Capítulo 18.

Otelo estaba confundido. ¿De dónde había salido ese sauce que no tenía nada que ver ni con él ni con Taro? No lo entendía, eso no había ocurrido antes, no que Otelo supiera...

- ¿Tienes una leve idea de quién puede estar haciendo esto?.- cuestionó Otelo.

- Quizás.- murmuró Misaki, sin despegar la vista del árbol.

- ¿Fue ella, cierto?.- susurró Otelo.

- Sí.- Taro sabía a qué se refería su amigo.- Eriko está haciendo eso...

Hasta ese momento, nadie del mundo de los vivos había podido intervenir en el mundo de alguien muerto... Otelo no sabía que estaba pasando ni por qué Eriko tenía ese poder para intervenir...

- Esto es algo nuevo y diferente.- comentó Otelo.- Nunca antes había pasado.

- El amor que hay entre nosotros es nuevo y diferente, algo que nunca había pasado.- replicó Taro.- No puede olvidarme... Y yo tampoco puedo olvidarla a ella...

Otelo suspiró; necesitaba hablar con alguien superior para saber qué estaba pasando. Por lo pronto, necesitaba alejar a Taro del sauce y distraerlo; Otelo no sabía qué efectos podría tener eso en el hombre.

- ¿Aun quieres ver a tu hija?.- preguntó Otelo.

- Claro que sí.- asintió Taro.

- Entonces no te importará el que dejemos al sauce aquí.- Otelo tomó a Taro por un hombro.- Vamos.

- Vamos.- Misaki asintió, resignado.

- Cierra los ojos entonces.

Primero iría a ver a Enory, ya después vería lo del sauce... Taro cerró los ojos y sintió un sacudimiento muy leve. Después sintió que Otelo lo empujaba y entonces Misaki volvió a abrir los ojos. Se encontró entonces ante una enorme casa de madera, que tenía toda la facha de ser una casa de muñecas.

- ¿Ya llegamos?.- preguntó Taro.

- Aun no.- respondió Otelo.- Primero pasaremos a ver a una conocida tuya, quien pidió verte en cuanto supo que estabas aquí.

- ¿Una conocida mía?.- se sorprendió Misaki.

- Ella te quiere mucho.- aclaró Otelo.- Y te extraña.

Taro estaba a la expectativa; no sabía quien podía ser esa persona que deseaba verlo pero se lo imaginaba... La casa de muñecas era de tamaño natural y estaba ubicada en una hermosa colina, y Misaki ya sabía en donde había visto esa casa antes... La puerta se abrió y por ella salió Aremy, seguida de un pegaso, un fénix, un unicornio y un dragón, aparentemente hechos de peluche. Taro sonrió en cuanto vio a la niña.

- Hola, tío Taro.- sonrió Aremy.- Bienvenido.

- Hola, preciosa.- Taro abrazó a la niña, sorprendido de que en ese mundo irreal, hecho de cuerpos no materiales, se pudiera abrazar a otra "persona".- ¿Cómo has estado?

- Bien, tío.- respondió Aremy.- Juego todo el día con mis amigos.

Misaki miró de reojo a los animales de peluche que miraban atentamente la escena. Taro supuso que todos ellos eran creados por la imaginación de la niña. Otelo sonreía de oreja a oreja.

- Los dejo solos.- dijo el hombre.

- Quédate a tomar el té.- pidió Aremy.- No has venido el día de hoy.

- Como quieras, linda.- aceptó Otelo, y entró en la casa.

Taro supuso que Aremy conocía a Otelo, y aparentemente se llevaba muy bien con él. Quizás Otelo había sido guía de la niña cuando ella llegó. Misaki bajó a la niña y dejó que ella lo guiara hasta el interior de la casa, la cual tenía toda la decoración de la casa de muñecas que había construido Daisuke. Taro se sentó a una mesa decorada con flores, en donde Otelo ya estaba sirviendo el té.

- ¿Qué?.- gruñó Otelo.

- Nada, que te ves gracioso haciendo eso.- rió Misaki.

- Ya, lo hago por ella.- replicó el otro.

Aremy se sentó junto con los dos hombres y empezó a hablar de cosas como muñecas, ponis y esas cosas. Taro se sorprendía de que ella no mencionara para nada a su familia... El pegaso, el fénix, el unicornio y el dragón estaban dando vueltas alrededor y procuraban que a Aremy no le faltara nada. Misaki no sabía que rayos hacían esos animales de peluche ahí, le llamaban mucho la atención y fue entonces cuando él comenzó a recordar.

