Gacias por los reviewsssss!!!! n.n

koharu: no es por nada, pero lo que djiste de Tasuki no es una paranoia n.n. Sí, lo has descubierto XD. Muchas grácias por decir que el capi estaba bien, porqué a mí me pareció un poco sosillo u.uU. Weno, si tu me dices que está bien, me lo creo n.n. Un besazo muy fuerte y hasta pronto. P.D. Me alegra que te gustara lo de Uruki y Takiko. Dws n.n

Akane-chan-yuna: Jeje, más que nada el review por costumbre, porqué con el messenger n.n. Siento decir que a partir de ahora hasta casi navidades no voy a tener tiempo de conectarme mucho, porqué con los exámenes...ToT. Weno, yo seguiré sacando tiempo para escribir. Muchas grácias por seguir este fic y por darme suerte en los exámenes. Una beso n.n

kazu: Lo de ESTUPENDO me llegó al alma, chica n.n. Todos me han dicho que el trozo de Uruki y Takiko está muy bien. Con lo de matar a Tomo...no va a tardar ninada n.nU (es que a mí no me cae tan mal ;P.). Molts penotes y gràcies!!!

CIELO Y TIERRA ENFRENTADOS

Capítulo 20.- El templo de Genbu. Ecos de guerra

La batalla estaba muy reñida, aunque los Suzaku y Seiryuu, así como los Genbu, habían recibido bastante. Aún así, ninguno parecía dispuesto a dejarse vencer, ya que luchaban con todas sus fuerzas y más.

- ¡Maldita sea! -gritó Tamahome hecho una fúria, mientras uno de sus inigualables golpes trataba de alcanzar a Miboshi, que le miraba con desprecio en las alturas- ¿¡Por qué no podemos vencerles!?

- ¿Acaso no lo entiendes, Tamahome? -preguntó el Seiryuu con satisfacción- Los Seiryuu tenemos decenas de veces más energía que los Suzaku y los Genbu... Solamente podríais ganarnos si convocárais a vuestro diós, aunque eso os va a resultar bastante difícil. Mientras nuestro maestro esté de nuestro lado, no podréis hace nada para detenernos...! -acabó, enviando una ráfaga de demonios contra el jóven.

El Suzaku saltó en el aire, con su trabajada agilidad, utilizando su poder en la lucha para fulminar con éxito a los diferentes demonios que venían hacia él. Aterrizó instantes después, con el signo rojo resplandeciendo en su frente. Miboshi sonrió con malícia.

- Eres realmente bueno... -dijo con una extraña satisfacción- Pero no tanto como para vencerme...

Tamahome esperó, atento a cualquier movimiento de su enemigo, aunque no alcanzó a percibir el pequeño temblor que se formaba bajo sus pies...así como las roturas que surgieron del piso, dejando ver las tenebrosas garras de algo oculto bajo tierra.

Amiboshi, que ayudaba a Chichiri con su música a formar una barrera alrededor de Miaka y Yui, percibió aquel sonido que le hizo estremecer. Buscó la fuente de tal fuerza, hasta que sus ojos se clavaron en el suelo bajo los pies de Tamahome. Despegó los labios de su flauta y se lanzó hacia adelante.

- ¡Tamahome, cuidado! -gritó el Seiryuu.

- ¿Eh...? -inquirió el aludido girándose levemente.

De inmediato, un par de garras gigantescas se alzaron de bajo tierra, aferrando los pies del muchacho, que lo advirtió con horror. Aunque para cuando liberarse, aquellas agudas uñas ya estaban hundidas en sus piernas, produciéndole un dolor insorportable.

- ¡Tamahome...! -gritó Miaka con lágrimas en los ojos.

- ¡No te muevas, Miaka! -le advirtió Chichiri.

Dejándolo todo en manos de Chichiri, Amiboshi echó a correr hacia su amigo Tamahome, dispuesto a ayudarlo. Eso provocó que olvidara su própia protección...de modo que no sintió el proyectil que venía a toda velocidad hacia él...hasta que notó que su flauta se astillaba entre sus dedos. El muchacho sintió un horror desbordante cuando hizo descender la mirada, para ver los restos de su inseparable instrumento cayendo al suelo.

- Maldición... -susurró.

Un segundo más tarde, una hábil técnica cuerpo a cuerpo le hizo caer al suelo, de cara al cielo. No supo quién había sido, hasta que sintió algo agudo y punzante rozando su garganta. Levantó la vista, para ver a la guerrera de cabellos rúbios, apuntándole al cuello con una flecha tensada en su arco.

