Capítulo 2.
Eriko se había quedado dormida. El médico le había inyectado un tranquilizante y ahora ella descansaba. La escena en el cementerio había sido de lo más trágica, suerte que Genzo había corrido a base de gritos a los reporteros que intentaron grabar a su hermana en su peor estado. Taro lo agradeció, ya que él se ocupó únicamente en ser el apoyo de su esposa, puesto que él sabía que si soltaba a Eriko, iba a perderla para siempre...
Taro contempló a su esposa dormir y la besó en la frente. Él hubiera hecho hasta lo imposible para evitar su dolor, hubiera hecho hasta lo imposible por proteger a Eiki y a Enory, pero no había sido posible... Taro suspiró, y salió de la habitación. Eriko dormiría al menos por una hora más.
- ¿Cómo está?.- la esposa de Genzo se acercó con sutileza a Taro.
- Fatal.- murmuró Taro.- Igual que yo...
- Y no es para menos.- murmuró ella.- Taro, sé que quizás no puedas entenderlo, pero sé como te sientes...
- Gracias.- musitó Taro.- Sé que tú y Wakabayashi pasaron por lo mismo hace algún tiempo... Y sin embargo, siento como si nadie en el mundo pudiera comprenderme...
Ella asintió con la cabeza. Taro se disculpó y salió al jardín. El árbol de cerezos de la casa estaba en pleno floreo y Taro sintió náuseas. Si Enory estuviera viva, muy seguramente estaría recogiendo flores para hacer un ramo y regalárselo a su madre. Ella había heredado la belleza pura de Eriko, aunque tenía más bien la ternura de Taro...
Eriko se culpaba, eso era obvio. Poco antes de que el calmante hiciera efecto, ella gritaba que, de haber manejado ella la camioneta de lujo en donde se accidentaron sus hijos, éstos habrían podido salvarse. Taro se había cansado de decirle que ella no hubiera podido hacer nada, pero ante su dolor, Eriko no escuchaba razones...
Taro volvió a suspirar. Las flores de cerezo seguían cayendo...
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Hamburgo, Alemania.
Genzo gruñó al colgar el teléfono. Eriko le había llamado y le había informado que iría a verlo a Hamburgo ese mismo día.
- No tengo nada qué hacer el día de hoy.- había dicho Eriko.- Y Hamburgo no queda tan lejos de aquí como podría esperarse, de manera que iré a verte.
- Me sorprende que tengas tantos días libres.- había respondido Genzo.- ¿Tres días sin una sesión fotográfica o una comida con supermodelos?
- Ya, entiendo el sarcasmo y lo acepto.- gruñó Eriko.- Pero al menos déjame intentar ser buena hermana...
- Podría ir yo a Múnich a verte.- fue la idea de Genzo.
- No. Tengo ganas de conocer Hamburgo, además de que tú debes estar más ocupado que yo.- replicó Eriko.
- Por primera vez, eso es cierto.- suspiró Genzo.- Pero de verdad, no quiero que vayas a cansarte...
- Ya, mejor dime que no quieres verme.- lo cortó ella.- Así de simple.
- No es eso.- Genzo se rindió.- Ven si quieres. Ya tienes la dirección de mi departamento, o mejor aún, dime a qué hora llegas e iré a recogerte.
- No será necesario.- negó Eriko.- Yo iré a tu departamento. Nos veremos después, hermanito.
Ella había colgado el teléfono sin darle la oportunidad a él de decir nada más. La verdad, lo que no le gustaba a Genzo era que su hermana se apareciera cuando estuvieran reunidos todos sus compañeros de selección, ya que conocía a varios de ellos y sabía que se le dejarían ir a la chica cual lobos en jauría yendo tras una inocente ovejita... Bueno, después de todo, Genzo era el único que veía a su hermana como una inocente ovejita, ya que ella era quizás la más loba de todas, pero en fin...
Taro notó que Genzo estaba algo molesto, y decidió preguntarle el motivo durante una pausa del entrenamiento. El portero parecía no querer decir nada, y respondió con evasivas todas las preguntas de su amigo.
