Muchísimas grácias a las dos wapiísimas que me envían reviews! Sois las mejores!
Akane-chan: Jeje, sí a mí también me gustan Inuyasha y Ranma, aunque también Maison Ikkoku XD. A, con los tres de Genbu, era un preludio como para decir que iban a salir...¿Cómo van a encontrarlos sí aún estan en Kutô? Todo llegará, y no tardará mucho...XD. Muchas grácias por seguir leyendo (P.D. Haré lo que pueda para cargarme a los de Seiryuu esos, pero es que necesito unos malos! XD).
Koharu mire: Grácias por dejar un review! Sí, yo también pensé que volver a la antigua osanza era lo mejor, con todos tal y como eran antes XD. O sea que eres Tasuki-fan...jejeje, no, si a mí también me cae la baba cuando me lo imagino por ahí sin ropa...XD. Un besazo y espero que todos te gusten tanto. Arigato!
Capítulo 13.- Engaño mortal. Una batalla sin fín
El guerrero de Seiryuu que dominaba las ilusiones contemplaba con sorpresa como el muchacho de unos diez años de cabellos rúbios largos y brillantes bajaba las escaleras, con los fríos ojos azules clavados en él. En su frente seguía brillando el carácter que le designaba como líder de los Seiryuus. Tras la impresión inicial, Tomo sonrió levemente, con malícia.
- Vaya, Nakago -dijo- El señor de los Seiryuus se ha dignado a hacernos una visita a los que no ocupamos un rango tan alto...
- Ahórrate tus estupideces, Tomo -dijo Nakago, observado con extrañez por todos a causa de su cuerpo infantil- Ya descubrí de qué pasta estás hecho. No dudaste en pactar con Tenko para volver a la vida y traicionar al diós Seiryuu y a tu imperio. Y ahora...has tratado de matar a Soi y otros dos Seiryuu, ¿me equivoco?.
- Ciertamente, sí -dijo Tomo sonriendo satisfecho- Ni mucho menos lo que trataba de hacer. No tengo intención de matar a ningún Seiryuu. No podríamos volver a convocar a nuestro diós...y eso no me interesa. Ante todo quiero recuperar mi cuerpo...y para ello necesitaba tu colaboración, Nakago. Aunque ya está visto que no eres lo que eras en otro tiempo...Hablas de traición, pero yo mismo te encuentro con esa chusma de los Suzaku y con traidores a nuestro própio Kutô. ¿Quién es más traidor aquí, Nakago?
- Cierra la boca, Tomo, o tendré que hacerlo yo... -dijo Nakago amenazadoramente, levantando una mano que de inmediato se envolvió con una fuerte energía azul.
El maestro de las ilusiones no pudo evitar que una onda de energía lanzada desde la mano del rúbio muchacho impactara en su cuerpo, provocándole diversas heridas a su cuerpo de niño, aún débil al dolor. Tomo se tambaleó y cayó de rodillas, sangrando por las múltiples magulladuras. Aún así, tuvo suficientes fuerzas como para levantar el rostro y dirigirle una mirada de absoluto odio al que en tiempos fuera su señor.
- Esto no termina aquí, Nakago... -dijo lentamente- Nos volveremos a encontrar...y esa vez te unirás a nosotros quieras o no... -sus ojos negros se posaron en el muchacho de Seiryuu, Suboshi, que aún permanecía amenazador, con su arma levitante alzada- La próxima vez te daré una lección, Suboshi...nunca olvidaré que fuiste tú el que me mataste.
Por último, su mirada adquirió un extraño brillo de satisfacción, como un destello efímero.
- Saludaré a tu querida Yui de tu parte, Suboshi...
De repente, un espasmo sobrevino al aludido, que adquirió una expresión de pánico en su rostro.
- ¡Maldito, ¿qué le habéis hecho a Yui! -gritó, corriendo hacia él, al parecer tratando de atacarle.
Pero llegó tarde: en un instante, Tomo desapareció del lugar sin dejar rastro. Suboshi se encontró mirando a un vacío en el que hacía apenas un segundo había estado su enemigo. Lentamente, el muchacho se dejó caer de rodillas con desesperación, mientras sus armas giraban a su alrededor, como compinchándose con su tristeza.
- Yui...Yui... -era la único que podía salir de sus labios.
De inmediato, los lazos espinosos que apresaban a los Suzakus dejaron de oprimirles y cayeron...de sopetón al suelo, unos encima de otros. Miaka ahogó un quejido, mirando hacia abajo para ver que había aterrizado sobre Nuriko y Tasuki. Sonrió levemente.
- ¡Grácias, chicos, sóis muy amables...! -dijo, respirando aliviada.
- Sí...pero tú quítate de encima... -se quejaron ambos a la vez.
Tras recuperar la seriedad, Miaka se puso en pie, mirando fijamente a Suboshi, que seguía en aquél estado de desesperación catatónica.
- ¿Yui...realmente está en peligro...?
- ¡Creo que ha sido bastante claro, ¿no! -gritó Suboshi lleno de rábia e impoténcia.
En un destello de fúria, levantó un puño y golpeó con fuerza al suelo. Unas gotas de sangre provinentes del impacto mancharon el camino empedrado.
- ¡Maldita sea! -gritó con frustración, sin poder retener las lágrimas- ¡Yui está aquí, en Kutô...!
El silencio lo absorbió todo. Nadie se atrevió a hablar...ni siquiera el muchacho de cabellos rúbios que apartó la mirada azul de inmediato, con una expresión de seriedad que no exteriorizaba en más de once años.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
La chica andaba decididamente por los pasillos del palacio, a pasos firmes e ininterrumpidos. Había sentido aquella extraña sensación de aura que no sentía en muchos años retumbar en su mente. Algo se había despertado, había ocurrido algo que no podía identificar...Con cuidado, Yui acomodó más al pequeño Hikari entre sus brazos. No le había sacado los ojos de encima en aquellos dos días, sin separarse de él un sólo instante. No quería arriesgarse a que alguién le tocara un sólo cabello...En auséncia de Miaka, ella le cuidaría como si fuera una madre. El pequeño gorjeaba feliz, ignorando los sucesos que tenían lugar a su alrededor.