- Se acabó -dijo Phobos triunfante.

- ¡Amiboshi! -gritó Suboshi asustado, concentrando su aura para atacar.

- ¡Quieto! -gritó Phobos- ¡Quietos todos!

Ante aquel grito, todos a la vez, Suzaku, Seiryuu y Genbu se detubieron, desviando los ojos hacia aquella dirección. Todos sintieron un gran vacío al ver a Amiboshi amenazado por la flecha de Phobos, que parecía muy segura de sí misma.

- Un sólo movimiento...y este chico pasará a mejor vida -advirtió.

- ¡Amiboshi...! -gritó Yui preocupada.

Pero esa desesperación no podía compararse a la de su gemelo Suboshi, que miraba con los ojos desorbitados de terror. Ahogó un grito de dolor mientras se lanzaba hacia el frente.

- ¡Amiboshi! -vociferó.

- ¡Espera! -gritó Tomite cogiéndole de un brazo- ¿¡Quieres que te mate a tí también!?

- ¡Pero es mi hermano...! -respondió el Seiryuu tratando de liberarse de él.

- ¡No le hagáis caso...! -exclamó una voz forzada.

Todos se dieron la vuelta bruscamente, mirando hacia dónde había sonado la voz, para descubrir que surgía de los labios de Amiboshi. El muchacho seguía con una expresión de decisión en su rostro, aún a pesar de que la punta de la flecha estaba haciéndole una pequeña herida justo en el cuello.

- ¡Atacádles ahora! -gritó el muchacho- ¡Ahora es vuestra oportunidad!

- ¡Ni pensarlo, Amiboshi...! -gritó Miaka entre lágrimas.

- Maldita sea... -murmuró Tamahome, inmóbil a causa de las garras que le aprisionaban, maldiciendo su suerte.

Con sus ojos violácios, miró a Miboshi, que sonreía triunfante, complacido de que Phobos hubiera jugado tan bien sus cartas. Le señaló con su objeto para convocar demonios.

- El siguiente...eres tú, Tamahome -añadió.

El Suzaku sintió como el demonio que seguía bajo tierra apretaba sus garras alrededor de sus pies, preparado para atraparle en cualquier momento...y destruírle por completo. Sólo pensó en Miaka, en su hijo Hikari...en su tremendo fracaso por proteger a su família.

Justo cuando creía que todo estaba perdido, sintió una conocida fuerza tras de sí...una energía fuerte y dominante, llena de fuerza, fría como el hielo y ardiente como los mismísimos infiernos. Lentamente, Tamahome se dió la vuelta, para ver a alguien que había convocado su poder por voluntad própia.

La imagen era sobrecogedora, de miedo y hielo, de muerte y rábia. El líder de los Seiryuus desplegaba toda su fuerza, que manaba del signo azul de su frente, que le rodeaba como un aura de energía infinita.

- Esto ha ido...demasiado lejos -dijo Nakago con firmeza.

Miboshi se quedó quieto por unos instantes, mirando al que en un tiempo fuera su líder, pero después esbozó una sonrisa llena de maldad.

- No te engañes a tí mismo, Nakago... -dijo con orgullo- Por mucho poder que poseas, a mí no puedes matarme... Derrotarme quizás sí, pero no moriría... Piensa por un instante: si destruyes mi cuerpo, ¿qué me impediría poseer a cualquiera de estos chicos? ¿A la sacerdotisa de Suzaku, o a la de Seiryuu...o incluso a Soi? -añadió con una cruel sonrisa.

Al oír una sola mención a aquel nombre, la seguridad de Nakago pareció flaquear. Su signo desapareció momentániamente, mientras en su corazón trataba de vencer aquel sentimiento que tanto detestaba: el miedo. Si Miboshi se atreviera a hacer daño a Soi...no sabía de qué sería capaz. Su mirada azul se agudizó en el acto, mientras el signo "corazón" recuperaba su fuerza, aún con más intensidad. Iba a estallar una batalla terrible...

Pero esta no llegó a producirse. Justo cuando Miboshi y Nakago iban a atacarse mútuamente, alguien apareció tras el Seiryuu maligno, llamando su atención. Miboshi se dió la vuelta, para ver a Tomo surgir de la nada, lleno de heridas, magulladuras y cortes.

- Tomo -dijo Miboshi sorprendido- ¿Qué ha pasado?

