Capítulo 17.

Obvio era que Taro ya no encontró a Eriko en el departamento. Éste se encontraba vacío, los muebles seguían estando ahí, pero habían desaparecido todas las pertenencias de ella. Misaki suspiró. Era imposible el pensar que ella no se iría... Taro supuso que Eriko se había marchado con su hermano, de manera que deseó estar en la casa Wakabayashi y hacia allá se trasladó. Nada había cambiado ahí, la casa de muñecas de Aremy seguía intacta, la enorme mansión de dos pisos seguía en el mismo estado de siempre, y Taro miró a su ahijada, Jazmín, platicando con un muchacho de su edad, rubio y de ojos azules, que tenía un gran parecido con Karl Heinz Schneider, mientras que Daisuke jugaba al sóccer con un par de niños idénticos, gemelos seguramente, de cabellos castaños y ojos verdes, quienes se parecían mucho a Elieth Shanks a pesar de que ésta era rubia y de ojos grises. Taro se dio cuenta, con sorpresa, de que Jazmín y Daisuke, los dos hijos sobrevivientes de Genzo y Lily, eran ya casi unos jóvenes hechos y derechos, y Misaki supo entonces que había pasado mucho tiempo desde la última vez que él estuvo ahí...

Algo lo impulsó hacia la parte trasera del jardín, detrás de la casa de muñecas de Aremy, como si hubiera algo que lo estuviera llamando hacia allá. Taro pasó junto a Jazmín, y él juró que por un momento, ella lo miró y le sonrió. Misaki estaba algo triste también por ella; Jazmín era su ahijada, había sido como una segunda hija y de pronto, había dejado de verla sin decirle cuanto la quería. Sin embargo, algo le decía a Taro que ella lo sabía bien... Así pues, Misaki siguió caminando hacia donde el viento lo llamaba y encontró una pequeña cabaña que él no sabía que existía. De pronto, la puerta se abrió y por ella salió Eriko. El cabello le había crecido otra vez, ahora lo tenía a la altura de los hombros y cortado en puntas, como si se trataran de las plumas de un ave. En esta ocasión, sin embargo, había unas cuantas canas en las sienes de ella, pero al parecer eso a Eriko no le interesaba...

Ella sintió una corriente de aire, pero lejos de asustarse, dejó de hacer lo que estaba haciendo y miró hacia el cielo, sonriendo con tristeza.

- ¿Habrá algún día en que no piense en ti, Taro?.- murmuró Eriko.- Quisiera no extrañarte tanto... Solo espero que estés cuidando bien de Eiki y de Enory...

Eiki y Enory. Taro había olvidado que ellos también deberían estar en el mismo sitio en donde estaba él. Misaki necesitaba buscarlos, ansiaba volver a ver a sus hijos y además quería cuidar de ellos...

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

Taro abrió los ojos y vio el cielo de pintura que se cernía sobre él. Parecía que el ocaso se acercaba. Otelo estaba sentado junto a él, mirando el lago con expresión ausente.

- ¿Y como está ella?.- preguntó el hombre.

- No sabría decirlo con exactitud.- confesó Misaki.- Se ve... Diferente, más no mejor...

- Algún día lo superará.- comentó Otelo.

- ¿Y si no lo hace?.- cuestionó Misaki.

- Uhm...

Otelo no dijo nada, él sabía lo que le pasaba a la gente cuando no aceptaba la partida de un ser querido, pero prefirió no decírselo a Taro. No era el momento.

- Otelo, quiero ver a mis hijos.- dijo Taro, de pronto.

- No es momento.- replicó Otelo.

- Yo creo que sí lo es.- replicó Taro.- ¿Cómo voy a saber si ellos están bien o no? Quiero ver a mis hijos. ¿Con quién tengo que hablar para que se cumpla mi deseo?

Otelo suspiró. Qué tercos eran los nuevos, eso era seguro. El hombre movió la cabeza de un lado a otro y enfrentó a Misaki.

- ¿Para qué quieres verlos tan pronto?.- preguntó.- Ya te acostumbraste a no ver a tus hijos, ¿de dónde te salió la urgencia de estar con ellos?

