Capítulo 4.- Konan, regresamos
Abrió los ojos lentamente, aunque le costó lo suyo. Había estado sumida en las sombras durante un tiempo que se le hizo eterno, la mente en blanco...sin sentir su própio cuerpo...Pero al vislumbrar de nuevo la realidad que se abría ante sí, tan sólo vió el bello y conocido rostro de ojos dorados de Hotohori.
- ¿Te encuentras bien...Nuriko? -preguntó amablemente, con visible preocupación.
La chica tardó unos instantes en asimilar donde se encontraba y qué había ocurrido, pero su única reacción fue ruborizarse por completo hasta que sus mejillas adquirieron un color rojo intenso. Se incorporó bruscamente, casi dándole un cabezazo al pobre Hotohori, mirando alrededor en alerta.
- ¿Qué ha pasado? -exclamó- ¿Y Hokai? ¿Y esas chicas?
Pero se detuvo de inmediato, cuando sintió un punzante e insoportable dolor en el brazo herido. Se llevó rápidamente una mano al corte.
- Aún estás desorientada -dijo Hotohori comprensivo, poniéndose en pie y dándole la espalda- Mitsukake, cúrala, por favor.
El chico se acercó a ella e hizo servir sus poderes para sellarle la herida. A medida que lo hacía, le iba explicando a Nuriko lo ocurrido. La chica no pudo hacer más que mirar con compasión hacia dónde se encontraba su amigo.
"Taka..."
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Mientras tanto, Hotohori se dirigió hacia Taka. Chichiri y Tasuki estaban a su lado, sin decir nada, incapaces de encontrar palabras que pudieran calmar el dañado espíritu del muchacho. Éste seguía de rodillas al suelo, con las lágrimas resbalándole por las mejillas, con la cabeza gacha. Su mano derecha sangraba abundantemente, a causa del golpe de ira que había dado hacía apenas unos minutos. Hotohori se acercó a él lentamente, como si temiera la reacción del destrozado ser que ahora tenía ante sí. Titubeando, puso una mano sobre su hombro. Taka se estremeció por el contacto, pero acabó por levantar lentamente la cabeza, con los ojos violácios enrojecidos.
- Taka -dijo Hotohori con la voz firme- te juro...que haré lo que sea por recuperar a vuestro hijo. Te lo prometo.
Taka le miró unos instantes sin decir nada, como si estuviera en shock o algo parecido, pero al final asintió lentamente. Hotohori notó que las manos le temblaban violentamente. Estaba muy afectado, eso era evidente. Pero conseguirían la forma de recuperarlo.
- ¡TAKA! -gritó una voz aguda.
Todos se dieron la vuelta, para ver a Miaka corriendo como alma que lleva el diablo en dirección a ellos. Taka se puso en pie lentamente, mirándola como si fuera la primera vez que la viera.
- Miaka... -susurró.
La chica llegó a toda prisa e, ignorando a todos los demás, se lanzó a los brazos de su amor. Nada pudo detenerla. Hundió la cabeza en el pecho de Taka y lloró desconsoladamente, aferrándose a su camisa con todas sus fuerzas.
- ¡Taka...! -gritó con desesperación- ¡Se lo han llevado! ¡Se han llevado a Hikari...!
- Lo sé, Miaka... -dijo el chico con gran pesar, entornando los ojos- hemos luchado contra él...pero no hemos podido hacer nada...sólo nos estaba distrayendo para poder coger a Hikari...
- Taka... -gimió Miaka inundando su camisa en lágrimas- ¿Y ahora...qué vamos a hacer?
- No desesperes, Miaka -dijo una voz grave tras de ellos.
Tasuki sintió un escalofrío conocido en el cuerpo tras oír aquella voz. Se dió lentamente la vuelta, deseando no ver lo que esperaba...pero encontró aquella "peculiar" cara tras de sí, mirándole de cerca. El chico dió un salto hacia atrás con un grito de terror.
- ¡AH, Taitsu-kun! -gritó.
- ¿Por qué gritas así? -dijo ésta con cara de malos amigos.
- Taitsu -dijo Miaka separándose de Taka y acercándose al igual que todos los demás- ¿Por qué...has venido?
Taitsu-kun pareció estallar de rábia.
- ¡¿Cómo que por qué he venido! -gritó- ¡Porque sois unos inútiles! ¡No puedo creer que os hayáis dejado engañar de este modo!
