Capítulo V: Lluvia y atardecer.

Una semana había transcurrido desde la entrega de obsequios a media Comarca, y Frodo todavía no se acostumbraba a la repentina soledad. En cosas así, el hobbit era lento e inseguro.

Siempre había vivido acompañado; en su niñez había sido con sus padres en Casa Brandi, y cuando ellos murieron siguió viviendo en el mismo lugar, con sus primos Brandigamo. Luego, su tío Bilbo se lo llevó a vivir con él, con el pretexto de que así podrían celebrar sus cumpleaños juntos; pero la razón, evidentemente era otra, aunque nunca quiso indagar en ello.

A pesar de todo, los últimos 9 años fueron los mejores de su vida. Bilbo le enseño muchas cosas, de él derivó su interés por la literatura. El viejo hobbit le enseñó a componer canciones, a escribir historias, nociones del élfico, y muchas otras cosas que formaron a Frodo tal como era ahora. Lo único que Bilbo no le enseñó fue a bailar, porque simplemente no le gustaba; pero Frodo era muy ágil en ese aspecto, y no dudó en tratar de enseñarle a su tío un buen baile, a lo que Bilbo se negó rotundamente.

En otro ámbito, Frodo también cultivaba su lado curioso y travieso, en lo que sus primos Pippin y Merry le instruyeron magistralmente. En Casa Brandi había tenido más oportunidad de jugar con ellos, pero al parecer, ahora a estos hobbits les habían bajado unas extrañas ganas de ir a Bolsón Cerrado, por lo que los podía encontrar casi siempre dando vueltas por ahí, sin explicación alguna, y con muchas ganas de molestar a la gente, especialmente a él.

En general, nunca fue un hobbit infeliz. 21 años se le habían pasado muy rápida y alegremente, sin grandes disturbios ni penas, exceptuando la muerte de sus padres.

Ahora que se encontraba solo en Bolsón Cerrado, no sabía que diablos haría, y una nostalgia lo acompañaba a menudo, mezclándose con el humo de su pipa y atormentándolo mientras dormía. Seguía pensando en que luego se acostumbraría, y que debería aprender a tomarle el gusto a la soledad, que después de todo, nunca fue tan mala.


Ese día, definitivamente, no le gustaba para nada.

Frodo miraba desconsolado por la ventana, nubes negras se esparcían por el cielo, corría un viento helado que mecía intranquilamente las ramas de los árboles, y además, había comenzado a llover.

-que fatalidad - murmuró el hobbit.

Se preparó tristemente para pasar el oscuro día en casa, cuando sintió una punzada en el corazón.

Miró otra vez hacia fuera, y extrañamente, le dieron ganas de salir.

Hacía tiempo que no caminaba bajo la lluvia, y tampoco le pasaría nada malo si lo hacía. Además, era un mejor panorama que quedarse encerrado en casa, sin hacer nada. Sonrió, y fue a buscar un abrigo a su cuarto.

Luego de ponérselo, salió de la casa caminando tranquilamente. Llovía con fuerza, pero el viento helado corría más suavemente, lo que a Frodo le agradó. Al salir de Bolsón de Tirada, ya estaba completamente mojado, pero el joven ni se inmutó. No recordaba que tan fantástica podía ser la lluvia.

Siguió caminando hasta internarse en las praderas cercanas a Hobbiton, donde él siempre solía pasear; llegó al árbol donde se sentaba a leer comúnmente, y paró un momento para tomar un respiro. Luego de unos minutos, siguió su paseo.

Ya llovía más suavemente, y el hobbit caminaba por el último maizal de esos lugares. Pasó al lado de un espantapájaros decaído y embarrado, y sonrió.

-oh, vaya Frodo Bolsón..he aquí a tu gemelo -dijo irónicamente, mirándose las ropas mojadas y llenas de barro.

Pero no le importó, siguió su camino, hasta que dejó el maizal y se topó con el pequeño arroyo donde solía refrescarse los días de sol.

Lo cruzó sin mucha dificultad, y se encontró frente a frente con el bosque. Ahora sabía porque estaba ahí. Inconscientemente, sus pies lo habían llevado hasta allí, y ya no podía arrepentirse. Quería ir a ese lugar desde hace días, y sólo ahora lo había conseguido. Miró los árboles que se erguían en la entrada, y sin muchas esperanzas, entró.

No sabía que estaba haciendo exactamente ahí, caminaba cada vez más rápido, y su corazón se aceleraba junto con ello. Bueno, si lo sabía, sólo que no era un asunto importante, no tenía porque curiosear tanto. No importaba lo que pensara, sus pies no se detenían y su mirada vagaba insistentemente en busca de aquel claro donde la había visto.