- De verdad que andas raro.- musitó Taro, después de un rato de acosar a Genzo con preguntas.- Hasta parece que de verdad andas enamorado.
- Ya les dije que no.- Genzo se puso más arisco aun.- Solo... Bueno, traigo muchas cosas en la cabeza...
- Como digas.- suspiró Taro.- No insisto más...
En fin, qué más daba. Si Genzo quería guardarse su secreto, que se lo guardara. Sin embargo, el portero estaba tan arisco y extraño que durante una jugada particularmente peligrosa, el japonés se le dejó ir con demasiada fuerza a uno de sus compañeros, lo que le provocó un regaño por parte del entrenador Gamo.
- Te quedarás después del entrenamiento.- dijo Gamo.
- ¿Qué? No soy un niño al que deba castigar por haberse portado mal.- protestó el portero.
- No te estoy castigando, pero necesitas mejorar tus entradas.- replicó Gamo.- Y no quiero más reclamos.
Genzo gruñó en alemán, y Taro se dio cuenta, por el tono de voz de su amigo, que no eran palabras buenas. Tsubasa se acercó a Taro, mirando a Genzo algo preocupado.
- De verdad que anda raro, ¿no?.- comentó Tsubasa.- Normalmente, él no es así...
- Ha de andar en "sus días".- bromeó Misaki.- Supongo que habrá que esperar a que él solo nos diga lo que le preocupa...
- Si es que tiene ganas de hacerlo.- replicó Tsubasa.
Sin embargo, al final del entrenamiento, Genzo abordó a Taro cuando éste estaba secándose el sudor con una toalla.
- Misaki, quisiera pedirte un favor.- pidió el portero, sin dar rodeos.
- Mientras no sea que me quede por ti... .- respondió Taro.
- Nada de eso.- gruñó Genzo.- Mi hermana llega hoy de Múnich y va a estar esperándome en mi departamento. No podré ir a recibirla por quedarme a cumplir "mi castigo".
- ¿Y quieres que vaya yo a esperarla?.- a Misaki se le abrieron las puertas del cielo.
- Me harías un gran favor, de hacerlo.- asintió Genzo.- No confío en nadie más que en ti y en Tsubasa, ya que los otros podrían acosar a mi hermana. Y como Tsubasa andará con Anego...
- Ya, te entiendo.- Taro puso cara de alguien que haría un gran sacrificio.- No te preocupes, yo iré a esperar a tu hermana... Aunque no la conozco, pero eso puede solucionarse...
El portero nipón sonrió, agradecido. Sin embargo, Genzo tuvo un error de cálculo al suponer que su hermana sería puntual por una vez en la vida (Eriko siempre llegaba antes o después de la hora acordada a los lugares que ella iba, pero nunca a la hora acordada), por lo que pensó que Eriko llegaría en media hora más a su departamento; por lo tanto, fue una desagradable sorpresa para el portero ver que todos sus compañeros estaban murmurando y haciendo comentarios un tanto machistas, refiriéndose a una hermosa mujer de cabello negro que estaba esperándolo a las orillas de la cancha.
- Oye, preciosa.- dijo Ishizaki.- ¿No quieres limpiar mis balones?
- Eso suena demasiado depravado, Ishizaki.- comentó Kisugi.
- Oh, vamos, no me digas que tú no quieres pedirle lo mismo...
- Sí, quizás...
Genzo se puso mucho más molesto y se dirigió hacia su hermana, la cual permanecía imperturbable, aunque se notaba que le fastidiaban los comentarios.
- ¿Qué haces aquí?.- gruñó él.
- Vaya que el fútbol te atrofió el cerebro.- contestó Eriko.- Hablé contigo en la mañana, ¿recuerdas? Te dije que vendría a verte.
- ¡Pero dijiste que irías a mi departamento!.- reclamó Genzo.- No a aquí.
- ¿Qué tiene de malo?
- ¿Qué tiene de malo? ¡Pues que todos te miran como si quisieran llevarte a la cama, ése es el problema!.- protestó Genzo.