Era un soleado mediodía cuando Aremy falleció. Había pasado una semana desde la última cirugía que le habían hecho, y algunos cuantos días después del cumpleaños número cinco de la pequeña. Al menos, el cardiocirujano de Aremy le había permitido a la niña el regresar a su casa a pasar el día con su familia; fue en ese momento cuando Daisuke aprovechó para darle a su hermana pequeña su regalo. Aremy, al ver la enorme casa de muñecas, sonrió dulcemente, de esa manera en como solo sonreía Lily o Jazmín, y se abrazó con fuerza a su hermano. Como último deseo de Aremy, la familia en pleno se fue a tomar el té en la casa de muñecas; Taro, Eriko, Eiki y Enory habían llegado en ese momento y no tuvieron más remedio que acompañar a Genzo, Lily, Jazmín y Daisuke. Ese día no se habló de cirugías, ni de enfermedades, ni del trabajo que le costaba a Aremy el respirar; solo se habló de lo hermoso que era el día y de lo linda que era la casa de muñecas. Tres días después, la niña se sometió a su última cirugía; por supuesto, ni Genzo ni Lily necesitaban que el cirujano les dijera que la cirugía no había servido de mucho, puesto que la propia carita triste de Aremy se los decía todo...

- La verdad, no hay mucho más por hacer.- explicó el cirujano.- Se hizo todo lo que se pudo para tratar de corregir el defecto, pero Aremy está debilitada. Su cuerpo quizás no resista por mucho tiempo... Lo siento mucho...

- ¿Y ahora?.- preguntó Genzo, muy serio.

- ¿Quieren mi consejo de médico o mi consejo de padre de dos niños?.- suspiró el cirujano.

- Los dos.- pidió Genzo.

- Como médico, les diría que dejaran aquí a Aremy y tenerla vigilada para evitar cualquier problema.- respondió el hombre.- Como padre, les diría que se llevaran a su hija a casa, que la quieran mucho y que no la dejen sola. Llevo cinco años tratando a Aremy y es como una hija más para mí, con sus respetos, por eso yo les digo que mejor se la lleven a casa...

Genzo iba a replicar, pero Lily la detuvo por un brazo. El cirujano tenía cara de tristeza, estaba siendo sincero y lo lamentaba. Lily suspiró.

- Gracias, doctor.- asintió Lily.- Nos llevaremos a Aremy a casa. Gracias por todo.

Genzo asintió, con una sonrisa amarga. No había nada más por hacer... Aremy se despidió de los médicos y enfermeras, que se habían hecho sus amigos, como si solo se fuera de vacaciones y no como si no fuera a volver jamás. Desde esa noche, Lily durmió en el cuarto de Aremy, y Genzo, Jazmín y Daisuke dejaron abiertas las puertas de sus habitaciones para escuchar cualquier inconveniente. Una noche, la primera de luna llena, Lily despertó algo agitada.

- ¿Mami?.- habló Aremy, con voz suave.

- ¿Qué pasa, cariño?.- Lily encendió la luz de noche.- ¿Tienes sed?

- No, mami.- negó la niña.- Es solo que tengo mucho calor...

Lily se incorporó y tocó la frente de la niña, la cual estaba ardiendo en fiebre. Lily supo que así terminaría todo... Ella abrazó a su hija y la llevó a la ventana a que contemplara la luna.

- Genzo.- Lily habló lo más fuerte que pudo, sin espantar a su niña.- Ven por favor, si me estás escuchando.

En esos días, Wakabayashi tenía el sueño ligero así que despertó cuando su esposa lo llamó. Él salió de su cuarto y entonces vio a su esposa arrullando a su hija pequeña. Genzo llegó y las abrazó a las dos. Cuando Jazmín y Daisuke despertaron por la mañana, encontraron a sus padres y a su hermana menor recargados contra la ventana. Aremy aun vivía, pero estaba cada vez peor...

- Mami.- pidió Aremy, hablando apenas.- No quiero que me dejen sola... Por favor, no me vayan a dejar sola...

- No te dejaremos sola, querida.- dijo Lily.- Nos quedaremos contigo...

