Capítulo XIX: El Espíritu de Fuego.

Oscuridad.

Nada más que…oscuridad.

Y lamentos…, gritos lejanos…; luego, susurros…

Su piel se desvanecía,

Sus ojos ya no veían más que tinieblas.

Ya no había calidez en su cuerpo…

Sentía frío…, mucho frío…

Intenso dolor…, cercana angustia…;

Crueldad…, veneno… y muerte.


Merry y Pippin estaban ahogados de desesperación ante lo ocurrido.

Corrían velozmente por las ruinas de las escaleras de Amon Sûl, colina abajo, tras Trancos y aquel desconocido.

Merry jadeaba, y parecía que fuera a desmayarse en ese mismo momento; su hermana estaba en peligro, podía morir sin grandes posibilidades de sobrevivir, al igual que Frodo.

Pippin, como en la gran mayoría de las veces, estaba en mejores condiciones emocionales que su primo, y lo apoyaba en todo sentido.

Pero también les preocupaba en demasía Frodo, él no podía acabar así! Sería demasiado duro para todos.

Corrieron hasta un bosque cercano a la Cima, donde el montaraz y el otro hombre se habían detenido, cada uno llevando a un hobbit herido.

Los dejaron acostados en la hierba, y los otros hobbits ilesos acudieron a ver su estado.

Ambos, Lila y Frodo, estaban horriblemente pálidos, sudorosos, sus ojos estaban abiertos de par en par, y blancos, inyectados en sangre; sus labios estaban entre morados y verdosos, y apenas podían respirar.

Movían sus brazos y piernas frenéticamente, quizás tratando de agarrar o tocar algo, pero no lo conseguían.

También gritaban, pero sus voces eran ya irreconocibles, emitían chillidos entrecortados, débiles, como si agonizaran luego de una feroz tortura.

Merry y Pippin estaban sin aliento, el dolor era inevitable, y eso también les producía un sufrimiento propio.

El hombre desconocido se había adentrado en la espesura del bosque para traer luego de un momento su caballo, de un resplandeciente blanco, y crines de plata.

Trancos le había susurrado algo al extraño, y se había marchado entre los árboles, al parecer en busca de algo.

Lila movía su mano izquierda hacia arriba, mientras exhalaba suspiros ahogados, y sus ojos ya no pestañeaban.

Merry le tomó la mano para tratar de hacerle sentir mejor, estaba fría y húmeda, y ella parecía no sentir contacto alguno con su hermano.

Frodo gritaba todavía, cosas incoherentes e inentendibles.

El desconocido se acercó rápidamente a él, con el rostro grave.

Miraba al hobbit con atención, y le revisaba la herida, susurrando quien sabe que cosas.

Pippin lo miró, y cayó en la cuenta de que llamarlo 'hombre' había sido un error. No lo era, su apariencia era muy distinta a la de uno.

Era alto, un poco más que Trancos; esbelto, de contextura delgada y piel clara. Vestía extraños ropajes de caza, de color marrón y verde musgo; llevaba arco y un carcaj de flechas en su espalda, y podía verse también que portaba un cuchillo envainado junto a su cinturón. Su rostro era de una belleza que inspiraba respeto y coraje, y que lo más probable, producía el más inquietante temor en sus enemigos. Sus cabellos eran largos, lisos y de un negro brillante, iban atados a una media cola algo desordenada por una evidente cabalgata; todos sus rasgos parecían perfectos, serios y nobles, pero ahora se habían suavizado al tratar con Frodo.

Lo que más le inquietó a Pippin fueron sus ojos, eran de un dorado impresionante, y refulgían como si un fuego habitara en ellos. Le dio la sensación de que si lo mirara, lo quemaría al instante, pero después se percató que más que producir terror, le otorgaba fuerza y una calma insuperables.

Merry miró a su primo brevemente, y le pegó un codazo.

-es un elfo-le susurró a Pip-.

Pippin bajó la mirada. Le parecía casi un pecado mirar por demasiado tiempo y casi descaradamente a un ser así.

De repente recordó a Sindënís, la elfa que habían visto en La Comarca.

Se reprochó el no haberlo recordado antes, se habría dado cuenta de inmediato que clase de persona era el que los acompañaba.

Sí, ahora, pensándolo bien, tenía un aire a Sindënís, pero a la vez, era distinto…, no sabía como explicárselo bien.

Trancos no demoró en volver.

Traía unas hierbas en la mano, que tenían un fuerte y refrescante aroma.

Rápidamente se arrodilló junto a Lila, que parecía la más grave, y le abrió la camisa para ver su herida.