- Vámonos...ahora -dijo el aludido con rábia, sangrando por todas su heridas- Me vengaré más tarde...de ese Genbu...

Miboshi pareció pensar por unos instantes en su decisión, pero al final miró con su rostro infantil hacia el grupo de Suzaku, acompañados por los Genbu y sus própios desertores Seiryuu.

- Esta lucha no ha terminado -dijo con fuerza- En vuestro mínimo descuido, os mataremos.

Dicho esto, tanto Tomo como Miboshi se esfumaron en la nada. Al desaparecer ambos, Tamahoem se vió liberado del demonio, aunque las heridas producidas por las garras siguieron sangrando en sus piernas. En un instante, Miaka se había lanzado sobre él, abrazándole entre lágrimas.

- Tamahome...tenía miedo de que murieras... -susurró.

- Tranquila -le calmó su esposo- Estoy bien. Apenas me ha hecho cosquillas...

Miraron alrededor, para ver que tanto Ashitare, como Phobos y Deimos habían desaparecido. Suboshi corrió al frente y ayudó a su hermano a ponerse en pie, mientras le ponía las manos en los ombros.

- Amiboshi, ¿estás bien? -exclamó preocupado.

- Yo estoy bien, hermano -susurró Amiboshi con pesadez- Pero...a partir de ahora...no podré utilizar mis poderes... -se lamentó, levantando entre sus manos las astillas que quedaban de su fiel flauta.

Suboshi se inclinó junto a su otra mitad, mientras le abrazaba con fuerza, dándose cuenta de repente del miedo que había sentido al creer que podía haberle perdido. Amiboshi se quedó quieto por unos instantes, pero después asintió lentamente.

- A mí me basta con que estés vivo... -susurró Suboshi a su oído.

Todos se miraron, satisfechos de que no hubiera ocurrido nada. De repente, Hotohori miró alrededor, preguntándose por lo ocurrido.

- ¿Quién habrá dejado de ese modo a Tomo? -preguntó extrañado.

Como si respondiera a esa pregunta, un fuerte e imparable viento se levantó tras ellos, removiéndoles las ropas y los cabellos. Miraron en todas direcciones sin entender nada, aunque dentro de dos de ellos empezaba a formarse una cierta esperanza.

- Ese viento... -susurró Hikitsu.

- ¡Es él...! -dijo Tomite con una sonrisa triunfal.

- ¿Nos echabais en falta, chicos? -preguntó una voz conocida.

Totalmente aliviados al reconocer aquel tono, el grupo miró sobre sus cabezas, para ver una silueta fugaz cruzar la luna mientras volaba por los aires. En un instante, vieron como una chica aterrizaba suavemente, con sus pies rozando el suelo hasta posarse por completo, mientras una tremenda sonrisa desbordaba su rostro.

- Ya estoy aquí, muchachos -dijo triunfante.

- ¡¡¡Uruki!!! -gritaron a la vez Tomite y Hikitsu, corriendo hacia su amigo y compañero, que recuperó de inmediato su aspecto masculino- ¿Y Takiko...?

De inmediato, el Genbu retiró su capa, para mostrar que Takiko había estado todo el rato abrazada a su cintura, para pode volar juntos por los cielos. Los dos chicos se quedaron de piedra. Tomite hizo una risilla nerviosa, mientras se acercaba a Takiko y le ponía una mano en la cabeza con cariño.

- Takiko, me alegra de que estés bien... -dijo con la voz temblante- Verás...eso de que Fuutaka vuela y todo eso...no ha sido más que...

- No te esfuerces, Tomite -dijo Takiko con los brazos cruzados- No hace falta que me des explicaciones- Igual que tú, Hikitsu.

Los dos muchachos se quedaron de piedra al oír tales palabras. Miraron a la chica, que les dirigió una deslumbrante sonrisa.

- Me acuerdo de todo, chicos... -dijo sonriente- He vuelto...tal y como era antes.

Después de aquellas palabras, los ojos de Tomite empezaron a llenarse de lágrimas, aunque él trataba de retenerlas. En un estallido, se lanzó sobre Takiko, abrazándole mientras lloraba en su hombro.

- Takiko... -susurró, plenamente feliz.

Hikitsu no dijo nada, pero sonrió plena y luminosamente, una expresión que sus compañeros sabían reconocer como una muestra de su inmensa felicidad. El moreno se separó de su sacerdotisa, con una expresión de inmensa dicha en su rostro lleno de lágrimas.

