Capítulo 21.
El funeral de Eriko fue igual de triste que los tres anteriores, si no es que más. Los dolientes ya estaban comenzando a acostumbrarse, por así decirlo, a asistir a tantos entierros, pero no por eso el dolor era menor... Todos los presentes estaban muy tristes por la desgracia ocurrida con la familia Misaki-Wakabayashi. Año y medio atrás habían muerto los dos hijos, medio año antes el padre y ahora la madre, la cual había renunciado a la vida por no querer seguir con ella sin su familia...
Ichiro Misaki se encontraba muy triste. Lo acompañaba su segunda esposa Marianne y su ex esposa, la señora Yamaoka, madre de Taro, y su hija Yoshiko. Por parte de la familia Misaki eran los únicos sobrevivientes. Por parte de la familia Wakabayashi, se encontraban Genzo, Lily, Jazmín y Daisuke; Kenji, uno de los hermanos de Genzo y Eriko, con su esposa Vicky y sus dos hijos varones; Touya, el hermano mayor, en compañía de Hotaru y sus dos hijos, Kyo y Sakura. Hana, la prima hermana de Genzo y Eriko, en compañía de su esposo Ken Wakashimazu y su único hijo varón; y también la madre de todos ellos, Kana, una mujercita frágil y menuda, la cual ya había soportado la muerte de su esposo cinco años atrás, víctima de un infarto, y ahora tenía que sufrir con la muerte de una de sus hijas...
Eran dos familias unidas por el dolor común de una pérdida, dos familias que se habían unido por el amor y que ahora no tenían ningún lazo en común por culpa de la tragedia. La última sobreviviente de esta familia había cerrado también sus ojos a la soledad... El ataúd de Eriko descendió a tierra y los dolientes se apresuraron a echar puñados de la misma para cubrirlo por completo...
- No por venir a tantos entierros mi dolor es menor.- musitó Genzo.- Me parece tan increíble que en tan poco tiempo los hayamos perdido a todos...
- Fue como si uno a uno se nos hubieran fugado de las manos.- murmuró Lily.- Y no pudimos hacer nada para impedirlo...
Ichiro Misaki se acercó entonces a Kana Wakabayashi para expresarle sus condolencias.
- Eriko era como una hija para mí.- dijo Ichiro.- Le tenía mucho aprecio, y no sabe cómo lamento que ella se haya ido...
- Muchas gracias.- Kana sonrió débilmente.
- Sé como debe de sentirse.- continuó Ichiro.- Uno no debería enterrar a sus hijos...
- Lo sé... .- murmuró Kana, derramando algunas lágrimas.
Genzo abrazó entonces a su madre y le agradeció a Ichiro su presencia. El hombre asintió levemente con la cabeza, en señal de respeto. Lily vio entonces a Karl y a Elieth Schneider, junto con su hijo Mijael y a sus gemelos.
- De verdad que todo esto es una verdadera lástima y una desgracia.- murmuró Elieth.- Pobre Eriko... Me da tanta tristeza...
- Lo sé.- suspiró Lily.- Solo espero que, se encuentre en donde se encuentre, Taro pueda ayudarla...
Elieth no dijo nada, ella comprendía perfectamente a qué se refería su amiga. El grupo de dolientes comenzó a retirarse poco a poco, y Genzo regresó al lado de su esposa.
- ¿Y ahora?.- preguntó Lily.
- Ahora, a seguir adelante.- suspiró Genzo.- Nos duele cuando a quien queremos se van, pero nosotros seguimos viviendo y debemos continuar...
- Algún día nos volveremos a encontrar.- murmuró Lily.
Un viento frío comenzaba a soplar y varias nubes de lluvia se asomaban por el horizonte. Una tarde fría y oscura, igual que el alma de Eriko... Solo habría que esperar a que en donde quiera que se encontrara el lugar más allá de los sueños, la esperanza aun siguiera brillando...