Estaba muy inflamada y tenía un tono amoratado, un líquido negruzco borboteaba del interior.

El montaraz frotó algunas hojas de la hierba y se las puso delicadamente en la herida.

Lila gritó, al parecer le había ardido y le molestaba esa sensación.

Pero los otros hobbits estaban deleitados con el olor que exhalaba la hierba luego de la fricción. El ambiente se había refrescado, y parecía que una suave brisa jugaba con sus cabellos.

Merry sentía que estaba en primavera, y los ojos se le habían nublado con la visión de un sol cándido e ilusorio.

Pippin añoraba más que nunca un lecho tibio y una comida apetitosa, recordaba el olor de los hongos y la cerveza espumosa…, la casa de Cricava…

Trancos sonrió levemente al ver sus rostros risueños.

-es athelas, hoja de reyes en la lengua común-les explicó-, siempre produce sensación de bienestar, pues ese es una de sus mayores cualidades. Pero creo que no servirá demasiado en esta ocasión. Han sido heridos con dagas morgul, de magia negra; se volverán espectros como los Jinetes si no hacemos algo rápido.

Se incorporó, y fue hacia Frodo, para repetir el proceso.

El hobbit ya no gritaba, sólo balbuceaba cosas sin sentido.

Trancos y el elfo lo miraban asombrados, parecían entender algunas de las palabras que Frodo soltaba.

Pero no replicaban nada.

Ambos se levantaron, y se dirigieron hacia el blanco caballo.

El elfo comenzó a ensillar su caballo.

-ellos necesitan medicina élfica- susurró éste, con una voz suave y delicada, pero sin perder gravedad-, debo llevarlos junto a Elrond.

-pero son dos medianos- le dijo Trancos-¿podrás llevarlos tú solo?

El elfo le dirigió una mirada altiva, y el montaraz comprendió sus intenciones.

-dartho guin berian. Rych le ad tolthathon. ('quédate con los otros hobbits. Enviaré caballos para ustedes')-dijo el elfo.

-be iest lîn ('como desees')- murmuró, excusándose, y se apresuró en montar a los hobbits heridos en la parte delantera del caballo, mientras el Elfo montaba atrás, y los sujetaba con ambos brazos para que éstos no cayeran al suelo. Por suerte, sus cuerpos eran livianos, y era fácil mantenerlos.

-no demores mucho- le pidió a Trancos, a lo que él asintió. Merry y Pippin suspiraron, deberían seguir caminando quien sabe cuantos días hasta Rivendel, sin saber si sus amigos estaban vivos o muertos.

El elfo le susurró algo a su caballo, y éste, enardecido, trotó velozmente hacia el sureste, perdiéndose en la noche.

-¿Quién era?- preguntó Pippin.

-Lachfaer, uno de los Altos Elfos de Rivendel- respondió Trancos, con voz queda-. Él los cuidará. Tengan fe. Ahora, en marcha, pequeños.


Lachfaer no se había detenido ni un solo momento en el camino; ya era de día, y estaba muy cerca del vado del Bruinen.

Su caballo corría tan veloz como el viento mismo, haciéndole honor a su nombre y al Valar al cual le pertenecía: Súlimo, el Señor de los Vientos.

Podía considerársele esto como un atrevimiento, pero para el elfo era lo de menos. Conocía bien el terreno que pisaba.

Los hobbits estaban levemente inconscientes, seguían balbuceando cosas, y botaban un líquido gangrenoso de sus bocas.

Por suerte, estaban fuera del peligro de una caída del caballo, pero no de la muerte, que parecía arrastrarse hacia ellos de forma inexorable.

Lachfaer estaba impresionado con aquellas criaturas.

Jamás había visto una, a pesar de todo lo que había vivido en la Tierra Media.

No los juzgaba por su apariencia, sino por su alma. Reconocía en ellos una fuerza sobrenatural, extraña hasta para un Eldalië; eran gente pequeña, pero sin duda con un gran espíritu.

Pero algo le dejaba dudas. El hobbit que llevaba el Anillo no paraba de pronunciar un nombre, pero eso no le molestaría si el nombre no le fuera tan conocido.

¿Tinúviel?

Él no podía conocerla, entonces ¿Por qué la llamaba?

En cuanto a la pequeña dama, había algo más raro aún.

Una suave aura dorada la cubría, aún en aquellos fatídicos momentos. Ninguno de los otros hobbits que había visto emitía semejante energía, ni siquiera el enigmático Frodo.

¿Habría algo diferente en ella?

Lachfaer, aún en su más grande sabiduría, encontraba recovecos incompletos, dudas que mantenían despierta su mente.

En Rivendel encontraría las respuestas, eso le animó.