Jazmín y Daisuke faltaron a clases. Y Genzo canceló sus citas de trabajo. A Lily tampoco le importaba para nada el faltar al trabajo. Las horas pasaban lentas y angustiosas, pero al mismo tiempo nadie quería que terminaran... Aremy comenzó a ponerse inquieta y sollozó suavemente.

- Tranquila, mi amor.- Lily la besó en la frente.- No vas a estar sola, nunca. Siempre estaré contigo, corazón. Estaremos contigo...

Con esto, la niña se tranquilizó. Eran las doce en punto del medio día cuando Aremy al fin dejó atrás todo el dolor y el sufrimiento y se marchó a un lugar mejor... Y fue en el funeral cuando Lily le prometió a su hija que no la dejaría sola a las doce del día...

Taro recordaba lo sucedido mientras Aremy charlaba con Otelo sobre los tipos de flores. En ningún momento la niña había mencionado a su familia y Taro se preguntó si ella habría terminado por olvidarlos. Acabando de pensar eso, el pegaso le dio a Taro un cabezazo en el hombro y se volvió a preguntar como rayos era que un condenado animal de peluche de un mundo en donde el tiempo no existe pudiera golpear tan fuerte. En algún momento, el fénix se posó en el hombro de Aremy y le acarició el cabello con sus alas. La niña soltó una risilla alegre. Taro debió de haber tenido cara de baboso, porque Otelo lo abordó en voz baja.

- ¿Qué pasa?.- preguntó.

- Nada, me llaman la atención esos animales de peluche.- respondió Misaki.

- Ay, Misaki, eres demasiado lento para aprender... .- suspiró Otelo.

- ¿Quieren más té?.- preguntó Aremy.- ¿O quieren galletas?

- Las dos cosas estarían bien.- contestó Misaki.

Entonces el dragón trajo más galletas y el unicornio sirvió el té. Taro se lo comió, aunque sentía que solo tragaba aire, y claro que debía de ser así, ya que en ese lugar no existían los alimentos... Bueno, puro formalismo debía de ser el té y las galletas, pero era el mundo de Aremy... Otelo entonces le dijo a la niña que él y Taro tendrían que marcharse o se les haría tarde.

- Está bien.- asintió Aremy.- Pero tienen que venir mañana.

- Claro que sí.- asintió Otelo.

- Bueno. Tío Taro, ¿puedo preguntarte algo?.- inquirió la niña.

- Dime, preciosa.- sonrió Misaki.

- ¿Mi papi y mi mami estaban bien la última vez que los viste?.- preguntó Aremy.

- Están bien, pero te extrañan mucho.- respondió Misaki.

- ¿Y mis hermanitos?

- También te extrañan mucho.- dijo Taro.- Cuidan muy bien tu casita de muñecas.

- Me da gusto.- Aremy sonrió, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas.- Los extraño mucho...

Fue en ese momento cuando Taro notó más que nunca a los animales de la niña y fue entonces cuando él se dio cuenta el por qué Aremy casi nunca hablaba de su familia. El pegaso, el fénix, el unicornio y el dragón representaban a cada uno de los integrantes de la familia de la niña: Genzo, Lily, Jazmín y Daisuke. Ellos le hacían compañía y la cuidaban cuando Aremy lo necesitaba; ésa era la forma en que la niña había conseguido aceptar su realidad y tener cerca de ella a quienes más amaban...

Taro se preguntó entonces si el sauce no sería su representación de Eriko.

En todo eso pensaba Misaki cuando se despidió de Aremy y le pidió a Otelo que lo llevara con Enory. Otelo se dio cuenta de que Taro estaba muy serio.

- ¿Ocurre algo?.- preguntó el hombre.

- Solo me preguntaba si también fuiste guía de Aremy.- repuso Taro.

- No. Ella llegó primero que yo.- negó Otelo, sin añadir nada más.

Taro supuso que había mucho más por decir, pero que Otelo no le diría nada por el momento. El hombre le dijo que le cerrara los ojos y cuando Taro los volvió a abrir, se encontró frente a una enorme fuente con una escalinata que parecía de mármol como fondo. Sin embargo, el sitio no era de pintura, como lo era el mundo de Taro, ni tampoco estaba hecho de nubes, como el mundo de Aremy, sino que el agua de la fuente y hasta la escalinata misma estaban hechas de acuarela. Por la enorme fuente paseaban en barcas personas vestidas al estilo de los años veinte y treinta y charlaban alegremente entre sí.

