Capítulo 3: La ceremonia
Dos días después, la ciudad de Zefilia se vistió de gala.
El templo había sido decorado con cenefas plateadas y rojas según era la costumbre, así como estandartes donde se exhibía el escudo de la ciudad. El gobernador había proclamado día de fiesta en ocasión de la "confraternidad y afán de colaboración que unía a los dos reinos más importantes de este lado de la barrera" por lo que niños y adultos se concentraban en las calles en aquella mañana soleada. Alrededor del templo sin embargo, el ambiente era menos festivo. Los sacerdotes y sus discípulos se situaban en perfecto orden frente a la puerta, formando un pasillo por el cual Lina, Gaudy y Zelgadis pasaron hasta llegar adonde Luna les esperaba.
Ella, como caballero de Ceipheid iba vestida para aquella ocasión tan especial. Llevaba un vestido vaporoso blanco impoluto, y sobre éste una armadura plateada con algunos acabados en oro, entre los que destacaban dos figuras de un dragón formando una especie de Z; la falda del vestido era plisada y abierta por los dos laterales, con una cinta de color rojo intenso bordada en a parte donde se abría. De igual modo también había cinta roja en los bordes de sus mangas, rematadas por un abultamiento a la altura de los hombros. En su cabeza, descansaba una diadema plateada con alerones que imitaban las alas de un ave y una cadena de perlas enganchada al lado izquierdo de la diadema, que caía en cascada y se confundía con los mechones de su pelo.
- Pero bueno, Lina – fue lo primero que dijo la hermana mayor de Lina cuando les vio aparecer – ¿no te había dicho que te pusieras elegante? Te recuerdo que ésta es una ceremonia oficial… Por lo menos podrías haberte puesto tu Degree Robe…
Lina sudó un enorme gotón al tiempo que un tic nervioso aparecía en su ceja izquierda. La sola mención de la capa con la que la asociación de hechiceros de Atlas le había obsequiado al graduarse le erizaba los pelos de la nuca. Quizás en efecto su traje de aventurera no fuera el más adecuado… pero ella rehuía por lo general de los vestidos y de la etiqueta… y ni muerta se pondría aquella Degree Robe tan cursi de color rosa, y menos para darle un motivo a su hermana de burlarse de ella. Ya había tenido suficiente con aquel comentario jocoso que hizo cuando se la enseñó a sus padres…
- Esteee… es que verás… la-la perdí hace tiempo y no sé donde puede estar… - mintió. En realidad la capa seguía exactamente donde la dejó años atrás: colgada en la parte más honda del armario, allá donde nadie pudiese verla ni supiera de su existencia.
- Conque la perdiste ¿eh? Ya veo… - murmuró su hermana con una sonrisa socarrona. Era evidente que no se creía del todo la excusa de su hermana, pero decidió dejarlo correr al ver que la carroza real de Sailon estaba a punto de llegar frente a las puertas del templo – Está bien, pero haz el favor de no montar un numerito como la última vez… - le advirtió.
Cuando el blanco carruaje frenó ante la expectante comitiva de sacerdotes que esperaba su llegada, todos los presentes se inclinaron en señal de respeto hacia la embajadora de Sailon. Lina y sus compañeros siguieron su ejemplo (en realidad la hechicera tuvo que obligar a Gaudy a seguir su ejemplo porque se había quedado embobado mirando a la carroza) justo en el mismo instante en que Amelia ponía un pie sobre la alfombra roja.
Tal y como correspondía a su estatus y su condición, Amelia también vestía sus mejores galas. Quizás aquel vestido celeste de falda en dos capas y sin mangas no llamara tanto la atención como el de la Caballero de Ceipheid, pero la riqueza de la seda con la que estaba fabricada, así como el bordado en pedrería (diamantes y esmeraldas principalmente) que adornaba la pechera del vestido eran de un gusto exquisito. Era sin duda alguna uno de los vestidos más hermosos jamás fabricados por las manos de los mejores artesanos de Sailon.
Pese a ello, en un gesto de humildad, la princesa admitió que prefería el atuendo que vestía la hermana de Lina al suyo.
- ¡Con ese vestido tan elegante, no tiene nada que envidiar a los míos! – dijo sonriente.
