Del capítulo 3...
-Oye, necesito hablar. – Esta ocasión le preguntó por detrás de su espalda, aventurando si el rubio salía de su ensimismamiento de una vez.
-¿De qué quieres hablar? – preguntó él con sequedad, sin mirarla. Se paseó un poco por la madera que conformaba el suelo de la casa de campo, propiciando pequeños ruidos, sintiendo cómo sus opacos cabellos rubios caían en su rostro. Pero seguía sin mirarla.
Ella lo notó enseguida.
-¿Por qué no me miras?. –
Él se quedó en silencio. Y se introdujo de nuevo en la casa, evadiéndola.
Ella lo seguía. Quería saber el motivo por el cual él no hablaba.
-¿Por qué te vas sin decirme nada? – Decididamente, fastidiaba tener tras las espaldas de uno a alguien necio. Pero¿hasta cuándo se puede aguantar en silencio a la persona que tanto anhelas? Y así, solamente pudo actuar como su instinto se lo había marcado en ese momento ...
Capítulo 4. Miedo a lo desconocido.
¡Cuántos meses llevaba deseando rozar alguna superficie de aquél cuerpo!
Saboreaba a cada instante la comisura de esos labios tan rojos que parecían ser algún pecado tocar. Experimentaba el sabor de lo que sentía, y no descuidaba ningún instante en despegarse de ella. Y su cabello color fuego encendía en sí la llama del incandescente deseo. Y sus manos pasaban con velocidad a su espalda jugando con el broche del atuendo transparente.
¿Qué importaba ahora el linaje? La tenía allí. ¿Qué más podía pedir?
¿Por qué ese joven le provocaba tanto rechazo y repulsión como para querer quitárselo de encima? Sus brazos temblaban, al igual que sus piernas, las cuales oscilaban entre sí coléricamente. Ella no procedía aquel roce. Accionó una mueca de asco mientras él intensificaba el beso, logró juntar sus manos contra el pecho del rubio y lo despegó de sí.
Él fue a dar contra la pared, dañándose la cabeza gracias al contacto con la superficie de la estructura. Ella escapó hacia su habitación y se encerró dentro de ella. Draco mostró enfado y fue hacia ella. Cuando empujó la puerta, vio a la chica agazapada en una de las esquinas, con las manos apoyadas sobre su rostro, el cual mostraba con claridad la señal del miedo coloreado en sus mejillas. ¿Por qué dudaría en andar hacia ella? Después de todo, era un Malfoy. Y un Malfoy no se distinguía por su mala educación ...
-Siento mucho si te hice algún daño. – Ella rehuyó aquellas frías manos que le trastornaban los sentidos. La intensidad de la voz de Malfoy no le convencía, ya que trasponía lo que ella pensaba de él. – Pero no sé qué me impulsó a actuar de esa forma. –
Por fin ella se atrevió a mirarlo. Ese choque de ojos polares la hacía temblar, y más por una sensación algo extraña que despedían, una sensación parecida a un nada profundo.
-Sin conocerme me tocas ... – dijo ella aguantando a duras penas el contacto con el rubio.
-Ya te expliqué que no sé qué me llevó a cometer ese acto. – explicó él tocando apenas la mano de Ginny. La tonalidad de su voz había sido en esos momentos de un hastío prematuro. Cogió aire con ímpetu y continuó, poniendo fin al breve contacto que tenía con la pelirroja. – Ya te dije que me conocerás, pero poco a poco. Ahora tengo asuntos pendientes. – Y sin más, salió. ¿Qué explicaciones podría ofrecerle si no era consciente de lo que estaba ocurriendo?
La pelirroja se quedó donde mismo, temblando gracias a un sentimiento igualando la impotencia. Escondió el semblante sin saber hacer más. Sin decir más.
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-Verá ... Ayer se extravió la hija menor de Arthur Weasley. ¿No la ha visto cerca de aquí? – Le siguió como respuesta una negativa del senil hombre. Una más, y la fe para hallarla pronto disminuía.
Harry caminaba por un mercado mágico muy lejano a La Madriguera. Antes de arribar allí supo que los principales centros urbanos del Londres mágico se hallaban cerca. Los caminos pedrosos que el lugar poseía provocaron varias consecuencias en sí: Sus zapatos se abollaron con una velocidad extraordinaria y sus lentes fueron salpicados de una mezcla de arena y agua, provocando que una parte del lodo producido se colara tras sus gafas, y por consiguiente los ojos, los cuales en consecuencia le escocían.
