Capítulo 16.
Eriko no lo soportó más. Después del episodio del diario, ella decidió que si no vendía el apartamento iba a volverse loca, de manera que al fin aceptó la petición de Lily y de Genzo y se fue a vivir con ellos, dejando a cargo a Simone de vender todos los muebles y el apartamento.
- Si quieres venderlos juntos, por mí mejor.- dijo Eriko.- Se vende mejor un apartamento amueblado que uno sin amueblar. Y el dinero que saques, dalo a una fundación de caridad.
- ¿No quiere usarlo para el enganche de un departamento nuevo, madame?.- preguntó Simone.
- No.- la respuesta de Eriko fue directa.- Por ahora no quiero vivir sola... Pasará mucho antes de que tenga deseos de volver a vivir sola y para entonces prefiero sacar del dinero que tengo ahorrado o incluso pedirle prestado a mi hermano. No quiero nada que provenga de ese departamento.
- Como usted guste, madame.- Simone asintió, algo triste.
Ni había necesidad de que Eriko le pidiera dinero a Genzo, ya que la mujer tenía su fideicomiso (como Eiki y Enory fallecieron, automáticamente el dinero de los fideicomisos de ellos pasó al de Eriko) además de lo que le dejó el modelaje, y por si fuera poco, aun estaba el dinero que Eriko recibiría por ser la viuda de Misaki, pero ella tampoco quería saber nada de eso. Eriko deseaba que todo ese dinero fuese entregado a su suegro, Ichiro Misaki.
- No puedo aceptarlo, Eriko.- le dijo Ichiro, después del funeral de Taro.- Es tuyo.
- No lo quiero, ni lo necesito.- negó Eriko.- Tengo suficiente dinero para mantenerme por mí misma...
- ¿Quieres deshacerte de todo lo que te recuerde a Taro, verdad?.- preguntó Ichiro.
- No me lo tome a mal.- respondió ella, con tristeza.- Es solo que creo que terminaré por morir del dolor... No sé como voy a poder seguir viviendo sin él... Sé que suena estúpido y patético, pero amaba a Taro con todo mi corazón...
- Lo sé.- Ichiro también estaba bastante triste.- Sé como te sientes... Nuestro dolor es diferente, pero al final termina siendo el mismo...
Eriko abrazó a su suegro y lloró por algunos momentos. Ichiro no sabía como ayudar a su nuera, él sabía cuanto amaba ella a Taro, y cuanto debió de haberle dolido su partida... No era para menos que Ichiro comprendiera, después de todo, Taro era su hijo...
Genzo y Lily prepararon la mejor habitación disponible que tenían, una habitación con su baño propio y cocina ubicada en el jardín de su enorme mansión, detrás de la casa de muñecas tamaño natural de Aremy. Eriko tendría así su intimidad pero al mismo tiempo no estaría sola, puesto que solo bastaba con cruzar el jardín para ver a lo que le quedaba de familia; además, Jazmín, Daisuke y Lily iban frecuentemente a visitarla y Genzo hacía cuanto podía por estar más tiempo con ella. Eriko lo agradeció, ya que por un momento pareció sentirse tranquila, pero ella sabía que tarde que temprano le volvería a caer encima el peso de todo lo ocurrido...
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"¿Y ahora qué?", se preguntó Misaki.
Otelo estaba muy tranquilo, contemplando el paisaje que acababa de crear. Ni tomaba en cuenta a Taro, simplemente el moreno observaba todo desde todos los ángulos.
- Bueno, ¿qué más quieres?.- preguntó Otelo.- ¿Una cabaña? ¿Animales? ¿Plantas?
- ¿También puedes hacer aparecer animales?.- se sorprendió Taro.
- No.- Otelo soltó una carcajada amplia, mostrando sus dientes blancos.- Entiende que todo esto lo creas tú. Yo solamente estoy canalizando tus deseos.
- ¿No me digas que también puedes hacer eso?.- Taro no pudo evitar cierto sarcasmo en su voz.
- ¿Quieres intentar hacer algo o prefieres seguirte burlando?.- lo retó Otelo.
- Bueno... ¿Qué es lo que tengo que hacer?
- Concéntrate en lo que quieres.- respondió Otelo.- Si quieres flores, simplemente deséalas.
Taro cerró los ojos y se imaginó que en el enorme prado florecían unas hermosas orquídeas, las flores favoritas de Eriko. Él abrió los ojos y vio que desde sus pies hasta donde le alcanzaba la vista había un montón de orquídeas hermosas.
- Wow.- murmuró Taro.- Funciona...
- Claro que funciona, sino es máquina tragamonedas.- replicó Otelo.
- ¿Puede haber aves?.- quiso saber Taro.
- Si quieres, sí. Es tu mundo.
Taro se concentró entonces y surgió de la nada una hermosa ave, un quetzal, animal poco común pero que Eriko y Taro habían visto en una ocasión en que se fueron de vacaciones al continente Americano. El ave revolteó por aquí y por allá y lanzó algunos graznidos.