- Lo tomaré como un cumplido, Alteza. – aceptó la caballero el halago – Si nos concede el honor de abrir la comitiva… - la invitó con la mano, haciéndose a un lado para dejarla pasar.
Amelia dio un par de pasos haciendo lo que se le pedía. De pronto, se detuvo, con ademán de haber recordado algo de repente, y entonces, para sorpresa de los sacerdotes de la orden de Ceipheid, se giró y fue rápidamente adonde estaban sus compañeros de aventura.
- ¡Venga chicos! – les animó cogiendo a Zelgadis y a Gaudy cada uno de un brazo - Os he reservado asientos de primera fila ¡ Seréis mis invitados de honor!
- ¿No va esto un poco en contra de la etiqueta? – objetó Zelgadis, no obstante dejándose llevar.
- ¡Espera, no tires tanto…! – protestó a su vez Gaudy, haciendo un esfuerzo por seguir el paso sin tropezarse.
Lina estaba a punto de seguirles, cuando notó que una mano la retenía antes de que traspasara las puertas del templo.
- Espera, Lina. – la hechicera pelirroja se estremeció al oír la voz de su hermana mayor - Antes quiero hablar contigo un momento…
- Lina, dime la verdad¿desde cuándo conoces tú al Sacerdote del Ama de las bestias?
La pregunta que formuló Luna cuando ya estuvieron a solas, le pilló a la Dra-mata por sorpresa.
- ¿Quién…¡Ah, claro, - cayó al fin en la cuenta - te refieres a Zeros…!
- ¿A quién me iba a referir si no? – bufó Luna con una gota de sudor – ¿O es que acaso te codeas con un montón de demonios al día? Porque si es así… - amenazó afilando un cuchillo de cocina delante de sus narices.
- ¡No, no, mujer¿Cómo puedes pensar eso? – balbució Lina tratando de tranquilizarla. Luego, se puso seria y empezó: – Bueno… respecto a tu primera pregunta es un poco largo de explicar… aunque en resumidas cuentas todo surgió por un interés mutuo.
- ¿A qué te refieres?
- Verás… ¿recuerdas cuando te escribí contándote que había descubierto el paradero de una copia de la Biblia Clair? Pues verás, resulta que esa noche…
Lina estuvo alrededor de cuarenta minutos explicándole todo desde el día que conocieron a Zeros (o mejor dicho, del día que se dio a conocer) hasta hoy. Le contó acerca de la Banda del Macho y la primera copia de la Biblia Clair que encontraron allí y que el sacerdote tramposo quemó para evitar que la leyeran, de todas las veces en que el demonio les había liado, arrastrándoles de aventura en aventura siguiendo pistas falsas hasta que dieron con las tablillas originales de la Biblia Clair. Le explicó también cómo acabaron por enterarse, tras el ataque de Gaarv, de su verdadera naturaleza y de su implicación cuasi involuntaria en el plan de Phibrizo, el Amo del Infierno, para destruir el mundo. Y le comentó, por último, su participación en los últimos acontecimientos en los que se había visto involucrada la hechicera, incluida la destrucción de Estrella Oscura.
- En una palabra, tal y como dijo él hace unos días… podría decirse que es un ocasional compañero de viaje. - concluyó la pelirroja – Aunque… también es cierto que sólo nos sigue cuando lo que hago puede serle de utilidad… no sé qué se trae esta vez entre manos, - continuó - pero sea lo que sea, estoy convencida de que acabará por traernos problemas.
- El peor enemigo es aquel del que no es posible adivinar sus intenciones. – meditó Luna, tras un largo rato en silencio, echando un vistazo primero alrededor y luego hacia la puerta principal del templo, donde los últimos sacerdotes que iban a participar en la ceremonia estaban ya entrando – Ojalá pudiera conectar un rato con la mente de Ceipheid para que me diera alguna pista… pero me temo que la ceremonia va a empezar enseguida, no me queda tiempo…
- ¡Bah, no hace falta que te preocupes! – le quitó importancia Lina – Conozco a Zeros, sólo se vuelve peligroso cuando se cuece algo gordo… el resto del tiempo nunca pasa de ser una mera molestia…
- Ojalá tengas razón. – suspiró la mayor de las Inverse antes de, tras echar un último vistazo en derredor, dirigirse junto a su hermana al interior del templo. Una vez dentro, los guardianes que vigilaban las puertas las cerraron tras de sí, sellando con ello el recinto sagrado.
