Weno, siento mucho haberme retrasado. Os pido unas DISCULPAS con mayúscula. Mira que lo he ido alargando, pero na... Es que me atasqué un poco en este cap y mira, más de un mes sin actualizar. Trankis, es casi el doble de largo (no tanto), así que vale la pena, jejeje.
Esta vez no contesto por separado xq es que hace tanto tiempo que...sólo unas cosillas.
Akane, sé que te dije que lo colgaría la semana pasada, pero es que no pudeeeeee!!! Lo siento, ho sento, I´m sorry, gomen y en miles de idiomas. El próximo vendrá más pronto. P.D. Hay una escena en este cap que segurísimo que te gusta n////n.
Koharu...amante de Itachi???? No me lo esperaba O.o Me sorprendió ver tu review en el fic yaoi de Naruto...Jeje, pero al menos compartimos lo de ser fans de Itachi (sharingan rulez!!!). Jeje, se me va la olla. Grácias por el review del de Furuba también n.n.
Kazu, mil grácias por seguir apoyándome como siempre, tanto en este fic como en el de Furuba. Los de Castelló...los millorsssss!!! Muac, wapa.
Capítulo 24.- Rescatar la luz perdida. Cayendo en las sombras
El suave viento barría las copas de los árboles y hacía que sus hojas danzaran en el aire, mientras en la mente de Tatara, la estrella de Byakko, trataba de asimilar lo que su sacerdotisa quería decirle. Una vez cayó en la cuenta, no pudo más que sorprenderse.
- ¿Es...el hijo de Miaka y Tamahome? -preguntó.
- Supongo que sí -susurró Suzuno con una dulce sonrisa, acariciando la cabecita del niño- Su fuerza es cálida y a la vez ardiente...como la de Suzaku...
- En ese caso, vamos a llevárselo a sus padres -dijo Tatara con un deje entusiasta.
- No tan rápido -anunció una voz.
El muchacho se quedó petrificado, atento a cualquier sonido, especialmente a la voz que venía de su espalda. De repente, el entorno idílico que les había rodeado se tornó frío, gris...con una nubes plomizas cubriendo el azul del cielo. Tatara no se movió, poniendo todos sus sentidos en detectar al enemigo sin dar un paso en falso.
No le hacía falta ningún sentido corriente para saber que su enemigo era mucho más fuerte que él. Cada planta de alrededor podía decírselo: lo sentía a través de su intenso lazo con el entorno. Una risa fría muy distinta a cuantas hubiera oído antes se transmitió a través del aire, llegando a sus oídos.
- Tenías la oportunidad de escapar de tu ilusión, sin embargo preferiste el estúpido camino de rescatar a tu sacerdotisa -dijo la voz- Me has impresionado... Esperaba que este eterno jardín fuera una prisión perfecta para las últimas luces de Suzaku y Byakko... Una lástima.
Tatara seguía sin moverse. Únicamente desvió levemente sus ojos, para captar de refilón la alta silueta de un hombre de largos cabellos negros y ojos azabache. No poseía el aura de una estrella: esta era muy superior a cualquier energía provinente de un guerrero de cualquier diós. Volvió a clavar rápidamente la mirada al frente, con precaución, recordando en algún lugar de su cabeza las palabras de Miaka.
"Hokai"
"Es decir...¿este es nuestro enemigo definitivo...?"
- Je, ¿te has quedado sin palabras? -inquirió burlón el governante de Kutô- Puedes sentir mi aura, ¿verdad? Bueno...veamos de qué es capaz el líder de los Byakko, guardianes del diós tigre. Debería serte más fácil vencerme en una ilusión que recrea un lugar que conoces...
El aludido no dijo nada, únicamente esperó. Naturalmente, Hokai no tardó en avanzar hacia él, dispuesto a eliminarlo con facilidad.
Súbitamente, el suelo bajo Hokai se fragmentó, dejando que algo rápido y fuerte emergiera desde el suelo. Los ojos negros de este apenas tubieron tiempo de fijarse en el piso cuando unas enredaderas cubiertas de espinos se aferraron firmemente a su cuerpo, inmobilizando sus piernas y brazos. No pudo liberarse, aunque tampoco hizo nada para ello.
Tatara se dió la vuelta con una férrea decisión en sus ojos violácios, con el signo blanco de Byakko reluciendo en su mano derecha. Ni quiera una palabra de superioridad o de triunfo. Era un regla para él y su honor: ganar de un modo humilde. Hokai sonrió irónicamente, viéndose atrapado por algo inesperado.
- Debí haberlo recordado... -dijo, en una aceptada derrota- Tu poder es el de dominar la vegetación... Debí esperarme algo así.
El guardián de Byakko no dijo nada, solamente dirigió hacia el suelo su mano diestra, haciendo que unas afiladas espinas quedaran atrapadas entre sus dedos. Dicho esto, lanzó fugazmente las saetas con precisión milimétrica hacia Hokai. Estas impactaron en puntos vitales, entre ellos el corazón, el cuello o el estómago. El Byakko no hizo nada más, sólo esperó.
- Esas espinas contienen un veneno que mata en menos de dos minutos -explicó- Nada excepto el poder regenerador de Subaru puede contrarrestarlo.
Hokai manifestó una efímera seriedad, aunque, de inmediato, una sonrisa de superioridad se dibujó en su rostro. Tatara agudizó la mirada.
- ¿De qué ries...? -inquirió.
