UNA NUEVA PROFECÍA

Su cuerpo temblaba de manera incontrolable; la vida se le escapaba de sus manos y sus fuerzas por demás escasas, eran concentradas en la tarea de intentar respirar; su vista, toda nublada, no alcanzaba a divisar la salida. Aún así, arrastrándose como la serpiente que era, se aferraba a su misión: lograr dar con su Señor y advertirle sobre el futuro.

La tarea parecía un imposible. El giratiempo había consumido su energía vital y no tenía ni el poder suficiente para iluminarse con su varita. Se maldijo a sí misma por no haber utilizado el giratiempo en las cercanías de la Mansión Ryddle donde aquél quien supo abandonar ese apellido muggle años atrás, se guarecía. Pero ya era tarde para lamentaciones. Si no se hubiera dado prisa, tal vez, los aurores hubieran dado con su paradero.

Los primeros rayos de luz solar, síntomas de un joven amanecer, se introducían por los ventanales cubiertos de maderos. El tiempo se le estaba terminando junto con su vida. De no encontrar alguna forma de transporte, su misión correría peligro; tenía que actuar rápido.

Comenzaba a desesperar al sentir que su vida se terminaba con su misión incumplida. Debía de existir alguna forma de comunicarse con su Señor ya que, de lo contrario, la victoria de Potter se transformaría en inevitable. De pronto, un dolor agudo la despertó de su letargo. Su antebrazo le escocía y la marca desaparecida tras la muerte del Señor Tenebroso se volvía nuevamente visible. Soltó una carcajada sorda admirada por su estupidez; cómo no había recordado la marca tenebrosa. Su señor estaba vivo en este tiempo, razón por la cual, su marca era su última carta.

- ¡Qué estúpida que he sido! –volvió a recriminarse.

Descubrió su brazo y de entre los restos de su túnica tomó su varita para cumplir con su destino de sirviente mortífaga. No tenía fuerzas para acudir al llamado de su señor pero, tal vez, sí las suficientes para comunicarse con Él. Tocó con la punta su varita la marca y suplicó su presencia.

- ¡Mi Señor lo necesito… es urgente! ¡He venido del futuro para advertirle y no me queda tiempo!. –gritó utilizando el poco oxígeno que permanecía en sus pulmones.

Comenzaba a perder la conciencia. Sentía que su vida se apagaba como también su esperanza de triunfo. Necesitaba de un milagro y de pronto, para desgracia del mundo mágico, ocurrió.

A cientos de kilómetros de distancia la Bellatrix del pasado sintió su brazo arder incontrolablemente. Junto a ella, lord Voldemort quien exigía información de sus sirvientes cayó de repente.

- ¡Que significa esto, Bella!. He sentido cómo intentabas comunicarte conmigo. –Voldemort interrogaba con dureza a su sirviente. Había escuchado con precisión el mensaje.

- Yo también lo he sentido mi Señor, pero le aseguro que yo no fui –una joven Bellatrix le miraba con pavor.

- ¡CLARO QUE HAS SIDO TÚ, IDIOTA! -siempre le sacaba de quicio la estupidez de sus mortífagos- La Bellatrix del futuro se ha comunicado conmigo y quiere mi presencia.

- No lo entiendo. –el resto de los mortífagos presentes tampoco comprendían lo que estaba ocurriendo.

- ¡No me llama la atención porque parece que tengo la debilidad de rodearme de inútiles! –comenzaba a perder su paciencia- Dime Bella, ¿Sabes de dónde viene el llamado?...

- Sí, mi Señor… -musitó con voz queda. Tenía una extraña sensación, como un presentimiento de estar en peligro de muerte.

- Entonces tráela ante mí. ¡Ahora!

La mortífaga desapareció de manera inmediata mientras Voldemort caminaba impaciente de un lugar a otro de la sala con una cruel sonrisa en su rostro. La historia estaba por ser alterada.

La Bellatrix del futuro agonizaba pero con felicidad; su misión estaba cerca de ser cumplida. El llamado a su Señor había sido escuchado y no tardaría en hacerse presente.

De la nada, una mujer joven se apareció frente a la moribunda.

- ¡No puede ser! –se había quedado paralizada ante el cuerpo que yacía en el suelo.

- No tengo tiempo… para explicarte así que tendrás que confiar… en mí, mejor dicho, en tí misma. –no esperaba encontrarse con su pasado pero era mejor que nada- llévale esta nota a Nuestro Amo y dile que la lea sólo… aunque deberías acompañarlo –su vida se terminaba- dile… dile que siempre lo he servido como la más fiel y que doy feliz mi vida por El –parecía demencial tener que despedirse del mundo siendo vista por ella misma más joven. –Debes apurarte, ya queda poco tiempo… ¡Qué esperas, muévete!.

