Cielo y tierra enfrentados
Capítulo 8.- El brillo azul. Preludio del poder
Se trataba de un pueblo cerca del valle de Rosaku. El emperador de Kutô andó por aquél camino de piedras. Prefería hacer aquello sólo. Era la siguiente pista...Había tenido éxito con Saito y ahora le tocaba al siguiente. Estaba seguro de que su objetivo era el segundo guerrero de Seiryuu. Sintió un escalofrío involuntario. Había algo extraño en el aire...una preséncia poderosa pero desconocida...
Se detuvo lentamente, mirando alrededor. Sus ojos se fijaron en un enorme árbol que había al lado del sendero. Una pequeña silueta se recortaba contra la luz del mediodía que llegaba de todas direcciones. Era una niña, de apenas sí cinco o seis años. Intuyó que ya la había encontrado. Se acercó lentamente, dando unos pasos al frente. Ella tenía los cabellos de un color muy claro, quizás violeta, casi blanco, recogidos en dos coletas. Lo que más llamaba la atención era que, con su corta edad, pudiera haber llegado a un lugar tan alto. Dió un paso más al frente.
- No se acerque... -susurró una voz aguda y tétrica.
El emperador se detuvo, mirando aquella figura. Sin previo aviso, la chica se movió un poco. El creyó que se trataba de una ilusión óptica, pero era evidente que no era así. La chica estaba flotando en el aire, a unos centímetros por encima de la rama del árbol sobre la que había estado de pie. Entonces, lentamente, fue descendiendo, hasta que sus pequeños pies rozaron el suelo. Permaneció unos instantes de aquel modo, de espaldas a él.
- Sé...a qué viene... -dijo lentamente- quizás es cierto...puede que yo sea...una estrella de Seiryuu...pero no recuerdo quién soy...ni por qué razón...tengo este cuerpo...
La niña se dió la vuelta. El hombre dió instintivamente un respingo. Los ojos de ella eran de un violeta brillante, encendido...que brillaba. La chica levantó lentamente la mano derecha y se la mostró al hombre. Este ahogó un sonido de sorpresa.
Un señal de Seiryuu. El carácter "cesta".
La chica plegó los dedos tras unos tensos instantes.
- Mi nombre es Takami. Iré con usted -dijo- sólo quiero saber quién soy...he tenido...visiones...veo cosas...que no recuerdo haber vivido...si tienen algún sentido...quiero saberlo...quiero saber...porqué siento que soy dos personas...al mismo tiempo...
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Miaka sonrió alegremente, mientras subía por la escalera que llevaba a la habitación de los chicos. En sus manos llevaba una bandeja con algo de comida y agua. Abrió la puerta con las espalda y entró en la habitación, donde entraban unos tímidos rayos de luz. Sólo había una persona en la recámara, y se alegró de verlo despierto. Nuriko le recibió con su acostumbrada y alegre sonrisa, lo que a Miaka le hizo muy feliz. El chico había dormido durante toda la noche y se despertaba ahora, que ya era mediodía. Se incorporó con cuidado. Miaka sintió lástima al ver su torso lleno de vendajes, pero no comentó nada. Se le acercó con expresión alegre, sentándose a su lado.
- Buenos días -dijo- ¿has dormido bien?
- Sí -dijo él con una gran sonrisa- me siento como nuevo...
- Dentro de un rato subirá Mitsukake y te curará del todo -dijo la chica.
- Estoy bien -dijo Nuriko. Se llevó una mano al estómago e hizo una risita traviesa- pero tengo mucha hambre...
- No hay problema -dijo Miaka despreocupadamente- te he traído un plato de...bueno...esto que no sé como se llama...pero que tiene una pinta...seguro que te gustará...
- ¿Seguro que es para mí? -dijo Nuriko nada convencido.
- Segurísimo -dijo Miaka sonriendo.
- Entonces...¡¿por qué te lo estás comiendo tú! -exclamó el chico quitándole el plato de las manos.
- Lo siento -dijo Miaka como disculpa- Es que hace más de media hora que no he comido...