Con el templo ya cerrado a cal y canto y todos los integrantes de su comunidad, sacerdotes, sumos sacerdotes y novicios, reunidos en la gran sala de oración que constituía el núcleo religioso del mismo, la ceremonia dio comienzo. El orbe había sido depositado con cuidado sobre un mullido almohadón encima del altar sagrado, el cual dominaba la estancia al estar situado al final de unas escalinatas (veinticinco escalones en total) por encima del nivel del suelo de la sala. Quince de los sacerdotes invocadores más poderosos del templo subieron con parsimonia las escalinatas, ante la atenta mirada de la Princesa Amelia y sus tres acompañantes. A la cola de la perfecta fila recta que formaba el grupo, estaba Luna, la Caballero de Ceipheid.
- Pst. ¡pst! Eh, Lina – le llamó la atención Gaudy en voz baja, haciendo un esfuerzo por ser discreto - ¿Qué va a hacer toda esta gente?
- Va a empezar la invocación. – respondió ella escuetamente.
- Ah… - murmuró Gaudy y luego permaneció callado por espacio de unos segundos hasta que volvió a preguntar: - ¿Y la invocación para qué sirve?
- ¡¿Otra vez te lo tengo que explicar?! – exclamó Lina exasperada. Al encontrarse con que tres de los sacerdotes que tenían detrás les chistaban con cara de reproche, la hechicera procuró bajar el tono de voz – Bueno, vale, te lo explico otra vez… pero que sea la última¿eh? Mira, lo que van a hacer es invocar el poder divino de Ceipheid para que les preste la ayuda necesaria para quebrar el sello que bloquea el poder del orbe… - a medida que Lina seguía su explicación, los sacerdotes tomaban posiciones, formando un círculo alrededor del altar donde estaba el orbe, separados a dos metros del mismo – El círculo que forman representa la continuidad del flujo de la magia… bueno, olvida eso, es demasiado complicado para ti. Lo que quiero decir es que con ése círculo concentrarán las energías de sus oraciones en un solo punto…
- Y ese punto, es tu hermana¿no? – preguntó el espadachín, al observar que Luna se adelantaba al grupo de sacerdotes, entraba dentro del círculo y se acercaba al altar hasta quedar a apenas unos centímetros del orbe, con las manos extendidas frente a él, pero sin tocarlo.
- Exacto – confirmó la pelirroja – Al poseer una parte de Ceipheid, Luna actuará de "canalizador" de la energía de invocación… Dicho de otra forma para que lo entiendas, la misión de los sacerdotes es llamar al dios Ceipheid para que les ayude y la de mi hermana es de servir de cuerpo temporal para que Ceipheid, a través de ella, use su poder y rompa el sello…
- Aaaaah, claro…
En efecto, tal y como Gaudy vio apenas unos instantes después, los sacerdotes invocadores empezaron a entonar una canción que era coreada por el resto de la comunidad del templo allí reunida en voz baja, en un idioma que le resultaba totalmente desconocido. Lina, que había asistido a alguna que otra ceremonia oficiada por su hermana, en cambio, sabía bien que se trataba de un idioma largo tiempo desaparecido, un idioma que se correspondía con las runas de las antiguas escrituras que los sumos sacerdotes del templo guardaban como un tesoro con sus vidas. Se decía que aquellas escrituras habían sido dictadas al Primer Gran sumo Sacerdote del templo por el mismísimo dios Ceipheid y que por tanto, lo que había en aquel texto sagrado, así como el idioma en el que estaba escrito, era la palabra del dios. De ahí que el aprendizaje de su lectura y pronunciación estuviera limitado a aquellas personas que estuvieran ligadas directamente a las actividades del templo.
Lina, desafortunadamente, no se encontraba entre ellas. Era capaz por tanto de reconocer la importancia de aquellos cánticos, pero no así de traducirlos.
