Capítulo 5.- Empezar de nuevo. La sombra de la ilusión

La notícia había corrido como la pólvora. En apenas unas horas, todo el imperio de Konan conocía la buena nueva. En cada casa, ya fuera humilde u ostentosa, en cada comercio, ya fuera téxtil o de alimentos...en cada plaza, en cada villa...A todos lados había llegado la notícia de que Hotohori, antiguo Emperador de Konan, había regresado de entre los muertos y había vuelto a la ciudad de Eiyou, a su palacio. Y no era sólo eso, sino que además había traído a la sacerdotisa de Suzaku con él, así como a las seis estrellas de Suzaku restantes. Aquellas nuevas eran lo mejor que la atemorizada población podía esperar, sobretodo en aquellos días, con los recientes rumores de una movilización militar en Kutô. Sólo hacía unas horas que el sol había salido, pero ya eran muchos los curiosos que se acercaban al palacio de Eiyou para comprobar con sus própios ojos aquello que todo el mundo consideraba uno de los mayores milagros de todos los tiempos.

La aparición de Hotohori había encogido de sorpresa y emociones los corazones de todos aquellos que habían sido sus hombres de confianza. Ninguno de ellos era capaz aún de creer que el más grande emperador que jamás había tenido Konan hubiera regresado a la vida, con el mismo aspecto imponente de doce años atrás. Aún ya no siendo el emperador, su simple preséncia imponía un respeto nunca antes visto. Un poco agotado de tantas preguntas y miradas curiosas, Hotohori había ordenado a todo el séquito de palacio que le dejaran sólo, únicamente con la preséncia de la sacerdotisa de Suzaku, las seis estrellas, su mujer y su hijo. Acatando aquella órden sin vacilar, todos salieron de la sala de reuniones, respetando la intimidad de las personas más importantes del imperio en aquellos momentos.

Hotohori tomó asiento en su la mesa de madera dorada que tantas veces había ocupado hacía años, con Boshin a su derecha. Hokin se mantuvo a un lado, como siempre, sin inmiscuirse en los asuntos del gobierno. Miaka y el resto de guardianes se mantuvieron frente a ellos. El silencio reinó por unos instantes, hasta que Hotohori lo rompió con firmeza.

- Debemos tomar una decisión -dijo con seguridad- Tenemos muchas cosas que hacer y todas a la vez...Esto puede ser un problema. Por un lado, debemos encontrar de nuevo los shinjazos de los cuatro dioses, que, según Taitsu-kun, están esparcidos por el imperio. Y además está el asunto de los guardianes de Seiryuu...también es nuestro deber localizarlos con éxito...Y sobretodo lo primordial es encontrar al hijo de Miaka y Tamahome.

- Alteza, creo que lo primero sería decidir qué prioridad tenemos y no tratar de abarcarlo todo de golpe -dijo Chichiri sábiamente.

- Tienes razón, Chichiri -dijo Hotohori cerrando los ojos y recostando la frente en las manos- Pero ni siquiera sabemos por dónde empezar.

- No te preocupes por eso, Hotohori -dijo Miaka con una gran sonrisa- Cuando tuvimos que encontrar a las siete estrellas tampoco teníamos ninguna pista, y aún así acabamos dando con ellos.

- Pero en aquella ocasión teníamos el espejo de Taitsu-kun -dijo Nuriko pensativo.

De repente, todos se quedaron petrificados, con los ojos bien abiertos. En un sólo parpadeo, todos miraron a Miaka fijamente.

- ¡El espejo! -exclamaron a coro.

- Es verdad -dijo Miaka rebuscando en su ropa- Aún lo tengo...Lo he guardado todo este tiempo, y no me he separado de él...

Sacó rápidamente el objeto a la vista de todos. No era más que un simple espejo circular con un cordel de terciopelo, pero en otro tiempo mostraba claramente la cercanía de las siete estrellas.