- Y eso es grave en tí... -dijo Nuriko mirándola de reojo.
Se puso la bandeja sobre las piernas, llevándose los palillos a la boca, pero lo dejó de inmediato, poniendo una expresión más seria.
- Oye, Miaka... -dijo lentamente- perdonadme...por todo lo que ha pasado...hemos retrasado la búsqueda por mi culpa...yo...no quería...
- Nuriko, no pasa nada -dijo Miaka para animarle- no sabíamos nada de todo eso. Es bueno que lo hayas sacado de tu interior...No hubieras estado bien guardándote todo eso -le sonrió y le puso una mano sobre la suya- somos tus amigos, Nuriko...no queremos que sufras...si hay algo, lo que sea...puedes contárnoslo...
El chico la miró sin decir nada, dándose cuenta por primera vez de que tenía gente con quién compartir su própio dolor. De inmediato, una cálida sonrisa iluminó su rostro.
- Muchas grácias...os lo agradezco de verdad...
Miaka le sonrió también, dándose cuanta que volvía a estar bien. Alguien llamó a la puerta. Ambos miraron hacia el umbral cuando la puerta se abrió. El rostro de ojos azules y cabellos castaños de Reiko asomó por la puerta, con timidez.
- Siento interrumpir... -dijo- pero...quería hablar...con...
Miaka sonrió dulcemente y se puso en pie, dejándolos solos, cerrando la puerta tras de sí. El silencio era completamente insoportable. Nuriko apartó la mirada. Le habían explicado que aquella mujer había estado controlada por el enemigo, pero era incapaz de dejar de pensar en aquella expresión maléfica que había visto en aquellos profundos ojos azules. La chica andó con la cabeza gacha y se sentó al lado de la cama. Cerró los ojos con fuerza y, en pocos instantes, las lágrimas corrían por sus mejillas. Nuriko se sorprendió por aquél hecho y giró para mirarla.
- Lo siento... -susurró Reiko- jamás...quise herirte...tú...no tenías la culpa de nada...no...no sé qué me paso...te pido perdón, muchacho...no quería hacerte daño...
- Lo sé -dijo el chico muy serio- usted sólo sentía impoténcia...dolor...rábia...por la muerte de su hermana Byakuren...lo entiendo...pero es mi deber decirle que Byakuren no murió para que vengaran su muerte...murió de una manera heróica...
- Estoy al corriente -dijo Reiko- tus compañeros me lo han dicho...
De repente, una dulce sonrisa apareció en el rostro de Nuriko, que le dirigió una expresión de calma.
- Quería mucho a Byakuren -dijo con añoranza- siempre repartía tanto amor...tanta simpatía...me dolió mucho su muerte...pero me enseñó a creer en el futuro...había perdido el camino...y lo recuperé grácias a ella...
- Sí... -dijo Reiko plácidamente- esa era mi hermana...
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Partieron a la mañana siguiente, con muchos ánimos. Le explicaron a la mujer la situación de Konan y de Kutô y la relación de sus hijos con aquella guerra. Ella lo entendió y aprobó que fueran con ellos. Todo por la paz del imperio, había dicho. Amiboshi estaba feliz de poder ayudar. Sorprendió mucho a su madre cuando le explicó que en otra vida había sido una estrella se Seiryuu. En cuanto a su hermano, aún Shiko, no entendía la razón por la cual debía ir con ellos. Él quería quedarse en la aldea, haciendo cosas normales. Pero su hermano fue contundente.
- Shiko -dijo enfadado- me dijiste que jamás te separarías de mí. Y ahora...¿vas a dejar que me vaya solo?
- Yo...no he dicho...eso... -dijo el niño cruzando los brazos- Iré...si tú quieres. Pero que conste que no me gusta nada esta chica -dijo señalando a Miaka.
- ¡¿Cómo que no te gusto! -gritó Miaka- ¡Mequetrefe, como te coja te vas a...!
- Anda, Miaka, déjalo... -dijo Tasuki, mientras Nuriko y él cogían a Miaka para que no se tirara sobre el muchacho.