- No te atrevas a decirme eso.- Taro se puso serio.- ¿Cómo puedes cuestionarme eso? ¿Tuviste hijos en tu vida terrenal?

- No.- contestó Otelo, serio.

- Entonces no sabes lo que es tener un hijo.- replicó Taro, molesto.- Un hijo es la cosa más maravillosa que le puede pasar a uno en la vida. Es una sensación indescriptible la que se siente cuando tienes por primera vez en tus brazos al pequeño ser que uno hizo con amor...

Ese día fue el más increíble de todos. Eriko había comenzado con los dolores del parto en la madrugada, y eran más de las doce del día cuando la enfermera al fin salió y le anunció a Taro que al fin ya era padre. No pasó mucho tiempo para que él pudiera cargar a su primer hijo, un varoncito que fruncía el entrecejo y no dejaba de bostezar.

- Eiki.- murmuró Taro, experimentando una ternura nunca antes sentida.

Ése era el nombre que Eriko y él habían escogido para su primogénito, si resultaba varón. El niño era todo lo que Taro necesitaba para ser feliz... Eriko y él lo criarían con mucho amor, tal y como Taro lo había prometido...

Otelo escuchaba todo con interés. Taro pudo jurar que en algún momento los ojos le brillaron al hombre. Bah, debía ser una ilusión, eso era todo...

Eriko cambió por completo en cuanto se convirtió en madre. Seguía siendo modelo y trabajando arduamente para Dior, pero guardaba su tiempo para ser una madre cariñosa y una amante esposa. Para ella, no había nada más importante en su vida que su esposo y su hijito. Muchas ocasiones, Eriko canceló entrevistas importantes para ir a ver a su esposo jugar, llevando en brazos a su pequeño hijo. Claro, en muchas ocasiones ella también prefirió dejar de salir a fiestas con tal de grabar el momento en el que Taro le enseñaba a caminar a Eiki, o cuando el niño dio su primera patada a su primer balón de fútbol. Quizás eso podía ser prejudicial para la carrera de una modelo, pero eso a Eriko no le importaba... Cuando Eiki tenía un año y medio de vida, Eriko estaba embarazada otra vez. Misaki no cabía en sí de la felicidad, iba a ser padre por segunda ocasión... Fueron nueve meses ajetreados, ya que a Eriko no le resultó tan fácil deshacerse de sus compromisos en esa ocasión, pero al final, un soleado día en donde los cerezos estaban en flor, nació la segunda hija de los Misaki-Wakabayashi: Enory, una niña tan dulce que parecía más un ángel...

La vida de los esposos cambió con la llegada de sus hijos, si bien cuando Taro y Eriko estaban solos muchas veces los asaltaron las dudas de sobre si habían hecho lo correcto al casarse llevando tan poco tiempo de conocerse, en cuanto Eiki y Enory llegaron al mundo, Taro y Eriko supieron que no podían ser más felices ni haber tomado la mejor decisión al estar juntos...

- Así que no me digas que no quiero verlos.- replicó Misaki.- Amo a mis hijos. No dejo de pensar en ellos ni un minuto. Ellos eran mi vida, no me digas que ya me acostumbré a no verlos. Por favor, quiero ver a Eiki y a Enory, sé que ellos están aquí...

- Está bien.- sonrió Otelo.- Veré que puedo hacer... Aunque no creo que haya problema...

Taro sonrió de agradecimiento. Ver a sus hijos era la única cosa que le decía a Taro que no era tan malo el estar ahí... Sin darse cuenta, Taro se quedó dormido en la hierba, sintiendo en su rostro una suave brisa que no sabía de donde provenía, pero que le tranquilizaba el alma. De pronto, sintió que alguien le agitaba con suavidad el hombro.

- Creí que uno no podía dormirse aquí.- Taro se frotó los ojos.

- Las almas también necesitan descansar.- dijo Otelo.

- Pero no comer, ¿eh?

Otelo se encogió de hombros.