- ¡Pero bueno, Taitsu-kun! ¡¿Se puede saber qué hemos hecho! -gritó Tasuki alarmado.
- Nada bueno, ése es el problema -dijo Taitsu-kun entrecerrando los ojos- en la primera lucha contra un nuevo enemigo, habéis fracasado.
- Pero...Taitsu -dijo Miaka separándose de Taka- no entendemos nada de lo que está ocurriendo. Primero, Hotohori y los demás aparecen aquí sin saber por qué. Después un lunático ataca Tokio y se lleva a Hikari. ¿No puedes explicarnos qué ocurre?
Taitsu-kun caviló unos instantes, como meditando qué responder. Al final, pero, reaccionó con calma.
- Está bien, os lo explicaré todo -dijo Taitsu-kun- En primer lugar debéis saber que Hokai es un poderoso hechizero que domina la mágia negra. Sus poderes son ilimitados...en parte.
- ¿En parte? -inquirió Hotohori.
- Sólo posee poder mágico absoluto en este mundo. En el libro sus energías són más débiles -dijo Taitsu-kun- por esa razón ha atacado aquí. Pero además...quería apoderarse de Hikari, el hijo de Miaka y Taka.
- ¿Y cuál es la razón, Taitsu? -exclamó Miaka.
Taitsu-kun pareció valorar qué respuesta dar con más aceptación, pero no tardó mucho rato en pensarlo.
- Están sucediendo cosas en el mundo del libro...cosas que amenazan una gran desgrácia -dijo Taitsu-kun- en primer lugar, el país de Kutô tiene nuevo emperador...y los rumores que corren predicen un inminente enfrentamiento.
- ¿Kutô tiene nuevo emperador? -preguntó Hotohori sorprendido- ¿Por qué no ha llegado esa notícia a Konan?
- Porqué el mismo emperador quiere mantenerlo en secreto -dijo Taitsu-kun- Según parece, su intención es apoderarse del gobierno de Konan para adquirir sus territorios. Pero no puede atacar aún. Las tropas aún no están completas después de las guerras que han habido en los últimos tiempos. El emperador quiere asegurarse la victória antes de emprender una campaña militar...y para eso sólo puede hacer una cosa.
- ¿A qué te refieres? -preguntó Chichiri.
- El imperio de Kutô necesita convocar a Seiryuu, su diós guardián -dijo Taitsu-kun con seriedad.
Una pesadez insoportable, una angustia muy poderosa invadió los corazones de los siete guerreros de Suzaku, así como de su sacerdotisa. ¿Seiryuu...? Otra vez el díos dragón... Ninguno de ellos era capaz de pensar en nada más que en aquel frío que había invadido sus almas. Recordaban demasiado bien las luchas interminables contra los siete de Seiryuu...la sangre derramada por aquella lucha...las vidas perdidas...¿Deberían enfrentarse de nuevo a todo eso...? No eran capaces de asimilarlo con facilidad.
- Taitsu-kun -dijo Taka- ¿y...qué representamos nosotros en ésto? ¿Por qué se han llevado a Hikari?
- Porqué Hikari es el shinjazo de Suzaku -dijo Taitsu-kun entornando los ojos- Él nació de la unión entre la sacerdotisa de Suzaku y uno de sus guardianes. Vuestro hijo tiene en su alma el poder sagrado de Suzaku, el único capaz de hacerle bajar de los cielos y utilizar su poder en la tierra.
- ¿Entonces...qué debemos hacer ahora? -preguntó Miaka más confusa que antes.
- Vuestra misión no será fácil -dijo Taitsu-kun firmemente- Debéis hacer muchas cosas y todas a la vez. Pero sois los únicos que podéis impedir la destrucción del mundo que todos conocemos. A partir de ahora empezaréis una búsqueda en la cual debéis encontrar a las siete estrellas de Seiryuu...antes que el emperador de Kutô.
- ¡¿Qué! -gritaron al mismo tiempo Tasuki y Nuriko.
- Taitsu-kun -dijo Taka muy serio- ¿Cómo podremos nosotros ser los encargados de buscarlos? ¿Acaso no recuerdas todo lo que nos hicieron esos siete?