-¡La maldición imperdonable!. ¡El Avada Kedavra! – escuchó gritar a un hombre de piel morena, ataviado por ropas que a vista de Harry eran estrafalarias, que corría por todo el lugar. Muchos clientes, los cuales hasta ese momento se había dado cuenta de que tenían mucho en común físicamente hablando, se volvían para mirarlos: una orquesta de cuchicheos llegó velozmente a sus oídos. El joven pensaba en las personas valientes que ya decían aquellas palabras. Eso le agradaba, a pesar de conocer los cobardes que aguardaban con cuidado su pronunciación, queriendo huir de su mortal dicción. Pero como dice la frase, la curiosidad había matado al gato. Harry caminó inmediatamente hacia un hombre, el cual era el que se encontraba más cercano a él, quien sin lugar a dudas lo reconoció instantáneamente.
-Eso no importa ahora. Lo que quiero saber es el motivo por el cual mencionan tanto aquella maldición. – dijo el pelinegro atajando cualquier comentario cercano. Sin más, el hombre, de aspecto árabe, respondió.
-Ayer a media noche exterminaron a tres aurores del departamento bélico, igualmente a sus familias. Con fuerza se rumora que los mortífagos están detrás de este asesinato. –El hombre parecía haber entendido la indirecta, y enseguida, Harry cambió su sentimiento al de la angustia, aunque la supo disimular. Solamente pudo susurrar un "De acuerdo. Gracias" demasiado veloz, ya que se retiró prontamente de ahí.
La multitud que atiborraba el lugar con sus chácharas monótonas le escondía favoreciendo su anonimato. Vio entonces los artículos que se vendían en el lugar: no eran de todas las variedades, ya que supo que la especialidad de aquel lugar eran las piezas de arte de contrabando propias de los mortífagos.
El calor que hacía en el mercado era intolerable, similar al que se siente en los lejanos desiertos del Sahara, aquel lugar de bonanzas y desventuras amenas. Su vista halló, por fin, las copas de un árbol donde podría protegerse del calor. Pero lejos de regalarle aunque fuera una queda y suave brisa, produjo en él efectos horribles: Bajo una sombra en tiempos de canícula, uno siente un ardor peor que el bochorno, igual que la presencia del fuego en el fino bosque. Tan veloz como fue se retiró de allí y después de finalizar su extenso camino, casi cuando daba la puesta de sol, llegó al Londres mágico. Extenuado, ingresó al Caldero Chorreante.
Tan pronto como entró, se entregó por completo al ambiente que despedía el lugar. Ese efecto placentero de una alegría momentánea, pero en su caso no existía ningún motivo de haberlo.
Parecía ser que la matanza de los tres aurores era un secreto a voces, por que, a pesar del puesto que ocupaban, El Profeta no había comentado nada al respecto. Al menos los enterados habían sido aquellos modestos mercaderes, por que el lugar podría hallarse ... ¿cercano?
No, decididamente no. Las noticias malas son como aves en el invierno: Vuelan velozmente.
-¡Harry Potter!. ¿Y qué ahora? – Mundungus Fletcher, fiel a su aliento de aguardiente, se hacía notar después de traspasar el humo, que tenía una extraña propiedad de ocultación, que despedía una pipa de la cual aspiraba de mucho.
Volvió a verlo, después de tirar un ejemplar de El Profeta al suelo.
-¿Y qué ahora?. Ginny Weasley. – dijo presuroso de ocupar un asiento y tomar encargo de una bebida.
-¿La pequeña hija de Arthur Weasley?. ¿Qué pasó con ella?. –
-Está desaparecida. – Mundungus abrió la boca en señal de sorpresa. – Ahora mismo me disponía a enviar una nota a los señores Weasley sobre lo que ha acontecido en estos instantes. ¿Sobre ella qué podría decir? – Señaló el pisoteado ejemplar de la publicación de rigor. – Además, asesinaron a tres aurores del Ministerio a base del Avada Kedavra. Y ellos no lo anunciaron. – Harry proporcionó una sonrisa irónica, dirigida hacia un reportero del periódico que lo observaba con cautela y se hallaba lo suficientemente cerca como para escucharlo. – Tienen miedo. –
El viejo pelirrojo abandonó su asiento y fue con un hombre de aspecto fiero. Volviéndose a su deber, Harry terminó de sacar un pergamino y en ella comenzó:
Señores Weasley:
Esta situación apenas da comienzo. No solamente nosotros hemos sido los únicos afectados, por que ahora tres aurores del Departamento de Asuntos Bélicos fueron asesinados usando la maldición imperdonable, según los rumores que circulan en un mercado de magos de ascendencia árabe. Como Hermione les ofrecerá su conocimiento, el Profeta no comentó nada acerca de ello. Irónico por parte de ellos. Mientras, seguiré buscando. Al mismo tiempo que sigan recibiendo estas notas, sabrán lo que está ocurriendo en mi camino.
