Epílogo
A Bram Tearkand, el juglar, no le hacía ni pizca de gracia la suerte que le había acompañado desde hacía ya varias semanas. Había dedicado su vida a la música desde los ocho años, adiestrado por su propio padre, que poseía conocimientos básicos de flauta y juegos malabares. Cuando era tan sólo un zagal de catorce veranos decidió abandonar la granja de su familia, perteneciente a los dominios de Ralteague, y emprender una vida aventurera y bohemia agasajando a las damas con sus poemas y haciendo que los hombres brindaran a su salud con cada maestría que ejecutaba con las bolas de colores. Su reputación había aumentado considerablemente en seis años. Por ello le fastidió sobremanera que ni la Reina Eterna, gobernadora de Zefiria, ni la Corte Real de Saillune le permitieran mostrar su arte en los grandes palacios de dichos señores las noches dedicadas a las festividades por la victoria en la Guerra del Auge, dejando que músicos de mucha más baja ralea se ganaran una fama inmerecida tocando notas discordantes ante los ojos de los príncipes y los grandes nobles.
"¿Cómo?. ¿Es que no me conocéis?", había rugido frente a las puertas del castillo de la Capital de la Magia Blanca, la noche de la gran celebración, "Soy Bram Tearkand, músico, cuentacuentos y forjador de sueños. Seguro que habréis oído hablar de mí…"
Pero los soldados se habían limitado a estallar en carcajadas ante la teatral presentación, encogiéndose de hombros e intercambiando burlonas miradas. Antes de echarle como a un perro, claro estaba. Su orgullo y su dignidad habían quedado considerablemente mellados cuando en Zefiria los soldados, no contentos con gritarle que se largara con viento fresco, le habían perseguido un trecho por las callejuelas lanza en mano. Pero tras haber dedicado una semana a viajar a Saillune, bajo el insoportable frío de principios de invierno y acosado en más de una ocasión por grupos campestres de ladrones y bandidos, el hecho de que la entrada al palacio real también le estuviera vetada había incrementado poderosamente su mal humor.
El juglar terminó de ataviarse con sus calzones verdes y su lustrosa chaqueta roja de bordes dorados, abrigándose con la capa marrón de gruesa lana; su indumentaria se veía bastante desfavorecida con semejante prenda, pero el frío era especialmente intenso aquella mañana, así que se vio obligado a dejar a buen recaudo en su bolsa la capa de seda multicolor que revelaba su condición de artista. Cogió su arpa y su flauta y salió de la habitación en la que se alojaba, en una de las posadas más acogedoras de Saillune. Las Siete Jarras del Rey, se llamaba; un buen nombre, pero a él poco le importaba: no había nada que deseara más que largarse de ese maldito Reino que tanto lo había humillado, pero con el período invernal tan cercano no le quedaba más remedio que pasar en él una temporada. Atravesó el amplio corredor de paredes y suelo de madera y bajó las escaleras para adentrarse en la iluminada sala común.
Exhaló un fuerte suspiro. No había nadie, por supuesto, salvo el rollizo posadero, que se afanaba en limpiar con énfasis la superficie de las mesas redondas una y otra vez. "Probablemente no tiene nada mejor que hacer", reflexionó él, torciendo la boca. Había transcurrido ya poco más de un mes desde el desenlace de la guerra, pero los ciudadanos aún dedicaban esos días a disfrutar de la compañía de sus familias en su propio hogar, guardando un silencioso luto por los caídos. Había bajado sus instrumentos musicales, pues se había comprometido a ganarse el sustento y el albergue de un mes a cambio de entretener a los clientes, pero ante la ausencia de éstos decidió cambiar de planes. Se aproximó a una de las mesas arrugando el ceño en ademán reflexivo; primero tomaría un sustancioso desayuno a base de té, pan recién hecho y mantequilla, y luego…
Se detuvo en seco. No estaba sólo en la posada; en una de las esquinas, sorprendentemente oculto entre las escasas sombras de la sala, se hallaba una figura, plácidamente apoyada en una de las sillas y degustando con calma lo que parecía ser una tarta helada. Bram no alcanzaba a distinguirle el rostro. Junto al individuo, apoyado en la pared de madera veteada de azul, se hallaba un bastón de madera un tanto retorcido y adornado su extremo superior por una esfera de cristal rojo. Una capa negra sobresalía del asiento.