- Siempre lo he guardado...era un bonito recuerdo -dijo Miaka sonriendo.

- Pero, si no recuerdo mal... -empezó Nuriko apoyandose en el hombro de la chica, con una sonrisa maliciosa- lo rompiste cuando buscábamos a Chiriko...

- ¡Que no lo rompí, Nuriko! -gritó Miaka con rábia.

- Además, aunque funcionara, ¿quién nos ha dicho que detectaría la preséncia de los de Seiryuu? -dijo Mitsukake.

- Es verdad... -corroboró Miaka- Muestra a los de Suzaku, pero a los de Seiryuu es otra história...

- Sea como sea, debemos movernos pronto -dijo Chiriko pensativo- No sabemos qué puede estar pasando, pero estoy convencido de que Kutô ya está buscando a los siete de Seiryuu. Deberíamos empezar a hacer lo mismo si no queremos quedarnos atrás.

Todos permanecieron en silencio un rato, sin ser capaces de decir nada más. Al final, pero, Hotohori se incorporó, tras recapitular sobre todo lo que se había dicho, y llamó la atención de todos.

- Hoy deberíamos descansar de la batalla de esta noche y prepararlo todo para el viaje. Mañana al alba saldremos hacia Kutô -dijo con firmeza.

- Pero, padre... -susurró Boshin, hablando por primera vez- ¿vas a irte...otra vez?

- Lo siento, pero es lo que debo hacer -dijo Hotohori- Los sabios del palacio me han ofrecido volver a ser el emperador, pero creo que es mejor que todo siga como hasta ahora, ¿no crees?. Así podré ir con los demás y cumplir nuestra misión. Tú debes quedarte aquí y velar por la paz del reino. Creeme, Boshin, es lo mejor para todos.

El muchacho bajó lentamente sus ojos dorados y asintió lentamente.

- Lo entiendo, padre -susurró- Lo haré lo mejor que pueda.

- Así me gusta, hijo -dijo Hotohori con una sonrisa. Después recuperó la seriedad- Será mejor que no llevemos a ningún soldado con nosotros...Si somos nosotros ocho solos, llamaremos mucho menos la atención y podremos pasar desapercibidos en caso de que Kutô nos busque...

- ¿Y qué pasa con Hikari? -exclamó Miaka- ¡Tenemos que recuperarlo, por favor!

- Eso es verdad -dijo Hotohori- Pero no sabemos donde pueden tenerlo...

- Lo único que sabemos con certeza es que no le harán daño -dijo Chichiri.

- ¿Y eso por qué? -preguntó Tasuki.

- Porqué Hikari és el shinjazo de Suzaku -dijo Chiriko respondiendo a la pregunta- Necesitan el poder que podrá despertar Hikari, pero para eso aún deben descubrir cómo hacerlo. Entiendo que queráis recuperarlo, es absolutamente comprensible, pero aseguraría que vuestro hijo está a salvo. No le pueden hacer nada, no hasta que reúnan los otros tres shinjazos y a los siete de Seiryuu.

- Chiriko tiene razón -dijo Chichiri- No podemos emprender una búsqueda desesperada del bebé. Eso sólo nos pondría en peligro. Además, no hay forma alguna de saber dónde lo tienen. De hecho, para evitar que le hicieran nada, lo mejor sería encontrar los shinjazos y las estrellas de Seiryuu cuanto antes.

Miaka bajó lentamente la mirada. ¿Qué debía hacer...? No quería dejar a Hikari a su suerte...pero lo que decían Chichiri y Chiriko era cierto. Si encontraban los shinjazos y a los de Seiryuu cuanto antes, estarían garantizando la seguridad de su hijo. Levantó la cabeza con decisión, tras apenas unos instantes de meditación.

- Muy bien -dijo- Vamos a buscar los shinjazos y a los de Seiryuu. Y los encontraremos.

