2 - La Estatua del Jardín

Aún faltaban dos horas para el momento en que se servía el desayuno cuando Michiru decidió que era incapaz de permanecer en aquella habitación un minuto más. Tenía la barbilla apoyada en la balaustrada del balcón, y barría con una mirada indiferente el jardín y los demás balcones a su alrededor.

Fue mientras sus ojos vagaban por el laberinto verde, mientras el Sol naciente se perfilaba a sus espaldas, cuando volvió a apreciar los mismos destellos de la noche anterior. Y, como si aquella fuera la señal que estaba esperando, cogió un chal que se colocó sobre los hombros y abandonó la habitación para explorar el jardín.

Hasta que toda visión de la casa se perdió tras los altos setos, no fue consciente de que había traído su violín consigo.

A la vez que intentaba absorber cuanto veía, se esforzaba por descifrar la melodía que le correspondía al jardín. Algo ligero y alegre, se dijo; como la Primavera de Vivaldi, o incluso el Canon de Pachelbel. Comenzó a recordar la música, dejándola fluir por su mente, mientras avanzaba a paso seguro por los cuidados senderos.

Pronto dejó de sentir el suelo bajo sus pies, ajena a todo lo que no tuviera que ver con la música y la frondosidad que la rodeaba. Caminaba más rápido ahora, coronando con gráciles giros los tramos donde la obra alcanzaba sus elegantes crescendos.

Las melodías del canon comenzaron a superponerse, creando un camino diferente por donde podían dirigirse los pasos de su espíritu, que no de su cuerpo, dejando a este atrás.

Empezó a bailar abiertamente ahora, con el jardín como acompañante, y sin darse cuenta fue abandonando los cuidados senderos, y entró en una parte del jardín donde la hierba verde se confundía con el brezo, como si la mano del jardinero la hubiera descuidado durante mucho tiempo.

Y fue entonces cuando un tétrico Do grave nubló el Sol y deshizo la ilusión. Michiru volvió en sí. Y esta vez, su corazón dio un latido de más.


Haruka soltó una carcajada, mientras su respiración y sus latidos volvían a su ritmo normal después de la pequeña carrera. Había burlado al viejo una vez más. Cada vez le resultaba más fácil escabullirse. Sus pies ligeros y su velocidad se habían hecho famosos desde que aprendiera a andar, y pronto se había convertido en el terror de las cocineras (sobretodo cuando horneaban pasteles o galletas). Era de sobra sabido que Haruka podía pasar a pocos centímetros de ti sin que pudieras ver u oír nada hasta que ya era imposible alcanzarla.

Respiró hondo un par de veces. Se desabrochó los botones superiores de su habitual camisa de trabajo y se remangó hasta los codos. Desde hacía años, iba todos los días a aquel olvidado rincón del jardín. Sospechaba que su maestro sabía dónde iba, o para que eran utilizados las herramientas y eventuales sacos de abono que desaparecían de vez en cuando. Pero prefería hacer la vista gorda. Ya nadie paseaba por allí, todos tenían miedo.

Todos menos Haruka.

Esta lo sabía, pero no le importaba. Aquel oscuro rincón en medio del paraíso se había convertido en su lugar secreto, el único donde tenía la certeza de que no la molestaría nadie. O eso había pensado ella.

Porque, mientras arrancaba una mala hierba especialmente crecida, oyó los apresurados pasos de alguien que se acercaba corriendo. Súbitamente asustada, se escondió tras el único sitio que podía ofrecerle protección, justo antes de que un borrón aguamarina se parase en seco ante la estatua.


En la vida de toda persona hay momentos en los que una extraña sensación de fatalidad te embarga, momentos que tienes la tentación de adjudicárselos al destino.

Ese, pensó Michiru, era uno de ellos. Tomémonos con calma esta descripción.

Ante la joven, erguida, con la respiración agitada, y el violín colgando olvidado de una de sus manos, se abría un claro sin setos. Era un claro ovalado, pequeño, de hierba oscura salpicada aquí y allá con ortigas y brezos. Abandonado.

Pero en su centro, rodeado de cuidada hierba verde, se alzaba una estatua. Fue al clavar sus ojos en ella, hipnotizada, cuando aquella sensación de fatalidad la embargó.