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El viaje en sí a la barca que iría al infierno no fue del todo largo, pero la travesía por el Mar de las Lamentaciones parecía interminable. Taro se preguntaba como era que se perdiera tanto tiempo en un lugar en donde al parecer podían arreglarse las situaciones con solo desearlo.
- ¿Por qué el recorrido es tan largo?.- le preguntó Taro a Otelo.
- En parte, forma parte del castigo de las almas que van para el infierno.- respondió Otelo.- Y en parte, es una limitante para aquellos descerebrados que quieren ir a él por voluntad propia.
- Sé que soy un estúpido, pero nada tiene lógica cuando se trata de Eriko.- replicó Taro.- Y bueno, tú quisiste venir por voluntad propia...
- Lo sé, por eso me incluyo dentro de los descerebrados.- suspiró Otelo.- ¿Y qué más da? No podría jamás dejarte solo.
- ¿Por qué eres mi guía?.- quiso saber Misaki.
- Porque eres mi amigo.- respondió Otelo.- Por eso no puedo dejarte. Iría contigo hasta el mismo infierno.
Taro sonrió, agradecido. Otelo era alguien que podía ser malhumorado y sarcástico, pero que al parecer tenía un enorme sentido de lealtad. Taro notó que, excepto Otelo y él, el resto de los pasajeros del barco tenían las caras descompuestas y sus ojos carecían de brillo y esperanza. Misaki se preguntó si Eriko también habría viajado en el barco y sus ojos se habrían visto igual...
Misaki se preguntó de qué rayos estaría hecha el agua. No parecía ser agua común y corriente, tampoco parecía pintura como en el mundo de Taro ni acuarela como en el mundo de Enory. Esa agua era oscura y olía bastante mal, aunque a esas alturas a Taro ya no le sorprendía que pudiera oler y tocar las cosas. Misaki tuvo mucha curiosidad e intentó meter la mano en el agua, pero Otelo lo detuvo.
- No creo que quieras eso.- dijo el hombre.- No va a agradarte.
- ¿Qué es?.- preguntó Misaki.
- Destructora de almas.- respondió Otelo.- Por algo le llaman en Mar de las Lamentaciones. Con una sola gota de esa agua, perderías la razón para siempre.
- Vaya. Entonces no creo que haya peces... .- murmuró Taro.
Otelo lo miró con cara de "hello con tu hello", pero Misaki no le hizo caso. Teobaldo lo miró y le comentó que en más de una ocasión, alguna alma que no había querido resignarse a ir al infierno se había lanzado al agua con la esperanza de regresar nadando, pero que al final resultaba mucho peor porque terminaban sumidos en un mundo de desesperación y locura.
- Pasa con mucha frecuencia.- Teobaldo parecía disfrutarlo.- Quizás alguno de los de ahora lo intente...
Misaki rogaba para que no le tocara ver un espectáculo semejante, pero al parecer ninguno de los presentes tenía ánimos para hacer algo diferente que mirar fijamente hacia el frente. Al fin, después de una eternidad, a los lejos comenzó a vislumbrarse algo que podía considerarse como tierra firme. Teobaldo ordenó entonces a los pasajeros que se formaran en dos filas, una para hombres y otra para mujeres. Solo Taro y Otelo permanecieron lejos de todo.
- Solo sigan el camino y ya está.- ordenó Teobaldo.- Y sin empujarse, por favor.
Era una precaución innecesaria, las almas condenadas no tenían ninguna intención de empujarse ni mucho menos. Una a una, las personas comenzaron a bajar y echaron a andar por un camino de tierra caliza, el cual se dirigía hacia una cuerva enorme y oscura como cueva de lobo.
- ¿Ésa es... ?.- Taro volteó a ver a Otelo.
- La entrada al infierno.- respondió Otelo.- ¿Estás listo?
- Mentiría si dijera que sí.- si hubiera tenido un cuerpo físico, muy seguramente a Misaki le habrían temblado las piernas.- Pero no daré marcha atrás.
- Muy bien.- Otelo suspiró.- Vamos entonces.