Al final, Yui llegó a su objetivo, deteniéndose a la entrada de la sala. Miró al interior con aprensión, apretando al pequeño contra su pecho. Entendía que el templo de Seiryuu no fuera el lugar más acogedor del mundo para un niño tan pequeño. Había diversas personas en la penumbra. La chica entró lentamente, atravesando la puerta. El pequeño Hikari empezó a llorar ante aquel acto, y ni siquiera un abrazo tranquilizador le calmó. Tratando de hacer caso omiso al llanto del pequeño y observó la escena.
El emperador de Kutô estaba de pie cerca de la puerta, observando al frente. A sus pies, había alguien encogido. Pudo distinguir al muchacho de cabellos negros, el cual era ahora Tomo. Su cuerpo estaba lleno de heridas...pero semejantes a quemaduras. Quizás había tenido un enfrentamiento...Nadie se molestó por la preséncia de la sacerdotisa, así que siguieron hablando.
- ¿Estás seguro de lo que dices? -preguntó el emperador.
- Completamente... -dijo el muchacho con cierto fastidio en la voz- La chica que iba con ellos era Soi, la Seiryuu que domina la tormenta...Pero lo más sorprendente era aquél muchacho: Nakago ha recuperado sus recuerdos. Él mismo me hizo estas heridas...
Yui no pudo evitar que un doloroso espasmo cruzara su pecho. ¿Nakago...había vuelto...? Diós, no podía ser cierto...El hombre que tanto la había hecho sufrir volvía a estar en pie de guerra. Se decidió a intervenir, pero entonces escuchó algo que la dejó muy preocupada...
- Puedo perdonar tu derrota... -dijo el emperador- Siempre y cuando hayas preparado el terreno...
- Por supuesto, señor... -dijo Tomo poniéndose en pie con dificultad- El anzuelo está preparado...muy pronto ocurrirá lo planeado...y entonces habremos dado un paso más hacia la invocación de Seiryuu...
- Perfecto -dijo el emperador complacido. Sus ojos se entornaron levemente- Quizás la sacerdotisa de Seiryuu sea tan amable de honrarnos con su curiosidad.
Yui se quedó petrificada, clavando su mirada profundamente verde en aquél hombre, sin entender nada de lo que estaba ocurriendo.
- ¡Díme, ¿qué les has preparado! -gritó- ¡¿Por qué no dejas a Miaka y los demás en paz!
- No creo que deséis saber la respuesta... -dijo el emperador sonriendo cruelmente- Será mejor...que esperéis a que el juego empiece.
Sin decir una sola palabra más, el hombre salió del templo y se marchó por el pasillo. Yui sintió que sus manos temblaban de ira retenido, pero se mordió la lengua y no dijo nada. Echando una última mirada a muchacho que había frente a ella, se dió la vuelta con todo el orgullo que fue capaz de reunir y se marchó. Una vez la vió desaparecer, Tomo sonrió, extrañamente complacido a pesar de sus heridas.
- Todo sale como lo planeamos...aunque no esperaba que Nakago hubiera recobrado sus poderes tan pronto... -dijo como si hablara solo.
Una silueta se recortaba en un extremo de la sala, sobre una de las estátuas de dragones dorados que llenaban el espacio.
- ¡A mí eso me trae sin cuidado...! -gritó un joven y ronca voz masculina- ¡Quiero intervenir...!
- ¿Por qué tanto empeño en enfrentarte a ellos, Ashitare...? -dijo Tomo burlón, examinando sus própias heridas.
Los ojos rojizos del muchacho que permanecía en las sombras resaltó por unos instantes en la penumbra.
- Quiero venganza... -dijo lentamente, con ansiedad- Vengarme de Nakago es imposible, porqué le necesitamos...Pero sí que haré pagar muy caro al hombre que me mató en primer lugar...el que destruyó mi cuerpo de guerrero, el que me daba poder...He estado esperando mucho tiempo el momento adecuado...Solamente deseo encontrarme cara a cara con él...y matarle de la manera más cruel que se me ocurra...
Un sonido extraño, como de un olfateo, salió de las sombras.
- Nunca olvidaré el olor del hombre que me mató...
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Los ánimos parecían haberse calmado. Después del incidente, había entrado todos dentro de la posada de nuevo. Estaban en el bar desierto, hablando al respecto de lo ocurrido. Afortunadamente, nadie más había advertido lo que ocurría. Para aliviar el susto en el que creían por fín un día tranquilo, tomaban un té caliente. Chichiri miró alrededor, viendo sólo caras largas en todos sus rostros. A diferéncia de él, sus amigos no podían ocultar la expresión de preocupación. Tras meditar mucho qué decir, se decidió a hablar.
- Deberíamos irnos de Kutô, cuanto antes mejor -dijo el monje, siempre preocupado por la seguridad de sus amigos.
- ¡No, no podemos marcharnos...! -gritó Miaka- ¡Yui está aquí en Kutô...! ¡Y también Hikari...! Ahora estamos seguros de que los tienen en algún lugar del país...¡No podemos irnos sin más!
- Miaka tiene razón -dijo Hotohori pensativo- Y además...está el asunto de la traición de los Seiryuu.
- ¿Qué quieres decir? -preguntó Tamahome muy serio.
- Ese Seiryuu lo ha dicho -dijo Hotohori- Ha hablado de destronar al emperador de Kutô y hacerse con el poder...¿no es resulta eso revelador?