- Eres más inocente de lo que pensaba -dijo Hokai de un modo contundente- Suponía que el líder de los Byakko sería todo un estratega, sin embargo te has dejado engañar. ¿Crees que puedes atraparme en mi própio hechizo? -preguntó, ante la atónita mirada de Tatara.
De repente, Tatara perdió de vista a su enemigo. Las espinas cayeron al suelo, inertes, sin presa alguna. Aquello le produjo un gran terror, ya que supo exactamente dónde estaba. Se dió la vuelta fugazmente, para encontrarse aquellos ojos negros a escasos centímetros de sí.
- Yo domino este espacio -dijo- De hecho, nunca has conseguido atraparme.
Sin dejar apenas tiempo a la estrella a respirar, su mano aferró el cuello del muchacho, ejerciendo una presión que habría roto las vértebras de cualquiera. Tatara se quedó sin aire en al instante, en una agonía quejumbrosa. Al sentirse asfixiado, el chico reaccionó instintivamente, propinándole un golpe justo en el esternón. Su enemigo le soltó, aunque ni siquiera un gesto de dolor cruzó su rostro. Tatara saltó ágilmente por encima de él y aterrizó frente a Suzuno, con clara intención de protegerla. Sus ojos violácios se desviaron lentamente hacia su sacerdotisa.
- Suzuno, sal de la ilusión -casi ordenó- Despiértate y llévate contigo al hijo de Miaka y Tamahome.
- ¿Crees que va a ser tan fácil? -inquirió Hokai sonriendo de un modo superior- Yo controlo este mundo. Mientras estéis dentro de la ilusión, todo es en vano.
La mente de Tatara trabajaba a toda velocidad, tratando de encontrar una salida.
"Maldita sea...creería que esto sería más fácil... Sin embargo, mis ataques no le hacen absolutamente nada... Si está en esta dimensión, deberían afectarle mis ataques..."
La idea se encendió en su mente de un modo inesperado. Observó a su alrededor con precaución, sin dejar de cubrir a Suzuno. Sus ojos se agudizaron, entendiendo algo de vital importáncia en su mente.
"Estoy totalmente sumido en esta ilusión...por eso no puedo escapar de sus ataques... La única razón por la que él puede hacerlo es porqué...no está realmente aquí... Su cuerpo...sigue en la realidad..."
El único miedo que tenía en aquellos momentos era que una actuación precipitada pudiera costarle la vida de Suzuno. Se inclinó levemente hacia atrás, acercándose a ala rúbia sacerdotisa con cuidado.
- Suzuno... -dijo apenas en un hilo de voz- Voy a salir de la ilusión...para atraparle... Iré tan rápido como pueda. No tengas miedo... -rogó.
Los ojos grises de la chica demostraron una efímera sorpresa, pero después aquella expresión fue substituída por una suave sonrisa. Su confianza en Tatara era plena y absoluta. Sabía que nunca permitiría que le hiciera daño. Colocó una mano en el brazo del chico, el cual se reconfortó de inmediato con el contacto.
Con renovada seguridad, el líder de los Byakko sacó una daga que llevaba escondida en la bota. Sin siquiera titubear, realizó un largo corte en la palma de su mano izquierda, sintiendo rápidamente el escozor. No estaba seguro de que funcionara: sentir dolor en la ilusión no implicaba que su cuerpo también lo notara.
Sin embargo, sus dudas se aclararon cuando todo alrededor se volvió neblinoso y fue distinguiendo paulatinamente un rostro de piel morena y ojos dorados agudos.
- Tatara, ¿estás bien? -preguntó una voz masculina.
El chico de ojos violetas pestañeó un par de veces y después se incorporó con brusquedad desde los brazos de Tokaki. Notó las miradas de todos los presentes puestos en él, pero no hizo el más mínimo caso de ellas. Se puso en pie con rapidez, mirando alrededor con agudez.
- Tatara, ¿qué ha ocurrido? -inquirió Subaru, acercándose a su compañero- ¿Cómo está Suzuno?
El guardián de Byakko no la miró apenas, aunque sí tomó constáncia de sus palabras.
- Sigue atrapada -dijo secamente- Pero ahora mismo...la liberaré...
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
El peligro se cernía sobre ella como una béstia al acecho. Lo sentía. Por eso mismo cerró más sus brazos entorno a la inocente criatura que yacía en su regazo. A pesar de la inminente amenaza sobre sí, no tenía miedo. Toda su confianza estaba depositada en Tatara. Sabía que su guerrero y único amor jamás permitiría que le pasara nada.
Sin embargo, Suzuno no pudo evitar sentir cierta incertidumbre al sentir sobre ella clavarse los ojos negros de su enemigo. Una sonrisa complacida cruzó los labios de Hokai al contemplar como la muchacha le observaba con odio.
- Sinceramente... Creía que los guerreros del diós tigre serían algo más...lanzados. No obstante, mira... Tu estrella se ha marchado y te ha dejado sola... Entiendo: es mejor sacrificar una vida que dos.
- No te atrevas a hablar así de Tatara... -advirtió la rúbia con los ojos llenos de rábia- Siempre ha sido un líder admirable... Nunca ha temido a nada, nunca ha titubeado ante nadie... Confío plenamente en él -añadió, con la mirada gris encendida en fuerza.
El hombre permaneció mirándola sin decir nada. Por primera vez pudo notar cuan transparentes y enérgicos eran aquellos ojos entre azul y gris. Solamente en aquella ocasión había notado la mágia que desprendía la chica. Por un instante recordó los problemas que había tenido para encerrarla en aquella prisión de frío cristal. Ella se había resistido hasta el límite, algo totalmente inimaginable.