La figura, cuyo mármol estaba oscurecido aquí y allá por años de intemperie, parecía atada por la hiedra, pero Michiru estaba convencida de que, si quisiera, con un simple gesto podría liberarse.

Era alta y majestuosa, y solo las enormes alas que nacían de su espalda revelaban la naturaleza angélica de la talla. El poderoso pecho estaba cubierto por una coraza, cuyas extensiones cubrían hasta las rodillas, y sus manos empuñaban una espada que se alzaba imponentemente. La hoja tenía una pequeña mancha rojiza, óxido, probablemente.

Pronto Michiru llegó a dos sencillas conclusiones.

La primera, había llegado al centro del jardín, y aquella estatua era la causante de los destellos que habían llamado su atención.

La segunda, no quería permanecer allí ni un instante más.

Y aún así, su cuerpo parecía tener otras intenciones. Lentamente, y casi sin darse cuenta, extrajo el violín de su estuche. Lo apoyó bajo su barbilla, como tantas otras veces, y con suaves movimientos del arco, comenzó a improvisar una melodía que parecía nacer de su interior.

Pronto fue consciente de que la melodía hablaba de ella, de su vida. Imitaba el sonido de las olas que podía oír desde la ventana de su habitación infantil, su amor por el mar y el arte, los viajes con sus padres.

Y el Sol había dejado de brillar por completo, y una brisa fría parecía inundar el claro. Se obligó a seguir.

Habló de un accidente de tren, de la muerte de sus padres, de la vasta herencia que habían dejado a una joven de diecisiete años sin parientes vivos.

Y la sombra de la estatua parecía alargarse y cambiar de forma, arrastrándose hacia ella. Una gota de sudor recorrió su frente, mientras cerraba los ojos con miedo y se obligaba a terminar.

Habló de Halfmoon Hall, de Haruka, de Setsuna, del tritón coronado de su habitación, de los destellos del jardín, para terminar la melodía describiendo la estatua de un ángel cuya espada parecía estar hecha para un demonio.

Y cuando abrió los ojos, la sombra había pasado, y el Sol volvía a brillar en lo que se anunciaba como un día cálido propio de la estación.

Intentó controlar su cuerpo, y se acercó cuidadosamente al pedestal de la estatua. Entornó los ojos para leer la inscripción.

"An… Angel…"

"Angelus Vengatorum" Michiru se sobresaltó. A la izquierda del pedestal asomaba tímidamente la cabeza de Haruka. "No deberías estar aquí."


Michirutragó saliva y quedó pensativa unos momentos.

"¿Eres tú quien cuida este lugar?"

"Si" asintió Haruka "Aún queda mucho por hacer, pero estoy empezando a repoblar los rosales." Apuntó con la cabeza una pequeña planta que Michiru no había advertido hasta entonces, donde asomaba un pequeño capullo blanco.

"¿Por qué lo haces?" La rubia se revolvió, incómoda.

"No lo sé" admitió. Poco a poco salió de detrás de la estatua, y se acercó a la violinista.

"No me gusta este lugar" susurró Michiru.

"A nadie le gusta." Haruka observó a la joven, envuelta apenas en un chal, con el violín delicadamente en los brazos, y tuvo el impulso de estrecharla contra sí y confortarla, igual que la primera vez que se habían visto, el día anterior. El silencio volvió a extenderse, hasta que Haruka reunió valor para hablar. "Tocas muy bien el violín. Te estuve escuchando. ¿Tocarás alguna otra vez para mí? En otro lugar, claro… en… otro momento." Un ligero rubor comenzó a conquistar sus mejillas, y se sintió como una idiota.

"Usted no lo sabe" empezó Michiru con una media sonrisa. "Pero es la quinta vez que la ayudante de un jardinero me pide que toque el violín para ella."

Rompieron en una risa nerviosa, que duró unos segundos, antes de que un incómodo silencio volviera a instalarse entre ellas.

"¿Por qué no le gusta a nadie este lugar? Esta estatua me resulta muy extraña, está muy descuidada, no como las demás, incluso la espada está manchada de óxido…" Michiru hizo una pausa, y se volvió hacia Haruka, que la miraba extrañamente. "¿Por qué?"