La joven mortífaga desapareció nuevamente mientras la del futuro estaba pronta a morir.

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Mientras el pasado comenzaba a ser modificado, los magos del presente continuaban de festejo. Aún así, el protagonista de aquellos hechos ya resignado a soportar las pérdidas sufridas, no deseaba participar de ningún festejo en su honor. Había decidido acompañar a Remus a San Mungo y, ya no teniendo excusas que ofrecer, dejarse curar también sus heridas. Ninguna presentaba mayor gravedad, pero más de una asustaba a simple vista. Sobre todo la que le recorría toda la espalda, fruto de una maldición del propio Voldemort. Cojeaba un poco debido a la puñalada que había recibido de parte de un mortífago en su pierna izquierda en el fragor de la batalla por su vida. Esas heridas sangrantes, junto a la tierra y sudor que lo cubrían, le daban un aspecto fantasmagórico. Igualmente y más allá de la primera impresión su rostro transmitía serenidad.

Luego de visitar a Remus, quien no le había mencionado nada de la conversación previa, recorrió algunas camas ocupadas por varios magos que lo habían acompañado en estos últimos 3 años, o sea, desde que había decidido dejar Howgards para dar con su destino de "Elegido".

A lo largo de esos tres largos años supo rodearse de varios de sus compañeros de Colegio que, junto a sus inseparables Ron y Hermione, habían decidido acompañarlo en la misión de su vida. Si bien desconocieron la profecía y no participaron de la búsqueda de los Horcruxxes sí lo acompañaron en otras oportunidades, ya que muerto Dumbledore, Voldemort había dedicado a azotar al mundo mágico y muggle por medio de cotidianos y cruentos ataques. No estando Dumbledore para hacerle frente, la Orden del Fénix junto a Harry y sus amigos eran, más los pocos aurores que le quedaban al Ministerio, los únicos que le plantaban la cara.

Algunos de esos amigos habían muerto en el transcurso de la guerra. Nombres como Virtor Krum, Ginny Weasley y Ernie Macmilan figuraban gravados en las lápidas colocadas en las cercanías de la Tumba Blanca. Por decisión de Harry -nadie se animó contradecirlo- aquellos muertos por la guerra debían permanecer en el último bastión del mundo mágico, custodiados por los restos del mejor mago del tiempo presente.

Sin saber por qué, sonrió levemente tras posarse en la última cama de la sala. Una mujer de aspecto estricto y con algunos años a cuesta permanecía sentada con rostro adusto. Sin dudas no era persona a la que le resultare grato permanecer encerrada en un Hospital justo cuando había tanto por hacer. No cabían dudas que sus pensamientos posaban, en aquel momento, en sus alumnos. Desde que tuvo que reemplazar a su predecesor y amigo, pasaba largas horas en vela preguntándose sobre si tendría la suficiente fuerza para cumplir con el papel que nunca pensó en ocupar.

Sabía que Howgards, pese a la invasión sufrida, seguía siendo el último bastión y dependía de ella que continuara siéndolo. Esa era la misión encomendada por Dumbledore y no podía fallarle. Gracias a Merlín, el peligro inminente ya era historia, aunque era también consciente de que quedaban muchas cosas por hacer y no le ayudaba mucho el estar atada al criterio de un medimago mucho más estricto que ella misma, lo cual ya era mucho que decir.

- Profesora, veo que felizmente ya ha despertado y con ganas de dar órdenes –no pudo evitar que la escena le resultara divertida, pues muchas veces la misma se había dado pero con los roles invertidos: él en cama y ella de pie amenazante.

- Ya lo creo Sr. Potter, aunque a Ud. no le vendría mal descansar un poco. Yo, por lo pronto, tengo mucho que hacer y este aprendiz de medimago me lo está impidiendo –su voz reflejaba su impaciencia.

- No se preocupe profesora, seguro que en el Colegio todo anda de maravilla –Minerva asintió con la cabeza como si fuera un mero acto reflejo. Se produjo un silencio. Nadie sabía como continuar la conversación sin abordar ciertos temas delicados.

- ¿Y tú, Harry, como estás? –Minerva había abandonado su rostro serio para cambiarlo por uno de preocupación.

- Creo que bien… tratando de afrontar la realidad que lo que menos tiene es remedio. –ya no reía y su rostro permanecía dirigido a la pared.

- Él estaría orgulloso de ti como también lo estoy yo- buscaba su mirada sin éxito- Siempre confió en ti y no hay dudas: Albus nunca se equivocó en su vida.