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

La villa no era nada del otro mundo, apenas sí una veintena de casas recogidas en el abrigo de la montaña. Sólo aquella enorme serranía podía proteger a aquellas gentes de las inclemencias del cruel clima de las montañas de Kutô. El hombre bajó del ostentoso carruaje que le había llevado hasta allí y caminó por un suelo de piedras. Todo estaba desierto. La causa era evidente. Todos temían a la veintena de soldados de Kutô que habían aparecido aquella mañana misteriosamente en el pueblo. Un soldado hizo una inclinación ante él y le guió hacia una de las casas. La pobreza era increíble en aquella zona. Una família entera de tres o cuatro hijos habitaban en apenas quince metros cuadrados. Él entró en la casa, con los ojos desacostumbrados a la penumbra, y buscó alrededor. Sólo algo llamó su atención. En un rincón, encogido de miedo entre las sombras, había un niño de unos siete años. El hombre se acercó a él, pero se detuvo al notar que el muchacho temblaba. Le miró detenidamente. El chico tenía los cabellos de un negro azabache intenso, recogidos en el típico peinado masculino. Su piel era de un tono muy pálido y sus ojos...eran de un inocente negro profundo. No pudo pasar por alto que el muchacho sentía auténtico terror de aquella situación.

- No temas, no voy a hacerte nada malo -dijo el hombre acercándose.

- ¡No se acerque! -advirtió el niño entre lágrimas, mientras cerraba los ojos con fuerza.

Al instante, una tremenda vibración sacudió el aire, lo cual hizo detener al hombre. Observó ante su completa perplejidad que una série de sombras empezaron a aparecer delante del muchacho. Al instante, éstas cobraron la forma de muchos hombres, todos ataviados con armaduras de combate, blandiendo arcos, espadas y lanzas amenazadoramente hacia él. El hombre se quedó parado, aunque después esbozó una sonrisa de satisfacción. Era evidente que se enfrentaba a un poder increíble, y aquella fuerza sólo podía provenir de un Seiryuu. Avanzó con tranquilidad, hasta quedar cara a cara con la aparición que tenía delante. Clavó sus ojos en el muchacho.

- No voy a hacerte daño -dijo de nuevo- muchacho, ¿por qué no les ordenas que desaparezcan?

- ¿Qué...qué le han hecho a mis padres...? -susurró el chico entre sollozos.

- Nada, están perfectamente -dijo el hombre- Sólo se los han llevado porqué querían impedir que hablara contigo.

El hombre se arrodilló en el suelo, lo más cerca posible del chico, mirándole con una expresión que trataba de inspirar confianza.

- Escúchame, chico -dijo- Estoy casi seguro de que tú perteneces a las siete estrellas de Seiryuu.

- ¿Yo...? -empezó el niño, mirándole con sorpresa- ¿una estrella de Seiryuu...?

- Dime, chico -murmuró el hombre- ¿Cómo te llamas?

El niño se destapó lentamente los oídos y le miró, aún con las lágrimas amontonándose en sus ojos.

- Saito... -dijo casi en un susurro.

- Muy bien, Saito -dijo el hombre- ¿desde cuando puedes crear estas...ilusiones, por así llamarlo?

- Siempre he podido hacerlo -dijo el niño- al principio aparecían solas, pero poco a poco pude controlarlo.

El chico agudizó la mirada y todos los hombres creados por él desaparecieron en la nada, esfumándose como polvo en el desierto. El hombre quedó impresionado.

- Impresionante -murmuró- Oye, sólo tengo otra pregunta: ¿alguna vez has notado que en tu cuerpo aparezca una marca...anormal? ¿Una letra, un carácter...que brilla cuando utilizas tus ilusiones?

Saito se quedó pensativo unos instantes, pero después se puso en pie por completo y, con cuidado, deshizo el lazo de su casaca azul. Con cuidado, desplazó unos centímetros la cintura del pantalón para mostrar el comienzo de su pierna derecha. El hombre ahogó un sonido de sorpresa.