- Ay, por favor, si no son ellos, serán otros.- replicó Eriko, con fastidio.
Sus compañeros seguían murmurando y diciendo cosas a sus espaldas, pero entonces Genzo volteó y les lanzó una mirada tan ácida que todos se callaron al instante.
- Lo siento, Eri, pero no puedo irme ahora.- gruñó Genzo.- Estoy castigado...
- ¿Por qué no me sorprende?.- suspiró Eriko.- Siempre que vengo a verte, te portas mal.
- Como si tú fueras tan buena niña.- replicó él.
- Ehm, Wakabayashi, no quisiera interrumpir, pero el entrenador dice que no tienes permiso de coquetear en el campamento.- comentó Taro en esos momentos, que estaba algo distraído con una revista de sóccer.
- No seas idiota, Misaki.- gruñó Genzo.- No puedo coquetearle a mi hermana. ¿Qué clase de depravado crees que soy?
Taro dejó caer la revista al suelo y miró con ojos como platos a Genzo y después a Eriko. Y se quedó sin palabras. La hermana de Genzo era tan bella y despampanante en persona que dejó al Artista del Campo sin saber qué decir.
- Ho-Hola.- musitó Taro. Él sabía que Eriko tenía presencia, pero el golpe que sintió al verla fue tan fuerte que lo dejó sin aliento.- Pe-perdón, no me había dado cuenta...
- No se preocupe.- Eriko sonrió levemente, algo divertida.
- Misaki, te presento a mi hermana, Eriko.- Genzo suspiró, poniendo cara de "no tengo más remedio".- Eriko, te presento a Taro Misaki, uno de mis mejores amigos de la infancia.
- Gusto en conocerlo.- Eriko esbozó una sonrisa de fotografía, de ésas que siempre usaba para las revistas y pasarelas.
- Mu-mucho gusto.- musitó Taro, poniéndose muy nervioso y cayendo ante esa sonrisa.- Es un placer mu-muy grande...
- Acaba de una vez, que pareces vaca.- gruñó Genzo.
Taro le lanzó una mirada de odio, pero Eriko soltó una risilla. El entrenador Gamo se dirigía a ellos con cara de pocos amigos, de manera que Genzo tuvo que echar mano de su último recurso.
- Misaki, hazme un favor.- pidió el portero, rápidamente.- Llévate a mi hermana de aquí.
- Puedo irme yo sola.- gruñó Eriko, algo molesta.- No necesito niñeros.
- No quiero que ninguno de "éstos" te acose.- replicó Genzo.- Misaki, hazme ese favor y te lo agradeceré toda la vida.
- Bueno... .- a Misaki no le quedó más remedio que resignarse.- La llevaré a tu casa, ¿está bien?
- Me parece perfecto.- Genzo regresó a la cancha.- Los veré ahí más tarde.
- Ya te dije que no necesito niñeros.- insistió Eriko, indignada.
- Te veo después, hermanita.- Genzo se despidió de su hermana con un saludo de la mano.
Eriko murmuró un "idiota" por lo bajo y se cruzó de brazos. Taro se dio cuenta de que había varias personas más queriendo acercarse a conocer a la despampanante hermana de Genzo, así que decidió actuar rápido y, tomando a Eriko suavemente del brazo, se alejó de ahí con ella.
- Puedo caminar sola.- gruñó Eriko, después de un rato.- Muchas gracias.
- Está bien, lo siento.- Taro la soltó inmediatamente.- Solo quería...
- Pues no "quieras" nada.- lo cortó Eriko.- Al contrario de lo que piense el idiota de mi hermano, no necesito que nadie me cuide.
- Como diga la señorita.- dijo Taro.- La llevaré entonces a su departamento para que descanse...
- No necesito que me lleves, tampoco.- replicó Eriko.- Puedo tomar un taxi e irme yo sola, no necesito que te preocupes por mí.
- Está bien, está bien.- Taro sonrió levemente.- ¿Siempre estás tan a la defensiva?