El hombre bajó primero para dar indicaciones a las ánimas que se dirigían a la cueva. Otelo parecía saber exactamente hacia donde dirigirse, y Taro se preguntó si en alguna ocasión él no habría sido guía de almas en desgracia... Misaki bajó del barco y esperó junto a él, mientras Teobaldo terminara de amarrar el barco. Al parecer, el hombre iba a descansar un poco, cosa que resultaba extraña.
- De verdad que debes ser un idiota si pretendes ir al infierno.- comentó Teobaldo.- ¿Qué hay allá que sea más importante que el hermoso mundo que te puedes crear tu mismo?
- Ese mundo no es nada si no está ella.- replicó Misaki.- Y mi vida aquí, o lo que sea que sea, no tendría ningún instante de felicidad sin ella...
- Claro, tenía que ser una mujer.- suspiró Teobaldo.- Solo por una mujer un hombre cometería el error de mandarlo todo al infierno, literalmente hablando.
- Parece no sorprenderle.- comentó Misaki.
- Por supuesto que no me sorprende.- rió Teobaldo, con sarcasmo.- ¿Y sabes por qué no? Porque han venido miles de hombres igual que tú, con el estúpido deseo de sacar a quien aman del infierno. ¿Y sabes cuántos han salido? Ninguno. Nadie puede contra el infierno. En fin, muchacho, si quieres tirar todo a la basura, es cosa tuya y no mía. Lo que sí, no me parece justo que dejes que tu hijo se pierda contigo en esto.
Misaki se quedó de una pieza al escuchar las palabras de Teobaldo. ¿Hijo? ¿El hombre había dicho que Taro iba a llevarse a su hijo? Teobaldo le sonrió como con cierta picardía, al notar el desconcierto que sus palabras habían causado en Misaki.
- Muchacho, ¿desde hace cuanto que Otelo es tu guía?.- preguntó Teobaldo.
- Desde que llegué a aquí.- respondió Taro.
- ¿Tanto tiempo? ¿Y aun no te has dado cuenta de quién es él?.- rió Teobaldo.
Misaki miró a Otelo; el hombre se veía seguro de sí mismo y decidido, y sus acciones, frases y manera de comportarse ya le habían recordado a alguien a Taro... Y Otelo había dicho que ése no era su verdadero nombre ni su piel morena su verdadera forma... Y en algún momento Otelo iba a revelarle la verdad, cuando se diese la situación apropiada... Taro, con la mente confusa y emocionada, comenzó a recordar...
Taro encontró a Eiki recargado contra uno de los árboles del parque. Misaki debía decirle a su hijo que no necesitaba ser perfecto, que únicamente necesitaba ser él...
- Eiki, lo lamento mucho.- comenzó a decir Taro.- No me di cuenta de que la presión te estaba afectando...
- Claro que no te das cuenta, porque para ti todo fue muy fácil.- replicó Eiki.- Tuviste una gran carrera, te casaste con una gran mujer y ahora eres uno de los entrenadores más cotizados. Una vida fácil y perfecta.
- ¿Crees que fue fácil?.- Taro sonrió con amargura.- Te equivocas. Mis padres se divorciaron cuando yo era un niño, por lo que toda mi infancia me la pasé viajando con mi padre por todo Japón, sin poder permanecer en un solo sitio por mucho tiempo. Sufrí muchas lesiones por causa del sóccer y aparte de todo casi pierdo mi carrera por un accidente que sufrí al querer salvar a mi hermana. Y por si eso fuera poco, cuando al fin pude recuperarme y jugar en la liga francesa, una falsa acusación de dopaje por poco me hace perder todo lo que tenía... No digas que mi vida fue fácil, hijo, ninguna vida lo es, pero todo depende del cristal con que se mire, si no estás dispuesto a dejar que nada te derrote, entonces no habrá nada que impida que cumplas tus sueños.