Los dos chicos abrazaron a su madre como despedida y después marcharon con los Suzakus. Se despidieron con una sonrisa, especialmente Nuriko, pues él y ella compartían el mismo dolor por la muerte de un ser querido.
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Apenas hacía un rato que habían dejado la aldea atrás. Shiko iba andando alegremente delante del grupo, mientras su hermano vigilaba que no se alejara demasiado. Miaka esbozó una gran sonrisa y se acercó a Tamahome, que llevaba las riendas de unos de los caballos.
- Mírales... -dijo feliz- no puedo creer que tengan esa vivacidad...esa inocéncia...se les ve muy felices.
- Sí -dijo Tamahome lentamente, agachando la cabeza- mucho...
Miaka no pudo dejar de notar un tono apagado en la voz del chico, de manera que se inclinó delante de él, tratando de descubrir a qué se debía.
- ¿Qué pasa? -preguntó inocentemente.
Tamahome se tomó su tiempo para responder, pero al final habló con un tono melancólico e...indudablemente...matizado con ira.
- No tengo nada en contra de Amiboshi... -dijo lentamente- de hecho él te ayudo mucho la última vez...pero...con su hermano es diferente...Taitsu-kun nos ha pedido demasiado...¿como pretende...que olvide que ése...mató a mi família...a mi padre...y a mis hermanos...?
Miaka se dió cuenta por primera vez de que no había reparado en aquél detalle. Diós, era cierto...Suboshi había matado a toda la família de Tamahome...Sabía que Suboshi no era mala persona en el fondo, pero el arranque de ira que le llevó a cometer aquél asesinato le había costado el eterno desprecio de Tamahome. Meditó en ello por unos instantes. No serían los únicos problemas...¿qué ocurriría si uno de los que encontraban era Ashitare? Había matado a Nuriko y...Nakago...él había acabado con la vida de Hotohori...no creía capaz al joven emperador de perdonar a su asesino...Aceptarlos le parecía en aquellos momentos más difícil que encontrarlos. Levantó la cabeza, mirando al frente con decisión.
- Lo sé... -dijo- pero sois las estrellas de Suzaku...sois famosos por vuestra compasión...por vuestra amabilidad...Creo que podemos llegar a olvidar el pasado, a perdonar a los que nos hirieron...por mucho daño que nos hicieran...Debemos hacer fuertes nuestros corazones para que la guerra no destruya este mundo que tanto queremos...
Tamahome la miró en silencio por unos instantes, con desconcierto, pero después sonrió dulcemente. Sin que ella se diera casi cuenta, él se inclinó y recostó su cabeza contra la suya. Miaka le miró al notar aquel gesto de amor.
- Grácias...por haber madurado, Miaka...me gustan mucho tus palabras...
Una fugaz sonrisa cruzó el rostro de Miaka. El grupo se adentró de nuevo en el bosque, siguiendo el curso de un riachuelo. A unos kilómetros frente a ellos, se extendía tras el bosque un gran desierto de rocas. Y más lejos...una enorme montaña.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Yui dejó de leer de repente, dejando el libro sobre su falda. Miró a través de la ventana del primer piso de su casa, a la cual habían vuelto hacía unos minutos. Keisuke y Tetsuya, que estaban a su lado, atacando la nevera de la chica, se quedaron mirándole, al no sentir la voz de ella recitar las palabras que veía en las páginas de pergamino. Tetsuya se quitó el refresco de los labios y la miró de solsayo, preocupado.
- Yui, ¿ocurre algo? -preguntó- ¿Les ha pasado algo?
- No -dijo Yui con una ligera y fingida sonrisa- no ocurre nada...
Sus dedos acariciaron las antiguas páginas del volúmen, con las yemas sobre dos carácteres en concreto.
"Suboshi..."
Salió de su ensimismamiento de inmediato y siguió leyendo, tratando de no parecer alterada.
- Después de encontrar a dos de las estrellas de Seiryuu, la sacerdotisa de Suzaku y sus guerreros empezaron a atravesar un desierto rocoso...