- Cometió errores, como todos. Gracias a Merlín era un hombre –no había rencor en sus palabras- aunque sin dudas fue el mejor y Ud. lo sabe, profesora: Mientras haya alguien que le siga siendo fiel nunca se irá de Howgrads.

- Por supuesto, sobre todo si estás tú.

- Y Ud…

- ¿Dónde irás Harry? –quería aclarar algunos puntos con él.

- Por lo pronto no volveré jamás a Grimmound Place. Estaba pensando en pedirle un favor…

- El que quieras…

- Quisiera permanecer en Howgards por el momento… hasta que se tranquilicen los ánimos y los del Ministerio me dejen en paz. –volvió a mirarle.

- Por supuesto, sabes que siempre será tu hogar.

- Gracias… también quisiera, de ser posible, que allí se hicieran los funerales de… Ud. sabe…

- No lo dudes, así se hará –por fin había llegado a donde quería- Harry quería decir…

- Por favor profesora -la interrumpió con impaciencia- mantengamos una conversación civilizada. No empiece Ud. también con eso de que no tengo la culpa, pues ya me conozco el discurso de memoria –lo miró con furia; seguía siendo impertinente- Tampoco me agradezca nada. Sólo cumplí con mi deber.

- No fue tu deber… fue tu elección…- la seguí sacando de quicio como cuando era su alumno.

- No, mi querida profesora. Lo mío fue un deber. Estaba la profecía y mi conciencia me impedía fallarles. En cambio, los que murieron en esta guerra pudieron escapar o flaquear, pero no, se quedaron. Ellos sí que eligieron y les debemos agradecimiento.

- Tú sabes que la adivinación es una farsa. La profecía no definió tu destino. Tu destino lo forjó tu corazón que, aunque sigas sin creerlo, sigue siendo tu mayor virtud. –El joven volvió a girar su rostro hacia la pared. También había escuchado esas palabras antes.

- ¿Su permiso sigue en pie? –la mujer asintió con su cabeza. Este chico ya no tenía remedio- Entonces me gustaría ir a Howgards ahora.

- Hazlo. Utiliza la chimenea del pasillo. Te comunicará con mi despacho. De paso, te encargo que cuides de mis alumnos hasta que vuelva.

- Seguramente habrá personas más capacitadas…

- Sí, pero en ninguna confío como lo hago en ti…

- Está bien, aunque ya no hay peligro.

- Siempre lo hay Harry. Tenemos que seguir unidos para evitar que se repita.

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Diecinueve años en el pasado, la historia continuaba modificándose.

- Mi señor…

-¿Dónde está, Bella? –su rostro parecía lanzar imperdonables con la mirada.- Te ordené que la trajeras ante mi.

- En efecto, Señor, pero me dijo que no había tiempo, que le tenía que dar este mensaje –levantó su mano con la que sostenía un pergamino- y me dijo que lo leyera únicamente acompañada por mí. Dijo que era de suma importancia y que…

- Por qué debemos confiar en algo así, amo? Después de todo podría tratarse de una trampa… Alguien utilizando una poción multijugos. Tal vez…

- ¿Acaso te di permiso para que hablaras, Goyle?

- No, pero…

- ¡CRUCIO! –le puntaba con la varita mientras todos retrocedían con temor.

- ¿Acaso te di permiso también para interrumpirme?... ¿Crees que alguien tenga el valor suficiente para mentirme? ¿Piensas que alguien sea capaz de mentirme, a mí? ¿Crees que lord Voldemort pueda ser engañado, eh?

- ¡NO, MI SEÑOR! –se retorcía de dolor

- Mejor así –la maldición cesó- Te conviene recordar con quién estás hablando. No te olvides que yo doy las órdenes. Yo decido en quién confiar y en quien no… Si alguno de Uds. piensa lo contrario lo invito a retarme…

Todos bajaron sus cabezas y guardaron silencio.

-¡Ahora no me hagan perder más tiempo y fuera de aquí! –inmediatamente todos comenzaron a salir- Tú no, Bella, quédate y entrégame ese mensaje.

Bella estiró su mano y Voldemort le arrebató el pergamino con violencia.

- ¿Por qué no la trajiste ante mí?-

- Lo lamento mi Señor pero ella insistió en que no había tiempo… creo que se estaba muriendo.

- ¿Estás segura de que eras realmente tú? –le preguntó con indiferencia.

- Si… mi señor- le extraño la pregunta, sobre todo, por lo que le había escuchado decir segundos antes.

Voldemort desenrolló el pergamino y comenzó a leerlo. Al terminar no pudo hacer nada más que reír, mientras la mortifaga comenzaba a tener problemas para respirar.