Eriko no supo qué decir o qué hacer. La sonrisa de Taro era tan alegre, tan franca y tan... Cautivadora... Ella nunca había visto a ningún hombre sonreír de esa manera.
- Todos se comportan muy amables conmigo, y es porque solo ven el momento de acostarse conmigo.- musitó Eriko, desviando la mirada.- Por eso te digo que no necesito que se porten tan "amables" conmigo. Prefiero que me dejen en paz.
- ¿Y quién le dice que quiero acostarme con usted?.- Taro rió, francamente.- Únicamente deseo portarme bien con la hermana de mi mejor amigo, nada más. ¿Es eso tan grave?
Eriko nuevamente no supo qué responder. Era la primera vez que un hombre le respondía con tanta sinceridad en su mirada... La chica, sin embargo, no se dejó "engañar", había muchos hombres que fingían ser blancas palomitas y al final resultaban ser peor que gavilanes... Taro entonces comentó que la llevaría en el automóvil que había rentado, y la guió hasta el estacionamiento. Eriko se sorprendió mucho cuando Taro, con mucha galantería, le abrió la puerta para que ella subiera.
- Mademoiselle.- dijo Taro, con una gran sonrisa.
- Merci.- respondió Eriko, avergonzada.
Bueno, al menos el muchacho hablaba francés, el idioma favorito de Eriko. El joven después subió al automóvil y arrancó.
- Perdone la pregunta, ¿pero le gusta al café capuchino helado?.- preguntó Misaki, cuando tomó una de las avenidas principales.- Me dijeron que hay una cafetería por aquí en donde preparan uno muy delicioso, y me gustaría invitarle uno. Y por cierto, no lo tome como una invitación para llevarla a la cama, simplemente tengo ganas de tomar un café, y dudo mucho que Wakabayashi tenga en su casa.
Eriko no sabía si Taro estaba burlándose de ella, pero al mirar sus ojos claros se dio cuenta de que el muchacho era sincero. Él se echó a reír al ver su mirada.
- Vamos, que de verdad que no soy un depravado ni nada por el estilo.- dijo Misaki.- No sé cómo la habrán tratado los demás hombres que ha conocido, pero si yo invito a tomar un café, solo quiero eso, tomar un café. Además, no es mi costumbre dormir con las hermanas de mis mejores amigos en la primera cita.
- ¿En serio?.- se aventuró a preguntar Eriko.
- No. Prefiero esperar hasta la segunda.- contestó Misaki, muy serio.
Eriko lo miró desconcertada, más cuando él volvió a echarse a reír. A ella comenzó a parecerle atractivo ese muchacho que parecía un niño y que tenía facciones de niño, pero que se notaba que ya era todo un hombre... Ella no supo en qué momento aceptó la invitación, solo recordaba que de pronto se encontraba en una diminuta cafetería atestada tomando un capuchino helado con un trozo de pay de limón, charlando con Taro Misaki sobre cosas tan triviales como el último libro de Paulo Coehlo o el más reciente concierto de Di Blasio. Eriko estaba cayendo lentamente en una especie de fascinación, Taro era alguien diferente a los hombres que ella había conocido, era alegre y sincero y tenía una gran variedad de conocimientos que iban mucho más allá del fútbol sóccer.
Ni Eriko ni Taro creían en el amor a primera vista. Los dos pensaron siempre que el cariño por otra persona surgía de la comunicación y del conocimiento paulatino de la forma de ser de esa persona, y que la atracción mutua no era suficiente para mantener una relación amorosa... Y sin embargo, ese día los dos descubrieron que en por lo menos una ocasión, todos tenemos que tragarnos nuestras palabras alguna vez...
Eriko jamás olvidaría la pregunta con la que ella se enamoró. Fue algo trivial y sin significado profundo, pero que a la japonesa le reveló el verdadero corazón de Taro Misaki.
- Mademoiselle Eriko, ¿le gusta la pintura?.- sonrió Misaki.
Ah, sí. El amor a primera vista existía...