─ ¿Ocurre algo? ─ Preguntó el extraño con una curiosa voz suave. El juglar parpadeó, dándose cuenta de que había estado mirándolo fijamente, y sacudió la cabeza.
─ No… mis disculpas ─ Bram se inclinó con cortesía en una fastuosa pose ─. Que disfrutéis de vuestra estancia, mi señor.
Pero cuando se disponía a tomar asiento en otra mesa, el hombre le detuvo.
─ Sois un juglar. ¿no? ─ Parpadeando, confundido, el aludido asintió. Fue entonces cuando el sujeto se enderezó en su asiento, permitiendo que la luz del sol iluminara un cabello violáceo largo hasta los hombros y un rostro pálido compuesto por una enigmática sonrisa y dos tranquilos ojos cerrados. Chasqueó los dedos, y un objeto brillante saltó de ellos, dibujando un perfecto semicírculo en el aire hasta llegar a Bram, quien lo cazó con cierta vacilación. Luego observó con interés, boquiabierto y con los ojos como platos, que se trataba de una hermosa moneda de oro. Mientras la mordía para verificar su autenticidad, el desconocido volvió a hablar ─: Si no es mucha molestia, os agradecería que tocarais alguna canción o recitarais algún relato. La dama a la que espero es aficionada a ellos. Pero por favor… no cantéis nada relacionado con la paz, la victoria o el amor; no creo que lo soporte demasiado…
Asintiendo, y estrechando los ojos ante las extravagantes condiciones del cliente, el juglar tomó asiento en una mesa cercana, sacó su flauta y comenzó a tocar una melodía a la par que recitaba los versos de un cuento; una historia que rezaba sobre una desgraciada muchachita que había sido traicionada por su amor, hundiéndose a la postre en la amargura. A juzgar por la amplia sonrisa que dibujó su oyente, diríase que el tema le gustaba mucho. Qué tipo tan raro…
Aproximadamente unos diez minutos más tarde, y tras haber degustado ya tres copas de vino aromático ofrecidas por el posadero ─ y el curioso hombre otros tres helados de diferentes sabores ─ alguien más entró en el albergue: una mujer, alta y atractiva, que penetró en la sala contoneándose con insinuantes ademanes. De tez morena y espeso cabello rubio platino, la mujer escudriñó la estancia con una mirada gélida y la boca torcida en una mueca de desprecio. Acabó por depositarla en el huésped de los helados, quien no pareció advertir su presencia, disfrutando como estaba de su peculiar manjar con una sonrisa de oreja a oreja. La recién llegada acentuó su expresión de desagrado y se aproximó a él con rapidez. Sólo cuando se detuvo a unos centímetros de la mesa, cruzándose de brazos, el individuo parpadeó y levantó la mirada.
─ ¡Vaya, mi señora! ─ Saludó alegremente, agitando la mano ─. Veo que estáis en óptimas condiciones… ¿cómo habéis pasado las semanas?
"¿Mi señora?", reflexionó el juglar. Tal vez se trataba de una dama de alta alcurnia… Con un carraspeo nervioso, Bram realizó una ceremoniosa inclinación y abrió la boca para saludar a la mujer con la educación que se merecía ─ puede que se ganara con ello otra moneda de oro, si había suerte… ─, pero la fría mirada que ésta le asestó al advertir su atrevimiento, destellando en ella una tonalidad dorada, le hizo enmudecer, y el músico volvió a concentrarse en sus canciones con un estremecimiento causado por el temor.