-¿Qué ocurre… Amo?... No sé qué me pasa… no puedo… respirar…

- Lo que ocurre, mi querida, es que estás dejando de existir. Después de todo parece que vas a ser mi servidora más fiel. Lástima que no puedas disfrutar de tus privilegios. –seguía de muy buen humor.

- No entiendo –murmuró con un hilo de voz.

- Has viajado en el tiempo a cambio de tu vida…

- Pero…

- Por suerte la Bellatrix del futuro no era tan estúpida como tú.- la observó indiferente.

- Me duele… mucho – comenzaba a temblar de manera fuerte.

- Lamento informarte –improviso un falso rostro de angustia- que nada puede hacerse. Me sería muy fácil interrumpir tu sufrimiento pero ese me impediría modificar el futuro. Has viajado muchos años en el tiempo y parece que con la fuerza vital de tu "yo" futuro no resulta suficiente… Te repito… es una lástima que no puedas disfrutar de tus privilegios.- Su ojos parecían más crueles y rojos que de costumbre.

- Máteme… por favor- su sufrimiento era imposible de soportar. Su cuerpo se convulsionaba mientras su energía era extraída, golpeándose contra el deteriorado piso de madera con cada sacudida.

- No flaquees Bella, después de todo, tu sacrificio, me hará inmortal.

La muerte no tardó en venir y con ella cesaron el dolor y los lamentos. La cuenta parecía saldada y la misión por momentos imposible, había sido cumplida. El cuerpo de la mortífaga se desvaneció en la nada. Solo restaba mover algunas piezas.

- No es necesario que continúes espiándome… Lucius. –Malfoy tropezó desesperado con su propio tobillo y cayó sobre la puerta, abriéndola de par en par.

- No fue mi intención, mi Señor.

- Créeme, Lucius, soy muy consciente sobre tus intenciones. -Su tono sonaba muy misterioso, parecía esconder algún dato importante sobre el futuro del mortífago. –Pero hoy no es el momento…

- ¿Puedo serle de alguna utilidad?.

- Sí, da gracias a que sí- continuaba el tono misterioso- ¿Ha llegado Colagusano?.

- No, mi señor.

- En cuanto llegue esa rata dile que no se mueva de aquí y que espere mi llamado…-el mortífago asintió con la cabeza- en cuanto a Severus, cuando regrese de su misión querrá reportarse inmediatamente conmigo pues tendrá una importante información. Podría decirse que trae una poderosa arma consigo.

- Pero…

- Créeme Malfoy… lo sé… y agradece que esté de tan buen humor pues, de lo contrario, probarías lo mismo que Goyle –el mortífago arqueó todo su cuerpo. Su amistad con Goyle le había contagiado su estupidez- Como estaba diciendo antes de ser interrumpido, cuando Snape se haga presente no permitas que nadie nos interrumpa. De más está decirte que eso incluye espiar por puertas entreabiertas… Muévete.

- Con permiso mi Señor…

Voldemort volvió a quedar solo en la penumbra de la habitación. Sin embargo, el mago más temeroso de todos nunca estaba sólo. Un cuerpo alargado y enorme rondaba a sus pues hablándole en una lengua olvidada.

- No, no… todavía no ha llegado su hora… mientras sus influencias me sean útiles vivirá… pero como sabes mi querida Nagini, Lord Voldemort no perdona.

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El despacho de la directora de Howgards permanecía sumergido en el silencio. Solamente era iluminado por una débil llama verde que provenía de la chimenea. Los cuadros de los antiguos directores permanecían dormidos, mas algunos emitían sonoros ronquidos. Sin embargo, más de uno simulaba su quietud, pues de tanto en tanto parpadeaba rápidamente en búsqueda de algún visitante.

Haciendo cesar el silencio, la leve llama emitió un fogoneo, dejando aparecer de sus restos a un joven de mirada penetrante.

- Que gusto verte por aquí, Harry…

- Qué tal profesor… tanto tiempo.- todos los otros cuadros despertaron de su letargo simulado o no, aunque uno dio un suspiro de fastidio.

- ¿Qué haces aquí?... ya no eres alumno de este Colegio –Pigneas no terminaría de congeniar nunca con este chico.

- Si bien ya no soy alumno, ser el preferido de la Directora tiene sus privilegios. Lamento informarte que tendrás que soportarme un tiempo- El desagrado era mutuo.

- Te pido disculpas Harry, pero ni en vida pude hacerlo callar. Sin embargo, si mal no recuerdas, me fue de utilidad en su momento.

- Lo recuerdo- se apoyó sobre el escritorio.