- ¡Genial!.- exclamó Taro.- ¡Simplemente increíble!
- Te lo dije.- dijo Otelo.- Y después te enseñaré a cambiar de forma.
- No sé si quiera eso.- confesó Taro.- Yo soy Misaki Taro, siempre lo he sido y quisiera seguirlo siendo...
- Eso me parece bien.- Otelo sonrió.
En ese momento, el quetzal pasó y le lanzó a Misaki en la cabeza una gran cantidad de excremento hecho de pintura en la cabeza. Otelo rió a carcajadas.
- Ese fuiste tú, ¿cierto?.- Taro gruñó.- Por burlarme de ti.
Otelo rió más fuerte aun, dándole sin querer una respuesta afirmativa a Misaki. Había algo en el hombre que le parecía muy familiar a Taro. Su sarcasmo, su sonrisa franca, le recordaron mucho a una persona en particular a Misaki...
- ¿Algo más?.- preguntó Otelo.
- Algo que no me haga caca en la cabeza, por favor.- pidió Taro.
- Como quieras.- Otelo rió aun más fuerte.
Taro comenzó a recordar cómo era el paisaje en el momento en el que le pidió matrimonio a Eriko. El día era soleado, pero las montañas estaban cubiertas de nieve y había una pequeña cabaña de madera en donde ellos hicieron el amor después de que ella dijo que sí. Misaki se imaginó todo esto y entonces el paisaje cambió a su antojo. Taro estaba maravillado, ¿acaso estaba en el cielo?
- Sé lo que estás pensando.- dijo Otelo.- Te preguntas si esto es el cielo, y en el caso de que lo sea, te preguntas como es que llegaste a él.
- Más o menos.- reconoció Taro.- ¿Tan obvio soy?
- No es eso, es que todos pensamos en eso al llegar.- respondió Otelo.- Todos nos preguntamos si éste es el cielo y por qué estamos en él. Aun no descubro si es el cielo, de lo que sí estoy seguro es que es un sitio en donde se puede estar más tranquilo por lo que resta de... ¿Vida? Bueno, de lo que sea que tengamos aquí.
- ¿Existe un infierno?.- quiso saber Misaki.
- No es momento para hablar de eso.- gruñó Otelo.- Mejor sigue creando tu mundo...
Pero Taro tuvo deseos de ir a nadar. El hombre, sin pensarlo dos veces, se lanzó al lago, pero pronto se dio cuenta de que estaba hecho de pintura.
- ¿Pintura?.- exclamó Misaki.
- Claro. Es con lo que más te identificaste en tu vida.- asintió Otelo.- Cada mundo está hecho de algo diferente, según lo que tuvo más importancia para la persona en particular.
- ¿De qué está hecho tu mundo?.- Taro no podía resistir la curiosidad.
- Te lo diré después, aunque casi no voy a él.- replicó Otelo.- Prefiero ser el guía de las nuevas almas por aquí.
- Ya veo...
Bueno, ni modo. Ahora, aparte de la enorme caca de pájaro que tenía en la cabeza, Taro tenía también manchas de pintura en la ropa. Él miró a Otelo con una ceja enarcada.
- Ya, si quieres ropa limpia, pues nomás deséalo.- suspiró Otelo.- Eres demasiado lento para aprender...
Misaki no dijo nada, pero le llamó la atención la última frase... Ya alguien se la había dicho antes... Después de que Taro se cambió de ropa, quiso cambiar un poco su mundo y Otelo vio como surgió una cancha de fútbol enfrente de él y un balón apareció de la nada.
- Oye, ¿en tu vida pasada aprendiste a jugar fútbol?.- preguntó Taro.
- Que si no... .- Otelo sonrió de oreja a oreja.
Los dos hombres se pusieron entonces a jugar. Otelo soltó una risilla, no podía esperarse menos de Taro Misaki... Después de jugar por un buen rato, Otelo y Taro se sentaron a orillas del campo a descansar. Curioso, Misaki no sentía hambre, aunque era algo lógico ya que ya no tenía un cuerpo físico al cual alimentar. Al parecer, lo único que importaba en ese lugar era alimentar al alma, a través de la unión de la persona con su mundo. Y sin embargo, por mucho que lo intentaba, Taro no podía fusionarse bien debido a que aun seguía pensando en Eriko...
- ¿Qué pasa con aquellos que quedaron atrás, Otelo?.- preguntó Taro, después de un rato.
- ¿Te refieres a los que siguen vivos?.- Otelo ya lo sabía, pero quiso fingir demencia.
- Sí.
- Pues... Bueno, ahí siguen.- la respuesta de Otelo fue más bien vana.- Se acostumbran un poco a estar sin nosotros y siguen adelante con sus vidas, hasta que mueren y entonces los volvemos a ver.