- ¿Quieres decir que los Seiryuus quieren apoderarse del poder de Kutô traicionando al emperador? -preguntó Chichiri.
- Eso mismo -dijo Hotohori dando un sorbo de té- Además ha hablado de Hokai...es muy probable que ese maldito que secuestró al hijo de Miaka y Tamahome esté detrás de todo esto...
- Y, entonces, ¿qué deberíamos hacer? -preguntó Amiboshi. El chico había cogido confianza y ya se adaptaba al grupo.
La voz aguda pero vivaz de Chiriko respondió a tal pregunta.
- Lo más razonable sería volver a Konan... -dijo Chiriko- Deberíamos contactar con Taitsu-kun para que nos explique cuál es nuestro siguiente paso...No tenemos posibilidades de llevar a esos Seiryuu con nosotros...
- Hablando de Seiryuus... -dijo Tasuki de repente- ¿Dónde están Nakago y Soi?
Todos buscaron alrededor, dándose cuenta que los habían desaparecido hacía rato. Miaka agudizó la mirada. Ciertamente, aún les quedaba aclararlo todo con Nakago... Este había demostrado que no pensaba actuar de acuerdo con Kutô...pero tampoco parecía dispuesto a luchar de su lado.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
El silencio era ciertamente insoportable en aquel ambiente. Parecía que ni siquiera los habituales sonidos nocturnos se dignaban a mostrarse abiertamente. La chica permanecía con la cabeza gacha, mirando fijamente al suelo que pisaba. Una suave brisa removía sus cabellos violácios. Ante ella estaba el muchacho de cabellos rúbios, dándole la espalda. No se habían dicho nada desde que se separaran de los otros...
Soi lo sabía: Nakago seguía siendo orgulloso, pero había algo distinto en él...El modo con el cual había repelido al ataque de Tomo sin mirar a los Suzakus...sin demostrarles su desprecio...Algo había cambiado en el interior de la persona a la que había amado...y esperaba que para bien. Al final, se atrevió a hablar.
- Nakago...¿qué piensas hacer a partir de ahora...? -preguntó tímidamente.
- Nada -dijo él simplemente, con firmeza.
- ¿Nada? -exclamó Soi.
- No pienso tomar parte en esto -dijo Nakago, muy seguro de sí mismo- Haré como si no recordara nada y volveré a la vida que he tenido hasta ahora.
- ¡No puedes hacer eso...! -gritó la chica de repente, saliendo de sus própios límites.
Nakago abrió mucho los ojos, como si se hubiera quedado de piedra. Jamás hubiera imaginado que Soi le alzaría la voz. Se dió lentamente la vuelta, clavando sus fríos ojos azules llenos de sorpresa en ella. Soi estaba llorando, mientras una expresión de rábia retenida aparecía en su rostro.
- ¡No puedes dejarme de nuevo...! -gritó ella con todas sus fuerzas- ¡Ya hubo demasiadas guerras y demasiadas muertes por lo que hicimos...! ¡Mírales...! A pesar de todo lo que les hicimos, nos están abriendo su corazón...tratan de aceptarnos como uno más de ellos. Al principio pensé que eran estúpidos por confíar así en nosotros...pero ahora me doy cuenta de que los estúpidos hemos sido nosotros por no darnos cuenta de nada...Tú no querías la guerra, Nakago, pero aún así la provocaste. Y eso sólo trajo más dolor del que ya tenías, ¿no es cierto?
El muchacho rúbio permaneció quieto durante unos largos e inacabables instantes, mirándole fijamente con aquella mirada azul gélida como el hielo. La chica tenía una belleza desbordante en aquellos ojos claros y límpios, una hermosura que él no había notado nunca...Se sintió tremendamente mal en aquel instante, un sentimiento que no pudo evitar. Sin saber el porqué, fue hacia muchacho que había frente a él y la abrazó posesivamente, apretándola contra su pecho.
Soi se quedó en shock tras sentir aquel contacto, el que había esperado recibir siempre...un abrazo sincero. Lentamente, puso las manos sobre la espalda de Nakago y aferró su ropa con fuerza, mientras dejaba caer las últimas lágrimas. De todos modos, lo que más le soprendió fue las palabras que manaron de los labios del muchacho, con una dulzura y una sinceridad que nunca había sentido.
- Te he echado de menos, Soi...
-o-o-o-o-o-o-o-o-
Tamahome abrió los ojos confuso, al cabo de una horas. Trató de hacer memória de dónde se encontraba, hasta que al final recordó. Tras haber hablado largo rato al respecto, decidieron volver a Konan e ir al monte Taikioko para consultar a Taitsu-kun. Decidieron descansar lo que quedaba de noche en el lugar, puesto que Chichiri se había ofrecido a mantener su aura en alza para detectar cualquier posible intrusión del enemigo.
Suspiró pesadamente, al tiempo que se daba la vuelta, con intención de sentir el cuerpo de Miaka a su lado...
La cama estaba vacía.
Eso le hizo reaccionar. Se incorporó bruscamente, mirando a todas partes.
- ¿Miaka? -preguntó, buscando alrededor- ¡Miaka...!
Pero entonces sus ojos se fijaron en algo que había sobre la colcha, algo que sabía que sólo podía ser obra de ella.
De repente, la puerta se abrió bruscamente, cuando un tremendo puntapié casi la hizo saltar de sus goznes. Nuriko apareció en el umbral, seguido de los demás, todos con expresión de preocupación.
- ¡Tamahome...! -gritó el muchacho- !¿Por qué has gritado!
Pero su expresión se deshizo al contemplar la expresión de frustración del muchacho, casi al borde de las lágrimas, que mantenía entre sus manos un trozo de papel, aferrándolo con fuerza. Nuriko se inclinó sobre él, preocupado.
- Eh, Tama... -preguntó- ¿qué pone ahí?