- Harry…

- Discúlpeme profesor pero alguien más ha intentado esta conversación sin ningún éxito y justamente ocupa este despacho. Si Ud. no fuera una pintura tal vez tendría éxito, pero eso ya es imposible. –el cuadro lo miraba con esos ojos azules de antaño, aunque no mostraban aquélla mirada penetrante- Sí me sorprende profesor, que, siendo Ud. una pintura, haya tomado conocimiento de lo ocurrido. Sin duda, aún muerto, Ud. siempre guarda una carta debajo de la manga.

- Te equivocas Harry, ya no me queda ninguna –el retrato de Dumbledore se acomodó las gafas manteniendo su infinita calma.

- Sigue siendo tan impertinente como siempre, Albus.

- Lo aprendí de su nieto –ojeó con furia hacia Pigmeas- discúlpeme profesor pero estoy muy cansado –Sin esperar respuesta salió del despacho rumbo a la gárgola.

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- Amo, tengo información muy importante que ofrecerle. –Snape estaba muy agitado y alterado como si acabare de descubrir el secreto más preciado. Aún con tanto escándalo, no había conseguido llamar la atención de su Señor que se mostraba indiferente.– He presenciado algo increíble…

- ¿Tal vez una profecía?- Por primera vez lo observó con esos ojos rojos terroríficos.

- Sí, pero cómo…

- ¿Una profecía hecha frente a Dumbledore por Shibill Trelavney sobre el único con el poder para derrotarme?

Severus no entendía nada. ¿Cómo el Señor Oscuro podía conocer lo ocurrido hace instantes, ¿Qué significaba ese tono acusador?. Lo miraba con estupor. Esa noche era muy extraña.

- Comprendo tu confusión, Severus. Tal vez si lees el contenido de esta nota se aclararen tus dudas. –tomó una de sus manos y colocó el pergamino de Bellatrix entre sus dedos.

- Léelo… - le siseó al oído.

Snape lo desenrolló con cuidado y al comenzar a leerlo supo que ahora sí que no comprendía nada. El contenido de la nota parecía una broma macabra que, de no ser porque todo su ser le advertía que no saldría vivo de esa habitación al terminar de leerla, reiría con ganas.

- Sabes una cosa Severus: jamás pensé que tú pudieras traicionarme. Hubiera sospechado de cualquiera, pero justo tú… el Príncipe Mestizo… es una lástima pues tienes mucho potencial para la magia oscura y tener que matarte es... una verdadera pena.

- Señor… esto es mentira. Yo nunca lo he traicionado…

- ¡Pero lo harás y eso me costará la vida!... pero… no te preocupes pues yo no puedo morir… he tomado ciertas precauciones. Ya no tengo más nada que decirte.

- Señor.

- ¡Crucio!- la maldición era tan poderosa que Snape voló por el aire y cayó de un golpe seco sobre el suelo de madera.

- Es necesario que sufras. ¡NADIE TRAICIONA A LORD VOLDEMORT Y OBTIENE UNA MUERTE RÁPIDA A CAMBIO!

Luego de varios minutos interminables la maldición cesó. Snape perecía estar a punto de perder la conciencia. Su estado era lamentable. Aún así, su mente continuaba dando vueltas sin poder comprender lo que estaba ocurriendo.

- Es increíble, por más que he efectuado este hechizo cientos de veces nunca me canso de él. Es mi preferido.

Pero Snape no estaba derrotado todavía. En un momento de distracción de Voldemort, pudo tomar un trozo de madera del piso tan arruinado. Sabiendo que era su única oportunidad de salvación, tomó de su túnica la varita y concentró sus deterioradas fuerzas para lograr un traslador. Sólo en un lugar estaría a salvo del resto de los mortífagos.

- Portus – logró balbucear.

- NO…- gritó con furia, pero fue demasiado tarde. Severus desapareció de su vista sin destino conocido, por el momento.

A kilómetros de distancia, un hombre de cabello grasiento y túnica negra se apareció en medio del bosque prohibido. La maldición había sido en extremo poderosa y ya sin fuerzas para resistir el cansancio, se desmayó.

- ¡Qué ocurre Señor!- El grito de impotencia lord Voldemort fue escuchado por Lucius que, temeroso del humor inestable de su amo, acudió sin otra alternativa.

Pero Voldemort no tenía tiempo que perder. Debía evitar que Dumbledore tuviera tiempo de proteger a los Potter y, ante el paradero desconocido de Snape, tenía que adelantar sus planes. Sus mortífagos debían moverse rápidamente. Tampoco había tiempo para buscar al Príncipe Mestizo. Hizo caso omiso al interrogatorio.

-¿Ha llegado Colagusano?

- Sí…

- Entonces hazlo pasar y que nadie nos interrumpa. Que todos los mortífagos se reúnan. Tenemos una misión. ¡Rápido!. Sin atreverse a preguntar nada salió en búsqueda de la rata y de los demás mortífagos.