Poco después de empezar los cánticos invocadores, el círculo de sacerdotes se iluminó con un aura de un brillante color azulado. El aura se extendió como una neblina hacia el centro y pronto el cuerpo entero de la caballero de Ceipheid se iluminó y levitó unos centímetros por encima del suelo. Ella echó la cabeza hacia atrás, sin dejar en medio de su trance de canalizar su energía a través de sus manos. Amelia observó con asombro que el flequillo de Luna se echaba para atrás, revelando uno de sus ojos, de un profundo color carmesí, que brillaba con mayor intensidad que el cuerpo de su propietaria.
- ¿Has visto, Zelgadis? – le comentó a su compañero, que estaba a su derecha – Se nota que es hermana de Lina, tiene los ojos rojos como ella…
- Mis ojos no son de un tono tan brillante – corrigió la aludida – Además, sus ojos en realidad son de un color diferente. Sólo el derecho tiene ése color, justo el lugar donde presumiblemente tiene alojada la parte de Ceipheid que la posee…
- Claro… por eso jamás muestra sus ojos… – dedujo Zelgadis.
- Sí. A pesar de que el hecho de poseer una parte del dios es para la gente del templo una bendición, el que una persona tenga los ojos de distinto color se considera de mal agüero… Un creencia un tanto absurda – matizó ella – que obligó a mi hermana a dejarse el flequillo largo para no asustar a la comunidad del templo.
- Y el otro ojo¿de qué color es? - preguntó Gaudy con curiosidad.
- Azul añil – respondió la hechicera – Igual que los ojos de mi madre. De hecho – añadió sonriendo – mucha gente suele decir que ella ha salido a mi madre. Yo en cambio parece ser que soy el vivo retrato de mi padre…
Justo en ese instante, el cuerpo de Luna volvía a posarse sobre el suelo y dejó de brillar. Tuvo que apoyarse un instante sobre el altar debido al gasto considerable de energía (que parecía haber afectado más a los sacerdotes invocadores que a ella; muchos tuvieron que ser llevados en brazos por algunos de sus compañeros al haberse desmayado por el esfuerzo) pero recuperó rápidamente la compostura y bajó las escalinatas detrás de los sacerdotes muy ceremoniosamente, para luego dirigirse hacia donde se encontraba, aguardando, la princesa de Sailon.
- Ya está hecho. –anunció – Ahora os toca a vos, alteza.
Ella asintió con gesto cortés y se dirigió hacia el altar, despidiéndose de sus compañeros con un discreto agitar de la mano.
Subió poco a poco las escalinatas, como habían hecho los sacerdotes antes que ella. Sin embargo, cuando apenas estaba ya a punto de tocar el orbe, una voz interrumpió su acción:
- ¡Vaya, vaya¿Empezando sin mí? Tsk, tsk, qué mala eres, Amelia… con lo mucho que sabes que me apetecía estar presente en la ceremonia…
Todas las cabezas presentes se volvieron sorprendidas hacia el hombre del que había provenido la voz. Zeros, que acababa de hacer acto de presencia entrando por el pasillo principal, se rascaba la nuca con aire algo despistado a medida que avanzaba hacia el altar, sonriendo como si no hubiera roto un plato en su vida.
Luna, con una mezcla de rabia y miedo, se volvió a uno de los sacerdotes que guardaban las puertas del templo, pidiendo explicaciones mientras le agarraba con furia del blanco cuello de la camisa.
- ¡¿Cómo ha logrado entrar¡¡Ordené expresamente que no debíais dejar pasar a nadie ajeno a la ceremonia o al templo!!
- Mi-mi señora, yo…. – balbució el joven sacerdote, aterrado ante la mirada llena de furia de la mujer – Juro, que no sabía nada… ése hombre…. se presentó como sacerdote de Ceipheid, hasta me mostró el sello de la orden, yo…
Por toda réplica, la Caballero de Ceipheid le pegó un puñetazo directo antes de advertir al templo entero con voz comandante:
- ¡NO DEJÉIS QUE SE ACERQUE AL ALTAR¡ES UN DEMONIO!