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Habían pasado dos días atravesando aquellas tierras áridas. Empezaban a cansarse de los cambios de temperatura: durante el día reinaba un calor completamente insoportable, que les iba obligando a quitarse ropa a medida que avanzaban. En cambio, por la noche eran castigados duramente por unas temperaturas de frío extremo, que conseguían dejar a más de uno sin dormir.
Aquella noche habían batido el récord de frío. Aunque habían llegado ya al bosque del otro lado y estaba a cubierto de los árboles, Miaka estaba tiritando dentro de su manta, la cual la humedad del aire conseguía atravesar. Incluso le castañeban los dientes. No había podido pegar ojo a causa de la temperatura. Estaban todos alrededor de la hoguera que había encendido Tasuki, pero eso no conseguía hacerle sentir mejor. Sentía el calor de Tamahome a su lado, que pasaba un brazo por encima de su cintura, como queriendo protegerla. Pero ni siquiera aquella calidez podía evitarle pasar frío. Se llevó las manos a la boca y lanzó el aliento, tratando de calentarlas, pero todo fue en vano. Se cubrió más, pero no consiguió nada.
- Veo que tienes problemas... -dijo una voz conocida.
- ¿Tú también estás despierto? -preguntó Miaka con una sonrisa temblorosa.
El chico de los cabellos violetas y ojos marrones le dirigió una sonrisa torcida.
- No paras de moverte y hacer ruido... -dijo Nuriko fingiendo fastidio.
- No me gusta nada el frío... -dijo Miaka tapándose hasta la barbilla.
De repente, se le ocurrió una pregunta que había dado vueltas en su cabeza desde que salieran de la aldea de los gemelos.
- Oye, Nuriko -dijo en voz baja- lo que dijiste el otro día...
- ¿Te refieres...a lo de que Byakuren fuera...mi primer amor...? -dijo el chico inexpresivo.
Nuriko sonrió al cabo de unos segundos y entornó los ojos, con una mirada de ternura.
- Al principio...la veía como una hermana pequeña...me recordaba muchísimo a Kourin... -dijo lentamente- pero...a medida que pasaba el tiempo...fuí entendiendo...que sentía algo más...más profundo...no era un simple afecto...por supuesto, jamás se lo dije...solamente de tenerla cerca me hacía feliz...
El chico la miró, como esperando que dijera algo, pero Miaka simplemente le contempló sin expresión alguna. Nuriko huzo de repente una risa despreocupada.
- ¡No te lo tomes tan en serio...! -dijo alegremente- Todavía era muy joven y no tenía las cosas del amor claras...
- ¿Y ahora las tienes claras? -inquirió Miaka con una mirada acusadora.
Nuriko hizo una sonrisa maliciosa. Después, se incorporó para rebuscar entre sus cosas. Sacó una segunda manta y se la tiró a Miaka.
- Anda, toma -dijo- la traje por si acaso...A ver si te duermes de una vez y dejas dormir...
Miaka la aceptó con una sonrisa de agradecimiento. Mientras se cubría, sintió un calor conocido en su bolsillo. Sacó el objeto y vió que en la superfície del espejo, brillando con luz azul, estaba marcado el carácter "borla".
- ¿Borla? Nuriko, es el de Suboshi...¿Por qué no ha aparecido antes si ya hace más de un día que lo encontramos...? ¿Nuriko...?
La única respuesta fue un fuerte ronquido. Con fastidio, olvidando aquél detalle, Miaka escondió el espejo y se acurrucó, tratando de dormir de una vez.
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Shiko estaba sentado en una de las ramas más altas de un árbol, contemplando las estrellas que brillaban sobre su cabeza. Sus manos jugueteaban con las "bolas meteóricas", nombre que él mismo le había puesto a su arma. Suspiró. Se sentía raro. ¿Quién demonios eran aquella gente? Tenía la sensación que les conocía de antes...pero...Miró de nuevo al cielo, mientras una suave brisa removía sus cabellos. Antes de despertarse...había tenido un sueño...En él aparecía una chica...de cabellos rúbio cenizo...ojos verdes preciosos...que le miraba con ternura. ¿Quién era ella...? Quería saberlo...Lentamente, se miró las manos, pensativo.