- Me alegro...de que hayas vuelto, sacerdotisa -dijo Tomite sonriendo.

- Grácias, Tomite -respondió Takiko.

Después de aquella escena, la chica andó sobre la nieve, mirando al resto de los que por aquel entonces eran sus compañeros. Se plantó frente a Miaka y Yui, mirándolas con una expresión más madura que infantil.

- Yo soy Takiko Okuda -dijo claramente- La sacerdotisa de Genbu. Ahora que tres sacerdotisas y sus guardianes luchan bajo una misma insígnia, no hay nada que temer.

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

- Ala... -exclamó un impresionado Nuriko, al observar el panorama.

- No hables así, Nuriko... -dijo Tasuki molesto- Que pareces un crío.

- ¿¡Qué has dicho...!? -exclamó el chico de cabellos violetas, estrangulando al pelirrojo.

- Parad ya, chicos -dijo Miaka con una sonrisa (y una gota de sudor en la cabeza)- Ya hemos llegado a la capital.

Dicho esto, el grupo descendió por una avenida empedrada en gris, que llevaba directamente a la ciudad más grande que ninguno de ellos había visto jamás: ni más ni menos que la capital del país más extenso de los cuatro imperios. Los edificios eran altísimos, de un estilo desconocido para la mayoría. Sólo sabían que los techos eran cúpulas de diversas formas y colores, por lo que les hacían sentir pequeños e insignificantes, perdidos en un mundo exótico y mágico. Todas las calles estaban llenas de tiendas al aire libre, como un inmenso mercado, dónde se vendían cosas de todo tipo.

- Esto es increíble... -susurró Nuriko sorprendido- Es veinte veces más grande que el barrio comercial de Eiyou...

- Hacía tantísimo tiempo que no pisaba esta ciudad... -susurró Takiko con una enorme sonrisa, mirándolo todo a su alrededor.

Desde que Takiko recuperara sus recuerdos el día anterior, había hablado mucho con Miaka y Yui, puesto que las tres compartían el hecho de ser sacerdotisas. Se habían hecho amigas enseguida, aún a pesar del aspecto infantil de la sacerdotisa de Genbu.

- ¿Y ahora hacia dónde debemos ir? -inquirió Tamahome, un poco perdido.

- ¿Véis aquel edificio? -señaló Hikitsu por encima de sus cabezas, apuntando a un edificio de cúpula dorada- Eso es el templo de Genbu.

Andaron por calles concurridas pero a la vez estrechas, acercándose cada vez más bajo la sombra de un enorme edificio, que supieron de inmediato que era el templo de Genbu.

- Este es el auténtico templo del diós béstia -dijo explicó Uruki- Hace más de doscientos años, la capital estaba ocupada por Kutô, por lo que no svimos obligados a realizar la ceremónia de invocación en otro lugar...

- ¿Y era aquella sala de cristal, no? -preguntó Miaka entendiendo.

- Exacto -asintió el moreno, mirando la enorme construcción- Espero que el shijazo aún esté aquí... Han pasado tantos años que la gente debe considerar este sitio maldito. Todos han olvidado ya la leyenda de las estrellas de Genbu...

Dicho esto, Uruki avanzó unos pasos y puso las manos sobre los enormes portones. Quizás al reconocer su poder de Genbu, estos le obedecieron, girando sobre sus goznes y abriéndose con un sonido chirriante. El muchacho miró al interior, como esperando encontrar algo, pero después avanzó, indicándoles a los demás que le siguieran.

Justo cuando el último de ellos, Nakago, entró en el templo, las puertas se cerraron bruscamente a sus espaldas, dejándoles sumidos en las tinieblas. Permanecieron unos instantes en las sombras, como si trataran de pensar en una solución. Tasuki se avanzó, con notable fastidio, y cogió el abanico de su espalda para encender un fuego.

De hecho lo habría hecho si algo muy afilado no hubiera descendido en picado, sin conseguir de cerca cortarle un brazo, clavándose después en el suelo.

- ¿¿¡¡Qué demonios es esto...!!?? -gritó asustado, retrocediendo como tres metros.

Todos contemplaron en la oscuridad el reflejo de un arma plateada, semejante a una guadaña, que fue levantada del piso por unas manos fuertes, dejando un pequeño hoyo en el piso...de piedra!

- No permitiré que pongáis una sola mano sobre el shinjazo de Genbu -dijo una voz femenina.