Para algo era la sacerdotisa del diós Byakko.
Pero ni siquiera la misticidad que envolvía a la chica consiguió impresionar al oscuro enemigo, el cual se limitó a curvar la cornisura de sus labios.
- Tu ciega confianza sólo te hará perder la vida... Es evidente que ese nécio te ha abandonado...
- ¡¿Hablabas de mí?! -restalló una voz masculina.
Los ojos negros del hombre se abrieron por la sorpresa, sobretodo al no sentir la preséncia a la cual pertenecía el sonido.
"¿Qué...?"
-----------------------------------
No estaba seguro de lo que iba a hacer. Ni siquiera si su plan funcionaría. Sin embargo, algo muy fuerte le impulsaba a seguir adelante, a confiar ciegamente en su éxito...
Había descubierto la manera de rescatar a Suzuno. No se detendría.
Su poder fue invocado con la misma fuerza de siempre. El signo blanco llamó a él la fuerza de la tierra, el poder oculto y místico de la vida. Ni siquiera tuvo que realizar un solo movimiento para ello. Todo el suelo se plagaba de hierba a su órden, arrastrando así los hilos de sus sentidos, los lazos de su sexto sentido hasta donde alcanzaba la vista... Sintiendo, viendo, oyendo, tocándolo todo al mismo tiempo...
Y notó aquella mancha oscura, la causa de toda su actual desgrácia. Sus ojos violetas se agudizaron de inmediato.
- Te tengo -salió de sus labios, con total seguridad.
Dicho esto, levantó una mano, provocando que el suelo se resquebrajara con su poder. Unas fuertes zarzas espinosas manaron de la tierra, propagándose por la cueva, buscando en cualquier rincón, hasta que al fin...
Las ramas se tensaron rápidamente, envolviendo algo invisible que permanecía a los pies de la construcción de cristal donde dormía Suzuno.
En un momento, las espinas que cubrían aquella vegetación se empañaron de sangre.
- ¿Qué...qué ha pasado...? -inquirió Tasuki sorprendido.
Una sonrisa maliciosa y llena de seguridad inundó los labios de Tatara.
- Ya está -anunció el líder de los Byakko.
De inmediato, ante la atónita mirada de todos, tanto estrellas como sacerdotisas, el espectro el cual aferraban las espinas de Tatara se materializó para revelar a Hokai, el cual les dirigió una mirada oscura, totalmente llena de odio, aunque no de ira. Su cuerpo estaba lleno de heridas, allí donde se clavaban las espinas, las cuales sangraban lentamente.
- Te diste cuenta...de que no estaba realmente en la ilusión...
- Exacto -dijo Tatara, por primera vez en mucho tiempo sonriente de verdad- Mis ataques no te dañaban en la ilusión... Era obvio que tu cuerpo seguía en el mundo físico. La barrera que retenía a Suzuno...ya no existe. El veneno ya corre por tus venas... Al final, mi ataque ha resultado efectivo... En tres minutos se te parará el corazón.
El enemigo se mordió el labio con rábia, deseando todas las desgrácias del mundo para aquel muchacho. Aquellas zarzas poseían todo el poder del aura de Tatara. Una fuerza suficiente como para impedirle escapar. El chico de cabellos negros ni siquiera se inmutó. Se acercó con cuidado a la construcción de cristal donde dormía su eterno amor. Con cariño, acarició la superfície gélida. El signo blanco refulgió en el dorso de su mano diestra, señalándole como el líder de las estrellas del tigre, el cual le concedió su fuerza una vez más para invocar a la naturaleza y fragmentar aquella prisión de cristal...
El pétreo elemento cristalino se fragmentó bruscamente, dejando un polvo plateado en el aire, como una estela mística. El chico cubrió sus ojos para evitar las astillas de cristal. Cuando sus ojos por fín pudieron ver de nuevo, su corazón quedó ensimismado ante la preciosa imágen que se desplegaba ante sí.
Sentada sobre los restos del cristal, con los ojos entornados, estaba la mujer más bella que había visto nunca. Su apariéncia era de unos dieciséis años, su rostro joven y dulce como una brisa de veranos. Sus largos cabellos color rúbio cenizo se mecían levemente sobre sus hombros, sueltos por primera vez desde que tenía memória. La chica se incorporó levemente y despegó sus párpados, mostrando unos ojos grises tan hipnóticos como el mar.
Una suave e inocente sonrisa bañada en dicha recorrió su rostro.
- Tatara... Me has salvado...una vez más...
Pero sus palabras se ahogaron al mirar al rostro de la persona a la que más quería. Al contemplar aquellos ojos violetas de repente llenos de lágrimas, unas gotas finas que se aglomeraban en sus párpados. Sin dar tiempo a decir nada a la chica, avanzó rápidamente hacia ella y la atrapó entre sus brazos, fundiéndose en con ella en un abrazo lleno de calor y cariño, una sensación que había deseado durante varios días...
- Suzuno...he tenido...tanto miedo...
La chica trató de despertar de nuevo sus sentidos, que habían permanecido totalmente anulados por un gran periodo de tiempo. Al final, cerró los ojos suavemente, dejando que las gotas transparentes que eran sus lágrimas fueran a morir entre sus labios.
La manifestación más puro y expresiva del amor que ambos se profesaban.
Suzuno Ôsugi...volvía a poseer todos sus recuerdos. Gotas diminutas de vida que permanecerían para siempre en su alma.