- Yo dudo mucho que alguien pueda "acostumbrarse" a estar sin las personas que quieren.- replicó Taro, enojado.- Yo perdí a mis hijos hace un año... Bueno, creo que ya fue hace más tiempo... Y nunca me "acostumbré" a estar sin ellos. No hay día de mi vida... O de mi muerte, que no piense en ellos.
Otelo miró a Misaki de una forma muy extraña. Era como si se hubiese enternecido un poco.
- Lo sé.- asintió el hombre.- Sé que ellos no nos olvidan. Es por eso que a veces regreso a la Tierra, para ver a la gente que quiero...
- ¿Has regresado?.- Misaki se sorprendió.- ¿No dijiste que eso siempre les causa dolor a los que están allá?
- No siempre.- Otelo se encogió de hombros.- Les causa dolor el sentir nuestra presencia, pero uno puede simplemente el estar ahí, junto a ellos, sin tratar de intervenir ni hacerles saber que no nos hemos ido. Muchas veces, basta con que estemos cerca de ellos sin hacer nada para que sepan que estamos ahí.
Misaki analizó lo dicho por Otelo. Eso tenía bastante lógica... Quizás, lo que a Eriko le causó daño fue el que él intentara hacerle saber que su espíritu estaba ahí. Lógico era que ella no iba a aceptarlo e iba a tomarlo como una señal de que estaba volviéndose loca… Y conociendo a Eriko, eso podría traer consecuencias funestas en ella… Taro esperaba que Genzo hiciera entrar en razón a su hermana y no la dejara hacer alguna locura…
"Ojalá que haya aceptado irse a vivir con Genzo y Lily", pensó Misaki. "Si Eriko se queda sola, sufrirá mucho… Por favor, que no la hayan dejado sola…".
- ¿Estás preocupado, cierto?.- Otelo interrumpió sus pensamientos.- Por tu esposa.
- ¿Cómo no estarlo? Cuando murieron nuestros hijos, casi se quita la vida… No sé como estará ahora que he muerto… .- a Taro se le atoraron las palabras en la garganta.
- Lo entiendo.- Otelo desvió la mirada.
"Quiero verla", pensó Misaki. "Necesito verla".
- Cuando quieras regresar al mundo de los vivos, puedes hacerlo.- dijo Otelo.
- ¿Acaso también lees el pensamiento?.- Misaki se asustó un poco.
- No, pero no lo necesito.- replicó Otelo.- Lo veo en tu cara…
Bueno, no perdía nada con ir a ver… Quizás, solo se aseguraría de que Eriko estaba bien, sin problemas… Pero justo antes de desear irse, Taro comenzó a recordar algo sin saber por qué…
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Taro estaba preocupado por su hijo mayor. El muchacho parecía estar encerrándose en sí mismo. Se la pasaba todo el tiempo jugando al sóccer y rara vez se le veía a la hora de las comidas. Eriko estaba preocupada también, temía que Eiki anduviera metido en problemas de drogas... Un día, Taro encontró a Eiki en el jardín de la enorme casa en París, pateando un balón.
- Ese balón ya está muy gastado.- comentó Taro, solo por decir algo.
- Un poco.- Eiki se encogió de hombros.
- No te vi a la hora de comer…
- Llegué tarde de la escuela, ya sabes, el entrenamiento y esas cosas… .- Eiki desvió la mirada.
- Hijo, ¿qué está pasando?.- Taro se puso serio.
- Nada, papá, no pasa nada.- Eiki siguió prestándole más atención a su balón.
- Eiki, tu madre y yo estamos muy preocupados por ti.- Taro no cambió su tono de voz.- Casi nunca te vemos en casa, sales temprano, llegas tarde, rara vez almuerzas con nosotros… ¿Qué te ocurre?
- ¿Por qué esa paranoia, padre?.- Eiki también se puso serio.- No estoy haciendo nada malo…
- Porque estás en una edad en la que muchos muchachos como tú han dado malos pasos.- respondió Misaki.- No quiero que por un descuido mío vayas a irte al abismo…
Eiki miró a su padre, de esa manera peculiar que había heredado de Eriko y después sonrió de una manera amarga.
- Confía en mí, papá, no haría ninguna estupidez.- dijo Eiki.- Solo… Bueno, tengo mis problemas…
- Lo sé.- suspiró Taro.- Todos los tenemos, y más a tu edad… Déjame ayudarte…
- Ay, papá.- suspiró Eiki.- Eres demasiado lento para aprender…
Taro quiso replicar, pero entonces Eiki se dio la vuelta y lo dejó hablando solo…
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Taro abrió los ojos. Se encontraba solo, otra vez en el limbo. Él no comprendía por qué había tenido ese recuerdo justo en ese momento. Quizás era una señal que le decía que sus hijos estaban ahí y que quizás podría verlos… Tendría que preguntárselo a Otelo la próxima vez que lo viera…
Por lo pronto, era momento de regresar. Taro necesitaba urgentemente saber como le iba a Eriko sin él, no estaría tranquilo hasta no saberlo…