─ No bromees, Xellos ─ habló entonces ella, con un timbre cruel pero curiosamente seductor, volviendo a fijar su atención en el susodicho sirviente ─. Sabes perfectamente cómo he pasado los últimos tiempos. El maldito combate contra Lanngourt me agotó hasta lo indecible.
Bram dio un respingo involuntario, que se apresuró a ocultar cambiando de instrumento y tomando entre sus rígidas manos el arpa. ¿Combate?. ¿Es que se trataba de algún tipo de banda organizada de la cual ella era la jefa?. ¿Y quién demonios era ese tal Lanngourt, un matón? La mujer y el hombre que se hacía llamar Xellos le miraron de soslayo unos segundos, pero luego continuaron como si no hubiera habido ninguna interrupción.
─ Oh, no os preocupéis, mi señora ─ Xellos se encogió de hombros con despreocupación, saboreando otro pedazo de tarta y suspirando satisfecho ─. El poder del dios dragón de la tierra es descomunal, estoy de acuerdo… pero no consiguió venceros.
─ Nunca cambiarás; siempre le restas importancia a todo más que deberías. Quién sabe cómo habría acabado la confrontación… con nuestro señor derrotado, Vulabazard y Barluwin bien podrían haber acabado conmigo y con ese esperpento de Dolphin, si así se lo hubieran propuesto… y ni siquiera podíamos contar con Dynast. Ha sido un asunto muy peliagudo… ¡Maldición! ─ La dama dio un fuerte golpe en la mesa al tiempo que tomaba asiento, pero su acompañante no pareció intimidarse ante la inesperada reacción. Bram escuchaba con atención, aparentemente concentrado en sus canciones ─. Hemos perdido una vez más… estoy harta. Mire a donde mire veo este patético mundo, con esas vidas mortales pululando en él como si se creyeran dioses. Qué insensatos… ─ El juglar se agitó con creciente inquietud; acababa de darse cuenta de que aquellos dos individuos eran sumamente peligrosos. Ella continuó, frunciendo el ceño ─: No parece preocuparte el hecho de estar en una ciudad a la que, lo que se dice ayer, estuviste a punto de destruir. Sé que ninguno de estos necios es rival para ti, pero podrías actuar con algo más de sentido común, para variar ─ apretó los labios con tal fuerza que se le tornaron blancos ─. He accedido a reunirme aquí contigo únicamente porque quería comprobar si mi fuerza aún gozaba de su potencial habitual tras la lucha, el suficiente como para poder manifestarme en este asqueroso plano. Pero no te excedas en tus peticiones, Xellos, no siempre seré tan benévola como para concedértelas.
─ Descuidad, mi ama ─ sin mudar la serenidad de su semblante, Xellos ladeó la cabeza con respeto ─. Lo último que querría es que fuerais… ¿cómo habéis dicho? benévola. Por mi parte, sería una visión escalofriante.
─ Muy agudo ─ la señora soltó una cruel carcajada y se arrellanó en su silla, situando el índice de su mano derecha sobre sus carnosos labios y adoptando una expresión siniestra al tiempo que cruzaba las piernas ─. Ahora nos tomaremos un descanso… pero pronto empezaremos a trazar nuevas tácticas de destrucción. Lo que no ha conseguido nuestro señor lo conseguiremos nosotros, y esta vez ningún repugnante insecto humano nos lo va a impedir.
Un oscuro silencio se sumió sobre ambos, y Bram, tratando en vano de ocultar sus temblores, aferró con fuerza el arpa entre sus manos, sintiendo gruesas gotas de sudor resbalar por sus sienes. Tenía que irse de allí. No sabía quiénes eran esos tipos, pero tenía la sensación de que, si así lo desearan, podrían atravesarlo con un cuchillo sin un atisbo de clemencia. "Además, están locos… no hacen más que desvariar sobre dioses dragón, mortales y planes de conquista. Incluso aluden haber tenido algo que ver con la Guerra. ¡Por todos los infiernos! Tantas posadas y tenían que tocarme dos condenados maníacos… yo me largo". Se incorporó con torpeza, haciendo que la señora y su siervo le observaran fijamente, la primera con… ¿odio? ─ ¿pero qué había hecho él para provocar la ira de nadie? ─ y el segundo con curiosidad.