Al cabo de unos instantes sintiendo el calor del otro, Suzuno se incorporó con una sonrisa. Sus pies pisaron la hierba creada por su guardián, el cual la miró profundamente, repleto de glória. La chica andó unos metros hacia delante, dirigiéndose hacia las estrellas de Suzaku, Genbu y Seiryuu. Se detuvo poco a poco frente a Miaka, Yui y Takiko, las cuales habían observado todo lo ocurrido con absoluta sorpresa. Suzuno inclinó levemente la cabeza.
- Os presento mis respetos, sacerdotisas de los tres dioses del norte, el sur y el este -dijo, de un modo casi ceremonial- Mi nombre es Suzuno Ôsugi, sacerdotisa del diós Byakko.
- ¿Suzuno...Ôsugi...? -inquirió Takiko inclinando levemente el cuello.
- Sí -sonrió la rúbia, afablemente- Me acuerdo de tí... No recuerdo cuantos años han pasado, pero... Tú eras la hija del mejor amigo de mi padre...
Takiko asintió suavemente. Era imposible no sentir simpatía por aquella muchacha tan cariñosa. Suzuno apartó los ojos de ella y los posó en Miaka, los ojos de la cual estaban fijos en su regazo. La rúbio levantó ambos brazos y le tendió el bultito envuelto en una sábana blanca.
- Creo...que debo devolveros el shinjazo de Suzaku...
-------------------------------------
Los ojos dorados de Miaka se abrieron a sobremanera, provocando que sus iris doblaran su brillo. Un fuerte nudo bajó de su garganta para acomodarse en su pecho. Ante su mirada desfilaba la imagen que durante tanto tiempo había deseado ver de nuevo. Sintió una mano cálida posarse en su hombro: Tamahome tenía los ojos de color violácio clavados en el mismo punto que ella.
Los párpados de Miaka de cerraron para dejar que unos ríos de lágrimas resbalaran por sus mejillas.
- Hikari...
Sintió que los dedos se Tamahome se apretaban sobre su hombro. Temblaba.
Una manifestación única de la dicha que sentía.
Sin perder un instante, la chica de cabellos castaños cogió el pequeño cuerpecito envuelto en telas blancas. Su corazón se estrujó dolorosamente cuando sintió el conocido calor reposar en sus brazos. Destapó un poco el envoltório de seda blanca, para revelar la carita de piel morena del bebé que había debajo. Aquellos ojos dorados tan parecidos a los de su madre le miraron con una inocéncia que Miaka recordaba muy bien. Una pequeña manita del niño se estiró hacia ella, admirando quizás con adoración el rostro sonriente y a la vez lleno de lágrimas de la sacerdotisa de Suzaku.
- Empezaba a desesperarme...a creer...que nunca volvería...a verte...mi pequeño Hikari...
Miaka sonrió llena de felicidad, sintiendo tras de sí las sonrisas de todos su amigos. Y, sobretodo, el abrazo de Tamahome, que rodeó su cuerpo con una calidez que sólo él sabía dar, recostando su frente en la cabeza de Miaka.
Una família que volvía a reunirse, por fín, después de tanto tiempo.
Tan feliz reencuentro era observado por unos ojos negros llenos de odio, de los cuales todos parecían haberse olvidado, y que sin embargo seguían siendo un arma de lo más mortífera...
La energía oscura se propagó por el aire, avanzando en apenas unos instantes y convirtiéndose en saetas en su recorrido.
La dicha que sentían los guardianes de Suzaku aturdió sus reacciones, evitando que vieran el peligro que se les lanzaba encima.
Solamente Tamahome sintió en el último momento que estaba a punto de perder lo que más quería. Un terrible augurio de muerte se alojó en su pecho, moviendo su cuerpo por sí solo y protegiendo a Miaka con toda su fuerza. Cerró los ojos en el último instante.
El choque produció un chasquido seco.
-------------------------------
La mayoría de ellos se habían quedado petrificados. Miaka tenía los ojos abiertos a sobremanera, tratando de recuperarse del horror que había vivido.
En apenas unos segundos, el llanto seco de Hikari llenó la gruta.
Tamahome siguió respirando entrecortadamente durante unos instantes. Después, se llevó una mano insegura al rostro, con intención de quitarse el tremendo gotarrón de sangre que había impactado bajo su ojo izquierdo. Se limpió el líquido vital ajeno y después miró al frente, a la persona que les había salvado.
Quizás la más insospechada.
Aquellos ojos rasgados y azules como el cielo cubiertos por unos mechones rúbios se agudizaron tras unos instantes de shock momentáneo. El poder del diós dragón se liberó con su acostumbrado e inimaginable misticismo, barriéndolo todo a su paso, zarandeando con viruléncia los cabellos rúbios de su poseedor. El aire se electrizó a una velocidad vertiginosa, mientras la energía azul se dirigía sin posibilidad de detenerse hacia Hokai, el cual parecía totalmente indefenso.
El choque fue tan brutal que gran parte de la gruta saltó por los aires. De hecho, solamente los fuertes brazos de Nuriko fueron capaces de sostener una enorme roca que hubiera aplastado a gran parte de sus compañeros.
Hokai seguía inmóbil, jadeando a causa del impacto. Su cuerpo presentaba diversas quemaduras, algunas en apariéncia graves. Sin embargo, las espinas que el líder de los Byakko había lanzado sobre él habían sido totalmente carbonizadas...
Un ataque por otro.
