y miraban recelosos las grandes paredes de mármol cuando creían que nadie les observaba. Pero él sí lo hacía, y sonreía. "No deben sentirse muy a gusto en una ciudad donde prima la mano del hombre por encima de la Naturaleza".

Tomando entre sus manos una copa de vino obsequiada por una doncella, el individuo observó la estancia en la que se encontraba. En un rincón algo apartado, Laidanne conversaba con Kerkaat. El asesino parecía otra persona, deshecho en risas y con los ojos negros brillantes por la paz que, tras largos años de tortura autoimpuesta, volvía a disfrutar. Durante unos instantes lo envidió por ello. En cuanto a la elfa, escuchaba todo cuanto el hombre le decía con una amplia sonrisa en el rostro, disfrutando del momento; pese a ello, y rebullendo con nerviosismo en su asiento, sus ojos verdes, iluminados con un matiz de preocupación, se dirigían de vez en cuando a Thurandil, el elfo. El gran druida, charlando animadamente con Milgazia y Luna Inverse, los tres manteniendo una distinguida postura, no se molestaba en disimular las largas ojeadas que echaba a Laidanne con los párpados entornados, analizando y sopesando algo desconocido para él. Durante unos instantes, se preguntó si ambos se conocerían de algo. "Si es así, probablemente no se despidieron como amigos".

─ La gente insiste en llamarlo guerra ─ decía Luna Inverse, con firmeza, a un atento Milgazia, quien se había pasado toda la noche detallando a sus dos compañeros de mesa cómo, con el poder conjunto de los siervos de los dioses y de la joven Sylphiel, habían logrado contactar con los dioses en el lejano Pico del Dragón. Al parecer, según les había explicado el poderoso dragón, las deidades se hallaban debilitadas por las influencias de la Barrera levantada por los Señores Oscuros en torno a su señor, y por ello necesitaron de ayuda externa para poder hacer acto de presencia. Luna prosiguió ─, pero yo no lo veo así. A fin de cuentas el conflicto tan sólo ha durado poco más de un mes; cierto, fue intenso, pero yo no daría en calificarlo guerra… ¡Si hubiera sabido que iba a ser tan corto no hubiese abandonado mi trabajo! Y todo por preocuparme por la ingrata de mi hermana. Voy a tener que intercambiar unas palabras con ella…

Al otro lado de la estancia, Sar Vanion jugaba a los dados. Las estentóreas risotadas del mago rivalizaban con las del propio príncipe Phil, su actual contrincante; y como anunciando el Apocalipsis, ambos individuos no habían tardado en hacerse amigos. En aquellos momentos el hechicero, nuevamente, volvía a ganar al regente, y así lo demostraron las jubilosas risitas de las criadas que se amontonaban alrededor del curioso sujeto. También escuchó una suave y femenina risa que reconoció como la de Sylphiel. La sacerdotisa, ataviada con un elegante vestido blanco, observaba la contienda entre los dos hombres con entusiasmo, y todo asomo de sufrimiento por la susodicha muerte de Gourry se había borrado de su semblante. "Tampoco parece estar demasiado afectada por el hecho de que Lina y Gourry estén juntos", se dijo, aunque era consciente que la joven haría todo lo posible por ocultar tales emociones.

─ Bueno, viejo Phil ─ decía Sar Vanion, con una voz lo suficientemente alta como para que la escucharan todos los presentes y acumulando el nuevo grupo de monedas de oro que hacía suyo. No se le escapó que lanzaba miradas soslayadas hacia Sylphiel ─. Eres bueno, pero no lo suficiente, me temo. Ahh… pero es divertido jugar cuando tienes todas las de ganar.

Por toda respuesta, Phil soltó una ─ más bien otra ─ carcajada, palmeando la mesa con entusiasmo. Reparó entonces en que Christopher se hallaba tras él, con una cara de consternación causada por la vergüenza ajena.

─ Vale, vale, me rindo, maldición ─ dijo el gobernante, incorporándose ─. Pero no te tengas en mucho, mago, algún día la suerte te dará la espalda.

─ Ya, ya ─ respondió Sar Vanion, agitando la mano con despreocupación y sin percatarse del nuevo jugador que, sosegadamente, tomaba asiento frente a él ─. He escuchado ese cuento demasiadas veces, amigo mío, y hasta el momento no sé de nadie que me haya…

─ ¿Jugamos, maestro?

─ ¿Qué si jugamos? Claro que sí… ¡¿qué demonios?! ─ Maldijo el mago rojo, al darse cuenta de que su nuevo adversario era Parelish. El muchacho, con una amplia e inocente sonrisa, ya batía los dados en su respectivo recipiente. Sar Vanion soltó un bufido ─. Vamos, chico, no quiero ponerte en evidencia delante de todo el mundo, eres mi discípulo. Recapacita y…

─ Oh, no os preocupéis, maestro ─ interrumpió Parelish, acentuando su sonrisa ─. Tan sólo quiero divertirme un rato.

─ Disfrutáis de muy buena suerte esta noche, maestro Sar Vanion ─ fue la dulce voz de Sylphiel la que se alzó sobre las demás. La muchacha se sonrojó levemente cuando todos depositaron la vista en ella, pero prosiguió ─ ¿No podríais intentarlo de nuevo?

─ Bueno, si la hermosa dama Sylphiel, aquí presente, me lo pide, no puedo negarme ─ Sar Vanion rió, aunque con ciertas reticencias, y tomó el cubilete de dados ─. Está bien, muchacho, juguemos. Te lo he advertido, pero…

Los dos jugadores tiraron los dados… Parelish agitó el puño en señal de victoria y Sar Vanion desencajó la mandíbula. Las burlonas risas del resto apagaron el juramento que el hechicero rojo lanzó en voz alta. Él se encogió de hombros, perdiendo interés en la escena, y suspiró, volviendo a mirar en torno a sí. No habría ni rastro de Lina y Gourry, por supuesto. Desde hacía días, ambos habían intentado comportarse como siempre, y casi lo habían conseguido ─ especialmente Gourry, cuya tranquilidad realmente era verídica ─, pero no había dejado de observar que pasaban mucho más tiempo solos de lo que era habitual en ellos. No podía culparles.

¿Y quién era el misterioso individuo que tomaba nota mental de todos estos sucesos? Zelgadis, apoyado en la pared y prudentemente alejado del resto, degustaba el vino en ligeros sorbos. Debería sentir cómo lo embargaba la felicidad, por supuesto, como a todos los demás, pero inexplicablemente no se sentía así. O tal vez sí podía explicarlo… sólo una zona de la amplia sala había permanecido ajena a sus ojos, más que nada porque no deseaba indagar en lo que en ella se sucedía: sir Lorrick no había dejado de charlar con Amelia en toda la noche; la muchacha parecía pasárselo bien, pero en cuantiosas ocasiones sus ojos se desviaban hacia donde él se encontraba. Aun sin mirarla, Zel podía sentir todavía el escrutinio de la muchacha y su innegable intención de hablar con él. La quimera estaba dividida entre el deseo de que la joven se librara del pomposo caballero para acudir a su lado y las ansias de que se quedaran conversando toda la noche y no le molestaran.

─ ¿Estás bien, Zel?

El aludido dio un respingo de sorpresa. No se había percatado de la presencia de Sylphiel, que se había aproximado silenciosamente a él. Zelgadis sonrió por toda respuesta.

─ He entrado en una especie de plano entre la vida y la muerte y he sobrevivido. No me puedo quejar ─ respondió, sardónico. Era verdad; todavía no sabía muy bien cómo había pasado, pero aquel día, en un visto y no visto, había sido devuelto a la vida gracias al poder de Sar Vanion. Sylphiel acentuó su sonrisa, sin dejar de mirarlo.

─ Sabes que no me refiero a eso ─ le dijo entonces. La quimera sintió un estremecimiento y, molesto, apartó la mirada para depositarla en el vino. No le gustaba tener que dar explicaciones acerca de su estado de ánimo.

─ ¿Y qué me dices de ti? ─ Respondió entonces ─. Siempre has estado enamorada de Gourry.

Sylphiel se sobresaltó ante la inesperada observación, y se retorció las manos con nerviosismo.

─ S… sí, pero… ─ la joven suspiró ─. Yo me resigné hace tiempo. Él nunca me ha… él no… sé que será feliz junto a Lina. Ella siente lo mismo que yo… o incluso más.