Sobre la piel pálida del muchacho, brillando con luz azul, estaba marcado el carácter "raíz".

Le miró unos instantes, sorprendiéndose que hubiera sido tan fácil, pero al tiempo complacido. Se puso en pie y miró a Saito con una sonrisa amable.

- Saito, eres lo que he estado buscando -dijo- Eres la primera estrella de Seiryuu que debe invocar al diós dragón. Como tal, debes venir al palacio de Kutô conmigo para poder...desarrollar tus cualidades.

- No lo entiendo, señor... -dijo el chico- Las estrellas de Seiryuu murieron antes de que yo naciera...Me han contado la historia muchas veces...

- Pero se reencarnaron -dijo el emperador de Kutô- Y tú...eres la reencarnación de uno de ellos. Debes ayudarme, Saito, a encontrar a tus otros compañeros...por el bien del imperio...de mi imperio...

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

Tasuki estaba sentado en el alféizar de la ventana. Se había hecho de noche demasiado tarde para su gusto. Aquel día había sido de locos. Se habían pasado todo el día planeando el recorrido que debían hacer para llegar a Kutô, además de preparando víveres y demás cosas para el camino. Se pasó una mano por el brazo. Qué béstia llegaba a ser Nuriko a veces...Miaka había comentado que quería muuuuucha comida, pero Chichiri dijo que era mejor ir ligeros de equipaje. Entonces él, en broma, dijo que no importaba, que ya lo llevaría Nuriko, como todo el resto del equipaje. Un segundo más tarde tenía la cara hundida en la pared de enfrente. Dejando de lado aquellas cosas triviales, les preocupaba aquel asunto. Ya habían vivido en carne própia el tener que dormir en cualquier lugar y pasar hambre hasta encontrar alguna aldea perdida. La verdad, tenía ganas de empezar el viaje. Tenían que pasar por la montaña de Reikaku, así vería de nuevo a Koji y a los de la banda...hacía meses que nada sabía de ellos...Miró hacia dentro. Los demás estaban preparando sus cosas con mucha prisa. Era normal, puesto que todos querían dormir bien aquella noche. No tardó en notar la falta de alguien, a parte de Hotohori, claro, que quería pasar aquellas horas con su mujer y su hijo.

- Eh, tíos, ¿y Miaka y Tamahome? -preguntó.

- ¿Tú qué crees? -dijo Nuriko con una sonrisa- Están por ahí fuera, como siempre.

-------------------------

Miaka y Tamahome estaban en el cobertizo cercano al lago, mirando el reflejo de la luna en el estanque. Estaban uno al lado del otro, sin dirigirse la palabra, sin ni siquiera mirarse...pero aún así eran plenamente conscientes de lo que pensaba el otro. En un momento dado, Miaka se arrimó a Tamahome y suspiró pesadamente.

- ¿Cómo estará Hikari...? -susurró- Me da miedo que le hayan podido hacer algo...

- No temas por él -dijo Tamahome con una sonrisa, tratando de animarla- Ya has oído lo que han dicho Chiriko y Chichiri. Él está a salvo.

- Sí...pero... -dijo la chica bajando los ojos- el no tenerlo aquí con nosotros...tan cerca como lo hemos tenido desde que nació...me hace sentir rota por dentro...como si...me faltara un trozo de mí misma...

Tamahome sonrió dulcemente y, rodeándola por la cintura, la atrajo hacia sí, pegándola a su cuerpo. La chica se quedó quieta unos instantes, impotente a la reacción del chico.

- Te lo prometo... -susurró Tamahome- haré lo que sea para que volvamos a tenerlo con nosotros...

- Tamahome... -murmuró Miaka.