- ¿Quién hay ahí? -preguntó Tamahome interrogante.

Pero, de repente, sintió una curiosa debilidad, una sensación de pérdida que le dejó agotado... Antes de poder darse cuenta, el signo "demonio" había desaparecido de su frente.

- ¿Q...qué ha pasado? -preguntó impresionado.

- No podréis pasar de aquí... -susurró entonces una voz masculina.

- ¡Malditos! -gritó Tamahome- ¡Queréis robarlo, ¿verdad?!

- ¡Quieto! -advirtió una tercera voz, de la cual no supo distinguir de inmediato la procedéncia.

Con una mirada aguda habitual en él, Suboshi advirtió el peligro, por lo que corrió a toda prisa y se lanzó sobre su ahora amigo y compañero.

- ¡Cuidado, Tamahome!

Ambos cayeron al suelo, rodando unos metros...justo antes de que decenas y decenas de unos pequeños proyectiles se clavaran en el suelo de mármol, en el lugar en el que habían estado instantes antes. Se incorporaron poco a poco, mientras Suboshi levantaba la vista, viendo con horror que lo que les habían lanzado eran...

- ¿Agujas...? -susurró perdido.

- ¿Qué...? -inquirió Uruki al oír aquella palabra.

- Maldita sea... -se quejó Tasuki- Rekka...shinen!

Las llamaradas de Tasuki iluminaron un espacio de cinco metros a su redonda, para mostrarles de inmediato una visión de su enemigo...al menos de uno de ellos.

Tamahome y Suboshi habían acabado a los pies de una chica de unos dieciocho años, que les miraba con total seguridad, sosteniendo entre sus manos un arma semejante a una guadaña. Sus cabellos eran muy negros y los llevaba largos, recogidos a la espalda con una cinta. Sus ojos eran rasgados, con un rostro de rasgos más bien maduros. Apuntó directamente al rostro de Suboshi.

- Ningún intruso robará el recuerdo de la sacerdotisa de Genbu -advirtió con seriedad.

Las cosas podrían haber ido mal, pero entonces Takiko se adelantó a toda prisa, con una gran sonrisa en su rostro.

- ¡Inami! -gritó deteniéndose.

- ¿¿¡¡QUÉÉÉÉÉ!!??

La mujer de la guadaña se detubo al oír aquella palabra, bajando lentamente el arma, mientras miraba a la chica que se había plantado frente a sí. La observó unos instantes, como si tratara de reconocerla, aunque después la sorpresa se reflejó en su rostro.

- Takiko -dijo únicamente.

- Así es, Inami -dijo Takiko sonriendo complacida- He regresado...

La mujer, una de las siete estrellas de Genbu, hizo una mueca irónica, mientras hacía tocar el extremo de su arma en el suelo.

- Dioses...ha pasado tanto tiempo... -susurró- Creí...que no volvería a verte, sacerdotisa.

Inami se dió la vuelta, con una ligera sonrisa de satisfacción.

- Ya lo habéis oído, muchachos -dijo claramente- La sacerdotisa de Genbu...ha regresado.

Ante aquellas palabras, vieron a tres personas acercarse al haz de luz que proyectaba el abanico de Tasuki. Todos se quedaron de piedra...sobretodo cuando algo rápido y más bien pequeño salió corriendo a toda velocidad, hasta acabar abrazado a Takiko. La muchacha pestañeó aturdida, y luego bajó la mirada, para ver a un chico moreno de unos doce años abrazándola como si ella fuera mayor que él.

- Takiko...cuanto tiempo...

- ¿Yo te conozco? -inquirió Takiko perdida.

De inmediato, el chico levantó la mirada, con unos ojos que se llenaron de lágrimas a una velocidad asombrosa.

- ¿Cómo...que no...me recuerdas...? -inquirió temblando- ¡¡Buaaaa...!!!

- Diós, no puede ser... -dijo Uruki con una XXL gota de sudor en su cabeza.

- Esta escena me suena demasiado... -dijo Tomite con la mandíbula hasta el suelo.

- ¡Hatsui! -dijo Takiko con una enorme sonrisa, reconociéndolo- Tenía ganas de verte...

- No tienes remedio... -dijo Tomite acercándose y negando, mientras golpeaba con toda la mala leche la cabeza del chico- Sigues siendo igual de llorica...