Tamahome no respondió, por lo que el chico cogió el fragmento sin más. Lo miró por todos lados, sin entender los extraños carácteres que había escritos.
- Eeeeh...¿qué narices es esto...? No se entiende nada...Chiriko, échale una ojeada.
Chiriko se acercó, pero su rostro se quedó helado de repente, esbozando una sonrisa nerviosa.
- Yo no sé leer esto... -dijo lentamente- Creo que nunca he visto un alfabeto semejante...
Un escalofrío recorrió la espalda de Tamahome, arqueándola mientras sus ojos se llenaban de lágrimas de rábia e impoténcia.
- Pone..."He ido a ver al emperador de Kutô, a evitar la guerra y a traer de vuelta a Hikari y a Yui. No me sigáis, me las arreglaré yo sola...Cuidad de los Seiryuu y tratad de arreglar las cosas con Nakago"
Ninguno fue capaz de decir nada, simplemente una gran angústia se apoderó de sus corazones. Sobre el papel que había estado en la colcha, Miaka había dejado el shinjazo de Seiryuu. A pesar de lo que había dicho, Tamahome se guardó las últimas palabras de Miaka, ya que sentía que eran únicamente para él.
"Ai shitteru, Tamahome"
-o-o-o-o-o-o-o-o-
Suspiró con pesadez, una vez vió ante sí la gran ciudad, capital de Kutô. Hacía años que no había estado en aquél lugar. Se sentía tremendamente culpable por lo que había hecho. Se había ido sin decirles nada a sus compañeros, dejándoles con el asunto de Nakago pendiente. Pero sentía que era algo que debía hacer. Ante sí tenía la oportunidad de acabar con la guerra que iba a desarrollarse entre Kutô y Konan y además recuperar a Hikari y rescatar a Yui.
Había llegado hasta allí escondida en el carro de un mercader, por lo que había logrado atravesar la frontera. Yendo sola era mucho más fácil que no la descubrieran que si iban todos juntos. Su intención era decirle al emperador de Kutô que los Seiryuus tramaban algo contra él. De ese modo no pondría las tropas a disposición de las estrellas del diós dragón y evitaría así la guerra. Además, estaba lo de aquél tal Hokai...el que había secuestrado a su hijo. Seguramente el emperador debía conocerle, así que le revelaría su traición.
Entre gente de aspecto ni de lejos parecido a los amables aldeanos de Konan, subió las escaleras que llevaban al palacio imperial. Lo divisó al fondo: un edificio ostentoso y tres veces más grande que el de Eiyou, que hacía parecer a la morada del emperador de Konan una simple casita. Al llegar a la entrada, se encontró con cuatro guárdias armados con lanzas y espadas, que le barraron el paso de inmediato.
- ¿Quién eres y qué buscas en el palacio? -gritó uno de ellos, con la lanza a cinco escasos centímetros de su rostro.
- ¡Vengo a ver al emperador! -dijo Miaka sin titubear, con total seguridad- ¡Necesito hablar con él!
- ¿Quién te crees que eren, niñata? -gritó otro, fastidiado- ¡El emperador de Kutô no recibe a cualquiera!
Pero Miaka estaba dispuesta a todo por hablar con aquél hombre, así que desveló lo que quería.
- ¡Decidle a vuestro emperador que la sacerdotisa de Suzaku del país de Konan quiere verle! -gritó claramente.
Los cuatro hombres se miraron con desconcierto, hasta que uno de ellos la señaló con un dedo.
- ¿Tú eres la sacerdotisa de Suzaku? -dijo escéptico.
- Por supuesto -dijo Miaka firmemente- Y debo hablar muy seriamente con vuestro emperador.
La creían. Lo supo porqué de inmediato dos de ellos entraron corriendo al palacio, al parecer a avisar al emperador del país de su preséncia. Los otros dos la escoltaron por el largo pasillo, al parecer temiendo que decidiera escaparse. Pero Miaka no tenía la más mínima intención de huír: estaba segura de que podía arreglar las cosas.
Los dos enormes portales dorados que llevaban a la sala del trono se abrieron lentamente, dejando ver la esplendorosa habitación que había detrás. Vió de reojo la silueta del emperador, pero después actuó de un modo cerimonial y se hincó de rodillas por respeto a esa persona. Escuchó la voz de uno de los guárdias, que la anunciaban.
- Alteza, esta mujer afirma ser la sacerdotisa de Suzaku del país de Konan.
- De acuerdo -dijo una voz masculina- Dejádme a solas con ella. Seguro que tenemos mucho de qué hablar...
Miaka oyó como los portales se cerraban tras de sí y solamente el emperador estaba ante sí. Con precaución, se puso en pie y alzó la vista para mirar al hombre al cual había venido a ver.
Iba ataviado con el traje imperial típico del país, azul y dorado, rícamente bordado. A diferéncia del anterior emperador, parecía muy jóven, quizás rozaba los veinticinco. Sus cabellos eran muy negros, recogidos en el peinado masculino de costumbre. En su rostro elegante se esbozaba una impasible sonrisa, mientras sus ojos oscuros estaban fijos en la muchacha.
- Bienvenida, sacerdotisa de Suzaku -dijo- He oído muchos rumores sobre tí y tu grupo...Al parecer buscáis algo en mi imperio, algo que, como debes saber, nosotros también anhelamos...
- Alteza -dijo Miaka de un modo muy serio- Entiendo las desaveniéncias entre Kutô y Konan, así como la rivalidad entre Seiryuu y Suzaku y el empeño de vos por invocar a vuestro diós. Pero...siento que es mi deber deciros que algunos de vuestros aliados no son lo que parecen.
- ¿Qué quieres decir? -preguntó el emperador con fingida curiosidad.