El animago no tardó en acudir.

- Me buscaba, Señor…

- Celébralo, Colagusano… por primera vez en tu miserable vida estás en lo correcto. Te necesito para una misión importante. Tal vez la más importante y, aunque parezca una locura, te la daré sólo a ti.

- ¿En serio mi señor? –el merodeador con aspecto de rata estaba tan emocionado como un niño ante un juguete nuevo.

- Créeme que de ser posible se la daría a alguien más inteligente… pero no se requiere inteligencia para esta misión sino de… ciertos contactos… contactos gracias a los cuales gozas del privilegio de estar ante mí.

La cara de felicidad del mortífago desapareció inmediatamente. Había comprendido que esta misión implicaba a la Orden y a sus amigos.

- Escúchame bien mi querida rata ya que no puedes fallar… Debes matar al hijo de los Potter y debes hacerlo esta misma noche.

- Pero no ha nacido todavía...

- ¡Y es por eso que lo tienes que matar!- el innombrable, con un leve movimiento de su varita, lo lanzó hasta hacerlo chocar contra una de las paredes de la habitación en penumbras. Colagusano comenzó a temblar de horror ante el pedido de su amo. Sabia que un "no" significaba la muerte más dolorosa.

- Es muy importante que Lily Potter sobreviva, y también que el ataque sea sorpresivo. Por ningún motivo debes darle una posibilidad de reacción o defensa.

- Pero mi señor, eso es imposible. Ella siempre está acompañada por James o por Sirius. Yo no puedo…

- No te preocupes que no dependo de tus habilidades de mago para esta misión. Habrá una distracción. Creo que un ataque en masa sobre San Mungo, encabezado por mí, será razón suficiente para que todos los miembros de esa maldita Orden, incluso esos dos estúpidos, acudan.

- Entonces qué es lo que debo hacer, Amo… -intentaba mostrar seguridad pues temía que leyera sus pensamientos.

- Lo primero es no dudar a quién sirves... pues te aseguro que si le temes a tu conciencia, más deberías temerme a mí, ¿es que no recuerdas de lo que soy capaz?. ¡Ni la muerte puede conmigo!

- No, mi señor yo nunca he dudado… siempre lo serviré.

- Mejor así, pues de lo contrario no podré negarle más a Nadini que seas su alimento…

- No, Amo, solamente dígame sus órdenes y yo las cumpliré… -Colagusano, temblando de terror, se arrodilló hasta casi besar los pies de Voldemort.

- Acudirás a la casa de los Potter. Te ofrecerás para cuidar de la sangre sucia mientras Potter y Black acuden en auxilio de San Mungo. En cuanto estén solos, de imprevisto, le lanzarás el hechizo de magia negra que se te ocurra, aunque debes cuidar de no matarla. Mientras su hijo muera la misión estará cumplida. Luego acudirás al cuartel y esperarás mis instrucciones. Ya no me servirás de espía, por lo cual, deberé encontrarte alguna utilidad.

- ¿Y Dumbledore?... –preguntó con espanto.

- Causaré tantos destrozos en San Mungo que tendrá que acudir. Yo me ocuparé de él. Ahora desaparécete que tengo que preparar un ataque… ¡Ahora!.

El traidor salió disparado del lugar, no sin antes divisar la mirada del Señor Tenebroso. No tenía opción. Sabía que sus amigos buscarían venganza, pero su señor tenía formas de persuadirlo y todas eran mortales.

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Howgards permanecía igual que siempre. El paso del tiempo no se hacía notar en los pasillos del Colegio, que albergaban en el interior de sus muros, la magia de antaño.

Al recorrerlos, miles de recuerdos se trasportaban por cada fibra de su ser. Todos, buenos e ingratos, fluían desde el pasado, con un toque de nostalgia. Ellos lo habían transformado en la persona que era. Aún sus más desdichadas experiencias, casi todas cercanas a la muerte, supieron contribuirle justamente para evitarla.

Rostros ausentes aparecían como fantasmas en su memoria. Ahora que por fin todo estaba terminado, el futuro por venir le parecía tan vulgar que temía no encontrar nada qué hacer con él.

Pero más pronto de lo esperado, todas esas incógnitas desaparecerán. Increíblemente, como una segunda condena, todo deberá repetirse. Pero esta vez será distinto pues ya no estará solo. Sin embargo algo lo atormentará más que su propia muerte: el temor a perderlo todo, de nuevo.

Así, sin poder imaginarlo, ya no pudo dar el siguiente paso. Sus piernas dejaron de responderle haciendo que su cuerpo cayera al suelo, dando un golpe seco. Su vista se nubló y un dolor desgarrador lo atravesó como una lanza que, al clavarse en él, quisiera arrancarlo de la realidad.