- Por supuesto que lo recuerdo -dijo Taitsu-kun- Mirad, chicos, los siete de Seiryuu se han reencarnado en nuevos cuerpos, igual que vosotros. Y vuestra misión es encontrarlos antes que Kutô, porqué en el caso que vuestros enemigos los allaran antes, recuperarían sus recuerdos como estrellas y seguramente mostrarían su lealtad hacia Kutô. Debemos impedir que eso ocurra, si no Seiryuu podría aparecer de nuevo.
- ¿Y para qué quieren al niño? -preguntó Tasuki sin entender.
- Porqué necesitan los cuatro shinzajos para despertar al diós dragón -dijo Taitsu-kun- otra de vuestras tareas será encontrarlos de nuevo, ya que tras la última vez quedaron dispersados por el mundo del libro.
- Estoy empezando a cogerles manía a los "cacharritos" esos... -dijo Tasuki en un murmullo.
- Sólo hay una cosa que no entiendo -dijo Taka- ¿Qué tiene que ver Hokai en todo este asunto?
- Es evidente que apoya al emperador de Kutô -dijo Taitsu-kun- debéis haceros la idea de que será como Nakago en los viejos tiempos. Deberéis vencerle para evitar que la destrucción acabe con Konan...y con todo el mundo del libro. Si Hokai junto con el emperador de Kutô logran convocar a Seiryuu, el diós de la guerra se despertará de nuevo...e incapaz de soportar sus ánsias de venganza, sembrará sobre la tierra de Suzaku y sobre sus guerreros un caos jamás visto.
Taitsu-kun les miró uno a uno, viendo en sus rostro la frustración por la nueva guerra que se acercaba.
- No temáis a nada, muchachos -dijo- Sois fuertes, habéis pasado muchas veces por esto y confío en que podréis arreglároslas sin ningún daño mayor. No os preocupéis por vuestro estado actual. Os devolveré a Konan y, una vez salgáis del templo de Suzaku, recuperaréis el cuerpo que teníais en vuestra primera aventura, antes de estallar la guerra entre Konan y Kutô. Es todo lo que puedo hacer por vosotros: el resto corre por vuestra própia cuenta.
- ¡Miaka! -estalló una voz.
La aludida se dió la vuelta y vió a una muchacha de cabellos rúbios cenizo corriendo por la calle hacia ellos. Tras ella iban dos chicos, a los que reconoció como Keisuke y Tetsuya.
- Yui... -dijo Miaka cuando la chica se detuvo ante ella- Keisuke...Tetsuya...
- Miaka, ¿qué está ocurriendo? -gritó Keisuke.
- Lo siento, hermano -dijo Miaka apenada- pero debo irme otra vez...al mundo del libro.
- Pero...¿Por qué? -gritó Keisuke- Ya no eres la sacerdotisa. Tu misión en aquél mundo ha acabado. No tienes porqué regresar. ¡No tiene sentido!
- Te equivocas, muchacho -retumbó la voz de Taitsu-kun.
Keisuke miró hacia quien acababa de hablar, sin duda dándose cuenta de que estaba allí por primera vez en todo el rato.
- Tú...¿Tú eres Taitsu-kun? -preguntó casi sin voz, arrugando la entreceja.
- Respondiendo a tu pregunta -dijo Taitsu-kun ignorando su sorpresa- Miaka puede ser perfectamente sacerdotisa se Suzaku de nuevo. Aunque ella ya no sea vírgen, Suzaku ya ha poseído su cuerpo con anterioridad y no tendrá problemas para hacerlo de nuevo. En cuanto a la misión de Miaka, no está concluida.
- ¿Cómo que no? -gritó Keisuke.
- Konan ha sido atacado después de la primera vez que Miaka entró en el libro -dijo Taitsu-kun- La misión de la sacerdotisa es garantizar la paz y la seguridad del imperio que protege para siempre. No ha acabado con su misión. Ni siquiera yo sé qué le depara el futuro a Miaka, pero su misión es mucho más importante que la del resto de personas que han entrado en el libro. Sólo depende de ella...descubrir qué es.
Tras esto, Taitsu-kun se deshizo en la nada, regresando a su mundo. Keisuke se acercó a Miaka lentamente y le puso las manos en los hombros, clavando sus ojos castaños en ella.
- Sabes que no estás obligada a ir... -dijo- No quiero que te pase nada...Leyendo ese libro...ocurrieron muchas desgrácias que no me han gustado nada...pérdidas, guerras, muertes...No podría soportar...que te ocurriera lo mismo a tí...