Se miraron a los ojos. ¿Por qué le fascinaban tanto aquellos ojos violetas que veía ante sí? Eran el único rasgo que había permanecido inalterable tanto en Tamahome como en Taka. Seguía transmitiendo todo aquél amor...aquellas ánsias de libertad, de protección...que tanto la habían enamorado. Lentamente, se fueron acercando hasta que sus labios coincidieron, en un suave y tierno beso. Mientras estaba de aquel modo, Tamahome juró de corazón hacerla feliz de nuevo...o mejor dicho, recuperar aquella felicidad...

-------------------------

El día llegó, a su parecer, demasiado pronto. Miaka abrió los ojos lenta y perezosamente y tardó unos instantes en recordar dónde se encontraba. Oyó algo, eran ronquidos. Miró alrededor. Todos estaban durmiendo aún, hechados en sábanas sobre el suelo. Ahora lo recordaba...habían decidido dormir en la misma habitación, ya que a última hora estuvieron hablando mucho de lo que les esperaba. Le sorprendió comprovar que quien roncaba de aquel modo era Nuriko, que estaba durmiendo a su lado. Hizo una mueca de incredulidad y se puso en pie lentamente. Se fue a una habitación a parte a cambiarse. Era el inconveniente de ser la única chica del grupo: todo tenía que hacerlo a parte. Acabó de inmediato y salió al exterior. El frío era considerable en Konan al amanecer. Aún no había salido el sol, pero se atisbaba la luz rosácea del rey luminoso en el horizonte montañoso. Miró una vez más al interior de la habitación antes de cerrar la puerta: aún estaban todos dormidos. Cerró lentamente, tratando de no hacer ruido alguno. Sería mejor dejarles descansar, después de todo no tendrían oportunidad de hacerlo muy a menudo a partir de entonces. Caminó un rato por aquellos pasillos abiertos al exterior que tan bien conocía. Diós, cuantas cosas habían ocurrido en aquél lugar...

Tardó un rato en notar que no estaba sola. Había alguien sentado en la baranda que daba a la parte delantera del palacio. Alguien de largos y brillantes cabellos grises, sentado elegantemente con el rostro en dirección al sol que nacía...Fue como un flash. En aquel mismo lugar le había conocido la primera vez. Estaba tan...majestuoso con aquella vestidura blanca...El chico advirtió su preséncia y giró la cabeza para mirarla.

- Buenos días, Miaka -dijo Hotohori con us habitual voz aterciopelada.

- Igualmente, Hotohori -dijo Miaka con una sonrisa- ¿qué haces aquí fuera? Todos duermen aún...

El chico sonrió y dirigió sus ojos dorados hacia su imperio, que se levantaba más hermoso y próspero cada día.

- Pensaba en Konan -dijo Hotohori levemente- Si fracasamos en esta misión, este imperio podría ser destruído. Tantas luchas, tantas muertes nos ha costado mantenerlo vivo...¿qué haremos si una nueva guerra estalla entre Konan y Kutô?

- Por eso mismo debemos apresurarnos en encontrar a los de Seiryuu -dijo Miaka- Por el momento es lo único que podemos hacer. También yo quiero encontrar a Hikari, pero reprimiré ese deseo para hacerlo todo más fácil.

Hotohori meditó unos instantes en sus palabras, pero al final descendió de la baranda.

- Veo que has madurado, Miaka -dijo con una ligera sonrisa- Casi no creo que aquella chica descerebrada y quejica que conocía se haya convertido en la mujer que ahora veo ante mí...

- ¿Descerebrada? ¿Quejica? -exclamó Miaka enfadada.

Pero acabó por sonreír. Al parecer todos parecían satisfechos de que volviera a estar con ellos. Oyó un ruido tras de sí. Se dió la vuelta para ver a Tasuki y Nuriko despeinados y con cara de dormidos, bostezando mientras de dirigían hacia ellos.

- Bueno, que...¿nos vamos...? -preguntó Tasuki con unas enormes ojeras.

- Sí, vamos, chicos -dijo Miaka con uns gran sonrisa- Konan nos espera.