- De verdad que eres lento para aprender. ¿Ves por qué es difícil ser tu hijo?.- exclamó Eiki.- No importa qué es lo que te pase, siempre miras todo de frente y de manera optimista. Yo no puedo hacer eso, me esfuerzo al máximo pero a veces me siento harto de ser yo mismo.
- Todos nos cansamos alguna vez, sobre todo si luchamos por alcanzar el estándar que nos imponen los demás, y más si buscamos aprobación de quien queremos.- replicó Taro, sereno.- Pero hay algo que debemos recordar y es que nuestra lucha siempre debe ser por nosotros mismos, no por complacer a los demás.
Eiki desvió la mirada; sus ojos brillaban por el resplandor de las lágrimas. Taro entonces le puso una mano en el hombro.
- Eiki, tu madre y yo vamos a amarte todos y cada uno de los días de tu vida.- dijo Taro.- Porque eres nuestro hijo. Y nunca nos vas a decepcionar. Porque eres una gran persona. Y no te lo digo solo por decir, sé que eres un extraordinario muchacho porque a pesar de la presión no has claudicado ni tampoco te has dejado llevar por las drogas o por las malas compañías. Estoy orgulloso de ti, Eiki. Tú y Enory son las dos mejores cosas que han ido con mi apellido.
- Ay, papá.- murmuró Eiki.- ¿Lo dices en serio?
- ¿Crees que te mentiría?
- De verdad que eres lento para aprender, estoy sensible, deberías de decirme que sí simplemente.- replicó Eiki.
Taro se echó a reír. Claro que su hijo necesitaba escucharlo. Todos necesitamos oír que la gente que queremos confía en nosotros...
- Te lo digo en serio, Eiki.- Taro se puso serio y tomó a su hijo por ambos hombros.- Solo contigo iría al mismo infierno...
- Gracias, papá... .- Eiki sonrió y después abrazó a su padre.
Y Taro lo había dicho en serio. Solo con Eiki se aventuraría a cualquier sitio... O al mismo infierno...
Al mismo infierno. Taro dejó de recordar y entonces volteó a ver a Otelo. Pero en vez de ver al hombre alto y joven de raza negra, Taro vio a un joven de catorce años, cabello negro y ojos color miel...
Eiki.
Teobaldo volvió a sonreír al ver la mirada que Taro le dirigía a su hijo.
- De verdad que no sabías, ¿eh?.- comentó Teobaldo.- Tu hijo es bueno haciéndose pasar por otro. Supongo que le dará gusto el saber que te engañó.
- Quién lo diría.- murmuró Misaki, sonriendo de oreja a oreja.
Eiki regresó entonces a donde se encontraba Misaki y le sonrió, aunque el muchacho no había notado que Taro ya lo veía como verdaderamente era.
- ¿Qué pasó?.- preguntó Eiki, extrañado.- ¿Ya te arrepentiste?
- Eso nunca.- negó Taro.- Es solo que agradezco que vayas a acompañarme. Solo hay una persona con quien bajaría al mismo infierno... Aun cuando siempre me diga que soy muy lento para aprender... Eiki...
El muchacho abrió mucho los ojos y emitió un gemido ahogado. Taro no esperó más y abrazó con fuerza a su hijo, el cual correspondió el gesto.
- Me preguntaba si algún día te darías cuenta, papá.- musitó Eiki.- Eres demasiado lento para aprender...
- Pero para eso estás tú, para que me enseñes.- replicó Taro.- Confío plenamente en ti, hijo.
- Entonces, hay que darnos prisa.- Eiki soltó a su padre y se secó las lágrimas.- Hay que rescatar a mamá antes de que sea demasiado tarde.
Taro asintió con la cabeza, al tiempo que colocaba una mano en el hombro de Eiki. Ambos hombres echaron a caminar después rumbo a la cueva que marcaba la entrada al infierno y al final de toda esperanza...
Notas:
- Ahora sí, solo falta un capítulo para el final.
- Por ahí se me pasó explicar que un diorama es una representación hecha con figuras de papel o cartón y pintadas a mano de una escena. Es como si fuera una maqueta teatral, por así decirlo.