Miaka le miró unos instantes, consciente de que Keisuke trataba de comportarse como un hermano mayor, aunque sus ojos marrones denotaban la gran preocupación y el miedo que sentía por dentro. Miaka le sonrió dulcemente y le puso una mano en la barbilla.
- No te preocupes, Keisuke -dijo alegremente- no estoy sola, ¿recuerdas? -se dió la vuelta para mirar a sus compañeros- Ellos me protegen. Siempre...siempre están protegiéndome. ¿Cómo puedes temer que me hagan daño?
Keisuke se incorporó y miró destrás de su hermana, dándose cuenta por vez primera de todas las personas que había tras ella. Desplazó lentamente los ojos por ellos, mirándolos uno a uno. Al final, dió un paso adelante y, con una ligera sonrisa, se inclinó frente a Hotohori y Nuriko.
- Debéis prometerme que protegeréis a Miaka pase lo que pase -dijo con seguridad.
- Por supuesto, es una promesa -dijo Nuriko guiñando el ojo.
- La protegeré con mi vida -dijo Hotohori aferrando su espada con fuerza- lo juro por Suzaku.
El muchacho pareció satisfecho y se incorporó con una sonrisa. Pero Yui no parecía más tranquila con aquellas palabras. Se acercó a Miaka, mirándola con aquellos profundos ojos verdes que en ocasiones parecían ocultar tantas cosas.
- Miaka... -dijo lentamente- no quiero...que te pase nada más. Ya has pasado bastante por esta história.
- Yui, no te preocupes -dijo Miaka con una sonrisa- Ya he pasado muchas cosas...y todas han acabado bien. Esto no va a ser nada, ya lo verás. En apenas nada volveremos a estar aquí.
- Taka...por favor -dijo Yui aún preocupada- cuida de Miaka.
- No te preocupes, lo haré -dijo Taka con una sonrisa de seguridad.
Miaka fue hacia Taka y asintió con decisión. Taka levantó una mano y le mostró lo que llevaba entre los dedos a Miaka. El Universo de los Cuatro Dioses del Cielo y la Tierra. La chica levantó una mano y acarició con las yemas de los dedos la portada granate del volúmen. Con decisión, lo cogió de las manos de Taka y lo sostuvo unos instantes. Separó lentamente las páginas, buscando el final de lo escrito.
"La sacerdotisa de Suzaku abrió el libro de los Cuatro Dioses del Cielo y la Tierra, lo que le permitiría volver al interior del mundo que ocultaba..."
Miaka agudizó la mirada y levantó la vista para mirar a todos sus compañeros, que le apoyaban con una sonrisa en los labios. Miaka centró de nuevo sus ojos en las páginas y después los cerró lentamente.
- ¡Konan, regresamos! -gritó con todas sus fuerzas.
De inmediato, una luz roja intensa inundó la noche de Tokio, deslumbrando la vista de cuantos estaban presentes en la escena. Un estallido de energía hizo estremecer hasta las mismísimas estrellas, mientras un canto agudo y mágico retumbaba en los edificios cercanos. Un pájaro de fuego danzante rodeó a Miaka y a sus guardianes y, después...el más absoluto silencio.
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Cuando por fín Yui pudo mirar al frente, con la respiración alterada, sólo vió el libro que Miaka había llevado en las manos instantes antes flotando en el aire, envuelto en una ténue luz roja. Sólo que el resplandor desapareció, el libro cayó pesadamente al suelo, abriéndose por un punto en concreto.
No había ni rastro de Miaka ni de Taka ni de ninguno de los demás. Habían vuelto al mundo del libro.
Lentamente, se inclinó al lado del volúmen y lo recogió. Se sentó con las piernas cruzadas en el asfalto y leyó.
"La sacerdotisa de Suzaku y su séquito regresaron al país de Konan, apareciendo en el templo de Suzaku..."
Al mismo tiempo, el sol radiante de la mañana iluminó la ciudad de Tokio con su resplandor de esperanza, marcando el inicio de un nuevo día...también el de una nueva batalla.
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Miaka abrió lentamente los ojos. Sólo sintió sombras alrededor, una oscuridad envolvente que parecía querer asfixiarla. Sólo notaba los brazos de Taka que la envolvían protectoramente. No estuvieron mucho rato en la oscuridad. En un instante, un destello rojizo deshizo las tinieblas e iluminó doradamente la estancia. Tasuki levantó su abanico en alto, para que las llamas permitieran ver en la oscuridad.