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

Miraba a través de los ventanales de cortinas blancas a la inmensidad verde que había debajo. Veía a aquel muchacho jugando en el inmenso jardín de detrás del palacio. Parecía feliz...¿Quién iba a decir que en otro tiempo aquél niño inocente había sido un poderoso guerrero, capaz de destruir el alma de sus víctimas con apenas una efímera ilusión? Desde el día anterior, el chico había dado muestras de ese enorme poder, sólo por complacer sus deseos. Era capaz de crear cualquier cosa en una ilusión...tormentas, armas, ejércitos enteros...Sólo si potenciaba aquél poder podría aconseguir recuperar la memória del antiguo guerrero de Seiryuu.

- Alteza... -dijo una voz tras de sí.

El emperador de Kutô se dió la vuelta y miró a la muchacha que había aparecido tras de sí. Los cabellos rubios de ella lanzaron un destello con la luz del exterior.

- Aún dudáis que sea él, ¿cierto? -dijo.

- No, Phobos -dijo el emperador- Estoy casi seguro de que se trata del maestro ilusório de Seiryuu, el guerrero antes llamado Tomo. Pero... esa inocéncia...no le corresponde...

- Aún no ha despertado, señor -dijo la chica en un susurro- Es natural que muestra carácteres infantiles.

- Cierto -dijo el emperador- pero...quiero comprobar si realmente es él. ¿Me lo has traído?

- Sí, alteza -dijo la chica sacando de entre sus ropas una caja dorada con una joya azul.

El hombre cogió la caja de las manos de Phobos y retiró la tapa para mirar su contenido. Un objeto simple, algo que pasaría desapercibido en cualquier situación...pero que había costado un gran trabajo de encontrar en aquella zona.

Una concha, una simple concha. Cuanto poder podía llegar a adquirir en manos de Saito...iba a comprobarlo.

- Perfecto -dijo mirando de nuevo por la ventana- Por cierto, ¿Deimos ya ha partido?

- Sí, majestad -dijo la chica- Ha ido directamente a la frontera entre Kutô y Konan. Esperará que los de Suzaku lleguen...y les seguirá de cerca.

- Es lo mejor, créeme. Ellos tienen métodos para encontrar los shinjazos -dijo el emperador- esperaremos a que los reúnan...y se los quitaremos. Sólo debemos ocuparnos de buscar a los guerreros de Seiryuu. Ya le he advertido a Deimos el poder que pueden llegar a tener los Suzaku...tendrá precaución.

- No entiendo por qué les tememos tanto, alteza -dijo Phobos recelosa- Yo misma me enfrenté a ellos...

- ...y perdiste, debo recordarte, a pesar de que sólo eran unos niños -dijo el hombre con una cínica sonrisa.

- ¡Sólo me descuidé! -gritó la chica- La próxima vez...les derrotaré.

- No estés tan segura -dijo el emperador sereno- tienen cartas muy fuertes en su baraja. Una de sus principales ventajas es su hechicero, Chichiri. Posee unos poderes que van más allá de lo humanamente posible. Ni siquiera él conoce sus límites...También está Hotohori, el líder de los Suzaku. Todo un experto en armas y capaz de liberar una energía implacable. Tamahome, por su parte, es el elegido del diós Suzaku, en quién normalmente volca todo su poder. Chiriko es el cerebro del grupo: a pesar de ser un niño, posee una mente de estratega nato. Siempre aconseja a sus compañeros, acertando siempre. Mitsukake es el guardaespaldas del grupo. Con sus poderes sanadores es capaz de curar cualquier herida. Si el ataque no es contundente y mortal, se asegurará de reparar el daño instantániamente. Después está Tasuki, el domador de las llamas, con su abanico puede carbonizar cualquier cosa al instante. Sin olvidar a Nuriko, que posee en su cuerpo una fuerza física sobrehumana que nadie puede superar...