A pesar de aquel comportamiento, Tomite tuvo que admitir que se alegraba de verle, aunque no pudo pasar por alto que su antiguo compañero tenía un aspecto de lo más normal, muy diferente a la extraña apariéncia que había tenido doscientos años atrás. De hecho...se parecía a un poco a él. De refilón, Tomite levantó la mirada, para ver a un chico de, aproximadamente, diecisiete años, de cabellos de un castaño muy oscuro, casi negro, que tenía recogidos tras la cabeza. En su mano derecha llevaba una espada verdaderamente enorme, que no todos hubieran podido acarrear. En su rostro, justo sobre el puente de la nariz, llevaba una signo negro azabache.

- Urumiya... -dijo Hikitsu con sorpresa.

- Habéis tardado, como siempre -dijo este con su habitual sequedad. Aunque, después, una levísima sonrisa de satisfacción se esbozó en su rostro.

Urumiya había sido el más difícil de sus compañeros. Por una serie de cirscunstáncias, había terminado por intentar matarles, aunque después, poco a poco, fue sintiendo cierta simpatía por los Genbu, por lo que había acabado por unirse al grupo para invocar a Genbu (N/a: Todo esto es mera suposición...u.uU). El Genbu de acercó poco a poco a Tamahome, mirándole con aquellos ojos que aún conservaban parte de su frialdad.

- No te preocupes por tu fuerza. La recuperarás pronto -dijo lentamente- Mi habilidad es absorber los poderes de los demás, aunque el efecto dura muy poco. No sabía que érais amigos...

- No importa -dijo Tamahome rápidamente, con una sonrisa de seguridad.

De inmediato, Urumiya se plantó frente a Takiko, mirándola con una ligera expresión de cariño. Después, levantó la mano y le mostró a Takiko algo muy pequeño que estaba en su palma. La chica lo miró entre pestañeos, pero después sonrió levemente y lo tomó en sus manos. Miaka y Yui miraban con los ojos como platos.

- Miaka...¿qué es eso? -inquirió la rúbia al oído de su amiga.

- Yo que sé... -dijo Miaka encogiéndose de ombros- ¿Una especie de muñeco...?

Takiko, por su parte, cerró los ojos y acarició con su mejilla a aquella preciosa cosita.

- Naname... -susurró.

- ¿¡Qué!? -exclamaron todos sin entender.

Pero mayor fue su sorpresa cuando lo que parecía un muñeco se movió por sí solo, abrazándose a Takiko con fuerza.

- ¿Qué diablos es eso??? -exclamó Tasuki con las cejas arqueadas.

- No lo llames así... -dijo Takiko fingiendo mosqueo- "Eso" es Naname, y es una estrella de Genbu -la chica contempló a su pequeño compañero, siendo la única capaz de ver una expresión de felicidad en el rostro de su pétreo compañero- Creía que nunca volvería a verle...

Después, dirigió sus ojos hacia sus otros tres compañeros, que la miraban con una expresión de dicha al causa del reencuentro.

- Y a vosotros también...me alegra volver a veros... -susurró la niña, casi con lágrimas en los ojos- Ha pasado...tantísimo tiempo...

Inami sonrió más pronunciadamente, recordando el cariño que llegó a sentir por aquella muchacha. Después, sus ojos rasgados se fijaron en el resto de personas que les acompañaban (N/a: que son unos cuantos XD).

- ¿Y vosotros?

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Ascendiendo por unas larguísimas escaleras de caracol, los cuatro últimos Genbu escucharon sin decir nada la explicación de Takiko y los demás. Al final, tras llegar al último piso, se encontraron en un rellano iluminado por antorchas, ya que las paredes eran de basta piedra gris.

- Así que ha pasado todo eso... -susurró Hatsui.

- Lo más probable es que Hokkan vuelva a ser invadido por Kutô -dijo Uruki muy serio- La única esperanza que nos queda es frenar aquel ejército antes de que llegue al norte. Y para ello...le mejor sería invocar a un diós que pudiera proporcionar la paz a los cuatro imperios.

- Y para ello...necesitamos los shinjazos, ¿no? -inquirió Urumiya.

- Exacto -dijo Hikitsu- ¿sabéis dónde está?

- Por supuesto -dijo Inami, que al parecer había cogido el mando de sus otros tres compañeros Genbu- Desde que nos reencarnamos, digamos que nos hemos estado buscando. Vine a vivir a la capital hace tres años y acudí de inmediato al templo. Aquí estaba Naname. Poco después nos reunimos con Urumiya y Hatsui. Desde entonces hemos estado protegiendo el shinjazo de cualquier ladrón que quisiera llevárselo.