- Señor, las tres estrellas de Seiryuu que están a vuestro servicio planean un complot contra vos -dijo Miaka decididamente- En realidad están ofreciendo su lealtad a un tal Hokai, señor. Creemos que es un hechizero. Planean derrocaros del poder y apoderarse del control de Kutô.
El hombre la miró detenidamente, pero después esbozó una sonrisa en su rostro sereno.
- Debería valorar tu opinión, sacerdotisa de Suzaku -dijo lentamente- Pero consultaré antes con mis...consejeros. ¿Qué opináis vosotros?
Miaka no entendió aquellas palabras, pero notó que alguien entraba en la sala. Sus ojos se desviaron para mirar a las personas que se acercaban...y entonces su corazón dió un doloroso salto.
Ante sí vió a tres personas, que la observaban atentamente, con una curiosa sonrisa en sus labios. No reconoció a la muchacha de cabellos blancos, ni al niño de piel oscura...Pero sus ojos se desplazaron inevitablemente para mirar a los del muchacho de los cabellos negros, que le dirigía una sonrisa maléfica que destacaba con su rostro infantil.
- No nos veíamos desde hace rato, sacerdotisa de Suzaku.
Miaka sintió un peso insoportable en el pecho, mientras su cuerpo empezaba a temblar y retrocedió lentamente unos pasos.
- Tomo... -susurró.
- Y bien, ¿qué opináis sobre lo que ha dicho esta muchacha? -dijo el emperador con una complacida sonrisa.
- Que ha caído perfectamente en la trampa -dijo la niña con una sonrisa divertida.
Miaka estaba asustada y confundida por el comportamiento de esa gente, así que retrocedió lentamente.
- ¿Qué...qué está pasando? -preguntó.
- ¿De verdad creías que detener la guerra sería tan fácil? -preguntó el emperador de Kutô- Has caído en la trampa, Miaka, sacerdotisa de Suzaku.
- Pero...¡es cierto! -gritó Miaka- ¡Yo se lo oí decir a él...! ¡Decía que estaban tramando con Hokai destronar al emperador...!
La sonrisa del gobernante se tornó aún más aguda y maliciosa, si es que era posible. Se incorporó lentamente y la miró con crueldad.
- Es imposible que las estrellas de Seiryuu junto con Hokai puedan destronarme... -dijo complacido, saboreando el momento- Porqué Hokai soy yo.
En ese mismo instante, la muchacha sintió una angústia muy grande en su pecho. Diós...la habían engañado...Y ella había caído como una estúpida. Muy pronto, un nuevo sentimiento inundó su ser...una ira, una rábia tremendas, que podían hacer estremecer el universo entero.
- Maldito...¡Tú te llevaste a Hikari! -gritó- ¡Desgraciado, devuélvemelo...! ¡Devuélveme a Hikari!
Pero Tomo, el guerrero de la ilusión, se adelantó a cualquier movimiento que la chica pudiera hacer y levantó un dedo al frente. De inmediato, las mismas espinas que atraparana los Suzakus la noche anterior salieron del suelo, atrapando el cuerpo de Miaka. La chica ahogó un lamento de sorpresa, pero no pudo hacer nada por moverse de su lugar. El emperador, o Hokai, qué más daba, se puso en pie y se acercó a ella con una sonrisa de lo más cruel.
- No creía que fuera a funcionar realmente... -dijo- No esperaba que fueras tan ingénua de dejarte engañar por algo tan sutil...Pero, por supuesto, el deseo de recuperar lo que más querías te ha traicionado.
- ¡¿Qué es lo que quieres! -consiguió gritar Miaka.
- Todo estaba preparado...que vinieses aquí tú sola... -dijo Hokai- que tus amigos te sigan...que recuperemos el shinjazo de Seiryuu...y de paso eliminar a unos cuantos de ellos...
- Maldito séas... -susurró Miaka con ira, tratando sin éxito de liberarse de sus ataduras.
- Alteza -dijo la niña de los cabellos blancos refiriéndose al emperador.
- Dime, Miboshi -dijo Hokai.
- Ya están aquí -dijo la aludida con una sonrisa cruel.
El rostro de Hokai se iluminó por completo, con una sonrisa complacida.
- Muy bien. Id a...recibirles...
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
- Chicos...¿dónde narices estamos? -preguntó la voz fuerte de Tasuki.
- Shhhh... -dijo Nuriko con gesto de enfado- ¿Quieres que nos descubran?
- Chichiri, ¿sientes el aura de Miaka? -susurró Hotohori.
- Pues sí -dijo éste- No creo equivocarme: está en el palacio de Kutô.
Todos estaban escondidos tras unos setos que había frente a la entrada trasera del palacio. Habían entrado allí de milagro, grácias a un hechizo formulado por Chichiri. Aunque Miaka les había dicho que no la siguieran, ninguno de ellos era capaz de dejar a su sacerdotisa sola ante el peligro. Tamahome se apartó un poco para que Soi y lo gemelos se escondieran delante de él. Todos contuvieron la respiración unos instantes, mientras trataban al mismo tiempo de ver sobre el seto y no dejarse al descubierto.
- No veo nada... -dijo Tamahome.
- Se oye la respiración de cinco hombres... -dijo Amiboshi de repente. Su oído extra-sensible era de lo mejor- Pero no puedo saber sí al llegar al patio central habrá más...
- Esperad -dijo Suboshi de repente, cogiendo las "estrellas fugaces" de su cintura. (N/A: Leí en algún sitio que también se pueden llamar así y me gustó más XD).
Con cuidado, cogió uno de los extremos esféricos y lo separó de la cuerda. De inmediato, la bola se elevó en el aire y se alejó de ellos, hasta perderla de vista. Al cabo de un minuto, la esfera regresó silenciosa pero fugazmente a la palma de su mano. Suboshi se concentró en la información que le transmitía su arma, a la cual estaba profundamente ligado.