- ¿Y bien?.- prosiguió Taro.- ¿Se puede o no?

- Mañana podrás ver a tu hija.- dijo Otelo.- Te llevaré a donde está ella.

- ¿Mañana? ¿No me dijiste que éste es un sitio en donde no existe el tiempo?.- preguntó Misaki.

- Muchos prefieren seguir usando lo de "día" y "noche", mientras se acostumbran.- explicó Otelo.- El paso de los días es muchas veces necesario para la gente que acaba de llegar no sientan tan brusco el cambio. Ya después se hacen a la idea y eso deja de ser importante.

- Ya veo.- asintió Misaki.- ¿Y cuándo veré a Eiki?

- Por ahora no puedes verlo, está ocupado, pero algún día te llevaré con él.- contestó Otelo.

- Eso suena a que no me quiere ver.- Taro agachó la cabeza.

- No es eso, de verdad que está ocupado.- insistió Otelo.

- Bueno, si tú lo dices...

Taro tuvo otro recuerdo, antes de quedarse dormido, aunque el recuerdo pronto se le fusionó con el sueño...

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

Eiki se comportaba cada vez más extraño. Incluso hasta Enory lo notaba y llegó a comentar en más de una ocasión que fuera lo que fuera que trajera Eiki, se le pasara pronto. Taro y Eriko recibieron una llamada del director de la escuela, diciéndoles que Eiki estaba teniendo actitudes raras en las clases; no había bajado de notas, pero se comportaba de manera irascible y perdía la paciencia con sus compañeros en muchas ocasiones... Un día, Taro decidió que era hora de acorralar a su hijo si quería ayudarlo... Eiki estaba en su habitación, acostado en su cama y con un libro sobre los ojos. Taro dudó que estuviera dormido y se sentó en la cama.

- ¿Hijo?.- preguntó Taro.- ¿Qué es lo que te pasa?

- Ya te vinieron con el chisme, ¿no?.- gruñó Eiki.- Era de esperarse.

Taro hizo de todo para no reírse. Esa frase, sin duda, se la había copiado a Jazmín.

- Eiki, me han dicho que has tenido problemas en la escuela.- dijo Taro.- Le gritas a tus compañeros, eres altanero con tus maestros e incluso has retado al entrenador del equipo de fútbol. ¿Qué es lo que te ha pasado?

- ¿Tienes una idea de lo difícil que es ser un Misaki-Wakabayashi?.- protestó Eiki, arrojando el libro a un lado.- ¡Es tremendamente agotador tener padres exitosos! ¡No todos podemos tener el temple de Jazmín Wakabayashi y fingir que todo es perfecto! ¡Yo ya estoy harto, no soy perfecto, solo soy tu hijo!

Eiki salió de la habitación, dando un portazo. Misaki suspiró; él nunca pensó que su hijo pudiera estar sufriendo por eso...

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

Taro abrió los ojos. Era un nuevo día. Misaki pensó si acaso Eiki no hubiera deseado su muerte a seguir viviendo ante esa presión...

¿En dónde estaría Otelo? Al parecer ya estaba amaneciendo, y Taro se preguntaba si acaso Otelo seguiría usando el tiempo o ya se habría acostumbrado a que éste no existiera en ese mundo. Misaki se puso de pie. Y de repente, notó que algo en su mundo había cambiado. Justo en frente de él había un sauce que no había estado ahí antes.

Después del funeral, Eriko acudió a la universidad a recoger las últimas cosas de Taro y a darle las gracias al rector por todo. El hombre le ofreció a Eriko su apoyo y le dijo que podía contar con él cuando lo necesitara. Eriko se lo agradeció con una media sonrisa, pero que le bastaba por el momento con recoger las cosas de Taro. En el camino al despacho que había pertenecido a su esposo, Eriko vio a una chica pintando un cuadro. La muchacha tenía los ojos llenos de lágrimas y se veía muy deprimida, pero no fue esto lo que le llamó más la atención a Eriko, sino el hecho de que el paisaje que ella pintaba se parecía mucho al lugar en donde Taro le pidió matrimonio a Eriko... La muchacha se dio cuenta de que alguien la miraba y volteó la mirada. Ella reconoció de inmediato a Eriko, aunque nunca la había visto en persona.