Algo vino a él. Como un flash momentáneo de imágenes...quizás recuerdos...
Una expresión pensativa se dibujó en su rostro.
- Yui... -su susurro se perdió en la noche.
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De repente, el chico sintió una preséncia extraña. Se puso en pie en alerta, manteniendo su arma bien alta. Había alguien en la oscuridad de la noche...de hecho eran más de uno. Sin nigún tipo de esfuerzo, hizo flotar en el aire las esferas, como acechando a algún enemigo. Sintió un siseo tras de sí. El chico saltó al suelo con agilidad, justo a tiempo de esquivar una llúvia de flechas que cayó sobre él. Aterrizó, provocando un ruido que despertó a los demás.
- ¿Qué ocurre? -exclamó Tamahome poniéndose en pie de inmediato.
- Nos vigilan... -dijo Shiko lentamente, atemorizado.
Tamahome miró alrededor, mientras los demás salían apresuradamente de su sueño. Fitó la oscuridad, tratando de divisar a su enemigo, aunque le era difícil. Parecía como si el clima se hubiera compinchado con aquellos intrusos, preparando una trampa mortal en la que debían caer como moscas. Todos pusieron mano a sus armas, esperando. Espalda contra espalda, permanecieron en el silencio, tratando de divisar su objetivo.
Un crujido llegó hasta ellos, rompiendo el silencio que había imperado. De repente, Tasuki captó algo de reojo.
- ¡Cuidado! -gritó, señalando hacia una dirección.
Todos miraron hacia aquél lugar y vieron un enorme tronco caer horizontalmente en dirección a ellos. Tamahome cubrió a Miaka de inmediato, aunque no hizo falta. Nuriko detuvo la embestida con total facilidad, enviando en tronco muchos metros más allá. Después, el chico se incorporó, pensativo.
- Vaya...esto me resulta familiar... -dijo extrañado.
- ¿Por qué te iba a...? -empezó Tamahome dando un paso al frente.
De repente, el suelo que había bajo los pies de todos desapareció y cayeron...en un agujero hecho en la tierra.
Miaka sintió el impacto con fuerza, que la aturdió. Tras unos instantes de silencio, oyó una série de quejidos alrededor. Al parecer todos habían caído en la trampa. Chichiri miró hacia la parte superior socavón, valorando conclusiones.
- Esta trampa está preparada a propósito... -dijo lentamente.
- ¿Quién no sabe eso...? -exclamó Tamahome- ¡¿Quieres salir de encima!
Por su lado, Tasuki estaba muy pensativo, mientras trataba de quitarse de encima a Miaka.
- Este tipo de trampas...me suenan mucho... -dijo en un susurro.
Tuvo que callarse de inmediato, puesto que una voz resonó desde las alturas del exterior.
- Si apreciáis vuestras vidas, dádnos todo el dinero que llevais encima -amenazó una voz masculina.
Tasuki consiguió ponerse en pie y miró hacia arriba.
- ¿Koji? -preguntó sorprendido.
- Esa voz... -interrogó la persona de arriba- ¿Genrou?
Alguien se asomó a la obertura del suelo. De inmediato reconocieron a aquél hombre de cabellos azules y tono de piel más oscuro. El tiempo no parecía haber añadido años a su rostro. Su cara adquirió una expresión de sorpresa.
- ¿Se puede saber qué haces en una de nuestras trampas...?
Una sonrisa iluminó el rostro de Tasuki. Sin ni siquiera reparar en sus compañeros, trepó como una araña por la pared de roca y salió al exterior de un salto.
- ¡Koji...! -exclamó eufórico- ¡Tío, que ha sido de tí todo este tiempo...!
- ¿Y tú, Genrou? -preguntó Koji mirándole con sorpresa- Pareces incluso más joven...
- Es que lo soy -dijo Tasuki- Sólo un asunto...¿ahora os dedicáis a hacer agujeros para cazar a los que cruzan la montaña?