Prácticamente al unísono todos los sacerdotes y sacerdotisas de Ceipheid se abalanzaron sobre Zeros empezando a conjurar el hechizo más poderoso que se supieran, sin embargo el sacerdote-general de Zellas Mettalium extendió hacia ellos la enguantada palma de su mano derecha, haciendo que todos ellos cayeran varios metros hacia atrás, como si un fuerte viento los hubiera empujado violentamente. Luna atrajo hacia sí su lanza y cargó hacia él con la fiereza del guerrero que le caracterizaba, pero el escurridizo demonio la esquivó trasladándose al plano astral antes de aparecer de nuevo detrás de ella a escasos metros del altar, pillándola por sorpresa.
Lo único que separaba a Zeros de su objetivo era la princesa Amelia, que se mantenía firme frente al altar y en posición de ataque.
- ¡Zeros¡Ahora veo bien que tus intenciones eran malignas desde el principio! – le soltó ella en pose justiciera - ¡Aparta ahora mismo tu pecadora presencia de este templo, o si no…!
- ¿O si no, qué? – inquirió el demonio con malignidad en su voz – No me subestimes, Amelia… ante vosotros siempre he mostrado mi cara más amable, pero no olvides que sigo siendo un demonio muy poderoso…
Dicho esto, con un movimiento brusco de su mano hizo que la princesa, igual que los sacerdotes minutos antes, cayera empujada por una fuerza invisible, rodando la escaleras hasta llegar al pie de las mismas, donde sus camaradas se apresuraron a llegar hasta ella.
- ¡Amelia! – Zelgadis fue el primero en exclamar su nombre.
- ¿Te encuentras bien, Amelia? – Gaudy había llegado antes y la ayudó a incorporarse, comprobando que por fortuna la princesa sólo se encontraba aturdida.
- ¡ZEROS! – le gritó Lina al demonio, que apenas se encontraba ya a un metro del altar y el orbe - ¡¿Qué es lo que pretendes?!
- ¡Oh, nada malo, mi querida Lina! – dijo éste sin darle demasiado importancia al asunto – Tan sólo divertirme un poco… por ejemplo, comprobando qué pasaría si este orbe… fuera "accidentalmente" destruido… - añadió empezando a conjurar un aura oscura su alrededor.
- Va en serio… - masculló Zelgadis con rabia.
- ¿Lina, qué hacemos? – preguntó Gaudy, dividido entre la confusión y la preocupación.
Una orden proveniente de su hermana, que corría como alma que lleva al diablo hacia el altar enarbolando su lanza y con los ojos rojos llameantes de furia, terminó por aclararle las ideas a la hechicera:
- ¡¡LINA¡NO HAY TIEMPO PARA PENSÁRSELO, DEBES IMPEDIR QUE TOQUE EL ORBE A TODA COSTA¡¡DEPRISA!!
- Tiene razón… - pensó la hechicera empezando a conjurar el Matadragones – Este templo es demasiado pequeño, pero es lo único que se me ocurre para pararle… "más negro que la oscuridad, más rojo que la sangre que fluye…"
- ¡DEMASIADO, TARDE! – exclamó el demonio sonriendo con satisfacción al tiempo que concentraba toda su aura en la joya de su báculo y lanzándolo contra el orbe como si de un látigo se tratase.
El tiempo pareció detenerse por el espacio de los pocos segundos en los que el rayo negro tardó en contactar con la superficie del orbe.
Éste se estremeció y brilló con fuerza, generando una serie de rayos azules alrededor y elevándose ligeramente en el aire antes de, al cabo de unos segundos que se hicieron tan largos como siglos, volver a caer estrepitosamente sobre el colchón en el que se apoyaba sobre el altar.
Desafortunadamente, el orbe aterrizó unos milímetros más atrás con respecto a su posición original, de tal manera que se deslizó por la suave tela antes de caer al suelo del altar y rodar hacia las escaleras. Uno a uno rebotó por todos y cada uno de los escalones de mármol blanco con una lentitud que resultó hipnotizante para todos los presentes que se quedaron viendo como caía, expectantes y al tiempo temerosos de lo que podía pasar a continuación.
Finalmente rebotó en el último escalón, describiendo una pronunciada curva a medida que se acercaba peligrosamente al suelo. Amelia, rápida de reflejos como nadie, corrió y se tiró en plancha evitando así la fatídica caída. Ya con el preciado objeto a salvo en su regazo, suspiró aliviada.