Una sonrisa triunfante se perfiló en los labios del líder de Kutô.
- Nakago...has elegido un mal momento para actuar "como es debido"... -susurró, con cinismo- Esto no ha acabado, estrellas de los cuatro dioses... Habéis ganado esta vez... Pero la guerra está a punto de empezar...
Dicho esto, dejó que su cuerpo se desvaneciera en la nada. Tras ellos, el cuepo de Tomo aún sostenido por los brazos de Chiriko también se esfumó.
Todos sabían el siguiente destino de Hokai. El palacio de Kutô sería el lugar idóneo para lamer sus heridas.
Tras unos instantes de insoportable silencio, la tensión pareció relajarse un poco. Sin embargo, Miaka dió un paso al frente, clavando sus ojos en la persona que había salvado su vida y la de su família.
Nakago. El frío, impasible, cruel y firme Nakago. La misma persona que se había enfrentado a su peor enemigo solamente por proteger sus vidas. La rúbia estrella de Seiryuu notó que la sacerdotisa de Suzaku le miraba, porqué clavó sus ojos azules en ella. La mirada dorada de Miaka le observaba con interrogación.
- Nakago...¿por qué...? -inquirió.
El chico no dijo nada de inmediato, aunque luego volteó el rostro hacia otro lado. Ni siquiera una mueca de dolor apareció en su cara cuando arrancó una saeta negra que había ido a clavarse en su hombro.
- Si estoy de vuestra parte, lo estoy de verdad... -dijo únicamente- Iba a matarte, sacerdotisa de Suzaku... Supongo...que no podía permitirlo...
Miaka le observó atentamente. Veía algo en Nakago que le parecía distinto. No la miraba fríamente como siempre. De hecho, le apartaba la mirada. Una gran sonrisa desbordó sus labios.
- Muchas grácias...por ayudarnos -sonrió la chica- Supongo...que ahora podemos decir que somos un grupo unido...
El chico de cabellos dorados la miró de reojo, con la boca entreabierta. Después, podría haber jurado que en los labios del Seiryuu había aparecido la primera sonrisa sincera de toda su vida. Al cabo de unos segundos, la risa de Tasuki lo llenó todo.
- Bueno, por fín se ha acabado -dijo triunfante, con una sonrisa de oreja a oreja- Y ahora...¿qué? ¿Dónde está el último shinjazo?
- Pues no tengo ni idea -sonrió Suzuno tan campante.
- ¿¡Qué...!? -gritaron los Suzaku a unísono.
La chica de las trenzas rúbias sacó levemente la lengua, sonriendo pícaramente.
- Es broma -dijo divertida, juntando ambas manos.
- Pues menuda grácia ¬¬ -dijo Tasuki fastidiado.
Una suave aura blanca rodeó las manos de Suzuno, concentrándose de un modo concreto. Los dedos de ella se fueron separando para revelar un espejo circular que apareció sobre su palma, reflejando de un modo totalmente nítido todo lo que entraba en su campo de visión. Se lo tendió a Miaka con suavidad. La chica dejó a Hikari en los brazos de su padre, al cual se le iluminó la cara al coger de nuevo a su niño. Los dedos de Miaka resbalaron por la superfície del cristal, sintiendo el calor que emanaba.
- El shinjazo de Byakko es vuestro -dijo, con suavidad- Es vuestro deber invocar a Suzaku en nombre de las Cuatro Casas del cielo... Ahora mismo, Suzaku es el único diós que puede detener la guerra que se avecina.
Miaka asintió, mientras apretaba el espejo solemnemente sobre su pecho.
"El último shinjazo...es nuestra puerta...hacia la vida de los Cuatro Dioses..."
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Ya empezaba a atardecer cuando salieron al exterior. El desierto se veía realmente hermoso bajo la luz rojiza de la puesta de sol. Las dunas se tornaban de un color rosáceo precioso y brillante, que aturdía los sentidos solamente con contemplar. El grupo sintió una suave brisa fresca golpearles. Debían salir del desierto antes de que anocheciera por completo o la temperatura descendería vertiginosamente. Miaka supiró levemente, meciendo a Hikari en sus brazos, mientras miraba a Chichiri.
- Bueno, ¿y ahora qué? ¿Regresamos ya a Konan? -preguntó.
- No creo que fuera recomendable para nosotros... -expuso el monje mientras echaba a andar- Creo que será mejor descansar hasta mañana aquí y teletransportarnos después...
Mientras seguían avanzando, Chiriko fue arrollado por una fuerza descomunal, la de Tasuki, el cual prácticamente se le colgó del cuello.
- Eh, Chiriko, menuda actuación has hecho antes... -dijo, con cierto orgullo- Y...¿qué? ¿Cuando le pedirás a Subaru que te devuelva a tu cuerpo de antes?
Una leve sonrisa cruzó los labios del chico de cabellos castaños, provocando que su rostro de diecisiete años se viera de nuevo infantil.
- No voy a pedírselo... -dijo con calma- Quiero seguir estando así... Hoy, por primera vez en mucho tiempo, me he sentido realmente útil... Esa sensación...no tiene precio...
Tasuki le miró, pensativo, aunque después posó sus ojos al frente.
- Si eso es lo que quieres, supongo que está bien...
Chiriko entornó los ojos y dibujó una sonrisa de oreja a oreja. Realmente...se había sentido más vivo que nunca. Derrotar a un enemigo con sus própias manos no era lo mismo que mirar como sus compañeros lo hacían.
Por fín se sentía...una auténtica estrella de Suzaku.