- Por supuesto -dijo Koji con una sonrisa de oreja a oreja.
- Es una estupidez -dijo Tasuki pensativo- Sólo caen los burros...
- Pues, mira por donde, ahí abajo veo a mucha gente -dijo Koji maliciosamente.
- ¡¿Queréis dejar de charlar y ayudarnos a salir de aquí! -retumbó la voz de Miaka dentro del agujero.
- ¡Ay, es verdad! -exclamaron al unísono Tasuki y Koji.
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Al cabo de un rato, todo estaban reunidos en la fortaleza de los bandidos de la montaña de Reikkaku. Koji les acogió de buena gana, incluso permitiendo que tubieran intimidad sin el resto del clan.
Tras explicarle a el hombre todo lo ocurrido, este se quedó muy pensativo.
- Es decir...¿estáis buscando a los de Seiryuu y también los shinjazos? -preguntó.
- Sí -dijo Tamahome por Miaka, ya que ella estaba devorando todo lo que había a su alcance, a pesar de ser cerca de las cuatro de la mañana- y no creas, sólo hace unos días que empezamos, pero ya estamos un poco hartos...
- Ya -dijo el chico- no lo tenéis nada fácil, ¿eh?
- No... -dijo Tasuki poniendo las manos tras su espalda- siempre la misma historia...casi añoro la vida de bandido.
- Y, decidme... -dijo Koji- esos shinjazos que buscáis...¿qué son exactamente?
- Son objetos en los cuales los dioses encerraron su poder mágico... -empezó a explicar Tamahome- El de Suzaku es nuestro hijo Hikari...
- Lo siento mucho, de verdad -dijo el hombre del cabello azul con angustia.
- Por eso debemos darnos prisa en encontrar los otros -dijo Tamahome, puesto que el tema no le hacía grácia- los otros son el espejo de Byakko, un colgante de Gembu...y el collar de Seiryuu, con una joya azul muy grande.
- ¿Una joya azul...? -dijo Koji pensando para sí.
Todos le miraron, sin entender la razón de su demora. Koji se puso en pie rápidamente, mirando a sus invitados.
- Venid, tengo que enseñaros algo -dijo saliendo de la sala.
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El bandolero les guió por el interior de la base. Todos los pasadizos parecían iguales, lo cual lo convertía en un auténtico laberinto. Ninguno de ellos entendía a qué se debía la prisa de Koji, pero éste cada vez aceleraba más el paso. Al final, llegaron a una enorme puerta de madera, que nada tenía que envidiar a los enormes portones blindados de los bancos de Tokio.
- Pero si aquí es donde guardamos el botín... -dijo Tasuki sorprendido- Si se lo enseñamos, tendremos que matarlos después...
- ¡Eh! -gritaron Miaka y Nuriko a unísono.
- Era broma -dijo Tasuki muy serio.
Koji sacó una cadena plateada que llevaba alrededor del cuello, del extremo de la cual pendía una enorme llave del mismo material. Con cuidado, la introdujo en la cerradura y dió dos vueltas en un sentido y tres en otro. El pestillo hizo un "clic" y la puerta se abrió.
Todos se quedaron con la boca abierta tras ver la cantidad de riquezas que había en aquella sala. Montañas de monedar, joyas y otros objetos de valor se amontonaban a lo largo y ancho de la estáncia. Tamahome sintió un escalofrío en el cuerpo e, involuntáriamente, se acercó de puntillas a la montaña de oro. Miaka lo advirtió por el rabillo del ojo y le cogió de la oreja, arrastrándole en dirección contrária.
- No pienso dejar que vuelvas a tus antiguas costumbres -dijo enfadada, recordando la obsesión de antaño de Tamahome por el dinero.
Hotohori se sintió un poco mareado, mriando todas aquellas riquezas robadas de forma ilegal.
- Me costará pasar por alto...que habéis robado todo eso.. -dijo en un susurro.
- Tranquilo, Hotohori... -murmuró Miaka tratando de calmarle.