Se detuvo lentamente, ya que habían llegado al final del pasillo. Ante ellos no había puertas ni ventanas, unicamente la pared lisa y gris. Takiko se adelantó con una ceja levantada.

- Aquí...no hay nada -dijo.

- Naname -sonrió Inami, mirando a su pequeño compañero- Es tu turno.

Ante aquellas palabras, Naname saltó de los brazos de Takiko y se plantó frente a todos, encarado a la pared. Realmente era una escena muy curiosa ver moverse a una cosita tan pequeña. De inmediato, la cara del Genbu fue cambiando, hasta que un signo negro ocupó toda la superfície de su rostro.

En ese momento, el edificio entero pareció temblar violentamente. Ante ellos, vieron que el muro que les había parecido de una pieza se dividía en dos...mostrando una cavidad circular que había permanecido oculta. Una vez el temblor se detuvo, todos se quedaron con la boca abierta, mientras Takiko avanzaba hacia el frente, con una sonrisa serena en su rostro.

Justo enmedio del hueco creado en el muro, sustendado por unas finísimas cintas plateadas, estaba el ya conocido colgante con una enorme amatista: el shinjazo de Genbu. Takiko sonrió levemente, al recordar todas las cosas que habían pasado llevándolo colgado del cuello. Con cuidado, levantó las manos y lo cogió con suavidad.

Con el solo hecho de hacer ese gesto, un estallido de fuerza sobrevino de su ser, provocando que una energía increíble inundara la sala. Una energía de color plateado. Todos se cubrieron por unos instantes, tratando de no quedar cegados por el resplandor. Cuando por fín todo cesó, miraron al frente, encontrándose con una escena que les llegó hasta el alma...aunque especialmente emocionó a Uruki, la estrella de Genbu.

En el lugar en el que había estado la pequeña Takiko, ahora había una chica de unos dieciséis años, de largos cabellos negros, recogidos a los lados con dos lazos. Vestía un kimono típico de los templos shintoistas de Japón. Después de inspirar suavemente, se dió la vuelta, mostrando un rostro suave de preciosos ojos grises. Una sonrisa desbordó sus labios.

- Ahora puedo decir...que vuelvo a ser Takiko Okuda...

Uruki sonrió lleno de dicha, mientras avanzaba lentamente y la tomaba en sus brazos, recostando la cabeza de su sacerdotisa en su pecho. Jamás se había sentido tan pleno como en aquel momento, con la mujer a la que amaba entre sus brazos, tal y como la recordaba.

- Sigues siendo...la misma Takiko que conocí...hace más de doscientos años...

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Se encontraban de nuevo en la entrada del templo de Genbu, donde los portales se abrieron por órden de Naname, para dejar pasar la potente luz del sol. Todos se sentían complacidos por haber dado ya con el tercer shinjazo, por lo que estaban más llenos de ánimos que nunca.

- Bueno...¿y ahora qué? -preguntó Suboshi lentamente.

- Taitsu-kun dijo que deberíamos cruzar el desierto y llegar al imperio de Sairo -dijo Hotohori- Allí estará el último shinjazo.

- Nosotros os acompañaremos -dijo Uruki rápidamente, con una sonrisa de seguridad- La guerra que ha estallado es cuestión de todos.

- Será como en los viejos tiempos -dijo Takiko con una sonrisa, mirando a sus otros cuatro guerreros- Me siento tan feliz...

Pero aquella expresión alegre se deshizo al ver a Inami, Urumiya y Hatsui mirándole con una sonrisa extraña, mezcla de felicidad y tristeza. Takiko lo entendió de repente.

- ¿No...no váis a venir? -inquirió preocupada.

- Nosotros debemos lealtad a nuestra sacerdotisa -dijo Inami- Pero...también tenemos un importante deber con nuestro imperio.

- Si realmente la guerra está a punto de llegar a Hokkan, no podemos abandonar el país así como así -dijo Urumiya con firmeza- Nos quedaremos a protegerlo con todas nuestras fuerzas.

- Pero... -empezó Takiko un poco decepcionada.

- No te preocupes, Takiko -dijo Hatsui con una sonrisa- Siempre que nos necesites, acudiremos a tí. No nos pasará nada: esta vez, Kutô no nos cojerá desprevenidos.

Takiko les miró con una expresión de melancolía, pero después sonrió suavemente.