Ahora sólo debía concentrarse en su deber más urgente, debía cruzar el Bruinen esa misma tarde.

-noro lim, Súlimo! – le susurró a su caballo.

Súlimo aumentó la velocidad, pero el obstáculo más temido apareció.

Desde una llanura aparecieron los Nazgûl, pero esta vez los Nueve por completo y cabalgaron más rápido que nunca hasta quedar lo más cerca posible de Lachfaer.

Pero sus chillidos mortales no le asustaban, y el Hálito Negro no le hacía efecto, lo que era una gran ventaja.

-noro lim! Noro lim!-.

Los caballos negros chorreaban espuma de sus hocicos, y eran constantemente apresurados por el látigo de los Jinetes.

Pero por más que quisieran, Súlimo no les dejaba avanzar hasta él.

Cruzaron el último bosque que los separaba del gran río, y los Espectros gritaban llamando a Frodo, y al Anillo.

Éste parecía verlos claramente, aún sin el Anillo puesto, y ahora también chillaba, a manera de respuesta, con sus ojos completamente blancos y abiertos.

Lila, simplemente, no reaccionaba.

Los Nazgûl estaban ya demasiado cerca, y Súlimo no podía correr más rápido de lo que ya corría.

Estaban a un paso del Bruinen, pero Lachfaer sabía que no lo alcanzaría si no se deshacía de sus perseguidores.

Miró hacia atrás, alentando a su caballo.

-A Elbereth Gilthoniel! –gritó, orientando su energía hacia los Espectros.

Ellos gritaron con expresión de dolor, y disminuyeron algo su cabalgata.

Odiaban a la Dama de las Estrellas con todas sus fuerzas.

Pero no era lo suficiente para detenerlos. El elfo lo sabía.

Lo que deseaba era crear una distancia suficiente entre él y los jinetes, para así tener tiempo para actuar.

-A Eruanna ngalad! Lasto beth daer! Rimmo lach nîn dan in Ulaer!-('Ah! Gracia de Luz! Escucha la gran palabra. Fluye tu Llama contra los Espectro del Anillo!').

No hubo necesidad de repetir aquella invocación; tuvo tal fuerza que dio resultados antes de lo esperado.

Lachfaer emitió una gran Luz desde su interior, y ésta fue haciéndose más poderosa y cálida, hasta transformarse en una hoguera de gran extensión y fuerza.

El elfo, con la mirada chispeante, alargó un brazo, mirando hacia los Espectros, y éstos se detuvieron, con gran terror.

Hacia su mano corrió la energía del fuego, y ésta creció aún más en magnificencia, mientras Lachfaer susurraba el nombre de Elbereth con delicadeza. Allí, la Llama esperó, hasta que Lachfaer le diera la orden de ataque.

Un Nazgûl tuvo la valentía de acercarse un poco más al Elfo.

-dame al mediano, elfo!- chilló el susodicho, con ira.

Éste debía ser el Señor de los Espectros; no había otra razón para que le desafiase así.

-si lo deseas, tómalo por tus propios medios-le dijo fríamente Lachfaer.

El Espectro tomó la palabra del elfo en serio, y ese fue su gran error.

Cuando se acercaba raudo a arrebatarle a Frodo, Lachfaer le tomó por sorpresa.

-Rimmo lach nîn, Elbereth!- gritó, dándole aún más poder al Fuego que crecía en él.

La llama que fluía en su mano, despertó y se dirigió hacia el Nazgûl, quien se encontró paralizado y envuelto en llamas.

-el mediano! El mediano!-comenzó a gritar éste, y los otros Jinetes corrieron hacia Lachfaer.

Pero ya era imposible deshacerse del Fuego.

El Elfo pronto los dejó encerrados en un círculo de llamas que no podían cruzar, puesto que éste fuego provenía de la Luz de Elbereth, y era más poderoso que cualquier fuerza natural que habitara en el mundo.

-Súlimo! Noro lim!-.

Ahora nadie le perseguía, pero no debía correr riesgos.

Cabalgó con velocidad hacia el Puente Último, hasta que por fin se encontró bajo la protección de su raza, al otro lado de las bendecidas aguas del Chithaeglir.

Suspiró, y se detuvo.

Miró a los heridos, parecían algo más tranquilos, pero en realidad habían empeorado.

Rivendel ahora estaba demasiado cerca.

No debía parar el trayecto, el peligro real era la muerte de aquellos pequeños, y podía evitarlo todavía.

Espoleó a Súlimo, y volvió a emprender la marcha hacia el Hogar de los Elfos, con la esperanza de que Elrond supiera curarlos.