"¿No conoces la historia?" inquirió Haruka a media voz, como si temiera ser escuchada por alguien indeseado. Michiru negó con la cabeza. La rubia frunció el cejo. "Te la contaré. Pero no aquí, este no es lugar para… ven." La cogió de la mano.

La violinista se dejó llevar por la ayudante del jardinero, que recorría el jardín como si conociera cada rincón de memoria. Probablemente así era. Llevaba allí diecisiete años. Desde que fue abandonada, recordó Michiru.

Esta la observó mientras caminaban. Aún iban de la mano, y la de Haruka estaba manchada de tierra, pero no le importaba. Era cálida y fuerte, notó, y la sensación le resultaba agradable. La rubia era bastante más alta, a pesar de ser de su misma edad, y llevaba el corto pelo rubio muy despeinado. La camisa era igual que la que llevaba el día anterior, aunque esta se veía más limpia, y el cuello estaba doblado descuidadamente.

La tela blanca se le pegaba a la espalda por el sudor, y a Michiru le sorprendió la musculatura que podía apreciar, a pesar de la delgadez de Haruka.

Ahora su mirada paso a la cintura de la otra chica, y como la camisa sobresalía desaliñadamente del pantalón de monta en algunas zonas. Tuvo que reprimir una carcajada al pensar en los intentos de Setsuna por convertirla en una ''señorita''. Estaba segura de que Haruka no había estado de acuerdo. La violinista se dio cuenta entonces de que había estado estudiando a su compañera muy fijamente, y apartó la mirada con vergüenza. Aquello no era educado, se dijo.

De repente pararon.

"Bienvenida" dijo Haruka con una sonrisa "a mi casa."

Nadie podía negar que Halfmoon Hall era monumental. Incluso las viviendas de los sirvientes eran dignas de estudiarse, y la casita del jardinero no era una excepción. Aquel lugar era, pensó Michiru, adorable. Una pequeña casita de dos pisos de paredes blancas y tejas rojas, rodeada de una pequeña huerta. Cerca de la entrada, que estaba cercada por una pequeña verja, había un inmenso roble, que por su tamaño debía de haber sido plantado poco después de la construcción de Halfmoon Hall, más de un siglo atrás.

Se encontraban a la sombra de dicho roble, en cuyas raíces se tumbó Haruka despreocupadamente. Michiru se sentó a su lado, cuidadosamente.

La rubia tenía la mirada fija en la copa del árbol, y la violinista se preguntó si no se habría olvidado de que iba a contarle una historia. Fue entonces cuando Haruka comenzó a hablar, dirigiendo su atención a Michiru.

"Antes dijiste que la espada del ángel estaba manchada de óxido. Te equivocaste. No es óxido, sino sangre…"


Nota de la autora: ¿Véis a qué me refería con mi fetichismo con los ángeles? XD. Sea como sea, lo mismo de siempre, hacedme saber si queréis leer más, si os gusta o no, si véis algún fallo... lo que sea.

Una autora que os quiere muuuuucho.

West.

Siguiente capítulo: Muerte bajo la Luna Negra.

Servicio de atención al cliente:

Un par de comentarios:

Fetichismo: Idolatría, veneración excesiva. También es la tendencia sexual de fijar a una parte del cuerpo humano o a una prenda relacionada con él como centro de la excitación y el deseo... XD pero en mi caso es lo primero, tengo una extraña fijación con los ángeles con espadas... jejeje ?¬¬- (explicación dedicada a los que viven en la ignorancia ;))

Utena: no pude responder directamente a tu review porque no estabas registrad, pero vamos, que te lo agradezco igual :D. Espero que el capítulo no haya defraudado, es un poco corto, pero no quería rellenarlo y hacer que perdiera calidad (si es que tiene alguna, claro).

Por último, Michiru Tenkaioh (si me equivoco al escribirlo puedes fusilarme), en respuesta a tu comentario: ''Me esperaba que al ser un horfanato hubiera bastantes más niñas, pero mejor poder conocer a todos los personajes de la historia.'', te diré que¡todo a su debido tiempo! No he dejado nada al azar (eso creo).

Y ahora si me despido.

W

DEDICADO A MI CÁDIZ C.F DE MI ALMA, QUE HEMOS GANAO EL TROFEO CARRANZA!

ESE CADI OÉ! WEEEEEEEEE!

(EUFÓRICA)