─ ¿Por qué dices eso?

─ Se lanzó a rescatarle, se adentró en ese mundo incierto sin preocuparse por su propia seguridad. Estaba dispuesta a morir. Yo… ─ Sylphiel sonrió tristemente, bajando la cabeza ─. Incluso aunque hubiera podido hacerlo… no me atreví a intentarlo ─ volvió a posar sus ojos verdes en Zelgadis. La quimera, cabizbaja y agitando el contenido de la copa con aire distraído, parecía ajena a sus palabras ─. Pero no me has respondido, Zel. ¿Qué hay de ti y de…?

─ Aquí estáis ─ la súbita voz de Amelia hizo que Zelgadis alzara la cabeza y parpadeara, sorprendido. La muchacha parecía inquieta, alternando sus ojos entre Sylphiel y él mismo pero sin detenerlos demasiado tiempo en su persona ─. Siento haber estado tan ausente. Sir Lorrick me ha estado contando muchas cosas acerca de su reino, y su infancia, y… ─ se sonrojó levemente, bajando la mirada. Zel rezó por que su rostro permaneciera imperturbable ─. ¿Dónde están Lina y Gourry? Hace mucho que no les veo.

─ Me estaba haciendo la misma pregunta ─ respondió Zel, irónico, antes de dar otro sorbo a su bebida.

─ Están en el patio ─ dijo Sylphiel, asomando a sus labios una insólita sonrisa picaresca. "¿Serán influencias de Sar Vanion? Ese tipo no ha disimulado demasiado su interés por ella", pensó Zel, divertido ─. ¿Qué tal si vamos a recordarles que no están solos?

La amplia sonrisa de Amelia fue respuesta más que suficiente.

Cuando alcanzaron el patio, sigilosos para no ser oídos y riéndose en voz baja como un trío chiquillos ─ o, más bien, como un par de chiquillas, pues Zel cerraba la marcha con calma y las mejillas ruborizadas. "¿Por qué tengo que hacer esto?" ─, encontraron a la pareja junto a un estanque. Gourry, repantigado sobre el césped con las piernas cruzadas, parecía tan apacible y campechano como siempre, lanzando piedras al agua. Fue Lina quien le sorprendió, pues la muchacha tenía la cabeza apoyada en el robusto brazo de su compañero.

Justo cuando estaban a unos metros de ellos, Gourry, mostrando una vez más su habitual sexto sentido de guerrero, giró la cabeza y dibujó una sonrisa de oreja a oreja.

─ Vaya, chicos. ¿Qué hay? ─ Nada más pronunciar estas palabras, Lina, como un resorte, se incorporó de un salto y carraspeó ruidosamente, con la cara igual de roja que el fuego de las antorchas que iluminaban el terreno recubierto por la luz de las estrellas. Antes de que nadie pudiera retenerla, Amelia se adelantó y, fruncido el ceño, puso los brazos en jarra.

─ Esto está muy mal. Se supone que esto es una fiesta y deberíamos estar todos juntos ─ la joven señaló a la hechicera con un dedo acusador mientras se aproximaba hacia ella con paso seguro ─. ¡La Justicia castiga a aquellos que dan la espalda a sus amigos y…! ─ Zel no pudo evitar que su pie se moviera como si tuviera vida propia, pisando la falda de Amelia; ésta cayó cuan larga era, estrellándose en el suelo en un patético porrazo que sumió en un anonadado silencio a los presentes. Contrastando con las complacidas risotadas de Lina, que se burlaba de su caída con los brazos en jarra, Sylphiel lanzó a la quimera una mirada de reproche.

─ ¡Zel! ─ le amonestó, para seguidamente ayudar a levantarse a la desdichada joven con ayuda de Gourry, que parpadeaba; seguramente intentando asimilar lo sucedido (claro estaba…) ─. ¿Estás bien, Amelia?

Ffreo qhe fi… ─ En suposición, la vacilante frase que había intentado expresar la aludida era "creo que sí", pero uno no tendía a vocalizar bien al tragarse de golpe una considerable cantidad de césped.

─ Hubiera sido mejor que se desmayara ─ Lina soltó un bufido. Con un suspiro de exasperación, la quimera se arrodilló para ayudarla también, sintiéndose algo culpable. Fue incapaz de predecir la rapidez con la que Amelia se incorporó, aferrando su túnica y zarandeándole con tal violencia que la cabeza de la quimera se desplazó de un lado a otro como si fuera un muñeco, acompañando sus sacudidas con tenues gemidos de protesta.

─ ¡¿Pero por qué has hecho eso, Zel?! ─ Inquirió con inocencia la dolida joven, sin piedad ─. ¡¿Po… por qué?!. ¡¿Por qué?!

─ Pues… porque… ─ Zel carraspeó un tanto abochornado, tan mareado que estaba convencido de que en aquellos instantes sus ojos estarían conformados por un par de espirales giratorias.

─ Porque te lo mereces, idiota ─ Fue Lina la que interrumpió a la quimera, chispeando sus pupilas mientras se acercaba a ella ─. ¿A santo de qué te presentas aquí y me sueltas todas esas chorradas?

─ Sabes que tengo razón ─ replicó la princesa en el mismo tono, soltando a Zel sin darse cuenta. El desgraciado se derrumbó sobre el suelo en un seco golpe que nadie pareció advertir.

─ Vamos, chicas, no os peleéis ─ intentó detenerlas una nerviosa Sylphiel.

─ No creo que consigas mucho, Sylphiel ─ suspiró Gourry ─. Estas dos son igua… ─ no pudo terminar la frase, pues el puño de Lina se estrelló en su cara. "Sí… definitivamente, tampoco han cambiado tanto", pudo pensar Zel, incapaz de creerse la humillación pública a la que acababa de ser sometido.

─ Uy... ¿pero qué es lo que estoy viendo? ─ Dijo Amelia, con una malicia surgida del enojo ─. Parece ser que ya habéis decidido dar un paso más en vuestra relación, pero no creí que fueras tan violenta en… en el tema, Lina. En fin, Zel, Sylphiel, creo que aquí sobramos…

La joven se dio la vuelta, empujando a Sylphiel e intentando arrastrar a Zelgadis, quien, superfluamente recuperado, avanzaba gruñendo a trompicones, como si sus pies fueran de gelatina. Pero Zel no hizo caso a Amelia, ya que tenía los ojos clavados en la hechicera; ésta temblaba violentamente, tan ruborizada que su piel parecía prácticamente fuego. Tras ella, Gourry se rascaba la cabeza, confuso, seguramente intentando (otra vez…) pillar el significado de las palabras de Amelia. El peligro aumentaba, y la quimera podía notarlo.

No se equivocaba. Incapaz de hablar, Lina cogió del suelo una pequeña piedra y se la lanzó a su supuesta amiga, rebotando en la cabeza de ésta con un fuerte ruido. Apretando los dientes, cargada de regia indignación y frotándose la nuca, Amelia respondió del mismo modo. Pronto, el terreno se convirtió en una lluvia de pedruscos, en la cual tanto Zelgadis como Gourry y Sylphiel recibieron lo suyo. La aparentemente seria disputa no tardó en desembocar en alegres carcajadas de diversión, mientras el grupo yacía en el césped contorsionando las costillas debido a la risa y llenos de magulladuras. Nadie hizo nada por detener el momento, pues ninguno de ellos recordaba seguramente la última vez que se dejó llevar por las risas; y, por su parte, a Zel le sorprendía enormemente ser incapaz de detener su propio júbilo.

Los cinco amigos no tardaron mucho en concluir la guerra, para sustituirla por largas conversaciones concernientes al pasado: sus viajes, sus batallas, las penalidades y alegrías experimentadas juntos… Zel se sorprendió a sí mismo participando en el nostálgico parloteo, aportando retazos y detalles de las odiseas vividas y esbozando amplias sonrisas, sin pasar por alto que Amelia parecía observarle con una brillante luz centelleando en sus pupilas. En algún momento de la reunión Lina se había aproximado a Gourry, rodeando su musculoso brazo con los suyos propios; seguramente en un acto inconsciente, si no, ya estaría separándose de él a toda velocidad (y probablemente empotrando el puño en su cráneo, o algo parecido…).