Dirigió la mirada hacía la chica, que escuchaba en silencio.

- Como ves no está nada fácil para nosotros... -dijo- nos enfrentamos a una fuerza mayor de la que podíamos creer.

- ¡Aún así, no entiendo por qué no me permitís ir con mi hermana a combatirlos! -gritó Phobos furiosa.

- Te necesito aquí, Phobos -dijo el emperador- Tú te ocuparás de los guerreros de Seiryuu a medida que los vayamos encontrando.

- ¡Mi maestro Hokai me habría permitido ir sin pensarlo dos veces! -gritó la muchacha.

La mirada del emperador se oscureció instantániamente.

- Hokai no está ahora aquí -dijo firmemente- Ha desaparecido por un tiempo, ¿lo recuerdas? Ahora soy yo, el emperador de Kutô, quién te ordena.

La chica esfumó de immediato toda su tensión y asintió lentamente, aunque le temblaban las manos violentamente.

- Lo entiendo, señor.

- Perfecto -dijo el hombre- Y ahora...déjame sólo un rato. Debo pensar como actuar a partir de ahora...

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

Les costó bastante terminar de arreglar todo lo necesario. Habían previsto partir al alba, pero se habían entretenido cargando las monturas para el viaje y les había llevado más de lo pensado. Para no llamar la atención, lo mejor era llevar solamente dos caballos. Aquellas béstias tan sólo podían permitírselas unos pocos, por lo que llamaría la atención ir todos con uno. En uno iría Miaka y el otro sería para el equipaje. Eran solamente cosas triviales, pero podrían provocar que fueran descubiertos en su misión.

Llegó la hora de partir. Nadie dijo nada en ese momento. Sabían que se adentraban de nuevo en una peligrosa aventura, de la cual quizás no volvieran con vida. Pero estaban juntos. La sacerdotisa y sus siete guardianes volvían a estar reunidos, y eso les daba ánimos para seguir adelante. Solamente Hotohori sintió defallecer su ánimo ante la idea de dejar a Hokin y Boshin. Pero nada, ni siquiera su família, era capaz de ocupar el lugar de su deber como guardián de Suzaku. Hokin corrió a abrazar a su esposo, quedándose ambos unidos unos instantes, incapaces de separarse. Cuando por fin decidieron separarse, Hotohori acarició con suavidad las mejillas de Hokin, dirigiéndole una dulce sonrisa. Después, miró a su hijo, que no podía apartar los ojos de él. Pronunciando aquella expresión de ánimos, se inclinó a su lado y le puso ambas manos sobre los hombros.

- Confío en que cuidarás de Konan mientras estoy fuera, Boshin -dijo con calma.

- Te lo prometo -dijo el niño lanzándose a los brazos de su padre y abrazándole con fuerza- Seré un emperador digno de ser tu hijo...te lo prometo, papá.

-----------------------

Tamahome miró hacia atrás. El palacio de Eiyou se convertía en un punto en la lejanía, junto con la ciudad. Habían empezado la marcha adentrándose en el bosque, porqué era mucho más difícil que les descubrieran. Hacía apenas media hora que habían emprendido el viaje y los ánimos aún estaban encendidos. Miaka iba hablando a gritos con Tasuki y Nuriko, que no hacían más que pegarse. Naturalmente, Tasuki iba perdiendo. Chichiri, Mitsukake y Chiriko trataban de calmarlos, sin meterse demasiado en la pelea, pues un manotazo de Nuriko era algo serio. Al final todos acababan riendo. El único que parecía distante era Hotohori. Iba andando al lado del caballo, cogiéndo las riendas, mirando al suelo sin decir nada.

- Majestad, ¿os ocurre algo? -preguntó Tamahome preocupado.

- Nada, Tamahome -dijo Hotohori enderezando la cabeza al instante- Sólo pensaba en Boshin...y en Hokin. Me he acostumbrado a estar siempre con ellos. Quizás...hubiera preferido quedarme para protegerlos.