Un grupo de alumnos que habían decidido escapar de los festejos oficiales del Gran Salón, lograron divisarlo en el suelo. Su cuerpo temblaba pero su voz no le permitía expresar ningún sonido por más que lo intentare. Los alumnos corrieron a su encuentro demasiado tarde. "El Elegido" ya había desaparecido. Segundos después, el grupo de alumnos que lo había divisado sin entender su estado, corrió con su misma suerte.

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Mientras, en el pasado, otra escena de horror era representada frente a cientos de magos y muggles. El lugar elegido: San Mungo; el resultado: muertes.

El desastre era incontrolable. Parecía ser que todos los mortífagos disponibles se habían hecho presentes. Por si ello no fuera suficiente, alrededor de cincuenta dementores se abalanzaban sobre las masas presentes hasta convertir todo en una masacre.

El ministerio, desprevenido ante tamaño ataque, había tardado en reaccionar. Al llegar, los primeros aurores se asombraron por la escena. Los mortífagos sólo tenían una misión: matar la mayor cantidad de personas que fuere posible.

Algo más de treinta aurores no eran suficientes, pues tras cada patronus desvanecido, los dementores volvían al ataque con más furia. Los magos y muggles corrían por sus vidas, pero la mayoría sin suerte, sucumbía ante la imperdonable descargada sobre ellos a diestra y siniestra.

Minutos antes de la aparición de los Aurores, la Orden del Fénix ya había acudido. No eran más de una decena, pero estaban más entrenados que los aurores y con menos temor. Longbottom y Ojoloco Moody peleaban a la par y se complementaban muy bien. Pero quienes más se destacaban eran dos jóvenes.

- Esto es una locura. Parece como si quisiera acabar con todos nosotros de una vez por todas. –James miraba hacia todos lados en busca de magos y muggles indefensos.

- ¡Cuidado! – Sirius se le había lanzado encima, logrando evitar una maldición imperdonable que pasó a centímetros de su espalda.

- ¡Ten cuidado, no bajes tu guardia!

Pero James no logró escucharlo. Algo terrible logró su atención. A escasos metros de distancia una figura alta y delgada, de rostro similar al de una serpiente y vestido con una túnica negra se hizo presente. Los miraba con una cruel sonrisa de victoria.

- Pero miren a quien tenemos aquí. Si es mismísimo James Potter acompañado por su novio –al escucharse esa voz, la batalla se detuvo. Los aurores más inexpertos dejaron caer sus varitas en señal de pavor y derrota. No tenían esperanza de sobrevivir. Los pocos magos y muggles que continuaban con vida, gritaron de horror.

Voldemort apuntó su varita hacia los dos animagos que ya se habían puesto de pie, desafiantes.

- ¡AVADA KEDAVRA!

De pronto, un fogoneo salió de la nada y el canto de un fénix lo rodeó todo. Antes que la maldición lanzada cumpliera su destino, un muro de piedra se levantó frente a James y Siruis. La imperdonable chocó y lo destruyó, pero no alcanzó a los jóvenes.

- Dumbledore –al escuchar ese nombre todos retomaron fuerza. Su presencia, junto a Fawkes, era esperanzadora- Te tardaste mucho… parece que la edad te ha hecho lento.

- Y a ti más sanguinario –frente a él, un anciano vestido con una túnica azul brillante blandía su varita con una maestría envidiable. Su rostro pacífico se había convertido en fuego puro. –Lamento reconocer que he perdido toda esperanza en ti, Tom. Es una lástima… tenías mucho potencial.

- ¡Y lo tengo, viejo inútil! –odiaba su presencia tanto como su absoluta calma.

Un rayo color azul fuerte salió de la varita de Voldemort, pero fue detenido por un escudo color fuego creado por el anciano que, al chocar con el rayo, emitió una suave nota, similar al canto del fénix.

- El único potencial que tienes es inventar formas más cruentas de matar. Pero para la magia ya no te queda nada.

Voldemort hirvió de furia pero, esta vez, Albus fue más rápido. Apuntó su varita hacia el suelo y un rayo negro, casi invisible si no fuere por el cercano amanecer, salió de su varita. Inmediatamente, el suelo comenzó a abrirse creándose una grieta, que se abría en dirección al mago tenebroso.

Voldemort formó un círculo con su varita alrededor sus pies que, de la nada, se posaron sobre hierro sólido. La grieta no pudo atravesarlo, aunque logró que el metal se retorciera, haciendo que casi trastabillara su ocupante.