Y, por primera vez en mucho tiempo, Zelgadis se sintió feliz. Sintió que aquél era su lugar, y aquellos cuatro maníacos ─ más bien tres ─ su gente.

Al menos, hasta que otra voz se sumó al diálogo.

─ ¿Pero qué es esto?. ¿Una reunión de viejos camaradas y yo no estoy invitado? Quiero que sepáis que me habéis ofendido profundamente.

Una silueta se materializó a un metro de distancia, sobresaltando a los compañeros. Zelgadis la reconoció enseguida, como también lo hicieron los demás. Por supuesto… no podría olvidar esos ojos cerrados y esa falsa sonrisa amistosa ni aunque le molieran a palos la cabeza.

─ ¡¡Xellos, maldita hiena!! ─ Rugió la hechicera. Zelgadis se contentó con cerrar los puños con fuerza, y la sonrisa del mazoku vaciló mientras reculaba unos pasos.

─ Vamos, vamos… me iré enseguida ─ aseguró con su voz cantarina ─. Sólo quería felicitaros por vuestro papel en la guerra.

─ ¿Felicitarnos?. ¿Te crees que somos imbéciles? ─ Graznó Zel, amenazador.

─ Bueno, a veces sí que lo creo… ¿Qué… qué pasa? Tú me lo has preguntado, Zel ─ se defendió el demonio inocentemente, al ver que la quimera daba un paso hacia él dispuesta a descargar toda su ira sobre el malnacido. Xellos carraspeó ─. Os lo digo en serio… vamos, soy un buen perdedor, y en el fondo no soy tan mal tipo.

─ Excepcionando la pequeña e ínfima pega de que eres un demonio irritante y manipulador ─ añadió Lina, sin perder la compostura… aunque a duras penas, a juzgar por sus coléricos espasmos. No obstante, el sacerdote se limitó a dedicarle una amplia sonrisa de las suyas.

─ ¡Lina, Gourry, cuánto me alegro de que estéis juntos! ─ Entreabrió un ojo ─. Supongo que esta noche no dormiréis demasiado. ¿verdad? Espero que vuestra habitación esté insonorizada… Vamos, Lina, no me mires así, seguro que lo has pensado más de una vez. ¿eh, pillina?

El aturdimiento entremezclado con la cólera de la maga negra informó a Zelgadis de que el demonio no iba muy desencaminado en sus observaciones. Lo verdaderamente curioso fue que a Gourry lo asoló una reacción similar, pues el guerrero carraspeó y se agitó con embarazo. Empero, antes de que Lina se recuperara y la emprendiera a golpes y estallidos mágicos, Amelia se adelantó:

─ Xellos, aunque hayamos compartido viajes en el pasado y hayamos…

─ Amelia… ─ la atajó Xellos, con un visible estremecimiento ─. Me encantaría quedarme a escuchar tus honorables sermones, pero… sólo quería dejarme ver unos instantes para deciros esto. Así pues…

─ ¡No voy a dejar que te largues, asqueroso demonio del… del demonio! ─ Lina, ignorando los vanos intentos de Gourry y Sylphiel por contenerla, se arremangó la túnica ─ no había querido engalanarse demasiado ─ y se acercó al espíritu maligno a zancadas. Antes de que Xellos pudiera huir ─ tal vez no quería ─ la joven lo agarró por el cuello de la camisa y lo zarandeó con brusquedad. "¿Es que ésta es la noche de los zarandeos?", pensó Zel, torciendo la boca ─. No me fío de ti. Si has venido hasta aquí tiene que ser porque, además de toda esa estupidez de que eres un buen perdedor, sacarás tajada de algún modo. ¡¡Cuéntamelo todo o te juro que…!!

─ Supongo que… te debo eso, al menos ─ Xellos suspiró, desolado, al tiempo que rebuscaba entre los pliegues de su capa negra. De inmediato, extrajo de ella un pergamino enrollado y atado con una cinta negra ─. Bueno, chicos, está bien. Aquí os explico los pormenores de mis objetivos en un futuro inmediato… o al menos, todo lo que puedo revelar de ellos.

─ No me esperaba esto ─ admitió Sylphiel, tan anonadada como el resto de los presentes.

─ ¿Qué te traes entre manos? ─ Preguntó Zelgadis, sin tragarse en ningún momento que el sacerdote quisiera compartir con ellos algo tan valioso como las artimañas forjadas por su malévolo cerebro. Sin embargo, tampoco se atrevía a decir que mentía…

Xellos esbozó una enigmática sonrisa.

─ No seas tan desconfiado, Zel. Ya os dije que no soy tan mal tipo. En fin… ─ añadió mientras Lina cogía la reliquia entre sus manos, parpadeando e incapaz de creerse lo que estaba contemplando ─ espero sinceramente que… no nos volvamos a encontrar. ¡Hasta otra! ─ Y, lógicamente, desapareció.

Pasados unos segundos, los cuatro amigos se acercaron a Lina. Zel decidió quedarse plantado donde estaba, con los brazos cruzados y sin perder su dignidad. Estaba ansioso por saber qué rezaba el pergamino, pero no iba a demostrarlo tan fácilmente.

─ Vamos, Lina, ábrela ─ Instigó Amelia al llegar junto a ella, sacudiéndole el brazo e incapaz de alimentar su paciencia. Torciendo la boca, la maga negra hizo realidad su deseo ─ el de todos ellos ─. Desenrolló la carta y leyó:

·····
Detalle de los futuros planes de Juushinkan, General y Sacerdote del Amo de las Bestias:

"Eso es un secreto..."

Firmado: Xellos

Los temblores acentuados de Lina, superiores a los del propio Zelgadis, volvieron a anunciar que lo mejor sería huir de ella antes de que fuera demasiado tarde. Y en efecto… así lo demostró su bramido, que muy probablemente resonó hasta en los torreones más alejados de la capital:

─ ¡¡MALDITO SEA!!

· · ·

Si la noche anterior se dedicó a las fiestas, la mañana siguiente estaba reservada a las despedidas.

Laidanne observaba los magnos ejércitos de dragones y elfos, que aguardaban frente a las puertas de Saillune en ordenadas hileras. La elfa, semioculta bajo la sombra de un roble, escudriñaba la magnificencia de las tropas y la soledad de un campo que, pese a que ya no conservaba rastros de los estragos de la guerra, siempre estaría teñido en sangre para todo aquél que hubiera presenciado su carnicería. Kerkaat permanecía a su lado, en apariencia distraído, pero Laidanne sabía que no era así. Cuando la elfa divisó a Lina y Gourry, saliendo al exterior para despedir a Milgazia ─ se conocían de algo, si no se equivocaba ─, Laidanne sintió el súbito impulso, apenas perceptible, de correr hacia ellos. Kerkaat, sin embargo, se dio cuenta de ello.

─ ¿Por qué no vas a despedirles y te dejas de tonterías? ─ Inquirió el asesino con despreocupación. La elfa se estremeció.

─ No quiero que Thurandil me vea ─ musitó, casi para sí ─. No… no guardo gratos recuerdos de cuando me marché de la Arboleda.

─ Entiendo ─ respondió él con un tono de voz indescifrable ─. Pues será mejor que te inventes algún discurso, y rápido.

Laidanne le dedicó una inquisitiva mirada, pero Kerkaat mantenía los negros ojos fijos en algo. Ella siguió su línea de visión… y vio a Thurandil. El gran druida, acompañado de al menos veinte elfos que reconoció como habitantes de Frausser, se había aproximado sigilosamente hasta ella, y la escrutaba con sus ojos color miel sin dejar entrever sus pensamientos. De forma instintiva, con los ojos verdes abiertos de par en par, Laidanne salió de las sombras y se inclinó en una profunda reverencia, permitiendo que su cabello rojizo le ocultara el rostro.

─ Laidanne… ─ comenzó Thurandil, con una voz profunda que desmentía su aparente juventud ─ Mucho tiempo… hace mucho tiempo...

La aludida no respondió. Se mordió el labio y se agarró con fuerza las manos para disimular su temblor. Era incapaz de mirar a Thurandil a los ojos, y se sentía en la imperiosa necesidad de decir algo.

─ Gran Hermano ─ comenzó, en una voz muy baja que sin duda el agudo oído del elfo captaría sin dificultades ─, no merezco vuestras palabras. No merezco siquiera dejarme ver ante vuestros ojos.