─ S… si me disculpáis, mis señores ─ balbuceó, inclinándose en multitud de reverencias, esta vez carentes de ostentosidad, y rezando para que le dejaran marcharse ─. Es tarde ya y tengo muchas cosas que hacer…
─ Oh, por supuesto ─ dijo el llamado Xellos, sonriendo y con un matiz cantarín en su voz, aunque también podía interpretarse como burlón. Los párpados del individuo se abrieron, dejando entrever un turbador destello amatista que parecía comunicarle al juglar que conocía en todo momento lo que le pasaba por la cabeza ─. Gracias por obsequiarnos con vuestro arte, maese trovador.
─ De nada ─ barbotó Bram, esforzándose en llegar a la puerta del mesón ante la confusa mirada de su dueño y derribando sillas a su paso en sus incontrolables espasmos de miedo. No tenía verdaderos motivos para estar tan asustado, realmente, pero presentía que, si se quedaba un minuto más, no saldría vivo de la experiencia.
Cuando alcanzó la puerta y la abrió, haciendo heroicos esfuerzos por no ceder al pánico y salir corriendo, la voz de la mujer, que sonaba aburrida, se elevó una vez más en la sala común:
─ Dime, Xellos ─ inquirió, en cierto modo irónica ─. ¿Añorarías este mundo si desapareciera?
Seguidamente, el interrogado soltó una prolongada risita.
─ Bueno ─ respondió al fin ─, supongo que echaría de menos los helados.
·· FIN··
Aclaraciones del autor:
Y por fin… redoble de tambores ¡¡Fin definitivo de mi fanfic!! (APLAUSSED) xD. En fin, dedicaré un parrafito (o lo que mis insaciables dedos consideran un "parrafito") a comentar estos tres últimos capítulos.
· Capítulo 10, Promesas: Bien… debo decir que terminé bastante insatisfecha con él, aunque vuestras reviews me han hecho mirarlo de otro modo. :) La cosa es que la escena en el limbo (bueno, las cosas por su nombre: El "Plano Vanion" xDD) la revisé y modifiqué un sinfín de veces porque no me convencía; no dejaba de tener la sensación de que caía en tópicos demasiado repetitivos y poco emotivos. También se me ocurrió la posibilidad de hacer que Luna, con alguna milagrosa muestra de su poderío, ayudara a Lina y Gourry en el último momento. Pero al final no había dónde encajar esa escena (y también se me olvidó, todo sea dicho xD). Con respecto a la esperada resurrección de Gourry… todo estaba calculado más o menos desde mediados del fanfic (desde la segunda batalla contra Gobran, antes de llegar a Atlas); incluso cuando hice que Sar Vanion se presentara como nigromante ya tenía claro el papel que el excéntrico hechicero jugaría en el desenlace. Me agobió mucho relatar su muerte; no hacía más que pensar en cosas como "¿les gustará?", "¿les decepcionará lo sucedido?", "¿me dejarán vivir?" xDD. En fin… afortunadamente no recibí ni emails explosivos, ni vociferadores ni tartas envenenadas… ya veis que no iba a ser tan cruel de dejar muerto a nuestro espadachín favorito ¬¬ (pero si hasta me sentía mancillada cual asesina en serie mientras lo torturaba de ese modo... no sé ni cómo fui capaz xD).