- ¡PRINCESA, ALEJAOS DEL ORBE! – gritó de pronto Luna.
Y es que sin que Amelia se hubiera dado cuenta, el orbe había empezado a brillar con fuerza. Pronto se vio cegada por la potente luz, chilló…
…. y después, el orbe cayó al suelo del templo. Amelia había desaparecido.
- ¿Q--- qué ha pasado¡¿Amelia?! – exclamó Zelgadis confundido y alarmado.
- ¡Amelia¡¡Amelia!! – chilló Lina cogiendo el orbe y agitándolo primero con aprensión y luego con rabia - ¡MALDITA BOLA DE VIDRIO, DEVUÉLVEME A MI AMIGA…!
- ¡LINA, CUIDA…!
La advertencia de Gaudy llegó demasiado tarde para la hechicera, que empezó a desvanecerse cuando de nuevo una intensa luz surgió del orbe. El auteodenominado protector de Lina, se abalanzó justo a tiempo de agarrarle de un brazo, pero también fue consumido por la luz, al igual que Zelgadis, que falló en su intento de cogerlos a ambos y tirar de ellos fuera del alcance del orbe.
Finalmente éste calló nuevamente al suelo y al ruido sordo que produjo en contacto con las baldosas de alabastro, le siguió un silencio sepulcral.
Tras ordenar con un gesto a los sacerdotes que se alejaran lo más posible, la Caballero de Ceipheid bajó corriendo las escalinatas y se agachó hacia el orbe. Antes de que las puntas de sus dedos siquiera rozasen su suave superficie, retrocedió, empalideciendo visiblemente.
- Vaya, vaya…- murmuró Zeros apareciendo detrás de Luna – ¡A esto sí que lo llamó una desaparición espectacular! Desde luego ese orbe tiene unos efectos más interesantes de los que preveía…
- ¡Maldito…! – Luna le agarró con furia de la camisa mientras parecía acuchillarle con la mirada - ¡¡Debería descuartizarte ahora mismo!!
- Cr-creo que se lo está tomando demasiado a pecho, señorita Luna… - murmuró Zeros sin dejar de sonreír – Sólo ha sido una pequeña broma…
- ¡¡PUES TU MALDITA BROMA NOS VA A COSTAR CARA!!
Zeros frunció el ceño. Percibía la furia desmesurada de aquella que se decía contenía en su ser una parte de Ceipheid… pero esa misma furia estaba entremezclada con algo que al demonio le resultó más que inquietante.
Temor.
- ¡¿Es que no te das cuenta de la estupidez que acabas de cometer?! – le gritó la Caballero de Ceipheid - ¡¡Acabas de activar nada menos que un Orbe del Tiempo!!
CONTINUARÁ…
Free Talk: De nuevo un capítulo que tenía en su mayor parte escrito pero que a causa de la falta de inspiración sufrió un soberano retraso en su publicación… El tema de la explicación de porqué a Luna nunca se le ven los ojos es tan sólo una teoría mía. Algo que yo siempre había imaginado y que de hecho insinué en uno de los capítulos de SLAYERS CONTINOUS y que decidí explotar en este fic. Espero que aunque no sea realmente algo "canon", os guste mi super explicación sacada de la manga XD
Los siguientes capítulos narrarán lo que les ocurrió a Lina y a sus compañeros una vez atravesaron el pasillo temporal provocado por los Orbes del Tiempo. Supongo que ya os haréis una idea de para qué sirven (qué coño, si os lo he chivado en el resumen ¬¬U) pero la historia detrás de estos objetos mágicos es aún más complicada y sus consecuencias mucho mayores de lo que se puede pensar… ¿Cuáles serán? Pues me temo que vais a tener que esperar a las explicaciones, porque ése es justamente una de esos misterios que no se resuelven hasta bien avanzado el fic :P ¡Se siente, impacientes!
Muchas gracias a los cuatro gatos, digoooo, valientes que me reviearon XD Sois todos muy majos (y unos fieles lectores también, ne, Nadesiko-san y Shadir? ;) )