Se produjo un largo silencio, en el cual Laidanne hubiera querido que la tierra se la tragase. De repente, deseó que Feäntor estuviera junto a ella, protegiéndola con su musculoso cuerpo plateado y sus áureas pupilas relucientes de muda advertencia; al recordar el lobo, sintió una punzada en aquella zona de su corazón que había quedado vacía, y así seguiría por siempre, con la ausencia del animal. Pero, pasado lo que parecieron varios minutos, un suave roce en su barbilla, gélido pero extrañamente suave, la obligó a alzar lentamente la vista con un escalofrío. Thurandil se había aproximado a ella, y la miraba con un fulgor compasivo y… ¿paternal? en sus claras pupilas.

─ Reconozco a la niña que, un día, hace tiempo, se sentó sobre mis rodillas dispuesta a escuchar los relatos y desvaríos de un viejo ─ curiosamente, sus palabras sonaban quebradas. Laidanne no recordaba que la imperturbable voz de Thurandil hubiera vacilado jamás ─. Soy yo… quien no merece tu perdón, hija. Eras sólo una chiquilla cuando aquellos demonios asesinaron a tus padres bajo la atroz apariencia de tres de nuestros hermanos elfos. Hiciste lo que cualquier muchacha con el corazón destrozado hubiera hecho en tu lugar: castigar a los culpables… o a quienes creíste que eran los culpables ─ el elfo suspiró. Laidanne, sin disimular esta vez las sacudidas de su cuerpo, tenía la opresora sensación de que era incapaz de inhalar aire, asaltada por el dolor de aquel suceso ya tan lejano ─. Y yo, en vez de prestarte mi apoyo como un padre, en vez de guiarte y actuar contigo como la hija que nunca tuve… te di la espalda, permití que te hundieras en las sombras. Algo que podría haber evitado…

Laidanne parpadeó, una sensación ardorosa instalándose en sus rasgadas pupilas.

─ ¿Qué deseáis que haga, padre? ─ Preguntó, la voz enronquecida por la emoción contenida. Inesperadamente, Thurandil se arrodilló junto a ella, depositando sus gráciles manos sobre sus hombros y escudriñándola, esta vez sin velar su propia congoja.

─ Volver ─ se limitó a decir el druida ─, regresar como una de nuestras hermanas, regresar a tu hogar ─ echó una mirada soslayada a Kerkaat, quien no había apartado la mirada de Laidanne ni un solo instante ─ tú también serás bienvenido, hermano… si eres tú a quien Laidanne ha entregado su corazón ─ el humano depositó sus ojos en el anciano druida, exhalando un suspiro tembloroso y parpadeando aturdido, y se limitó a asentir.

Laidanne no pudo resistirlo más y, llorando y riendo al mismo tiempo, se lanzó a los brazos de Thurandil, quien le devolvió el gesto muy lentamente. Una vez le había dicho a Lina que los sueños, los anhelos más profundos de cada espíritu, podían hacerse realidad…

Ella ya lo había corroborado dos veces.

· · ·

─ Nunca creí que fuera a decir esto, mago ─ dijo Lina, cruzada de brazos y con una amplia sonrisa ─, pero te echaré de menos.

─ Suelo dejar esa huella en la gente ─ aseguró Sar Vanion con su sutil sonrisa, mesándose la barbita. Tras él, Brenkan, montado a caballo y presto para partir al igual que el hechicero rojo, permanecía tranquilo y sin ceder a la furia… en apariencia, puesto que la fuerza con la que aferraba las riendas desmentía su serenidad ─. Seréis muy grande, moza, vuestro poder es extraordinario.

─ Ya está bien, aprendeos mi nombre de una maldita vez… ¡Lina Inverse!. ¡Me llamo Lina Inverse! ─ Rugió la hechicera, haciendo caso omiso al suspiro resignado de Gourry, quien, como siempre, permanecía junto a ella.

─ Oh, diablos, está bien ─ dijo Sar Vanion, agitando una mano para restarle importancia ─. Lina Inverse. ¿no? Lo recordaré, moza.

Lina tuvo que hacer grandes esfuerzos para no saltarle encima… pero su enfado se esfumó con rapidez. Tenía con Sar Vanion una deuda de sangre, una deuda eterna: él había resucitado a Gourry, y ella jamás lo olvidaría; su opinión sobre el extravagante mago había dado un giro radical desde aquel día.

De improviso, el mago depositó sus ojos amarillos tras ella, frunciendo el ceño.

─ ¡Ahí estás! Condenado muchacho, no podía irme sin despedirme de ti.

─ Lo lamento, maestro ─ la apacible voz de Parelish sonó junto a Lina, sobresaltándola. El joven permanecía de pie, sin montura y sin equipaje, cosa que desconcertó sobremanera a la hechicera.

─ ¿Tú te quedas, Parelish? ─ Preguntó entonces Gourry. El joven se limitó a asentir.

─ Me he dado cuenta de que necesito ver algo de mundo; y bueno, como buen hechicero blanco que soy… ─ Parelish abarcó la totalidad de la hermosa y nívea ciudad de Saillune ─ éste será un lugar perfecto para incrementar mi potencial mágico.

─ Y para zafarte de una vez de mi tutela, no disimules ─ rió Sar Vanion ─. Ya iba siendo hora de que te independizaras y me dejaras en… ─ se interrumpió bruscamente, sacudido por un estremecimiento, y dio media vuelta con rudeza haciendo relinchar de indignación al caballo, que sacudió la crin con elegancia. A lo lejos, acercándose a ellos, se aproximaron seis caballos montados por sus respectivos seis magos, y uno de ellos, con su lustrosa túnica negra y su larga barba blanca, resultaba inconfundible: Baderkar el Negro. Los oscuros ojos del viejo mago estaban fijos en los amarillos de Sar Vanion en una especie de confrontación personal. La tensión entre ellos casi agitaba el aire. Brenkan se apresuró a cabalgar hasta su señor y a inclinarse en empalagosas reverencias que el presidente agradeció con un simple gesto con la cabeza.

─ ¿Qué haces aquí, viejo Baderkar? ─ Fue el amistoso saludo del nigromante ─. ¿Vienes a hacernos de guía por el camino como a unos estúpidos niños incapaces de viajar solos?

─ He venido a felicitar al príncipe Phil, y es lo que acabo de hacer ─ respondió Baderkar con frialdad ─, pero no negaré, Saerian, que a veces estoy tentado de darte unos buenos azotes.

Lina estaba dividida entre el asombro y la irresistible necesidad de estallar en carcajadas: esta vez era Sar Vanion el centro de las burlas, y no el precursor de las mismas. Enterró la cara en el brazo de Gourry para disimular su sonrisa… aunque, en el fondo, lo que deseaba era su contacto. El espadachín se apresuró a tomar su pequeña mano entre la suya, áspera y fuerte, y apretarla con firmeza.

─ Condenado hijo de una cabra ─ bramó Sar Vanion, tal cólera brillando en sus ojos que parecía estar dispuesto a ponerse a lanzar hechizos allí mismo ─. Vuelve a decirme eso y te las verás conmigo, por muy señor presidente que seas. Te cogeré y te…

─ ¿Es que esos dos no aprenden nunca? ─ Preguntó Lina a Parelish, separándose de Gourry y con las mejillas ligeramente arreboladas. El muchacho se encogió de hombros.

─ Bueno… es lógico que las tensiones entre ambos sean patentes ─ dijo con sencillez ─, puesto que Baderkar fue maestro de Sar Vanion.

Lina casi se cayó al suelo por la impresión.

─ Ma… ¡¿maestro?! ─ preguntó, tambaleándose.

─ Oh, sí ─ Parelish parecía pasárselo en grande ─, pero más que eso fueron rivales. En fin, supongo que, a estas alturas, ya os habréis dado cuenta de que mi maestro no tolera muy bien estar a las órdenes de nadie.

Lina miró a Gourry con los ojos como platos, pero éste se limitó a sacudir la cabeza, estupefacto.

─ En fin, será mejor que me largue de una vez ─ gruñó Sar Vanion, cuando Baderkar hubo espoleado a su montura con fiereza para alejarse de él ─, antes de que ese cabestro senil decida también atarme los cordones. Me mantendrás informado de tus progresos. ¿verdad, chico?

─ Os lo prometo, maestro ─ aseguró Parelish, con una inclinación amistosa.