- Señor, ¿puedo haceros una pregunta personal? -dijo Tamahome agudizando los ojos.

- Adelante -dijo Hotohori mirándole confundido.

- ¿Vos...amáis a Hokin...? -preguntó el chico sin andarse con rodeos.

Hotohori apartó la mirada en un suspiro y miró al cielo azul que parecía darles la bienvenida al reino de Konan. Tardó unos instantes en responder, como si meditara la respuesta que debía dar. Pero al final le miró con una ligera sonrisa.

- Debo admitir que al principio no... -dijo casi en un susurro- Quizás...me casé para poder olvidar a Miaka. Pero...después de morir, cuando me convertí en un simple espíritu...mi corazón y mi mente vagaban contínuamente hasta Hokin...No era capaz de olvidarla...Creo que con el tiempo se convirtió en lo único que quería...se convirtió en mi verdadero amor...

- Siento la impertinéncia, señor -dijo Tamahome.

- No importa -dijo Hotohori. Alzó la cabeza con una sonrisa- Ahora estoy mucho mejor.

Todos siguieron el camino que habían decidido, dirigiéndose a un destino que no conocían, pero que se acercaba irremediablemente, hicieran lo que hicieran.

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

El muchacho levantó la mirada para ver los ojos de su emperador mirándole. Hizo descender de nuevo la mirada, que se posó en la cajita azul que el hombre mantenía ante sí. Sin titubear, el chico la abrió. Sus ojos se clavaron fugazmente en el objeto que contenía. Sus dedos rozaron casi instintivamente la superfície de la concha nacarada. Entonces, ante el asombro de quien le observaba, el chico esbozó una sonrisa cruel en su rostro y, sacándo el cascarón de la caja, lo apretó entre los dedos de su mano derecha en un indudable gesto de triunfo.

- Por fín la tengo... -dijo Saito en un susurro- de nuevo siento esa fuerza en mis manos...por fin conseguiré vengarme...de Tamahome...

Tan fugazmente como había hecho aquella expresión, la inocéncia regreso a su rostro. El niño miró a ambos lados, confuso, sin entender aquél flash de imágenes que había sufrido hacía apenas unos instantes. Con un gesto de dolor, fue a despositar de nuevo la concha en la urna. Pero la voz de su emperador le detuvo.

- No me la devuelvas -dijo- Quédatela, es un regalo.

El chico la alzó de nuevo, sin entender nada, especialmente la desmesurada así como tétrica expresión de satisfacción que había en el rostro del hombre que tenía ante sí.

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

El dulce sonido se rompió de inmediato, quebrantando la calma que había reinado por un largo rato. El chico de unos nueve años, de cortos cabellos castaños y ojos intensamente azules, se incorporó de inmediato sobre las ramas del árbol en el que había estado recostado y miró a su compañero.

- ¿Qué ocurre, por qué paras de repente? -preguntó sin entender.

El muchacho que estaba a su lado retiró con cuidado de sus labios la flauta que había estado tocando y alzó la vista hacia el horizonte. Un suave viento removió las ramas del cerezo en flor, provocando que una suave llúvia de pétalos rosados cayera sobre ambos.

- No lo sé... -susurró el chico- He tenido una sensación extraña...

- Siempre tienes sensaciones extrañas -dijo el otro quitándole importáncia, recostándose de nuevo- Toca un poco más, anda...Me relaja mucho -añadió mientras jugueteaba con los dedos con una cuerda con esferas en los extremos.

El chico se quedó pensativo unos instantes, pero después se llevó de nuevo el instrumento a los labios, haciéndo caso al muchacho que tenía al lado, al cual se parecía como si de su mismo reflejo se tratara.

-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-

Ala, venga...ya empiezan a aparecer los Seiryuus...lástima que los malos empiecen antes -

Grácias por leer. A ver si revivimos esta série, que está un poco olvidada .