Mantengan la fe. Un día es tan insignificante como para matarla de golpe.
Harry.
El pelinegro subió hacia unas escaleras, donde esperaba hallar a un ave que pudiera cumplir la labor que él deseaba concluir. Y efectivamente, así fue. Tomó lo más rápido posible a una lechuza de vivaracho plumaje y la mandó a vuelo. Siguió en el bar mientras arreglaba una breve estancia en él, para continuar con lo que él consideraba ahora su única tarea.
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Plick, plick.
Dos sonidos, de forma monótona, gobernaban el mutismo de la miserable estancia. Había, increíblemente, cerca de siete sillas vacías, siendo una paradoja tratándose de la hora de engullir el último alimento del día. Fred y Arthur cenaban en silencio, despacio y con pesadez.
Molly se encontraba en su alcoba, deseando, a cada cercanía de movimientos que sentía, estar sola. Ahí hablaba, sollozaba y rezaba. Luna y Hermione comentaban cosas con un aislamiento inmutable, regalando al viento con frecuencia algún soplo de preocupación. Sus retazos de conversación no eran gran cosa: En ese entonces se imprimió la falta que hacía la Weasley. George y Ron trataban en vano de sacar alguna mueca, muestra de la convicción de fe que mostraban a la situación. Aún así, su sentimiento no cambiaba¿Cómo era posible que en Stoasthead fuera ahora el centro de rapto de los mortífagos?
Aunado a todas estas afirmaciones, Ginny ocupaba su razón de cavilar. El centro de su pensamiento.
-¡Familia! – George volvió a irrumpir en el silencio, deseando arrancar algún gesto. Ron lo miró suplicante, porque ya sabía la reacción que arrancarían.
Hermione fue la única que le respondió, sí, con una mueca ... reprobatoria.
-Ni siquiera piensas en cómo está ahora tu mamá ... ¡Harry volverá con ella pronto!. ¿Lo dudas?. – George reaccionó con un puchero que arrancó un destello de los ojos inquietantes de la Ravenclaw, quien se hallaba al lado de la castaña. Pero de repente, su mirada adquirió una emoción a la cual estaba dejando de acostumbrarse. Un destello de lógica hizo mella. Después de unos segundos, retomó la palabra de forma muy sabihonda. -¿No recuerdas que tu hermana nos comentó que iría a Stosthead por una cita con un joven?. – George y Luna se reincorporaron abriendo aún más los ojos. -¡Tal vez ese chico era Harry!. ¡Y decidieron escaparse! – Aunque por su mente circuló que el de ojos esmeralda había regresado la noche anterior y había prometido regresar con ella, no quitaba el dedo del renglón con respecto a su afirmación. Los dos enterados rieron reservadamente, pensando en aquella probable situación.
-Tal vez sí, tal vez no. – Mientras Fred susurraba esto, Hermione había chistado pidiendo silencio, volviendo su mirada hacia un individuo que se asomaba por la sala. El señor Weasley se hallaba muy alicaído, y no quería tener un motivo más por el cual preocuparse. El hombre se retiró hacia la planta alta. Escucharon claramente cómo su esposa le pedía que se fuera, pero al introducirse en la habitación cerró la puerta de manera rápida. Eran padres, y los jóvenes comprendían a medias los sentimientos que albergaban.
Solamente les quedaba implorar a un ser omnipotente. Mientras pensaban esto, los cinco jóvenes volvieron a su ya usual silencio.
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La ducha fue con su ayuda. Sin ella no habría podido ni siquiera lavar sus manos.
Lo poco que había podido memorizar era casi inútil para ayudarle a saber quién fue en algún momento de su vida. Pero la actitud de Malfoy fue extraña para aquellas condiciones. Pensó que haberse atrevido a tocarle pudo haberle costado caro en su pasado.
Inmediatamente detuvo su camino, y juntó su cara con las palmas de sus manos.
¡Cómo desearía tenerlo de vuelta!. ¡Cómo deseaba saber quién fue en algún momento!
Existen demasiadas ocasiones en las que los seres humanos quisiéramos desprendernos definitivamente de los retratos del pasado que, tarde que temprano, nos persiguen para atormentarnos, hacernos dudar y que caigamos de nuevo en ellos. Pero nunca sabemos lo que decimos.
Y mientras andaba por la habitación, que lucía un fuerte color ocre, la pelirroja se sumía en una nueva angustia. Tenía qué aguantar cualquier situación, además de una persona de la cual no tenía ni la más mínima idea de sus intenciones, el no percibir algún destello que le fuera vagamente conocido.
-La cena está lista. – Una voz ronca le anunciaba en medio de sus tinieblas, las cuales eran invisibles al errado ojo humano.