─ No juguéis demasiado a los dados ─ dijo Lina, con malicia. Como si acabara de acordarse, añadió ─: Por cierto… ¿Saerian?. ¿Acaso es vuestro verdadero nombre?

Sar Vanion esbozó una misteriosa sonrisa, sin mirarla, analizando en cambio el terreno en torno a sí.

─ Ésa es una historia que quizá algún día os cuente ─ se limitó a decir ─. Por cierto, moza… ─ De improviso, las pupilas amarillas de Sar Vanion volvieron a clavarse en ella, y su rostro se ensombreció al tiempo que bajaba la voz. La repentina expresión grave de su semblante hizo que a Lina le diera un vuelco al corazón, aumentando su preocupación a un ritmo vertiginoso. ¿Sería algo concerniente al extraño limbo en el que entrara para buscar a Gourry? ─ El Plano Vanion, lo había llamado él… un nombre patético, en su opinión, que lo único que hacía era alimentar el ya de por sí elevado ego del individuo, y por ello se negaba a utilizarlo ─ ¿Es que el hechicero había descubierto alguna nefasta consecuencia por acceder a ese lugar? Le había contado a Sar Vanion lo sucedido con todo detalle, inclusive el hecho de que los horribles engendros la llamaran por el extraño calificativo de caminante, y él no había tardado en proseguir sus investigaciones; ahora sus ojos, relucientes de inquietud, habían reactivado en ella el temor que raras veces la invadía.

─ ¿Qué ocurre? ─ Inquirió entonces, aprensiva. Sar Vanion se inclinó más sobre ella, arrugando el entrecejo.

─ Esa preciosa sacerdotisa, Sylphiel… ─ habló entonces ─ ¿Está casada o sigue libre?

Con los vientos soplando desde el norte y la marca del puño de Lina en el rostro, Sar Vanion el Rojo, hechicero negro, poderoso nigromante y vicepresidente de la Asociación de Magos de Atlas inició su odisea de regreso a dicha ciudad, cabalgando a su semental blanquinegro como un rey que retornara a sus dominios tras una gloriosa batalla. Lo cual, en el fondo, no estaba muy lejos de ser verdad…

· · ·

Kerkaat jamás imaginó que despedirse de Lina Inverse, la condenada maga que tantos problemas le causara, su último contrato ─ y además frustrado ─ fuera a resultarle tan difícil.

Los campos circundantes a Saillune casi se hallaban ya vacíos tras la marcha de los dragones y los elfos. Thurandil también se había ido, tras aceptar el deseo de Laidanne de despedir a la maga y a su guardián antes de regresar a su hogar… y él con ella. Ahora, sólo permanecían a las puertas la curiosa pareja, la elfa y él mismo, la suma sacerdotisa y Parelish el Blanco, la princesa y su padre y la misteriosa quimera. Los soldados zefirianos supervivientes de la contienda ya estaban, también, listos para partir, encabezados por Luna Inverse ─ quien ya había intercambiado unas inaudibles palabras con su hermana; una conversación tensa, si se tiene en cuenta que Lina salió de ella con el rostro pálido ─ y sir Lorrick. El caballero no se molestaba en disimular las largas ojeadas que echaba a la heredera al trono, para posteriormente apartar los ojos y sacudir la cabeza, como luchando contra sí mismo. Pero la muchacha no parecía darse cuenta de ello… o lo disimulaba muy bien.

─ En fin ─ comenzó Lina, inquieta. A ella tampoco parecían gustarle las despedidas, al igual que él. Por primera vez, Kerkaat reflexionó acerca de lo mucho que se parecían ellos dos ─, supongo que esto es un adiós.

Laidanne sonrió, en un gesto que tanto la hechicera como el guerrero le devolvieron, alargando el silencio, el momento de partir. De repente, la elfa se acercó a ellos en una zancada y los estrechó entre sus brazos. Gourry respondió con unas torpes palmaditas en la espalda de la muchacha, y Lina, rígida como una estatua, acabó por relajarse y devolverle el afectuoso abrazo.

─ No sois mis amigos ─ aseveró la elfa en un entrecortado susurro ─, sois mis hermanos. Hoy y siempre. Jamás os olvidaré.

Los veloces parpadeos de los castaños ojos de Lina demostraban hasta qué punto le costaba contener su propia emoción, y también el hecho de que no respondiera; el asesino estaba convencido de que si hablaba, aunque sólo fuera para decir un monosílabo, rompería en llanto, y conocía demasiado bien el testarudo orgullo de la joven ─ el mismo que le caracterizaba a él ─ como para saber que no permitiría que nadie la viera en tal estado.

Cuando Laidanne se separó, Lina, con un carraspeo nervioso, depositó la mirada en Kerkaat. Éste simuló interesarse súbitamente por la daga mágica que tan bien conocía ya, rascándose la cabeza en un gesto inconsciente, frunciendo el ceño y mascullando para sí como sí todo aquello le pareciera una reverenda estupidez… cosa que era cierta, en parte.

─ Bueno, Kerkaat ─ Gourry era el que mejor sobrellevaba tales situaciones. Se aproximó al asesino y le palmeó la espalda amistosamente ─, confío en que a partir de ahora serás un poco más feliz.

Con una sonrisa tirante en un principio y pacífica a los pocos segundos, Kerkaat depositó su bronceada mano sobre el musculoso brazo del guerrero, asintiendo por toda respuesta.

Entonces, se encaró con Lina.

No dijeron nada durante unos instantes, escudriñándose los dos con una máscara de aparente hosquedad. Finalmente, la hechicera, en un rapidísimo movimiento, asestó un fuerte puñetazo en el estómago del ex-asesino, haciendo que éste perdiera el resuello y se inclinara sobre sí mismo. Furioso, jadeando a causa del dolor, Kerkaat alzó la mirada y apretó los dientes hasta que le rechinaron.

─ ¿Pero qué demonios te crees que haces, maldita hechicera del demonio? ─ Rugió. Iba a agregar algunos juramentos más, pero parpadeó, confuso, al observar la enorme sonrisa que adornaba el semblante de la muchacha.

─ Esto es otra cosa ─ se limitó a decir ella ─. Éste es el ingrato e irritante asesino que yo conozco. Seamos serios: ni a ti ni a mí nos gustan las despedidas incómodas, así que… considera mi puñetazo como un gesto amistoso.

─ Todavía podría presentarme ante ese Lord Shaldroff con tu cabeza ─ respondió Kerkaat, frotándose la zona del golpe y sin mudar su expresión ceñuda ─. No juegues conmigo.

─ Podrías, pero no lo harás. Además, no me costaría nada vengarme diciéndole a Xellos que te hiciera unas cuantas visitas sorpresa ─ Lina rió ante la expresión de perplejo temor de su interlocutor, para posteriormente volver a esbozar una sonrisa sosegada ─. Tienes un absurdo código del honor, y dudo mucho que le des la espalda.

Él no respondió. ¿Para qué hacerlo? La maldita maga tenía toda la razón, como siempre. Su coraza emocional cedió, resquebrajándose en ella la zona que ocultaba tan a buen recaudo su corazón y que Laidanne se había encargado de echar abajo, además de la propia Lina. Le devolvió la sonrisa con igual intensidad, reflejando en ella todo el respeto y el afecto que, inevitablemente, sentía por esa desquiciante pareja de mercenarios. Dos personas que le habían ayudado a sustituir las abruptas piedras del sendero de su existencia por la límpida superficie de un fresco y cristalino lago. Un lago cuyas aguas se habían encargado de colmar el vacío de su existencia, convirtiéndolo, por primera vez en su vida, en un hombre íntegro y completo.

No alargaron mucho más la escena. Mientras él permanecía en segundo plano, Laidanne dedicó corteses despedidas a Amelia, Sylphiel y Phillionel por la estancia y las atenciones recibidas en palacio, y dijo adiós a Zelgadis con ciertas reticencias. No podía culparla: a él mismo le ponía nervioso la presencia de la quimera, y no precisamente por su aspecto ─ uno acababa acostumbrándose a él ─, sino porque los oscuros ojos zafirinosdel sujeto parecían levantar en torno a él una barrera que les instaba a no acercarse demasiado. Por algún extraño motivo, se sentía identificado con el sujeto.

La elfa y él montaron finalmente en sus caballos para iniciar el viaje rumbo a Kataart, su nuevo hogar al retiro de los bosques y las montañas.