- Hay otros diez en el patio interior además de los cinco de fuera -dijo lentamente- No serán un problema: solamente son soldados.
- De acuerdo, pues -dijo Tasuki- Acerquémonos más a la entrada y entonces atacamos.
Mientras se deslizaban entre los matorrales, Tamahome miró de reojo a Soi por unos momentos, aunque de inmediato apartó la vista de la chica.
- ¿Qué ha pasado con Nakago...? -susurró agachándose para esquivar una rama.
La chica pareció que no iba a responder, como se le ignorara, pero al final sus ojos adquirieron una expresión triste.
- Antes de irnos le he dicho que viniera con nosotros -dijo lentamente- Pero no quiere tomar parte en esto...Creo...que está un poco arrepentido de todo lo que ocurrió hace once años...Pero es demasiado orgulloso para admitirlo...
Tamahome no preguntó nada más, si no que trató de concentrarse en lo que tenían por delante. Nakago...Jamás olvidaría todo lo que hizo aquel Seiryuu, pero sabía que para ganar debían ponerlo de su parte. Ya pensarían el modo de hacerlo: ahora lo más importante era rescatar a Miaka.
Sus pensamientos oscuros fueron interrumpidos por un extraño escalofrío en su cuerpo. Sin saber la fuente de tal sensación, levantó la vista al cielo, para ver que sobre el palacio se había formado una capa gris de lo más extraña.
- Qué raro... -susurró- Soi, ¿esto es obra tuya?
- Eso no es una tormenta.. -dijo Soi recelosa- Es...un aura...
- ¿Un aura? -preguntó Tasuki- ¿Quién demonios puede tener un aura así...?
- Estáis a punto de saber la respuesta, guerreros de Suzaku -dijo una voz extrañamente tétrica.
De repente, un rugido monumental, como de una béstia diabólica, estalló en el lugar, haciéndoles dar un salto a todos. Entonces, algo se asomó para encontrarles por encima del seto. Tasuki parpadeó un instante, antes de poder advertir que frente a él, a escasos centímetros de su rostro, había la cara horrible y bestial de un demonio con rostro de serpiente. Una risa nerviosa se escapó de sus labios, pero entonces alzó el abanico bruscamente y gritó:
- ¡Llamas de cólera!
El fuego cubrió el cuerpo del demonio, carbonizándolo al instante. Decididos a luchar contra lo que fuera, todos saltaron fuera de su escondrijo, buscando a su enemigo con la mirada. Ante ellos solamente vieron a una persona que no recordaban: una niña de cabellos blanquecinos que les miraba con una sonrisa maliciosa de seguridad.
- Os he estado esperando, estrellas de Suzaku -dijo altivamente.
- ¿Quién rayos eres tú? -preguntó Tasuki desconcertado.
La niña no respondió. Simplemente se limitó a levantar una mano, que movió en un peculiar ángulo. De inmediato, su palma se cerró alrededor de algo que apareció en el aire: un extraño objeto dorado punzante. Sin ningún tipo de problema, se elevó lentamente en el aire, sentándose en las alturas con las piernas cruzadas.
Los muchachos se quedaron de piedra ante tal visión: recordaban demasiado bien la situación en la que vieron aquellos mismos movimientos. Chiriko sintió que su corazón empezaba a latir más deprisa, y que el miedo se apoderaba de su ser, aún contra su voluntad.
- ¿Tú eres Miboshi...? -preguntó Tamahome aún sin creérselo.
- En efecto -dijo este- Mi maestro me ha ofrecido la oportunidad de divertirme un poco con vosotros...Así que lo haré con mucho gusto.
De inmediato el objeto que llevaba en su mano empezó a girar amenazadoramente, provocando que empezaran a aparecer demonios por todas partes. Los muchachos se prepararon para la lucha.
- Hay demasiados... -dijo Nuriko lentamente, haciendo que sus brazaletes adoptaran la forma de combate- ¿De dónde salen?
- Tiene el poder de convocar a los demonios -dijo Suboshi, haciendo levitar las estrellas fugaces.
- ¡Escuchad! -gritó Amiboshi alzando su flauta- ¡Vosotros id a rescatar a Miaka, a Yui! ¡Soi, Suboshi y yo le detendremos!
- ¡Pero no podemos dejaros aquí! -gritó Tasuki.
- ¡Miaka es más importante ahora! -gritó Soi, cosa que sorprendió a los muchachos- ¡Ídos!
Tardaron a apenas unos instantes en decidirse. Todos temían por la vida de Miaka. Sin mirar atrás, las estrellas de Suzaku entraron en el palacio, decididas a luchar por lo que más amaban.
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Algo se avecinaba: no es que lo supiera exactamente, pero su instinto como sacerdotisa la anunciaba que algo malo estaba ocurriendo fuera de aquellos muros. Yui suspiró con pesadez y se inclinó sobre el pequeño Hikari, que dormía en su cuna de telas blancas. Temía por su seguridad. En aquellos días le había cuidado, calmándole cuando lloraba y jugando con él para que notara el tenso ambiente. Pero sabía que el bebé necesitaba a su madre y su padre urgentemente, y que ella no podía substituírles lo más mínimo.
Aquellos pensamientos fueron interrumpidos por alguien que entró violentamente en la sala, haciendo que los portales golpearan contra la pared. Giró la cabeza bruscamente, para encontrarse mirando cara a cara al emperador de Kutô, que avanzaba hacia ella a toda prisa. La chica trató de coger a Hikari entre sus brazos, pero entonces el hombre alzó una mano y una onda expansiva proyectó a la chica contra la pared, haciéndole ahogar un sonido de dolor. Yui consiguió incorporse forzosamente, pero entonces sintió que de algún modo estaba fija en el muro y que le era imposible moverse. Era obra de un campo de fuerza.
- ¿Qué estás haciendo? -preguntó obstinadamente.