· Capítulo 11, Despedidas: Éste fue mucho más entretenido de escribir, porque todo se basaba en escenas cómicas (bueno, no todas) y desenfadadas, aunque la verdad es que fue algo aburrido relatar las despedidas… quizás me quedaron muy largas y/o repetitivas, pero no podía hacer que todo acabara demasiado rápido… después de lo vivido, hubiese quedado muy soso decir en un párrafo "bueno, adiós" xD (y aun así, me hubiese gustado introducir la despedida de Milgazia, que ha salido bastante poco y es mi secundario favorito). En lo referente a lo ocurrido entre Zel y Amelia… qué puedo decir: es material básico de mi siguiente fanfic. ;) Sobre éste, os haré un adelanto: será el segundo relato de mi trilogía de fanfics Slayers Chronicles y se llamará Travesía en las Tierras Áridas. Pese a lo ocurrido en este fic, el tema central del próximo no será el triángulo amoroso, aunque sí el detonante y un componente importante de la historia (y al caballero todavía tengo mucho jugo que sacarle). Será una historia de aventuras con argumento y personajes propios (más o menos como en éste), más centrado en el drama y en la confrontación de Zel y Amelia con sus respectivos pasados (son dos personajes demasiado complejos como para centrarse sólo en romances). También habrá un personaje sorpresa… pero esto es todo lo que pienso revelar. :p Todavía no he empezado a escribirlo, pero ya lo tengo bastante estructurado y no creo que tarde demasiado.
· Epílogo: Con éste, había algo que tenía muy claro: la historia comenzó con Xellas, y quería que finalizara con ella. Curiosamente, la frase final de nuestro querido sacerdote sobre los helados ya la tenía pensada casi desde el primer episodio, así que ya imaginaréis lo mucho que estaba deseando escribirla xD. En un principio quise que todo el intercambio entre señora y siervo fuera desde el punto de vista del Ama de las Bestias, pero al final me decidí por el juglar; era interesante visualizar la conversación entre ambos desde la perspectiva de un secundario xD.
Por cierto, Syx, sobre lo que dices de la formulación del hechizo de los Cinco Sabios, lo revisé… y bueno, sí que podría interpretarse que puse seis, en vez de cinco; pero no fue así, lo que pasa es que la redacción me quedó un poco rara. Me investiré con mi identidad de filóloga slayeriana e intentaré explicarlo xDD:
(…) nacido uno por el alba y otro por el día; nacidos tres por el atardecer y uno más con el ocaso. Con el anochecer concluyen. Bueno, en esta frase está el meollo del asunto; con los dos primeros versos (uno por el alba (…) otro por el día) ya tenemos dos; con la siguiente frase, que es donde está la confusión (nacidos tres por el atardecer),con tres no me refiero a que hayan tres más en el atardecer y en total ya sumen cinco, sino que cuento los dos anteriores (alba y día) mas el tercero. Luego estaría el cuarto (ocaso) y el quinto (anochecer). En fin, no sé si después del rollo que te he soltado habrás entendido algo (xD), pero el caso es que no lo he expresado muy bien. Aunque lo que dices de que Lina sea la sexta, porque es quien lo conjura, no es una mala teoría... :p
Y dicho esto… se acabó. :) Antes de finalizar quiero daros las gracias a todos los que habéis seguido mi historia de principio a fin. La verdad es que siento mucha curiosidad por conocer vuestra opinión aún más a fondo, así que me gustaría que en la próxima review me respondierais a unas cuantas preguntas:
· ¿Qué personaje de Slayers me ha quedado más
fiel al original?
· ¿Cuál de mis propios personajes os ha
gustado más?
· ¿Algún capítulo favorito?
· ¿Alguna escena en particular que os haya
impactado? (ya sea dramática, cómica, de acción…).
En fin, dicho esto… ¡Gracias otra vez! Ahora, hasta el siguiente fanfic… ;)
····
Pass through my middle forest safely, old
friend. My heart goes with you beyond the mountains and oceans. This
is only the beginning of a great adventure and we shall meet again.
Myth and legend ride with you…
("Dark Reign of Fire"
– Rhapsody of Fire)
····
Neyade Tinúviel
Druida Gris, Zahorí y Aprendiz de Mago