Deshaciéndose en sonrisas y miradas de profundo afecto, la pareja se marchó.

Cuando se hallaban ya a varios kilómetros de distancia, ambos se detuvieron en lo alto de una ladera, fijando los ojos en la argentina belleza de Saillune por última vez. Aun desde esa distancia, el asesino podía notar todavía la presencia de Lina y Gourry a las puertas de la urbe, como si se hubiera establecido entre ellos un lazo imperecedero incapaz de ser seccionado. Tragó saliva con evidente esfuerzo, pues a su garganta también se le había antojado comprimirse en un doloroso lazo. Rió con ironía; qué estupidez… él, el asesino, el letal sabueso al servicio de todo aquel que reclamara una vida, el verdugo de las conspiraciones de los grandes señores… sentía cariño hacia alguien. Jamás pensó que pudiera experimentar tal cosa, ni siquiera tras haber conocido a Laidanne y enamorarse de ella. Y, sin embargo, ahí estaba… extrañando a una diminuta muchacha de ojos castaños y a un fornido guerrero de cabello rubio.

Le bastó una mirada para saber que Laidanne sentía lo mismo; y, probablemente, la película de dolorosa nostalgia que encubría las esmeraldas de sus ojos también tenía como protagonista a Feäntor. La muchacha se había quedado sola, sin un guardián que la protegiera… no, él sería ahora ese guardián. Se descubrió pensando que, tal vez, las ansias protectoras de Gourry no eran tan necias como pensara antes.

Al percatarse de su escrutinio, la elfa alzó la mirada y sonrió, en una mueca sólo reservada para él.

─ ¿Eres feliz, Kerkaat? ─ Preguntó ella. Él no respondió de inmediato; esbozó una media sonrisa y acarició el pelaje de su animar castaño con aire distraído.

─ De algún modo ─ respondió entonces ─, todo lo que antes carecía de sentido para mí… ahora lo tiene; ya sea el viento, la lluvia o la propia floresta… incluso la pasividad de este jamelgo me despierta un extraño cariño ─ suspiró largamente y asintió ─. Sí… supongo que eso es felicidad.

Laidanne sólo acentuó su sonrisa, al tiempo que se aproximaba hasta él, le rodeaba el cuello con los brazos y depositaba un prolongado y suave beso en sus labios. Cuando se separaron, y tras observarse en silencio durante varios segundos, la muchacha volvió a formular otra pregunta:

─ ¿Cómo esperas que sea tu nuevo hogar?

Esta vez, Kerkaat respondió con una alegre carcajada.

─ Bueno ─ dijo, sardónico ─, sólo espero que no sea como ese endemoniado Bosque de Yanavar.

Ella respondió a sus risas, agitando los espesos bucles cobrizos. Reanudando la marcha, humano y elfa se perdieron en el camino… y en la memoria.

· · ·

Amelia había observado, sumida en un prolongado silencio, todo el intercambio entre sus dos amigos y Laidanne y Kerkaat. Parpadeó, tomada por sorpresa cuando la elfa se aproximó a ella y a su padre, agradeciéndoles profusamente todas las atenciones recibidas; su sorpresa se debía, en gran parte, a que no había estado demasiado atenta a lo que se sucedía ante sus ojos. Su cerebro no había parado de especular desde la noche anterior, desde aquel maravilloso momento en que ella y sus amigos se reunieran, sentados a la luz de la luna, y rememoraran las alegrías pasadas durante no supo cuánto tiempo; las horas habían carecido de sentido en aquellos instantes.

Pero lo que más recordaba era la locuacidad que había mostrado Zelgadis; sólo con mirarle a los ojos había sido capaz de dilucidar el centelleo de alegría que no había dejado de iluminar sus ojos en toda la noche. A Amelia le había embargado la emoción al contemplar sus ansias de contar historias como el que más y aquellas carcajadas de júbilo que rara vez revestían la sobria voz de la quimera.

Tal vez fuera en esos momentos cuando se dio cuenta de que jamás en su vida podría sentirse así por nadie más.

De modo que no había pegado ojo, pues tenía demasiadas cosas en que pensar como para poder disfrutar de un sueño reparador; no había dejado de sorprenderse por su propio atrevimiento, pero la visión de los felices Lina y Gourry ─ sí, felices, por mucho que la hechicera se esforzara por permanecer impasible ─ la había animado considerablemente. La joven esperaba que ni sus amigos, ni su padre ni ─ especialmente ─ el propio Zelgadis denotaran su aspecto demacrado y ojeroso y la interrogaran al respecto. No deseaba hacer partícipe a nadie de sus propósitos… todavía no.

Parpadeando, Amelia se percató, por primera vez, de que Kerkaat y Laidanne ya no estaban; un melancólico mutismo había dejado caer su peso sobre Lina y Gourry, que observaban el horizonte allende las montañas sin apartar ni una sola vez las pupilas de él. No obstante, pasado un tiempo, Lina dio media vuelta con brusquedad, se sacudió las palmas de sus manos y, como si no hubiera estado a punto de ceder al llanto, se aproximó adonde se encontraban ella y los demás. Gourry, con su sencillo gesto de sonreír y apoyar las manos en las caderas, hizo otro tanto.

─ ¡Bueno! ─ Comenzó la maga negra con simulada tranquilidad ─. Ahora sólo quedáis vosotros.

Amelia se vio sacudida por un estremecimiento al ser consciente de que tendría que despedir a sus amigos; pero, curiosamente, descubrió que no le costaría demasiado hacerlo. Tal vez fuera porque, de un modo u otro, acabarían por encontrarse de nuevo en el futuro. Estaba segura de ello.

─ Os echaremos mucho de menos ─ aseguró la sosegada voz de Sylphiel, que vacilaba debido a la emoción contenida. Amelia observó que los acuosos ojos verdes de la sacerdotisa se desviaban hacia Gourry con mucha más frecuencia ─. Espero que todo os vaya bien a partir de ahora… estoy segura de que sí.

Lo dijo haciendo magistrales esfuerzos por ocultar la tristeza que se hacía patente en sus palabras, algo lógico si se tenía en cuenta que Sylphiel jamás había dejado de sentir algo muy especial hacia el espadachín. El súbito temblor en el cuerpo de una ruborizada Lina comunicó a Amelia que la hechicera también se había dado cuenta de ello.

─ No te preocupes, Sylphiel ─ habló Gourry, mirando a la muchacha con profundo afecto ─, además, no estarás sola. Creo que has hecho buenas migas con Sar Vanion. ¿no es así? Probablemente venga a visitarte de vez en cuando ─ resultaba sorprendente que no lo dijera con ningún doble sentido, pero así era. Sylphiel se sonrojó al escuchar sus palabras, pero se limitó a asentir.

Las despedidas, en efecto, no se alargaron demasiado. Todos intercambiaron amistosas y cariñosas palabras con todos y, en el caso del príncipe Phil, suaves palmaditas sobre los hombros de Lina y Gourry… o lo que él consideraba suaves palmaditas; Gourry apenas se movió bajo su contacto, respondiendo con alegres carcajadas, pero Lina se vio tumbada sobre el césped en más de una ocasión. A Amelia le sorprendía que en ningún momento Lina correspondiera a su padre con una "amigable" patada en las costillas. Lina y Zelgadis, en su mutuo adiós, no escatimaron en palabras rayanas en la brusquedad, pero en el caso de ambos tal escena vendría a ser lo mismo que abrazarse y sucumbir a las lágrimas.

Cuando la eterna pareja ya estuvo lista para partir ─ sin caballos y a pie, como siempre ─ la hechicera se dirigió a Parelish. El joven mago había pasado bastante desapercibido durante los intercambios y, pese a encontrarse solo y sin la presencia de su maestro, el muchacho hacía gala de una apacible serenidad y un estoicismo envidiables en alguien de su edad.

─ Bueno, Parelish, cuando escribas a Sar Vanion no olvides enviarle… cordiales saludos de mi parte ─ dijo Lina, con una mueca burlona.

─ Así lo haré ─ dijo el aludido tras soltar una risita ─. Espero que nuestros caminos vuelvan a cruzarse en el futuro, mi señora.

─ Como vuelvas a llamarme así ─ amenazó la hechicera ─ me encargaré de que desees no reencontrarte conmigo nunca más. Dioses, serás completamente opuesto a tu maestro, pero en el fondo te pareces a él.