- Las estrellas de Suzaku están aquí -dijo el hombre maliciosamente- Han venido a buscar a su sacerdotisa. No puedo permitir que encuentren el shinjazo.
- Que Miaka... -susurró Yui- ¡¿Miaka está aquí!
- Desde hace un buen rato, sí -dijo el emperador, acercándose a Hikari- Ha caído en nuestra trampa y ahora está en manos de Tomo. No dejará que consigan rescatarla...al menos no hasta que hayan matado a unos cuantos de ellos.
- ¡No toques a Hikari, desgraciado! -gritó Yui furiosa.
- No te preocupes, no le haré nada -dijo Hokai riendo cruelmente- Solamente lo alejaré de aquí para que ellos no lo encuentren...Me marcho a otro lugar. Y tú te quedarás aquí. Estoy seguro de que tus estrellas te protegerán -dijo burlonamente, cogiendo al bebé entre sus brazos, que empezó a llorar de inmediato al despertarse.
- ¡Espera! -gritó Yui tratando de liberarse, mientras lo veía marchar sin poder detenerle.
Pero Hokai se marchó con una sonrisa cruel, cerrando los enormes portones de madera tras de sí. En el momento en que ocurrió, Yui se vió liberada de aquella fuerza paralizante. De inmediato, corrió hacia las puertas, tratando de abrirlas, pero no fue capaz: estaban cerradas con llave. En un destello de rábia, arrancó un puntapié a la madera, pero eso no le sirvió para quedar libre.
Sin poder evitar la desesperación, la chica se dejó caer lentamente de rodillas al suelo, luchando contra las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos.
"Miaka...lo siento..."
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Tras dejar aturdido a todos los guárdias que se ponían en su camino, Tamahome y los demás avanzaron por los pasillos del palacio, que resultaba ser casi un laberinto. Pero, grácias a Chiriko, que parecía un plano viviente, estaban encaminándose a la sala del trono. De momento no había encontrado ningún obstáculo relevante, pero esperaban que tarde o temprano aparecieran los Seiryuus y deberían enfrentarse de nuevo.
No se equivocaron: al girar una esquina, encontraron a alguien, recostado cómodamente en el muro, como si les estubiera esperando.
- ¡¿Quién eres! -gritó Tamahome, con el signo reluciente en su frente.
El aludido sonrió cruelmente, para después incorporarse y girarse para mirarlos. Los ojos rojizos del muchacho de piel oscura se fijaron de inmediato en todo el grupo que tenía ante ellos.
- Os esperaba, Suzakus... -dijo con una voz demasiado grave para un niño de su edad- No os dejaré pasar de aquí.
Todos estaban atentos a sus movimientos, pero había alguien que sentía otra sensación más fuerte en el pecho. Nuriko no pudo evitar que una expresión de odio intenso aflorara en su rostro, borrando su expresión amistosa. Sus ojos se agudizaron, mientras sentía que sus puños se cerraban con fuerza, como tratando de ahogar la rábia. Recordaba muy bien aquellos ojos rojos que helaban la sangre en las venas. Estaba seguro de no equivocarse: el ser que tenía ante sí había sido el causante de su muerte.
- Chicos -dijo lentamente, con una voz más seria de lo habitual- Íd delante. Yo me ocuparé de él.
- ¿Q...qué...? -inquirió Hotohori.
- ¡¿Se te ha ido la olla! -exclamó Tasuki- ¡¿Cómo que te dejemos aquí!
- Cállate, Tasuki -dijo Nuriko de repente, con una voz de lo más fría.
Todos le miraron con extrañez, dándose cuenta de que el muchacho parecía más decidido y gélido que nunca. En su rostro aparecía una expresión de decisión que no conocían en aquel chico de carácter afable y alegre.
- Esto es algo personal -dijo de nuevo con aquél tono impasible- No tenéis nada que hacer aquí: acabaré este asunto yo solo...y de una vez por todas.
A pesar de que no se sentían capaces de dejar a su amigo solo ante el peligro, habían visto la decisión de su rostro, y sabían que ayudarle en aquella lucha sería un insulto para su honor: era de esperar que Nuriko quisiera derrotar con sus própias manos a su asesino. Tardaron unos instantes a decidirse, pero al final Hotohori dió un paso al frente, dispuesto a pasar ante su enemigo.
- Ten mucho cuidado, Nuriko -dijo.
- Proyectaré mi aura sobre tí -dijo Chichiri preocupado- Si te pasa algo, vendremos de inmediato.
- No os preocupéis -dijo Nuriko- estaré bien. Marchaos.
Sus compañeros se fueron a paso rápido, aunque Tasuki se debatió un poco consigo mismo, incapaz de dejarle solo. Un tirón de Tamahome le hizo avanzar de nuevo. Nuriko observó como se marchaban, para fijar de nuevo sus ojos en Ashitare, con un nuevo aspecto que no conocía. Este acariciaba las armas punzantes que llevaba en la cintura de un modo amenazador.
- ¿Lo ves? -preguntó gravemente- Me veo obligado a utilizar armas hechas por humanos para luchar...porqué tú mataste mi parte animal, al menos en lo que a físicamente se refiere. Me dejaste desvalido y sin apenas poderes...Por suerte, he conocido a alguien que pude devolverme ese poder que tube antaño. Pero antes...voy a vengarme por la muerte tan poco digna que me diste. Te destrozaré con mis própias manos por segunda vez...
- No confíes en ello -dijo Nuriko con firmeza- No me matará dos veces la misma béstia.
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Por fín llegaron, por lo que les sorprendió mucho no encontrar guárdias ni nada por el estilo por el camino. Seguían preocupados por Nuriko, pero la mayor inquietud de todos era Miaka. Sin pensar en cualquier consecuéncia, Tamahome saltó en el aire y golpeó la puerta con fuerza, haciendo caer los dos enormes portales decorados con oro.