- Tíos, dónde estamos? -preguntó el chico.
- En el templo de Suzaku -dijo Mitsukake.
Todos se dieron la vuelta, sólo para comprobar que, efectivamente, ante ellos se levantaba la imponente estátua del Diós del Sur. Miaka se separó lentamente de Taka y miró en silencio la imagen dorada de Suzaku, su divinidad guardiana.
- Todo es real... -dijo casi sin voz- estamos de nuevo aquí...esto es Konan.
- Oíd, ¿no deberíamos salir ya? -dijo Chichiri llamando su atención.
Con un sólo movimiento de su vara, las dos puertas del templo se abrieron completamente, dejando entrar la cegadora luz de un sol que empezaba a salir por el horizonte, tras las montañas que rodeaban el imperio de Konan. El silencio lo inundó todo por unos instantes, adentrándose incluso en sus mentes, llenándolas de dudas y de miedos. ¿Qué ocurriría exactamente cuando salieran de aquel lugar sagrado y se enfrentaran a la gente? ¿Cómo reaccionarían todos cuando personas que creían muertas o desaparecidas aparecieran de nuevo tan jóvenes como más de diez años atrás? ¿Qué deberían hacer a partir de entonces? ¿A qué se enfrentarían? Nadie era capaz de responder a eso.
- Bueno, será mejor ir tirando -dijo Tasuki acomodando el abanico tras su espalda.
Despreocupadamente, atravesó el umbral del templo y salió al exterior. Tras llegar a la terraza de fuera, le invadió la sensación de que se sentía diferente. Extrañado, se miró por todos lados. Era más bajo...y...se tocó el pelo distraídamente: era corto de nuevo, una mata de pelo rojo intenso.
- Diós mío... -dijo en un susurro, tocándose la cara con una expresión de total desconcierto- pero...si vuelvo a tener diecisiete años...¿qué está ocurriendo?
- Taitsu-kun nos dijo que nos devolvería al estado en el que estábamos en los viejos tiempos -dijo Chichiri saliendo, al lado de Tasuki. Su cuerpo también rejuveneció visiblemente, volviendo a aparentar veinticinco años- seguramente esto nos facilitará las cosas. Además...nunca está mal volver a ser jóven -dijo con una sonrisa.
Uno a uno, todos fueron saliendo al exterior. De inmediato que Hotohori atravesó el umbral, volvió a tener su aspecto de siempre. Más perplejo que ninguno de sus compañeros, pasó una mano por sus largos cabellos grises, mientras levantaba su espada y contemplaba su reflejo. Nadie pudo dejar de notar que se sorprendía de volver a tener aquella apariencia. Al cabo de unos instantes, hizo una sonrisa encantadora.
- Cielos... -susurró- estoy más guapo que nunca...
Una mueca de incredulidad apareció en las caras de los demás. Era evidente que no había cambiado, seguía siendo igual de arrogante...Mitsukake también recuperó su forma de inmediato, justo a tiempo para poder dejar a Chiriko en el suelo, que creció rápidamente para volver a ser como siempre.
Nuriko tardó unos instantes en decidirse: titubeó muchos segundos. Para nadie era un secreto que no le gustaba del todo la idea de volver a ser un hombre. Después de todo, si se había reencarnado como una niña era porqué en el fondo deseaba ser así. Cerró los ojos lentamente y dió dos pequeños pasos hasta el exterior.
Miaka no pudo evitar sonreír cuando vió a su antiguo mejor amigo tal y como le recordaba. El muchacho abrió aquellos profundos ojos marrones y se miró las manos distraídamente. Al fín, esbozó una ligera sonrisa y se dió la vuelta para mirar a Miaka. Esta sonrió alegremente y corrió a toda prisa a los brazos de su amigo. Nuriko la acogió como siempre, con aquella alegre sonrisa. Pero, de inmediato la chica regresó la vista al interior, donde el último de los guardianes permanecía entre las sombras.