Hasta que por fin, se topó con el haya donde se había escondido anteriormente, frente a la visión de la niña elfa. Miró hacia el claro, pero para su horror y desconsuelo, estaba vacío. Frodo se pegó en la cabeza, para ver si encontraba el sentido común en algún lado de ella.

-estúpido -se dijo enojado-. ¿Como crees que va a venir otra vez? Es ridículo. Además, está lloviendo.

Se sentó al lado del haya, sin importar el barro y el agua.

Era imposible que una elfa que vio hace más de una semana siguiera ahí, sobre todo cuando jamás había elfos en ese lugar. Si la vio, jamás lo volvería a hacer.

Pero, a pesar de que se lo repetía constantemente, una firme esperanza se aferraba a él, negándole toda imposibilidad. Frodo se contradecía a cada minuto, y en medio de todos sus líos internos, le bajó el sueño, y se quedó profundamente dormido.


Un sutil rayo de sol cayó sobre su rostro frío y sucio.

Él pensó que una hoja se había posado en su nariz, o algo así, por lo que manoteó al aire, y permaneció con los ojos cerrados.

Tenía mucho frío y le dolía el cuerpo.

Sentía murmullos cerca suyo, quizás eran algunos pajarillos; no corría viento, y al parecer, tampoco llovía. Sólo caían pequeñas y dulces gotas de agua de algunas hojas del árbol. Y entre tanto murmullo de pájaros, la sintió. La voz que tanto quería escuchar, estaba allí.

Entreabrió los ojos, y vio como una luz anaranjada se colaba entre las ramas de los arbolillos.

Una suave melodía iba apoderándose de cada centímetro del bosque, la voz de aquella que suponía que sería la niña elfa, se erguía con poder, y cada brisa aumentaba con más fuerza su canto.

Frodo se quedó un momento escuchando sin levantarse, pero no aguantó la curiosidad, y lentamente, sin hacer ruido, se escondió aún mas detrás del haya.

Y ahí estaba. La misma niña de antes.

Llevaba también la misma capa larga, y el capuchón sobre su cabeza; pero ahora estaba toda mojada. Frodo se sintió contento.

La niña cantaba en élfico otra vez, y danzaba dulcemente sobre la hierba húmeda.

Estaba atardeciendo, y la luz del desfalleciente sol, naranja y roja, iluminaba el claro grandiosamente, lo que hacía que el hobbit se sintiese mas maravillado.

Se fijó en los ruiseñores que cantaban junto a ella, desde los árboles y muy cerca de ella. Viendo esto, Frodo se dio cuenta que no era el único que se sentía atraído por la misteriosa muchacha. Ella no se había percatado de que era observada, y si se dio cuenta, no demostró miedo alguno.

Estuvo mucho tiempo cantando y bailando, hasta que el sol se ocultó, y el firmamento comenzó a poblarse de estrellas.

Frodo estaba estático, sólo miraba y escuchaba, y no se había fijado en lo tarde que se le había hecho. Pensó en quien sería, pero rápidamente esos pensamientos fueron apartados. Tenía que seguir mirándola.

-Tinúviel..- pensó de repente Frodo.

Estaba algo confundido, pero después reaccionó.

Había evocado un nombre sin darse cuenta, por cierto muy bonito. Pero..¿por qué?. No había necesidad de ello. O tal vez sí.

-Tinúviel..

No recordaba que Bilbo le mencionara ese nombre alguna vez, pero no importaba.

Era..Perfecto para ella.

Y así, mientras ella seguía en el claro, Frodo la llamó en su corazón Tinúviel, que en la lengua de los Elfos Grises significa 'Hija del Crepúsculo', algo que él sabría cierto tiempo después, pero que ahora no tenía demasiada relevancia, sólo lo hermoso que sonaba ese nombre y la extraña forma en la que había aparecido en su cabeza.

Eran cerca de las 8, y la niña se escabulló silenciosamente entre los árboles. Frodo no se dio cuenta hasta 1 minuto después, pero no hizo nada por seguirla. Seguramente, volvería al otro día; o quizás no, pero algo es algo, aunque no se conformaría fácilmente.

Lentamente volvió a Bolsón Cerrado, oteando siempre hacia atrás, hacia el bosque, pensando en quien sería ella por enésima vez.

Llegó a su casa, y se echó inmediatamente en su cama, tratando de dormir, pero siempre indagando acerca de Tinúviel.

Que raro sonaba ese nombre en su mente, y que raro todo lo que estaba viviendo. Ahora sí que lo tomaban por loco sin excusas, pero eso lo tenía sin cuidado. En realidad, bien poco le importaba lo que la gente pensara de él.