- ¿No podrías haber llamado? -dijo Tasuki por lo bajo.
Pero la voz de todos se esfumó cuando tubieron la visión de la sala ante sí. Solamente uno pudo soltar una palabra.
- Miaka...
La sacerdotisa de Suzaku estaba atrapada en unas ataduras de espinos, con la ropa echa trizas y llena de rasguños y pequeñas heridas. Al parecer ya llevaba bastante rato de aquél modo. Al verlos entrar, ahogó un gritó de alerta.
- ¡Cuidado, es una trampa...!
- ¡¿Qué...! -exclamó Tasuki.
Pero ya era tarde. Bajo los pies de las estrellas aparecieron las ataduras maléficas que no tubieron problema alguno para atraparles. Por mucho que trataron de liberarse, fue inútil, así como tantas otras veces.
- Empiezo a cansarme de que siempre sea lo mismo... -dijo Tasuki fastidiado, tratando sin éxito de quemar las ataduras
Una risa maléfica resonó en la estáncia, como anunciando la preséncia del último de los enemigos Seiryuu. Tomo les miró de solsayo, con aquella expresión cruel en su rostro.
- Habéis caído como moscas -dijo truinfante- Creo que os sobrevaloré...
- Maldito séas... -dijo Tamahome enfurecido.
- Qué raro... -dijo Chichiri analizando las cuerdas con la mirada- no parece que ni siquiera el fuego de Tasuki pueda deshacerlas...
- ¡¿Qué quieres de nosotros...! -gritó Tamahome- ¡Suelta a Miaka...!
- Tamahome... -dijo Tomo negando lentamente con la cabeza- No has cambiado nada desde que te conocí por primera vez...sigues siendo un muchachito de lo más obstinado...
Sin preludio alguno, sus dedos se movieron para mostrar flotando en el aire una concha entre ellos. Tamahome sabía qué significaba, pero no pudo hacer nada por impedir quedar atrapado en una ilusión.
Ante sí vió a Tomo tal y como le había conocido hacía tres años del tiempo real, con su rostro cubierto por la máscara de tétricos colores que tanto misterio mórbido parecía ocultar. Los labios del Seiryuu se tensaron en una extraña sonrisa.
- Como ves, no me he olvidado de tí, Tamahome... -dijo en un espeluznante susurro.
Se acercó lentamente al muchacho, alzando su mano de uñas pintadas de negro azabache. Tamahome ahogó un gemido de pánico cuando tocó su pecho.
- ¡No me toques! -gritó.
- Tranquilo... -dijo Tomo sonriendo de un modo perverso- En otras circunstáncias podrías temer por lo que estás pensando...pero ahora no tengo tiempo para semejantes cosas...
Aún así, las manos del Seiryuu recorrieron el torso de Tamahome, sospechaba este, que disfrutando con el contacto. El rostro del enemigo se iluminó por un gesto de satisfacción, al tiempo que abría violentamente su camisa. Acomodado sobre el pecho de Tamahome, habiendo estado cubierto por la ropa, estaba el shinjazo de Seiryuu.
- Bingo -dijo Tomo con satisacción, arrancándolo del cuello de Tamahome.
- ¡No, desgraciado, devuélveme eso! -gritó el chico.
- Lo siento, pero no puedo hacerlo -dijo el Seiryuu complacido- Lo necesitamos para obtener nuestros fines.
- Maldito... -dijo Tasuki entre dientes.
- Y ahora, con el permiso de mi señor Hokai -dijo Tomo- me divertiré un rato con vosotros...
Los chicos estaban atentos a cualquiera de sus movimientos, sabiendo que no podrían hacer nada en caso de un ataque contundente...Pero entonces ocurrió algo: una luz roja muy intensa iluminó la estáncia, provocando una suave oleada de energía...Todos lo sintieron, una fuerza que ya había notado en más ocasiones. Chichiri giró lentamente la cabeza cuanto pudo, mirando hacia atrás.
- ¿Alteza...? -susurró.
Efectivamente, Hotohori estaba utilizando su máximo poder a través de su espada. La hoja del arma brillaba con una intensa luz rojiza, al tiempo que su carácter resplandecía en cursiva sobre su cuello. Realmente era una exhibición de fuerza fabulosa...aunque fue mejor cuando, sin mayor esfuerzo, logró romper las ataduras con solo aquella poderosa aura que le rodeaba. Aterrizó ágilmente en el suelo, incorporándose rápidamente y levantando al frente la espada.
- Te he descubierto, Tomo -dijo con seguridad.
- ¿Cómo has...? -exclamó el maestro de la ilusión.
Se fijó en la mano derecha de Hotohori, con la cual empuñaba la espada, de donde salía un fino hilo de sangre...¿Se había herido? Tomo sonrió cínicamente, al parecer no demasiado afectado por la derrota.
- Te has herido a tí mismo, ¿cierto? -preguntó- ¿Cómo te diste cuenta de que era una ilusión?
- Primero, porqué las llamas de Tasuki no las quemaban: qué curioso siendo simples zarzas, ¿no?. En segundo lugar, estas "cosas" no proyectan sombra. He podido darme cuenta mientras sumías a Tamahome en tu ilusión.
- Buena estratégia -dijo Tomo aceptando un punto en favor del Suzaku- Hiriéndote has conseguido que el dolor te hiciera despertar...Creo recordar que ya hubo alguien que utilizó una vez eso contra mí...
Sin escuchar aquellas palabras, Hotohori volvió a hacer manar su energía en forma de aura y, con cinco hábiles cortes, rompió las ataduras de sus compañeros en el acto. Tras aterrizar con la agilidad de siempre, Tamahome levantó las manos al frente en un movimiento ya practicado, dispuesto a atacar a su enemigo.
- Por fín nos veremos las caras, Tomo.