--------------------------------
Cerrando la marcha, detrás de Amiboshi, Tomite y Hikitsu, iban Yui y Suboshi. El muchacho tenía un brazo sobre los hombros de ella, cosa que le servía de apoyo para poder seguir caminando. Tenía todo el cuerpo dolorido y le costaba seguir la marcha. Sin embargo, no había pedido ayuda ni a Mitsukake ni a Subaru por una razón.
Y esa razón era la cercanía de la que entonces gozaba con Yui. La excusa perfecta para estar a su lado cuanto más tiempo mejor.
Los ojos verdes de la sacerdotisa de Seiryuu se posaron en él, sonriéndole junto con sus labios.
- Suboshi, debo admitirlo... Has sido muy valiente hoy...
- Sí, ya... -se quejó el chico, agachando la cabeza- Pero he salido bien malparado...
- Je -rió Yui, sin ofender, por supuesto- Esa impulsividad tuya es lo que hace que me sienta bien cuando estoy contigo...
Aquellas palabras produjeron una insospechada reacción en el chico: un sonrojo tan notório como de blanco a rojo que ascendió hasta sus mejillas, haciéndole sentir que la sangre le quemaba en ellas. Su corazón empezó a latir violentamente en su pecho. Tuvo miedo de ese hecho: la distáncia que le separaba a la chica de sus sueños era tan pequeña... Ella notaría aquel incesante golpeteo dentro de su pecho.
No fueron los desbocados latidos del corazón de Suboshi lo que hicieron detenerse a Yui. Si no el hecho de notar que el chico respiraba con dificultad. Los preciosos ojos verdes de la muchacha se posaron en él, con un deje de preocupación.
- ¿Te encuentras bien? -preguntó- Estás rojo...igual tienes fiebre...
- No...tranquila...nomepasanada... -empezó a balbucear el chico rompiendo el contacto visual y sintiendo que el rubor llegaba hasta sus orejas.
Yui le miraba con los labios entreabiertos y los ojos brillantes. Sonrió tíbiamente. Se inclinó poco a poco, hasta que sus labios rozaron suavemente la mejilla derecha del muchacho.
Los ojos entre grises y azules de la estrella se abrieron a sobremanera. Yui entornó la mirada y pronunció aún más su sonrisa.
- ¿Sabes...? Estás muy cuco cuando te entra la verguenza...
Suboshi no supo qué hacer o decir. Todo daba vueltas en su mundo. Sintió que le quemaba toda la piel: realmente estaba irradiando calor. No podía imaginar nada más tentador que aquel inocente beso en su mejilla. Apartó la vista violentamente.
Tenía miedo de hacer algo que no debía, de sobrepasar el límite que separaba estrella de sacerdotisa...
Yui le había dejado muy claro que necesitaba tiempo para meditar.
Por esa misma razón le sorprendió tanto que lo siguiente que sintiera fueran las manos de la rúbia en sus mejillas, girándole con ternura el rostro para besar profundamente sus labios.
Aquella era Yui: fría y ardiente. Decidida e impredecible. Nada que un muchacho como él pudiera dominar.
Lo que más amaba de ella.
Sin apenas notarlo, sus rodillas golpearon el suelo. No le importaba. Cerró los ojos suavemente y sintió con intensidad aquel beso.
Los alientos chocaron como vientos opuestos, que se unían en las bocas de ambos para crear una tormenta de sensaciones de las que Suboshi no podía zafarse. El calor apremiaba, al igual que la falta de aire.
Pero Yui seguía besándole, cada vez profundizando más.
El muchacho rodeó su cintura con un brazo, atrayéndola levemente hacia sí. Una vez recuperó la seguridad, él tomó el control, sumergiéndola ahora a ella en su própio calor. Un leve sonido se escapó de los labios de ambos cuando trataron de profundizar el beso a la vez. El frenetismo crecía entre ambos, la atracción, una inocente lujúria que cada vez parecía más intensa, más placentera. Más profunda.
Los labios de Yui sabían dulce. Toda su boca de hecho. Una dulzura que quería seguir probando para siempre.
Fue como una revelación: como algo nato de lo que justamente entonces se daban cuenta.
Él había nacido para amarla.
Ella para sacarlo de su mundo de sombras.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
"Y justo cuando se ponía el sol, la sacerdotisa de Seiryuu y su estrella, Suboshi, demostraron su amor, cerrando el día con un beso del que solamente ellos fueron testigos..."
La voz de Keisuke se fue apagando hasta desvanecerse. Las manos que sujetaban el libro temblaban violentamente. La mirada castaña del muchacho se desvió lentamente hasta posarse en el rostro de su compañero.
Tetsuya tenía los ojos oscuros y desorbitados, vacíos de sentimiento alguno. Parecía una sombra de sí mismo. El chico habitualmente seguro de sí mismo se había transformado en un espectro de recuerdos, un llanto vacío que él mismo trataba de retener en su ser.
Keisuke no sabía qué decir. Habían pasado unas ocho horas desde que Yui desapareciera. Habían pasado por llantos, risas, voces de triunfo, instantes dolorosos... Todo en tan poco tiempo...
Y ahora...ocurría aquello.
Las lágrimas empezaron a quemar de inmediato las mejillas de Tetsuya. El libro que sostenía entre las manos resbaló de entre sus dedos y se precipitó sobre el suelo. Ni siquiera pareció darse cuenta: siguió con la mirada perdida en el infinito. Después de unos segundos, se aferró fuertemente las manos, tratando de calmar los violentos temblores de estas, aunque fue totalmente inútil.