Taka no se decidía a dar el paso definitivo. Aún estaba demasiado reciente en él el recuerdo de los problemas que tuvo con su vida desdoblada. ¿Taka o Tamahome? Le había costado muchísimo tomar aquella decisión...Y ahora, tras cruzar aquél umbral, volvería a ser irremediablemente Tamahome. Suspiró con resignación y avanzó hacia el exterior con los ojos violácios fijos en el suelo. Sus pies pisaron el exterior iluminado por la luz del sol naciente. Levantó la vista para mirar a Miaka. La chica se había quedado sin habla, simplemente mirándolo con aquellos enormes ojos color miel fijos en él.
Una brisa de aire helado provinente de las montañas barrió todo a su alrededor, haciéndo danzar sus largos cabellos verdes recogidos con tiras rojas como la sangre. Taka se miró detenidamente. Volvía a ser Tamahome. Había vuelto a la época en la cual tuvo diecisiete años. Miró a sus compañeros con indecisión. ¿Qué circulaba en aquellos momentos por sus mentes...? ¿Qué estaban pensando?
Para nada esperó la reacción de la chica que le miraba fijamente. Miaka corrió directamente hacia él y se lanzó a sus brazos, abrazándole con fuerza. Recostó la cabeza en su pecho y sonrió dulcemente.
- No me importa lo más mínimo si eres Taka o Tamahome... -susurró- Yo te quiero seas como seas. En eso consiste el amor, ¿no?
El chico abrió mucho los ojos, emocionado por aquellas palabras. Con una sonrisa, correspondió al abrazo y la estrechó entre sus brazos. Miaka le aceptaba aún siendo Tamahome...aún teniendo el físico de alguien que había desaparecido hacía ya tantos años...Era única, por eso la amaba.
- Grácias, Miaka... -susurró- a partir de ahora, llamadme Tamahome.
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La calma se rompió rápidamente. Unos pasos accelerados subían a toda prisa las escaleras que llevaban al templo de Suzaku. Todos se dieron la vuelta. No esperaban que alguien advirtiera su preséncia tan pronto. Unas voces confusas retumbaban en el exterior de los muros del palacio, como dándo el aviso al nuevo día que se levantaba.
- ¡Sé que está en el templo de Suzaku! -gritaba una voz infantil- ¡Lo sé!
- ¡Boshin, no lo hagas, por favor! -respondía una voz femenina.
Al acto, en lo más alto de la escalera apareció un muchacho de unos doce años, de cabellos castaños recogidos en un curioso peinado, ataviado con unas ropas llamativas y que infundían respecto. Tras él apareció una dama de indudable belleza, de pelo violeta y ojos profundamente verdes. El niño se detuvo en lo más alto de la escalinata, con los ojos agrandados de repente. La mujer que le acompañaba hizo lo mismo, y su rostro adoptó una expresión de absoluto desconcierto. Lentamente, se cubrió los labios con una mano.
- Alteza... -susurró.
Hotohori dió un paso al frente, con sus preciosos ojos dorados más brillantes que de costumbre. Una expresión de absoluta felicidad iluminó su rostro mientras soltaba su espada, que cayó al suelo provocando un gran estruendo. Sin ni siquiera darse cuenta, se iba acercando lentamente a dos de las personas que más quería en le mundo.
- Hokin...Boshin...
Olvidando cualquier tipo de protocolo, padre, madre e hijo se unieron en un urgente abrazo. Hotohori rodeó los ombros de su esposa con ternura, mientras su hijo se aferraba a las ropas de su padre, al que tanto había llegado a echar de menos en su niñez. Miaka observaba aquella imagen con una sonrisa, pero aún así no pudo dejar de notar un discreto movimiento tras ella, de alguien que se alejaba por el lateral del templo. Le dirigió una mirada de disculpa a Tamahome y corrió tras el único que faltaba en el grupo.
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No tardó en encontrarle, estaba sentado en baranda de la parte trasera del templo, mirando al lado de Konan donde aún no daba el sol. Permanecía con las piernas cruzadas elegantemente, aparentemente indiferente a la altura que le separaba del suelo en aquellos momentos. Se le acercó lentamente, sin expresión, sin entender el motivo por el cual su amigo y compañero se había separado del grupo. Le miró en silencio. Los mechones violetas golpeaban su rostro impasible, mientras sus ojos cobrizos estaban completamente perdidos en el horizonte inacabable...lejos, muy lejos...tan lejos que la vista no podía alcanzarle. Miaka no entendía qué le había llevado a separarse así de sus compañeros tan de repente. Se le acercó lentamente y se recostó con los brazos en la baranda sobre la que él estaba sentado.