- Señora Misaki.- dijo Noriko.- Lo lamento mucho... Lamento tanto que el profesor se haya ido... Al igual que sus hijos...

La chica estaba muy afligida y sollozaba agitando los hombros. Eriko, sin saber por qué, la abrazó. Noriko lloró por un buen rato, y después se alejó de la mujer.

- Le dije al profesor que quería pintar algo en honor a sus hijos.- dijo Noriko.- Y este paisaje comenzó a salir y no sé por qué. Me siento muy triste al pintarlo, pero quiero terminarlo en su honor...

Eriko miró el dibujo, y sin saber por qué, sintió que había algo de Taro en él, aunque su esposo no le había dado ni una sola pincelada a la pintura. La mujer tomó el lienzo entre sus manos y miró a Noriko.

- ¿Podrías regalármelo?.- Eriko estaba segura de que la muchacha se ofendería si ofrecía comprarlo.- Quisiera tenerlo en mi casa...

- Por supuesto.- asintió Noriko.- Eso pensaba hacer, hacérselo llegar cuando lo terminara... Déjeme que lo termine y se lo llevaré a su casa.

- Si no te importa, preferiría llevármelo así.- pidió Eriko.- Quisiera terminar de pintarlo yo...

Noriko asintió y aceptó en darle el lienzo a Eriko. Ésta nunca había pintando nada más que las escasas pinceladas que ella le dio a uno que otro cuadro de Taro, pero aun así sabía que esa pintura debía terminarla ella... Eriko se llevó el cuadro a medio terminar a su cabaña en la mansión Wakabayashi y lo colocó sobre uno de los caballetes de Taro, en la sala. Durante mucho tiempo, Eriko simplemente lo miraba, pero después de sentir a Taro en el viento, se decidió a tomar un pincel y comenzó a darle unos retoques al cuadro...

El paisaje era el de una campiña típica en Alemania. Taro había llevado a Eriko en unas vacaciones de ambos, sin decirle a ella para qué. Después de algunos días en los que Taro no intentó seducir a Eriko, un buen día él la llevó a almorzar y justo debajo de un sauce, él le pidió matrimonio a ella. Eriko se quedó sin palabras, era demasiado pronto, apenas llevaban cuatro meses de novios, pero ella entendió la urgencia del corazón y aceptó ser la esposa de Taro Misaki. Él entonces la besó y la llevó a la cabaña de madera en donde hicieron el amor...

Eriko trataba de no llorar al pintar y recordar, pero sabía que no podía detenerse. Era como si algo en la pintura la estuviera llamando a ir más allá...

Taro contemplaba atónito al sauce. Eso no lo había deseado él, ni tampoco Otelo, Misaki estaba seguro. ¿Pero quién lo había puesto y por qué razón? Misaki sintió una presencia y dio la vuelta; Otelo se dirigía a él con la mirada clavada en el sauce.

- ¿Un sauce?.- preguntó Otelo, que estaba tan sorprendido como Taro.- ¿Y eso de dónde salió?

- Yo no sé.- suspiró Taro.- Entonces, no lo hiciste tú...

- No.- negó Otelo.- Como yo te dije, solo canalizo los deseos. Tú deseo era el hacer tu mundo de acuerdo al sitio en donde pasaste las vacaciones con tu familia, pero un sauce no figuraba en él.

- No.- respondió Misaki, pensativo.- El sauce existía cuando le propuse matrimonio a Eriko, pero un rayo lo destruyó unos cuantos años después, de manera que cuando regresamos con Eiki y Enory ya no estaba.

- Ahora entiendo.- murmuró Otelo.- ¿De dónde salió entonces?

- Esperaba que tú pudieras decírmelo... .- musitó Misaki.

Y sin embargo, él no necesitaba respuesta. Todo en ese elemento nuevo en su mundo le estaba gritando un solo nombre...

Eriko.