El nudo de angústia que se había formado en su pecho le impedía respirar.
Cerró los ojos con fuerza y dejó que las lágrimas se hicieran más profusas.
No sentía odio, no sentía envídia, ni rábia, ni ira.
Solamente un desesperante deseo por no perder al amor de su vida.
Keisuke se dió cuenta, por lo que recostó una mano en su hombro.
- Tetsuya... -susurró.
- Me lo prometió... -atinó a decir su mejor amigo, con la voz rota- muchas veces...me prometió que no me dejaría...que no se separaría más de mí... Yo creía en sus palabras... -hundió el rostro entre las manos- ¿Por qué sucede esto...?
Keisuke sabía del dolor que estaba soportando su compañero. Aunque pareciera muy maleable, Tetsuya era muy fácil de herir. Aquel golpe emocional podría llevarle a hacer algo precipitado.
Eso era precisamente lo que iba hacer. Antes de que Keisuke se diera cuenta, Tetsuya se había puesto en pie y llevaba en Universo de los Cuatro Dioses en las manos. Tardó unos instantes a reccionar, pero el hermano de Miaka se lanzó tras su amigo.
- Tetsuya, ¿qué intentas hacer?
Sin hacerle el más mínimo caso, Tetsuya fue hacia la primera habitación de la derecha y cerró con llave después de pasar. Los golpes de Keisuke contra la puerta restallaron durante un buen rato.
- ¡No hagas estupideces, Tetsuya...! -gritaba Keisuke fuera de sí.
El aludido no respondió. Dejó el libro abierto en el suelo y se arrodilló sobre las baldosas, tomando entre los dedos la pareja del colgante que debía llevar Yui. Sin cortarse lo más mínimo, sin titubear, extendió la mano en la que llevaba la joya.
- ¡Escúchame, Seiryuu! -gritó, con todos sus pulmones, ahogándose en lágrimas- ¡Te llevaste a Yui de aquí...! ¡Déjame entrar a mí también en el libro...! ¡Llévame con Yui, maldito seas...!!!
Ni siquiera tuvo tiempo de decir nada más. Las letras escritas sobre el pergamino se redibujaron en azul celeste eléctrico. Una sensación de alivio inundó la mente del chico, al sentir que aquella energía parecía envolverle.
"Yui...quiero verte...otra vez..."
---------------------------------
Después de muchos golpes, un último empujón terminó por romper los goznes de la puerta. Keisuke cayó violentamente dentro de la habitación, manteniendo el equilibrio a duras penas. Respirando entrecortadamente, estudio la habitación con la mirada.
Solamente el Universo de los Cuatro Dioses abierto en el suelo.
Un fuerte vacío inundó el pecho de Keisuke. Totalmente horrorizado, se dejó caer de rodillas, mientras tomaba el volúmen entre sus manos. Pasó las páginas con dedos temblorosos, hasta que sus ojos dieron con lo que buscaba.
"El jóven al que una vez amó la sacerdotisa de Seiryuu abrió a la fuerza las puertas del reino de los Cuatro Dioses, cayendo en un lugar inóspito que no conocía..."
Keisuke cerró los ojos con sumo dolor, más preocupado que nunca en toda su vida.
"Tetsuya...¿qué demonios has hecho?"
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
La noche era clara. Sin nubes, con las estrellas y la luna danzando imparablemente en el inmenso firmamento. Aquellos astros conjugados en perfecta harmonía se reflejaban como luces sobre la superfície del mar en los ojos de Suzuno. Tan nítidos, tan claros, pálidos como sombras, brillantes como el sol naciente.
El silencio lo llenaba todo. Solamente unos puñados de luciérnagas levantaban el vuelo aquí y allá, iluminando la penumbra. El viento mecía suavemente las ramas de los árboles. Toda la naturaleza estaba creando un ambiente propício para aquel precioso instante.
La muchacha de largos cabellos rúbio cenizo recostó la cabeza en el hombro de su compañero. Las manos de ambos estaban entrelazadas con ternura, compartiendo, sintiendo las mismas sensaciones, emociones, sentimientos.
- Hacía tanto tiempo...que no me sentía tan tranquilo... -susurró el chico de cabellos negros, los cuales se mecían suavemente como el viento.
Tras la espalda de su compañera, sus dedos jugaban con unos mechones dorados de su cabellos, ahora suelto. Inspiró levemente aquel embriagador aroma, un perfume que aprisionaba sus sentidos y no le permitía sentir nada más. Suzuno hundió el rostro en el pecho de Tatara, al tiempo que los brazos de este se cerraban más a su alrededor. Sus pies descalzos rozaron la hierba.
- Mañana...partiremos a buscar a nuestros compañeros... Estoy deseosa de verles de nuevo... -expresó ella, sonriendo dulcemente.
- Sí...no sabemos lo que ocurrirá a partir de ahora... -dijo Tatara con su profunda voz varonil- No podemos ser las únicas estrellas que no estemos completas...
Suzuno se incorporó con suavidad, rodeando el cuello del muchacho con ambos brazos. El calor que desprendía el chico era lo más reconfortante que había sentido nunca.
- Por muchas guerras que azoten Sairo...yo sé que siempre estarás conmigo...
Tatara no se hizo de rogar. Besó sus labios con ternura, con calor, con un cariño que se habían profesado incluso antes de conocerse. Él siempre había cumplido sus deseos sin decir nada.