─ Serán las influencias ─ Parelish dejó entrever sus dientes con la siguiente sonrisa que esbozó ─. Que la suerte siempre os sea propicia, Lina. Y también a vos, Gourry.

─ Gracias ─ respondió alegremente Gourry, como si la despedida del mago blanco no hubiera sido excesivamente solemne.

─ No os canséis demasiado, muchachos ─ dijo Phil, sin dejar muy claro el sentido en el que lo decía. Lina debió notar lo mismo, pues se sonrojó y carraspeó ruidosamente.

Y entonces, se fueron.

Pasaron varios minutos antes de que las siluetas de Lina y Gourry se confundieran con el lejano horizonte como dos pequeñas motas negras que adornaran el paisaje. Solo entonces Phillionel pareció darse cuenta de que todavía no había despedido a los caballeros zefirianos y, mascullando entre dientes, se apresuró a llegar hasta ellos.

─ Parelish ─ Sylphiel se volvió dulcemente hacia su compañero ─ ¿Qué te parece si vienes al templo a compartir una taza de té conmigo? Tengo muchas cosas que aprender de ti.

─ Os lo agradezco, mi señora Sylphiel ─ Parelish se inclinó en una modesta reverencia ─, pero, si me permitís, tengo la sensación de que vuestros conocimientos me serán mucho más valiosos a mí que los míos a vos.

Conversando en largos diálogos dedicados a la magia blanca y la hechicería, Sylphiel y Parelish no tardaron en alejarse de vuelta a la ciudad. La sacerdotisa, no obstante, dedicó a Amelia una fugaz sonrisa que expresaba… ¿qué?. ¿ánimo? La princesa se preguntó hasta qué punto llegaba la intuición de su amiga.

Contemplando el sol en las alturas, que descendía con deliberada rapidez anunciando el crepúsculo, Amelia y Zelgadis se quedaron solos.

La muchacha, esbozando una tímida sonrisa, echó un vistazo a la quimera. Ésta parecía hallarse sumida en sus propios pensamientos, sin apartar los ojos del brillante astro anaranjado cuyos áureos rayos titilaban en su centelleante cabello color platino.

Era su oportunidad.

─ Se les echa de menos. ¿verdad? ─ Inquirió la joven. Zelgadis sonrió levemente, sin dedicarle una mirada.

─ Supongo que sí ─ respondió entonces ─. Es muy raro: cuando les veo después de mucho tiempo, siento deseos de golpearme la cabeza con una piedra y maldecir mi mala suerte; pero cuando se van estoy tentado de coger provisiones y partir con ellos.

─ Es inevitable ─ rió Amelia, un sonido nervioso que acalló enseguida, tragando saliva. El corazón le latía con tanta fuerza que le sorprendió que la quimera no pudiera escucharlo. No tenía sentido alargar el momento. Abrió la boca y se dispuso a…

─ ¿Princesa Amelia?

Con un violento respingo, Amelia dio media vuelta y comprobó que sir Lorrick se había aproximado a ella, ataviado con su armadura y con su yelmo con cabeza de león firmemente sujeto en su brazo, bajo su axila. Empero, y pese a haber invocado su nombre, el caballero y ahora héroe de guerra tenía sus ojos grises y recelosos clavados en Zelgadis. Él también observaba al recién llegado con los brazos cruzados, pero con una expresión inmutable en el rostro que la muchacha fue incapaz de desentrañar.

─ Princesa Amelia ─ repitió Lorrick, esta vez desviando las pupilas hasta ella y con un claro matiz vacilante en su hierática voz ─ ¿Puedo hablar con vos?

─ Cla… claro ─ con una mirada soslayada destinada a Zelgadis, la princesa permitió que el caballero la tomara de la mano con delicadeza y la llevara a un lugar apartado. Cuando por fin se detuvo, sir Lorrick dirigió una rápida mirada a sus tropas, que aguardaban en recta posición.

─ No puedo alargarme mucho ─ dijo él ─. Sólo quería… quería saber si ya habéis tomado alguna decisión ─ Amelia bajó los ojos y exhaló un largo suspiro, gesto que provocó que el capitán rebullera con inquietud ─. No quiero presionaros, mi señora… sólo quería saberlo, pero… si aún estáis indecisa, podéis tomaros el tiempo que deseéis. No me importa esperar.

─ Sir Lorrick, yo… ─ ¿Cómo?. ¿Cómo se le decía a un hombre bueno, honorable y leal que una no correspondía a sus sentimientos?. ¿Que era incapaz de entregarle su corazón porque… porque ya se lo había entregado a otra persona? Se permitió unas ligeras ganas de reír. "Si Lina pudiera escucharme, me diría que estoy actuando como una tonta enamoradiza" ─. Escuchadme…

─ Por favor… guardaos vuestras palabras ─ Lorrick depositó con suavidad uno de sus dedos, enguantados con cuero marrón, en los labios de Amelia, haciendo que ésta se sonrojara hasta las orejas. Acto seguido, rebuscó entre los pliegues de su capa roja y, tras unos segundos, extrajo un pequeño objeto brillante que ella no alcanzó a distinguir a simple vista ─. El verdadero motivo por el que quería hablar con vos es… esto ─ depositó el objeto sobre la palma de su mano y se lo mostró a Amelia: una alianza de plata, adornado su centro con una rugiente cabeza de león forjada de perfil y cuyo fiero ojo estaba representado por un diminuto trozo de rubí. Amelia observó la belleza de la joya, maravillada, acariciando sus contornos con dos trémulos dedos ─ éste es el sello de mi familia y… querría que lo tuvierais vos.

La princesa, dando un respingo y retrocediendo un paso, observó al caballero completamente abrumada.

─ No puedo aceptarlo, sir Lorrick ─ consiguió articular; pero él, con firmeza, se aproximó a ella, tomó nuevamente su mano y depositó en ella el anillo, cerrando posteriormente los dedos de la muchacha en torno a él.

─ Ofende a mi honor que rechacéis un regalo que os ofrezco de todo corazón ─ lo dijo con dureza, pero posteriormente, y tras suspirar, suavizó el tono y prosiguió ─: es tan sólo un presente para que no olvidéis que, a lo lejos, en algún lugar de este mundo, existe alguien a quien habéis atrapado completamente entre vuestras redes… y se siente feliz por ello. Mi vida es vuestra, princesa. Simplemente recordadlo.

Sin esperar respuesta, sir Lorrick se apresuró a ajustarse el yelmo en la cabeza y, en una rauda pero elegante marcha, regresó junto a su ejército. Amelia volvió de forma mecánica, con la mirada perdida, adonde se encontraba Zelgadis, sin poder dejar de aferrar la alianza en su mano e incapaz de creérse lo que acababa de escuchar. A lo lejos, escuchó cómo el caballero se despedía de su padre, y acto seguido, espoleaba impávidamente a su montura y emprendía el viaje de regreso a casa junto a sus escasos soldados.

No fue consciente de cuándo se detuvo, abriendo por fin su temblorosa mano y admirando el espléndido objeto centímetro a centímetro, todavía sumida en una sensación de irrealidad.

─ Un anillo muy bonito.

Sintiendo que sus piernas flaqueaban, Amelia alzó los ojos y comprobó que la quimera contemplaba el anillo con su habitual expresión indescifrable. De repente recordó qué era lo que se proponía a hacer, y se preguntó si, después de esto, tendría fuerzas para ello. Por una vez, acudir a sus ideales no le sirvió de mucho para conferirse valor.

─ Zel, yo…

─ ¿Te lo ha regalado Lorrick?

─ Sí… ─ respondió ella, al cabo. Zelgadis asintió con gestos lánguidos, sin retirar sus oscuros ojos del rostro de la muchacha en un intenso escrutinio. Amelia hubiera querido apartar la mirada, pero no podía desligarse de la tenaz observación de la quimera. Las palabras salieron atropelladamente de sus labios ─: yo no… quiero que sepas que Lorrick y yo no…

─ Descuida, Amelia ─ Zelgadis esbozó una mueca burlona al tiempo que daba media vuelta ─. No te pongas así, no tienes de qué avergonzarte. Es inútil que intentes negar lo evidente, después de todo lo que ha pasado… ─ emitió una sosegada y calmada risa ─. Ya te dije hace tiempo que sir Lorrick será un excelente esposo para ti. Te felicito.