¿Cena?. Qué palabra más anómala. Cualquier cosa que fuera, atendería el llamado que le había sido hecho. Tantas emociones traía atoradas que lo que se le presentara sería de útil importancia para poder saber, por lo menos un poco, quién era.
Sin embargo, tendría que conocer lo que era cena ... justamente frente a ése.
-Llegabas tarde. – dijo él tranquilamente, infundándose en su negra túnica. Se la acomodaba con un placer por demás insoportable.
Ginny hizo saber su enfado gestando una mueca. Draco no expresó nada: Le recordó aquellos días de colegio, en los que alguna vez pasó el tiempo provocando el enfado de la Weasley ...
-¿Llegué tarde? – inquirió la pelirroja, adoptando una nueva actitud: Todo en aquella sala le resultaba conocido y decidió ya no seguir dudando. -¿A la cena? –
Draco tomó su mano con planeada y forzosa delicadeza. Ella se incomodó pero no hizo saber al rubio aquello. Lo siguió por donde él iba.
Y no tardó en ver una tabla con dos cosas que, según Eva, eran sillas. Encima de lo que se llamaba mesa se encontraban sustancias que a simple vista mostraban texturas que invocaban a quien las observara. A la vez despedían un agradable y cálido olor. Una calidez que invitaba al momento.
-¿Estás a gusto? – averiguó Malfoy con una acostumbrada frialdad.
Ella miraba todo de forma vaga. Quería observar cualquier cosa de la estancia pero se cuidaba de no mirar especialmente a éll. Y esto Draco no lo pasó por alto, aunque mostró otra actitud.
-Eva traerá la cena. Tendría un elfo doméstico, pero es una comunidad de muggles, qué otra cosa haría si no es el momento para entrometerme en problemas. A propósito ... – Y ahora resultaba que ella era su confidente. Ginny exhalaría apenas un vocablo para interrumpirlo, pero no. Draco no la había dejado, y a la vez adoptaba una posición presuntuosa, acomodándose en la silla, y su tono de voz comenzaba más superior que nunca. –Más que nada, necesito que te protejas. Te encontré a la mitad de un paraje ahora peligroso, y se ha iniciado una nueva persecución de personas que ... –
Seguía con su cháchara monótona y carente de sentidos. Ahora carente de sentidos por que tal parecía resultar que Draco era solamente un alma caritativa que en medio de un oscuro camino había encontrado una dócil criatura y la había llevado con él para cuidarla.
Falso. Hipócrita.
Recriminaba con su mirada al frío joven, quien volvía la mirada hacia la sirvienta, quien pulía presuntuosamente la bandeja de plata en la cual había acomodado la cena. Malfoy observaba indiferente los alimentos, los cuales habían provocado una reacción rara en la pelirroja.
Tantas cosas habían de que enterarse ...
-¿Qué esperas? – apuntó finalmente el rubio, tan frío como de costumbre. Él enseguida había comenzado a engullir su comida. Pero Ginny no hacía más que observarlo con detenimiento, con sus dedos rozando una fría y angosta faz: eran los cubiertos plateados. Los había hallado tan parecidos a él. Pasiva, dúctil, así se mantenía mientras su compañero se alimentaba en un silencio planeado. Además, parecía ser compartido. Ni ella ni él producían ni el más mínimo sonido. Los decibeles parecían haber abandonado la estancia.
-¿Qué estás esperando? – repitió Malfoy comenzando a cansarse.
Ginny reaccionó inmediatamente, cuestionando algo que él jamás esperaba escuchar.
-Quiero hacerte una pregunta. – declaró ella con inteligencia y seguridad, ciñendo su rostro, tapando su desesperación.
-Ahora no. – respondió Malfoy volviendo su mirada a sus alimentos, tomando con un dejo rápido la servilleta que se hallaba bien acomodada frente a él.
Y ella reaccionó tan veloz, tan impredecible. El sonido que impulsivamente dejó escapar rebotó en la mesa, sorprendiendo al joven.
-Quiero escuchar el motivo por el que me hallo aquí, contigo. –
Hola. Llevaba casi un mes sin actualizar, lo siento demasiado. Ahora Draco ya ha besado a Ginny: Su obsesión está comenzando a manifestarse. Pero no ha imaginado lo que podría acarrearle a partir de ya.
Y ya les juro que actualizaré dentro de semana y media: El quinto capítulo ya está escrito casi en su totalidad. Aprovecho para agradecerles a toda la gente que ha dejado algún comentario en la historia, e igual a aquellos anónimos que siguen la historia a pesar de no hacerme saber lo que les parece el fic, lo cual espero sea muy pronto. Recuerden que un fic con reviews se ve muy bonito. Espero esto lo tomen en cuenta para esta historia. ¿Me harán ese favor? . :)