- ¿Aquí veré a Enory?.- preguntó Taro.

- Sí, aquí la verás.- respondió Otelo.- Si me permites, debo irme a recibir a una nueva alma, pero te dejaré con otra guía muy amable.

- ¿Me vas a dejar solo?.- se sorprendió Taro.

- ¡Ja! No me vayas a decir que te da miedo quedarte solo.- rió Otelo.- No te va a pasar nada, regresaré después.

- Bueno...

De una barca que surgió entonces de la nada se bajó una hermosa mujer de piel morena y cabello pelirrojo que estaba vestida con un hermoso vestido color lavanda, el cual tenía en el pecho una sencilla tarjeta con un nombre melodioso de mujer: Julieta. La mujer le sonrió cálidamente a Misaki.

- Buenas tardes, señor Misaki.- saludó la joven.

- Para ser éste un sitio donde el tiempo no existe, todos dicen "buenos días" o "buenas tardes".- dijo Misaki.- Preferiría un "hola".

Lejos de enojarse, la mujer soltó una risa suave y confiada y miró a Otelo.

- Tienes razón.- dijo ella.- Es bastante gruñón.

- Es un amargado.- suspiró Otelo.

La chica volvió a reír y Taro comenzó a sentirse avergonzado.

- ¿Se divierten riéndose de mí?.- preguntó Taro.

- No realmente.- negó la mujer.

- Bueno, sí, para qué negarlo.- replicó Otelo.

Y los dos volvieron a reír. Había algo en esas dos personas que hacían que Taro se sintiera muy bien consigo mismo. Era como si él los conociera de algún lugar, pero no ubicaba de dónde...

- Bueno, ella es Julieta, Misaki.- presentó Otelo.- Julieta, él es Taro Misaki.

- Es un placer.- sonrió Julieta.

- Lo mismo digo.- Taro sonrió e hizo una reverencia.- ¿Tú me acompañaras a ver a mi hija?

- Tienes muchas ganas de verla, ¿verdad?.- sonrió Julieta.

- Tantas ganas como que me llamo Taro Misaki.- respondió Taro.- La extraño muchísimo, quisiera verla y decirle cuanto la he extrañado...

Julieta sonrió de una manera muy especial. Otelo sonrió por lo bajo y suspiró.

- Bueno, me retiro.- dijo Otelo.- Quedas en muy buenas manos.

- Te veré después.- dijo Taro.- Muy bien, señorita Julieta, ¿qué hacemos ahora?

- Si no le molesta, me gustaría que me acompañara a pasear un poco.- pidió Julieta.- Nuestra barca nos espera.

Taro como buen caballero ayudó a abordar a Julieta y después él subió. La barca comenzó a moverse sola, cosa que no sorprendió a Taro. A esas alturas, ya nada lo sorprendía...

Hasta que vio a una mujer que no encajaba con ese mundo de los años veinte; estaba vestida con un traje de última moda, muy hermoso y elegante, pero lo que más le había llamado la atención a Taro era que el vestido era de los que había diseñado Eriko.

No había nada en ese sitio que no le recordara a Eriko; Taro volteó a ver a Julieta, pero ella solo sonreía con ternura...

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Genzo sabía que estaban perdiendo la batalla; si bien sabía que Eriko estaba luchando con todo por seguir adelante con su vida, era obvio que sin Taro ya no era lo mismo... Él era su alma gemela, era imposible el negarlo, ella lo necesitaba, además de que Eriko sentía que todo había sido su culpa... Ella no podía sacarse de la cabeza que su familia había muerto por culpa de ella...

Genzo y Lily intentaron convencer a Eriko de que ella acudiera con un psicólogo, y después de mucho rogar, ella aceptó a ir, pero se negaba a decirle al médico cualquier palabra o frase diferente al "buenos días". Por las tardes, Eriko se dedicaba a continuar pintando el cuadro, añadiéndole los detalles de la escena que a ella se le quedó grabada cuando Taro le pidió matrimonio.

- Espérame, mi amor.- murmuró Eriko, tocando el lienzo.- Pronto estaré contigo...

Ella humedeció el lienzo con sus lágrimas y corrió en algunos lugares la pintura del cuadro...