La quimera dio media vuelta y, con despreocupación, se despidió de la joven agitando la mano en un somero ademán. Sólo eso, tan sólo ese movimiento, unido a la frialdad de sus palabras, bastó para que el temor de Amelia se tornara en cólera. "Debo controlarme. No me ha dicho nada malo, sólo que se alegra por mí. Tengo que controlarme…"

No lo hizo.

─ Eres un egoísta, Zelgadis ─ su tono de voz era gélido y tan cortante como el filo de un cuchillo. Una parte de ella continuaba exhortándola a detenerse, pero la otra, la que contenía todas sus frustraciones, resultó ser mucho más poderosa. Zelgadis se detuvo en seco, volviendo a depositar sus ojos en ella, desorbitados por la conmoción, muy lentamente. La joven prosiguió sin amilanarse ─. O eso o es que no te das cuenta de la realidad. ¿Tan poco te importa…? Yo no… no siento nada por sir Lorrick… él me entrega una alianza y tú te limitas a reírte y a marcharte como si nada… ─ era muy consciente de que su perorata carecía de orden y concierto, pero sus sentimientos salían a flote en un caótico fluido incapaz de ser detenido. Zelgadis continuaba mirándola, tan inmóvil que parecía no respirar, y la sensación punzante en los ojos de Amelia aumentaba irremisiblemente ─. ¿Qué tengo que hacer para que… te des cuenta de la verdad?. ¿Por qué tienes que ser tan frío?. ¿No es evidente lo que… lo que siento?

El viento aumentaba su potencia, y la luz del crepúsculo se volvía más y más oscura a medida que pasaban los segundos, pero la quimera continuaba sin moverse, observándola con extraña fijeza. Parpadeando repetidas veces para contener las lágrimas, la princesa bajó la vista, sintiendo la cara arder y asombrándole que a su corazón no le hubieran brotado patas para emprender una desenfrenada huída. Se lo había dicho… quizás no había sido demasiado clara, pero era más que suficiente; si ahora él hacía oídos sordos al mensaje que encerraban sus palabras, ella ya no podía hacer nada por cambiar eso.

Zelgadis acabó con el tenso silencio, hablando en un entrecortado susurro que la sorprendió poderosamente. Ella evitó mirarle a los ojos.

─ Amelia, no… Sabes lo que soy. Lo que era. No puedo… ─ Zelgadis sacudió la cabeza, exhalando un largo suspiro. La princesa alzó entonces la mirada, dispuesta a replicarle (o instándose a sí misma a ello, al menos) por tan absurdo argumento, el mismo de siempre… pero entonces Zel recuperó la máscara congelada en su faz y retomó la palabra, con una voz en apariencia fría, pero que contenía un timbre desconocido para la princesa, un tono que no sabía si definir como triste, como acongojado, como irritado… no, no lo sabía, pero le provocó tal estremecimiento que a punto estuvo de caer de rodillas sobre el suelo.

─ Lo siento, Amelia ─ fue su implacable respuesta ─. Vives en una ilusión… despierta de una vez.

Con los azules ojos acuosos y a punto de salirse de sus cuentas, la princesa alzó la vista, mirando a Zelgadis sin verlo, tambaleándose como si la quimera se hubiera aproximado a ella y le hubiera asestado una violenta bofetada. Como entre las brumas de un sueño distinguió a un tembloroso Zelgadis casi batallando contra sí mismo; en dos ocasiones pareció a punto de correr hasta ella con una expresión atormentada tan efímera que la muchacha creyó habérsela imaginado. Sin embargo, y sacudiendo de nuevo la cabeza, esta vez con iracundo ímpetu, el joven acabó por proseguir su camino hasta las puertas de Saillune con unas rápidas zancadas que aseveraban su deseo de escapar y desaparecer de su vista. Cuando Phillionel se acercó a él, extrañado y dispuesto a decirle algo, la quimera se limitó a atajarlo sacudiendo la mano con violencia y desapareció en el interior de la urbe.

Parpadeando repetidas veces sin permitir en ningún momento que las tercas lágrimas escaparan al fin de sus ojos, aunque sin mudar su expresión de perplejidad y aturdimiento, Amelia observó de nuevo la alianza de sir Lorrick.

"Sir Lorrick es diferente… él no me haría sufrir de ese modo. Tal vez sería mejor que…", parpadeó, asediada por la vergüenza. ¿Pero en qué estaba pensando?. ¿Cuándo a dónde era tan egoísta? Sabía muy bien lo que sentía por Zelgadis, la única persona en cuya compañía era capaz de experimentar paz, una sensación de comprensión al ser consciente de que él había sufrido demasiado en la vida, al igual que ella. "Pero… ¿acaso puedo hacer algo? No puedo acercarme a él… cada vez que lo intento, me cierra las puertas de su alma sin dudarlo ni un solo instante". Volvió a pensar en sir Lorrick, el caballero que personificaba todos aquellos valores que cualquier mujer buscaría, incluida ella. El hombre cuya firmeza y honor había aprendido a apreciar y a admirar considerablemente, en cuya presencia se sentía… bien, segura y protegida; y alguien que, por primera vez, no veía en ella su fachada real y las amplias posibilidades de acceder al trono. Sólo a ella. Sería tan fácil…

"No", volvió a increparle a aquella vocecita maliciosa. "Yo no estoy enamorada de él, no soy ninguna niña mimada que juega con los sentimientos de otra persona sólo por haber sufrido una decepción. ¿Y yo defiendo la Justicia y la honestidad? Es absurdo". Sí, absurdo, y sin embargo…

… sin embargo… "yo también… quiero ser feliz…"

Fue entonces cuando, vacilante, Amelia fijó su vista en la alianza de Lorrick. Tragando saliva, la examinó bajo una luz nueva; torció los temblorosos labios y frunció ligeramente el ceño, odiándose a sí misma por sus contradictorios deseos.

Y, sin embargo… se repitió, intentando eliminar de su mente y de su corazón la visión de Zelgadis.

Tal vez no estuviera tan mal casarse…

· · ·

El sol se retiró definitivamente a su habitual letargo, dando paso a una inmensa luna argéntea que, por el contrario, comenzaba a despertar. Lina, observando la panorámica junto a un sauce situado al borde de una escarpada y alta montaña, sonreía, pensando en todos y cada uno de sus amigos, recordando los rostros de las nuevas vidas que se habían cruzado en su camino. Sonreía, incapaz ya de albergar más felicidad. Sonreía… disfrutando de la vida.

La sobresaltaron levemente los dos fuertes brazos que salieron de la penumbra, rodeándola con fuerza y envolviéndola en una protectora calidez. Ella sonrió y depositó su mano izquierda sobre ellos con un satisfecho suspiro, apoyando la cabeza en el musculoso pecho y sorprendiéndose al comprobar hasta qué punto había cambiado: hasta hacía unos pocos días, el solo hecho de que Gourry la abrazara, apoyando la barbilla en su cabeza y depositando un tierno beso sobre la misma, le habría resultado impensable. Ahora, en cambio, se sentía incapaz de vivir sin ello.

─ ¿Estás bien? ─ Preguntó él en un susurro.

─ Sí ─ la muchacha acentuó su sonrisa. Por alguna razón, el orgullo se esfumaba cuando le escuchaba hablar en ese tono de voz ─. Es que les echo de menos, nada más.

─ Seguro que volvemos a verles ─ dijo entonces el espadachín ─, ya lo verás.

Lina no respondió, sumergiéndose en la paz del momento, disfrutando de la esfera que flotaba en la bóveda nocturna, como un coágulo de plata fundida, rodeada por su cortejo de millares de estrellas. Ella también creía estar flotando. No supo cuánto tiempo pasó hasta que, por fin, se separaron. Segundos más tarde, observando pensativa la amplia espalda del guerrero, que permanecía acuclillado encendiendo una fogata, Lina preguntó:

─ Oye, Gourry… ¿a dónde iremos mañana?

El espadachín le devolvió esa sonrisa ambigua que tan pocas veces esbozaba.

─ ¿Acaso es necesario que te responda?

Lina sacudió la cabeza y soltó una carcajada. Por supuesto que no: tanto ella como él sabían con certeza cual sería su siguiente destino al amanecer, hacia dónde marcharían al salir el sol.

Hacia una nueva aventura.