- ¡Viejo idiota!… -Le apuntó nuevamente pero ningún rayo salió de la varita de Ryddle. Sin embargo, el hierro debajo de sus pies salió disparado hacia el anciano, dividiéndose hasta formar una especie de jaula, que lo rodeó. Ningún hechizo podía atravesarla desde dentro. Tampoco podía desaparecerse.

- ¿Dónde había quedado mi potencial para la magia, Dumbledore?- Voldemort volvió a reírsele en la cara.

- Murió junto con tu alma… -Las garras de Fawkes se posaron sobre el metal y el animal, haciendo gala de su fuerza, lanzó la jaula hacia un costado, destrozándola. Dumbledore apuntó nuevamente hacia el suelo pero tampoco salió rayo alguno de su varita. Sin embargo, la grieta antes interrumpida, avanzó de nuevo. Voldemort saltó hacia un lado, cayendo, de frente, al suelo.

Antes de cualquier reacción posible del Señor Oscuro, un fogoneo apareció delante de los dos animagos. Seguidamente, Fawkes los llevó a metros del combate personal mediante un segundo fogoneo.

Cuando Voldemort estaba preparado para el siguiente contraataque, un mortífago se apareció frente a él.

- Colagusano ha regresado, Señor… misión cumplida…

Entonces la escena a continuación resultó ser grotescamente desgarradora.

- Ya lo ves, te he vencido Albus…. el "Elegido", ha muerto -sin parar de reír a carcajadas con una voz penetrante, dirigió sus ojos rojos a James- Sí, Potter, tu hijo ya es historia…

Dumbledore cerró sus párpados y dejó caer la varita al suelo, en señal de derrota. Había caído en su trampa. Si bien todavía no entendía cómo, había fallado.

- ¡NO! – el grito de desesperación de James lo cubrió todo. Se abalanzó hacia el mago oscuro para golpearlo con sus propias manos. Pero ya era demasiado tarde. Voldemort y todos los mortífagos habían desaparecido.

- Lily… - James, casi si voz, pronunció su nombre y desapareció. Instantes después Dumbledore y Sirius lo siguieron.

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En esta ocasión, diecisiete años en el futuro, una mujer vagaba por los pasillos de Howgards, repitiendo el ritual de todas las noches. Sus recuerdos la atormentaban y la pasividad de su cama no le ofrecía consuelo. Al contrario, la pasividad de los pasillos del Colegio de Magia y Hechicería era lo único que la tranquilizaba. Esta vez, había logrado dormir varias horas, pero el infaltable insomnio no se hizo ausente y la obligó a levantarse. Decidió tomar rumbo hacia la Torre de Astronomía. Su lugar preferido en Howgards. Lo encontraba particularmente hermoso.

Al llegar, una mujer muy conocida por ella, se mantenía de espaldas, inmóvil. Siempre le había sido difícil llevarse con ella, pues en lo más hondo de su ser, y auNque no le fuera grato, la culpaba de lo ocurrido con su hijo. Sin embargo, por insistencia de Albus, siempre intentaba luchar contra ese sentimiento y, una vez más, puso en práctica los concejos del Director.

¿Shibill, estás bien? –la tomó de su hombro derecho y la hizo girar suavemente para observarla. Al hacerlo, todo cambió.

Los ojos de la adivina estaban blancos como la nieve, mientras todo su ser parecía encontrarse perdido en la nada. De pronto, comenzó a hablar con una voz ronca y, a la vez, lejana.

- Aquél que no debió morir regresa… gracias a un poder que el Señor de las Tinieblas no conoce, retornará de la muerte antes del primer rayo de sol del amanecer naciente… y el destino que le fue robado se cumplirá pues, como siempre debió ser, uno deberá morir a manos del otro, ya que ninguno podrá vivir mientras el otro siga con vida… aquel que no debió morir retornará de la muerte antes del primer rayo de sol del amanecer naciente…

Lily Evans se alejó trastabillando nerviosamente hasta dar contra la pared. Respiraba con dificultad. La esperanza olvidada, reapareció.

- ¿Qué te estaba diciendo, querida?...

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Al caer el primer rayo de sol, un joven sin ropas se apareció en una olvidada habitación del Ministerio de la Magia. Inconsciente por el momento, guardaba dentro de sí la única posibilidad del mundo entero.

Un anciano retratado en un cuadro todo desvencijado observaba al joven con una sonrisa incontenible.

- Hace mucho tiempo que te esperaba… Harry Potter.

Perdón por la demora. Me he tardado porque tengo mucho trabajo, aunque no me faltan ganas para escribir. Un cuarto del capítulo ya lo tenía y el resto lo terminé hoy ya que mañana no trabajo. Espero que les guste. Ah, me olvidaba… DEJEN REVIEW, POR FAVOR!