- Bien, pues... -dijo lentamente- Cuidaos mucho -susurró, corriendo para abrazarles a los cuatro.

Cada una de sus cuatro estrellas demostró la felicidad por volver a tener su sacerdotisa en su mundo. La separación no fue triste, pues sabían que muy pronto volverían a estar juntos. El grupo se alejó por el camino oeste que salía de la ciudad, mirando a lo lejos las siluetas de sus cuatro compañeros. Takiko se despidió con la mano hasta que doblaron un recodo del camino y la luz del día borró su preséncia en aquel lugar. Hatsui abajó la mano que había zarandeado en el aire, con unas lágrimas de tristeza resbalando por su rostro.

- Takiko...nos deja otra vez... -susurró.

- Je, no te preocupes, Hatsui -dijo Inami entornando los ojos- No tardaremos en volver a ver a esa atolondrada -añadió, dejando que Naname se subiera a su ombro.

Urumiya miraba hacia la puesta de sol, mientras un viento frío de hielo removió sus cabellos negros.

- Ahora debemos preocuparnos...en mantener Hokkan a salvo de guerras...

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

La oscuridad era tétrica, ya que la luna era constantemente cubierta por nubes tenebrosas de paso, que creaban un juego de luces y sombras que no hacían si no confundir a quién se moviera en aquel elemento. Un silencio confuso y extraño se rompía constantemente por los sonidos de personas que al parecer luchaban, en una llanura de hierba verde rodeada de árboles. Tras un estallido, una sonido chasquenate, una sombra fugaz desapareció de golpe, reapareciendo cada pocos instantes en un lugar distinito, más lejos del centro del llano. De inmediato, la figura apareció en la rama de un árbol, respirando entrecortadamente.

- Maldición... -aquella sola palabra manó de sus labios.

En el acto, una segunda silueta subió de un salto al árbol, plantándose a su lado. La luz de la luna dejó ver momentáneamente el rostro de una chica de ojos brillantes y largos cabellos de un azul blanquecino.

- ¿Qué ha pasado...? -inquirió la mujer.

- Malditos sean... -susurró el chico, apartándose unos mechones violácios del rostro- Se mueven como peces en el agua...

- ¿Dónde están? -preguntó la chica, vendando rudimentáriamente el brazo herido del chico.

Este se llevó una mano a la herida del brazo, escudriñando la oscuridad con sus ojos agudos.

- No lo sé...no parecen hacer ruido al moverse... -susurró- Dan miedo...

La chica miró hacia la llanura que se extendía bajo ellos, sin apenas respirar, esperando percibir algún sonido. De repente, sus ojos captaron una silueta que andaba por el llano, dando tumbos al tratar de seguir en pie. Con una expresión de terror, la chica le reconoció.

- No... -susurró aterrorizada, bajando del árbol con una fantástica agilidad.

El chico vió lo que ella y desapareció fugazmente, para reaparecer en el suelo, unos metros más allá. Ambos se acercaron para ayudar a un muchacho de piel oscura, preciosos ojos rasgados y cabellos negros muy largos trenzados con una cinta.

- Tatara, ¿qué ha sucedido?? -inquirió el otro chico, con impaciéncia.

- Se han ido... -consiguió decir el aludido, el cual tenía todo el cuerpo lleno de heridas- Pero...

- ¿Pero...?? -inquirió la mujer, angustiada.

El recién llegado levantó la vista al cielo, con los ojos de un color entre azul y violeta llenos de angústia.

- Se la han llevado... -susurró- Se han llevado a Suzuno...

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Casi seguros pensamientos vuestros: "Diós, esta tía está loca...¿¿Cómo se le ocurre poner tantos personajes??"

Jeje, lo siento por eso, pero se está liando la história con tanta gente.

Por otro lado...YA HAN SALIDO LOS DE BYAKKO!!! Jeje, últimamente eran de mis favoritos, son los tres geniales.

Primero, pedir perdón por haber dejado a la mitad de los Genbu atrás, pero es que sería muy difícil hacer una batalla con 28 personas ahí luchando n.nU.

Lo de que Urumiya se unió a los Genbu al final, me lo he tenido que suponer, ya que, como sabéis, en el manga aún no ha llegado a saber qué pasó con él.

Aviso: en el próximo cap muere un personaje. ¿Quién será...será? Ya lo vereís XD

Weno, na, un besazo a todos los fans de Fushigi Yûgi!!!