Koji les llevó por un pasadizo de viente centímetros que quedaba entre las acumulaciones de oro y se detuvo en un punto en concreto. Sobre una columna argentada, había una urna de madera muy elaborada. Koji la cogió con cuidado y la mantuvo entre sus manos unos momentos.
- ¿Qué es eso? -preguntó Miaka intrigada.
El chico no dijo nada, pero abrió la caja y les mostró su contenido.
La boca de todos se abrió por la sorpresa. Una intensa emoción inundó sus corazones...Pero si era...
En la urna había un collar de dos cadenas de oro, enlazadas y con salientes, como si fueran espinas. El colgante era una enorme joya azul, que brillaba tenuemente, decorada con gemas rojas.
Lo habían encontrado...¿Cómo había podido ser tan fácil?
- ¡Pero si es el shinjazo de Seiryuu! -exclamó Miaka emocionada, poniendo las manos sobre la joya de inmediato.
- Pero...pero...¿cómo la tienes aquÍ? -preguntó Tasuki sorprendido.
- Hace unos meses, unos nobles de Kutô pasaron por aquí -dijo Koji- Tras atracarles, les sacamos muchas joyas...pero especialmente nos llamó la atención esta. Nos dijeron que la habían encontrado hacía seis años en una travesía por el bosque de Sukira, al este de Kutô.
Los ojos de Miaka se iluminaron, hasta el punto que una sonrisa se dibujó en su rostro.
"Hikari...ya estamos más cerca...muy pronto te rescataremos...ya lo verás..."
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Tras pasar lo que quedaba de noche en la fortaleza (y tras Miaka arrasar los víveres de los pobres bandoleros), el grupo se puso de nuevo en marcha. Tasuki se despidió de Koji con su habitual gesto de compañerismo. Sus amigos tubieron la sensación de que, si le hubieran dejado, Tasuki quizás se hubiera quedado con Koji en la banda. Sabían que el chico de los cabellos de fuego añoraba aquél ambiente en el que siempre se había criado. Koji les miró con una sonrisa, hasta que se perdieron de nuevo en la penumbra del bosque. Los bandidos volvieron al interior, sólamente Koji y su segundo se quedaron fuera.
- Jefe, ¿estás preocupado por ellos? -preguntó el hombre.
El hombre del cabellos azul oscuro sonrió extrañamente y negó con la cabeza.
- No -dijo- ellos estarán bien. Son las personas más valientes que conozco...Además, Genrou va con ellos...No hay nada que temer. Lo conseguirán.
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El cielo estaba tormentoso, increíblemente alborotado. Unas nubes grises y negras se arremolinaban en torno a la ciudad, acercándose desde las montañas más allá de la frontera. Muy pronto la llúvia descargó, obligando a la gente a ponerse a cubierto en los comercios abiertos. Sólo alguien fue a contracorriente y se alejó de la ciudad, corriendo hacia campo abierto. Sus cortas piernas chapoteaban en los charcos de llúvia que se iban formando. Su vestido se manchó de barro, pero nada le importaba. Ella se detuvo lentamente en la cumbre de una elevación que había tras la ciudad. Respirando entrecortadamente, miró hacia el cielo entre gris y negro.
En ese instante, un terrible relámpago desgarró la bóveda en dos, haciendo estremecer todoa su alrededor con su fantasmagórica luz de muerte. El rayo carbonizó al instante un árbol cercano, convirtiéndolo en cenizas. La chica, pero, permaneció inmóvil, impasible al hecho que los rayos caían a su alrededor, provocando pequeños focos de fuego que la llúvia apagaba instantes más tarde. Las gotas de llúvia resbalaba por su rostro de piel nacarada, cayendo desde sus cabellos violácios, recogidos en un bonito peinado. Sus ojos azulados se agudizaron, contemplando la terrible tormenta que se avecinaba.
- Algo se acerca... -susurró- la luz del rayo...tiene un brillo azul...
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Ay de mí, cada vez me emociono más escribiendo y los acabo más deprisa...Creo que debería ir subiéndolos poco a poco, que si no...
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