- ¿Qué haces aquí? -preguntó- Los demás se preocuparan...
- Lo siento -susurró Nuriko entornando los ojos con tranquilidad- no...no he podido evitarlo...
Hizo una sonrisa irónica.
- Me siento tan... -dijo tratando de encontrar la palabra- en el fondo...he sentido envídia...de que Hotohori sea tan feliz...sin incluirme en esa felicidad...
- Nuriko, escucha... -dijo Miaka con los ojos agrandados de sorpresa- vuelves a ser...una chica? ¡Bueno, quiero decir que...en mente...al menos...
- ¿Sabes? Creo que sí -dijo Nuriko con una sonrisa. Dió un suspiro de resignación- Por mucho que me esfuerce no conseguiré cambiar...soy un caso perdido...
Miaka rió agradablemente. Al menos Nuriko no parecía disgustado por aquél hecho. Con ternura, Miaka se acercó a él y le puso una mano en la espalda. Sólo entonces notó con sorpresa que el cabello violácio de Nuriko era más largo de lo que lo recordaba...de hecho prácticamente le llegaba a media espalda. Lentamente, pasó los dedos por los suaves mechones, provocando que Nuriko la mirara de reojo con una expresión perdida. La chica sonrió dulcemente.
- Vuelves a tener el pelo largo...aunque no tanto como antes... -dijo perdidamente. De repente, una gran sonrisa iluminó su rostro- ¡Ya lo sé! Podrías volver a hacerte la trenza...
Rebuscó en el bolsillo de su jaqueta y sacó un lazo para el pelo. Trenzó con cariño los cabellos de Nuriko y, en apenas unos segundos, consiguió una trenza...medianamente decente. Hizo una mueca y se golpeó la cabeza como disculpa.
- Lo siento... -susurró- no tengo demasiada práctica.
Nuriko sonrió con dulzura y se pasó la trenza sobre el hombro derecho, un gesto que había repetido con mucha frecuéncia en su anterior vida.
- Muchas grácias, Miaka... -dijo feliz- siempre consigues...que vuelva a sonreír.
- Deberíamos volver con los demás, ¿no? -preguntó la chica inocentemente.
Nuriko se dió la vuelta sobre la baranda, sin precaución alguna, y aterrizó con ambos pies sobre el suelo de piedra del templo. Sonrió alegremente.
- Tienes razón -dijo echando a andar- vamos, deben estar preocupados...
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Muy, muy lejos...en otro imperio de hecho, una figura oscura se ocultaba entre las sombras de una sala cubierta por las tinieblas. De sus labios surgían unos murmullos tétricos, como una oración silenciosa a la muerte, que era capaz de congelar la sangre en las venas de cualquiera que las percibiera. De repente, una puerta se abrió en un lado de la sala, dejando pasar un potente rayo de luz del exterior.
- Alteza -dijo una voz femenina- Hay notícias.
- Habla -respondió una voz grave.
- La sacerdotisa de Suzaku y su séquito han llegado al palacio de Konan. Al parecer han recuperado su forma como antiguos guerreros.
- Entiendo -respondió la voz- ¿Cómo va la búsqueda de los siete nuestros?
- De momento nada... -dijo la mujer- Pero los mensajeros han encontrado una posible pista...En un pueblecito de las montañas se ha encontrado a un muchacho...apenas un niño, de unos siete años...capaz de crear unas ilusiones increíblemente reales...
- Interesante... -dijo la voz.
- Alteza, ¿cree que puede ser uno de los siete guerreros de Seiryuu?
- Es muy posible... -dijo el hombre poniéndose en pie- Preparad mi carruaje. Yo mismo comprobaré si se trata de uno de ellos...
- De inmediato, alteza -dijo la mujer haciéndole una reveréncia y marchando a toda prisa.
El sujeto permaneció unos instantes inmóbil entre las sombras, sin moverse, ni siquiera parecía respirar. Al final, pero, esbozó una cruel sonrisa en su rostro ostentoso.
- Sacerdotisa de Suzaku...estás perdida...Tanto tú como tus guardianes...No creas que el triunfo será tan fácil para tí...Yo...tengo algo que tú deseas por encima de todo...
El llanto desesperado de una criatura retumbó con fuerza contra los muros del pasadizo, transmitiéndose con claridad...como el eco distante de un lamento.