Verla sonreír era la único que necesitaba para seguir vivo.
Después de un par de minutos de cálidos y suaves besos, Suzuno recostó la frente en el hombro de su chico.
- Miaka y Tamahome...parecen tan felices juntos... Incluso han tenido un bebé... Debe ser precioso haberse querido tanto como para eso...
Una leve y maliciosa sonrisa se dibujó en los labios de Tatara, mientras besaba la frente de su acompañante con suma calidez.
- Cuando todo esto acabe...nos casaremos... Te pondrás el precioso vestido azul que entonces no pudiste... Y, cuando quieras...también tendremos...un hijo...
Ella le miró con sorpresa, abriendo a sobremanera sus cálidos ojos grises.
- Suzuno...te quiero tanto... Quiero estar eternamente a tu lado, en esta vida y en las siguientes... Qué mejor que un hijo...para demostrarte cuanto es mi amor...
Ella le acalló, colocando un dedo en sus labios. Con una complacida sonrisa, empezó a besar sus labios de nuevo, cada vez con más intensidad.
La luna miraba a los dos amantes en la noche clara. Un amor inocente que había sido roto más de cien años atrás.
Los pedazos de aquel idilio...cosidos de nuevo para formar la más bella imagen jamás visto en el imperio de Sairo.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Las dos muchachas permanecían de rodillas. La luz del alba empezaba a ser visible en el horizonte y teñía el cielo más allá de la ventana de un rosa con línias doradas. Phobos y Deimos no sentían sobre ellas, como era habitual, la mirada crítica de su señor, Hokai, el cual parecía quizás un poco desmejorado. Había llegado al atardecer anterior con numerosas heridas, al igual que su subordinado Tomo. Sin embargo, pronto las pociones de Miboshi habían restaurado la salud de ambos. El señor de Kutô miraba por la ventana del palacio de la capital de su imperio, sin mirar nada en particular.
Phobos tragó saliva y se incorporó levemente.
- Entonces...¿qué ocurrirá ahora, señor?
El emperador hizo resbalar sus ojos negros hasta posarlos en ellas. Un leve suspiro se escapó de sus labios.
- Ahora mismo, las tropas de Kutô estan llegando a la frontera de Hokkan... Atacaran al amanecer. Si tenemos suerte, las tres estrellas y la sacerdotisa que marcharon en ayuda de los Suzaku no llegaran al país hasta dentro de varios días... Las cuatro estrellas que siguen en el imperio del norte quizás no puedan frenar nuestra amenaza.
- Aún no entiendo cómo pudísteis escapar... -inquirió Deimos- Se suponía...que el veneno del guardían de Byakko era letal...
- Je, ese estúpido de Tatara no contó con mi...capacidad de recuperación... -añadió, reencajando un hombro.
- Pero, maestro -se atrevío Phobos- Ahora...los de Suzaku poseen todos los shinjazos. Al llegar a Konan, iniciaran la ceremónia de invocación y pedirán los tres deseos a Suzaku... Jamás podremos invocar a Seiryuu...
Una risa tétrica y cruel restalló en la sala, surgiendo de los labios de Hokai. Las dos arqueras se miraron con precaución, sin entender nada. Hokai se puso en pie con un leve gesto de dolor, aunque lo ocultó lo mejor que pudo.
- Cuando juegas, debes saber encontrar las piezas adecuadas...y dar con la suerte en el momento oportuno.
Con un gesto, les indicó que le siguieran. Las dos chicas obedecieron sin rechistar y avanzaron con él por el pasillo.
Para sorpresa de ambas, Hokai les llevaba a las mazmorras. Los ecos de las pisadas se amplificaban decenas de veces en aquel lugar. Después de unos minutos de andar entre celdas, se detubieron en el extremo de un pasillo.
Tomo estaba recostado contra la pared, con visible aburrimiento. Sin embargo, una sonrisa complacida se dibujó en su rostro al ver aparecer a su señor.
- Creía que ya no vendríais a verlo, majestad...
Las dos muchachas no miraron a la estrella. Sus ojos estaban fijos en alguien que permanecía en el otro extremo de la sala, contra la pared.
Un muchacho aún muy jóven permanecía de rodillas contra la pared, de espaldas a ellos. Sus muñecas llevaban unos pesados grilletes que le retenían en el muro de piedra. Tenía la espalda descubierta, llena de unas espeluznantes marcas sangrantes de latigazos. El líquido rojo formaba pequeños charcos en el suelo. El chico respiraba con dificultad. Su piel morena estaba totalmente cubierta de sudor.
A un gesto del emperador, Tomo dió unos pasos al frente y cogió al muchacho de los cabellos castaños, obligándole a mostrarles el rostro.
- Esta es la pieza...que me asegura la victória...
Un grito de dolor manó sin su consentimiento de los labios de Tetsuya.
+º+º+º+º+º+º+º+º+º+º+º+º+º+º+
Vale, vale...sé que me he pasado, lo reconozco TTTTOTTTT (pero a que queda super-dramático??). Haruka, estás como una regadera (ya lo sabía xD). Aunque un pokito largo sí que es...O.o
Weno, ahora estoy superemocionada con el fic. Esta vez tardé mucho porqué no acababa de ver la escena de enlace. A partir de aquí lo tengo todo pensado y por eso no tardaré tanto (aunque tengo muchos fics. Puede que menos de un par de semanitas, jejeje).
Como siempre, muchos besos a los que siguen este fic. Sos quiero mucho n.n
Matta-ne!!
Haruka-chan
